Para
X. B. Sobre todo.
“La Literatura no es una charada, es una
actitud”.
Camilo José Cela.
A
esas alturas de la tarde-noche caraqueña, Meli debía sentirse ya
en el séptimo cielo pero no; el hombre finalmente no se
presentaría. Luis Espejo leyó el sms poco antes de terminar la
sesión del taller y una salva de lamentaciones cruzó el salón
de lado a lado. También yo suspiré, pero a destiempo y con
franco alivio. Primero, por la sed que me atenazaba desde hacía
un par de horas. Segundo, la eterna tribulación de cualquier
tuyero sin lugar fijo para dormir en la ciudad, me volvía
partidario, a la fuerza, de los telones rápidos, al estilo de:
“no hay tiempo para más, será hasta la próxima”. Vaya e intente
explicarle a un chofer de ruta inter-urbana, su necesidad de que
el transporte hacia los Valles del Tuy trabaje hasta un poco más
tarde: una horita adicional, digamos. ¿Y por cuál causa, motivo,
razón o circunstancia? Pues que usted ha venido como oyente a
ese taller de escritura creativa, que comienza a sonar:
DESCUBRIMIENTO DEL ALMA. Haces alarde de interés, requisito
fundamental, y lo menos que se le pide, señor chofer, es la
amabilidad de abandonar, por un instante siquiera, la pereza y
el talante zafio que lo caracteriza; solidarizándose con este
humilde escribidor, futura gloria de las letras nacionales (jajaja)
que, sin embargo, repentinamente, ha visto en un rincón del
saloncito a la zarza ardiendo sin quemarse y en sus oídos, la
voz inefable del Otro, susurrándole: “Y vos, qué hacéis
obrando de tal guisa? Marchaos, huid, huid cual demonio. Todo
aquí es inodoro, incoloro e insípido a más no poder.”
Al último chofer que le hablé así, me persiguió por
dos, tres cuadras, loco por hundirme en el cráneo una grosera
barra de hierro. Exageraba, me parece. Desde entonces, ni una
gota de alcohol mientras viajo en buseta. Contra el sentido de
la realidad, no se juega ni en broma.
Ya en el ascensor, miré el semblante apocado de Meli.
Sentí pena por ella; la verdad estaba muy ilusionada con el
invitado. Aramís B. Cuarenta y seis años; poeta, dramaturgo y
ensayista. Ex alumno de Eduardo Gil. Sus trabajos de
investigación, lo llevaron a conocer profundamente a Jerzy
Grotowski y Peter Brook. Se movía dentro y fuera de Venezuela;
justamente, regresaba de Montevideo. Meli fue a buscarlo al
aeropuerto. Luego me contó por messenger: arrobada, el tipo
sencillamente la había fascinado. Tantas lecturas, perfectamente
asimiladas y todavía mejor empleadas durante la conversación. <
Porque conversaba, Iván, realmente conversaba. Y para
colmo, viene y cita en inglés el verso de Carver: “La
conversación es un arte moribundo”. ¿Te imaginas? Me mató;
sentí en ese momento que podía estar a su merced, y me importaba
un carajo. Saqué plata del telecajero y lo invité a comer en
Maiquetía.. Aceptó, pese al cansancio. Yo tenía como abejas
zumbándome bajo la piel. Dejé mis poemas para la sobremesa, unos
tres solamente para no atosigarlo. Le gustó aquél que te pasé
una vez, ese cortito que dice:
“Miedo
A ser yo
Tras la ráfaga.”
Se quedó en silencio unos minutos, pensativo. Luego me miró
directamente a los ojos y dijo: “Pues bien, esa ráfaga es lo que
hará de ti una mujer de incandescencias”. No conozco mejor
manera de sugerirle a una persona, acumular experiencia vital.
Fue como una orden, y algo dentro de mí se dispuso a acatarla.
Te digo, Iván, que el tipo era al mismo tiempo erudito, vacuo,
original, rebelde, sensible, ríspido, simpático, misterioso,
diáfano; un mamut tierno y caballeroso. Y su palabra: yo era un
diapasón, vibrando a cada vocablo suyo. Quería oírlo y oírlo y
oírlo indefinidamente>.
Ya en la planta baja del edificio H. los grupitos del
taller se fragmentaron a su vez en otros grupúsculos, cuya razón
para unirse la constituye la envidia cordial que se tienen
todos. Como dice el refrán: “Baudelaire los cría, y ellos se
juntan”. Malditismo de tres por uno; sociólogos del horror;
nihilistas de calostro en la jeta; dionisíacos. Todos en procura
de o en posesión de, un alma; más o menos tangible, más o menos
efímera. A los efectos, lo mismo daba.
