México, Distrito Federal I Julio - Agosto  2008 I Año 3 I Número 15 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

 Pablo Hernández nació en Valencia (España) en 1978. Empezó su periplo literario a la edad de 23 años. En 2003 escribe “La cita de Laura”, relato que resulta ganador del certamen Expresa Relatos Ciudad de Marmolejo, y que es publicado junto a los ganadores de años anteriores. Desde entonces ha escrito cuentos que han sido publicados en diferentes revistas literarias, como “No tiene porqué enterarse”, publicado por Letralia en su edición del mes de Febrero de 2007, o “Vecinos” y “La multitud”, ambos publicados por Remolinos, en su edición del mes de Marzo y Junio de 2007 respectivamente. Actualmente trabaja en su primer libro de cuentos.

 

Cada sábado por la tarde visitaba la ciudad para distraerme, y de regreso a casa solía pasar a la librería París-Valencia y casi siempre me llevaba alguna cosa.

         La librería en cuestión vendía últimas ediciones, pero también saldaba una gran cantidad de material de todos los géneros. Casi todo eran liquidaciones, ediciones que no habían encontrado sitio en el mercado, y a menudo donaciones que hacían los hijos de los muertos.

         Estuve un rato ojeando los estantes de Ciencia Ficción, donde lo más interesante que encontré fue una edición antigua de Un Mundo Feliz que ya tenía, y luego me pasé por la sección de Policíaca, donde no encontré  nada reseñable.

Lo malo de las librerías de saldo es que una gran parte de los libros se deshacen entre tus dedos cuando los abres, y otros están contaminados de hongos, que son esas manchitas amarillas, como si les hubiese salpicado aceite, y que terminan contagiando al resto de tus libros sanos.

Sin embargo siempre es fácil hallar libros interesantes y a bajo coste. Incluso a veces vienen plastificados, como por ejemplo uno de cocina asiática que encontré en la sección de Gastronomía y en la que llevaba tiempo interesado. Era una edición bastante cuidada y nueva, y además estaba tirado de precio, así que me lo adosé bajo el brazo sin ni siquiera abrirlo, y seguí mirando estantes. Pasé entonces por Religiones y Esoterismo, estante donde jamás me detengo, por falta de interés, y por casualidad me quedé mirando un libro curioso. Los rebordes eran de algún tipo de metal, y las tapas de un material muy parecido al oro, pero que sin duda no era oro, y grabado y pintado con finos e intrincados adornos repetidos en los bordes, con una escena central de un hechicero sosteniendo un cetro ante lo que parecía un dragón, o alguna criatura mitológica. En el lomo venía escrito algo, pero en una lengua que desconocía y que ni siquiera me era familiar, y el interior del libro, en sus primeras páginas, era una larga lista de nombres rodeados de datos numéricos y algunas ilustraciones antiguas. Su precio era de 99 céntimos de euro.

Por lo general no me llevo nunca nada que no vaya a leer, sin embargo este libro me atrajo por sus características estéticas. No era un libro para ubicarlo en la librería con los demás libros, sino para dejarlo por ahí, encima de una mesa, en la repisa de la chimenea, o en cualquier sitio donde resultara visible a las visitas.

El dependiente durante los sábados por la tarde se llamaba Mike y había sido compañero mío en el instituto, hace ahora casi veinte años. Mike estaba hoy sentado junto a la caja, con un ejemplar de “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, de Philip K. Dick.

Nos saludamos brevemente (cuando Mike se hallaba metido en una novela era el ser menos sociable que conocía), aunque ello no evitó que hiciese algún comentario simple a los dos libros que me llevaba, y luego le pagué y me despedí. Después cogí el metro de regreso a casa.

Dejé el libro de cocina asiática sobre el escritorio de manera provisional, a la espera de buscarle una ubicación mejor. Después cogí el libro raro y limpié las tapas con multiusos y las dejé relucientes, y entonces lo puse sobre la repisa de la chimenea, entre un jarrón japonés que me había traído de mis últimas vacaciones, y una foto de mi sobrina Carla que le hice hace un año durante la cena de navidad.

Sin duda quedaba bien.

Por la noche, después de cenar, mientras especulaba con la película que me gustaría ver antes de meterme a la cama, sonó el timbre.

Abrí la puerta. Era un hombre de cierta edad, con el pelo afeitado al cero, y las cejas blancas. Sus ropas eran negras y ligeramente raídas.

–Hola –dijo. Tenía un pronunciado acento extranjero.

–Hola –contesté.

–Estoy buscando algo.

–¿De verdad? –dije.

–Un libro. Usted lo compró esta tarde. ¿Puedo pasar?

Negué con la cabeza.

–Estoy buscando un libro y creo que usted lo tiene.

–¿Es suyo? –pregunté.

