Sabido es que el Tiempo, al ser una de las preocupaciones
fundamentales del hombre, ha sido objeto de numerosas
reflexiones y definiciones sobre sus cualidades y
características, propuestas desde diversos puntos de vista y
perspectivas filosóficas. Según la definición de Max Müller
y Alois Halder, el Tiempo es:
Tiempo.
A diferencia de la eternidad de Dios, que consiste en la
autoposesión supratemporal, inmutable de su propia esencia
con absoluta perfección, tiempo es la sucesión de los
estados de las cosas finitas, creadas y mutables, que en el
transcurso de la realización de su ser (originarse) y de la
pérdida de éste (perecer) alcanzan nuevas y nuevas
configuraciones de su futuro y, tras el momento de su
posesión, vuelven a rebasarlas, dejándolas atrás en el
pasado. Por tiempo se entiende en primer lugar el que tiene
un comienzo y un fin determinados, el que está orientado a
una meta y es irreversible e irrepetible, el tiempo de la
existencia y persistencia (tiempo físico) de un ente
limitado a través de sus diversas y cambiantes formas.
Dagobert Runes, por su parte, define el Tiempo como
“El medio general en el cual ocurren todos los acaecimientos
en sucesión, o parecen ocurrir así. Todos los periodos
específicos y finitos del tiempo, pasados, presentes o
futuros, constituyen meras partes del Tiempo entero y
singular”
. Otra
autora, María Zambrano, habla sobre la cualidad del Tiempo
de ser la primera fuerza que, al develarle al hombre lo
finito de su existencia y del Mundo en el que habita, es así
la primera manifestación de la lucha entre el hombre y los
dioses, siendo el Tiempo una de las primeras fuerzas divinas
que persiguen al hombre y lo vuelcan en la conciencia de la
Muerte que anula su existencia:
el tiempo sin más cualidad que la genérica de ser devorador;
inexplicable destructor que suscita una respuesta creadora,
provocador de la lucha por la existencia de todas las
criaturas que han de alzarse en rebeldía frente a él para
vencerle de algún modo. La forma primera en que se plantea
la lucha por la vida en los dioses y en los seres todos […]
es la lucha frente al Tiempo.
Estas definiciones apuntan, como puede verse, a una
concepción del Tiempo lineal y que implica la necesaria
degradación periódica de todas las cosas y los seres, cuya
existencia culmina en la Muerte, a la que siguen nuevos
nacimientos.
Desde otro punto de vista, Mircea Eliade describe
el Tiempo como una esencia que se presenta al hombre bajo
dos formas distintas: el tiempo sagrado y el tiempo profano.
Para Eliade, el tiempo sagrado es aquel que
experimenta el hombre religioso, un tiempo que es, “por su
propia naturaleza, reversible”, es decir, “indefinidamente
recuperable [y] repetible”, que “no cambia ni se agota”, es
decir, que no transcurre ni tiene, por lo tanto, duración
. El hombre
religioso, en palabras de Eliade, “se niega a vivir tan sólo
en lo que en términos modernos se llama el <<presente
histórico>> [y, en cambio,] se esfuerza por incorporarse a
un Tiempo sagrado que, en ciertos aspectos, puede
equipararse con la <<Eternidad>>”
.
El tiempo profano, que es el que vive el
hombre no-religioso es, en cambio, aquél que implica la
duración lineal, el transcurso irrefrenable hacia la Muerte
y que, entonces, resulta irrepetible y hecho, como lo dicen
las definiciones ya mencionadas, de instantes que se
concatenan unos a otros:
Para el hombre no-religioso, el tiempo no puede presentar ni
ruptura ni <<misterio>>: constituye la más profunda
dimensión existencia del hombre, está ligado a su propia
existencia, pues tiene un comienzo y un fin, que es la
muerte, el aniquilamiento de la existencia. Cualquiera que
sea la multiplicidad de los ritmos temporales que
experimente y sus diferentes intensidades, el hombre
no-religioso sabe que se trata siempre de una experiencia
humana en la que no puede insertarse ninguna presencia
divina.
