México, Distrito Federal I Julio - Agosto  2008 I Año 3 I Número 15 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 Dulce Isabel Aguirre Barrera. Licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

Algunas consideraciones sobre el Tiempo

         El tiempo es el horizonte que presenta la muerte perdiéndose en ella.

María Zambrano, El hombre y lo divino

 

Sabido es que el Tiempo, al ser una de las preocupaciones fundamentales del hombre, ha sido objeto de numerosas reflexiones y definiciones sobre sus cualidades y características, propuestas desde diversos puntos de vista y perspectivas filosóficas. Según la definición de Max Müller y Alois Halder, el Tiempo es:

 Tiempo. A diferencia de la eternidad de Dios, que consiste en la autoposesión supratemporal, inmutable de su propia esencia con absoluta perfección, tiempo es la sucesión de los estados de las cosas finitas, creadas y mutables, que en el transcurso de la realización de su ser (originarse) y de la pérdida de éste (perecer) alcanzan nuevas y nuevas configuraciones de su futuro y, tras el momento de su posesión, vuelven a rebasarlas, dejándolas atrás en el pasado. Por tiempo se entiende en primer lugar el que tiene un comienzo y un fin determinados, el que está orientado a una meta y es irreversible e irrepetible, el tiempo de la existencia y persistencia (tiempo físico) de un ente limitado a través de sus diversas y cambiantes formas. [1] 

 Dagobert Runes, por su parte, define el Tiempo como “El medio general en el cual ocurren todos los acaecimientos en sucesión, o parecen ocurrir así. Todos los periodos específicos y finitos del tiempo, pasados, presentes o futuros, constituyen meras partes del Tiempo entero y singular” [2]. Otra autora, María Zambrano, habla sobre la cualidad del Tiempo de ser la primera fuerza que, al develarle al hombre lo finito de su existencia y del Mundo en el que habita, es así la primera manifestación de la lucha entre el hombre y los dioses, siendo el Tiempo una de las primeras fuerzas divinas que persiguen al hombre y lo vuelcan en la conciencia de la Muerte que anula su existencia: 

el tiempo sin más cualidad que la genérica de ser devorador; inexplicable destructor que suscita una respuesta creadora, provocador de la lucha por la existencia de todas las criaturas que han de alzarse en rebeldía frente a él para vencerle de algún modo. La forma primera en que se plantea la lucha por la vida en los dioses y en los seres todos […] es la lucha frente al Tiempo. [3] 

 Estas definiciones apuntan, como puede verse, a una concepción del Tiempo lineal y que implica la necesaria degradación periódica de todas las cosas y los seres, cuya existencia culmina en la Muerte, a la que siguen nuevos nacimientos.

         Desde otro punto de vista, Mircea Eliade describe el Tiempo como una esencia que se presenta al hombre bajo dos formas distintas: el tiempo sagrado y el tiempo profano. Para Eliade, el tiempo sagrado es aquel que experimenta el hombre religioso, un tiempo que es, “por su propia naturaleza, reversible”, es decir, “indefinidamente recuperable [y] repetible”, que “no cambia ni se agota”, es decir, que no transcurre ni tiene, por lo tanto, duración [4]. El hombre religioso, en palabras de Eliade, “se niega a vivir tan sólo en lo que en términos modernos se llama el <<presente histórico>> [y, en cambio,] se esfuerza por incorporarse a un Tiempo sagrado que, en ciertos aspectos, puede equipararse con la <<Eternidad>>” [5].

         El tiempo profano, que es el que vive el hombre no-religioso es, en cambio, aquél que implica la duración lineal, el transcurso irrefrenable hacia la Muerte y que, entonces, resulta irrepetible y hecho, como lo dicen las definiciones ya mencionadas, de instantes que se concatenan unos a otros: 

Para el hombre no-religioso, el tiempo no puede presentar ni ruptura ni <<misterio>>: constituye la más profunda dimensión existencia del hombre, está ligado a su propia existencia, pues tiene un comienzo y un fin, que es la muerte, el aniquilamiento de la existencia. Cualquiera que sea la multiplicidad de los ritmos temporales que experimente y sus diferentes intensidades, el hombre no-religioso sabe que se trata siempre de una experiencia humana en la que no puede insertarse ninguna presencia divina. [6] 

