
Era de madrugada cuando salió furtivamente de su casa.
Una fina llovizna bañaba la ciudad y el frío era intenso ¡Ah!:
también se cernía sobre la niña una densa niebla. No obstante, la
carita tensa por la determinación delataba que el mal tiempo no la
detendría. Ella no le tenía miedo a nada.
Con ropa apropiada y su mochila bien sujeta a la espalda caminó por
las desiertas calles hasta llegar a la terminal y subió al último
autobús que partía hacia las afueras. Era la única pasajera. Tras
casi una hora de recorrido descendió en medio de la nada. Aún no
había suficiente luz, y ayudándose de una linterna se internó campo
a través caminó, caminó, caminó. Tan solo hizo un alto, cuando
aparecieron los primeros riscos, para reponer fuerzas masticando
juiciosamente un trozo de su bocadillo de mortadela acompañado por
breves traguitos de bebida isotónica.
“Debo dosificar los alimentos – se dijo – no sé cuánto puede durar
esto”.
Se
irguió cuan larga era, es decir, un metro y treinta y dos
centímetros, y continuó su marcha hasta arribar a un inmenso lago
de aguas negras. Como el carbón. O como el petróleo. O como
cualquier objeto o elemento negro. Casualmente había una canoa
amarrada a la orilla, y sin dudarlo montó en ella y comenzó a remar
vigorosamente. Era una excelente remadora, claro está, las
protagonistas poco dotadas carecen de interés.
Su
travesía duró un tiempo indefinido hasta que el lago desembocó en
unos rápidos embravecidos. Le costaba controlar la embarcación.
Altos acantilados se erguían amenazantes a sus flancos, y, como era
de prever, la llovizna pertinaz se convirtió en una furiosa
tormenta. Rayos y truenos ensordecían el espacio, la bruma era un
puré gris que dificultaba en extremo la visión, en suma, el típico
escenario de un susto de muerte, pero ella, cada vez más decidida,
no cejaba en su empeño. Es más, se crecía.
Finalmente logró acercarse a la orilla, amarró cuidadosamente la
barca aprestada para el regreso y comenzó a escalar como una ardilla
la vertiginosa ladera – por supuesto plagada de peñascos afilados y
amenazantes y matojos igualmente dañinos – dispuesta a llegar hasta
la cima.
Cima donde vivía, según sus exhaustivas búsquedas en Internet, el
omnisapiente Cuentón. ¿Leyenda? ¿Realidad? ¡Ya veríamos! Porque
precisamente era esa la misión que había planeado cuidadosamente
durante meses, más exactamente desde el día en que había releído
Caperucita Roja por enésima vez.
Trepó y trepó aferrándose con sus manitas protegidas por manoplas de
minero y ayudándose con los pies enfundados en unas Nike Sport DK4
que había adquirido para la ocasión gastándose todos sus ahorros.
Por fin llegó a lo más alto, una suerte de meseta donde el viento
-huracanado, claro está, aquí no ha lugar aquello de “una brisa
suave y acariciante” - arqueaba los pocos árboles del horrendo
paraje como si fueran de plastilina. Pronto divisó una cueva mayor
que las otras, y tras beber otro par de tragos para darse ánimos
juntó aire y exclamó con todas sus fuerzas.
-
¡¡¡Cuentón!!!
Como era previsible también el eco intervino, repartiendo por los
aires.
-
¡Ón, ón, ónn, ónnnnn!
Silencio. Sepulcral, obviamente. De paralizar el corazón a
cualquiera pero no a nuestra pequeña, siete añitos de pura fibra
valiente.
Tornó a gritar repetidas veces pero nada sucedía ¿Leyenda?
¿Realidad? ¡Ya veríamos! Porque en el preciso momento en que el
desánimo comenzaba a despuntar en su almita el tremendo esfuerzo
obtuvo su premio. Un ser atemporal de vaga forma humana por debajo
de los cientos de pliegues de una piel que hacía eones había sido
lozana asomó su rostro somnoliento desde una cueva semioculta por
ralas matas de un verde pútrido.
