México, Distrito Federal I Julio - Agosto  2008 I Año 3 I Número 15 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 Felipe Canuto Castillo. Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas y maestro en Estudios Mesaomericanos por la UNAM. Profesor de la materia Literatura indígena en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán. Ha participado como ponente en reuniones académicas nacionales e internacionales, como el Coloquio Anual de Lenguas Otopames y Congreso Internacional de Americanistas. Actualmente estudia la tradición oral ñahñú en el Estado de Querétaro a través de sus relatos.

 

El libro es la publicación del ciclo de conferencias que se presentaron como preámbulo al proyecto de edición, paleografía, traducción del náhuatl y anotación del llamado Códice Florentino, por parte de un grupo interdisciplinario de investigadores convocado en 2005 por el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM; en el prólogo León-Portilla menciona que el objetivo de las presentaciones fue “mostrar la génesis y el contenido” del texto sahaguniano, “así como ofrecer algunas muestras de su rica temática”.

            El libro, coordinado por Pilar Máynez y José Rubén Romero está constituido por 9 artículos en los cuales se puede distinguir tres ejes principales: el primero, la presentación del protagonista principal (Sahagún) y los secundarios, (demás frailes “buenos” y “malos”), el contexto sociocultural en el cual se realizó la investigación humanística, así como el método empleado por el franciscano para llevar a cabo su labor. El segundo, muestra algunos aspectos relativos a la obra en sí, como los refranes; la concepción, humana o divina, de los personajes por parte de los informantes; el reordenamiento de la percepción de nuevas realidades del entorno natural, reflejadas en el léxico; y, la problemática de las influencias europeas o el origen prehispánico de las fuentes que utilizan para el estudio de la culturas antiguas. El tercero, propio del trabajo que se lleva a cabo, señala el por qué de llevar a cabo una traducción del Florentino al español; también se menciona el objetivo general de la investigación y los criterios académicos y de edición a seguir para llevar a cabo tal proyecto.  

El primer artículo, “Primeros años de Sahagún en Tlatelolco”, de Miguel León-Portilla, hace un recuento, de manera cronológica, de la labor del fraile durante los dos periodos de su residencia en este lugar, comprendidos entre 1536-1540 y 1545-1558, cuando se dedicó a investigar sobre los pueblos nahuas; asimismo, el autor señala las circunstancias en las cuales realizó su labor humanística.

En la primera etapa, en el Imperial Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, donde se le encomendó impartir la cátedra de latinidad, fray Bernardino contó probablemente con el apoyo de los alumnos trilingües, entre ellos, Antonio Valeriano, “el principal y el más sabio” y compuso hacia 1540 una colección de sermones y un santoral en náhuatl; el mérito de esta obra, según León-Portilla, es haber “adaptado razonablemente el alfabeto latino para representar los fonemas del náhuatl” y “expresar sutiles conceptos de la religión cristiana en ese conjunto de sermones”.

Durante su segunda estancia, hacia 1547, realizó la tarea de rescatar testimonios relativos a la sabiduría moral y filosófica de los nahuas, los huehuetlahtolli, “la antigua palabra”; los 40 textos que recopiló Sahagún, de acuerdo con el autor del artículo, son “testimonios de gran valor” para conocer la moral y sabiduría de la antigua cultura.

Otro trabajo de importancia señalado por León-Portilla son los testimonios indígenas acerca de la conquista de México, donde se busca el punto de vista del vencido respecto de un acontecimiento traumático; la obra sahaguniana tiene el mérito de ser “más amplia y de mayor fuerza” que los conocidos como Anales de Tlatelolco, en los cuales también se da cuenta del suceso en la voz de los indígenas.

Las investigaciones de Sahagún realizadas hasta entonces despertaron en él “el interés por adentrarse aún más en todo lo tocante a la antigua cultura de los pueblos nahuas” y, así, recibió el encargo de realizar su magna obra; con base en una minuta de las materias que habría de tratar, se dio a la tarea de indagar en Tepepulco, Tlatelolco y México, sobre el pueblo que “echa pie delante a otras naciones que tienen gran presunción de políticos”.

