El libro es la publicación del ciclo de
conferencias que se presentaron como preámbulo al proyecto de
edición, paleografía, traducción del náhuatl y anotación del
llamado Códice Florentino, por parte de un grupo
interdisciplinario de investigadores convocado en 2005 por el
Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM; en el
prólogo León-Portilla menciona que el objetivo de las
presentaciones fue “mostrar la génesis y el contenido” del texto
sahaguniano, “así como ofrecer algunas muestras de su rica
temática”.
El libro, coordinado por Pilar Máynez
y José Rubén Romero está constituido por 9 artículos en los
cuales se puede distinguir tres ejes principales: el primero, la
presentación del protagonista principal (Sahagún) y los
secundarios, (demás frailes “buenos” y “malos”), el contexto
sociocultural en el cual se realizó la investigación
humanística, así como el método empleado por el franciscano para
llevar a cabo su labor. El segundo, muestra algunos aspectos
relativos a la obra en sí, como los refranes; la concepción,
humana o divina, de los personajes por parte de los informantes;
el reordenamiento de la percepción de nuevas realidades del
entorno natural, reflejadas en el léxico; y, la problemática de
las influencias europeas o el origen prehispánico de las fuentes
que utilizan para el estudio de la culturas antiguas. El
tercero, propio del trabajo que se lleva a cabo, señala el por
qué de llevar a cabo una traducción del Florentino al
español; también se menciona el objetivo general de la
investigación y los criterios académicos y de edición a seguir
para llevar a cabo tal proyecto.
El primer artículo, “Primeros años de Sahagún en
Tlatelolco”, de Miguel León-Portilla, hace un recuento, de
manera cronológica, de la labor del fraile durante los dos
periodos de su residencia en este lugar, comprendidos entre
1536-1540 y 1545-1558, cuando se dedicó a investigar sobre los
pueblos nahuas; asimismo, el autor señala las circunstancias en
las cuales realizó su labor humanística.
En la primera etapa, en el Imperial Colegio de
Santa Cruz de Tlatelolco, donde se le encomendó impartir la
cátedra de latinidad, fray Bernardino contó probablemente con el
apoyo de los alumnos trilingües, entre ellos, Antonio Valeriano,
“el principal y el más sabio” y compuso hacia 1540 una colección
de sermones y un santoral en náhuatl; el mérito de esta obra,
según León-Portilla, es haber “adaptado razonablemente el
alfabeto latino para representar los fonemas del náhuatl” y
“expresar sutiles conceptos de la religión cristiana en ese
conjunto de sermones”.
Durante su segunda estancia, hacia 1547, realizó
la tarea de rescatar testimonios relativos a la sabiduría moral
y filosófica de los nahuas, los huehuetlahtolli, “la
antigua palabra”; los 40 textos que recopiló Sahagún, de acuerdo
con el autor del artículo, son “testimonios de gran valor” para
conocer la moral y sabiduría de la antigua cultura.
Otro trabajo de importancia señalado por
León-Portilla son los testimonios indígenas acerca de la
conquista de México, donde se busca el punto de vista del
vencido respecto de un acontecimiento traumático; la obra
sahaguniana tiene el mérito de ser “más amplia y de mayor
fuerza” que los conocidos como Anales de Tlatelolco, en
los cuales también se da cuenta del suceso en la voz de los
indígenas.
Las investigaciones de Sahagún realizadas hasta
entonces despertaron en él “el interés por adentrarse aún más en
todo lo tocante a la antigua cultura de los pueblos nahuas” y,
así, recibió el encargo de realizar su magna obra; con base en
una minuta de las materias que habría de tratar, se dio a la
tarea de indagar en Tepepulco, Tlatelolco y México, sobre el
pueblo que “echa pie delante a otras naciones que tienen gran
presunción de políticos”.
El segundo artículo, “La Historia general de
las cosas de Nueva España. Entre dos corrientes de
pensamiento franciscano sobre culturas indígenas. Actores e
ideas”, de Francisco Morales, hace una documentación de los
frailes que estuvieron a favor y en contra de la obra de
Sahagún, además de las “tendencias espirituales” que
representaban y, en consecuencia, los hacían actuar de manera
determinada.