 Así pues, podría parecer que el tiempo llamado “profano” (que es el que comúnmente se entiende como tal) carece por completo de cualidades religiosas y está negado a cualquier sacralidad (esto es, a la posibilidad de pensarse o vivirse como una manifestación de la Divinidad) o referencia a la espiritualidad del hombre. Sin embargo, como se analizará a continuación, el cuento de Clarice Lispector “La relación de la cosa” es un ejemplo de experiencia de aquel tiempo profano (lineal, marcado por la irreversibilidad) en términos de una manifestación de “lo sagrado” que se expresa y pervive incluso dentro de este “tiempo histórico” del que habla Eliade y que implica, entonces, una concepción de la temporalidad que subvierte los términos con que comúnmente se la entiende. 

“La relación de la cosa”: El tiempo profano y su cualidad sagrada

Pero duermo el sueño de los justos por saber que mi vida fútil no molesta la marcha del gran tiempo.

Clarice Lispector, “El huevo y la gallina” 

Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

Julio Cortázar, “Instrucciones para dar cuerda al reloj”

 

“La relación de la cosa” comienza con una descripción sobre el Tiempo en términos de una esencia inmutable a la que los hombres dividen y que, en este caso, se encuentra metafóricamente “envuelta” en el reloj que es el protagonista del cuento, el llamado Sveglia (“despierta”, en italiano) por la voz narrativa:  

Esta cosa es más difícil de lo que cualquiera puede entender. Insista. No se desanime. Parecerá obvio. Pero es extremadamente difícil saber algo de ella. Pues envuelve el tiempo.

Nosotros dividimos el tiempo, cuando en realidad no es divisible. Siempre es inmutable, pero nosotros necesitamos dividirlo. Y por eso se inventó una cosa monstruosa: el reloj.

No voy a hablar de relojes. Sino sobre un determinado reloj. […]

El reloj del que hablo es electrónico y tiene despertador. La marca es Sveglia, que quiere decir “despierta”. Despierta para qué, Dios mío. Para el tiempo, para la hora. Para el instante. Este reloj no es mío. Pero me apoderé de su infernal alma tranquila. [7] 

 El Sveglia (que aquí simboliza el Tiempo -como lo apunta la propia voz narrativa: “lo principal es que él es el tiempo” [8]-) tiene la cualidad de “despertar”, al que entra en contacto con él, a la realidad oculta de las cosas y de los seres del Mundo (“Sveglia: despierta, mujer, despierta para ver lo que debe ser visto. Es importante estar despierta para ver” [9]). Dicha realidad es aquella que cotidianamente se trata de negar: el transcurso irrefrenable hacia el desgaste, la degradación y finalmente la muerte.

         El Sveglia (el Tiempo), no transcurre, no se corrompe como el resto de las cosas y de los seres del Mundo a los que él envuelve. Así, el Tiempo tiene una cualidad divina de ser la Esencia Primera que engloba a todas las demás esencias (que, como apunta el texto, “no tiene nombre íntimo” –Sveglia es el nombre que le adjudica la voz narrativa- sino que “conserva el anonimato”, pues “no hay lengua que pronuncie [el] verdadero nombre [de Dios]” [10]). A la vez, dentro de su inmutabilidad (su no morir, no acontecer, no “funcionar”, no necesitar cuerda, estar “suelto” en el espacio, no tener “circunstancias”, no pensar ni entender –“ser” solamente-, ni “soñar” y ser “seco” –es decir, que no reacciona frente a las circunstancias, como sí lo hacen los seres del Mundo-) que escapa a la vida mortal (expuesta al ciclo vida-muerte), encierra la mortalidad de todas esas esencias que él hace existir en la contingencia pasajera: 

Su mecanismo es muy simple. No tiene la complejidad de una persona, pero es más gente que mucha gente. ¿Es un superhombre? No, viene directamente del planeta Marte, por lo que parece. Si es de allí de donde viene, entonces un día volverá allí. Es tonto decir que no necesita cuerda, eso ya ocurre con otros relojes, como el mío de muñeca, es antichoque […]. Ésos son hasta más que personas. Por lo menos, son de la Tierra. El Sveglia es de Dios. Fueron usados cerebros humanos divinos para captar lo que debía ser este reloj. […]

[…] Sveglia es el Objeto, es la Cosa, con letra mayúscula. ¿Será que el Sveglia me ve? Ve, sí, como si yo fuese otro objeto. Él reconoce que a veces hay personas que también vienen de Marte.