El hombre se llevó una mano al bolsillo. Cuando la sacó sujetaba una billetera.

–Le pagaré el doble de lo que le haya costado –dijo.

No pude evitar sonreír pensando en lo ridículo de aquella proposición. Sin duda alguna no tenía ni idea de lo que me había costado.

–Lo siento –dije–. No tengo pensando desprenderme de él.

–Le pagaré mil euros.

Mil euros, me repetí mentalmente.

–Oh, vaya, me deja usted abrumado –dije–. No cabe duda de que está interesado de verdad. Sin embrago me tiene muy entretenido ese libro, y yo jamás abandono una buena lectura a las primeras de cambio. Lo siento.

–Entiendo –respondió el hombre; y dicho esto dio media vuelta y se marchó. Yo me quedé en la puerta, acompañándolo con la mirada hasta que lo perdí de vista. Entonces suspiré y volví dentro.

         Fui hasta la repisa de la chimenea, cogí el libro con las dos manos, y lo miré detenidamente mientras me preguntaba qué tendría para que un desconocido ofreciera mil euros por él. Tal vez, me dije, las tapas eran de oro de ley, y no una simple imitación. Pero aun en ese caso, el grosor de las mismas me invitaba a suponer que su precio en el mercado del oro no alcanzaría ni de lejos esa cantidad. Después pensé que tal vez se trataba de una primera edición, una rareza única por la que un coleccionista se volvería loco y pagaría una fortuna. Pero si ese era el caso, su oferta de mil euros parecía insuficiente. Otra posibilidad es que el libro tuviese algún resorte secreto, que fuera uno de esos libros falsos que en su interior esconden grabaciones privadas,  microchips revolucionarios, o la formula secreta de la cura contra el cáncer. Pero no era el caso, como comprobaba en este momento. De todos modos seguro que se podía sacar mucho más por él. O incluso quizá pudiera obtener un certificado de obra de arte y conservarlo para mí. O también podía alquilarlo a los museos. La verdad es que si me ponía a valorar la situación se me ocurrían mil formas de obtener mayores beneficios que los mil euros que me habían ofertado hacía sólo unos minutos.

         No sé por qué lo hice, pero aquella noche, antes de meterme en la cama, di dos vueltas a la cerradura de la puerta, cuando lo habitual era sólo una, y después miré a ambos lados de la calle desde la ventana del salón.

         El fin de semana fue tranquilo. El lunes, en la oficina, estuve tentado de contarle lo sucedido a Irene, una compañera a la que le tenía mucha estima y confianza, pero al final decidí no hacerlo. Sin embargo me animé a invitarla a casa “una noche de estas”, alegando que había adquirido un libro de cocina asiática y que estaba como loco por elaborar sus recetas. Me dijo que le encantaba la cocina asiática, y que el miércoles por la noche le parecía una fecha tan buena como cualquier otra para poner a prueba mis dotes culinarias.

         Por la tarde, de vuelta en casa, salí al jardín a atender unos riegos. Entonces alguien tosió detrás de mí. El hombre estaba de nuevo allí, y en la mano llevaba un sobre.

         –He vuelto –dijo.

         –Hola –respondí–. Supongo que viene a por el libro.

         –Sí, sigo interesado. ¿Todavía lo conserva?

         –Desde luego. Sin embargo no tengo la intención de desprenderme de él. Ya se lo dije.

         –Entonces le ofrezco cinco mil euros.

         Miré el sobre donde se suponía que había cinco mil euros.

         –Admito que es una oferta muy tentadora, señor –dije–. Sin embargo continúo prefiriendo el libro. Lo siento, una vez más.

         –¿Rechaza los cinco mil euros? –el hombre parecía ofendido. Y continuó:

         –¿Puedo preguntarle que tipo de valor tiene ese libro para que no quiera usted vendérmelo? –preguntó

         –¿Puedo yo preguntarle a usted lo miso? –respondí.

         El hombre se quedó allí parado durante unos segundos, en silencio, y después dio media vuelta y se marchó sin decir adiós.

         Aquella noche cogí el libro y le busqué una ubicación totalmente diferente a la idea inicial. Por alguna especie de presagio sentí la necesidad de ocultarlo, de resguardarlo, como si aquel libro fuese un preciado objeto de subasta cuyo precio de salida era de cinco mil euros.

         Lo ubiqué en una caja de zapatos marrón que después subí a un armario alto en una habitación que utilizaba de trastero. Más tranquilo, me fui al salón y miré un rato la televisión. Media hora después la apagué, cogí el libro de cocina asiática y me fui a la cama con la intención de estudiar algunas recetas con las que sorprender a Irene. Sin embargo el sueño me venció en cuanto hundí el cogote en la almohada, así que metí el libro en un cajón de la mesita de noche y apagué la luz.