Así pues, podría parecer que el tiempo llamado
“profano” (que es el que comúnmente se entiende como tal)
carece por completo de cualidades religiosas y está negado a
cualquier sacralidad (esto es, a la posibilidad de pensarse
o vivirse como una manifestación de la Divinidad) o
referencia a la espiritualidad del hombre. Sin embargo, como
se analizará a continuación, el cuento de Clarice Lispector
“La relación de la cosa” es un ejemplo de experiencia de
aquel tiempo profano (lineal, marcado por la
irreversibilidad) en términos de una manifestación de “lo
sagrado” que se expresa y pervive incluso dentro de este
“tiempo histórico” del que habla Eliade y que implica,
entonces, una concepción de la temporalidad que subvierte
los términos con que comúnmente se la entiende.
“La relación de la cosa”: El tiempo profano y su cualidad
sagrada
Pero duermo el
sueño de los justos por saber que mi vida fútil no molesta
la marcha del gran tiempo.
Clarice Lispector,
“El huevo y la gallina”
Y allá en el fondo
está la muerte si no corremos y llegamos antes y
comprendemos que ya no importa.
Julio Cortázar,
“Instrucciones para dar cuerda al reloj”
“La relación de la cosa” comienza con una descripción sobre
el Tiempo en términos de una esencia inmutable a la que los
hombres dividen y que, en este caso, se encuentra
metafóricamente “envuelta” en el reloj que es el
protagonista del cuento, el llamado Sveglia (“despierta”, en
italiano) por la voz narrativa:
Esta cosa es más difícil de lo que cualquiera puede
entender.
Insista. No se desanime. Parecerá obvio.
Pero es extremadamente difícil saber algo de ella. Pues
envuelve el tiempo.
Nosotros dividimos el tiempo, cuando en realidad no es
divisible. Siempre es inmutable, pero nosotros necesitamos
dividirlo. Y por eso se inventó una cosa monstruosa: el
reloj.
No voy a hablar de relojes. Sino sobre un determinado reloj.
[…]
El reloj del que hablo es electrónico y tiene despertador.
La marca es Sveglia, que quiere decir “despierta”. Despierta
para qué, Dios mío. Para el tiempo, para la hora. Para el
instante. Este reloj no es mío. Pero me apoderé de su
infernal alma tranquila.
El Sveglia (que aquí simboliza el Tiempo -como lo
apunta la propia voz narrativa: “lo principal es que él es
el tiempo”
-) tiene la
cualidad de “despertar”, al que entra en contacto con él, a
la realidad oculta de las cosas y de los seres del Mundo (“Sveglia:
despierta, mujer, despierta para ver lo que debe ser visto.
Es importante estar despierta para ver”
). Dicha
realidad es aquella que cotidianamente se trata de negar: el
transcurso irrefrenable hacia el desgaste, la degradación y
finalmente la muerte.
El Sveglia (el Tiempo), no transcurre, no se
corrompe como el resto de las cosas y de los seres del Mundo
a los que él envuelve. Así, el Tiempo tiene una cualidad
divina de ser la Esencia Primera que engloba a todas las
demás esencias (que, como apunta el texto, “no tiene nombre
íntimo” –Sveglia es el nombre que le adjudica la voz
narrativa- sino que “conserva el anonimato”, pues “no hay
lengua que pronuncie [el] verdadero nombre [de Dios]”
). A la
vez, dentro de su inmutabilidad (su no morir, no acontecer,
no “funcionar”, no necesitar cuerda, estar “suelto” en el
espacio, no tener “circunstancias”, no pensar ni entender
–“ser” solamente-, ni “soñar” y ser “seco” –es decir, que no
reacciona frente a las circunstancias, como sí lo hacen los
seres del Mundo-) que escapa a la vida mortal (expuesta al
ciclo vida-muerte), encierra la mortalidad de todas esas
esencias que él hace existir en la contingencia pasajera:
Su mecanismo es muy simple. No tiene la complejidad de una
persona, pero es más gente que mucha gente. ¿Es un
superhombre? No, viene directamente del planeta Marte, por
lo que parece. Si es de allí de donde viene, entonces un día
volverá allí. Es tonto decir que no necesita cuerda, eso ya
ocurre con otros relojes, como el mío de muñeca, es
antichoque […]. Ésos son hasta más que personas. Por lo
menos, son de la Tierra. El Sveglia es de Dios. Fueron
usados cerebros humanos divinos para captar lo que debía ser
este reloj. […]
[…] Sveglia es el Objeto, es la Cosa, con letra mayúscula.