[…] Despiértame, Sveglia, quiero ver la realidad. […] Estoy con deseos de llorar. Sveglia no llora. Además, él no tiene circunstancias. ¿Será que su energía tiene peso? Duerme, Sveglia, duerme un poco, yo no soporto tu vigilia. Tú no paras de ser. Tú no sueñas. No se puede decir que tú “funcionas”: tú no eres funcionamiento, tú sólo eres.

Tú eres muy delgado. Y nada te sucede. Eres tú quien hace acontecer las cosas. Acontéceme, Sveglia, acontéceme. […] Y dame otra vez el deseo, que es el resorte de la vida animal. Yo no te quiero para mí. No me gusta sentirme vigilada. Y tú eres un ojo único abierto siempre como un ojo suelto en el espacio. Tú no me quieres mal, pero tampoco me quieres bien. ¿Será que yo también estoy quedando así, sin sentimiento de amor? ¿Soy una cosa? Sé que estoy con poca capacidad de amar. Mi capacidad de amor fue demasiado pisoteada, Dios mío. Sólo me queda un hilo de deseo. Yo necesito que éste se fortifique. Porque no es como tú piensas, que sólo la muerte importa. Vivir, cosa que tú no conoces, porque es pudrirse, vivir corrompiéndose importa mucho. [11] 

El Tiempo, de esta manera, es el “ojo único abierto siempre en el espacio” que persigue constantemente al hombre despertándolo a la conciencia de su mortalidad y la de todo aquello que lo rodea transformando, como lo dice la voz narrativa, “la claridad en insomnio perenne” [12], es decir, la calma inconsciente en la angustia de la Muerte contra la cual no puede lucharse.

         Esta cualidad divina del Tiempo corresponde a lo que Zambrano llama “la sacralidad” oculta en la realidad mundana. La “verdadera realidad” es aquella que está detrás del misterio de la vida profana y que engloba, como el Tiempo en este cuento, a todas las cosas y los seres: 

la realidad no es atributo ni cualidad que les conviene a unas cosas sí y a otras no: es algo anterior a las cosas, es una irradiación de la vida que emana de un fondo de misterio; es la realidad oculta, escondida; corresponde, en suma, a lo que hoy llamamos “sagrado”.

La realidad es lo sagrado y sólo lo sagrado la tiene y la otorga. Lo demás le pertenece. [13] 

         La conciencia del Tiempo, que lleva a la experimentación “despierta” de la mortalidad es, aquí, lo que permite al hombre acceder a la “verdadera realidad” del Mundo.

         El Tiempo, entonces, como lo indica la voz narrativa, “marcha como un caballo blanco y sin silla”, “lindo y enjaezado con plata”, “de crines altivas y erizadas” y que corre “rítmicamente” y “sin prisa” [14], llevando todas las cosas y los seres a su natural término. Esta metáfora del Tiempo como un caballo puede explicarse según lo dicho por Jean Chevalier que, en su Diccionario de los símbolos, define a aquel animal de la siguiente manera: 

Caballo: […] Asociado originalmente a las tinieblas, mundo del que surge galopando desde las entrañas de la tierra o los abismos del mar. Hijo de la noche y del misterio, ese caballo arquetípico es portador a la vez de muerte y de vida, ligado al fuego, destructor y triunfador, y al agua, alimentadora y asfixiante.

Así, los psicoanalistas ven en el caballo el símbolo de la psique no humana, arquetipo próximo al de la Madre, memoria del mundo, o bien del tiempo, porque está ligado a los grandes relojes naturales, o también al arquetipo de la impetuosidad del deseo. [15] 

 De acuerdo con el autor, una de las imágenes del caballo es la del “Caballo de majestad”, animal blanco, “de una blancura resplandeciente” y asociado a la majestad (al Sol), cuya imagen corresponde a la del caballo aludido en “La relación de la cosa”. Chevalier apunta que el caballo (igual que otro animal, la serpiente) es “imagen del Tiempo”, pues “Huye incesantemente, de abajo hacia arriba y de arriba abajo, entre los infiernos y los cielos” [16], esto es, se mueve constantemente entre la vida y la muerte siendo portador de ambos.

