México, Distrito Federal I Julio - Agosto  2008 I Año 3 I Número 15 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 Efi Cubero. Nace en Granja de Torrehermosa (Badajoz). Y actualmente reside en Barcelona, ciudad en la cual realizó estudios de Historia del Arte Lengua y Literatura y donde es corresponsal de Revistart (Revista de las Artes) y de Frontera. Poemas y relatos suyos forman parte de diferentes Antologías.Ha participado en varias exposiciones de Arte Contemporáneo con la revista objeto Lalata y, junto a otros artistas multidisciplinares con poemas visuales. Autora también de numerosos textos para catálogos de diferentes artistas.Tiene cuatro libros publicados: Fragmentos deexilio;Altano;Borrandomárgenes; La mirada en el limo y otro en proyecto; En medio de la nada.

 

En las cercanías del Thissen, las hojas mueven un silencio que presiente la lluvia. Hay un olor a bosque soterrado en la madera dúctil de los árboles, una melancolía suspendida en los brotes, un aliento en las ramas expresivas que esparcen como un eco el rumor de la lluvia. No importa demasiado el persistente tráfico ni el trasiego incesante, las idas y venidas de turistas, ahítos de ver arte, que ya confunden un cielo gris azulado de Poussin, de Tiziano o Velázquez con el que pende sobre sus cabezas. Sin embargo al amigo que vengo a visitar no le gustaba demasiado representar la Naturaleza. Algún paisaje plasmó en sus comienzos sí, pero a desgana y sin convicción alguna. Prefería sin duda la natural condición del ser humano, esos paisajes, a veces plácidos y a menudo atormentados, por donde discurre la existencia. Una vez, discutiendo con el pintor mexicano Diego Rivera, lo dejó bien claro… ¡El paisaje lo es todo, - exclamó Rivera enfadado- que no se te olvide! Y él, alto y claro en el tono, respondió: “¡El paisaje no existe!” y se quedó tan ancho; él, precisamente él, que buscaba  el secreto de las profundidades más antiguas, los vastos territorios donde la huella imprime la urdimbre del recuerdo, las máscaras de contorno esquemático por donde la materia del árbol o del viento o de la propia tierra respiraba. Él, que buscaba en las tallas africanas la lección de Brancussi o, en las aristas duras de los adoquines, la piedra vulnerable al hieratismo. -¿Dónde andarán aquellas esculturas sumergidas en la leyenda, que al parecer creó y arrojó al río? -  Buscó la metafísica en la geométrica paz de la mandorla, la transparente luz que emerge de la vida para insuflar un alma a sus creaciones, que siempre son personas; personajes amigos cercanos y distantes a la vez, suspendidos de un mundo que le es propio, más interno que externo. Más recóndito que expansivo, dueños de sus secretos o de su intimidad; de palabra abolida pero que hablan a través de sus ojos, a veces sin pupilas como almendradas simas insondables.

 En las oscilaciones de los aconteceres termino siempre por reencontrarlo; forma parte de mi cartografía personal, del territorio mítico donde sitúo lo que me sacude – también lo que me hiere- con esa intensidad con la que amamos algo que nos importa, o nos desasosiega, nos ayuda a mirar,  a sentir, a crecer como algo ajeno al tiempo, parecido al amor o a la tristeza. A veces, cuando arrincono sus fotografías o su único autorretrato, adopta la mirada soñadora, un tanto desvalida, de Gérard Philipe, y, entonces, la música de Paul Misraki, la visión de Max Ophüls, me envuelve en blanco y negro, un contraplano gris bajo la lluvia, el viento arrebatando los bocetos, y al pintor, ebrio de soledad. La  generosidad sedienta de aquel artista hundido, remontándose igual que sus dibujos que vuelan como estrellas, ante la indiferencia de los veladores, de la gente que charla en los cafés, de la acorralada arquitectura mísera de tantos callejones sin salida, de los transeúntes que observan con desconfianza la febril avidez de unos ojos, que todo lo observaron, plasmando al ser humano con conmovedora y suprema dignidad, con la elegancia exenta de los que nada tienen poseyéndolo todo. Los especuladores de la vida miran con displicencia,  sin advertir al genio ofreciendo su arte desesperadamente y que sucumbirá, para erguirse en los siglos venideros mediante la agonía, en toda la grandeza de su creadora plenitud…

Siempre me acerco a Modigliani; en Montparnasse 19 y, sobre todo, en cualquiera de sus obras que de una u otra forma me acompañan… ¡Nos hemos encontrado en tantos sitios! Él siempre rodeado por amigos fieles, por amantes ocasionales, dulcemente cercado por su última y definitiva musa, la joven mujer que más  lo amó, Jeanne Hébuterne,( la que sin duda él quiso sin reserva) fuera del tiempo y sus condicionantes, hasta la ofrenda final, en la que desesperadamente enamorada y embarazada por segunda vez, al día siguiente de que él muriera por una meningitis tuberculosa en la cama del Hòpital de la Charité, se arrojara al vacío llenando ese lugar de la memoria, trágicamente unida a un infausto destino, compartiendo la gloria de una inmortalidad que ninguno de los dos acaso imaginara.

 Pacífica y entregada posa Jeanne una y otra vez en su primordial y callada sencillez, sobre esa esencialidad pura que Amedeo Modigliani sabía imprimir a cada creación suya. Es verdad que el pintor, en la vorágine de su personal andadura, se empapó de todos los ismos, asumió la lección de Toulouse – Lautrec en sus primeras obras y más tarde la precisión y la pureza de las formas cezannianas, frecuentó a Picasso y,  sin olvidar sus referentes, Boticelli, Tiziano, Simone Martini, etc., anduvo inmerso en el arte de su tiempo, disfrutando con el lenguaje colorista y rompedor de Matisse, o con la acristalada y sosegada geometría de un Braque, por ejemplo… Pero es único, incuestionablemente único, poseedor de la complejidad de los matices de un arte vivo, humanamente vivo en su misterio, con una luz que activa los colores – tan escasos, tan sabiamente intensos- para ahondar en el fondo del corazón humano como muy pocos genios lo consiguen.

 

 

 

 

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