México, Distrito Federal I Julio - Agosto  2008 I Año 3 I Número 15 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

Osvaldo Ahumada-Espinosa, es belga de origen chileno, autor de cuentos, poesías y algunos artículos, más de 25 publicaciones en revistas de literatura, universitarias y virtuales, antologías y periódicos. Miembro de la Sociedad de poetas de la Open University, Inglaterra, del Círculo de Escritores de la V Región Chile y de la Sociedad de Escritores Latinoamericanos y Europeos, SELAE. Primeros textos publicados : Amores de tejado, Revista de Literatura Chilena en el exilio N°6, 1978, California. La vida a través de una reja , misma revista N°10, 1979. Ultimo texto publicado : Los tallarines estaban fríos , Antología Literaria. A 30 Años del golpe militar , 2005 Milán, Italia. Primer premio en cuento : Concurso Literario Internacional de la ONG Reencuentro, 2005, Chile, con el relato La Golemah

 

El mes pasado fui a Gandia, cerca de Benidorm, en España. Voy todos los años, siempre de vacaciones, pero esta última vez no estaba muy seguro, si era descanso o si era para quitarle la vida a otro ser despreciable. Esta vez sentía el olor caractéristico de la muerte a mi alrededor.

             Después de instalarme en mi hotel preferido, salí a la calle a dar un paseo por la principal avenida de la ciudad. En una esquina leí su nombre que ya conocía: “Paseo de los Alemanes”. De repente me acordé de Jutta, una buena amiga alemana que veo de vez en cuando, sobre todo porque me acababa de encontrar con ella solo hacía algunas horas, antes de mi llegada a España, en sala de tránsito del Aeropuerto John Kennedy de Nueva York.

              Estaba esperando el vuelo Nueva York-Madrid-Valencia, ella regresaba del Outland australiano, donde había pasado algunos meses en los matorrales, trabajando como guía e intérprete para algunas parejas de alemanes aventureros. Jutta estaba radiante, sobre todo que actualmente, habiendo perdido su temor anoréxico a engordar, se había convertido en una hermosa mujer, llena de formas redondeadas y duras: Una belleza de treinta años.

              Hablamos un poco, bebimos una botella de champaña bruto, como en los viejos tiempos y ritual de rigor en cada uno de nuestros encuentros. Un poco antes de que su vuelo  despegara hacia Frankfurt, nos dimos cita en “La chapelle des Lombards”, en París, cerca de la Plaza de la Bastilla, todo el mundo conoce, no necesito hacer un plano. Pero no iré a este encuentro fijado para el próximo mes. Volver a ver a Jutta me hizo temblar desde el cabello hasta los dedos de los pies. Hace años que la amo. Nunca hemos hecho el amor, pero eso no tiene importancia, como bien decía mi amigo, el desaparecido padre del arte pop Andy Warhol: “Si te enamoras de alguien, lo más excitante es que nunca hagas el amor con esa persona”. Creo que Andy tenía toda la razón. No iré a la cita, pero estoy seguro de que algún día la volveré a ver en el lugar menos imaginado, en un aeropuerto cualquiera, en medio del gran cañón del Colorado, paseando por la Quinta Avenida, o por los Halles de París, o a lo mejor donde Paul, en el “Bierodrome” de  Bruselas. El lugar no tiene ninguna importancia, sé que la volveré a ver, estoy convencido.

               Acordarme  de la salvaje alemana me había dado sed, me puse a observar los alrededores buscando donde ir, un poco más lejos divisé el café alemán “Schösseralt”, que significa cerraduras antiguas. Entonces me dije :

               -¡Porqué no! – Sonaba divertido ir a emborracharse con cerveza negra alemana,en medio del “Paseo de los Alemanes”, recordando una bella alemana de pelo negro, en una pequeña ciudad española. Me dirigí allí.

               Paladeando mi cerveza, mis pensamientos comenzaron a recorrer los recodos de la memoria, haciéndome rememorar mis homicidios perfectos. ¿Cuántos había cometidos ya? ¿Treinta? ¿Cuarenta? No me recordaba con exactitud.