El segundo artículo, “La Historia general de las cosas de Nueva España. Entre dos corrientes de pensamiento franciscano sobre culturas indígenas. Actores e ideas”, de Francisco Morales, hace una documentación de los frailes que estuvieron a favor y en contra de la obra de Sahagún, además de las “tendencias espirituales” que representaban y, en consecuencia, los hacían actuar de manera determinada.

El primero de los “buenos” que menciona Morales es fray Francisco Toral, “prelado mayor”, quien ordenó a fray Bernardino escribir en lengua mexicana lo que “me pareciere ser útil para la doctrina, cultura y manutencia de la cristiandad” de los naturales de la Nueva España”; por su parte, fray Diego Mendoza apoyó con “hartos tomines” para sacar en limpio el texto; otro fraile más, a favor de Sahagún, es fray Miguel Navarro; y, finalmente, fray Rodrigo de Sequera, quien rescató la obra que había sido dispersada. Una constante en este grupo de apoyo es su cercanía con Tlatelolco.

En el lado contrario, se menciona la posición ambigua de fray Francisco de Ribera; la oposición al proyecto por parte de fray Alonso Ponce, porque “exponía a los frailes a perder el espíritu original de la orden”; y la postura, decididamente adversa, de fray Alonso Escalona, quien ordenó dispersar los documentos que había puesto en limpio Sahagún.

A todos los mencionados, con excepción de Sequera y Ponce, los unía el contacto y experiencia con las lenguas indígenas, por tanto, de acuerdo con Morales, las posturas “hay que explicarlas desde ámbitos distintos al cultural”, es decir, incursionar en el pensamiento que profesaban. Los de la corriente que estaba contra la obra se caracterizaban por la obsesión en el ideal franciscano de pobreza estricta y libertad de predicar el evangelio por todo el mundo; en este sentido, los altos costos económicos serían el obstáculo para llevar a cabo el proyecto.

Por su parte, la corriente que proviene del humanismo español, supo moderar el ideal “con las exigencias del acercamiento a un mundo totalmente diferente del que ellos provenían”. Así, según Morales, para estos franciscanos, esta fue la oportunidad para conocer al otro y gracias a ellos se cuenta con una obra magnífica.

El artículo ¿Por qué hacer una traducción del Florentino al español?, de María José García Quintana, usa el recurso del diálogo como exposición para contar la historia, con sus avatares incluidos, de los textos que escribió Sahagún hasta llegar al mencionado códice; también, se señalan algunas de dificultades que enfrentan los investigadores en el proyecto, como traducir el lenguaje “endiablado”; además, se hace referencia a los trabajos previos sobre el códice, como el realizado en inglés.

Este texto tiene la virtud de ser ameno y minucioso, no deja duda alguna en el posible lector, pues las que pudiera tener son contestadas de manera inmediata en la voz del “informante”; desde la pregunta por qué se le llama así, hasta los motivos para suspender la ayuda a Sahagún; de esta manera, una interrogación sencilla sobre qué es el Códice Florentino da “más información de lo que esperaba” y satisface el deseo de conocer el contenido de las obras previas y cuáles fueron las etapas que pasaron para que viera luz esta magna obra.

La pregunta principal, título del artículo, se responde también de manera detallada para concluir que la Historia general de las cosas de Nueva España y el Códice Florentino son dos fuentes que tratan esencialmente de lo mismo, con sus diferencias, pero se complementan.

Los coordinadores de la edición del libro, Pilar Máynez y José Rubén Romero Galván, son los autores del cuarto artículo titulado “El Códice Florentino. Su transcripción y traducción”; en él se señala la urgencia de traducir al español el texto completo acompañado de un estudio preliminar “en el que se dé cuenta de la composición del apartado en náhuatl y su relación con el castellano, así como las estrategias lingüísticas empleadas por Sahagún”.

El proyecto plantea dos aspectos: los criterios para la edición del texto y la traducción. Después de repasar los tipos de ediciones conocidas, los autores mencionan las dos maneras que se han acordado para presentar la versión náhuatl del Florentino: proporcionar en disco compacto el facsímil del manuscrito y, en formato impreso, la transcripción modificada en columna pareada con la traducción al español; ésta última se hará acorde con los criterios que han establecido.