El primero de los “buenos” que menciona Morales
es fray Francisco Toral, “prelado mayor”, quien ordenó a fray
Bernardino escribir en lengua mexicana lo que “me pareciere ser
útil para la doctrina, cultura y manutencia de la cristiandad”
de los naturales de la Nueva España”; por su parte, fray Diego
Mendoza apoyó con “hartos tomines” para sacar en limpio el
texto; otro fraile más, a favor de Sahagún, es fray Miguel
Navarro; y, finalmente, fray Rodrigo de Sequera, quien rescató
la obra que había sido dispersada. Una constante en este grupo
de apoyo es su cercanía con Tlatelolco.
En el lado contrario, se menciona la posición
ambigua de fray Francisco de Ribera; la oposición al proyecto
por parte de fray Alonso Ponce, porque “exponía a los frailes a
perder el espíritu original de la orden”; y la postura,
decididamente adversa, de fray Alonso Escalona, quien ordenó
dispersar los documentos que había puesto en limpio Sahagún.
A todos los mencionados, con excepción de Sequera
y Ponce, los unía el contacto y experiencia con las lenguas
indígenas, por tanto, de acuerdo con Morales, las posturas “hay
que explicarlas desde ámbitos distintos al cultural”, es decir,
incursionar en el pensamiento que profesaban. Los de la
corriente que estaba contra la obra se caracterizaban por la
obsesión en el ideal franciscano de pobreza estricta y libertad
de predicar el evangelio por todo el mundo; en este sentido, los
altos costos económicos serían el obstáculo para llevar a cabo
el proyecto.
Por su parte, la corriente que proviene del
humanismo español, supo moderar el ideal “con las exigencias del
acercamiento a un mundo totalmente diferente del que ellos
provenían”. Así, según Morales, para estos franciscanos, esta
fue la oportunidad para conocer al otro y gracias a ellos se
cuenta con una obra magnífica.
El artículo ¿Por qué hacer una traducción del
Florentino al español?, de María José García Quintana, usa
el recurso del diálogo como exposición para contar la historia,
con sus avatares incluidos, de los textos que escribió Sahagún
hasta llegar al mencionado códice; también, se señalan algunas
de dificultades que enfrentan los investigadores en el proyecto,
como traducir el lenguaje “endiablado”; además, se hace
referencia a los trabajos previos sobre el códice, como el
realizado en inglés.
Este texto tiene la virtud de ser ameno y
minucioso, no deja duda alguna en el posible lector, pues las
que pudiera tener son contestadas de manera inmediata en la voz
del “informante”; desde la pregunta por qué se le llama así,
hasta los motivos para suspender la ayuda a Sahagún; de esta
manera, una interrogación sencilla sobre qué es el Códice
Florentino da “más información de lo que esperaba” y
satisface el deseo de conocer el contenido de las obras previas
y cuáles fueron las etapas que pasaron para que viera luz esta
magna obra.
La pregunta principal, título del artículo, se
responde también de manera detallada para concluir que la
Historia general de las cosas de Nueva España y el Códice
Florentino son dos fuentes que tratan esencialmente de lo
mismo, con sus diferencias, pero se complementan.
Los coordinadores de la edición del libro, Pilar
Máynez y José Rubén Romero Galván, son los autores del cuarto
artículo titulado “El Códice Florentino. Su transcripción
y traducción”; en él se señala la urgencia de traducir al
español el texto completo acompañado de un estudio preliminar
“en el que se dé cuenta de la composición del apartado en
náhuatl y su relación con el castellano, así como las
estrategias lingüísticas empleadas por Sahagún”.
El proyecto plantea dos aspectos: los criterios
para la edición del texto y la traducción. Después de repasar
los tipos de ediciones conocidas, los autores mencionan las dos
maneras que se han acordado para presentar la versión náhuatl
del Florentino: proporcionar en disco compacto el
facsímil del manuscrito y, en formato impreso, la transcripción
modificada en columna pareada con la traducción al español; ésta
última se hará acorde con los criterios que han establecido.