         A la par de esta descripción de la temporalidad, en el cuento se hace una enumeración de todos los actos, situaciones y actitudes que, según la voz narrativa, son o no son Sveglia. Es decir, los que aceptan y recrean el ciclo del Tiempo (la no permanencia y que, por lo tanto, se acaban) o, por el contrario, aquellos que buscan fijarse y mantenerse [17].

         El agua, por ejemplo, es Sveglia (es Tiempo) pues, como ya lo indica la descripción de Chevalier antes citada, este elemento es uno de los que se asocian a la imagen del Tiempo y a la figura del caballo. Y esto porque, como dice Gaston Bachelard, el agua es una sustancia que incesantemente transcurre y se pierde, se derrama e implica el ir y venir interminable que conlleva la eterna transitoriedad de las cosas y de los seres (que es resultado del influjo del Tiempo sobre ellos):

 el agua […] que sin cesar transforma la sustancia del ser. […] El agua es […] el elemento transitorio. Es la metamorfosis ontológica esencial […]. […] Muere a cada minuto, sin cesar algo de su sustancia se derrumba. […] El agua corre siempre, el agua cae siempre, siempre concluye en su muerte horizontal. [18]

  Dicha cualidad de ser uno de los “símbolos” del Tiempo, el agua la mantiene “a pesar de ser mojada por excelencia” [19]. En la enumeración del cuento, lo mojado aparece como algo que no es Sveglia pues, a diferencia del estado natural del agua, que es el de fluir, este elemento tiene también otro estado, el de la humedad (lo mojado) que, contrariamente, intenta fijarse en las sustancias que “moja”. En el texto, los sentimientos humanos son descritos equiparándolos a la humedad (“gotean” y son “mojados”), y lo mismo sucede con “la vida” de todos los seres, pues ambos intentan permanecer y se niegan a perderse, a acabarse y fluir: 

Todavía no vi al Sveglia, como ya dije. Tal vez sea mojado verlo. Sé todo con relación a él. Pero la dueña no quiere que yo lo vea. Tiene celos. Los celos llegan a gotear, de tan húmedos. Además, nuestra Tierra corre el riesgo de mojarse de sentimientos. [20]

 

Estoy con deseos de llorar. Sveglia no llora. [21]

 

El gallo es Sveglia. El huevo es puro Sveglia. Pero sólo el huevo entero, completo, blanco, de cascarón seco, completamente oval. Por dentro de él hay vida; vida mojada. Pero comer la yema cruda es Sveglia. [22]

 

La disputa es Sveglia. Acabo de tener una con la dueña del reloj. […] ella se puso furiosa [...] y dijo que tenía muchos problemas –tener problemas no es Sveglia-. [23]

 

Tuve una empleada por siete días, llamada Severina, y que había pasado hambre de niña. Le pregunté si estaba triste. Me dijo que no era alegre ni triste: era así, justamente. Ella era Sveglia. Pero yo no lo era y no pude soportar la ausencia de sentimiento. [24]

 

La máquina de escribir es [Sveglia]. El peligro de que llegue a no ser más Sveglia es cuando se mezcla un poco con los sentimientos de la persona que está escribiendo. [25]

 

 Los celos, el llanto, la vida mojada que está dentro del huevo, los problemas, la tristeza y la alegría y los sentimientos del autor -cuya subjetividad puede “mojar” lo que escribe- no son Sveglia puesto que buscan la permanencia y se aferran a ella. El Tiempo, en cambio, está protegido, por una capa, de la humedad [26], que le permite no “mojarse” y, de esta manera, no permitir que nada se fije ni perdure. El Sveglia es, por lo tanto, “seco”, como el cascarón del huevo (cuya yema cruda “es Sveglia” porque escapa a la humedad de la clara y del contenido que, cuando se cuece, se convierte en algo “mojado”), “duro” y “áspero”, como la disputa y como el Cigarrillo Carlton que menciona el texto [27] y, al igual que éste último, no es cómplice de los sentimientos y las necesidades emocionales del ser humano, cuyo anhelo esencial es la permanencia, sino que “sólo es”, como la empleada Severina, como escribir, y conlleva en sí el ciclo de la vida y la muerte, como el gallo y el huevo (metáfora por excelencia del mismo) y como la disputa que aquí, implícitamente, se define como algo que inevitablemente acaba.