¿Será que el Sveglia me ve? Ve, sí, como si yo fuese otro
objeto. Él reconoce que a veces hay personas que también
vienen de Marte.
[…] Despiértame, Sveglia, quiero ver la realidad. […] Estoy
con deseos de llorar. Sveglia no llora. Además, él no tiene
circunstancias. ¿Será que su energía tiene peso? Duerme,
Sveglia, duerme un poco, yo no soporto tu vigilia. Tú no
paras de ser. Tú no sueñas. No se puede decir que tú
“funcionas”: tú no eres funcionamiento, tú sólo eres.
Tú eres muy delgado. Y nada te sucede. Eres tú quien hace
acontecer las cosas. Acontéceme, Sveglia, acontéceme. […] Y
dame otra vez el deseo, que es el resorte de la vida animal.
Yo no te quiero para mí. No me gusta sentirme vigilada. Y tú
eres un ojo único abierto siempre como un ojo suelto en el
espacio. Tú no me quieres mal, pero tampoco me quieres bien.
¿Será que yo también estoy quedando así, sin sentimiento de
amor? ¿Soy una cosa? Sé que estoy con poca capacidad de
amar. Mi capacidad de amor fue demasiado pisoteada, Dios
mío. Sólo me queda un hilo de deseo. Yo necesito que éste se
fortifique. Porque no es como tú piensas, que sólo la muerte
importa. Vivir, cosa que tú no conoces, porque es pudrirse,
vivir corrompiéndose importa mucho.
El Tiempo, de esta manera, es el “ojo único abierto
siempre en el espacio” que persigue constantemente al hombre
despertándolo a la conciencia de su mortalidad y la de todo
aquello que lo rodea transformando, como lo dice la voz
narrativa, “la claridad en insomnio perenne”
, es
decir, la calma inconsciente en la angustia de la Muerte
contra la cual no puede lucharse.
Esta cualidad divina del Tiempo corresponde a lo
que Zambrano llama “la sacralidad” oculta en la realidad
mundana. La “verdadera realidad” es aquella que está detrás
del misterio de la vida profana y que engloba, como el
Tiempo en este cuento, a todas las cosas y los seres:
la realidad no es atributo ni cualidad que les conviene a
unas cosas sí y a otras no: es algo anterior a las cosas, es
una irradiación de la vida que emana de un fondo de
misterio; es la realidad oculta, escondida; corresponde, en
suma, a lo que hoy llamamos “sagrado”.
La realidad es lo sagrado y sólo lo sagrado la tiene y la
otorga. Lo demás le pertenece.
La conciencia del Tiempo, que lleva a la
experimentación “despierta” de la mortalidad es, aquí, lo
que permite al hombre acceder a la “verdadera realidad” del
Mundo.
El Tiempo, entonces, como lo indica la voz
narrativa, “marcha como un caballo blanco y sin silla”,
“lindo y enjaezado con plata”, “de crines altivas y
erizadas” y que corre “rítmicamente” y “sin prisa”
, llevando
todas las cosas y los seres a su natural término. Esta
metáfora del Tiempo como un caballo puede explicarse según
lo dicho por Jean Chevalier que, en su Diccionario de los
símbolos, define a aquel animal de la siguiente manera:
Caballo: […] Asociado originalmente a las tinieblas, mundo
del que surge galopando desde las entrañas de la tierra o
los abismos del mar. Hijo de la noche y del misterio, ese
caballo arquetípico es portador a la vez de muerte y de
vida, ligado al fuego, destructor y triunfador, y al agua,
alimentadora y asfixiante.
Así, los psicoanalistas ven en el caballo el símbolo de la
psique no humana, arquetipo próximo al de la Madre, memoria
del mundo, o bien del tiempo, porque está ligado a los
grandes relojes naturales, o también al arquetipo de la
impetuosidad del deseo.
De acuerdo con el autor, una de las imágenes del
caballo es la del “Caballo de majestad”, animal blanco, “de
una blancura resplandeciente” y asociado a la majestad (al
Sol), cuya imagen corresponde a la del caballo aludido en
“La relación de la cosa”. Chevalier apunta que el caballo
(igual que otro animal, la serpiente) es “imagen del
Tiempo”, pues “Huye incesantemente, de abajo hacia arriba y
de arriba abajo, entre los infiernos y los cielos”
, esto es,
se mueve constantemente entre la vida y la muerte siendo
portador de ambos.