Conocedores de la dificultad que entraña una
traducción y la imposibilidad de que ésta sea perfecta, se ha
optado por la hermenéutica, pues “nos movemos más en el ámbito
de la interpretación que en el de la versión simple y llana de
los textos de una lengua a otra”; de esta manera, proponen como
la mejor traducción, “aquella que emplea las formas idiomáticas
naturales de la lengua receptora, comunica al hablante nativo de
la lengua receptora el mismo significado que entienden los
hablantes nativos de la lengua original y mantiene la dinámica
del texto original”.
Por su parte, el quinto artículo “Analogía y
antropología: la arquitectura de la Historia”, de
Ascención Hernández de León-Portilla, plantea que la obra de
Sahagún constituye un puente entre el pensamiento mesoamericano
y el renacentista y, para lograrlo, el franciscano empleó una
hermenéutica ad hoc basada en la utilización del náhuatl
y la analogía, que transformada en el conocimiento del otro, hoy
se llama antropología.
De acuerdo con la autora, Sahagún es el primero
en la historia en documentar una cultura en su propio idioma,
pues sólo con ésta “se puede penetrar hasta el fondo del
pensamiento”. Las herramientas hermenéuticas de las que se
sirvió fueron: uno, la lengua hablada y, en menor grado, la
elicitada; de esta manera, se guarda la información con las
palabras de los hablantes, la voz de los otros; es “la mejor
imagen de las creaciones culturales de sus hablantes”; Dos, su
método de traducción, que busca la adaptación de la lengua
receptora a la cultura de la cual la traducción es portadora.
Tres, el equipo de colaboradores, con quienes adquirió vivencias
culturales, además de lo profundo del idioma.
Según Hernández, fray Bernardino “quiso penetra,
comprender y dar voz a otros” y “conferir un peso cultural a los
nuevos hombres como protagonistas de su propia civilización”;
los resultados que obtuvo fueron, en el plano antropológico,
reunir un extenso acervo de conocimientos sobre la cultura nahua
y, en el analógico, construir, de acuerdo con el modelo clásico
y renacentista, una estructura enciclopédica con el saber
antiguo tocante a lo divino, lo humano y lo natural.
En el artículo “Los refranes nahuas en la obra de
Sahagún”, Patrick Johansson K, hace alusión a un género de
textos llamados “adagios” (dichos y refranes) que captaron la
atención de Sahagún por lo edificante de su contenido y su
construcción formal; de acuerdo con el autor, ellos “permiten
hurgar en los arcanos del alma indígena” y representan una mina
de información sobre los valores y la forma de expresarlos.
El corpus de textos estudiados lo componen los
capítulos 41 y 43 del Libro VI del Florentino, además, se
incluyen los del addendum al Libro I; de acuerdo con el
análisis de Johansson, parecer ser que la recopilación de los
primeros corresponde a diferentes etapas, dado que las
explicaciones “manifiestan diferencias notables tanto a nivel
estructural como modal”; los paratextos introductorios presentan
expresiones diferentes: mientras que los del capítulo 41 son más
generales, enfocados a su valor cultural, los del capítulo 43
son más filológicos.
El autor sostiene que en los textos no se
perciben diferencias lingüísticas y la ortografía es idéntica;
el contraste se presenta en la discursividad de las
explicaciones, pues, mientras que en el capítulo 41 son más
espontáneas, propio de la oralidad, en el 43 el tono es más
“académico”, más de la escritura.
El artículo “Tula y los toltecas en los textos de
Sahagún”, de Miguel Pastrana Flores, indaga sobre la calidad de
seres humanos o de naturaleza sobrehumana de los personajes de
los manuscritos y remite a los Libros III y X donde se narra la
historia de Quetzalcóatl en Tula y las costumbres y
características de los toltecas, respectivamente.
El autor divide los personajes en dos categorías:
los toltecas comunes y los personajes mayores. Los primeros son
hombres “comunes y corrientes” que poseían grandes
conocimientos, más que los propios mexicanos y riquezas
inmensurables; hablaban un náhuatl antiguo, lo cual les da una
ubicación temporal y los convierte en antecedente cultural; para
los informantes de Sahagún constituyen un pueblo real que había
vivido en sitios conocidos por los mexicas y de ellos dan
referencias “verificables en el terreno como prueba de la
veracidad de sus relatos”.