              Una disputa en la mesa de al lado, llamó enormemente mi atención. Escuché. Un tipo le gritaba a una mujer española,  de  más de veinte años, cabellos negros, blanca y propietaria de un cuerpo que tenía todo lo que debe tener. El hombre, poseía una cara de facineroso, un vientre redondeado por la cerveza y un lenguaje soez. ¡Un verdadero proxeneta de barrio!

               -Escúchame bien imbécil, si realmente deseas seguir conmigo deberás emputecerte, si lo quieres más claro, ¡deberás arrendar el coño! ¿Comprendes?

              -¡Pero Antonio! – respondió ella, desesperada - ¡Yo  no podré jamás hacer  eso!    

          -Necesito 500 euros por día – respondió el gordo – ¡Y eso será todo, tonta!  Recibirás llamados telefónicos. Fijarás tu misma las citas, a la hora que tu desees. Después, algunos pequeños movimientos de caderas, pam, pam, pam y ¡listo! Pides 100 euros antes de comenzar, recibes cinco tipos por día y ¡ahí están mis 500 euros! Está clarísimo. Claro que si lo deseas tu podrás recibir diez clientes diariamente, eso es asunto tuyo, para mi bastan los cinco primeros, pero evidentemente tienes que comer, comprar trapos, alimentar tu crío. Querida, te aconsejo honestamente aceptar algunos clientes más. - terminó de decir el asqueroso individuo, mientras apretaba con fuerza y rabia entre sus poderosas garras, y por debajo de la mesa , las piernas de la desesperada mujer.

           -¡Qué no podré Antonio! Qué te amo mucho, ¿sabes?

           -Yo te amo también, es por eso que te he escogido a ti y no a otra. Tengo que vivir de algo pequeña. Ahora ándate ya. ¡Andate te digo!

          La hermosa española salió sollozando. El gordo se quedó, bebiendo cerveza una tras  otra, mientras yo lo observaba fríamente, bebiendo la mía. ¿Sera él, número  quarenta y uno?  No tenía idea. De serlo sería mi enésimo.

 

       No soy un asesino. Soy un justiciero anónimo. Un barrendero social que borra del mundo toda la basura parecida o peor que el energúmeno del gordito Antonio. Elimino a todos los hombrecitos torturadores, aprovechadores y golpeadores de mujeres que se cruzan en mi camino. ¿Por qué me he abocado a esta tarea? No sé muy bien. Puede que sea porque todavía no encuentro a la mujer que me haga sentir feliz de vivir. Entonces, cuando observo a hombres que tienen esa oportunidad, que tienen mujeres enamoradas de ellos, capaces de realizar cualquier cosa para agradarles la vida, encuentro que no tienen el derecho de torturarlas, de golpearlas o de venderlas a cambio de su amor. No tienen derecho a ser tan crueles, a no tener sentimientos. No merecen vivir, y es por eso que los destruyo, sin ninguna piedad …y perfectamente.

       Todo esto comenzó hace casi 10 años. Un fin de semana que me encontraba en el hotel Altona de Madrid, leyendo El País y tomando desayuno en la cama. De repente comencé a escuchar una discusión que empezaba a subir de tono en la habitación de al lado. Una mujer se puso a aullar de dolor mientras los ruidos aumentaban de intensidad. Al parecer el hombre golpeaba bastante fuerte. Luego se escuchó un crujido de madera rota contra el muro.

       -¡No me pegues otra vez, te lo juro que nunca te he engañado- gritaba la víctima.

      -¡Te atreves a lanzarme una silla a mi, puta! Te voy a matar por esto - vociferaba el tipo.

      Escuché  en seguida un grito potente de dolor … y luego nada. Quince minutos después, todavía nada. Intrigado salí de mi habitación y traté de escuchar a través de la puerta vecina. Nada. Apoyándome contre ella, esta se abrió suavemente. No estaba cerrada como debía ser.