-
¿Quién osa, pardiez, dar esas voces?
Preguntó el ente con un hilo de voz mientras emergía de su antro y
se dejaba ver al completo. Cualquier otra cría habría salido huyendo
por patas, pero no nuestra heroína, faltaría más. Feo es poco: era
horrendo. Ni un diente en su boca arrugada como higo seco, cabellera
y barbas blancas y mugrientas hasta los tobillos, encorvado al punto
de chocar su mentón con las rodillas y su esquelético cuerpo mal
cubierto por andrajos.
La
niña dio un paso atrás al verlo, pero retomó su compostura al
instante y preguntó con desparpajo.
-
¿Eres el Cuentón?
-
¿Quién lo pregunta? – articuló la voz cavernosa. Evidentemente,
cavernosa, inútil pretender la primorosa tesitura de Luciano
Pavarotti…
-
Yo.
El
Cuentón enfocó su escasa vista en dirección a la vocecita.
-
¿Y quién es yo? ¿Quién eres, gusarapa, que te atreves a arrancarme
de mi eterno letargo sin antes anunciarte por un mensajero? Te voy a
matar ¿Lo sabías?
La
niña respondió con cortante cortesía.
-
Yo soy yo. Creía que no existías pero ya ves, te he encontrado.
Una risa interrumpida por toses y escupitajos se dejó oír por encima
del viento tempestuoso, que, por supuesto, no cesaba de soplar
haciendo que la lluvia arreciara.
-
¡Vaya, larva de mujer, cara dura no te falta! Acércate, no tengas
miedo.
-
No tengo miedo, Cuentón.
-
Y encima chula, no te jode.
La
cría se aproximó a la entrada de la gruta y se enfrentó al sujeto,
que de cerca apestaba como una cabra podrida. Puaj. Fue al grano,
debía estar de regreso en casa antes de que sus padres la echaran en
falta.
-
¿Tú te sabes todos los cuentos infantiles, verdad?
Más risas sepulcrales, más viento, más lluvia, relámpagos, un buitre
sobrevolando esperanzado en un buen desayuno.
-
Toma, claro –replicó la reliquia asfixiada por el esfuerzo – como
que he sido su creador. Bueno, los del último siglo no, estoy
retirado.
-
¿Y el de Caperucita Roja?
-
Porsu.
La
niña sonrió de oreja a oreja, feliz. Por fin sus dudas sobre el
relato de marras serían disipadas, así que sin el menor empacho se
sentó frente al Cuentón y se lanzó de inmediato.
-
Verás, hay un montón de detalles que no me cuadran y tampoco me
gustan un pelo.
Tomado por sorpresa el Cuentón mostró cierto interés.
-
¿Ah, sí? ¿Y se puede saber qué no te cuadra?
-
Para empezar, la ropa ¿Por qué una caperuza? Están fuera de moda, si
acaso, un anorak con capucha, pero una caperuza… ¿Y roja? Ya puesta,
su mamá podría haberle confeccionado varias en distintos colores,
pero no, la pobrecilla siempre con lo mismo. Muy poco glamour ¿No
crees?
El
Cuentón se frunció todo y con enorme esfuerzo se rascó la coronilla.
-¿Y has venido hasta el trasero del mundo para decirme esta
imbecilidad?
La
mocosa ni se inmutó. Sacudiéndose como un cachorro para
desembarazarse del agua que la empapaba sacó de su mochila una
libreta y la consultó.
-
Tengo muchas más preguntas. Por ejemplo… ¿Por qué viven solas?
Caperucita tendrá un padre, supongo, pues que se nos explique si
están divorciados, supón que era un pirata que nunca estaba en casa,
o la señora lo echó a puntapiés por maltratador, tal vez había
muerto de alguna peste de aquellas épocas, algo, pero esas cosas hay
que detallarlas.
-
Digamos que por que me salió de las narices, niñata insolente. No
tengo por qué dar explicaciones.
