El mes
pasado fui a Gandia, cerca de Benidorm, en España. Voy todos los
años, siempre de vacaciones, pero esta última vez no estaba muy
seguro, si era descanso o si era para quitarle la vida a otro
ser despreciable. Esta vez sentía el olor caractéristico de la
muerte a mi alrededor.
Después de instalarme en mi hotel preferido, salí a la calle a
dar un paseo por la principal avenida de la ciudad. En una
esquina leí su nombre que ya conocía: “Paseo de los Alemanes”.
De repente me acordé de Jutta, una buena amiga alemana que veo
de vez en cuando, sobre todo porque me acababa de encontrar con
ella solo hacía algunas horas, antes de mi llegada a España, en
sala de tránsito del Aeropuerto John Kennedy de Nueva York.
Estaba esperando el vuelo Nueva York-Madrid-Valencia, ella
regresaba del Outland australiano, donde había pasado algunos
meses en los matorrales, trabajando como guía e intérprete para
algunas parejas de alemanes aventureros. Jutta estaba radiante,
sobre todo que actualmente, habiendo perdido su temor anoréxico
a engordar, se había convertido en una hermosa mujer, llena de
formas redondeadas y duras: Una belleza de treinta años.
Hablamos un poco, bebimos una botella de champaña bruto, como en
los viejos tiempos y ritual de rigor en cada uno de nuestros
encuentros. Un poco antes de que su vuelo despegara hacia
Frankfurt, nos dimos cita en “La chapelle des Lombards”,
en París, cerca de la Plaza de la Bastilla, todo el mundo
conoce, no necesito hacer un plano. Pero no iré a este encuentro
fijado para el próximo mes. Volver a ver a Jutta me hizo temblar
desde el cabello hasta los dedos de los pies. Hace años que la
amo. Nunca hemos hecho el amor, pero eso no tiene importancia,
como bien decía mi amigo, el desaparecido padre del arte pop
Andy Warhol: “Si te enamoras de alguien, lo más excitante es
que nunca hagas el amor con esa persona”. Creo que Andy
tenía toda la razón. No iré a la cita, pero estoy seguro de
que algún día la volveré a ver en el lugar menos imaginado, en
un aeropuerto cualquiera, en medio del gran cañón del Colorado,
paseando por la Quinta Avenida, o por los Halles de París, o a
lo mejor donde Paul, en el “Bierodrome” de Bruselas. El
lugar no tiene ninguna importancia, sé que la volveré a ver,
estoy convencido.
Acordarme de la salvaje alemana me había dado
sed, me puse a observar los alrededores buscando donde ir, un
poco más lejos divisé el café alemán “Schösseralt”, que
significa cerraduras antiguas. Entonces me dije :
-¡Porqué no! – Sonaba divertido ir a
emborracharse con cerveza negra alemana,en medio del “Paseo
de los Alemanes”, recordando una bella alemana de pelo
negro, en una pequeña ciudad española. Me dirigí allí.
Paladeando mi cerveza, mis pensamientos
comenzaron a recorrer los recodos de la memoria, haciéndome
rememorar mis homicidios perfectos. ¿Cuántos había cometidos ya?
¿Treinta? ¿Cuarenta? No me recordaba con exactitud.
Una disputa en la mesa de al lado, llamó enormemente mi atención.
Escuché. Un tipo le gritaba a una mujer española, de más de
veinte años, cabellos negros, blanca y propietaria de un cuerpo
que tenía todo lo que debe tener. El hombre, poseía una cara de
facineroso, un vientre redondeado por la cerveza y un lenguaje
soez. ¡Un verdadero proxeneta de barrio!
-Escúchame bien imbécil, si realmente deseas
seguir conmigo deberás emputecerte, si lo quieres más claro, ¡deberás
arrendar el coño! ¿Comprendes?
-¡Pero Antonio! – respondió ella, desesperada - ¡Yo no podré
jamás hacer eso!