         Siguiendo este sistema de oposiciones, el antibiótico que cura una enfermedad y el final de ésta, son Sveglia, pues simbolizan la necesidad de cierto influjo y del paso del tiempo para que aquélla desaparezca [28]. El futbol es Sveglia, porque es un ciclo que comienza y termina, “pero Pelé, en cambio, no es” porque, como se dice en el cuento, Pelé “no ha respetado el anonimato”, esto es, su fama lo ha convertido en un personaje “fijo” y “atemporal” [29]. Escribir es igualmente Sveglia, al ser un acto que busca el anonimato de una expresión “seca” (es decir, una descripción de la realidad que no esté anegada en la subjetividad sentimental o emocional del que escribe), pero el estilo no lo es, puesto que implica una intención de expresión completamente subjetiva [30]; y, en la puntuación, los puntos suspensivos tampoco lo son, ya que siginifcan un estado suspendido en el que la narración deja de transcurrir [31]. La bondad no es, pues es un sentimiento subjetivo que pretende fijarse, “Pero la no bondad [que, aquí, se define como algo distinto a la “maldad”], el darse, es”, porque implica  un fluir del ser que no intenta permanecer en dicho estado [32]. El apellido de la autora, es Sveglia, porque la vuelve anónima, un nombre más en la lista de los escritores, mientras que su nombre no lo es, porque el nombre particulariza la existencia de una persona [33].

         “No tener secretos –y, sin embargo, mantener el enigma-” es Sveglia, porque ese estado es como el del Tiempo que, sin esconder su cualidad de provocar la transitoriedad, resulta sin embargo un misterio para la conciencia humana [34]. El Sol es Sveglia porque de él se observan su “nacimiento” y su “muerte” cada día; la Luna no es puesto que, de ella, la imagen común es la del astro suspendido y del cual es más difícil ver cuando sale y cuando “desaparece” [35]. El whisky es Sveglia ya que sólo con el transcurrir del tiempo alcanza su sabor más exquisito (es una metáfora del transcurso necesario de éste) [36]. Ser fiel y ser feliz son estados también Sveglia, porque ambos son sentimientos que perecen y/o cambian [37]; la profesión de cartero lo es también, porque conlleva un ir y venir constante [38].

         El olor del mar, que “mezcla masculino y femenino”, produce en esta unión “un hijo que es” Sveglia, porque es la mezcla de contrarios similar a la del ciclo vital vida/muerte [39]. El perfume, al ser una esencia que termina con el transcurrir de cierto lapso de tiempo, es también [40]. Quien entienda “la irrevelada relación” del cuento es igualmente Sveglia, pues habrá comprendido la cualidad transitoria del Mundo y de la Vida [41]. La cocinera de la voz narrativa, “que cocina [...] y canta todo el día”, es, porque de ella se deduce que es feliz [42]. Morir, es, ya que implica degradarse, transcurrir [43]. Y lo mismo ocurre con la cara (el rostro), que es Sveglia porque ejemplifica el paso del Tiempo [44]. La espera es algo de lo que resulta difícil decidir si es o no [45]: podría decirse que sí, en tanto que es un estado que busca un término (la llegada de aquello –persona, cosa, situación, etc- que se espera) pero, a la vez, contiene en sí el riesgo de convertirse en una espera infinita (un estado inmóvil y eterno –o séase, en el que el Tiempo no transcurre- si no acaece el arribo esperado).

         Tener senos es Sveglia, pues el seno simboliza una copa invertida de la cual, “como del cielo, se destila la vida” (como si fuera agua que cae, otra de las imágenes ya analizadas) y que es “promesa de regeneración” [46], es decir, es otra metáfora del ciclo vital (el nacimiento, la alimentación de la vida por parte de un ser que, estando en una etapa vital más cercana a la muerte del nuevo ser al que da de comer, recrea en este acto los ciclos sucesivos de ambos momentos por los que todo ser transcurre) [47]. Igualmente, el órgano genital masculino es [48], porque también de él se derrama una sustancia vital, y su excitación cumple un ciclo de inicio-desarrollo-“muerte”(final).

