En las cercanías del Thissen, las hojas mueven un silencio que
presiente la lluvia. Hay un olor a bosque soterrado en la madera
dúctil de los árboles, una melancolía suspendida en los brotes,
un aliento en las ramas expresivas que esparcen como un eco el
rumor de la lluvia. No importa demasiado el persistente tráfico
ni el trasiego incesante, las idas y venidas de turistas, ahítos
de ver arte, que ya confunden un cielo gris azulado de Poussin,
de Tiziano o Velázquez con el que pende sobre sus cabezas. Sin
embargo al amigo que vengo a visitar no le gustaba demasiado
representar la Naturaleza. Algún paisaje plasmó en sus comienzos
sí, pero a desgana y sin convicción alguna. Prefería sin duda la
natural condición del ser humano, esos paisajes, a veces
plácidos y a menudo atormentados, por donde discurre la
existencia. Una vez, discutiendo con el pintor mexicano Diego
Rivera, lo dejó bien claro… ¡El paisaje lo es todo, -
exclamó Rivera enfadado- que no se te olvide! Y él, alto
y claro en el tono, respondió: “¡El paisaje no existe!” y se
quedó tan ancho; él, precisamente él, que buscaba el secreto de
las profundidades más antiguas, los vastos territorios donde la
huella imprime la urdimbre del recuerdo, las máscaras de
contorno esquemático por donde la materia del árbol o del viento
o de la propia tierra respiraba. Él, que buscaba en las tallas
africanas la lección de Brancussi o, en las aristas duras de los
adoquines, la piedra vulnerable al hieratismo. -¿Dónde andarán
aquellas esculturas sumergidas en la leyenda, que al parecer
creó y arrojó al río? - Buscó la metafísica en la geométrica
paz de la mandorla, la transparente luz que emerge de la vida
para insuflar un alma a sus creaciones, que siempre son
personas; personajes amigos cercanos y distantes a la vez,
suspendidos de un mundo que le es propio, más interno que
externo. Más recóndito que expansivo, dueños de sus secretos o
de su intimidad; de palabra abolida pero que hablan a través de
sus ojos, a veces sin pupilas como almendradas simas insondables.
En las oscilaciones de los
aconteceres termino siempre por reencontrarlo; forma parte de mi
cartografía personal, del territorio mítico donde sitúo lo que
me sacude – también lo que me hiere- con esa intensidad con la
que amamos algo que nos importa, o nos desasosiega, nos ayuda a
mirar, a sentir, a crecer como algo ajeno al tiempo, parecido
al amor o a la tristeza. A veces, cuando arrincono sus
fotografías o su único autorretrato, adopta la mirada soñadora,
un tanto desvalida, de Gérard Philipe, y, entonces, la música de
Paul Misraki, la visión de Max Ophüls, me envuelve en blanco y
negro, un contraplano gris bajo la lluvia, el viento arrebatando
los bocetos, y al pintor, ebrio de soledad. La generosidad
sedienta de aquel artista hundido, remontándose igual que sus
dibujos que vuelan como estrellas, ante la indiferencia de los
veladores, de la gente que charla en los cafés, de la acorralada
arquitectura mísera de tantos callejones sin salida, de los
transeúntes que observan con desconfianza la febril avidez de
unos ojos, que todo lo observaron, plasmando al ser humano con
conmovedora y suprema dignidad, con la elegancia exenta de los
que nada tienen poseyéndolo todo. Los especuladores de la vida
miran con displicencia, sin advertir al genio ofreciendo su
arte desesperadamente y que sucumbirá, para erguirse en los
siglos venideros mediante la agonía, en toda la grandeza de su
creadora plenitud…
Siempre me acerco a Modigliani; en
Montparnasse 19 y, sobre todo, en cualquiera de sus obras
que de una u otra forma me acompañan… ¡Nos hemos encontrado en
tantos sitios! Él siempre rodeado por amigos fieles, por amantes
ocasionales, dulcemente cercado por su última y definitiva musa,
la joven mujer que más lo amó, Jeanne Hébuterne,( la que sin
duda él quiso sin reserva) fuera del tiempo y sus condicionantes,
hasta la ofrenda final, en la que desesperadamente enamorada y
embarazada por segunda vez, al día siguiente de que él muriera
por una meningitis tuberculosa en la cama del Hòpital de la
Charité, se arrojara al vacío llenando ese lugar de la memoria,
trágicamente unida a un infausto destino, compartiendo la gloria
de una inmortalidad que ninguno de los dos acaso imaginara.
Pacífica y entregada posa Jeanne una
y otra vez en su primordial y callada sencillez, sobre esa
esencialidad pura que Amedeo Modigliani sabía imprimir a cada
creación suya. Es verdad que el pintor, en la vorágine de su
personal andadura, se empapó de todos los ismos, asumió la
lección de Toulouse – Lautrec en sus primeras obras y más tarde
la precisión y la pureza de las formas cezannianas, frecuentó a
Picasso y, sin olvidar sus referentes, Boticelli, Tiziano,
Simone Martini, etc., anduvo inmerso en el arte de su tiempo,
disfrutando con el lenguaje colorista y rompedor de Matisse, o
con la acristalada y sosegada geometría de un Braque, por
ejemplo… Pero es único, incuestionablemente único, poseedor de
la complejidad de los matices de un arte vivo, humanamente vivo
en su misterio, con una luz que activa los colores – tan escasos,
tan sabiamente intensos- para ahondar en el fondo del corazón
humano como muy pocos genios lo consiguen.