Al día siguiente volví al trabajo y no pensé en el misterioso libro ni en el misterioso interesado en toda la mañana. A eso de las doce me topé con Irene en el ascensor y me guiñó el ojo en clara alusión a la cita de esa noche. Por la tarde, de regreso a casa, descubrí que me habían entrado a robar.

Todo estaba revuelto, no como en las películas, donde todo aparecía tirado por el suelo, con las plumas de los cojines bañándolo todo, y las lámparas de sobremesa hechas añicos. No, no era exactamente así. Era un registro poco cuidadoso. Es decir, alguien había estado husmeando en mis cosas, abriendo y cerrando cajones, revolviendo un poco la despensa, el armario de los licores y los cajones de los calcetines. De pronto me subió un fuego abrasivo por el pecho que coincidió con la imagen mental que me había formado del libro.

Corrí a la habitación-trastero, me subí a una silla y palpé la pieza superior del armario. La caja de zapatos no estaba. Habían robado el libro. Tan absorto estaba en este pensamiento que no vi la caja de zapatos marrón abierta sobre una mesa vieja en un rincón de la estancia. Me acerqué a ella, sin la esperanza de encontrar el libro allí, pero suplicando para mis adentros que por una especie de milagro se hubiese mostrado invisible a los ojos del ladrón.

El corazón me dio un vuelco de alegría al comprobar que el libro seguía allí.

Me pasé el resto de la tarde arreglando el desorden general mientras me preguntaba cual había sido la causa por la que al final el ladrón había decidido no llevarse el libro. Tan abstracto en estos pensamientos me encontraba que olvidé por completo la cita con Irene. Cuando llegó la casa todavía no estaba preparada para una visita, pero no me importaba porque había decidido contarle lo sucedido. Pensé que sería una buena excusa para evitar hablar del trabajo y de la rutina diaria. Devolví el libro distraídamente a la repisa de la chimenea y me retiré un momento a la habitación en busca del volumen de cocina asiática. Cinco minutos después, de regreso al salón, Irene sostenía el libro.

–Menudo libro bonito tienes aquí –dijo.

Sonreí, aunque por dentro empezaba a sofocarme. Me desplacé a la librería y eché una ojeada rápida, y luego otra lenta y cuidadosa. Fui hasta la cocina, abrí algunos cajones, miré encima de la nevera, y luego regresé al salón. Irene había devuelto el libro a la repisa de la chimenea y me observaba.

–¿Qué pasa? ¿Qué buscas? –preguntó.

–Oh, nada, es sólo que…, no recuerdo donde puse el libro de cocina asiática. Estaba seguro de haberlo dejado en el primer cajón de mi mesita de noche.

–¿Has mirado en los otros cajones?

–Claro, pero no está. Es muy raro, ¿verdad?

–Lo que pasa es que no quieres cocinar –dijo, y me guiñó un ojo a la par que sonreía.

Aquella noche cociné la mejor tortilla de patatas de mi vida, pese a lo cual a media noche Irene llamó a un taxi por teléfono y se marchó a casa, prometiéndome que le había gustado mucho oír la “increíble” historia del libro “mágico” y el hombre “misterioso”, pero sin que ello significase que su ropa se hubiese desprendido de su cuerpo ni un sólo milímetro, tal y como me había marcado en un plan previo.

Traté de no pensar demasiado en el hombre de cabeza afeitada ni en el libro. El sábado por la mañana me pasé por una joyería con el libro y me certificaron que las tapas estaban revestidas de latón pulido, y que por lo demás no les parecía que fuese un libro especial en ningún sentido, lo cual, admito, me desconsoló bastante.

Por la tarde, después de comer, me pasé de nuevo por Paris-Valencia.

–Hola –dijo Mike. Se encontraba sentado junto a la caja, con un ejemplar de “El día de los trífidos”, de John Wyndham, sobre el mostrador.

–Hola –respondí.

–El lunes vino un hombre a preguntarme por un libro que te llevaste el sábado pasado. Le di tu dirección. No te importa, ¿verdad?

–No, no me importa –dije. No me apetecía ni un ápice contarle que me habían entrado a robar por culpa de ese libro, y menos aun que por alguna razón habían decidido no llevárselo.

–Lo raro –continuó– es que había un montón de ejemplares como el tuyo.

–Pues yo sólo vi uno –alegué.

–Oh, si quieres puedes echar un vistazo. Hay al menos veinte ejemplares. Cocina asiática, ¿no?

Pagué por segunda vez 65 céntimos de euro por uno de los ejemplares de cocina asiática, alegando que lo había perdido en el metro, y volví a casa.

Después de todo no había motivo para que volcase todo mi dolor sobre un libro que ni siquiera había tenido la oportunidad de abrir.

Aunque claro…

 

 

 

 

 

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