-Necesito
500 euros por día – respondió el gordo – ¡Y eso será todo, tonta!
Recibirás llamados telefónicos. Fijarás tu misma las citas, a la
hora que tu desees. Después, algunos pequeños movimientos de
caderas, pam, pam, pam y ¡listo! Pides 100 euros antes de
comenzar, recibes cinco tipos por día y ¡ahí están mis 500
euros! Está clarísimo. Claro que si lo deseas tu podrás recibir
diez clientes diariamente, eso es asunto tuyo, para mi bastan
los cinco primeros, pero evidentemente tienes que comer, comprar
trapos, alimentar tu crío. Querida, te aconsejo honestamente
aceptar algunos clientes más. - terminó de decir el asqueroso
individuo, mientras apretaba con fuerza y rabia entre sus
poderosas garras, y por debajo de la mesa , las piernas de la
desesperada mujer.
-¡Qué
no podré Antonio! Qué te amo mucho, ¿sabes?
-Yo
te amo también, es por eso que te he escogido a ti y no a otra.
Tengo que vivir de algo pequeña. Ahora ándate ya. ¡Andate te
digo!
La
hermosa española salió sollozando. El gordo se quedó, bebiendo
cerveza una tras otra, mientras yo lo observaba fríamente,
bebiendo la mía. ¿Sera él, número quarenta y uno? No tenía
idea. De serlo sería mi enésimo.
No soy
un asesino. Soy un justiciero anónimo. Un barrendero social que
borra del mundo toda la basura parecida o peor que el energúmeno
del gordito Antonio. Elimino a todos los hombrecitos
torturadores, aprovechadores y golpeadores de mujeres que se
cruzan en mi camino. ¿Por qué me he abocado a esta tarea? No sé
muy bien. Puede que sea porque todavía no encuentro a la mujer
que me haga sentir feliz de vivir. Entonces, cuando observo a
hombres que tienen esa oportunidad, que tienen mujeres
enamoradas de ellos, capaces de realizar cualquier cosa para
agradarles la vida, encuentro que no tienen el derecho de
torturarlas, de golpearlas o de venderlas a cambio de su amor.
No tienen derecho a ser tan crueles, a no tener sentimientos. No
merecen vivir, y es por eso que los destruyo, sin ninguna piedad
…y perfectamente.
Todo
esto comenzó hace casi 10 años. Un fin de semana que me
encontraba en el hotel Altona de Madrid, leyendo El País
y tomando desayuno en la cama. De repente comencé a escuchar una
discusión que empezaba a subir de tono en la habitación de al
lado. Una mujer se puso a aullar de dolor mientras los ruidos
aumentaban de intensidad. Al parecer el hombre golpeaba bastante
fuerte. Luego se escuchó un crujido de madera rota contra el
muro.
-¡No
me pegues otra vez, te lo juro que nunca te he engañado- gritaba
la víctima.
-¡Te
atreves a lanzarme una silla a mi, puta! Te voy a matar por esto
- vociferaba el tipo.
Escuché en seguida un grito potente de dolor … y luego nada.
Quince minutos después, todavía nada. Intrigado salí de mi
habitación y traté de escuchar a través de la puerta vecina.
Nada. Apoyándome contre ella, esta se abrió suavemente. No
estaba cerrada como debía ser.
