Cada sábado por la tarde visitaba la ciudad para distraerme, y
de regreso a casa solía pasar a la librería París-Valencia y
casi siempre me llevaba alguna cosa.
La librería en cuestión vendía últimas ediciones, pero
también saldaba una gran cantidad de material de todos los
géneros. Casi todo eran liquidaciones, ediciones que no habían
encontrado sitio en el mercado, y a menudo donaciones que hacían
los hijos de los muertos.
Estuve un rato ojeando los estantes de Ciencia Ficción,
donde lo más interesante que encontré fue una edición antigua de
Un Mundo Feliz que ya tenía, y luego me pasé por la
sección de Policíaca, donde no encontré nada reseñable.
Lo malo de las librerías de saldo es que una gran parte de los
libros se deshacen entre tus dedos cuando los abres, y otros
están contaminados de hongos, que son esas manchitas amarillas,
como si les hubiese salpicado aceite, y que terminan contagiando
al resto de tus libros sanos.
Sin embargo siempre es fácil hallar libros interesantes y a bajo
coste. Incluso a veces vienen plastificados, como por ejemplo
uno de cocina asiática que encontré en la sección de Gastronomía
y en la que llevaba tiempo interesado. Era una edición bastante
cuidada y nueva, y además estaba tirado de precio, así que me lo
adosé bajo el brazo sin ni siquiera abrirlo, y seguí mirando
estantes. Pasé entonces por Religiones y Esoterismo, estante
donde jamás me detengo, por falta de interés, y por casualidad
me quedé mirando un libro curioso. Los rebordes eran de algún
tipo de metal, y las tapas de un material muy parecido al oro,
pero que sin duda no era oro, y grabado y pintado con finos e
intrincados adornos repetidos en los bordes, con una escena
central de un hechicero sosteniendo un cetro ante lo que parecía
un dragón, o alguna criatura mitológica. En el lomo venía
escrito algo, pero en una lengua que desconocía y que ni
siquiera me era familiar, y el interior del libro, en sus
primeras páginas, era una larga lista de nombres rodeados de
datos numéricos y algunas ilustraciones antiguas. Su precio era
de 99 céntimos de euro.
Por lo general no me llevo nunca nada que no vaya a leer, sin
embargo este libro me atrajo por sus características estéticas.
No era un libro para ubicarlo en la librería con los demás
libros, sino para dejarlo por ahí, encima de una mesa, en la
repisa de la chimenea, o en cualquier sitio donde resultara
visible a las visitas.
El dependiente durante los sábados por la tarde se llamaba Mike
y había sido compañero mío en el instituto, hace ahora casi
veinte años. Mike estaba hoy sentado junto a la caja, con un
ejemplar de “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”,
de Philip K. Dick.
Nos saludamos brevemente (cuando Mike se hallaba metido en una
novela era el ser menos sociable que conocía), aunque ello no
evitó que hiciese algún comentario simple a los dos libros que
me llevaba, y luego le pagué y me despedí. Después cogí el metro
de regreso a casa.
Dejé el libro de cocina asiática sobre el escritorio de manera
provisional, a la espera de buscarle una ubicación mejor.
Después cogí el libro raro y limpié las tapas con multiusos y
las dejé relucientes, y entonces lo puse sobre la repisa de la
chimenea, entre un jarrón japonés que me había traído de mis
últimas vacaciones, y una foto de mi sobrina Carla que le hice
hace un año durante la cena de navidad.
Sin duda quedaba bien.
Por la noche, después de cenar, mientras especulaba con la
película que me gustaría ver antes de meterme a la cama, sonó el
timbre.
Abrí la puerta. Era un hombre de cierta edad, con el pelo
afeitado al cero, y las cejas blancas. Sus ropas eran negras y
ligeramente raídas.
–Hola –dijo. Tenía un pronunciado acento extranjero.
–Hola –contesté.
–Estoy buscando algo.
–¿De verdad? –dije.
–Un libro. Usted lo compró esta tarde. ¿Puedo pasar?
Negué con la cabeza.
–Estoy buscando un libro y creo que usted lo tiene.
–¿Es suyo? –pregunté.
El hombre se llevó una mano al bolsillo. Cuando la sacó sujetaba
una billetera.
–Le pagaré el doble de lo que le haya costado –dijo.
No pude evitar sonreír pensando en lo ridículo de aquella
proposición. Sin duda alguna no tenía ni idea de lo que me había
costado.
–Lo siento –dije–. No tengo pensando desprenderme de él.
–Le pagaré mil euros.
Mil euros,
me repetí mentalmente.
