
He aquí
el conciso relato de los hechos: seis batallones de las fuerzas de
elite de la Policía Nacional, equipados con el más moderno y
sofisticado material de exterminio y conquista que jamás se haya
concentrado en la exigua geografía de la isla, someten a la
población a todo tipo de desmanes, tropelías y violencias; derriban
cuantos edificios encuentran a su paso, no dejando en pie ni un solo
bloc o varilla; levantan el alcantarillado de la ciudad, hurgan y
husmean en los depósitos de mercancías de los comercios, en las
despensas y closets de las casas y en la totalidad de sus gavetas;
disparan a mansalva sobre cuanto ser animado (gato, perro, cotorra o
perico…) les sale al paso. Todo lo referido aparece como más grave y
reprensible aún si tenemos en cuenta que esta incalificable
trasgresión del orden ciudadano está siendo cometida por miembros de
nuestra respetable Institución, tras haber sostenido con sus mandos
un abierto tiroteo, en el transcurso del cual la totalidad de ellos
–salvo uno: usted mismo – perdieron la vida. Pues bien, como testigo
presencial y de excepción que fue de los dramáticos
acontecimientos…, ¿cómo ve usted el caso…?
Pues ¡mal, Señoría, muy mal!, ¡qué quiere que le
diga!: ¡una auténtica catástrofe!... La verdad es que por más que me
estrujo la cabeza no consigo explicarme lo sucedido... Es..., ¿cómo
le diría yo?, como si de repente el cerebro se les hubiera
reblandecido a todos y las sabias enseñanzas que parecían haber
asimilado en los meses de arduo y duro entrenamiento, todos esos
nobles y elevados ideales de orden, rigor, método, disciplina,
responsabilidad, entrega y servicio, que con tanto esfuerzo les
inculcamos, se les hubieran volatilizado...
Pero, ¿cómo ocurrió esto? ¿Cree usted que tuvo que
ver con la actuación del Teniente Gutiérrez, con la forma en que
llevó el caso y condujo a los hombres bajo su mando?
No, Señoría, no, en lo absoluto. Mire, jamás vi
mayor entrega y dedicación a una causa. Gutiérrez no cejaba un
instante en su animosa combatividad, jamás se permitió un minuto de
reposo: comía ahí en el patio del cuartel, de pie, apoyado en el
estribo del jeep cuyo motor mantenía siempre encendido y dispuesto
para la marcha; descabezaba un sueño alígero y brevísimo en el
asiento trasero del mismo y legañoso y todo, no más despertar,
aferraba con manos firmes el guía, reunía con voz estentórea y
tonante a los muchachos y los mantenía en un continuo trajín hasta
bien entrada la noche...
Pero respecto a su relación con sus hombres, ¿llegó a
tener el Teniente un verdadero dominio sobre éstos o, más
exactamente, hubo una auténtica compenetración entre ellos y él?
No me cabe la menor duda al respecto, Señoría. Mire,
el Teniente Gutiérrez poseía una profunda convicción de su propia
valía y una muy decidida voluntad de liderazgo y éxito, era el
coraje en estado puro, la quintaesencia del valor, las agallas del
universo reconcentradas en una sola persona, la representación viva
de la autoridad. En posesión de una inagotable fortaleza y de la más
alta capacidad innata de mando, cuantos se acercaban a él sentían de
inmediato (sentíamos de inmediato, Señoría) cómo la poderosa energía
que emanaba de su cuerpo como un fluido protoplasmático lo envolvía
y se le iba metiendo vísceras adentro por ojos, nariz y boca,
Señoría, provocando un tan intenso obnuvilamiento de los sentidos,
un bloqueo tan total y extremo de las capacidades motoras y
perceptivas que quedaban todos postrados e indefensos ante él,
completamente a su merced, Señoría, como pajaritos ateridos...
