(vv. 1540-1544)
Se observa pues, que nuestro poeta es un joven ansioso por
encontrar algo en qué depositar sus pasiones. En los versos
siguientes, y a manera de un espejo del narcisismo,
Espronceda nos muestra la voluntad que tiene como joven
romántico de amar todo lo que forma parte del mundo que le
rodea y que le da felicidad por ser este mundo un reflejo de
su personalidad tal como se mencionó al hablar de la falacia
patética.
A continuación, es el momento del poema en el que las
ilusiones del escritor empiezan a conformar al objeto amado,
sin embargo aparece también otro tópico que reviste
importancia durante el siglo XIX y en general es una muestra
del narcisismo esproncediano: la libertad como un requisito
para alcanzar la felicidad y el objeto amado. “La libertad
con su inmortal aliento, / santa diosa mi espíritu encendía,
/ contino imaginando en mi fe pura / sueños de gloria al
mundo y de ventura.” (Espronceda: vv.1544-1547) Hay aquí una
contradicción enorme entre el amor tal como algunos críticos
como Octavio Paz han considerado:
Consiste precisamente en la transformación
del apetito de posesión en entrega. Por esto pide
reciprocidad y así trastorna radicalmente la vieja relación
entre dominio y servidumbre. El amor único es el fundamento
de los otros componentes: todos reposan en él; asimismo es
el eje y todos giran en torno suyo [...] el amor es una
pasión que todos o casi todos veneran, pero que pocos, muy
pocos, viven realmente. (Paz: 118)
De ahí que se pueda decir que Espronceda es un
narcisista por su apuesta al tema del amor en el “Canto a
Teresa” pues no está dispuesto a perder su libertad para
enamorarse. Ya desde el inicio del canto, y aun cuando
todavía no ha aparecido Teresa, el amor que se realizará
entre estos dos personajes está destinado al fracaso por el
narcisismo que existe en Espronceda. Bajo la perspectiva de
Georges Baudouin, y apoyado otra vez en la idea de Schlegel
de que todo poeta es un narcisista: “Esta situación presenta,
por otra parte, un reverso asaz trágico: la imposibilidad de
amar verdaderamente y de salir de sí mismo. ¿Cantarían los
poetas al amor con los acentos que les coocemos si pudieran
amar verdadera y plenamente? Es una nostalgia del amor, un
irrealizable deseo de evasión.” (Baudouin: 83)
Espronceda inspira su “Canto” en un amor adúltero. Se sabe
que Teresa había dejado a su marido y a sus hijos para ir al
lado del poeta. Aquí surge una disyuntiva: como ya se ha
dicho antes, el amor romántico es conflictivo: en el caso de
Teresa, el adulterio es la ruptura con la ley social.
Finalmente el amor romántico que siente Teresa por
Espronceda, sólo tiene una salida: morir. En el amor
romántico lo más característico parece ser esta unión del
amor, el sufrimiento y la muerte. Teresa sufre los
vituperios de la sociedad, incluso los de sus hijos. Como
este amor no tiene cabida en el mundo material, por estar
este último regido por leyes sociales, su única salida, y
con esto obtiene la victoria, es el escape al otro mundo, de
ahí que, como ya se dijo, el amor romántico generalmente
termine con la muerte de por lo menos alguno de los dos
amantes. Una vez muerta Teresa y todavía antes de cerrar el
canto, el poeta incluye una estrofa en la cual condena a
esta dama por ser, como todas las mujeres, una Eva
incitadora del pecado.
Mas
¡ay! Que es la mujer ángel caído
o
mujer nada más y lodo inmundo,
hermoso ser para llorar nacido,
o
vivir como autómata en el mundo;
sí,
que el demonio en el Edén perdido
abrasara con fuego del profundo
la
primera mujer [...]
(Espronceda:
vv. 1708- 1714)
Ésta es otra marca de narcisismo existente en Espronceda
pues, según se observa, él no tiene la culpa de que su amor
haya fracasado, sino que es la culpa de la mujer adúltera y
corruptora. La virtud de la fémina queda expuesta y manchada,
mientras que el hombre no tiene culpa alguna de lo sucedido.
El “Canto a Teresa” es una muestra de la imposibilidad que
existe en el autor de retratar a través del verso la idea de
amor de pareja, sino del excesivo amor a uno mismo. Tal es
la culpabilidad que Espronceda echa sobre Teresa –al mismo
tiempo que evita su propia responsabilidad en este acto
amatorio– que en los versos del cierre del poema observamos
a Teresa como merecedora de los peores castigos: “¡oh!
¿Cruel! ¡Muy curel! ¡Martirio horrendo¡ / ¡Espantosa
expiación de tu pecado! / ¡Sobre un lecho de espinas
maldiciendo, / morir el corazón deseperado!” (Espronceda:
vv. 1828-1831). Una vez que deposita todas las culpas en la
amada muerta, el poeta es libre de seguir adelante con su
vida y su búsqueda de placer y libertad. El final es
apotéosico para el narcisismo de Espronceda. Libre de todo
pecado y libre de todo amor, el poeta puede expresar los
versos que culminan de esta manera en el “Canto”
Gocemos, sí ¡la
cristalina esfera
gira bañada en
luz ¡bella es la vida!
¿Quién a parar
alcanza la carrera
del
mundo hermoso que al placer convida
brilla radiante
el sol, la primavera
los campos
pinta en la estación florida:
truéquese en
risa mi dolor profundo...
que haya un cadáver más, ¡Qué
importa al mundo!
