México, Distrito Federal I Noviembre- Diciembre 2008 I Año 3 I Número 17 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

 

Semántica 

 

Álvaro Antonio Bernal (Bogotá, Colombia 1971) Profesor de literatura y lengua en la Universidad de Pittsburgh en Johnstown, Estados Unidos. Tiene una licenciatura en lenguas modernas de la Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá. Posee una Maestría en literatura norteamericana de Governors State University y una en literatura hispanoamericana de University of Northen Iowa. Su doctorado en literatura es de University of Iowa. Ha publicado algunos artículos en revistas especializadas en Colombia y Estados Unidos, y en su tiempo libre escribe relatos y microrelatos. En la actualidad trabaja en proyectos relacionados con literatura urbana contemporánea cuyos escenarios son Bogotá, Santiago y Buenos Aires.

 

Comencé a interesarme en el apartamento que quedaba justo al frente del mío desde la primera vez que vine a esta ciudad un año atrás. Su puerta estaba hecha de una madera vieja pero revestida con un barniz que le daba un toque brillante. Tenía una hendidura al costado derecho, había sufrido un golpe con fortaleza. Una puerta que por mucho tiempo me causó más que curiosidad. En aquella ocasión varias veces escuché música y voces que apenas se oían, todo dentro de una atmósfera medio clandestina, esto último a manera de especulación muy mía.  

Alguna vez venía caminando pausadamente por Ayacucho y Lavalle, llegando a Córdoba advertí la presencia de una mujer de mi estatura, delgada, con botas altas, negras, muy estilizada como muchas argentinas, que caminaba adelante de mí a escasos dos metros. Caminamos juntos, pasamos por Viamonte y llegamos a Córdoba. Poco a poco nos íbamos dirigiendo al mismo lugar. Pensé que tal vez sería una residente más de uno de los dos edificios que se tocan en la esquina entre Córdoba y Junín. Curioso, llegamos al  mismo edificio, ella abrió la puerta, yo di las gracias, entramos los dos, esta vez me adelanté y llamé el ascensor. Ella me siguió. Los dos hicimos cara de interrogación pero disimulamos como si la acción fuera una más ese día. Ambos en el ascensor llegamos al mismo piso. Yo giré a la izquierda y ella a la derecha. Yo en el 8D, ella en el 8C. Días después, coincidí en el mismo ritual. Quizá en el quinto o sexto encuentro ella abrió la boca, dijo hola, yo la abrí también, dije hola.  

Una madrugada después de asistir a un mini encuentro de conocidos ostentosos llegué a mi apartamento y en el sospechoso silencio de esa hora, cuando introducía la llave en la cerradura de la puerta, escuché susurros y algunos griticos agitados, o grititos como dicen por esas tierras, que provenían del 8C. Tuve la tentación de acercarme a la puerta y escuchar con detenimiento, lo pensé, lo volví a pensar, no lo hice, seguí mi rutina nocturna.  

El tiempo pasó en esa temporada que viví en Buenos Aires. Solamente, cuando ya tenía que dejar el apartamento observé un hombre que salía del 8C. Me llamó la atención la edad del sujeto pero no tuve tiempo para maquinar o especular. La imagen de este lugar, me refiero al 8C,  mucho después me despertó inquietud. Seguramente, pensaba, sería un apartamento igual al mío, una especie de estudio, de una alcoba, una cocina pequeña, una sala y un baño. Lo necesario para un solo habitante o tal vez una pareja. No más de eso. El edificio no daba para muchas comodidades, entiendo que no había apartamentos muy grandes. Estaba habitado por diversos personajes tales como ejecutivos jóvenes recién casados, ancianos y estudiantes, muchos estudiantes por la cercanía del sitio con las facultades de Medicina, Odontología y Ciencias Económicas.  

Me acoplé al edificio, lo fui haciendo mío como el barrio y en general la ciudad. Me gustaba cerrar las dos rejitas del ascensor, escuchaba el subir y bajar de ese vieja celda. Después la encontré común al descubrir que la mayoría de edificios de esta ciudad tenían el mismo sistema de ascensores, la misma celdita. Poco a poco le fui perdiendo ese gusto inicial. En la semana de mi despedida, pregunté al portero quién vivía en el 8C. Martín, se sonrió no sé por qué razón, igual terminamos hablando de otra cosa. Así fue que ese año, durante aquella estadía, no supe quién verdaderamente vivía allí. Jamás volví a pensar en eso durante los siguientes meses. 

Al año exacto regresé a ese edificio y al mismo apartamento, otra temporada más por motivos de trabajo y de ocio. Esa primera vez de aquella segunda estadía, al subir por la vieja celdita, identifiqué el mismo perfume suave de la mujer que indirectamente había seguido un año atrás y que resultó viviendo en el apartamento de al frente. Ese aroma inmediatamente me transportó a mi vida pasada en esta ciudad. Si antes la había pensado, esta vez, motivado por ese aroma la volví a pensar y me agitaba la idea de saber un poco más de ella. Tuve la duda de que alguien diferente podría estar viviendo ahí.