Sencillamente, el Teniente subyugaba e imponía. Y ya
desde el primer momento los muchachos –sensibles sin duda a los
efluvios de lo grande—, reconocieron en él a un auténtico líder, y
todo marchó sobre ruedas: caudillo y falanges conformaron un preciso
mecanismo de inigualable operatividad y eficacia: Gutiérrez daba
órdenes inteligentes, rápidas, enérgicas, precisas, trazaba planes y
planos, determinaba con precisión de experimentado estratega cuanto
tenía que hacerse y los muchachos ejecutaban al punto cuanto salía
de su brillante, privilegiada cabeza con la incontrastable
perfección de los modernos artilugios digitales, resultando
imposible contabilizar un solo fallo...
Hábil y sagaz, forjado en foráneas academias,
pertrechado con los más sofisticados y avanzados métodos –aunque no
seguramente con los correspondientes y complementarios mecanismos y
equipos – de rastreo y espionaje, y contando, como contaba con la
adhesión incondicional de sus hombres, era claro que tenía asegurado
el éxito. Y así fue Señoría. En un tiempo inverosímilmente corto el
Teniente Gutiérrez se hizo con preciosos contactos que le informaron
del número y calidad de los hombres, de las armas y equipos con que
contaba el temible bandido, de sus hábitos y costumbres y de sus
posibles flaquezas y debilidades. Durante tres meses de esforzado,
arduo y agotador trabajo (sobornó, sonsacó bajo torturas y amenazas,
incendió barrios y aun pueblos enteros) logró construir un
pormenorizado mapa, en el que aparecían enmarcados en rojo las
casas, ranchos y bohíos de la comarca y de la provincia entera que
pertenecían no solo a posibles o supuestos cómplices del ubicuo y
sagaz delincuente, sino también a familiares, allegados y amigos de
éste y aun a sus amantes de hoy y de antaño. Asimismo, en un
riguroso y eficaz trabajo de espionaje y sonsacamiento, logró
hacerse con informaciones precisas sobre las particularidades de su
carácter, de sus formas y maneras singularísimas de operar y hasta
de sus estrambóticos gustos y preferencias culinarias. Y así,
finalmente, señoría, en la madrugada del 28 de febrero de 1968,
consiguió tenderle al ubicuo bandido una celada de la que ya no
escaparía.
Mil quinientos hombres de las fuerzas especiales de
la PN (con él, Gutiérrez, a la cabeza encaramado en lo alto de una
tanqueta), rodearon el inmundo cubil en el que el celebérrimo ratero
(ovillado como un feto en un catre de campaña) reposaba sus huesos
tras su último atraco a mano armada.
Minutos más tarde el tableteo de las ametralladoras,
resquebrajando el reposado silencio de la noche, cerraba
definitivamente un importante capítulo o episodio de la historia del
crimen: Bopo ya dormía para siempre...
La noticia voló de puerta en puerta como la pólvora,
viajó a lo largo y ancho de la ciudad y, a la mañana siguiente,
recogida por los medios de comunicación, fue –en inverosímil pugna
dialéctica – discutida y mil veces deformada en colmados, barritas,
parques, esquinas, carros de concho, supermercados y comercios. La
figura del desmesurado muchachón –negra y reluciente piel de
pantera envolviendo un cuerpo desmesurado y altísimo –, subyugaba,
deslumbraba, ponía el pánico y el horror en lo cotidiano, a nadie
dejaba indiferente. Durante años los tortuosos acontecimientos de su
existencia habían sido seguidos por todos con particular interés y
apasionamiento, y ahora todo eso se veía potenciado con la noticia
de su muerte...
En la ciudad no se hablaba de otra cosa, Señoría. Se
formaron bandos que defendían una particular y cada vez más
descabellada versión de los hechos: el enfrentamiento entre los
miembros de la Policía Nacional y el mítico bandido había sido una
auténtica batalla campal. En las filas del cuerpo del orden las
bajas se contabilizaban por decenas, aun cuando ni la radio ni la
televisión ni la prensa escrita, y mucho menos aún el Gabinete de
Prensa de la Policía, lo decía. Al desmesurado bandido, por su
parte, le habían dejado el cuerpo hecho un solo hoyo y su cabeza
había quedado tan destrozada que era imposible reconocerlo: el
tronco se lo habían tasajeado y la totalidad de sus vísceras –lo
contaban los más tremendista y truculentos, cargando las tintas –,
fueron regados por el suelo para que se las comieran los perros.