         El acto sexual es, “contiene en sí una desesperación que es [Sveglia]” [49] porque, como indica Georges Bataille, tras el orgasmo, la sensación momentánea de continuidad entre los dos amantes se rompe y éstos regresan a la conciencia de su mortalidad, de su contingencia particular, que no es otra cosa sino la cualidad de ser seres que transcurren hacia la muerte definitiva y que sólo en el acto sexual consiguen sentir, por un momento, que escapan a aquélla y se “fijan” un instante en el placer orgásmico [50]. Este “acto del amor”, como lo llama la voz narrativa del texto analizado, es otra metáfora esencial del ciclo vida/muerte, que en él se escenifica y recrea en el “nacimiento” a la continuidad que conlleva la sensación orgásmica, seguido por la “muerte” del fin de aquel orgasmo, experimentados por los amantes.

         El sueño no es Sveglia [51] puesto que, como apunta Paul Valéry, constituye un “sistema completo y cerrado” donde no existe el movimiento (y, por lo tanto, nada termina ni transcurre) y que, por lo mismo, oculta o disimula “la multiplicidad real”: el sueño se contrapone a la realidad (ámbito de la expresión del Tiempo) pues, en él, se genera un estado de “inmovilización parcial” en el que todo es susceptible de fijarse. Para Valéry, “lo fijo engendra lo falso”, la no-realidad que es la cualidad esencial del sueño y en la que no existen la conciencia ni la experiencia de la finitud (el paso del Tiempo) que son comunes a lo real: “El sueño jamás realiza esa admirable finitud alcanzada por la percepción en la vigilia y a la luz del día” [52].

         En relación con la literatura, según la voz narrativa del texto la poesía es Sveglia, mientras que la novela y el cuento no lo son [53]. Nuevamente, las reflexiones de Valéry sobre estos géneros permiten una explicación de la clasificación hecha en el cuento: en palabras de este autor, el cuento y la novela “nos transforman en sujetos del sueño y de nuestra facultad por sentirnos alucinados” [54] puesto que, en ambos, el lector “se sumerge” en la vida imaginaria en la que lo introduce su lectura:

 Su cuerpo deja de existir. Sostiene su cabeza con las dos manos. Es, se mueve, actúa y sufre únicamente en el espíritu. Está absorto e lo que devora; no puede retenerse, pues quién sabe qué demonio lo obliga a avanzar. Desea la continuación, y al final, es presa de una especie de alienación: toma partido, triunfa, se entristece, ya no es él mismo, no es más que un cerebro separado de sus fuerzas externas, es decir, entregado a sus imágenes [...]. [55]

 Es decir, retomando la concepción de los sentimientos humanos que aparece en “La relación de la cosa”, tanto la novela como el cuento producen una experiencia “mojada” en la que el lector se hace cómplice y es presa de las pasiones manifestadas en los textos, asumiendo como propia esa “falsa realidad” que, por ilusoria, se asemeja al estado irreal que es el sueño. La poesía, en cambio, no actúa sobre el lector “dividiéndolo en su naturaleza, comunicándole las ilusiones de una vida fingida y puramente mental” [56], ni le impone aquella realidad falsa. Por ello, la voz narrativa del cuento de Lispector trata de no escribir “mojado” sino un relato “seco como la champaña ultraseca” [57] que, como puede verse al analizar el lenguaje y la sintaxis que utiliza el texto, se acerca a la poesía en tanto que su prosa puede considerarse como “poética”.