Al
interior me encontré con una escena espantosa: La mujer estaba
en el suelo, sus ropas desgarradas. Había sangre por todas
partes, hasta en el cielo raso. Había sido degollada. El hombre
presentaba su rostro y su camisa sucias con el líquido vital. Se
encontraba de pie, los brazos abiertos en cruz, manteniendo un
gran cuchillo en su mano derecha. Mascullaba una especie de
letanía:
-La
maté, la maté, la maté…
Me
aproximé a él, mi rostro casi tocando el suyo. No me vio. Estaba
en estado de choque. Me alejé un poco, observé la mujer. Su
rostro señalaba los golpes recibidos antes de su muerte, sus
bien contorneadas piernas me mostraron los golpes más antiguos
y los más recientes. Había sido muy bella, era una rubia
verdadera de unos veinte y cinco años. Me interesé de nuevo en
el tipo, había conservado la misma posición y recitaba su mea
culpa:
-La
maté, la maté, la maté…
Tomé
sus manos, no se movió, junté sus manos frente a su pecho. La
derecha conservaba aún con fuerza el cuchillo. Le puse la mano
izquierda sobre la derecha. Me dejó hacerlo. Me coloqué detrás
de él. Lo envolví con mis brazos, dirigí la punta del arma justo
debajo del apéndice xifoides del esternón y empujé con fuerza,
la lámina atravesó el corazón. Suavemente lo solté. Dió vuelta
su cabeza y me miró directamente a los ojos, asombrado,
moribundo y diciéndome:
-¿Por
qué? ¿Quién es usted?
-Por
ella. ¡Adiós ¡ - le respondí.
Antes
de que tocara el suelo ya estaba muerto, sus mano todavía
cogidas al cuchillo.
De
repente di una mirada al lecho. Estupefacto observé una maleta
abierta llena de dólares americanos. Además, tirados en
desorden, junto al lado de la valija, había un montón de
saquitos transparentes, henchidos de un polvo blanco.
-¡Vaya,
el guarro era traficante de drogas! - me dije, tomando la valija
y agregándole un saco de medio kilo antes de cerrarla. Dejé una
treintena de sacos más pequeños para los polis. Borré los
posibles rastros que hubiese dejado y abandoné la carnicería.
Una
vez en mi habitación me serví dos dedos de whisky y probé un
poco del polvo para verificar su calidad. ¡Era cocaína pura y
no esa cochinada de crack que inundaba actualmente el mercado!
Conté el dinero, habían seiscientos mil dólares en billettes de
cien y algo más en de veinte. ¡De qué vivir mejor que ahora y
sin moverse por unos quince años!
Aquella noche decidí convertirme en el justiciero de las mujeres
maltratadas. Acababa de cometer mi primer crimen perfecto. La
mayoría de los mortales cree que cuando se habla de crimen se
habla de muerte, y no es siempre lo mismo, la palabra crimen es
mucho más amplia. Un crimen es un delito grave, como el
homicidio,el asesinato, la violación, la falsificación de moneda
o el espionaje. A mi modo de ver el crimen perfecto se tipifica
cuando solo el criminal está al corriente de su crimen. Si
alguien mata a un desconocido en una centrica calle, de un
balazo en la cabeza y después huye sin que jamás sea encontrado,
no habrá cometido un crimen perfecto. Habrá cometido un crimen
ordinario, un asesinato. Los polis tendrán un caso, un delito de
asesinato será configurado y el modus operandi será
también conocido: un tiro de pistola. Lo único que faltará será
ubicar y detener al autor. Después de algún tiempo el caso se
cerrará, pero todo el mundo sabrá, que un día determinado, un
señor plenamente identificado a sido asesinado de un tiro en la
cabeza en aquella calle.
Pero, si alguien asesina una persona por cualquier razón y tiene
el cuidado de disfrazar su crimen en accidente, suicidio o bien
decide de destruir el cuerpo con ácido o enterrarlo en su jardín
y nadie, absolutamente nadie sabe del asunto, entonces eso será
un crimen perfecto. Igual cosa si alguien consigue vivir toda su
vida falsificando billetes de banco, sin que nadie lo descubra o
sepa.
Aquella noche había cometido mi primer crimen perfecto.