A la par de esta descripción de la temporalidad, en el
cuento se hace una enumeración de todos los actos, situaciones y
actitudes que, según la voz narrativa, son o no son Sveglia. Es
decir, los que aceptan y recrean el ciclo del Tiempo (la no
permanencia y que, por lo tanto, se acaban) o, por el contrario,
aquellos que buscan fijarse y mantenerse
.
El agua, por ejemplo, es Sveglia (es Tiempo) pues, como
ya lo indica la descripción de Chevalier antes citada, este
elemento es uno de los que se asocian a la imagen del Tiempo y a
la figura del caballo. Y esto porque, como dice Gaston Bachelard,
el agua es una sustancia que incesantemente transcurre y se
pierde, se derrama e implica el ir y venir interminable que
conlleva la eterna transitoriedad de las cosas y de los seres
(que es resultado del influjo del Tiempo sobre ellos):
el
agua […] que sin cesar transforma la sustancia del ser. […]
El agua es […] el elemento transitorio. Es la metamorfosis
ontológica esencial […]. […] Muere a cada minuto, sin cesar
algo de su sustancia se derrumba. […] El agua corre siempre,
el agua cae siempre, siempre concluye en su muerte
horizontal.
Dicha cualidad de ser uno de los “símbolos” del Tiempo,
el agua la mantiene “a pesar de ser mojada por excelencia”
. En la
enumeración del cuento, lo mojado aparece como algo que no es
Sveglia pues, a diferencia del estado natural del agua, que es
el de fluir, este elemento tiene también otro estado, el de la
humedad (lo mojado) que, contrariamente, intenta fijarse en las
sustancias que “moja”. En el texto, los sentimientos humanos son
descritos equiparándolos a la humedad (“gotean” y son
“mojados”), y lo mismo sucede con “la vida” de todos los seres,
pues ambos intentan permanecer y se niegan a perderse, a
acabarse y fluir:
Todavía no vi al Sveglia, como ya dije. Tal vez sea mojado
verlo. Sé todo con relación a él. Pero la dueña no quiere que yo
lo vea. Tiene celos. Los celos llegan a gotear, de tan húmedos.
Además, nuestra Tierra corre el riesgo de mojarse de
sentimientos.
Estoy con deseos de llorar. Sveglia no llora.
El gallo es Sveglia. El huevo es puro Sveglia. Pero sólo el
huevo entero, completo, blanco, de cascarón seco, completamente
oval. Por dentro de él hay vida; vida mojada. Pero comer la yema
cruda es Sveglia.
La disputa es Sveglia. Acabo de tener una con la dueña del
reloj. […] ella se puso furiosa [...] y dijo que tenía muchos
problemas –tener problemas no es Sveglia-.
Tuve una empleada por siete días, llamada Severina, y que había
pasado hambre de niña. Le pregunté si estaba triste. Me dijo que
no era alegre ni triste: era así, justamente. Ella era Sveglia.
Pero yo no lo era y no pude soportar la ausencia de sentimiento.
La máquina de escribir es [Sveglia]. El peligro de que llegue a
no ser más Sveglia es cuando se mezcla un poco con los
sentimientos de la persona que está escribiendo.
Los celos, el llanto, la vida mojada que está dentro
del huevo, los problemas, la tristeza y la alegría y los
sentimientos del autor -cuya subjetividad puede “mojar” lo que
escribe- no son Sveglia puesto que buscan la permanencia y se
aferran a ella. El Tiempo, en cambio, está protegido, por una
capa, de la humedad
, que le
permite no “mojarse” y, de esta manera, no permitir que nada se
fije ni perdure. El Sveglia es, por lo tanto, “seco”, como el
cascarón del huevo (cuya yema cruda “es Sveglia” porque escapa a
la humedad de la clara y del contenido que, cuando se cuece, se
convierte en algo “mojado”), “duro” y “áspero”, como la disputa
y como el Cigarrillo Carlton que menciona el texto
y, al igual
que éste último, no es cómplice de los sentimientos y las
necesidades emocionales del ser humano, cuyo anhelo esencial es
la permanencia, sino que “sólo es”, como la empleada Severina,
como escribir, y conlleva en sí el ciclo de la vida y la muerte,
como el gallo y el huevo (metáfora por excelencia del mismo) y
como la disputa que aquí, implícitamente, se define como algo
que inevitablemente acaba.
