Pero esa posición pacífica y conformista del ser humano ante el
entorno se ha ido transformando considerablemente. Mediante la
importante producción de bienes materiales, el hombre no sólo
agota los recursos no renovables de la Madre Naturaleza, sino
que además rompe, inconscientemente, cada vez más, los lazos
vitales entre varios componentes de la biosfera, destruyendo de
esta forma sus sistemas y canales de mantenimiento de la vida.
El incesante avance de la ciencia y la técnica ha aumentado
cuantiosamente el poderío de la humanidad con respecto a la
naturaleza.
Aunque desde temprana época se avizoraban las nefastas
consecuencias de la acción desmedida del hombre, sólo es hasta
hace unas décadas atrás cuando, a través de la literatura de
difusión y los medios de comunicación fundamentalmente, esos
problemas dispersos se integran a un discurso común,
socializándose así una determinada noción del medio ambiente.
La relación que se establece entre el hombre y su entorno va
conformando una escala de valores en el orden espiritual y el
aspecto ambiental se erige como un cuestionamiento a los valores
existentes, que a su vez son reflejo de las condiciones
económicas imperantes. Desde entonces se viene valorando un
proceso de configuración de una nueva forma de conciencia
social: la conciencia ambiental, entendida ésta como el conjunto
de concepciones, representaciones, ideas, sentimientos,
inclinaciones de la sociedad o del individuo acerca de la
realidad ambiental.
Este nuevo tipo de conciencia cobra vida no sólo durante la
producción de bienes materiales sino que se extiende a todos los
campos de acción del hombre, de ahí que la literatura se apropie
también de ella y sea el género novelístico uno de sus
principales exponentes. Es la novela el género literario que
mayor cantidad de elementos ajenos al arte puede contener.
Dentro de ella cabe casi todo: ciencia, religión, sociología,
juicios estéticos. Y esta opinión coincide con el concepto que
recoge Mariano Baquero (1963) sobre la permeabilidad de la
novela, la cual está relacionada con los demás géneros
literarios y aún con todo lo que no es ella misma, entiéndase
política, sociología, religión. En su devenir histórico, esta
variedad se ha comportado como un elemento activo y viviente de
la sociedad, por un lado la expresa y por el otro contribuye a
transformarla. En estas transformaciones juega un papel
preponderante el escritor, quien conciente del lugar que ocupa
en la sociedad, utiliza las armas que posee para el bienestar
social.
Ante las consecuencias de una nueva era caracterizada por el
industrialismo y la sociedad de consumo, surge una nueva
tendencia dentro de la literatura. Los escritores, cada día más
preocupados por lo que acontece a su alrededor, se dan a la
tarea de denunciar los problemas a los que se está enfrentando
el ser humano. Las obras adoptan un carácter crítico –y no
significa esto que hasta entonces no lo sean- me refiero más
bien a que se analizan con otra óptica asuntos que hasta
entonces pasaban desapercibidos. Otra mirada, otro punto de
vista, propiciando un espacio de reflexión y concientización
respecto a las causas de la problemática ambiental
contemporánea, analizadas desde la perspectiva de la historia
cultural a partir de una lectura ecocrítica de los textos.
Esta interesante relación que subyace entre la Literatura y la
Ecología ha dado paso al surgimiento de una corriente novedosa,
que se hace nombrar ecocriticismo, quien toma una
aproximación basada en la tierra y en la naturaleza para el
estudio de la literatura. La ecocrítica propone convertir el
entorno y la visión de la naturaleza, en una nueva categoría
para el análisis de la literatura. Y por ende, que los
estudiosos se preocupen, en cómo se empieza a plantear la crisis
ambiental contemporánea en la Literatura, y de qué manera
influencian las obras literarias y el lenguaje en la forma en
que nos relacionamos con el medio ambiente.
Única mirando al mar,
del costarricense Fernando Contreras Castro, es una de esas
novelas que nos hacen reflexionar en torno a los problemas
ambientales que se están presentando en nuestro planeta. Y no
sólo se limita a esta cuestión, sino que además, es rica en
denuncias sociales, políticas, religiosas y filosóficas, entre
otras.
