México, Distrito Federal I Julio - Agosto  2008 I Año 3 I Número 15 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

Carlos Enrique Cabrera es escritor, profesor universitario y promotor cultural. Estudió Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid y desde 1994 se desempeña como profesor a tiempo completo del Área de Humanidades del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC). En 2002 fundó la revista de letras, artes y pensamiento, Caudal,  que bajo su dirección lleva ya 25 números publicados. Mantiene en “La Comunidad” del diario madrileño El País el blog “Conjuros”. Ensayos y cuentos suyos han aparecido en diversos medios nacionales y son de su autoría, entre otros, los libros Reflexiones de bolsillo (2002) y Conjuros, conjunto de microcuentos de pronta aparición.

 

He aquí el conciso relato de los hechos: seis batallones de las fuerzas de elite de la Policía Nacional, equipados con el más moderno y sofisticado material de exterminio y conquista que jamás se haya concentrado en la exigua geografía de la isla, someten a la población a todo tipo de desmanes, tropelías y violencias; derriban cuantos edificios encuentran a su paso, no dejando en pie ni un solo bloc o varilla; levantan el alcantarillado de la ciudad, hurgan y husmean en los depósitos de mercancías de los comercios, en las despensas y closets de las casas y en la totalidad de sus gavetas; disparan a mansalva sobre cuanto ser animado (gato, perro, cotorra o perico…) les sale al paso. Todo lo referido aparece como más grave y reprensible aún si tenemos en cuenta que esta incalificable trasgresión del orden ciudadano está siendo cometida por miembros de nuestra respetable Institución, tras haber sostenido con sus mandos un abierto tiroteo, en el transcurso del cual la totalidad de ellos –salvo uno: usted mismo – perdieron la vida. Pues bien, como testigo presencial y de excepción que fue de los dramáticos acontecimientos…, ¿cómo ve usted el caso…?

Pues ¡mal, Señoría, muy mal!, ¡qué quiere que le diga!: ¡una auténtica catástrofe!... La verdad es que por más que me estrujo la cabeza no consigo explicarme lo sucedido... Es..., ¿cómo le diría yo?, como si de repente el cerebro se les hubiera reblandecido a todos y las sabias enseñanzas que parecían haber asimilado en los meses de arduo y duro entrenamiento, todos esos nobles y elevados ideales de orden, rigor, método, disciplina, responsabilidad, entrega y servicio, que con tanto esfuerzo les inculcamos, se les hubieran volatilizado...

Pero, ¿cómo ocurrió esto? ¿Cree usted que tuvo que ver con la actuación del Teniente Gutiérrez, con la forma en que llevó el caso y condujo a los hombres bajo su mando?

No, Señoría, no, en lo absoluto. Mire,  jamás vi mayor entrega y dedicación a una causa. Gutiérrez no cejaba un instante en su animosa combatividad, jamás se permitió un minuto de reposo: comía ahí en el patio del cuartel, de pie, apoyado en el estribo del jeep cuyo motor mantenía siempre encendido y dispuesto para la marcha; descabezaba un sueño alígero y brevísimo en el asiento trasero del mismo y legañoso y todo, no más despertar, aferraba con manos firmes el guía, reunía con voz estentórea y tonante a los muchachos y los mantenía en un continuo trajín hasta bien entrada la noche...

Pero respecto a su relación con sus hombres, ¿llegó a tener el Teniente un verdadero dominio sobre éstos o, más exactamente, hubo una auténtica compenetración entre ellos y él?

No me cabe la menor duda al respecto, Señoría. Mire, el Teniente Gutiérrez poseía una profunda convicción de su propia valía y una muy decidida voluntad de liderazgo y éxito, era el coraje en estado puro, la quintaesencia del valor, las agallas del universo reconcentradas en una sola persona, la representación viva de la autoridad. En posesión de una inagotable fortaleza y de la más alta capacidad innata de mando, cuantos se acercaban a él sentían de inmediato (sentíamos de inmediato, Señoría) cómo la poderosa energía que emanaba de su cuerpo como  un fluido protoplasmático lo envolvía y se le iba metiendo vísceras adentro por ojos, nariz y boca, Señoría, provocando un tan intenso obnuvilamiento de los sentidos, un bloqueo tan total y extremo de las capacidades motoras y perceptivas que quedaban todos postrados e indefensos ante él, completamente a su merced, Señoría, como pajaritos ateridos...