Permanecí descansando en mi habitación esperando que los sucesos
se produjeran. Aquella misma mañana el personal del hotel
descubrió los dos cuerpos. Los polis tocaron a mi puerta cerca
del mediodía y me hicieron las preguntas habituales, de vuelta
recibieron respuestas banales:
-No
señor inspector yo no conocía a los clientes de la habitación
vecina. Si, los escuché discutir un par de veces este fin de
semana. Esta mañana muy temprano escuche gritos, un golpe en el
muro y luego silencio hasta ahora.
-Eso
es todo señor, si lo volvemos a necesitar lo ubicaremos.
-Cuando usted desee señor inspector.
“Homicidio y suicidio en un oscuro caso de drogas y celos”,
determinó finalmente la Brigada de Homicidios.
Los dólares del traficante, los dólares
recibidos de la herencia familiar y un afortunado golpe de
suerte en el Loto, donde recibí un jugoso premio, me ha
permitido juntar un montón de dinero, con el cual he vivido y
viviré sin problemas unos doscientos años. Utilizo cinco nombres
falsos, vivo cinco vidas diferentes en mis cinco casas que se
encuentran en cinco países del mundo occidental. Paso mi tiempo
escribiendo, navegando en mi pequeño barco, el Jutta I, y
de vez en cuando salgo de mis escondites para ir a la casa de
los cobardes torturadores que maltratan mujeres indefensas.
Me gusta mi estilo de vida, encuentro
que lo que hago con los crápulas está bien hecho. Lo único que
me molesta un poco es que ahora que me acerco a la cincuentena,
comienzo a sentirme un poco solo, a aburrirme de mi soledad un
poco salvaje y de mis viajes solitarios. A veces tengo deseos de
comenzar a buscar una hermosa mujer inteligente, posiblemente
como Jutta y tratar de empezar una nueva vida en pareja,
disfrutando cada una de mis cincos casas y mi barco. Un sueño.
Aquel día de febrero, en Gandia, era el turno de
Antonio, el gordo que bebía cerveza, una tras otra, al lado mío.
Aún recuerdo, como si hubiese sido ayer tal como sucedieron los
hechos.
-¡Oye Gunter!- grita el individuo - ¿No
tienes tú, por casualidad, un poco de coca?
-Sabes muy bien que no vendo esa porquería
- respondió el patrón del bar. - Vendo buenas cervezas alemanas
¡y nada más!
-Te convendría ampliar el negocio sino vas
a perder a los buenos clientes como yo - balbuceó el
despreciable tipo mientras pagaba y abandonaba el lugar
completamente borracho y balanceándose para todos lados.
Pagué mi cuenta y salí trás él.
-¡Oye Antonio! Espera - grité. El individuo
detuvo su marcha inmediatamente, y se dio vuelta haciéndome
frente.
-¡Ah es usted! Usted estaba en el bar ¿Qué
desea? ¿cómo sabe mi nombre? - me dice sin dejar de balancearse.
-Fácil amigo- le lancé al rostro - Escuchado
cuando tu mujer te nombró. Te propongo un trato. Tu me ofreces
una buena botella de whisky americano y yo te ofrezco diez
líneas de la coca colombiana pura. Tómalo o déjalo, pero
decídete de inmediato.
-De acuerdo macho, trato hecho. Yo no
rechazo jamás una línea de colombiana. ¿Cómo lo hacemos?
-Iré por la coca a mi hotel, tu vas por
el whisky y después buscamos un lugar tranquilo, tu departamento
por ejemplo, donde conversar y relajarse un poco.
-De acuerdo macho - repite el tipo - nos encontramos aquí en
diez minutos, y enseguida iremos adonde vivo, escucharemos buena
música y todo lo demás – dice alejándose con dificultad.
Fui al hotel, cogí todo lo necesario y luego salí a enfrentarlo,
momentos después estábamos en su madriguera. Puso música
española, pasodobles de los años cincuenta y mientras se dirigía
a la cocina en busca de hielo y vasos, descolgué del muro una
reproducción de un retrato de San Francisco de Borja. Coloqué el
cuadro sobre la mesita del salón y sobre su vidrio protector,
preparé diez líneas de cocaína, ayudándome de una pequeña
cortaplumas.
