I. Nieve en el aeropuerto y otras perturbaciones atmosféricas.
Cayeron las nieves más
importantes del siglo cuando ya estábamos llegando al aeropuerto,
y, naturalmente, se retrasaron las salidas y nos acomodamos como
pudimos en la gran sala sin compartimentos estancos, rodeados
por completo de ventanillas abiertas al público y de tiendas. Mi
novia cruzó la sala
-estábamos
a punto de casarnos por entonces-
y se arrellanó en el sofá que quedaba libre; se había
atrincherado para resistir sin moverse lo que fuera necesario
mientras yo permanecía de pie junto a ella o viajaba hasta el
bar a tomar una copa, un café y un pincho, y otra vez una copa,
un corto viaje pero que me proporcionaba, en esas circunstancias
extraordinarias, entretenimientos fundamentales. Por toda la
sala de espera no había nadie que nos pudiera reconocer y que
pudiera tomar a mal mis frecuentes visitas a la cafetería. Yo
estaba más inquieto que aburrido, y no debería pues mi situación
general era buena; más que eso, era excelente; me encontraba
contento y animado ante la promesa del esperado matrimonio y de
la nueva vida en común; tanto que ya habíamos encargado los
anillos y las pulseras de compromiso. Gozaba en esa etapa de
estabilidad laboral y afectiva y no creía que pudiera tener
tanta suerte. Viajaba en aviones cada dos por tres e iba al lado
de una chica inteligente, tan apetecible, que me parecía una
conquista renovada cada vez que volvía del bar y me colocaba
frente a su asiento y nos sonreíamos.
Por fin, sonó
la hora de subir al aparato. Yo viajaba mucho por necesidad, de
un sitio a otro sin apenas detenerme, así que de vez en cuando
confundo el nombre de los aeropuertos. Nos dijeron que el tiempo
había mejorado mucho y que ya era posible el despegue con toda
seguridad. Fuera hacía un frío espantoso y, dentro del aparato,
mirábamos por la ventanilla del avión caer la nieve con copos
helados. Confieso que sentí alguna duda razonable y eso que yo
no me espanto con facilidad de los aviones ni de los vuelos.
El avión tomó
impulso y se apartó de la pista con una ligera embestida contra
las rachas de viento y las ráfagas de agua. Claudia y yo nos
habíamos cogido de la mano, nos abrochamos el cinturón momentos
después y nos dejamos conducir a través del choque implacable
contra la atmósfera. Nuestra compañera de la fila de asientos
sacaba sus revistas con ilustraciones ya ojeadas durante la
larga espera, la pareja de delante continuaba hablando sin
interrupción empeñados en no mirarse, cuando sonó algo en un
lado del aparato y, enseguida, una turbulencia mayor que las
otras nos afectó de firme y el humo de uno de los motores, o por
lo menos eso era lo que parecía, se desplegó por delante de
nuestra ventanilla mientras que la azafata circulaba en
dirección a la cabina de mandos porque también había sentido el
choque frontal. Recuerdo que Claudia me apretó un poco más por
culpa del estruendo; pero, al momento, el avión pareció
estabilizarse y las azafatas volvieron a sonreír ya listas para
el servicio, no recuerdo si de la merienda o de la cena.
Su paso seguía
siendo inseguro; pero, por lo demás, su aspecto impecable nos
reconciliaba con la conversación o con la lectura. Vagábamos,
volábamos y sobrevolábamos la masa de nubes. Habló el comandante
por el altavoz. Nos dijo que uno de los motores había fallado,
pero que eso no era grave, que todos los aviones modernos
estaban diseñados para poder seguir y aterrizar con un motor
menos, lo que le confirmé a Claudia y a los pasajeros que tenía
cerca. Fue sobrevolando una ciudad, la ciudad de Madrid. El
avión comenzó a fallar, y cuando por fin aterrizamos casi sin
notar los efectos del aterrizaje forzoso, supimos que uno de los
motores se había incendiado. Era como si el avión dispusiera de
varios corazones al mismo tiempo, como si todos ellos
suministraran sangre al resto del aparato; el ritmo perdía
cadencia, pero la sangre seguía regando las arterias principales
y haciéndonos volar. Había nacido para los pasajeros y la
tripulación un nuevo movimiento más acorde con las
circunstancias meteorológicas que nos rodeaban. Ella me lo
aceptó, y al poco rato, la presión de su mano se hizo más leve
y, al calor de su mirada, me hice el desentendido.
Volábamos
hacia el aeropuerto de origen; eso era lo necesario como mínimo.
Luego nos introducirían en un avión mucho más cómodo, nuevo y
flamante, sin riesgo para nadie, ni para la tripulación ni para
el pasaje. Casi nos reímos, Claudia y yo, de nosotros y de
nuestros temores. Cuando todo el peligro acaba de pasar, el
cuerpo suele resarcirse de la angustia vivida, es como una
reacción física necesaria e independiente de nuestra conciencia.
El avión se estabilizó, tomó fuerza al tiempo que daba la vuelta
justo por donde habíamos venido, en dirección hacia la gran sala
que nos había dado cobijo mientras caía la nieve.
Tomamos café,
charlamos un poco más antes de descender. El océano se alejaba
cada vez más. Casi no habíamos acabado de sobreponernos cuando
el líquido de los vasos se puso a vibrar sobre nuestra bandeja y
nuestras rodillas, como si el avión estuviera ascendiendo por
una pendiente empedrada, y, al cabo de ese movimiento tortuoso,
otra explosión mucho más próxima a la ventanilla, la falta de
expresión en la azafata y la caída lenta pero cada vez más
inclinada otra vez contra el suelo. Yo sabía que habían fallado
dos motores y eso sí era un contratiempo importante incluso para
los más modernos ingenios. Intenté levantar el ánimo de mi
compañera, pero ella ya lo sabía todo aunque fuese ajena a
cualquier conocimiento sobre la técnica aeronáutica. Una última
esperanza fue que el piloto tuviera la suficiente experiencia
como para encontrar una zona libre en el campo, completamente
llana, donde intentar el aterrizaje. Los destrozos serían
inevitables sin duda pero... un empujón final, un débil aleteo
poco después... quizás quedara alguien vivo. Pude ver el
movimiento de una motocicleta que corría casi a nuestra altura y
una música de acordeón sonando al otro lado de la ventanilla. La
visibilidad era excelente, el campo de aterrizaje ancho y llano,
pero no pudo evitar, en el último momento, un edificio al lado
de la autovía sobre la que intentaba posarse y el piloto se
precipitó contra ese único obstáculo.