Sencillamente, el Teniente subyugaba e imponía. Y ya desde el primer momento los muchachos –sensibles sin duda a los efluvios de lo grande—, reconocieron en él a un auténtico líder, y todo marchó sobre ruedas: caudillo y falanges conformaron un preciso mecanismo de inigualable operatividad y eficacia: Gutiérrez daba órdenes inteligentes, rápidas, enérgicas, precisas, trazaba planes y planos, determinaba con precisión de experimentado estratega cuanto tenía que hacerse y los muchachos ejecutaban al punto cuanto  salía de su brillante, privilegiada cabeza con la incontrastable perfección de los modernos artilugios digitales, resultando imposible contabilizar un solo fallo...

Hábil y sagaz, forjado en foráneas academias, pertrechado con los más sofisticados y avanzados métodos –aunque no seguramente con los correspondientes y complementarios mecanismos y equipos – de rastreo y espionaje,  y contando, como contaba con la adhesión incondicional de sus hombres, era claro que tenía asegurado el éxito. Y así fue Señoría. En un tiempo inverosímilmente corto el Teniente Gutiérrez se hizo con preciosos contactos que le informaron del número y calidad de los hombres, de las armas y equipos con que contaba el temible bandido, de sus  hábitos y costumbres y de sus posibles  flaquezas y debilidades. Durante tres meses de esforzado, arduo y agotador trabajo (sobornó, sonsacó bajo torturas y amenazas, incendió barrios y aun pueblos enteros) logró construir un pormenorizado mapa, en el que aparecían enmarcados en rojo las casas, ranchos y bohíos de la comarca y de la provincia entera que pertenecían no solo a posibles o supuestos cómplices del ubicuo y sagaz delincuente, sino también a familiares, allegados y amigos de éste y aun a sus amantes de hoy y de antaño. Asimismo, en un riguroso y eficaz trabajo de espionaje y sonsacamiento, logró hacerse con informaciones precisas sobre las particularidades de su carácter, de sus formas y maneras singularísimas de operar y hasta de sus estrambóticos gustos y preferencias culinarias. Y así, finalmente, señoría, en la madrugada del 28 de febrero de 1968, consiguió tenderle al ubicuo bandido una celada de la que ya no escaparía.

Mil quinientos hombres de las fuerzas especiales de la PN (con él, Gutiérrez, a la cabeza encaramado en  lo alto de una tanqueta), rodearon el inmundo cubil en el que el celebérrimo ratero (ovillado como un feto en un catre de campaña)  reposaba sus huesos tras su último atraco a mano armada.

Minutos más tarde el tableteo de las ametralladoras, resquebrajando el reposado silencio de la noche, cerraba definitivamente un importante capítulo o episodio de la historia del crimen: Bopo ya dormía para siempre...

La noticia voló de puerta en puerta como la pólvora, viajó a lo largo y ancho de la ciudad y, a la mañana siguiente, recogida por los medios de comunicación, fue –en inverosímil pugna dialéctica –  discutida y mil veces deformada en colmados, barritas, parques, esquinas,  carros de concho, supermercados y comercios. La figura del desmesurado muchachón  –negra y reluciente piel de pantera envolviendo un cuerpo desmesurado y altísimo –, subyugaba, deslumbraba, ponía el pánico y el horror en lo cotidiano, a nadie dejaba indiferente. Durante años los tortuosos acontecimientos de su existencia habían sido seguidos por todos con particular interés y apasionamiento, y ahora todo eso se veía potenciado con la noticia de su muerte...