Cuando Antonio regresó al living, traía vasos, hielo y dos
pajuelas. ¡Era un proxeneta previsor! Sirvió los vasos, cogió
una pajuela y aspiró una línea, mientras yo le hacía creer que
estaba bebiendo mi vaso, el individuo continuó aspirando una
línea tras otra. Antes de terminar su labor el tipo se
sobresaltó, se llevó las manos a la cabeza y mientras me
observaba con asombro se deslizó al suelo cayendo de inmediato
en un sueño hipnótico profundo. El hombre acababa de aspirar una
mezcla que se asemejaba bastante a la cocaina: 800 gramos de
bórax mezclados con 200 gramos de diazepan puro.
Tomé
su pulso, estaba latiendo a diez mil por hora. Saqué de mi
bolsillo unos guantes de caucho, esos de cirujano N° 7. Lo
acosté sobre el sillón, cogí una sonda gástrica de otro bolsillo
y se la introduje en la fosa nasal derecha. Con una jeringa de
50 ml introduje aire por la sonda. El tipo no se ahogó, la sonda
estaba el el estomago. En realidad como ex-enfermero sabía lo
que estaba haciendo. Luego, ayudándome de la jeringa, introduje
por el tubo de plástico toda la botella de whisky, renforzando
el alcohol con 100 ml de diazepan líquido. Apenas terminé saqué
la sonda.
Me
senté en el otro sillón y mientras guardaba el vaso que había
tocado dentro de una bolsa plástica junto con la jeringa y la
sonda, Antonio comenzaba a temblar. Antes de que tuviera tiempo
de guardar la bolsa, el hombre estaba muerto. Infarto cardiaco.
Coloqué el resto de la mezcla bórax-diazepan al lado de Antonio,
sobre la mesita, luego borré todas mis posibles huellas.
-¡Adiós
Antonio! Nos volveremos a ver en el cielo - le dije, saliendo a
la tarde estrellada. Corría una brisa suave. Caminé algunas
calles antes de volver al hotel. La dulzura de la noche me
recordó los atardeceres de San Francisco y pensé que tal vez no
sería mala idea juntarme con Jutta y convencerla de que me
acompañe a mi casa de Caleta Bay en California, beneficiaríamos
de algunos meses de sol y mar. Veremos. Dicen que el sol acerca
a los seres humanos. Pensándolo mejor comienzo a vacilar, debo
elegir entre ella y mi estilo de vida. Puede que lo más sensato
sea dejar de jugar al justiciero, no dejo de pensar este último
tiempo en el famoso Factor H, que destruye los mejores planes.
Puede que algún día se termine la suerte que he tenido hasta
ahora, que alguien me vea saliendo de una casa o que caiga un
pelo mío encima de un cadáver o que olvide cualquier otro
indicio y lleguen hasta mi en cuestión de horas, siendo ese el
Factor Humano o H que podría destruir mi crimen perfecto.
Dos
días más tarde, esperando en la sala de tránsito del aeropuerto
de Valencia-mi conexión Valencia-Madrid-París, leí en el “Provincial”:
“Un proxeneta conocido de la policía de Gandia, muere después
de beber una dosis excesiva de whisky y valium”.
Me agrada escribir mis aventuras
como justiciero, me relaja, pero también sé muy bien que
algún día mi diario íntimo puede caer en otras manos y
ser utilizado en contra mía. Tengo conciencia también que
después de mi muerte será descubierto y todos mis crímenes
perfectos serán conocidos y cesarán de ser perfectos. Ante estas
dos posibilidades, he tomado el cuidado de quemar cada hoja, una
vez escrita y corregida. Mi diario, el archivo de mis
correrías, está en el fuego, en el infierno…y en mi cabeza
evidentemente.
Gandia-Bruselas 1987/2007