El estudio de esta obra implica el análisis de sus contenidos.
El eje central de la narración es la historia de amor entre
Única Oconitrillo y Momboñombo Moñagallo, matizada por el
inusual ambiente en el que se desarrolla el idilio así como los
problemas que engendra el basurero de Río Azul, ubicado en las
cercanías de la capital.
El asunto da lugar al surgimiento de varios temas tales como la
ecología, la contaminación del ambiente, la marginalidad de un
grupo de costarricenses, la tercera edad, la carencia de
voluntad política para resolver problemas de diversa índole.
Surge, además, el tema de la idiosincrasia del costarricense y
cierta violencia latente que estalla en su oportunidad. Estas
cuestiones y el espacio en que se desarrollan los conflictos, se
convierten en una imagen de ese mundo a medida que van
apareciendo y actuando los distintos personajes de la diégesis.
La novela de Fernando Contreras describe las relaciones humanas
experimentadas por personas que han sido excluidas del modelo de
vida impulsado por la dinámica de mercado. Todos los
protagonistas son individuos que por una u otra razón han dejado
de ser funcionales, competitivos o productivos de acuerdo con
las exigencias del ordenamiento social vigente. Encontramos, por
ejemplo, una maestra pensionada, que debido a una mísera
retribución termina exiliada en el basurero buscando qué comer.
Un bebé abandonado que un día cualquiera aparece en medio del
basurero y es adoptado por la maestra. Un ex-celador de una
biblioteca pública de sesenta y seis años, quien fue despedido y
que, al fracasar en todos sus intentos de encontrar trabajo,
decide suicidarse de una manera muy especial: lanzándose a un
camión de basura. Y por último, un biorreciclador que un día
cualquiera encuentra en medio del “mar muerto” una sotana y una
Biblia, e interpreta eso como señal de misión, ejerciendo desde
entonces el acompañamiento espiritual a la comunidad de buzos.
El basurero es para ellos su medio ambiente, en éste se
desarrolla su cotidianidad y, en consecuencia, la reproducción
de su vida. El autor sugiere que este contexto puede ser
concebido como un mundo paralelo donde se gestan interacciones y
vivencias que pasan desapercibidas para quienes habitamos dentro
del orden. Como mundo aparte, se rige por valores éticos y
estéticos contrastantes con los integrados comúnmente a nuestras
subjetividades. Se puede afirmar, también, que delimita una
subcultura o contracultura, según sea el lente que utilicemos
para extender nuestra mirada. Sin embargo, hay algo que todos
comparten: el hecho de que la vida se haga posible sólo en
cuanto asuman su condición de desecho, es decir de basura
humana. Entiéndase por basura, según el diccionario de la RAE:
suciedad, cosa repugnante o despreciable.
En tanto basura que convive entre la basura, los personajes
hacen su vida llevadera e incluso a veces satisfactoria. El
basurero constituye para ellos su universo de referencia. Todo
cuanto es permisible se ofrece desde aquí. Pero no porque su
vida sea llevadera y satisfactoria está exenta de sufrimiento:
la etiqueta de la exclusión desborda sus subjetividades,
mientras miran al mundo del mercado como un anhelo frustrado.
Reconocerse en condición de desecho implica pagar la factura del
esfuerzo traumático que conlleva mirarse a sí mismo desde el
ángulo de la repulsión.
Para los buzos no hay otra forma de subsistir si no es a través
de la ruptura con el mundo convencional, el cual es percibido
ajeno e inexpugnable para los habitantes del basurero. Esta
escisión total con el “mundo normal” hace exclamar a Momboñombo:
“-¡Volver!... ¿y para qué diablos voy yo a volver?, como si
necesitara algo de allá” (Contreras 89). Los inquilinos del
botadero han llevado a cabo una renuncia contundente a la
satisfacción de las necesidades básicas, arrastrando consigo la
pérdida correspondiente de la dignidad humana, pero también se
han visto forzados a renunciar, simultáneamente, a la
satisfacción de las necesidades creadas por la lógica de
consumo.