Por su parte, Quetzalcóatl muestra atributos
divinos (“fue respetado como un dios”) y humanos; los
colaboradores del fraile aceptan la historicidad del personajes.
En el texto, Tezcatlipoca es considerado tlacatecólotl y,
según Pastrana, se puso más énfasis en sus habilidades mágicas
que en su condición sobrenatural.
Concluye el autor mencionando que, para la
mentalidad nahua, los toltecas tienen una existencia material,
idealizada, que es referente como modelo de sociedad y cultura y
una historia viva y presente; en su mundo conceptual los dioses
y los hombres pueden coexistir en un mismo tiempo y espacio.
El octavo artículo, “Juego de espejos:
concepciones castellanas y nahuas de la naturaleza tras la
conquista”, de Salvador Reyes Equiguas, remite al Libro XI por
ser “la fuente más importante para estudiar las interacciones
conceptuales de naturaleza entre los nahuas y los
conquistadores”; así, se asegura que las percepciones del
entorno natural afectaron las cosmologías de ambos grupos
El recurso que emplearon, de acuerdo con Reyes,
para identificar el origen de cada especie fue el uso de las
siguientes dos categorías que “representan la manera más
contundente de precisar lo ajeno”; por ejemplo, los españoles
utilizaron el calificativo “de la tierra” para las especies
nativas; así, el término “gallinas de la tierra” se refería a
los “guajolotes”. Los nahuas, por su parte, emplearon
“castillan” para lo introducido por los europeos: “castillanepazotl”,
para “epazote de Castilla”.
También se usaron construcciones híbridas para
denominar la naturaleza, por ejemplo, los caballos son
mencionados como “mamaza” (venados) o cavallosme, palabra
española con pluralización en náhuatl. Cuando se trataba de
especímenes sin referente, Sahagún se limitaba a señalarlos como
“propio desta tierra”.
Según el autor del artículo, el Florentino
es un “escenario de enfrentamiento conceptuales de dos culturas”
y su estudio permitirá demostrar que existen sistemas de
clasificación taxonómica en el contexto de cada tradición con
criterios propios reflejados fehacientemente en la lengua, a
pesar de posibles influencias.
El último artículo, “¿Modelos europeos o
concepciones indígenas? El ejemplo de los animales en el Libro
XI del Códice Florentino de fray Bernardino de Sahagún”,
de Guilhem Olivier, plantea la problemática de las influencias
europeas en las fuentes indígenas y su “autenticidad”.
De acuerdo con Olivier, para sopesar las
influencias en la obra de Sahagún, conviene “matizar el análisis
en función de los temas tratados”; hay unos donde no queda la
duda sobre el carácter autóctono, pero en otros, como la
descripción de los tipos de personas, se reproducen “modelos
sacados de obras medievales”. En lo que toca a la clasificación
de los animales, en el Libro XI, se menciona que unos estudiosos
señalan que ésta no es acorde con lo europeo, mientras que otros
destacan los paralelos con enciclopedias antiguas y medievales
que seguían los colaboradores aculturados de Sahagún.
Olivier reconoce que la organización de los
animales, algunas descripciones y muchas ilustraciones del Libro
XI son de origen europeo, pero también aparecen textos e
imágenes que apuntan hacia tradiciones prehispánicas, como la
representación glífica del nombre del animal en náhuatl.
Finalmente, se señala que aun suponiendo el
origen europeo para este tipo de narraciones, la estructura
indígena subyace, pues los informantes supieron transmitir,
entre líneas, los conceptos autóctonos; este procedimiento,
señala el autor de este artículo, aún pervive en los mitos
indígenas actuales, donde se puede observar formas originales de
pensamiento reelaborados en función de nuevas realidades.
A modo de conclusión se puede señalar
que, a semejanza del Códice Florentino que describe una
cultura con base en un edificio claramente definido, este libro
también refiere los aspectos más notables de la realización de
un proyecto cuyo fin último es “volver asequible por primera vez
el magno corpus textual reunido por fray Bernardino de Sahagún y
sus colaboradores nahuas”. Su lectura es tanto para quienes se
inician en el conocimiento de la obra de este franciscano y la
cultura nahua antigua, como para quienes ya se han adentrado en
ellas, pero desean conocer sobre aspectos particulares de estos
dos temas.