Padezco el incómodo vicio de la solidaridad. Por él,
estaba allí. Luis Espejo insistía en la necesidad de una
biblioteca, bien surtida, para la gente del taller. El disco
compacto con el recital, estaba a punto. DESCUBRIMIENTO DEL ALMA
ya tenía página web, que daba sus primeros coletazos virtuales.
Había salas de chat, bitácoras en línea, y concursos de
concursos de concursos. Obligatorio el dejar comentarios, el
criticarse despiadadamente. Impulso, acicate, que le dicen.
Imaginé un largo pasillo, adornado con espejos; los
participantes –yo entre ellos- desfilábamos por él. Nos
sobrevenía entonces la condición del vampiro: el no lograr ver
nada. No por cadáveres vivientes, sino por un detallito crucial:
manteníamos los ojos empecinadamente cerrados. De allí mis
frecuentes desazones. ¿Por solidario?
Vino Meli:
-Iván, acércate para que conozcas a la gente-. Coño, no
conseguiría transporte. Pero quién se resistía a tanta
hermosura. Meli habría sido una publicista maravillosa, de no
ser por su familia y especialmente el influjo de su padre, el
doctor Mirabal. Todos eran abogados, litigantes de éxito.
Rogelio Mirabal fue mi profesor de Derecho Civil en la facultad,
antes de que me hartara de todo eso. Ya dije que suelo estar en
los lugares equivocados, y siempre me doy cuenta mucho después.
Los Mirabal de Cúa, alias Marín. Melisa era caraqueña
por adopción y yo tuyero por reacción. Detesto las ciudades
aunque las visite con frecuencia. No asistí a los primeros pasos
de Meli (regreso al diminutivo) en la capital suramericana del
homicidio y la concusión. Cuando volví a verla, días y sobre
todo amores, habían pasado por su joven vida, en cantidades
desiguales. Seguía en su búsqueda de certezas, refugios,
afinidades. Como todos. Y con mayor o menor suerte. Yo
conservaba la imagen de la Meli adolescente, sumisa, odiando al
padre, quien cierta vez, para cortar con un noviazgo apasionado
e inconveniente –según él-, mató a balazos a Princesa, su perra
Poddle. Había sido un regalo del novio. No se le volvió a ver
por la casa familiar.
Pensaba en todo eso al estrechar manos y oír nombres
que después olvidaría. Ah, la fastidiosa propicuindad. Uno en
aquel monte se acostumbra a que la Literatura es solamente un
dulce vicio que no castiga el código civil. Y “el escritor
escribe”. Punto. Adolfo Aristarain no conviene a los que hacen
de la Literatura, un manoseo sin ningún pudor. Ni Meli ni Luis
Espejo lo sabían, me parece. Y si lo sabían, pues “peor
tantito”, como dicen en México.
-Gusto en conocerte... Iván, me dijiste, ¿no? ¿Y qué escribes?
-Él escribe poesía (Meli). Aunque, últimamente, ha desertado. Su
manejo del lugar común es notable. Tanto, que hasta deja de
serlo.
-Y tendrás libros publicados, supongo.
-No, no tengo libros publicados. He quemado varios, sí. Eso sin
contar los que faltan todavía.
-¿Qué te ha parecido el taller? Oye, Descubrimiento del Alma,
quiere crecer. Y sería estupendo contar con promotores allá en
el Tuy. ¿Es del Tuy de donde vienes, verdad? ¿Cómo es la movida
cultural por esos lados?
-Violencia, licor y sexo: en este orden prioridades y
factibilidad.
-Bueno, pues eso es rock urbano en estado puro, jajaja.
-Yo diría más bien, decadencia en estado salvaje. El Tuy es la
capital mundial de la descortesía.
-Si tú lo dices... Bueno, sugiérenos algo para mejorar el
taller. Cualquier cosa que hayas echado en falta.
-Coño, hermanito; un buen dispensador de agua fría. Esta sed es
decididamente criminal y antipoética.
Meli entonces me haló del brazo: “Jugando al sardónico
te quedarás solo y no publicarás nunca nada”. Acompañaba su
reproche con la típica mirada que se les concede a los tomados
por pendejos o abúlicos. Esos que desaprovechan amistades e
influencias para “darse a conocer”. Yo, más que abúlico, era un
pendejo para Meli; sin importar el sincero aprecio de años.