     Al interior me encontré con una escena espantosa: La mujer estaba en el suelo, sus ropas desgarradas. Había sangre por todas partes, hasta en el cielo raso. Había sido degollada. El hombre presentaba su rostro y su camisa sucias con el líquido vital. Se encontraba de pie, los brazos abiertos en cruz, manteniendo un gran cuchillo en su mano derecha. Mascullaba una especie de letanía:

         -La maté, la maté, la maté…

         Me aproximé a él, mi rostro casi tocando el suyo. No me vio. Estaba en estado de choque. Me alejé un poco, observé la mujer. Su rostro señalaba los golpes recibidos antes de su muerte, sus bien contorneadas piernas me mostraron  los golpes más antiguos y los más recientes. Había sido muy bella, era una rubia verdadera de unos veinte y cinco años. Me interesé de nuevo en el tipo, había conservado la misma posición y recitaba su mea culpa:

        -La maté, la maté, la maté…

       Tomé sus manos, no se movió, junté sus manos frente a su pecho. La derecha conservaba aún con fuerza el cuchillo. Le puse la mano izquierda sobre la derecha. Me dejó hacerlo. Me coloqué detrás de él. Lo envolví con mis brazos, dirigí la punta del arma justo debajo del apéndice xifoides del esternón y empujé con fuerza, la lámina atravesó el corazón. Suavemente lo solté. Dió vuelta su cabeza y me miró directamente a los ojos, asombrado, moribundo y diciéndome:

        -¿Por qué? ¿Quién es usted?

        -Por ella. ¡Adiós ¡ - le respondí.

       Antes de que tocara el suelo ya estaba muerto, sus mano todavía cogidas al cuchillo.

      De repente di una mirada al lecho. Estupefacto observé una maleta abierta llena de dólares americanos. Además, tirados en desorden, junto al lado de la valija, había un montón de saquitos transparentes, henchidos de un polvo blanco.

      -¡Vaya, el guarro era traficante de drogas! - me dije, tomando la valija y agregándole un saco de medio kilo antes de cerrarla. Dejé una treintena de sacos más  pequeños para los polis. Borré los posibles rastros que hubiese dejado y abandoné la carnicería.

       Una vez en mi habitación me serví dos dedos de whisky y probé un poco del polvo para verificar  su calidad. ¡Era cocaína pura y no esa cochinada de crack que inundaba actualmente el mercado! Conté el dinero, habían seiscientos mil dólares  en billettes de cien y algo más en de veinte. ¡De qué vivir mejor que ahora y sin moverse por unos quince años!

        Aquella noche decidí convertirme en el justiciero de las mujeres maltratadas. Acababa de cometer mi primer crimen perfecto. La mayoría de los mortales cree que cuando se habla de crimen se habla de muerte, y no es siempre lo  mismo, la palabra crimen es mucho más amplia. Un crimen es un delito grave, como el homicidio,el asesinato, la violación, la falsificación de moneda o el espionaje. A mi modo de ver el crimen perfecto se tipifica cuando solo el criminal está al corriente de su crimen. Si alguien mata a un desconocido en una centrica calle, de un balazo en la cabeza y después huye sin que jamás sea encontrado, no habrá cometido un crimen perfecto. Habrá cometido un crimen ordinario, un asesinato. Los polis tendrán un caso, un delito de asesinato será configurado y el modus operandi será también conocido: un tiro de pistola. Lo único que faltará será ubicar y detener al autor. Después de algún tiempo el caso se cerrará, pero todo el mundo sabrá, que un día determinado, un señor plenamente identificado a sido asesinado de un tiro en la cabeza en aquella calle.

          Pero, si alguien asesina una persona por cualquier razón y tiene el cuidado de disfrazar su crimen en accidente, suicidio o bien decide de destruir el cuerpo con ácido o enterrarlo en su jardín y nadie, absolutamente nadie sabe del asunto, entonces eso será un crimen perfecto. Igual cosa si alguien consigue vivir toda su vida falsificando billetes de banco, sin que nadie lo descubra o sepa.