         El número (como sustantivo general) es Sveglia, “aunque el seis no lo sea”; el texto hace alusión a que el autor de la narración “quería llegar al número 9” de hojas escritas, número que se describe como “inalcanzable” y que aparece precediendo a la mención sobre el número trece que, según la voz narrativa “es Dios” (lo que, quizás, podría interpretarse como que es Sveglia ya que, como se analizó anteriormente, el Tiempo es equiparado en el cuento con la Divinidad Creadora) [58]

         Lo anterior podría explicarse de la siguiente manera: primero, el número es Sveglia porque es a la vez finito e infinito (cada número es sólo la cantidad que engloba –el uno termina cuando empieza el dos- y, al mismo tiempo, dentro de él se encuentran todas las fracciones infinitas que lo constituyen –todas las que existen entre el uno y el dos: ½, ¼, 1/8, etc.-), lo que simboliza la cualidad del Tiempo de ser a la vez vida y muerte, la esencia que produce dicho ciclo. Segundo, retomando las definiciones de Chevalier [59] sobre los números específicos que menciona el texto, el seis no puede ser Sveglia porque es el símbolo de una “perfección en potencia” (su imagen gráfica es la de seis triángulos equiláteros inscritos en un círculo, en el que cada lado de cada triángulo equivale al radio del círculo, y seis es casi exactamente la relación de la circunferencia con el radio), esto es, de algo inamovible y que no transcurre.  El nueve, por otra parte, simboliza, según el autor, “la universalidad y lo infinito” al ser el resultado del cuadrado de tres (3 x 3), que es el número divino en la teología cristiana (el de la Trinidad), lo que lo convierte en otra metáfora de la perfección.

         Finalmente, en palabras de Chevalier, el trece es considerado, desde la Antigüedad, “como de mal augurio”, puesto que “En la última cena de Cristo con sus apóstoles, los comensales eran trece. [Además] La Cábala enumeraba trece espíritus del mal. [Y, también] El décimo tercer capítulo del Apocalipsis es el del Anticristo y el de la Bestia” [60]. Esta definición del número trece permite una posible interpretación, en la equiparación del mismo respecto a Dios que se hace en “La relación de la cosa”, sobre una propuesta de la concepción de aquél (la Divinidad, el Tiempo) en términos que en la ideología cristiana se considerarían como “paganos” puesto que, al asociársele con un número que a su vez simboliza “el Mal”, es decir, la Muerte, se implica la cualidad de Dios que en el texto es también la esencial del Tiempo: provocar la degradación y aniquilamiento de todas las demás esencias y cosas del Mundo.

         Como puede observarse, sucede aquí lo mismo que con el símbolo del agua: la esencia genérica (el agua / el número) es Tiempo en tanto que ejemplifica el ciclo vital de la impermanencia y transitoriedad de las cosas y los seres, pero sus manifestaciones específicas (la humedad, lo mojado / los números específicos) no lo son (no logran serlo, a excepción del trece cuya interpretación resulta, como ya se ha dicho, dudosa y difícil) porque intentan fijarse y buscan la perfección, es decir, la inmovilidad inmutable (por eso, el número seis no es Sveglia, por ser  una potencia de perfección –un intento de ésta-, y el autor del texto no consigue llegar a las nueve páginas, pues ello implicaría una extensión “perfecta” del cuento).

 

Conclusiones

Las citas anteriores ejemplifican claramente la concepción del Tiempo que maneja Clarice Lispector en “La relación de la cosa”: el Tiempo aquí es, por su naturaleza de hacer transcurrir todas las cosas y los seres (de “acontecerlos”), una esencia “profana” (retomando la clasificación del tiempo hecha por Mircea Eliade) puesto que es lineal (“histórica”, irrepetible), es decir, conlleva el cambio que impide cualquier permanencia.

Sin embargo, al ser la esencia original que, inmutable e inmanente, hace existir al Universo tiene, en sí, la cualidad sagrada de una Divinidad Creadora, una Esencia última e inmortal dentro de la cual está la mortalidad inalterable de aquellos seres y cosas. El Tiempo es, en este cuento, la realidad sagrada (la perfección) que engloba a la vez la realidad profana del Mundo contigente (la imperfección) y, desde su perfección, le provee dicha cualidad de discontinuidad a todos los seres, cosas y esencias. La sacralidad del Tiempo (la “perfección” –la inmanencia- de lo imperfecto) se le revela al hombre como la cualidad que subyace a la cotidianeidad “profana” (que constantemente se corrompe) sujeta a la contingencia, y que la origina y la justifica.