Conocedores de la dificultad que entraña una traducción y la imposibilidad de que ésta sea perfecta, se ha optado por la hermenéutica, pues “nos movemos más en el ámbito de la interpretación que en el de la versión simple y llana de los textos de una lengua a otra”; de esta manera, proponen como la mejor traducción, “aquella que emplea las formas idiomáticas naturales de la lengua receptora, comunica al hablante nativo de la lengua receptora el mismo significado que entienden los hablantes nativos de la lengua original y mantiene la dinámica del texto original”.

Por su parte, el quinto artículo “Analogía y antropología: la arquitectura de la Historia”, de Ascención Hernández de León-Portilla, plantea que la obra de Sahagún constituye un puente entre el pensamiento mesoamericano y el renacentista y, para lograrlo, el franciscano empleó una hermenéutica ad hoc basada en la utilización del náhuatl y la analogía, que transformada en el conocimiento del otro, hoy se llama antropología.

De acuerdo con la autora, Sahagún es el primero en la historia en documentar una cultura en su propio idioma, pues sólo con ésta “se puede penetrar hasta el fondo del pensamiento”. Las herramientas hermenéuticas de las que se sirvió fueron: uno, la lengua hablada y, en menor grado, la elicitada; de esta manera, se guarda la información con las palabras de los hablantes, la voz de los otros; es “la mejor imagen de las creaciones culturales de sus hablantes”; Dos, su método de traducción, que busca la adaptación de la lengua receptora a la cultura de la cual la traducción es portadora. Tres, el equipo de colaboradores, con quienes adquirió vivencias culturales, además de lo profundo del idioma.

Según Hernández, fray Bernardino “quiso penetra, comprender y dar voz a otros” y “conferir un peso cultural a los nuevos hombres como protagonistas de su propia civilización”; los resultados que obtuvo fueron, en el plano antropológico, reunir un extenso acervo de conocimientos sobre la cultura nahua y, en el analógico, construir, de acuerdo con el modelo clásico y renacentista, una estructura enciclopédica con el saber antiguo tocante a lo divino, lo humano y lo natural.  

En el artículo “Los refranes nahuas en la obra de Sahagún”, Patrick Johansson K, hace alusión a un género de textos llamados “adagios” (dichos y refranes) que captaron la atención de Sahagún por lo edificante de su contenido y su construcción formal; de acuerdo con el autor, ellos “permiten hurgar en los arcanos del alma indígena” y representan una mina de información sobre los valores y la forma de expresarlos.

El corpus de textos estudiados lo componen los capítulos 41 y 43 del Libro VI del Florentino, además, se incluyen los del addendum al Libro I; de acuerdo con el análisis de Johansson, parecer ser que la recopilación de los primeros corresponde a diferentes etapas, dado que las explicaciones “manifiestan diferencias notables tanto a nivel estructural como modal”; los paratextos introductorios presentan expresiones diferentes: mientras que los del capítulo 41 son más generales, enfocados a su valor cultural, los del capítulo 43 son más filológicos.

El autor sostiene que en los textos no se perciben diferencias lingüísticas y la ortografía es idéntica; el contraste se presenta en la discursividad de las explicaciones, pues, mientras que en el capítulo 41 son más espontáneas, propio de la oralidad, en el 43 el tono es más “académico”, más de la escritura.

El artículo “Tula y los toltecas en los textos de Sahagún”, de Miguel Pastrana Flores, indaga sobre la calidad de seres humanos o de naturaleza sobrehumana de los personajes de los manuscritos y remite a los Libros III y X donde se narra la historia de Quetzalcóatl en Tula y las costumbres y características de los toltecas, respectivamente.

El autor divide los personajes en dos categorías: los toltecas comunes y los personajes mayores. Los primeros son hombres “comunes y corrientes” que poseían grandes conocimientos, más que los propios mexicanos y riquezas inmensurables; hablaban un náhuatl antiguo, lo cual les da una ubicación temporal y los convierte en antecedente cultural; para los informantes de Sahagún constituyen un pueblo real que había vivido en sitios conocidos por los mexicas y de ellos dan referencias “verificables en el terreno como prueba de la veracidad de sus relatos”.