-
Continúo. La madre envía a Caperucita a visitar a la abuelita
enferma y me pregunto – prosiguió la pequeña inmune a la grosería
del monstruoso viejo – por qué la anciana vive sola y no con ellas
como está mandado, o si me apuras, por qué no está bien cuidada en
una residencia donde las sacan de excursión a bailar y a conocer a
otras viejecitas. Aunque puede que la señora sea muy independiente y
prefiera vivir sola, es una variable que se me acaba de ocurrir…En
cualquier caso, este es otro aspecto confuso, a ver si aprendemos a
especificar para ser creíbles ¿Eh?
La
sorpresa del Cuentón iba en aumento, como su ira ¡Mocosa
desvergonzada, cuestionarle nada menos que a él un argumento de su
creación y además darle lecciones de literatura! La mataría en unos
segundos, estaba decidido.
Nuestra niña proseguía con sus cuestionamientos.
-
Pongamos que no tienen dinero para residencias, te lo doy por bueno,
pero hay más… ¿Por qué la madre es tan irresponsable que manda a su
hija a cruzar el bosque, sola, con el susto que da y los peligros
que le esperan?
-
Porque…
No
pudo continuar, su visitante estaba embalada y hablaba deprisa.
-
Además a una señora mayor no le convienen los panes de mantequilla
¿No conoces el colesterol y los triglicéridos? ¿Te parece una comida
sana para la tercera edad?
-
Te advierto que me estás tocando los…
-
Camina por el bosque, tralalí ¡Ay que bonita esta florcita azul, uy,
y esta otra amarilla! tralalá, cuando se le aparece un lobo – espetó
la criatura, impertérrita - Poco original, si bien te lo voy a pasar
por alto. Y me pregunto: ¿A Caperucita no le han enseñado que nunca
se debe hablar con desconocidxs? ¡Pero si hasta le cuenta quién es y
adonde va! Mira, Cuentón, las niñas somos niñas pero no idiotas. Yo
nunca le habría informado de mis idas y venidas a un animalazo de
esa calaña.
La
cólera del carcamal era de tal envergadura que decidió acabar con la
impertinente cuanto antes mejor. Es más, lo estaba deseando
¡Cuestionarle a él, el gran creador de cuentos infantiles, que si
patatín o si patatán, no le había sucedido en siglos!
La
pequeñaja bebió otro sorbito de su bebida y continuó.
-
Pero lo más absurdo es la escena donde Caperucita llega a la casa de
su abuela cuando el lobo ya se la había zampado… ¡Y la muy
tontorrona no se da cuenta que esa cosa peluda y espantosa no es su
abuelita! Venga, hombre, no te lo crees ni tú ¡Anda ya!
-
O te callas o… - amenazó el viejazo tartajeando furioso.
-
Al Sastrecillo Valiente bien que lo creaste listo y capaz de
liquidar siete moscas de un solo golpe, por no mentar tu
interminable colección de príncipes perfectos y triunfales, pero
necesitabas una nena para que hiciera las famosas preguntas, aquello
de las orejas grandes, la nariz afilada, que si los dientes, bueno,
ya te lo conoces.
La
chiquilla no parecía tener conciencia de que su vida estaba a punto
de acabar. El Cuentón se le había aproximado lentamente – normal,
apenas podía mover la oxidada osamenta – y ella erre que erre.
-
Total, que el lobo también se la embucha, y si no fuera por un
leñador que casualmente pasaba por ahí ambas habrían muerto ¿Por qué
eres tan malo? ¿No sabes la cantidad de niñas que por tu culpa
tienen pesadillas desde que escribiste esta mamarrachada?
-
Te lo advierto, voy a…
-
Además, leñador tenía que ser el héroe, la cantinela de siempre.
Podrías haber puesto a una estupenda leñadora, con lo que a mí me
gustan las leñadoras de coloridas camisas a cuadros a juego con los
Levy´s, o si me apuras, a un comando especial de amazonas, con lo
que a mí me gustan las amazonas, ainsss…
-
¡Este cuento se acabó, prepárate a …!