Siguiendo este sistema de oposiciones, el antibiótico
que cura una enfermedad y el final de ésta, son Sveglia, pues
simbolizan la necesidad de cierto influjo y del paso del tiempo
para que aquélla desaparezca
. El futbol es
Sveglia, porque es un ciclo que comienza y termina, “pero Pelé,
en cambio, no es” porque, como se dice en el cuento, Pelé “no ha
respetado el anonimato”, esto es, su fama lo ha convertido en un
personaje “fijo” y “atemporal”
. Escribir es
igualmente Sveglia, al ser un acto que busca el anonimato de una
expresión “seca” (es decir, una descripción de la realidad que
no esté anegada en la subjetividad sentimental o emocional del
que escribe), pero el estilo no lo es, puesto que implica una
intención de expresión completamente subjetiva
; y, en la
puntuación, los puntos suspensivos tampoco lo son, ya que
siginifcan un estado suspendido en el que la narración deja de
transcurrir
. La bondad no
es, pues es un sentimiento subjetivo que pretende fijarse, “Pero
la no bondad [que, aquí, se define como algo distinto a la
“maldad”], el darse, es”, porque implica un fluir del ser que
no intenta permanecer en dicho estado
. El apellido
de la autora, es Sveglia, porque la vuelve anónima, un nombre
más en la lista de los escritores, mientras que su nombre no lo
es, porque el nombre particulariza la existencia de una persona
.
“No tener secretos –y, sin embargo, mantener el
enigma-” es Sveglia, porque ese estado es como el del Tiempo
que, sin esconder su cualidad de provocar la transitoriedad,
resulta sin embargo un misterio para la conciencia humana
. El Sol es
Sveglia porque de él se observan su “nacimiento” y su “muerte”
cada día; la Luna no es puesto que, de ella, la imagen común es
la del astro suspendido y del cual es más difícil ver cuando
sale y cuando “desaparece”
. El whisky es
Sveglia ya que sólo con el transcurrir del tiempo alcanza su
sabor más exquisito (es una metáfora del transcurso necesario de
éste)
. Ser fiel y
ser feliz son estados también Sveglia, porque ambos son
sentimientos que perecen y/o cambian
; la profesión
de cartero lo es también, porque conlleva un ir y venir
constante
.
El olor del mar, que “mezcla masculino y femenino”,
produce en esta unión “un hijo que es” Sveglia, porque es la
mezcla de contrarios similar a la del ciclo vital vida/muerte
. El perfume,
al ser una esencia que termina con el transcurrir de cierto
lapso de tiempo, es también
. Quien
entienda “la irrevelada relación” del cuento es igualmente
Sveglia, pues habrá comprendido la cualidad transitoria del
Mundo y de la Vida
. La cocinera
de la voz narrativa, “que cocina [...] y canta todo el día”, es,
porque de ella se deduce que es feliz
. Morir, es,
ya que implica degradarse, transcurrir
. Y lo mismo
ocurre con la cara (el rostro), que es Sveglia porque
ejemplifica el paso del Tiempo
. La espera es
algo de lo que resulta difícil decidir si es o no
: podría
decirse que sí, en tanto que es un estado que busca un término
(la llegada de aquello –persona, cosa, situación, etc- que se
espera) pero, a la vez, contiene en sí el riesgo de convertirse
en una espera infinita (un estado inmóvil y eterno –o séase, en
el que el Tiempo no transcurre- si no acaece el arribo
esperado).
Tener senos es Sveglia, pues el seno simboliza una copa
invertida de la cual, “como del cielo, se destila la vida” (como
si fuera agua que cae, otra de las imágenes ya analizadas) y que
es “promesa de regeneración”
, es decir, es
otra metáfora del ciclo vital (el nacimiento, la alimentación de
la vida por parte de un ser que, estando en una etapa vital más
cercana a la muerte del nuevo ser al que da de comer, recrea en
este acto los ciclos sucesivos de ambos momentos por los que
todo ser transcurre)
. Igualmente,
el órgano genital masculino es
, porque
también de él se derrama una sustancia vital, y su excitación
cumple un ciclo de inicio-desarrollo-“muerte”(final).