Por su parte, Quetzalcóatl muestra atributos divinos (“fue respetado como un dios”) y humanos; los colaboradores del fraile aceptan la historicidad del personajes. En el texto, Tezcatlipoca es considerado tlacatecólotl y, según Pastrana, se puso más énfasis en sus habilidades mágicas que en su condición sobrenatural.

Concluye el autor mencionando que, para la mentalidad nahua, los toltecas tienen una existencia material, idealizada, que es referente como modelo de sociedad y cultura y una historia viva y presente; en su mundo conceptual los dioses y los hombres pueden coexistir en un mismo tiempo y espacio. 

El octavo artículo, “Juego de espejos: concepciones castellanas y nahuas de la naturaleza tras la conquista”, de Salvador Reyes Equiguas, remite al Libro XI por ser “la fuente más importante para estudiar las interacciones conceptuales de naturaleza entre los nahuas y los conquistadores”; así, se asegura que las percepciones del entorno natural afectaron las cosmologías de ambos grupos

El recurso que emplearon, de acuerdo con Reyes, para identificar el origen de cada especie fue el uso de las siguientes dos categorías que “representan la manera más contundente de precisar lo ajeno”; por ejemplo, los españoles utilizaron el calificativo “de la tierra” para las especies nativas; así, el término “gallinas de la tierra” se refería a los “guajolotes”. Los nahuas, por su parte, emplearon “castillan” para lo introducido por los europeos: “castillanepazotl”, para “epazote de Castilla”.

También se usaron construcciones híbridas para denominar la naturaleza, por ejemplo, los caballos son mencionados como “mamaza” (venados) o cavallosme, palabra española con pluralización en náhuatl. Cuando se trataba de especímenes sin referente, Sahagún se limitaba a señalarlos como “propio desta tierra”.

Según el autor del artículo, el Florentino es un “escenario de enfrentamiento conceptuales de dos culturas” y su estudio permitirá demostrar que existen sistemas de clasificación taxonómica en el contexto de cada tradición con criterios propios reflejados fehacientemente en la lengua, a pesar de posibles influencias.

El último artículo, “¿Modelos europeos o concepciones indígenas? El ejemplo de los animales en el Libro XI del Códice Florentino de fray Bernardino de Sahagún”, de Guilhem Olivier, plantea la problemática de las influencias europeas en las fuentes indígenas y su “autenticidad”.

De acuerdo con Olivier, para sopesar las influencias en la obra de Sahagún, conviene “matizar el análisis en función de los temas tratados”; hay unos donde no queda la duda sobre el carácter autóctono, pero en otros, como la descripción de los tipos de personas, se reproducen “modelos sacados de obras medievales”. En lo que toca a la clasificación de los animales, en el Libro XI, se menciona que unos estudiosos señalan que ésta no es acorde con lo europeo, mientras que otros destacan los paralelos con enciclopedias antiguas y medievales que seguían los colaboradores aculturados de Sahagún.

Olivier reconoce que la organización de los animales, algunas descripciones y muchas ilustraciones del Libro XI son de origen europeo, pero también aparecen textos e imágenes que apuntan hacia tradiciones prehispánicas, como la representación glífica del nombre del animal en náhuatl.

Finalmente, se señala que aun suponiendo el origen europeo para este tipo de narraciones, la estructura indígena subyace, pues los informantes supieron transmitir, entre líneas, los conceptos autóctonos; este procedimiento, señala el autor de este artículo, aún pervive en los mitos indígenas actuales, donde se puede observar formas originales de pensamiento reelaborados en función de nuevas realidades.

            A modo de conclusión se puede señalar que, a semejanza del Códice Florentino que describe una cultura con base en un edificio claramente definido, este libro también refiere los aspectos más notables de la realización de un proyecto cuyo fin último es “volver asequible por primera vez el magno corpus textual reunido por fray Bernardino de Sahagún y sus colaboradores nahuas”. Su lectura es tanto para quienes se inician en el conocimiento de la obra de este franciscano y la cultura nahua antigua, como para quienes ya se han adentrado en ellas, pero desean conocer sobre aspectos particulares de estos dos temas.

 

 

 

 

 

 

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