(Espronceda:
vv. 1844-1851)
En la belleza y el amor encuentra el héroe el
campo de pruebas idóneo para volcar su afán de infinitud. La
pasión amorosa y la pasión estética del romántico son los
frutos directos de su ansia de acción. Son, comprendidas así,
flujos determinantes de ese sentimiento épico que es tan
decisivo en todo pensamiento trágico-heroico. La pasión es
la lanza que los hombres de «alma superior» dirigen contra
la Nada. La pasión es un acto de suprema reafirmación de la
voluntad y de la identidad. [...] Ciertamente que es
consustancial con la conciencia romántica el conocimiento de
la doble dimensión de la pasión. [...] el enamorado
romántico percibe, con estricta simultaneidad la posesión y
desposesión que conlleva su acción pasional. De ahí que la
posesión amorosa ―la estética es su paradigma porque el amor
es la principal posibilidad de materialización de la belleza
esencial― no solamente no escapa, sino que es el principal
reflejo de la dialéctica romántica de los polos opuestos que
se nutren y cercenan entre sí: vida-muerte, belleza-muerte,
amor-muerte, placer-dolor, creación-destrucción,
posesión-desposesión... (Argullol: 281)
Aún con este dolor, el mundo de Espronceda sigue su curso,
pero ya no es el mismo con el cual se comenzó el “Canto”,
sino un mundo fuertemente influido por la ideología amorosa
del Romanticismo. Este sentimiento de narcisismo es su
esencia. El hombre romántico rechaza cualquier tipo de
gobierno espiritual o social; es, por naturaleza, un
anarquista,
y con esto se refuerza la idea del amor como un conflicto
entre el sentimiento y la sociedad así como una lucha entre
la idea de la libertad del héroe romántico y el sacrificio
de la misma si desease amar realmente. Como ya se ha dicho
anteriormente, y a manera de pequeña conclusión, Rafael
Argullol establece que: “la pasión amorosa romántica no es «platónica»,
sino que contempla, con todas sus consecuencias, el placer y
la sensualidad. [...] asume a uno y otro como hermanos
inseparables. [...] En el enamorado se concentra así,
espléndidamente, toda la tragicidad del ser romántico y la
felicidad de la asunción pura del riesgo: el deseo de morir
y la ambición de vivir se entremezclan en la espiral del
perecer y del renacer”. (281-282) Tal vez este narcisismo
del héroe romántico sea la causa de que el amor en el mundo
romántico decimonónico sea generalmente un fracaso. Tanta es
la influencia de estas relaciones tormentosas así como es
tanto lo que se desarrolló durante el siglo XIX el complejo
del narciso, que el amor romántico pervive en las artes, aún
hasta nuestros días.
BIBLIOGRAFÍA
ARGULLOL, Rafael. 1999. El héroe y el
único, 2ª ed. (Madrid: Taurus)
BAUDOUIN, Georges. 1976. Psicoanálisis del
arte. (Buenos Aires: Psique)
ESPRONCEDA, José de. 1989. El diablo Mundo,
ed. Robert Marrast. (Madrid: Castalia)
HAUSER, Arnold. 2005. Historia social de
la literatura y el arte. Desde el rococó hasta la época del
cine, 2ª ed., introd. Valeriano Bozal, trad. A. Tovar y
F.P. Vargas-Reyes. (Barcelona: Debols!illo), Ensayos-Arte,
90.
PAZ, Octavio. 1994. La llama doble: amor y
erotismo. 4ª ed. (Barcelona: Seix Barral)
ROUGEMONT, Denis de. 1993.
Amor y Occidente,
trad. Ramón Xirau y Joaquín Xirau. (México: Consejo Nacional
para la Cultura y las Artes), Cien del Mundo.
TOLLINCHI, Esteban. 1989. Romanticismo y
modernidad. Ideas fundamentales de la cultura del siglo XIX.
(San Juan: Universidad de Puerto Rico), Vol.
“A los románticos no hay nada que se les ofrezca
libre de conflicto. En todas sus manifestaciones se
refleja la problemática de su situación histórica y
el desgarramiento de sus sentimientos. La vida moral
de la humanidad ha vivido desde siempre en
conflictos y luchas, por diferencia de que haya sido
la vida social del hombre y por frecuentes y
violentos que fueran los choques entre yo y mundo,
instinto y razón, pasado y presente. Pero en el
Romanticismo estos conflictos se convierten en la
forma esencial de la conciencia.” (Hauser: 195)
“Es el amor que se niega la dicha de la compañía,
insatisfecho, sufrido, que se alimenta de
admiraciones secretas pero que, por exceso afectivo,
se cohíbe en su expresión, amor que hace inasequible
el objeto de sus ansias, en que predomina la
despedida, la ausencia, la infelicidad por las
desigualdades sociales, que sacrifica el éxtasis
sensual y hasta el matrimonio y, en última instancia,
desemboca en el suicidio. [...] Es también amor
heroico, subversivo, que no se doblega ante las
convenciones sociales, las diferencias de clase, las
convenciones familiares y que en todo momento
amenaza no sólo las raíces cristianas de la sociedad,
sino también la misma moralidad burguesa.” (Tollinchi:
345-348)
El rebelde romántico, por definición, rechaza toda
solución, toda vía de salida que proveyera la
cultura y la sociedad de entonces. Se han perdido
todos los cánones de valor, de sostén social y
cultural, y el individuo se ve remitido a su propio
yo como fuente de valor y de orientación, ya que sin
la identidad y el valor es imposible pensar en la
existencia. El yo se postula así como un ente
metafísico, sin ninguna justificación racional y,
como tal, pretende ser una denuncia flagrante de la
inautenticidad de la vida circundante. Claro que la
sociedad y la cultura le hacen falta; si
manifiestamente las denuncia y las vitupera, por la
naturaleza misma de las cosas se apoya en ellas para
confirmarse a sí mismo en la negación, en la
ajenidad de los demás. (Tollinchi: 866-867)
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