México, Distrito Federal I Julio-Agosto 2008 I Año 3 I Número 15 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

Gaspar Jover Polo, español, alicantino, 47 años, profesor de lengua y literatura en la enseñanza media. Ha publicado en la revista Proyecto Sherezade y en revistas de su zona geográfica por lo que respecta a la edición más tradicional.  

 

 

   I. Nieve en el aeropuerto y otras perturbaciones atmosféricas.   

 Cayeron las nieves más importantes del siglo cuando ya estábamos llegando al aeropuerto, y, naturalmente, se retrasaron las salidas y nos acomodamos como pudimos en la gran sala sin compartimentos estancos, rodeados por completo de ventanillas abiertas al público y de tiendas. Mi novia cruzó la sala -estábamos a punto de casarnos por entonces- y se arrellanó en el sofá que quedaba libre; se había atrincherado para resistir sin moverse lo que fuera necesario mientras yo permanecía de pie junto a ella o viajaba hasta el bar a tomar una copa, un café y un pincho, y otra vez una copa, un corto viaje pero que me proporcionaba, en esas circunstancias extraordinarias, entretenimientos fundamentales. Por toda la sala de espera no había nadie que nos pudiera reconocer y que pudiera tomar a mal mis frecuentes visitas a la cafetería. Yo estaba más inquieto que aburrido, y no debería pues mi situación general era buena; más que eso, era excelente; me encontraba contento y animado ante la promesa del esperado matrimonio y de la nueva vida en común; tanto que ya habíamos encargado los anillos y las pulseras de compromiso. Gozaba en esa etapa de estabilidad laboral y afectiva y no creía que pudiera tener tanta suerte. Viajaba en aviones cada dos por tres e iba al lado de una chica inteligente, tan apetecible, que me parecía una conquista renovada cada vez que volvía del bar y me colocaba frente a su asiento y nos sonreíamos. 

   Por fin, sonó la hora de subir al aparato. Yo viajaba mucho por necesidad, de un sitio a otro sin apenas detenerme, así que de vez en cuando confundo el nombre de los aeropuertos. Nos dijeron que el tiempo había mejorado mucho y que ya era posible el despegue con toda seguridad. Fuera hacía un frío espantoso y, dentro del aparato, mirábamos por la ventanilla del avión caer la nieve con copos helados. Confieso que sentí alguna duda razonable y eso que yo no me espanto con facilidad de los aviones ni de los vuelos. 

   El avión tomó impulso y se apartó de la pista con una ligera embestida contra las rachas de viento y las ráfagas de agua. Claudia y yo nos habíamos cogido de la mano, nos abrochamos el cinturón momentos después y nos dejamos conducir a través del choque implacable contra la atmósfera. Nuestra compañera de la fila de asientos sacaba sus revistas con ilustraciones ya ojeadas durante la larga espera, la pareja de delante continuaba hablando sin interrupción empeñados en no mirarse, cuando sonó algo en un lado del aparato y, enseguida, una turbulencia mayor que las otras nos afectó de firme y el humo de uno de los motores, o por lo menos eso era lo que parecía, se desplegó por delante de nuestra ventanilla mientras que la azafata circulaba en dirección a la cabina de mandos porque también había sentido el choque frontal. Recuerdo que Claudia me apretó un poco más por culpa del estruendo; pero, al momento, el avión pareció estabilizarse y las azafatas volvieron a sonreír ya listas para el servicio, no recuerdo si de la merienda o de la cena. 

   Su paso seguía siendo inseguro; pero, por lo demás, su aspecto impecable nos reconciliaba con la conversación o con la lectura. Vagábamos, volábamos y sobrevolábamos la masa de nubes. Habló el comandante por el altavoz. Nos dijo que uno de los motores había fallado, pero que eso no era grave, que todos los aviones modernos estaban diseñados para poder seguir y aterrizar con un motor menos, lo que le confirmé a Claudia y a los pasajeros que tenía cerca. Fue sobrevolando una ciudad, la ciudad de Madrid. El avión comenzó a fallar, y cuando por fin aterrizamos casi sin notar los efectos del aterrizaje forzoso, supimos que uno de los motores se había incendiado. Era como si el avión dispusiera de varios corazones al mismo tiempo, como si todos ellos suministraran sangre al resto del aparato; el ritmo perdía cadencia, pero la sangre seguía regando las arterias principales y haciéndonos volar. Había nacido para los pasajeros y la tripulación un nuevo movimiento más acorde con las circunstancias meteorológicas que nos rodeaban. Ella me lo aceptó, y al poco rato, la presión de su mano se hizo más leve y, al calor de su mirada, me hice el desentendido. 

   Volábamos hacia el aeropuerto de origen; eso era lo necesario como mínimo. Luego nos introducirían en un avión mucho más cómodo, nuevo y flamante, sin riesgo para nadie, ni para la tripulación ni para el pasaje. Casi nos reímos, Claudia y yo, de nosotros y de nuestros temores. Cuando todo el peligro acaba de pasar, el cuerpo suele resarcirse de la angustia vivida, es como una reacción física necesaria e independiente de nuestra conciencia. El avión se estabilizó, tomó fuerza al tiempo que daba la vuelta justo por donde habíamos venido, en dirección hacia la gran sala que nos había dado cobijo mientras caía la nieve. 

   Tomamos café, charlamos un poco más antes de descender. El océano se alejaba cada vez más. Casi no habíamos acabado de sobreponernos cuando el líquido de los vasos se puso a vibrar sobre nuestra bandeja y nuestras rodillas, como si el avión estuviera ascendiendo por una pendiente empedrada, y, al cabo de ese movimiento tortuoso, otra explosión mucho más próxima a la ventanilla, la falta de expresión en la azafata y la caída lenta pero cada vez más inclinada otra vez contra el suelo. Yo sabía que habían fallado dos motores y eso sí era un contratiempo importante incluso para los más modernos ingenios. Intenté levantar el ánimo de mi compañera, pero ella ya lo sabía todo aunque fuese ajena a cualquier conocimiento sobre la técnica aeronáutica. Una última esperanza fue que el piloto tuviera la suficiente experiencia como para encontrar una zona libre en el campo, completamente llana, donde intentar el aterrizaje. Los destrozos serían inevitables sin duda pero... un empujón final, un débil aleteo poco después... quizás quedara alguien vivo. Pude ver el movimiento de una motocicleta que corría casi a nuestra altura y una música de acordeón sonando al otro lado de la ventanilla. La visibilidad era excelente, el campo de aterrizaje ancho y llano, pero no pudo evitar, en el último momento, un edificio al lado de la autovía sobre la que intentaba posarse y el piloto se precipitó contra ese único obstáculo. 

 

 

  

 

 

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