México, Distrito Federal I Julio - Agosto  2008 I Año 3 I Número 15 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 Fernando Adolfo Morales Orozco. (México, 1983). Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad Nacional Autónoma de México, actualmente cursa la maestría en Letras Mexicanas en esa misma institución.

 

Cuando Denis de Rougemont escribió su célebre tratado del Amor y Occidente, planteó las bases de lo que puede considerarse como el motor de la literatura en este lado del mundo. Rougemont se centra básicamente en los idilios amorosos de Tristán e Iseo, amor que, al contrario de la filosofía platónica, se encuentra pleno de pasión y, por lo tanto, de su fragilidad.  

Amor y muerte, amor mortal: si esto no es toda la poesía, es por lo menos todo lo que hay de popular, de universalmente conmovedor en nuestras literaturas, y en nuestras más viejas leyendas, y en nuestras más bellas canciones. El amor dichoso no tiene historia. Sólo pueden existir novelas del amor mortal, es decir, del amor amenazado y condenado por la vida misma. Lo que exalta el lirismo occidental no es el placer de los sentidos, ni la paz fecunda de una pareja. No es el amor logrado. Es la pasión de amor. Y pasión significa sufrimiento. He ahí el hecho fundamental. (Rougemont: 15)

 El amor romántico toma, al recoger el ambiente de lo medieval, esta idea del amor como apasionado. Si bien nunca estuvo ausente entre las artes de los siglos anteriores; es en este momento cuando la pasión amorosa toma un lugar principal en el desarrollo de la prosa y la poesía del siglo XIX. “El amor romántico parece haber estimulado el desarrollo de la prosa occidental y, específicamente haber constituido al desarrollo de la novela moderna.” (Tollinchi: 343)

         Para el hombre decimonónico el amor romántico es el amor ilegal, el que no está consagrado por la sociedad, pues ésta no lo ha tomado en cuenta como individuo[1]. El amor romántico, por lo tanto, no entiende de estamentos, ni de convenciones familiares, atenta contra la moralidad y el buen gusto decimonónico. Del mundo medieval rescata su carácter heroico y del nuevo mundo individualista toma su carácter subversivo.

         Para ejemplificar estas aseveraciones, retomo un amor que puede resultar clave para entender este sentimiento y su función dentro del Romanticismo del mundo hispánico. El amor que describe José de Espronceda en su “Canto a Teresa”. Para  acercarme más a esta interpretación del amor romántico, me baso también en el texto de Georges Baudouin Psicoanálisis del arte con el fin de explicar algunas cuestiones como el complejo narcisista presente en Espronceda poeta. Esta aseveración está basada, por supuesto, en el principio que el mismo Baudouin menciona que pronunció Schlegel: “todo poeta es Narciso: Ditcher sin doch immer Narzisse” (Baudouin: 82). Con esto, pretendo sentar las bases de lo que se considera el amor en el Romanticismo del siglo XIX hispánico.

En los primeros versos de Espronceda se nota el recuerdo del placer perdido y la nostalgia por el amor que ha desaparecido. El tema es de carácter melancólico y también propio del mundo hispánico. Se sabe, según dice Robert Marrast en su edición crítica del Diablo Mundo, que el manuscrito contiene una serie de notas que nos pueden dar una luz sobre el narcisismo esproncediano. En una nota al título aparece de mano del autor la nota siguiente: “Este canto 2º es un desahogo de mi corazón. Tal vez mis quejas parezcan fastidiosas y fuera de propósito a mis lectores. Yo tenía necesidad de escribir así, y he obedecido a un impulso superior a mi voluntad. Pongo aquí esta nota para que el que no quiera leerlo lo salte sin escrúpulos, pues no está ligado de ninguna manera a la historia general del cuento” (Espronceda: 221). Como bien lo dice el autor, el “Canto a Teresa” no tiene ninguna relación con el tema tratado en el resto del Diablo mundo, pero resulta ser el fragmento más iluminador de la personalidad de Espronceda por el relato que se aprecia en el mismo; además de que en este canto se manifiesta el primer repertorio de tópicos románticos en el mundo español decimonónico. Sabemos que el personaje principal, así como Espronceda, se presenta como burgués letrado que encuentra el conocimiento y el afán de libertad en la soledad. El poeta, en un ánimo romántico, se lanza a vivir, comienza por romperse la armonía de la naturaleza al momento en que el protagonista se siente dueño y señor del mundo que le rodea. El Espronceda del canto es un joven ansioso de tomar el mundo por asalto ya que la naturaleza comulga con su sentir y con sus pensamientos en una falacia patética. “Gorjeaban los dulces ruiseñores, / el sol iluminaba mi alegría, / el aura susurraba entre las flores, / el bosque mansamente respondía” (Espronceeda: vv- 1516-1519) El poeta narcisista hace que la naturaleza se identifique con él. Los ánimos de aventura y la sed de mundo permean en el joven Espronceda: “Mi vida entonces cual guerrera nave / que el puerto deja por la vez primera, / y al soplo de los céfiros suave, / orgullosa despliega su bandera.” (Espronceda: vv. 1524-1529) Esta falacia patética es otra marca narcisista.