           Aquella noche había cometido mi primer crimen perfecto. Permanecí descansando en mi habitación esperando que los sucesos se produjeran. Aquella misma mañana el personal del hotel descubrió los dos cuerpos. Los polis tocaron a mi puerta cerca del mediodía  y me hicieron las preguntas habituales, de vuelta recibieron respuestas banales:

          -No señor inspector yo no conocía a los clientes de la habitación vecina. Si, los escuché discutir un par de veces este fin de semana. Esta mañana muy temprano escuche gritos, un golpe en el muro y luego silencio hasta ahora.

         -Eso es todo señor, si lo volvemos a necesitar lo ubicaremos.

         -Cuando usted desee señor inspector.

        “Homicidio y suicidio en un oscuro caso de drogas y celos”, determinó finalmente la Brigada de Homicidios.

                         Los dólares del traficante, los dólares recibidos de la herencia familiar y un afortunado golpe de suerte  en el  Loto, donde recibí un jugoso premio, me ha permitido juntar un montón de dinero, con el cual he vivido y viviré sin problemas unos doscientos años. Utilizo cinco nombres falsos, vivo cinco vidas diferentes en mis cinco casas que se encuentran en cinco países del mundo occidental. Paso mi tiempo escribiendo, navegando en mi pequeño barco, el Jutta I, y de vez en cuando salgo de mis escondites para ir a la casa de los cobardes torturadores que maltratan mujeres indefensas.

                         Me gusta mi estilo de vida, encuentro que lo que hago con los crápulas está bien hecho. Lo único que me molesta un poco es que ahora que me acerco a la cincuentena, comienzo a sentirme un poco solo, a aburrirme de mi soledad un poco salvaje y de mis viajes solitarios. A veces tengo deseos de comenzar a buscar una hermosa mujer inteligente, posiblemente como Jutta y tratar de empezar una nueva vida en pareja, disfrutando cada una de  mis cincos casas y mi barco. Un sueño.

 

                        Aquel día de febrero, en Gandia, era el turno de Antonio, el gordo que bebía cerveza, una tras otra, al lado mío. Aún recuerdo, como si hubiese sido ayer tal como  sucedieron los hechos.

                      -¡Oye Gunter!- grita el individuo -  ¿No tienes tú, por casualidad, un poco de coca?

                     -Sabes muy bien que no vendo esa porquería - respondió el patrón del bar. - Vendo buenas cervezas alemanas ¡y nada más!

                     -Te convendría ampliar el negocio sino vas a perder a los buenos clientes como yo - balbuceó el despreciable tipo mientras pagaba y abandonaba el lugar completamente borracho y balanceándose para todos lados.

                      Pagué mi cuenta y salí trás él.

                     -¡Oye Antonio! Espera - grité. El individuo detuvo su marcha inmediatamente, y se dio vuelta haciéndome frente.

                    -¡Ah es usted! Usted estaba en el bar ¿Qué desea? ¿cómo sabe mi nombre? - me dice sin dejar de balancearse.

                   -Fácil amigo- le lancé al rostro - Escuchado cuando tu mujer te  nombró. Te propongo un trato. Tu me ofreces una buena botella de whisky americano y yo te ofrezco diez líneas de la coca colombiana pura. Tómalo o déjalo, pero decídete de inmediato.

                        -De acuerdo macho, trato hecho. Yo no rechazo jamás una línea de colombiana.  ¿Cómo lo hacemos?

                        -Iré por la coca a mi hotel, tu vas por el whisky y después buscamos un lugar tranquilo, tu departamento por ejemplo, donde conversar y relajarse  un poco.

            -De acuerdo macho - repite el tipo - nos encontramos aquí en diez minutos, y enseguida iremos adonde vivo, escucharemos buena música y todo lo demás – dice alejándose con dificultad.