–Oh, vaya, me deja usted abrumado –dije–. No cabe duda de que
está interesado de verdad. Sin embrago me tiene muy entretenido
ese libro, y yo jamás abandono una buena lectura a las primeras
de cambio. Lo siento.
–Entiendo –respondió el hombre; y dicho esto dio media vuelta y
se marchó. Yo me quedé en la puerta, acompañándolo con la mirada
hasta que lo perdí de vista. Entonces suspiré y volví dentro.
Fui hasta la repisa de la chimenea, cogí el libro con
las dos manos, y lo miré detenidamente mientras me preguntaba
qué tendría para que un desconocido ofreciera mil euros por él.
Tal vez, me dije, las tapas eran de oro de ley, y no una simple
imitación. Pero aun en ese caso, el grosor de las mismas me
invitaba a suponer que su precio en el mercado del oro no
alcanzaría ni de lejos esa cantidad. Después pensé que tal vez
se trataba de una primera edición, una rareza única por la que
un coleccionista se volvería loco y pagaría una fortuna. Pero si
ese era el caso, su oferta de mil euros parecía insuficiente.
Otra posibilidad es que el libro tuviese algún resorte secreto,
que fuera uno de esos libros falsos que en su interior esconden
grabaciones privadas, microchips revolucionarios, o la formula
secreta de la cura contra el cáncer. Pero no era el caso, como
comprobaba en este momento. De todos modos seguro que se podía
sacar mucho más por él. O incluso quizá pudiera obtener un
certificado de obra de arte y conservarlo para mí. O también
podía alquilarlo a los museos. La verdad es que si me ponía a
valorar la situación se me ocurrían mil formas de obtener
mayores beneficios que los mil euros que me habían ofertado
hacía sólo unos minutos.
No sé por qué lo hice, pero aquella noche, antes de
meterme en la cama, di dos vueltas a la cerradura de la puerta,
cuando lo habitual era sólo una, y después miré a ambos lados de
la calle desde la ventana del salón.
El fin de semana fue tranquilo. El lunes, en la
oficina, estuve tentado de contarle lo sucedido a Irene, una
compañera a la que le tenía mucha estima y confianza, pero al
final decidí no hacerlo. Sin embargo me animé a invitarla a casa
“una noche de estas”, alegando que había adquirido un libro de
cocina asiática y que estaba como loco por elaborar sus recetas.
Me dijo que le encantaba la cocina asiática, y que el miércoles
por la noche le parecía una fecha tan buena como cualquier otra
para poner a prueba mis dotes culinarias.
Por la tarde, de vuelta en casa, salí al jardín a
atender unos riegos. Entonces alguien tosió detrás de mí. El
hombre estaba de nuevo allí, y en la mano llevaba un sobre.
–He vuelto –dijo.
–Hola –respondí–. Supongo que viene a por el libro.
–Sí, sigo interesado. ¿Todavía lo conserva?
–Desde luego. Sin embargo no tengo la intención de
desprenderme de él. Ya se lo dije.
–Entonces le ofrezco cinco mil euros.
Miré el sobre donde se suponía que había cinco mil
euros.
–Admito que es una oferta muy tentadora, señor –dije–.
Sin embargo continúo prefiriendo el libro. Lo siento, una vez
más.
–¿Rechaza los cinco mil euros? –el hombre parecía
ofendido. Y continuó:
–¿Puedo preguntarle que tipo de valor tiene ese libro
para que no quiera usted vendérmelo? –preguntó
–¿Puedo yo preguntarle a usted lo miso? –respondí.
El hombre se quedó allí parado durante unos segundos,
en silencio, y después dio media vuelta y se marchó sin decir
adiós.
Aquella noche cogí el libro y le busqué una ubicación
totalmente diferente a la idea inicial. Por alguna especie de
presagio sentí la necesidad de ocultarlo, de resguardarlo, como
si aquel libro fuese un preciado objeto de subasta cuyo precio
de salida era de cinco mil euros.
Lo ubiqué en una caja de zapatos marrón que después
subí a un armario alto en una habitación que utilizaba de
trastero. Más tranquilo, me fui al salón y miré un rato la
televisión. Media hora después la apagué, cogí el libro de
cocina asiática y me fui a la cama con la intención de estudiar
algunas recetas con las que sorprender a Irene. Sin embargo el
sueño me venció en cuanto hundí el cogote en la almohada, así
que metí el libro en un cajón de la mesita de noche y apagué la
luz.
Al día siguiente volví al trabajo y no pensé en el misterioso
libro ni en el misterioso interesado en toda la mañana. A eso de
las doce me topé con Irene en el ascensor y me guiñó el ojo en
clara alusión a la cita de esa noche. Por la tarde, de regreso a
casa, descubrí que me habían entrado a robar.