En el “país de los buzos” -que se refiere al basurero de Río
Azul- surge un espacio, cuya imagen estética se basa en una
metáfora de bastas dimensiones: “el mar de la basura”. De este
símbolo central se derivan muchas otras alusiones: los peces de
aluminio, la gente de abordo, los marineros del basurero, las
olas de basura empujadas por los tractores, las gaviotas negras,
las playas del mar muerto y los hundimientos de objetos y
personas. Todas estas asociaciones tienen el firme objetivo de
mostrarnos un mundo altamente desagradable. Vemos como el autor
nos recrea un clima intolerable a través de las descripciones
que nos ofrece:
La escuela del pueblo colindaba también con la malla, que no
la protegía del hedor fétido del botadero, el cual era la
atmósfera pegajosa que respiraba el pueblo entero y que
respiraría para siempre aún después de clausurado el
basurero, porque la sopa de los caldos añejos de toneladas
de basura venía derramándose por el subsuelo desde el día de
su inauguración, igual que una marea negra desbordada entre
las grietas del cuerpo ulcerado de la tierra
(Contreras 20).
Otra metáfora muy caracterizadora de ese inframundo es la del
basurero como infierno; esta imagen tiene que ver con la pobreza,
la miseria, la suciedad y el dolor que reinaba en aquel lugar.
Un sitio inhóspito e inhabitable donde “el agua sólo
resbalaba sobre el gabán negroaceitoso de los zopilotes y en
todas partes se empozaba formando cientos de pequeñas lagunillas,
fecundas de larvas de moscas y otros bichos” (Contreras 47).
En la representación que nos crea Fernando Contreras del
basurero es notable la fauna que incluye en su registro: son las
larvas, los zopilotes, las cucarachas, las moscas, los
lepidópteros; en su totalidad insectos que coexisten en la
podredumbre y la descomposición de las materias. En este
contexto los elementos del medio ambiente que aún no han sido
contaminados se manifiestan renuentes a sucumbir: “lo verde
se alejaba cada día, como el bosque que camina, como si hasta
los árboles se estuvieran yendo por sus propios pies de aquel
osario de los derechos humanos” (Contreras 48) Es como si la
naturaleza adivinara los riesgos mortales que corría de
permanecer en las precarias condiciones de aquel sitio.
Río Azul es un botadero de basura al cual llegan diariamente
ochocientas toneladas de basura de las producidas por la ciudad
de San José. Allí viven muchos buzos que escarban día y noche lo
que va desechando la ciudad. Recogen el material reciclable que
puede ser vendido a algunas empresas y con ello consiguen algo
de dinero. Pero también coleccionan la mayoría de las cosas que
utilizarán ellos mismos para su diaria existencia. Allí
“reciclan” todo lo que consideren de utilidad. El botadero es un
“mar de desechos” y sus habitantes son “buzos” que “navegan” en
él, buscando asegurar su sobrevivencia uno o varios días más.
Contrario al bello panorama que resulta la historia del idilio
entre Única y Momboñombo, donde prevalece un amor puro, amen de
las calamidades propias de la existencia humana; surge ante
nosotros un paisaje totalmente degradado por la acción
indiscriminada e inconsciente del hombre. La temática ecológica,
entonces, cobra colosal fuerza ante la actitud -para nada pasiva-
del creador de esta novela. Nos encontramos en un sitio donde la
atmósfera se torna irrespirable debido a la podredumbre y la
fetidez “que despedía la indigestión eterna de la tierra
atragantada de basura” (Contreras 23)
Basura que, podría atreverme a decir, ocupa un lugar protagónico
en la diégesis en cuanto es principio de toda contaminación.