En los primeros días no supe nada, no vi nada. Mi rutina era normal y me tropecé con otras personas en el ascensor; pensaba que alguna de ellas subiría al piso 8, al apartamento 8C, pero no, ninguna lo hacía. Cuando coincidíamos en la celda, yo les preguntaba y me respondían que iban al tercero, al décimo, al noveno.  

Una tarde en la que la temperatura subió de manera insólita y la humedad era alta para la época del año, me crucé otra vez con ella en la celdita, yo respiré y descansé. Esta vez ella preguntó para qué piso iba yo. Yo comenté algo del clima. Ese comentario dio la oportunidad para charlar o mejor extender la frase. El trayecto de la planta baja al octavo piso duraba exactos 16 segundos. El tiempo necesario para intercambiar dos frases. Me preguntó de dónde era, yo respondí y le debió sonar interesante pues con una frase más agregó que mi país lo imaginaba con flores de colores. Esos instantes me ayudaron a confirmar que era muy joven, delgada, muy finita, bonita de rostro, rasgos suaves, tez blanca, mirada de quinceañera inocente. Quizá en esa oportunidad mi atención se centró en lo bien vestida que estaba, sobria pero elegante, un cabello de comercial de televisión. Para mí encajaba perfectamente en mi imaginario de la mujer argentina. Algo también pensé, del todo no me atraía mucho, no pasaría desapercibida entre la multitud pero difícilmente estaría de primeras en la lista. 

Por una semana me desentendí de la vecina. Yo en mis cosas, entre viajar, leer, caminar, visitar uno que otro conocido e ir a fútbol. Un martes a eso de las 4pm, o las 16 argentinas, entrando a mi apartamento volví a ver salir del 8C a un hombre que seguramente sería su padre, o tal vez su tío, me vino a la cabeza el hombre de hace un año pero no era el mismo, lo juraría. Mi imaginación comenzaba a jugar. Era un tipo alto, bien vestido, canoso, de traje y corbata.  

Dentro de mis lecturas por ese entonces, sobresalía un cuento de Fontanarrosa que me había invitado a la reflexión, estaba por terminarlo, la historia se llamaba Una mujer independiente. Ya había leído Una lección de vida y me había encantado. Quise ir a Rosario, todo se quedó en el pensamiento y en mis ideas noctámbulas acerca del 8C.  

En la mañana del 24 de mayo y cuando salía del edificio Martín me entregó un mapa pequeño y arrugado de Buenos Aires que según él me lo había dejado la chica del 8C.  Esa noche al volver golpeé su puerta para agradecerle pero aunque se escuchaba música de la nigeriana Sade Adu, nadie me respondió. Pasaron otros días más y ya mi interés en saber quién o quiénes más vivían en ese apartamento iba decayendo.  

Ahora, haciendo memoria, recuerdo que hubo un martes, un jueves y me arriesgaría a decir que un viernes también, en que la celdita no descansó y la gente que la ocupaba llegaba al piso 8 y no precisamente a visitarme. Desde el ojo de buey de mi puerta observaba el desfile cada hora y media de hombres de variada edad. Esta vez supuse que el apartamento 8C era una especie de oficina de empleo o tal vez de abogados o alguna cosa parecida. Siempre pensé que yo era el único interesado en lo que pasaba en ese apartamento. Nadie en el edificio parecía importarle. Esta ciudad y su gente me daban la impresión de independencia, algo así como que cada uno haga lo que desee, igual a nadie le debe importar. Eso me gustaba de Buenos Aires, era libertad y anonimato.

En la noche del jueves 29 caminé a su puerta para agradecerle el regalo del mapa, jamás supe si era prestado o regalado, de todas formas no se lo devolví. Esta vez ella salió y fue amable por unos minutos hasta que sonó su teléfono y yo sin quererlo terminé despidiéndome. Vi  fugazmente que su apartamento era muy parecido al mío pero su decoración era juvenil, tenía un dejo de mundo que el mío no contaba. No vi mucho pero lo poco que vi me gustó.

A la siguiente semana en la celdita nos volvimos a encontrar una noche y esta vez hablamos más, me dijo que tenía tiempo para tomarnos unos mates. Pensé que me invitaría a su apartamento pero no. Solamente dejó su bolso en su lugar y me dijo que a la vuelta había un café. En ese bar la concurrencia era de estudiantes de la UBA, ella pidió un termo y tomamos “unos matecitos” en un mismo recipiente. Indagó por lo que yo hacía, me contó que había vivido tres meses en Barcelona, que estudiaba periodismo en las noches, en algunas noches corrigió. Se mostró muy interesada en volvernos a ver. Esta vez la observé más tranquila y dispuesta al diálogo. Sí, era muy joven, bonita pero no lo suficiente. Al finalizar la bebida, habló de su procedencia, era de Zona Sur, de Banfield. Cuando entramos en el tema del fútbol afirmó que era hincha del “taladro”, me aseguró que tenía un tatuaje de un “taladrito” en su cuerpo, yo imaginé en dónde, lo imaginé rápido. En eso andábamos cuando su teléfono celular repicó con una canción de moda en un instante inusual. A los 18 minutos de haber entrado al bar “El galeno”, sutilmente me dijo que tenía que volver a su apartamento, esperaba a alguien. Quise preguntar el por qué de tanta gente que entraba y salía de él pero me pareció un hecho de poca importancia. Caminamos juntos, entramos al edificio, a la celda y en el octavo piso tomamos rumbos opuestos.  