Desperdiciando experiencia y bagaje cultural ¿por qué? No se lo
explicaba. “Mejor invítame a unas cervezas y celebramos el
reencuentro”, le pedí, “a esta hora es poco menos que imposible,
regresar al pueblo”. Ella estuvo de acuerdo. Podía dormir en su
casa, sin problemas.
Caminamos un par de cuadras hasta el Gran Café: allí donde te
cobran hasta por el aire que, invariablemente, apesta a
cigarrillos. Meli tenía hambre; pidió una cerveza y camarones
para picar. Yo pedí dos cervezas juntas: la de apagar la sed y
la animar a la sin hueso. Alrededor, la gente bullía, cada cual
llevando en el rostro indicios de sus pequeñas miserias y
egoísmos. ¿Tendrían alma? Carajo, ya estaba de nuevo como la
gente del taller, pensando huevonadas. ¿Qué hacerle? De pronto,
una muchachita se nos acercó; vendía rosas envueltas en papel
celofán. Tenía grandes y hermosos ojos verdes, un tanto más
oscuros que los de Meli. Compré tres y las puse sobre la mesa
frente a ella.
-¿Y eso?- preguntó. –Iván el terrible, regalando rosas?. Pensé
que no era tu estilo.
-Depende, loba siberiana- contesté siguiendo la corriente-. Es
que a veces bajo la guardia y me da por la caballerosidad. Yo
intento correr con los tiempos, ser un ordinario de continuo.
Pero se me da muy mal, lo confieso.
Meli recogió en un moño su cascada de oro pálido. Bebió
un largo sorbo de cerveza.
-Pues gracias, señor “decencia”, por haber cedido a tan bajos
impulsos, regalándome estas flores.
-Son tres: una por cada año en que no te vi. Para que luego
digas que soy un pesado.
-Yo no he dicho eso. Solo que metido en ese monte (se refería
también a Okum), tendrás pocas posibilidades reales, de surgir.
De hacer una Obra. Tienes todo lo que se necesita; ¿por qué te
dejas marginar?
-Digamos que opté por la salida de Esaú: vendí mi primogenitura
por un plato de lentejas.
-Hablo en serio, Ivánovich-. Ya empezaba con el tono chejoviano.
¿O sería por Dostoievski? No importaba. Le presenté a ambos
cuando cursaba todavía el quinto de bachillerato en Charallave.
Era la época en que pude haber hecho cualquier cosa con mi vida.
Cualquier cosa.
-También yo, Grúshenka. Amor con hambre no dura, dice el refrán,
y eso del artista famélico está bueno para un Knut Hamsun. No
para mí.
-Ya... ¿y dónde están tus cuentas en bolívares, en dólares,
entonces?
-Los dólares, aclaro, son moneda del Imperio. Y yo abomino de
los imperios, te recuerdo.
-No me has contestado.
-Hago lo que puedo, Meli. Sencillamente. Además, estamos
celebrando una reunión. No sé qué te pueda ir a ti en todo esto.
-Pues, me va mucho. Son diez años de amistad. ¿O se te olvida?
-No soy ya el Iván que conociste.
-Ni yo la Melisa inocente y de mirada lánguida, en unos pueblos
olvidados de Dios y del Diablo. Por eso me vine a Caracas.
-¿Y tu papá?-, le pregunté a quemarropa, sabiendo de antemano
las posibles respuestas. Quería verificar su “no-inocencia”. Y
de paso, zarandearla un poco.
-¿El doctor Mirabal?- dijo, como hablando de un extraño;
ciertamente lo era. –Pues viviendo de sus marramucias, supongo.
Alimentándose de sus odios y rencores-. Las heridas continuaban
frescas y supurantes. En consecuencia, resolví no preguntar más
sobre su familia. De su madre, la señora Estela, siempre supe, y
de primerísima mano, lo suficiente: que fue un ángel, cuyo paso
efímero y doloroso por este mundo, dejó entre quienes la
conocimos, un puñado de hermosos recuerdos. Meli devolvió el
balonazo: quiso saber de los míos. De mamá. Mis hermanos.
-Involucrados con la vida, cual debe de ser. Todos bien, en lo
que cabe.
-Por cierto, en las fotos que me has enviado, tu sobrino es un
bebé precioso. Un príncipe.
-Él es, desde ya, un Rey. Y será quien le de lustre al apellido,
continuándolo.
-Seguramente. Oye, ¿te molesta si pregunto por Paola?
-¿Qué quieres saber de eso?
-Te diría que todo. Pero se que no me lo contarás aquí.
-Supones bien. Paola fue, para mí, lo que ahora es la opinión
que sostengo sobre el Amor: un fausto accidente. Así como lo
oyes. Con eso quedan explicadas muchas uniones felices y también
las soledades más crueles: por esa cualidad fortuita que posee.