Así, como apunta Brenda Ríos, cada texto de Lispector “pareciera un replanteamiento del mundo a partir de categorías comunes” [61] que, mediante reflexiones sobre la experiencia “como el contacto necesario con la realidad aprensibe”, la comunicación y su imposibilidad, el amor y la muerte, la vida, la familia, el estatus social, el matrimonio o, como en este caso, el Tiempo, subvierte los términos y concepciones con que los individuos comprenden tradicionalmente el mundo que los rodea, así como las relaciones interpersonales mediante las cuales se organiza nuestra sociedad.

 

 

 

Bibliografía

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ZAMBRANO, María, El hombre y lo divino, México, FCE, cuarta reimpresión, 2002.

 


 

[1] MÜLLER, Max, y HALDER, Alois, Breve diccionario de Filosofía.

[2] RUNES, Dagobert D. Diccionario de Filosofía.

[3] ZAMBRANO, María, El hombre y lo divino, pp. 48 y 49.

[4] V. ELIADE, Mircea, Lo sagrado y lo profano, pp. 63 y 64.

[5] Ibid., p. 64.

[6] Ibid., p. 65.

[7] LISPECTOR, Clarice, “La relación de la cosa”, en Cuentos reunidos, pp. 413-420, p. 413.

[8] Ibid., loc. cit.

[9] Ibid., loc. cit.

[10] ibid., pp. 416 y 417.

[11] Ibid., pp. 413 y 414.

[12] Ibid., p. 420.

[13] ZAMBRANO, op. cit., p. 33.

[14] V. LISPECTOR, op. cit., pp. 415 y 416 passim.

[15] CHEVALIER, Jean, Diccionario de los símbolos.

[16] Ibid.

[17] En este trabajo, analizaré sólo los ejemplos del cuento a los que pude encontrarles una posible interpretación que me pareciera coherente con el argumento global sobre el Tiempo. Quedan algunos más cuya interpretación me resultó demasiado dudosa.

[18] BACHELARD, Gaston, El agua y los sueños, p. 15.

[19] LISPECTOR, op. cit., p. 418.

[20] Ibid., p. 417.

[21] Ibid., p. 413.

[22] Ibid., p. 417.

[23] Ibid., loc. cit.

[24] Ibid., loc. cit.

[25] Ibid., p. 419.

[26] V. ibid., p. 414.

[27] V. ibid., p. 419.

[28] V. Ibid., p. 417.

[29] V. ibid., p. 418. (A partir de aquí, cito solamente la página en la que se encuentra la frase cuya interpretación aparece junto al ejemplo del cuento.)

[30] V. ibid., loc. cit.

[31] V. ibid., loc. cit.

[32] V. ibid., loc. cit.

[33] V. ibid., loc. cit.

[34] V. ibid., loc. cit.

[35] V. ibid., loc. cit.

[36] V. ibid., loc. cit.

[37] V. ibid., loc. cit.

[38] V. ibid., loc. cit.

[39] V. ibid., p. 419.

[40] V. ibid., p. 420..

[41] V. ibid., p. 418.

[42] V. ibid., p. 419.

[43] V. ibid., loc. cit.

[44] v. ibid., p. 418.

[45] V. ibid., p. 419.

[46] v. CHEVALIER, op. cit.

[47] V. LISPECTOR, op. cit., p. 418.

[48] V. ibid., loc. cit.

[49] V. ibid., loc. cit.

[50] BATAILLE, Georges, El erotismo, p. 109.

[51] V. ibid., p. 417.

[52] VALÉRY, Paul, “Estudios y fragmentos sobre el sueño”, en Reflexiones, pp. 177-184, p. 183.

[53] V. LISPECTOR, op. cit., pp. 416 y 417.

[54] VALÉRY, “Conversación en torno a la poesía”, en op. cit., pp. 189-214, p. 208.

[55] Ibid., p. 207.

[56] Ibid., p. 208.

[57] LISPECTOR, op. cit., p. 416.

[58] V. ibid., p. 419.

[59] V. CHEVALIER, op. cit.

[60] Ibid.

[61] RÍOS, Brenda, Del amor y otras cosas que se gastan por el uso, p. 59.

 

 

 

 

 

 

 

destiempos.com  I  Año 3 I  Número 15 I  2008 ©

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