Esto contaban, Señoría. Pero para la gran mayoría de
la población la noticia de la muerte del feroz bandido no era más
que “un cuento chino de la Policía”. Y ya le veían cruzar la calle
tal a la altura del comercio tal o hundido en la penumbra de la
parte trasera de un vehículo; o avanzar a pie hacia el muelle
seguido por tres secuaces armados hasta los dientes; y salir de una
de las estaciones de autobuses de la ciudad portando una sospechosa
maleta de proporciones considerables... Es decir, Señoría, que por
todas partes y cientos de veces en mil y un sitios diferentes a la
vez cientos de personas aseguraban haber visto con sus propios ojos
al Bopo…, ¡vivito y coleando!
Fue así como los muchachos empezaron a
intranquilizarse, Señoría, y con ellos Gutiérrez, que veía cómo el
temor iba ocupando una extensión cada vez mayor en el interior
tubular y ahuecado de sus huesos, y cómo cada día se mostraban más
renuentes a realizar la reglamentaria ronda nocturna, movilizando
todos los recursos a su alcance para conseguirlo. En una ocasión, ya
francamente alarmado, pudo ver cómo al sólo conjuro del nombre del
bandido muerto –algún desgraciado lo disparó desde una alcantarilla
cuando se efectuaba la inspección de una zona sospechosa— la
totalidad de los policías que conformaban la patrulla echaron a
correr como locos. Y ya a partir de aquí ya no tuvo sosiego,
Señoría. Las señoras del vecindario venían un día sí y otro no a
quejarse ante él al cuartel, los cadáveres de sus gatos, perros y
cotorras entre los brazos, cocidos literalmente a balazos.
Comprendió entonces Gutiérrez por qué las patrullas nocturnas
llegaban al cuartel sin un solo tiro en las recámaras de pistolas,
revólveres, ametralladoras y fusiles automáticos: durante toda la
noche, sin tregua ni reposo, violentando el reposo de los
ciudadanos, disparaban contra los gatos y los roedores que se
deslizaban por alcantarillas y tejados, contra las nocturnas
mariposas que revoloteaban en torno a las farolas del escaso
alumbrado eléctrico y contra el murmullo de la brisa abundosa en el
denso follaje de los árboles de parques y avenidas. Una madrugada
mataron a un sencillo ciudadano, cuando éste volvía a su casa del
velatorio de un pariente.
Empezaba a asustarse. Era obvio que si no atajaba
aquello a tiempo la situación podía desembocar en una rebelión
insofocable. La disciplina de la tropa se desmoronaba a ojos vistas,
la oficialidad tenía que hacer cada vez mayor acopio de energías
para que se cumplieran sus órdenes. Meditativo y taciturno, paseaba
por el amplio patio del cuartel, protegido por el alto y grueso muro
de mampostería, coronado por tubos y alambres de espino –, cuando se
le ocurrió la luminosa idea. Extraería el cadáver del temible
bandido de su tumba y lo pasearía por las principales vías de la
“Ciudad Primada de América” en carroza descubierta, tras lo cual lo
mantendría en permanente exposición en una urna de cristal en el
patio del cuartel durante tres días con sus correspondientes noches.
Y tal como lo pensó, lo hizo, Señoría…
Entonces ¿todos, absolutamente todos vieron el
cadáver del Bopo descalabrado, deshecho…?
Síííí, Señoría. Ya desenterrado, el cadáver les fue
mostrado a todos como prueba inapelable de su muerte. Allí en el
patio del cuartel estuvo en su urna de cristal y encaramado sobre
una alta tarima en permanente exposición durante tres días y sus
correspondientes noches, tal como el Teniente lo había planeado…
Y los muchachos, entonces ¿qué hicieron, cómo
reaccionaron?