El acto sexual es, “contiene en sí una desesperación
que es [Sveglia]”
porque, como
indica Georges Bataille, tras el orgasmo, la sensación
momentánea de continuidad entre los dos amantes se rompe y éstos
regresan a la conciencia de su mortalidad, de su contingencia
particular, que no es otra cosa sino la cualidad de ser seres
que transcurren hacia la muerte definitiva y que sólo en el acto
sexual consiguen sentir, por un momento, que escapan a aquélla y
se “fijan” un instante en el placer orgásmico
. Este “acto
del amor”, como lo llama la voz narrativa del texto analizado,
es otra metáfora esencial del ciclo vida/muerte, que en él se
escenifica y recrea en el “nacimiento” a la continuidad que
conlleva la sensación orgásmica, seguido por la “muerte” del fin
de aquel orgasmo, experimentados por los amantes.
El sueño no es Sveglia
puesto que,
como apunta Paul Valéry, constituye un “sistema completo y
cerrado” donde no existe el movimiento (y, por lo tanto, nada
termina ni transcurre) y que, por lo mismo, oculta o disimula
“la multiplicidad real”: el sueño se contrapone a la realidad
(ámbito de la expresión del Tiempo) pues, en él, se genera un
estado de “inmovilización parcial” en el que todo es susceptible
de fijarse. Para Valéry, “lo fijo engendra lo falso”, la
no-realidad que es la cualidad esencial del sueño y en la que no
existen la conciencia ni la experiencia de la finitud (el paso
del Tiempo) que son comunes a lo real: “El sueño jamás realiza
esa admirable finitud alcanzada por la percepción en la
vigilia y a la luz del día”
.
En relación con la literatura, según la voz narrativa
del texto la poesía es Sveglia, mientras que la novela y el
cuento no lo son
. Nuevamente,
las reflexiones de Valéry sobre estos géneros permiten una
explicación de la clasificación hecha en el cuento: en palabras
de este autor, el cuento y la novela “nos transforman en sujetos
del sueño y de nuestra facultad por sentirnos alucinados”
puesto que,
en ambos, el lector “se sumerge” en la vida imaginaria en la que
lo introduce su lectura:
Su
cuerpo deja de existir. Sostiene su cabeza con las dos
manos. Es, se mueve, actúa y sufre únicamente en el
espíritu. Está absorto e lo que devora; no puede retenerse,
pues quién sabe qué demonio lo obliga a avanzar. Desea la
continuación, y al final, es presa de una especie de
alienación: toma partido, triunfa, se entristece, ya no es
él mismo, no es más que un cerebro separado de sus fuerzas
externas, es decir, entregado a sus imágenes [...].
Es decir, retomando la concepción de los sentimientos
humanos que aparece en “La relación de la cosa”, tanto la novela
como el cuento producen una experiencia “mojada” en la que el
lector se hace cómplice y es presa de las pasiones manifestadas
en los textos, asumiendo como propia esa “falsa realidad” que,
por ilusoria, se asemeja al estado irreal que es el sueño. La
poesía, en cambio, no actúa sobre el lector “dividiéndolo en su
naturaleza, comunicándole las ilusiones de una vida fingida y
puramente mental”
, ni le impone
aquella realidad falsa. Por ello, la voz narrativa del cuento de
Lispector trata de no escribir “mojado” sino un relato “seco
como la champaña ultraseca”
que, como
puede verse al analizar el lenguaje y la sintaxis que utiliza el
texto, se acerca a la poesía en tanto que su prosa puede
considerarse como “poética”.
El número (como sustantivo general) es Sveglia, “aunque
el seis no lo sea”; el texto hace alusión a que el autor de la
narración “quería llegar al número 9” de hojas escritas, número
que se describe como “inalcanzable” y que aparece precediendo a
la mención sobre el número trece que, según la voz narrativa “es
Dios” (lo que, quizás, podría interpretarse como que es Sveglia
ya que, como se analizó anteriormente, el Tiempo es equiparado
en el cuento con la Divinidad Creadora)
.