Como también puede observarse, Espronceda busca un lugar donde sus instintos pasionales puedan ser mejor aprovechados cuando dice:     

Yo amaba todo: un nobel sentimiento

  exaltaba mi ánimo, y sentía

 en mi pecho un secreto movimiento,

 de grandes hechos generoso guía.

(vv. 1540-1544)

Se observa pues, que nuestro poeta es un joven ansioso por encontrar algo en qué depositar sus pasiones. En los versos siguientes, y a manera de un espejo del narcisismo, Espronceda nos muestra la voluntad que tiene como joven romántico de amar todo lo que forma parte del mundo que le rodea y que le da felicidad por ser este mundo un reflejo de su personalidad tal como se mencionó al hablar de la falacia patética.

A continuación, es el momento del poema en el que las ilusiones del escritor empiezan a conformar al objeto amado, sin embargo aparece también otro tópico que reviste importancia durante el siglo XIX y en general es una muestra del narcisismo esproncediano: la libertad como un requisito para alcanzar la felicidad y el objeto amado. “La libertad con su inmortal aliento, / santa diosa mi espíritu encendía, / contino imaginando en mi fe pura / sueños de gloria al mundo y de ventura.” (Espronceda: vv.1544-1547) Hay aquí una contradicción enorme entre el amor tal como algunos críticos como Octavio Paz han considerado: 

Consiste precisamente en la transformación del apetito de posesión en entrega. Por esto pide reciprocidad y así trastorna radicalmente la vieja relación entre dominio y servidumbre. El amor único es el fundamento de los otros componentes: todos reposan en él; asimismo es el eje y todos giran en torno suyo [...] el amor es una pasión que todos o casi todos veneran, pero que pocos, muy pocos, viven realmente. (Paz: 118)         

         De ahí que se pueda decir que Espronceda es un narcisista por su apuesta al tema del amor en el “Canto a Teresa” pues no está dispuesto a perder su libertad para enamorarse. Ya desde el inicio del canto, y aun cuando todavía no ha aparecido Teresa, el amor que se realizará entre estos dos personajes está destinado al fracaso por el narcisismo que existe en Espronceda. Bajo la perspectiva de Georges Baudouin, y apoyado otra vez en la idea de Schlegel de que todo poeta es un narcisista: “Esta situación presenta, por otra parte, un reverso asaz trágico: la imposibilidad de amar verdaderamente y de salir de sí mismo. ¿Cantarían los poetas al amor con los acentos que les coocemos si pudieran amar verdadera y plenamente? Es una nostalgia del amor, un irrealizable deseo de evasión.” (Baudouin: 83)

Espronceda inspira su “Canto” en un amor adúltero. Se sabe que Teresa había dejado a su marido y a sus hijos para ir al lado del poeta. Aquí surge una disyuntiva: como ya se ha dicho antes, el amor romántico es conflictivo: en el caso de Teresa, el adulterio es la ruptura con la ley social[2]. Finalmente el amor romántico que siente Teresa por Espronceda, sólo tiene una salida: morir. En el amor romántico lo más característico parece ser esta unión del amor, el sufrimiento y la muerte. Teresa sufre los vituperios de la sociedad, incluso los de sus hijos. Como este amor no tiene cabida en el mundo material, por estar este último regido por leyes sociales, su única salida, y con esto obtiene la victoria, es el escape al otro mundo, de ahí que, como ya se dijo, el amor romántico generalmente termine con la muerte de por lo menos alguno de los dos amantes. Una vez muerta Teresa y todavía antes de cerrar el canto, el poeta incluye una estrofa en la cual condena a esta dama por ser, como todas las mujeres, una Eva incitadora del pecado.