En la ciudad no se hablaba de otra cosa, Señoría. Se formaron bandos que defendían una particular y cada vez más descabellada versión de los hechos: el enfrentamiento entre los miembros de la Policía Nacional y el mítico bandido había sido una auténtica batalla campal. En las filas del cuerpo del orden las bajas se contabilizaban por decenas, aun cuando ni la radio ni la  televisión ni la prensa escrita, y mucho menos aún el Gabinete de Prensa de la Policía, lo decía. Al desmesurado bandido, por su parte, le habían dejado el cuerpo hecho un solo hoyo y su cabeza había quedado tan destrozada que era imposible reconocerlo: el tronco se lo habían tasajeado y la totalidad de sus vísceras –lo contaban los más tremendista y truculentos, cargando las tintas –, fueron regados por el suelo para que se las comieran los perros.

Esto contaban, Señoría. Pero para la gran mayoría de la población la noticia de la muerte del feroz bandido no era más que “un cuento chino de la Policía”. Y ya le veían cruzar la calle tal a la altura del comercio tal o hundido en la penumbra de la parte trasera de un vehículo; o avanzar a pie hacia el muelle seguido por tres secuaces armados hasta los dientes; y salir de una de las estaciones de autobuses de la ciudad portando una sospechosa maleta de proporciones considerables... Es decir, Señoría, que por todas partes y cientos de veces en mil y un sitios diferentes a la vez cientos de personas aseguraban haber visto con sus propios ojos al Bopo…, ¡vivito y coleando!

Fue así como los muchachos empezaron a intranquilizarse, Señoría, y con ellos Gutiérrez, que  veía cómo el temor iba ocupando una extensión cada vez mayor en el interior tubular y ahuecado de sus huesos, y cómo cada día se mostraban más renuentes a realizar la reglamentaria ronda nocturna, movilizando todos los recursos a su alcance para conseguirlo. En una ocasión, ya francamente alarmado, pudo ver cómo al sólo conjuro del nombre del bandido muerto –algún desgraciado lo disparó desde una alcantarilla cuando se efectuaba la inspección de una zona sospechosa— la totalidad de los policías que conformaban la patrulla echaron a correr como locos. Y ya a partir de aquí ya no tuvo sosiego, Señoría. Las señoras del vecindario venían un día sí y otro no a quejarse ante él al cuartel,  los cadáveres de sus gatos, perros y cotorras entre los brazos, cocidos literalmente a balazos. Comprendió entonces Gutiérrez por qué las patrullas nocturnas llegaban al cuartel sin un solo tiro en las recámaras de pistolas, revólveres, ametralladoras y fusiles automáticos: durante toda la noche, sin tregua ni reposo, violentando el reposo de los ciudadanos, disparaban contra los gatos y los roedores que se deslizaban por alcantarillas y tejados, contra las nocturnas mariposas que revoloteaban en torno a las farolas del escaso alumbrado eléctrico y contra el murmullo de la brisa abundosa en el denso follaje de los árboles de parques y avenidas. Una madrugada mataron a un sencillo ciudadano, cuando éste volvía a su casa del velatorio de un pariente.

Empezaba a asustarse. Era obvio que si no atajaba aquello a tiempo la situación podía desembocar en una rebelión insofocable. La disciplina de la tropa se desmoronaba a ojos vistas,  la oficialidad tenía que hacer cada vez mayor acopio de energías para que se cumplieran sus órdenes. Meditativo y taciturno, paseaba por el amplio patio del cuartel, protegido por el alto y grueso muro de mampostería, coronado por tubos y alambres de espino –, cuando se le ocurrió la luminosa idea. Extraería el cadáver del temible bandido de su tumba y lo pasearía por las principales vías de la “Ciudad Primada de América” en carroza descubierta, tras lo cual lo mantendría en permanente exposición en una urna de cristal en el patio del cuartel durante tres días con sus correspondientes noches. Y tal como lo pensó, lo hizo, Señoría…

Entonces ¿todos, absolutamente todos vieron el cadáver del Bopo descalabrado, deshecho…?