Lo anterior podría explicarse de la siguiente manera:
primero, el número es Sveglia porque es a la vez finito e
infinito (cada número es sólo la cantidad que engloba –el uno
termina cuando empieza el dos- y, al mismo tiempo, dentro de él
se encuentran todas las fracciones infinitas que lo constituyen
–todas las que existen entre el uno y el dos: ½, ¼, 1/8, etc.-),
lo que simboliza la cualidad del Tiempo de ser a la vez vida y
muerte, la esencia que produce dicho ciclo. Segundo, retomando
las definiciones de Chevalier
sobre los
números específicos que menciona el texto, el seis no puede ser
Sveglia porque es el símbolo de una “perfección en potencia” (su
imagen gráfica es la de seis triángulos equiláteros inscritos en
un círculo, en el que cada lado de cada triángulo equivale al
radio del círculo, y seis es casi exactamente la relación de la
circunferencia con el radio), esto es, de algo inamovible y que
no transcurre. El nueve, por otra parte, simboliza, según el
autor, “la universalidad y lo infinito” al ser el resultado del
cuadrado de tres (3 x 3), que es el número divino en la teología
cristiana (el de la Trinidad), lo que lo convierte en otra
metáfora de la perfección.
Finalmente, en palabras de Chevalier, el trece es
considerado, desde la Antigüedad, “como de mal augurio”, puesto
que “En la última cena de Cristo con sus apóstoles, los
comensales eran trece. [Además] La Cábala enumeraba trece
espíritus del mal. [Y, también] El décimo tercer capítulo del
Apocalipsis es el del Anticristo y el de la Bestia”
. Esta
definición del número trece permite una posible interpretación,
en la equiparación del mismo respecto a Dios que se hace en “La
relación de la cosa”, sobre una propuesta de la concepción de
aquél (la Divinidad, el Tiempo) en términos que en la ideología
cristiana se considerarían como “paganos” puesto que, al
asociársele con un número que a su vez simboliza “el Mal”, es
decir, la Muerte, se implica la cualidad de Dios que en el texto
es también la esencial del Tiempo: provocar la degradación y
aniquilamiento de todas las demás esencias y cosas del Mundo.
Como puede observarse, sucede aquí lo mismo que con el
símbolo del agua: la esencia genérica (el agua / el número) es
Tiempo en tanto que ejemplifica el ciclo vital de la
impermanencia y transitoriedad de las cosas y los seres, pero
sus manifestaciones específicas (la humedad, lo mojado / los
números específicos) no lo son (no logran serlo, a excepción del
trece cuya interpretación resulta, como ya se ha dicho, dudosa y
difícil) porque intentan fijarse y buscan la perfección, es
decir, la inmovilidad inmutable (por eso, el número seis no es
Sveglia, por ser una potencia de perfección –un intento de
ésta-, y el autor del texto no consigue llegar a las nueve
páginas, pues ello implicaría una extensión “perfecta” del
cuento).
Conclusiones
Las citas anteriores ejemplifican claramente la concepción del
Tiempo que maneja Clarice Lispector en “La relación de la cosa”:
el Tiempo aquí es, por su naturaleza de hacer transcurrir todas
las cosas y los seres (de “acontecerlos”), una esencia “profana”
(retomando la clasificación del tiempo hecha por Mircea Eliade)
puesto que es lineal (“histórica”, irrepetible), es decir,
conlleva el cambio que impide cualquier permanencia.
Sin embargo, al ser la esencia original que, inmutable e
inmanente, hace existir al Universo tiene, en sí, la cualidad
sagrada de una Divinidad Creadora, una Esencia última e inmortal
dentro de la cual está la mortalidad inalterable de aquellos
seres y cosas. El Tiempo es, en este cuento, la realidad sagrada
(la perfección) que engloba a la vez la realidad profana del
Mundo contigente (la imperfección) y, desde su perfección, le
provee dicha cualidad de discontinuidad a todos los seres, cosas
y esencias. La sacralidad del Tiempo (la “perfección” –la
inmanencia- de lo imperfecto) se le revela al hombre como la
cualidad que subyace a la cotidianeidad “profana” (que
constantemente se corrompe) sujeta a la contingencia, y que la
origina y la justifica.
Así, como apunta Brenda Ríos, cada texto de Lispector “pareciera
un replanteamiento del mundo a partir de categorías comunes”
que, mediante reflexiones sobre la
experiencia “como el contacto necesario con la realidad
aprensibe”, la comunicación y su imposibilidad, el amor y la
muerte, la vida, la familia, el estatus social, el matrimonio o,
como en este caso, el Tiempo, subvierte los términos y
concepciones con que los individuos comprenden tradicionalmente
el mundo que los rodea, así como las relaciones interpersonales
mediante las cuales se organiza nuestra sociedad.