La significación del concepto de basura ofrecido
anteriormente encuentra resonancia, dentro de un modo de
convivencia cuyo motor es el industrialismo, que intensifica y
multiplica las relaciones comerciales. La basura es hija del
mercantilismo. Desde que la Revolución Industrial abrió nuevos
horizontes para el progreso y el capitalismo moderno, trajo
consigo la simiente de la cizaña de la basura. Sobre esto es muy
clara la sentencia de Momboñombo: “Siempre ha habido basura,
la basura nace con el hombre...” (Contreras 42) Y es que la
materia inorgánica existe desde el mismo surgimiento de la raza
humana. Su presencia denota una interferencia en el canal de
comunicación entre hombre y medio ambiente.
En ocasiones, el proceso económico y el avance tecnológico en la
industria acarrean serias transformaciones en nuestro entorno,
tales como la disminución en la calidad del aire, agua, suelo,
vida humana, así como el agotamiento del capital natural y de la
biodiversidad en su conjunto. A este cambio negativo a que es
sometida la naturaleza se refiere el escritor en su novela
cuando pone en boca de uno de sus personajes semejante denuncia:
“…teníamos como más espacio y más aire puro. En las mañanas
se podía levantar uno y respirar hasta reventarse [...] Pero
como te digo, la tierra se fue poniendo como arcillosa; esta
tierra no era así…” (Contreras 59). Es evidente la
melancolía presente en este fragmento debido a la pérdida de
algo que resulta de vital importancia. A este tipo de alteración
climática se expone el hombre cuando no toma en cuenta las
medidas pertinentes en aras de mitigar el deterioro ambiental.
Al hablar de que la revolución científico-técnica ha agudizado
la situación ecológica actual, algunos teóricos deducen la
inevitabilidad de una crisis ecológica de carácter global, es
decir, que amenazará en iguales proporciones a todos los países,
sin importar su estructura social. Dicha crisis se atribuye
exclusivamente al aumento paulatino de la producción industrial,
al progreso científico-técnico y, en general, al aspecto
tecnológico de las relaciones entre el hombre y la naturaleza.
La técnica es la actividad humana que más directamente influye
sobre el medio ambiente. Consume gran cantidad de recursos
naturales, modifica el paisaje y produce muchos residuos. Al
construir una carretera o un edificio, extraer petróleo o
minerales, obtener metales o fabricar bienes de consumo, evitar
que una plaga destruya una cosecha o propague una enfermedad,
estamos alterando el entorno, cada vez con más poderío y en
mayor escala.
Como resultado de la actividad económica del ser humano, el
medio ambiente y, en particular, el mundo orgánico, experimentan
cambios continuos: se ha reducido sustancialmente el manto
vegetal del planeta; se acidifican los suelos y las aguas; los
desechos de la industria, incluyendo diversas sustancias
altamente tóxicas, contaminan el aire, los océanos y el suelo;
debido al consumo de grandes masas de combustible mineral
aumenta la concentración de ácido carbónico en la biosfera,
fenómeno que puede traer aparejado el cambio del régimen térmico
de la superficie terrestre. Y no sólo se ve afectado nuestro
entorno, pues tales acciones pueden repercutir incluso en el
propio hombre, poniendo a veces, en peligro su vida.
En el basurero, sus habitantes presentan algunos padecimientos
debido a las condiciones insanas que allí hay. Por ejemplo, El
Bacán tiene constantemente una tos fuerte, debido al
debilitamiento de sus pulmones; mientras que Momboñombo, desde
que se mudó para el botadero, padece de los bronquios y le salen
salpullidos por todas partes. Eso se debe al aire contaminado y
malsano que se inhala en aquel lugar. Por otra parte, “los
vecinos ya no pueden aguantar más, se les enferman los
chiquitos, todo se les ensucia y se les contamina, y eso que
ellos no viven aquí directamente, ahora imagínate cómo debemos
andar nosotros por dentro… ¡te imaginás si nos sacaran una
radiografía…!, seguro saldrían puros zopilotes todos
encandilados con los rayos x” (Contreras 129-130).