Ponte a buscar el amor, conscientemente, y ya verás lo que te
pasa. No lo busques y quedarás fuera del juego. ¿Entonces?
Repite con Saramago: “La búsqueda del amor es el amor mismo, y a
veces –incluso-, es preferible no encontrarlo”.
Íbamos por la quinta ronda. Yo me sentía embuchado; aún
así llamé al mesonero sin consultar a Meli. Igual ella terminó
pidiendo las cervezas. Antes de que se alejara, le pregunté al
hombre si tenía alma. El tipo escuchó mal y sacó de su bolsillo
un encendedor. Yo no pude aguantar la risa. Sí, poseía un alma,
pero algo reducida y elemental quizá. Meli me pellizcó la mano
izquierda y le dijo al mesonero que no me hiciera caso, que
podía retirarse. Al rato, su celular vibró. Era un mensaje de
Aramís B. A Meli se le iluminó el rostro y dejó de beber; empujó
su vaso con la cerveza casi intacta, junto al mío ya por la
mitad. Yo los miré en silencio mientras ella contestaba. Luego,
se levantó al baño y estuvo allí unos veinte minutos. Regresó
acicalada, fresca, despierta. Mi reloj marcaba las diez de la
noche.
Ella dijo, feliz:
-¿Sabes qué es lo más rico de tener veintitrés años?-; su
cascada rubia caía nuevamente sobre sus hombros pecosos-. Que
una puede estar con quien quiera, y el poder de decidirlo así,
es completamente tuyo. Por eso lo escogí a él. Es bello, Iván.
Bello, bello, bello. Lo máximo. No sabes lo mal que me cayó el
que no pudiese ir al taller. Claro, tantas ocupaciones. El pobre
está copado de compromisos. Mas prometió que iríamos a una
pequeña reunión, de amigos, en la residencia del embajador de
Uruguay. Y voilá, que me escribe. ¡Ah, mi lírico mamut!
También yo lo impresioné, eso ni lo dudes. Esta, será una noche
maravillosa.
La cara que debí poner entonces ¡Oh, dioses invisibles
y ausentes! Recuerdo que Meli posó sus dos puntos de verde,
detenidamente sobre mí.
-De pronto te quedaste callado, Ivánovich. ¿Qué te pasa? ¿Te
sientes mal?
-No, no es nada, Grúshenka. Simplemente quería seguir la farra.
Eso es todo.
-Ay, amigo... te prometo que nos volveremos a ver pronto-. Sacó
un espejito de la cartera y se miró de nuevo; ya satisfecha, lo
guardó.- Además, quedé feliz con el reencuentro. ¿Tú no?
-Sí, claro-, dije. Definitivamente era una vaina bien triste el
ser solidario tantas veces.
-Ah, no, Iván. Te pusiste raro de golpe. No has tocado ni la
cerveza que te dejé. Oye... no me estarás celando, ¿verdad?
Mucho cuidado, que no te corresponde hacerlo. Sería torpe y
además, ridículo. ¿Iván, me estás oyendo? ¡Contesta!.
-Claro que te oigo, Melisa. Y tranquila, que tienes toda la
razón.
Me bebí la cerveza de golpe, pese a que ya no podía
más. Sentí un tirón en el estómago. Un eructo se abrió paso
hasta mi garganta, y lo liberé sin ningún disimulo. Meli me vio
rabiosa. Llamó al mesonero y pidió la cuenta. Cuando el hombre
regresó, lo abordé. “Lo felicito, amigo. Usted y yo tenemos una
gran cosa en común”.
-¿Y cuál será, caballero?-, preguntó.
-Que los dos tenemos alma.
-Todos poseemos alma, señor. Me parece.
-No, todos no. Hay algunos que deben ganársela, como bien creía
Gurdjieff, un filósofo de otro tiempo. ¿Cierto, amiga Meli?
Aramís B. se comunicó de nuevo; esta vez por una
llamada. Meli se levantó presurosa y caminó boulevard abajo. La
conversa terminó justo en las escaleras del metro, allí se
detuvo y volteó hacia mí.
-Bueno, Iván, lo dicho. Me alegró verte de nuevo. Lamento que no
puedas dormir en casa; tú comprenderás. ¿Pero tienes donde pasar
la noche, verdad?
Le dije que sí. Era mentira, claro. Ella lo sabía de
sobra.
-Llámame un día que vengas a Caracas. Acércate al taller. Te
conviene-. Luego entró a la boca del túnel.
No llevaba consigo ni una sola de las rosas que le
regalé.