En un principio, Señoría, se mantuvieron a
prudencial distancia del muerto, recelosos, esquivos, mirándolo por
el rabillo del ojo y cuchicheando sin cesar entre ellos. Así
estuvieron durante los dos primeros días. Hasta que ya en la mañana
del tercero –convencidos de que verdaderamente era el Bopo a quien
allí tenían y que éste estaba de verdad realmente muerto – cobraron
confianza y, como si dentro de sus cuerpos se hubieran desatado al
unísono todas las furias y demonios del averno, se subieron a la
tarima, extrajeron el cadáver de la reluciente urna de cristal y
empezaron a golpearlo, a escupirlo, a meársele encima, etc., etc.;
por último, lo bajaron de la tarima y lo arrastraron por todo el
perímetro del patio del cuartel como si de un toro vencido se
tratase…
Entonces, en ese dramático momento ¿qué hizo
Gutiérrez? ¿Detuvo las agresiones o por el contrario las alentó?
¡Responda!
En aquel momento, sin duda de singular tensión y
dramatismo, Señoría, Gutiérrez nada pudo hacer, porque además casi
en seguida vino lo otro y ya sí que todo se fue definitivamente al
carajo...
¿Qué quiere decir el testigo con eso de “En seguida
vino lo otro” y "todo se fue definitivamente al carajo”? ¿Debo
recordarle que presta usted declaración bajo juramento y que, por
tanto, debe ser extremadamente claro y preciso?…
Pero ¡cómo!, Señoría, ¿no lo sabe usted? ¡Si el
asunto es ya del más absoluto dominio público!
Pues no, no lo sé, y precisamente para eso estoy
aquí, para saberlo de su boca, como testigo de excepción que fue de
los hechos. Me importa un pito que sea “del más absoluto dominio
público” o no… ¡Así que cuente, cuente!..
Pues ¡carai! Señoría, ¡es justamente ahí donde empezó
lo bueno...!
Pues no me intrigue usted más... y ¡cuente, cuente!…
Bien, Señoría. El patio del cuartel aparecía
adornado como las calles de un pueblo en plena celebración de sus
fiestas patronales: bombillitos de colores, banderolas, guirnaldas,
pasacalles y bajantes se veían por doquier. En una tarima (próxima a
la del muerto, pero bastante más alta que ésta) habían colocado la
imagen de la Santísima Virgen, en cuyo honor se había dispuesto la
celebración de una misa de Acción de Gracias. El ambiente era de
general alegría, Señoría, una alegría desbordante, contagiosa,
salutífera…
Hasta el momento los acontecimientos se
desarrollaban conforme a lo previsto. Los muchachos seguían
entretenidos con su “muertico”, al que continuaban arrastrando en
corro por todo el patio, mientras entonaban himnos y cánticos
militares y patrióticos. Pero a eso de la medianoche, de golpe
echaron a correr, ya hacia el interior del cuartel, ya hacia la
calle, sin orden ni concierto, fuera de sí, locos, olvidados de la
disciplina y del respeto que debían a sus superiores y a las
institucionales insignias, pegando alaridos de espanto, gritando a
todo pulmón que el “Bopo había vuelto y clamaba venganza”...
Imagínese usted el lío que allí se armó, Señoría,
aquella masa policial huyendo despavorida en todas direcciones, en
auténtica estampida. Sólo la oportuna y enérgica intervención de
Gutiérrez (que allí estaba de pie sobre la tarima de los festejos
como un torreón o baluarte invictos, sus Ray Bans oscuras
cubriéndole los negros ojillos, impertérrito y absolutamente dueño
de sí, en sus trece, sin llegar siquiera a intuir o vislumbrar la
enormidad del cataclismo que se le venía encima, sin saber que
aquella noche habría de alcanzarlo la muerte…), logró con su
tonante voz de mando contener la dislocada huida pánica de sus
hombres, y como por arte de magia o milagro, los aglutinó de nuevo
en el patio, donde ahora, ya por su propia cuenta y razón y riesgo
forjaron éstos con sus mil quinientos cuerpos un muro humano de
contención, y elevando a seguidas los mil quinientos fusiles
dirigieron las mil quinientas bocas metálicas de los mismos en la
misma dirección y una y otra vez atronaron el aire nítido de la
noche con la fetidez intensa de la pólvora requemada sin que por
ello consiguieran (según gritaban todos, ya locos…) contener el
avance del Bopo que enarbolando la enorme navaja reluciente con la
que en vida se hiciera temible y famoso, acortaba distancia entre él
y ellos, claramente decidido a cortarles a todos, uno a tras otro,
de un solo tajo, las gargantas, como si de juncos o cañas de azúcar
se tratara...
