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Tere Dávila (Puerto Rico,
1963). Es escritora y publicista.En 2002, publica el libro,
Fiesta en Puerto Rico (Gabriel Press), que documenta
las festividades tradicionales y culturales de la Isla. Al
año siguiente, publica el libro infantil, La Oreja
Sebastián.
Tere tiene un grado de bachillerato en
literatura e historia del arte de la Universidad de
Harvard. Al presente, cursa una maestría en creación
literaria, en la Universidad del Sagrado Corazón, en San
Juan, Puerto Rico, y está escribiendo un libro de cuentos
cortos. |

La Naja-naja, conocida
también como cobra china, se encuentra a través de todo
el continente asiático. Viva y coleando, es una de las
serpientes con las mordidas más venenosas del mundo.
Pero al someterla al fuego todo cambia. Se convierte,
sobre todo si se condimenta con soja, jengibre y ajo, en
uno de los platillos más cotizados de la cocina
oriental. Y aunque no faltan comensales que insistan que
“sabe igual a pollo,” para muchos otros, en especial
aquellos con el presupuesto tan sofisticado como el
paladar, el peligro en la preparación no es obstáculo
para el disfrute de este exótico manjar.
—The
New York Times Magazine, reportaje especial de
gastronomía, 26 de abril de 2006
Entonces Xiao Li soltó tenazas, serpiente y caldero. El metal
cayó con un alboroto que interrumpió los trabajos del resto de
la cocina.
—¡Naja- naja!
El que lava los platos la vio primero.
- ¡Naja- naja!
Ahora gritaban otros dos.
- ¡Naja- naja! ¡Naja-naja!
Todos corrían de un lado a otro de la cocina. La serpiente se
resbalaba suelta sobre las losas, tan agitada y confundida como
sus potenciales víctimas.
— ¡Agárrenla! ¡ Agárrenla!
Uno de los cocineros ya había subido las piernas sobre un
taburete, salvándose de morir de un mordida al tobillo. Alguien
encontró un mantel. Lo tiró, pero que no acertó a caer sobre el
animal. El pinche de cocina esgrimía el mapo. Otro le tiró una
cacerola a la serpiente, pero no logró más que aumentar el
desorden general.
— ¡La tengo!
Uno de ellos había logrado arrinconarla usando un palo largo de
escoba.
— ¡Pásenme una olla!
Sólo después de que controlaron a la serpiente, se fijaron en
Xiao Li.
—¡Li! ¡Li!
Otra vez fue el de los platos el primero en darse cuenta del
compañero que tambaleaba y caía de rodillas.
Aunque no lo sintió, sabía que se había caído. Vio que el de los
platos corría hacia él. Le abría la camisa. Trató de tragar aire
y sintió que el pecho lo tenía atravesado por navajas. No
aguantaba el ardor en el antebrazo, ¿fue ahí que lo mordió? Los
corrientazos de dolor se esparcían. A los hombros, las costillas,
el corazón. Los gorros blancos…los compañeros que se inclinaban
sobre él. Lo miraban. El los miraba de vuelta, todos sin saber
qué hacer. Entonces vio a Ya Ming entre ellos y el dolor
desapareció. ¿Qué hacía su esposa allí? A esta hora debería
estar al otro lado de la ciudad, en la oficina de correos. Allí
nunca daban libre. Además, ni siquiera llevaba el uniforme.
Tenía el traje largo amarillo que se puso para la boda de la
prima. ¿Eso fue hace cuánto? ¿Un mes? Se lo había dicho esa
noche, mientras bailaban.
-Estoy embarazada.
Ahora, parada allí en el traje de noche amarillo, le hablaba y
le hablaba como si estuviesen en el parque. Decía que pensaba
ponerle al bebé XuiXui si era niña y Wen, si varón, y que tenía
que ir a ver cunas porque había un especial y no quería que se
acabaran.
— Espérame. Voy contigo.
Fue lo que quiso decirle pero de su boca sólo salió un gemido
casi inaudible, y Ya Ming desapareció. Volvieron los gorros
blancos. Los compañeros de la cocina. Veía que le gritaban, pero
no oía lo que decían. Qué chirrido insoportable en la cabeza.
Ahora veía sólo líquido. Una niebla de sangre esparciéndose en
un caldero de agua hirviendo. Dejé la olla prendida, pensó. A mi
nunca me pasa eso.
—¿No me estará usted tomando el pelo?
Aquella pregunta le pareció irónica y hasta jocosa al maitre d,
ya que el cliente era, en efecto, un gordo calvo, con una cabeza
grotesca de grande. Sin embargo, le contestó con la mayor
seriedad.
- Jamás me atrevería, señor.
- Claro, claro. ¿Por qué me iba a mentir sobre algo así?
- Tranquilo, señor. Un plato como la Naja-naja, bueno…se comenta,
y sobre todo dadas estas circunstancias. Pero créame que es
exactamente como se lo he contado.
-Comprenda que no es que yo desconfíe.
-Por supuesto que no.
-Si se anunciara y después, bueno, todo fuese un malentendido.…
- Si gusta, cualquiera de los cocineros puede confirmarlo.
El maitre se retiró y volvió enseguida con el pinche que, sin
quitar la mirada de los laberintos de flores de la alfombra,
narró lo sucedido más temprano.
- Qué desafortunado incidente.
El tono solemne del comensal no hacía juego con el brillo en sus
ojos. Había quedado satisfecho con los credenciales de la
serpiente y dio la señal para que se la trajeran.
Dos mozos se acercaron a la mesa cargando una bandeja de plata
maciza, con biombo brillado. La destaparon, haciendo cortesías.
Ahí estaba el cuerpo rebanado de la serpiente, carne blanca y
traslúcida que descansaba en una gelatinosa reducción de su
propia sangre. El dueño del restaurante se unió al maitre, y
entre ambos tomaron la bandeja, que pesaba bastante, cada uno
agarrándola por un lado. El cliente se paró de la silla y se
plantó en medio de los otros dos. Agarró la bandeja por debajo,
sintió el frío de la plata. Uno de los mozos tenía la cámara
lista.
-¿Estás ahí, pececito? ¿Estás bien?
Sin querer lo dijo en voz alta, tocándose el vientre, todavía
plano. No había dormido casi nada desde el accidente dos días
antes y eso no podía ser bueno. Con un suspiro, firmó la hoja de
consentimiento para que pasaran por el fuego al cuerpo de su
esposo. Le hubiese gustado la urna de bronce pero, bueno,
tendría que ser la de barro. Suspiró. ¿Y ahora? Nada. Comprar
otro periódico. Ver la foto de nuevo. Había roto la de esta
mañana, pero ahora tenía que verla otra vez. Era su conexión a
él, a la Naja-naja que lo mató, a la bandeja enorme, a los
señores posando serios, al precio del plato.
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Año 3 I Número
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