Síííí, Señoría. Ya desenterrado, el cadáver les fue mostrado a todos como prueba inapelable de su muerte. Allí en el patio del cuartel estuvo en su urna de cristal y encaramado sobre una alta tarima en permanente exposición durante tres días y sus correspondientes noches, tal como el Teniente lo había planeado…

Y los muchachos, entonces ¿qué hicieron, cómo reaccionaron?

En un principio, Señoría,  se mantuvieron a prudencial distancia del muerto, recelosos, esquivos, mirándolo por el rabillo del ojo y cuchicheando sin cesar entre ellos. Así estuvieron durante los dos primeros días. Hasta que ya en la mañana del tercero  –convencidos de que verdaderamente era el Bopo a quien allí tenían y que éste estaba de verdad realmente muerto – cobraron confianza y, como si dentro de sus cuerpos se hubieran desatado al unísono todas las furias y demonios del averno, se subieron a la tarima, extrajeron el cadáver de la reluciente urna de cristal y empezaron a golpearlo, a escupirlo, a meársele encima, etc., etc.; por último, lo bajaron de la tarima y lo arrastraron por todo el perímetro del patio del cuartel como si de un toro vencido se tratase…  

Entonces, en ese dramático momento ¿qué hizo Gutiérrez? ¿Detuvo las agresiones o por el contrario las alentó? ¡Responda!

En aquel momento, sin duda de singular tensión y dramatismo, Señoría, Gutiérrez nada pudo hacer, porque además casi en seguida vino lo otro y ya sí que todo se fue definitivamente al carajo...

¿Qué quiere decir el testigo con eso de “En seguida vino lo otro” y "todo se fue definitivamente al carajo”? ¿Debo recordarle que presta usted declaración bajo juramento y que, por tanto, debe ser extremadamente claro y preciso?…

Pero ¡cómo!, Señoría, ¿no lo sabe usted? ¡Si el asunto es ya del más absoluto dominio público!

Pues no, no lo sé, y precisamente para eso estoy aquí, para saberlo de su boca, como testigo de excepción que fue de los hechos. Me importa un pito que sea “del más absoluto dominio público” o no… ¡Así que cuente, cuente!..

Pues ¡carai! Señoría, ¡es justamente ahí donde empezó lo bueno...!

Pues no me intrigue usted más... y ¡cuente, cuente!…

Bien, Señoría. El patio  del cuartel aparecía adornado como las calles de un pueblo en plena celebración de sus fiestas patronales: bombillitos de colores, banderolas, guirnaldas, pasacalles y bajantes se veían por doquier. En una tarima (próxima a la del muerto, pero bastante más alta que ésta) habían colocado la imagen de la Santísima Virgen, en cuyo honor se había dispuesto la celebración de una misa de Acción de Gracias. El ambiente era de general alegría, Señoría, una alegría desbordante, contagiosa, salutífera…

 Hasta el momento los acontecimientos se desarrollaban conforme a lo previsto. Los muchachos seguían entretenidos con su “muertico”, al que continuaban arrastrando en corro por todo el  patio, mientras entonaban himnos y cánticos militares y patrióticos. Pero a eso de la medianoche, de golpe echaron a correr, ya hacia el interior del cuartel, ya hacia la calle, sin orden ni concierto, fuera de sí, locos,  olvidados de la disciplina y del respeto que debían a sus superiores y a las institucionales insignias, pegando alaridos de espanto, gritando a todo pulmón que el “Bopo había vuelto y clamaba venganza”...