Todo estaba revuelto, no como en las películas, donde todo
aparecía tirado por el suelo, con las plumas de los cojines
bañándolo todo, y las lámparas de sobremesa hechas añicos. No,
no era exactamente así. Era un registro poco cuidadoso. Es
decir, alguien había estado husmeando en mis cosas, abriendo y
cerrando cajones, revolviendo un poco la despensa, el armario de
los licores y los cajones de los calcetines. De pronto me subió
un fuego abrasivo por el pecho que coincidió con la imagen
mental que me había formado del libro.
Corrí a la habitación-trastero, me subí a una silla y palpé la
pieza superior del armario. La caja de zapatos no estaba. Habían
robado el libro. Tan absorto estaba en este pensamiento que no
vi la caja de zapatos marrón abierta sobre una mesa vieja en un
rincón de la estancia. Me acerqué a ella, sin la esperanza de
encontrar el libro allí, pero suplicando para mis adentros que
por una especie de milagro se hubiese mostrado invisible a los
ojos del ladrón.
El corazón me dio un vuelco de alegría al comprobar que el libro
seguía allí.
Me pasé el resto de la tarde arreglando el desorden general
mientras me preguntaba cual había sido la causa por la que al
final el ladrón había decidido no llevarse el libro. Tan
abstracto en estos pensamientos me encontraba que olvidé por
completo la cita con Irene. Cuando llegó la casa todavía no
estaba preparada para una visita, pero no me importaba porque
había decidido contarle lo sucedido. Pensé que sería una buena
excusa para evitar hablar del trabajo y de la rutina diaria.
Devolví el libro distraídamente a la repisa de la chimenea y me
retiré un momento a la habitación en busca del volumen de cocina
asiática. Cinco minutos después, de regreso al salón, Irene
sostenía el libro.
–Menudo libro bonito tienes aquí –dijo.
Sonreí, aunque por dentro empezaba a sofocarme. Me desplacé a la
librería y eché una ojeada rápida, y luego otra lenta y
cuidadosa. Fui hasta la cocina, abrí algunos cajones, miré
encima de la nevera, y luego regresé al salón. Irene había
devuelto el libro a la repisa de la chimenea y me observaba.
–¿Qué pasa? ¿Qué buscas? –preguntó.
–Oh, nada, es sólo que…, no recuerdo donde puse el libro de
cocina asiática. Estaba seguro de haberlo dejado en el primer
cajón de mi mesita de noche.
–¿Has mirado en los otros cajones?
–Claro, pero no está. Es muy raro, ¿verdad?
–Lo que pasa es que no quieres cocinar –dijo, y me guiñó un ojo
a la par que sonreía.
Aquella noche cociné la mejor tortilla de patatas de mi vida,
pese a lo cual a media noche Irene llamó a un taxi por teléfono
y se marchó a casa, prometiéndome que le había gustado mucho oír
la “increíble” historia del libro “mágico” y el hombre
“misterioso”, pero sin que ello significase que su ropa se
hubiese desprendido de su cuerpo ni un sólo milímetro, tal y
como me había marcado en un plan previo.
Traté de no pensar demasiado en el hombre de cabeza afeitada ni
en el libro. El sábado por la mañana me pasé por una joyería con
el libro y me certificaron que las tapas estaban revestidas de
latón pulido, y que por lo demás no les parecía que fuese un
libro especial en ningún sentido, lo cual, admito, me desconsoló
bastante.
Por la tarde, después de comer, me pasé de nuevo por
Paris-Valencia.
–Hola –dijo Mike. Se encontraba sentado junto a la caja, con un
ejemplar de “El día de los trífidos”, de John Wyndham,
sobre el mostrador.
–Hola –respondí.
–El lunes vino un hombre a preguntarme por un libro que te
llevaste el sábado pasado. Le di tu dirección. No te importa,
¿verdad?
–No, no me importa –dije. No me apetecía ni un ápice contarle
que me habían entrado a robar por culpa de ese libro, y menos
aun que por alguna razón habían decidido no llevárselo.
–Lo raro –continuó– es que había un montón de ejemplares como el
tuyo.
–Pues yo sólo vi uno –alegué.
–Oh, si quieres puedes echar un vistazo. Hay al menos veinte
ejemplares. Cocina asiática, ¿no?
Pagué por segunda vez 65 céntimos de euro por uno de los
ejemplares de cocina asiática, alegando que lo había perdido en
el metro, y volví a casa.
Después de todo no había motivo para que volcase todo mi dolor
sobre un libro que ni siquiera había tenido la oportunidad de
abrir.
Aunque claro…