Y si a todo esto le sumamos la irresponsabilidad de las acciones
humanas, no habrá como detener una futura catástrofe. ”Lo que
pasa es que ahora a la gente le ha crecido la capacidad de
producir desperdicios […] no es posible que se boten las
cantidades de basura que bota este país tan pobre […]
¡ochocientas toneladas diarias!” (Contreras 42). Esta
escandalosa cifra es motivo de asombro, tal como lo plantea uno
de los personajes. A veces la raíz del problema está en nuestro
proceder y la solución sólo en nuestras manos. No podemos culpar
solamente a la nueva era tecnológica con sus grandes adelantos,
el hombre con su actuar desmedido e inconsciente también tiene
su cuota de culpabilidad.
A estos hábitos negativos hace alusión en su obra Contreras
Castro, donde se nos narra detalladamente el estado deplorable
de sus principales redes hidrográficas, ríos y quebradas, pues “todo
tipo de desechos iban a parar a ellos sin reparo alguno: llantas
de autos, la mierda de todos, las mieles del café de las
industrias cafetaleras que significan el sesenta por ciento de
la contaminación fluvial, los desechos químicos…” (Contreras
115). Tal actitud es calificable de vergonzosa y desagradecida,
teniendo en cuenta que la Madre Naturaleza nos abastece de todo
sin exigir nada a cambio; lo menos que podemos hacer es
retribuirle su bondad mediante un trato respetuoso y
conservador, el cual es posible adquirir a través del cultivo de
una cultura medioambiental.
Se ha hecho evidente en la actualidad que el género humano no
puede, ni debe, hacer valer su inmenso poder para intervenir
irreflexivamente en la naturaleza, transformándola de raíz, sin
tener presente las posibles consecuencias negativas de su
actividad económica. Tal percepción es la que nos desea
trasmitir el autor a través de una profunda reflexión de su
novela. Sus personajes representan la escala más ínfima del
género humano. Su condición de “olvidados por la sociedad”
empeora con las circunstancias del escenario en que se
desarrollan. Ya sabemos que viven en un basurero, adonde van a
parar todos los desechos de la ciudad de San José. Uno de los
personajes principales de la diégesis se queda asombrado de la
cantidad de basura que llega diariamente al botadero y del
contenido de la misma: “Yo me pongo a ver qué es lo que bota
la gente. [...], todo eso que brilla como limadura de sol [...],
todo eso es puro aluminio, el de las latas de cervezas
nacionales y extranjeras, los paquetes de sopa, los paquetes de
cigarro, todo viene en aluminio ahora, y en paquetes en inglés,
y todo se bota en bolsas plásticas que no se pueden deshacer…”
(Contreras 43)
Todos estos residuos son los que componen la atmósfera fétida y
degradante del botadero. De ahí que ante un posible cambio de
ciudad, las futuras candidatas rechacen firmemente tal
proposición. Nadie quiere tener en sus periferias un espacio
para la contaminación que atente contra la calidad de vida de
sus ciudadanos, es por ello que muchos opinan de esta forma: “…
¿A cuenta de qué tenemos los esparzanos que tragarnos la basura
de San José y Cartago?, si ya tenemos suficiente con el mar, que
lo tienen hecho un basurero al pobre…” (Contreras 110).
El desarrollo industrial es algo inherente a la evolución humana
y múltiples son las ganancias que nos ha legado este proceso.
Pero al mismo tiempo se nos muestra su cara negativa.
Simplemente observando en nuestro entorno podemos detectar
cambios profundos en el medio que nos rodea. Densos bosques que
hace pocas décadas eran recorridos por ríos y arroyos y estaban
poblados de animales, son hoy yermas montañas que se transforman
en desierto a velocidad vertiginosa. Especies que convivían con
nosotros, han emigrado a otro lugar o simplemente han
desaparecido. Pueblos que no pueden beber de sus aguas por la
contaminación de sus acuíferos derivada del uso abusivo de
agroquímicos. Si prestamos atención a los datos que nos
suministran los medios de comunicación, la dimensión del
problema se acentúa: destrucción de la protectora capa de ozono,
cambio climático, peligrosa contaminación de la atmósfera y de
los mares, accidentes nucleares de consecuencias apocalípticas y
un incremento alarmante de enfermedades degenerativas y otras de
origen desconocido.