Durante la semana siguiente nos comunicamos por correos electrónicos un par de veces, en especial cuando yo dejaba de verla aunque sabía que estaba en su apartamento por el continuo abrir y cerrar de puertas del ascensor que sucedía por lo general entre martes y viernes. Una noche más nos vimos en el mismo café y esa vez tuvimos más tiempo para hablar de todo y de nada. Me contó que su familia vivía en Banfield, que su padre había muerto y que tenía dos hermanas menores, dio a entender que las ayudaba económicamente. No recuerdo bien, dio el nombre de la menor, Romina, tal vez. Cuando hablaba mostraba que sabía bien lo que decía, tenía conocimientos en literatura, era culta, de aquellas mujeres que en una reunión no van a hablar de moda o de peinados. Pero tampoco era pretenciosa, no era de aquellas que hablan de todo sin saber de nada, no jugaba a la pose intelectual conmigo, hablaba y dejaba hablar. Esa vez me ofreció una entrada para una comedia que se presentaba en un teatro de Corrientes. Me dijo que yo me iba a sorprender con la protagonista. Efectivamente así fue, la protagonista de la comedia era Florencia de la V, un popular travesti del mundo del espectáculo argentino. En su conversación final me convencí de su inteligencia. Las veces en que estuvimos en el café no la relacioné mucho con los otros estudiantes que estaban entre libros y gaseosas, su vestimenta siempre se alejaba del común.

Una tarde me vio de reojo desde una cafetería cercana a la entrada del edificio y me buscó para un favor. Era el trozo de una traducción que me pidió corregirle. Lo leí y era un párrafo largo que hablaba de “La belleza y la magia de Bariloche para vivirlo en pareja”, así decía el título en letras azules que contrastaban con letreros en desvanecidas tonalidades del mismo azul. Había que escribirlo en inglés y no revestía mayor dificultad, lo hicimos en menos de media hora, ella algo sabía del idioma pero se mostraba insegura, las frases que había escrito no estaban mal del todo, conocía la gramática inglesa. Mencionó que era una tarea para una clase, lo repitió dos veces, yo nunca se lo pregunté. Esa vez comentó que tenía familia en Houston y que le gustaría ir a visitarlos. En retribución por lo de la traducción que corregimos en mi apartamento me regaló una cajita de alfajores muy dulces que casi no me los pude comer, me parecieron viejos. Aquí, lo dulce es muy dulce, pensé.

La semana de mi retorno volví a escuchar en las tardes algo de movimiento en su apartamento. Me pregunté si ese agite era normal para todos los del edificio o si yo era el único que estaba presto a cualquier sonido que saliera de la puerta de madera barnizada. Creo que la respuesta era la segunda.  

La noche antes de partir rumbo a mi país me despedí y ella, una vez más fue amable y me sorprendió con un rompecabezas de espuma que tenía el mapa de Argentina, cada partecita era una provincia del país, tenía los colores de la bandera. Yo no tuve nada que regalarle, si me hubiera interesado seguro que algo le hubiera entregado. Me porté como el interesado que siempre he sido. La verdad mi curiosidad, o deba decir interés, hacia ella y su apartamento iba por otro camino. En todo caso la despedida fue muy sentida, al menos de mi parte, hasta cariño le había tomado, me gustaba verla y hablarle. Presiento que ella pudo sentir lo mismo. 

Hoy, un mes después de haber dejado Buenos Aires, recibí un correo electrónico de ella. Me dice que está muy feliz porque viajará al Caribe a pasear muy pronto. Me pregunta por hoteles y balnearios en Cartagena y Santa Marta. Me dice que me puede llamar en cualquier momento, le he preguntado la causa del viaje y en su último mensaje responde con un evasivo: “negocios” acompañado de algunos puntos suspensivos. 

Concluyo que en Argentina aprendí que la semántica es amplia y que cada palabra se pierde en decenas de significados que el hablante o el grupo de hablantes le otorgan según el contexto, las circunstancias, el momento. Eso lo descubrí cuando le dije adiós al portero del edificio. El 16 de junio cuando me despedí de Martín y salía con mis maletas para Ezeiza indagué una vez más qué hacía la chica del 8C además de estudiar. El respondió seco, “mirá, ella estudia poco, es promotora, una exitosa promotora”, agregó despacio y enfático.


 

 

 

 

 

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