            Fui al hotel, cogí todo lo necesario y luego salí a enfrentarlo, momentos después estábamos en su madriguera. Puso música española, pasodobles de los años cincuenta y mientras se dirigía a la cocina en busca de hielo y vasos, descolgué del muro una reproducción de un retrato de San Francisco de Borja. Coloqué el cuadro sobre la mesita del salón y sobre su vidrio protector, preparé diez líneas de cocaína, ayudándome de una pequeña cortaplumas.

         Cuando Antonio regresó al living, traía vasos, hielo y dos pajuelas. ¡Era un proxeneta previsor! Sirvió los vasos, cogió una pajuela y aspiró una línea,  mientras yo le hacía creer que estaba bebiendo mi vaso, el individuo continuó aspirando una línea tras otra. Antes de terminar su labor el tipo se sobresaltó, se llevó las manos a la cabeza y mientras me observaba con asombro se deslizó al suelo cayendo de inmediato en un sueño hipnótico profundo. El hombre acababa de aspirar una mezcla que se asemejaba bastante a la cocaina: 800 gramos de bórax mezclados con 200 gramos de diazepan puro.

         Tomé su pulso, estaba latiendo a diez mil por hora. Saqué de mi bolsillo unos guantes de caucho, esos de cirujano N° 7. Lo acosté sobre el sillón, cogí una sonda gástrica de otro bolsillo y se la introduje en la fosa nasal derecha. Con una jeringa de 50 ml introduje aire por la sonda. El tipo no se ahogó, la sonda estaba el el estomago. En realidad como ex-enfermero sabía lo que estaba haciendo. Luego, ayudándome de la jeringa, introduje por el tubo de plástico toda la botella de whisky, renforzando el alcohol con 100 ml de diazepan líquido. Apenas terminé saqué la sonda.

        Me senté en el otro sillón y mientras guardaba el vaso que había tocado dentro de una bolsa plástica junto con la jeringa y la sonda, Antonio comenzaba a temblar. Antes de que tuviera tiempo de guardar la bolsa, el hombre estaba muerto. Infarto cardiaco.

       Coloqué el resto de la mezcla bórax-diazepan al lado de Antonio, sobre la mesita, luego borré todas mis posibles huellas.

         -¡Adiós Antonio! Nos volveremos a ver en el cielo -  le dije, saliendo a la tarde estrellada. Corría una brisa suave. Caminé algunas calles antes de volver al hotel. La dulzura de la noche me recordó los atardeceres de San Francisco y pensé que tal vez no sería mala idea juntarme con Jutta y convencerla de que me acompañe a mi casa de Caleta Bay en California, beneficiaríamos de algunos meses de sol y mar. Veremos. Dicen que el sol acerca a los seres humanos. Pensándolo mejor comienzo a vacilar, debo elegir entre ella y mi estilo de vida. Puede que lo más sensato sea dejar de jugar al justiciero, no dejo de pensar este último tiempo en el famoso Factor H, que destruye los mejores planes. Puede que algún día se termine la suerte que he tenido hasta ahora, que alguien me vea saliendo de una casa o que caiga un pelo mío encima de un cadáver o que olvide cualquier otro indicio y lleguen hasta mi en cuestión de horas, siendo ese el Factor Humano o H que podría destruir mi crimen perfecto.

         

         Dos días más tarde, esperando en la sala de tránsito del aeropuerto de Valencia-mi conexión Valencia-Madrid-París, leí en el “Provincial”: “Un proxeneta conocido de la policía de Gandia, muere después de beber una dosis excesiva de whisky y valium”.

       Me agrada escribir mis aventuras como justiciero, me relaja, pero también sé muy bien que algún día mi diario íntimo puede caer en otras manos y ser utilizado en contra mía. Tengo conciencia también que después de mi muerte será descubierto y todos mis crímenes perfectos serán conocidos y cesarán de ser perfectos. Ante estas dos posibilidades, he tomado el cuidado de quemar cada hoja, una vez escrita y corregida. Mi diario, el archivo de mis correrías, está en el fuego, en el infierno…y en mi cabeza evidentemente.

                                                                        

 

                                                                            Gandia-Bruselas 1987/2007

 

 

 

                                                       

 

 

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