                                      Mas ¡ay! Que es la mujer ángel caído

                                       o mujer nada más y lodo inmundo,

                                       hermoso ser para llorar nacido,

                                       o vivir como autómata en el mundo;

                                       sí, que el demonio en el Edén perdido

                                       abrasara con fuego del profundo

                                       la primera mujer [...]

                                        (Espronceda: vv. 1708- 1714) 

Ésta es otra marca de narcisismo existente en Espronceda pues, según se observa,  él no tiene la culpa de que su amor haya fracasado, sino que es la culpa de la mujer adúltera y corruptora. La virtud de la fémina queda expuesta y manchada, mientras que el hombre no tiene culpa alguna de lo sucedido. El “Canto a Teresa” es una muestra de la imposibilidad que existe en el autor de retratar a través del verso la idea de amor de pareja, sino del excesivo amor a uno mismo. Tal es la culpabilidad que Espronceda echa sobre Teresa –al mismo tiempo que evita su propia responsabilidad en este acto amatorio– que en los versos del cierre del poema observamos a Teresa como merecedora de los peores castigos: “¡oh! ¿Cruel! ¡Muy curel! ¡Martirio horrendo¡ / ¡Espantosa expiación de tu pecado! / ¡Sobre un lecho de espinas maldiciendo, / morir el corazón deseperado!” (Espronceda: vv. 1828-1831). Una vez que deposita todas las culpas en la amada muerta, el poeta es libre de seguir adelante con su vida y su búsqueda de placer y libertad. El final es apotéosico para el narcisismo de Espronceda. Libre de todo pecado y libre de todo amor, el poeta puede expresar los versos que culminan de esta manera en el “Canto”                

                              Gocemos, sí ¡la cristalina esfera

                              gira bañada en luz ¡bella es la vida!

                              ¿Quién a parar alcanza la carrera

                    del mundo hermoso que al placer convida

                              brilla radiante el sol, la primavera

                              los campos pinta en la estación florida:

                              truéquese en risa  mi dolor profundo...

      que haya un cadáver más, ¡Qué importa al mundo!

                              (Espronceda: vv. 1844-1851)        

Espronceda dedica todo un Canto de su Diablo Mundo a la memoria de Teresa, El poeta, en este sentido, habita en el sueño construido por las voces del pasado, así también, este poema es la manera de mantener inmortal el amor que vivió.  

En la belleza y el amor encuentra el héroe el campo de pruebas idóneo para volcar su afán de infinitud. La pasión amorosa y la pasión estética del romántico son los frutos directos de su ansia de acción. Son, comprendidas así, flujos determinantes de ese sentimiento épico que es tan decisivo en todo pensamiento trágico-heroico. La pasión es la lanza que los hombres de «alma superior» dirigen contra la Nada. La pasión es un acto de suprema reafirmación de la voluntad y de la identidad. [...] Ciertamente que es consustancial con la conciencia romántica el conocimiento de la doble dimensión de la pasión. [...] el enamorado romántico percibe, con estricta simultaneidad la posesión y desposesión que conlleva su acción pasional. De ahí que la posesión amorosa ―la estética es su paradigma porque el amor es la principal posibilidad de materialización de la belleza esencial― no solamente no escapa, sino que es el principal reflejo de la dialéctica romántica de los polos opuestos que se nutren y cercenan entre sí: vida-muerte, belleza-muerte, amor-muerte, placer-dolor, creación-destrucción, posesión-desposesión... (Argullol: 281) 