El vejestorio no podía terminar una frase como es debido
porque la chicuela era una metralleta de palabras.
-
Pero no, el señor Cuentón es un machista de tomo y lomo, Caperucita
es estúpida, su madre infla a colesterol la su abuela, un simple
lobo se traga a una mujer y media como si nada, mira, mira, no
tienes derecho a espantarnos de esa manera, somos criaturas
hipersensibles, eres cruel, Cuentón, muuuy cruel, y te exijo que
cambies el final ahora mismo. Aquí tienes mis propuestas, te las
dejo y las estudias, pero nada de engullimientos, el lobo no se come
a nadie porque teme la venganza de las bellas guardabosques o
amazonas, tú verás, pero se van a un McDonald´s y no se hable más.
El
Matusalén no daba crédito a cuanto oía. Una pizca de persona le
estaba pidiendo, es más, exigiendo que cambiara el final de una de
sus obras más famosas ¡Increíble, intolerable! Otro trueno retumbó
como el bramido de un toro bravo, los buitres ya eran legión y una
fuerte racha de viento casi tumbó a la niña que se mantuvo firme en
sus piernas y en sus exigencias.
-Vas a cambiar ese final, Cuentón. Nos aterroriza, dormimos
sobresaltadas, tememos a la oscuridad, se nos cae el pelo, nos dan
tembleques, nos llevan a la psicóloga y quedamos traumatizadas para
toda la vida, de modo que te pones a trabajar de inmediato. Te lo
digo por las buenas.
Fuera de sí el monstruo dio unos pasos hacia ella, abrió su boca
marchita y emitió un sonido a animal herido que retumbó por entre
los acantilados. Pero nuestra heroica niña no se movió un ápice. Es
más, volvió a repetir.
-
No me asustas, que lo sepas. Hala, aquí tienes mis ideas. Te lo pido
en son de paz, no me obligues a…
El
Cuentón, fuera de sí, se abalanzó sobre la niña aullando.
-
¿Pero quién te crees que eres para amenazarme, caquita humana?
¡Ahora verás lo que es bueno!
Y
dando un salto portentoso – lo cual es una metáfora, huelga decirlo,
para portentos estaba la reliquia… - , la boca abierta hasta el
paroxismo, se abalanzó sobre ella dispuesto a engullirla.
Fue entonces cuando sucedió. Vertiginosamente, de sopetón, como en
los buenos cuentos. Una portentosa transformación hizo presa de la
niña, su cuerpo se revistió de una frondosa pelambrera, y a la par
que su tamaño aumentaba prodigiosamente las orejas se le agrandaban
al igual que su nariz y su boca y las manitas ya eran zarpas cuando
en un visto y no visto se convirtió en una colosal loba babeante
que, sin casi moverse, abrió su bocaza justamente cuando el viejo –
que ahora era del tamaño de una nuez – saltaba para atacarla.
Lo
tragó de un bocado sin el menor inconveniente y el eco reprodujo el
colosal eructo.
-¡AGGGRAAARRRRRRRGGGG!
Segundos más tarde la titánica bestia fue tornando a su forma
inicial y hete aquí a nuestra niña, recomponiendo su rubio cabello
con un pequeño peine de plástico y alisando sus ropas desmañadas
mientras escupía educadamente diminutos trocitos de hueso.
Recogió su libreta con parsimonia, colgó la mochila a sus espaldas y
sin volver la cabeza retomó el camino de vuelta a casa.
Tan solo pronunció una frase. Siete únicas palabras. Pero ya han
hecho historia entre las niñas del mundo entero y la difunden con un
“Pásalo” por telefonillos y chats.
Porque lo que dijo nuestra heroína fue:
- Quien a lobo mata, a
loba muere.
Y COLORÍN
COLORADO…
Cuento
perteneciente a Dos orillas: voces en la
narrativa lésbica
Compiladora: Minerva Salado
(Editorial Egales, España, 2008)
ISBN:
978-84-88052-66-7
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