Pero ¡óigame usted!, ¡vamos por parte! ¿Me quiere
usted decir que de verdad el muerto se levantó del suelo y avanzó
sobre los hombres de Gutiérrez enarbolando su navaja?
No sé qué decirle.., Señoría, el caso es que...
Pero ¿no estaba usted allí...?
¡Síííí, Señoría!, pero...
¡Pues entonces dígame ya de una vez por todas qué fue
lo que vio, carajo!
Precisamente eso intento, Señoría, pero...
Pero ¿qué...?
Que yo no veía nada…, Señoría, pero fuera como fuere,
ellos sí... ¿Me entiende usted…?
No, ni una palabra...
Pues que para los policías, Señoría, el Bopo estaba
allí, en el patio del cuartel, de pie, vivito y coleando, avanzando
incontenible hacia ellos, navaja en mano... Era eso lo que gritaban
todos, locos. ¿Ve usted?
¡Inaudito! ¿Un caso de alucinación colectiva? ¿O cómo
lo explicaría usted?
¡No sé, Señoría! Sólo le puedo decir que tanto yo
como los demás oficiales (que en paz estén), hicimos lo imposible
por contenerlos, por hacerlos entrar en razón, por aplacar sus
nervios que ya se les rompían de tan tensos. Pero nuestros esfuerzos
fueron inútiles. Desesperados, viendo cómo lo destruían todo a
nuestro alrededor, no tuvimos más opción que dispararles. Entonces
se produjo el cerradísimo fuego cruzado de resultas del cual la
totalidad de mis compañeros fueron cayendo allí en el patio uno tras
otro, el Teniente Gutiérrez entre los primeros. (Debo confesarle,
Señoría, que me escondí precautoriamente en un tanque de metal vacío
que por allí había, era, aunque una acción sin duda indigna, mi
única posibilidad de salvar la vida…) Y claro, ya sin nadie que
pudiera controlarlos, Señoría, los policías (los que no habían
perecido en la refriega y seguían todavía en pie) salieron del
cuartel en estampida desparramándose como un río incontenible por
las calles y avenidas de la ciudad, en las que desde entonces, como
ya sabe usted, Señoría, cometen todo tipo de desmanes y tropelías…
Pero ¿y el cadáver, qué fue de él? ¡Dígame!
¿A cuál se refiere usted, Señoría? ¡Hubo tantos!
Al del bandido, naturalmente.
De eso nadie sabe nada, señor.
Pero ¡cómo!, ¿no quedó allí en el patio del cuartel
cuando hubo pasado el cataclismo, revuelto con los demás fiambres…?
No Señoría…
Entonces ¿se lo llevaron los policías?
No sé, Señoría, mire, la verdad es que ninguna
noticia se ha tenido al respecto, todavía a estas alturas nadie sabe
nada del asunto. Lo único que podemos dar por verdadero y cierto es
que los policías continúan buscándolo, en eso andan, Señoría,
patrullan las calles y avenidas de la ciudad, hurgan en los lugares
más inverosímiles, en las alcantarillas, en los conductos de aire
acondicionado de los edificios, hoy aquí y mañana allá, de la mañana
a la noche, sin dormir ni comer apenas, disparando a mansalva contra
todo bicho viviente que les sale al paso... Un verdadero desastre,
Señoría… Ya ve usted...
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