Aún con este dolor, el mundo de Espronceda sigue su curso, pero ya no es el mismo con el cual se comenzó el “Canto”, sino un mundo fuertemente influido por la ideología amorosa del Romanticismo. Este sentimiento de narcisismo es su esencia. El hombre romántico rechaza cualquier tipo de gobierno espiritual o social; es, por naturaleza, un anarquista[3], y con esto se refuerza la idea del amor como un conflicto entre el sentimiento y la sociedad así como una lucha entre la idea de la libertad del héroe romántico y el sacrificio de la misma si desease amar realmente. Como ya se ha dicho anteriormente, y a manera de pequeña conclusión, Rafael Argullol establece que: “la pasión amorosa romántica no es «platónica», sino que contempla, con todas sus consecuencias, el placer y la sensualidad. [...] asume a uno y otro como hermanos inseparables. [...] En el enamorado se concentra así, espléndidamente, toda la tragicidad del ser romántico y la felicidad de la asunción pura del riesgo: el deseo de morir y la ambición de vivir se entremezclan en la espiral del perecer y del renacer”. (281-282) Tal vez este narcisismo del héroe romántico sea la causa de que el amor en el mundo romántico decimonónico sea generalmente un fracaso. Tanta es la influencia de estas relaciones tormentosas así como es tanto lo que se desarrolló durante el siglo XIX el complejo del narciso, que el amor romántico pervive en las artes, aún hasta nuestros días.

BIBLIOGRAFÍA

ARGULLOL, Rafael. 1999. El héroe y el único, 2ª ed. (Madrid: Taurus)

BAUDOUIN, Georges. 1976. Psicoanálisis del arte. (Buenos Aires: Psique) 

ESPRONCEDA, José de. 1989. El diablo Mundo, ed. Robert Marrast. (Madrid: Castalia) 

HAUSER, Arnold. 2005. Historia social de la literatura y el arte. Desde el rococó hasta la época del cine, 2ª ed., introd. Valeriano Bozal, trad. A. Tovar y F.P. Vargas-Reyes. (Barcelona: Debols!illo), Ensayos-Arte, 90. 

PAZ, Octavio. 1994. La llama doble: amor y erotismo. 4ª ed. (Barcelona: Seix Barral) 

ROUGEMONT, Denis de. 1993. Amor y Occidente, trad. Ramón Xirau y Joaquín Xirau. (México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes), Cien del Mundo. 

     TOLLINCHI, Esteban. 1989. Romanticismo y modernidad. Ideas fundamentales de la cultura del siglo XIX. (San Juan: Universidad de Puerto Rico), Vol.


[1] “A los románticos no hay nada que se les ofrezca libre de conflicto. En todas sus manifestaciones se refleja la problemática de su situación histórica y el desgarramiento de sus sentimientos. La vida moral de la humanidad ha vivido desde siempre en conflictos y luchas, por diferencia de que haya sido la vida social del hombre y por frecuentes y violentos que fueran los choques entre yo y mundo, instinto y razón, pasado y presente. Pero en el Romanticismo estos conflictos se convierten en la forma esencial de la conciencia.” (Hauser: 195)

[2] “Es el amor que se niega la dicha de la compañía, insatisfecho, sufrido, que se alimenta de admiraciones secretas pero que, por exceso afectivo, se cohíbe en su expresión, amor que hace inasequible el objeto de sus ansias, en que predomina la despedida, la ausencia, la infelicidad por las desigualdades sociales, que sacrifica el éxtasis sensual y hasta el matrimonio y, en última instancia, desemboca en el suicidio. [...] Es también amor heroico, subversivo, que no se doblega ante las convenciones sociales, las diferencias de clase, las convenciones familiares y que en todo momento amenaza no sólo las raíces cristianas de la sociedad, sino también la misma moralidad burguesa.” (Tollinchi: 345-348)

[3] El rebelde romántico, por definición, rechaza toda solución, toda vía de salida que proveyera la cultura y la sociedad de entonces. Se han perdido todos los cánones de valor, de sostén social y cultural, y el individuo se ve remitido a su propio yo como fuente de valor y de orientación, ya que sin la identidad y el valor es imposible pensar en la existencia. El yo se postula así como un ente metafísico, sin ninguna justificación racional y, como tal, pretende ser una denuncia flagrante de la inautenticidad de la vida circundante. Claro que la sociedad y la cultura le hacen falta; si manifiestamente las denuncia y las vitupera, por la naturaleza misma de las cosas se apoya en ellas para confirmarse a sí mismo en la negación, en la ajenidad de los demás. (Tollinchi: 866-867)

 

 

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