De igual forma acontece en la novela, debido a la actitud
inconsecuente de aquellos que tenían la responsabilidad de
elegir el terreno que se convertiría en el nuevo botadero.
Ignoraron una serie de factores de orden ambiental y su
selección fue sellada fríamente con la redacción de un informe.
Cuyo informe nada decía sobre los futuros agravamientos que
traería como consecuencia la negligencia de algunos:
…así como tampoco decía nada de la virtual
contaminación del estero Mero y la consecuente pérdida de UN
MILLÓN DE METROS CUADRADOS DE BOSQUE DE MANGLAR, [...] Ni
mencionaba tampoco nada de la naturaleza permeable del
suelo, ni del pequeño detalle de que cavando un metro,
comenzara ya a sentirse la presencia de las aguas
subterráneas, ni que el suelo mismo era agrietado, como
preludiando ya la ulcera que significaría un relleno en él
(Contreras 147).
Es por ello que se torna imprescindible el surgimiento de una
nueva conciencia, de tipo ambiental, donde el hombre sea capaz
de reconocer las nefastas consecuencias de su proceder y dirija
sus acciones a fomentar el cuidado y la preservación de los
elementos naturales. Ello implica conciencia, sensibilidad,
responsabilidad, cambios de actitudes y políticas ciudadanas,
aspectos éticos, culturales y religiosos, así como patrones de
consumo y estilos de vida diferentes. Requiere, además, la
optimización de los recursos, el uso adecuado de la capacidad de
carga de los ecosistemas, el desarrollo evidentemente racional,
el respeto a la biodiversidad, a la geodiversidad y a la
sociodiversidad. Y sobre todo, darle una concepción diferente al
medio ambiente. Ya no se trata de ese medio ambiente estático,
sino del entorno del hombre, donde la sociedad tiene el papel
fundamental, porque el individuo debe potenciar la explotación
de los recursos de manera racional, por el propio bien de la
existencia humana. Este es el mensaje que nos quiere trasmitir
Fernando Contreras con su obra. La novela no es más que un
llamado a la reflexión en pos de atenuar
el impacto negativo sobre el medio de
algunas actividades humanas.
La historia que nos cuenta la obra no escapa a lo dicho por
Gabriel García Márquez acerca de sus novelas: que la realidad
supera a todas ellas en imaginación. Única mirando al mar
no es en dramaticidad y podredumbre ni la sombra de lo vivido a
diario en muchas de nuestras ciudades. Su basurero es un jardín
de flores comparado con el paisaje cotidiano de las periferias
capitalinas de muchas de nuestras grandes urbes.
El ambiente reflejado en Única mirando al mar, del
escritor costarricense Fernando Contreras Castro, responde a una
realidad donde la existencia del individuo se ve amenazada por
la contaminación latente en el medio en que convive. No se trata
de un paisaje extraído de la imaginación de un escritor, sino de
un entorno degradado por la acción desmedida del hombre; el
cual, influenciado por las relaciones de producción establecidas
y las condiciones infrahumanas de su hábitat, propician la
marginación de un sector de la sociedad. Las características
degradantes del entorno son empleadas por el autor para criticar
la actuación irreflexible del hombre para con la naturaleza, que
pone en peligro su propia existencia.
Tengamos siempre presente que la preservación del entorno
depende de nuestras acciones colectivas y el medio ambiente de
mañana de nuestras acciones de hoy.
Citas Bibliográficas
Baquero, Mariano. Proceso de la novela actual.
Madrid: Ediciones Rialp, S.A., 1963.
Contreras Castro, Fernando. Única mirando al
mar. San José: Ediciones FARBEN, 1994.
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I Número
15 I
2008 ©
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