Imagínese usted el lío que allí se armó, Señoría, aquella masa policial huyendo despavorida en todas direcciones, en auténtica estampida. Sólo la oportuna y enérgica intervención de Gutiérrez (que allí estaba de pie sobre la tarima de los festejos como un torreón o baluarte invictos, sus Ray Bans oscuras cubriéndole los negros ojillos, impertérrito y absolutamente dueño de sí, en sus trece, sin llegar siquiera a intuir o vislumbrar la enormidad del cataclismo que se le venía encima, sin saber que aquella noche habría de alcanzarlo la muerte…),  logró con su tonante voz de mando contener la dislocada huida pánica de sus hombres, y como por arte de magia o milagro, los aglutinó de nuevo en el patio, donde ahora, ya por su propia cuenta y razón  y riesgo forjaron éstos con sus mil quinientos cuerpos un muro humano de contención, y elevando a seguidas los mil quinientos fusiles dirigieron las mil quinientas bocas metálicas de los mismos en la misma dirección y una y otra vez atronaron el aire nítido de la noche con la fetidez intensa de la pólvora requemada sin que por ello consiguieran (según gritaban todos, ya locos…) contener el avance del Bopo que enarbolando la enorme navaja reluciente con la que en vida se hiciera temible y famoso, acortaba distancia entre él y ellos, claramente decidido a cortarles a todos, uno a tras otro, de un solo tajo, las gargantas, como si de juncos o cañas de azúcar se tratara...

Pero ¡óigame usted!, ¡vamos por parte! ¿Me quiere usted decir que de verdad el muerto se levantó del suelo y avanzó sobre los hombres de Gutiérrez enarbolando su navaja?

No sé qué decirle.., Señoría, el caso es que...

Pero ¿no estaba usted allí...?

¡Síííí, Señoría!, pero...

¡Pues entonces dígame ya de una vez por todas qué fue lo que vio, carajo!

Precisamente eso intento, Señoría, pero...

Pero ¿qué...?

Que yo no veía nada…, Señoría, pero fuera como fuere, ellos sí... ¿Me entiende usted…?

No, ni una palabra...

Pues que para los policías, Señoría, el Bopo estaba allí, en el patio del cuartel, de pie, vivito y coleando, avanzando incontenible hacia ellos, navaja en mano... Era eso lo que gritaban todos, locos. ¿Ve usted?

¡Inaudito! ¿Un caso de alucinación colectiva? ¿O cómo lo explicaría usted?

¡No sé, Señoría! Sólo le puedo decir que tanto yo como los demás oficiales (que en paz estén), hicimos lo imposible por contenerlos, por hacerlos entrar en razón, por aplacar sus nervios que ya se les rompían de tan tensos. Pero nuestros esfuerzos fueron inútiles. Desesperados, viendo cómo lo destruían todo a nuestro alrededor, no tuvimos más opción que dispararles. Entonces se produjo el cerradísimo fuego cruzado de resultas del cual la totalidad de mis compañeros fueron cayendo allí en el patio uno tras otro, el Teniente Gutiérrez entre los primeros. (Debo confesarle, Señoría, que me escondí precautoriamente en un tanque de metal vacío que por allí había, era, aunque una acción sin duda indigna, mi única posibilidad de salvar la vida…) Y claro, ya sin nadie que pudiera controlarlos, Señoría, los policías (los que no habían perecido en la refriega y seguían todavía en pie) salieron del cuartel en estampida desparramándose como un río incontenible por las calles y avenidas de la ciudad, en las que desde entonces, como ya sabe usted, Señoría, cometen todo tipo de desmanes y tropelías…

Pero ¿y el cadáver, qué fue de él? ¡Dígame!

¿A cuál se refiere usted, Señoría? ¡Hubo tantos!

Al del bandido, naturalmente.

 De eso nadie sabe nada, señor.

Pero ¡cómo!, ¿no quedó allí en el patio del cuartel cuando hubo pasado el cataclismo, revuelto con los demás fiambres…?

No Señoría…

Entonces ¿se lo llevaron los policías?

No sé, Señoría, mire, la verdad es que ninguna noticia se ha tenido al respecto, todavía a estas alturas nadie sabe nada del asunto. Lo único que podemos dar por verdadero y cierto es que los policías continúan buscándolo, en eso andan, Señoría, patrullan las calles y avenidas de la ciudad, hurgan en los lugares más inverosímiles, en las alcantarillas, en los conductos de aire acondicionado de los edificios, hoy aquí y mañana allá, de la mañana a la noche, sin dormir ni comer apenas, disparando a mansalva contra todo bicho viviente que les sale al paso... Un verdadero desastre, Señoría… Ya ve usted...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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