Comencé a interesarme en el apartamento que quedaba
justo al frente del mío desde la primera vez que
vine a esta ciudad un año atrás. Su puerta estaba
hecha de una madera vieja pero revestida con un
barniz que le daba un toque brillante. Tenía una
hendidura al costado derecho, había sufrido un golpe
con fortaleza. Una puerta que por mucho tiempo me
causó más que curiosidad. En aquella ocasión varias
veces escuché música y voces que apenas se oían,
todo dentro de una atmósfera medio clandestina, esto
último a manera de especulación muy mía.
Alguna vez venía caminando pausadamente por Ayacucho
y Lavalle, llegando a Córdoba advertí la presencia
de una mujer de mi estatura, delgada, con botas
altas, negras, muy estilizada como muchas argentinas,
que caminaba adelante de mí a escasos dos metros.
Caminamos juntos, pasamos por Viamonte y llegamos a
Córdoba. Poco a poco nos íbamos dirigiendo al mismo
lugar. Pensé que tal vez sería una residente más de
uno de los dos edificios que se tocan en la esquina
entre Córdoba y Junín. Curioso, llegamos al mismo
edificio, ella abrió la puerta, yo di las gracias,
entramos los dos, esta vez me adelanté y llamé el
ascensor. Ella me siguió. Los dos hicimos cara de
interrogación pero disimulamos como si la acción
fuera una más ese día. Ambos en el ascensor llegamos
al mismo piso. Yo giré a la izquierda y ella a la
derecha. Yo en el 8D, ella en el 8C. Días después,
coincidí en el mismo ritual. Quizá en el quinto o
sexto encuentro ella abrió la boca, dijo hola, yo la
abrí también, dije hola.
Una madrugada después de asistir a un mini encuentro
de conocidos ostentosos llegué a mi apartamento y en
el sospechoso silencio de esa hora, cuando
introducía la llave en la cerradura de la puerta,
escuché susurros y algunos griticos agitados, o
grititos como dicen por esas tierras, que provenían
del 8C. Tuve la tentación de acercarme a la puerta y
escuchar con detenimiento, lo pensé, lo volví a
pensar, no lo hice, seguí mi rutina nocturna.
El tiempo pasó en esa temporada que viví en Buenos
Aires. Solamente, cuando ya tenía que dejar el
apartamento observé un hombre que salía del 8C. Me
llamó la atención la edad del sujeto pero no tuve
tiempo para maquinar o especular. La imagen de este
lugar, me refiero al 8C, mucho después me despertó
inquietud. Seguramente, pensaba, sería un
apartamento igual al mío, una especie de estudio, de
una alcoba, una cocina pequeña, una sala y un baño.
Lo necesario para un solo habitante o tal vez una
pareja. No más de eso. El edificio no daba para
muchas comodidades, entiendo que no había
apartamentos muy grandes. Estaba habitado por
diversos personajes tales como ejecutivos jóvenes
recién casados, ancianos y estudiantes, muchos
estudiantes por la cercanía del sitio con las
facultades de Medicina, Odontología y Ciencias
Económicas.
Me acoplé al edificio, lo fui haciendo mío como el
barrio y en general la ciudad. Me gustaba cerrar las
dos rejitas del ascensor, escuchaba el subir y bajar
de ese vieja celda. Después la encontré común al
descubrir que la mayoría de edificios de esta ciudad
tenían el mismo sistema de ascensores, la misma
celdita. Poco a poco le fui perdiendo ese gusto
inicial. En la semana de mi despedida, pregunté al
portero quién vivía en el 8C. Martín, se sonrió no
sé por qué razón, igual terminamos hablando de otra
cosa. Así fue que ese año, durante aquella estadía,
no supe quién verdaderamente vivía allí. Jamás volví
a pensar en eso durante los siguientes meses.
Al año exacto regresé a ese edificio y al mismo
apartamento, otra temporada más por motivos de
trabajo y de ocio. Esa primera vez de aquella
segunda estadía, al subir por la vieja celdita,
identifiqué el mismo perfume suave de la mujer que
indirectamente había seguido un año atrás y que
resultó viviendo en el apartamento de al frente. Ese
aroma inmediatamente me transportó a mi vida pasada
en esta ciudad. Si antes la había pensado, esta vez,
motivado por ese aroma la volví a pensar y me
agitaba la idea de saber un poco más de ella. Tuve
la duda de que alguien diferente podría estar
viviendo ahí.
En los primeros días no supe nada, no vi nada. Mi
rutina era normal y me tropecé con otras personas en
el ascensor; pensaba que alguna de ellas subiría al
piso 8, al apartamento 8C, pero no, ninguna lo hacía.
Cuando coincidíamos en la celda, yo les preguntaba y
me respondían que iban al tercero, al décimo, al
noveno.
Una tarde en la que la temperatura subió de manera
insólita y la humedad era alta para la época del año,
me crucé otra vez con ella en la celdita, yo respiré
y descansé. Esta vez ella preguntó para qué piso iba
yo. Yo comenté algo del clima. Ese comentario dio la
oportunidad para charlar o mejor extender la frase.
El trayecto de la planta baja al octavo piso duraba
exactos 16 segundos. El tiempo necesario para
intercambiar dos frases. Me preguntó de dónde era,
yo respondí y le debió sonar interesante pues con
una frase más agregó que mi país lo imaginaba con
flores de colores. Esos instantes me ayudaron a
confirmar que era muy joven, delgada, muy finita,
bonita de rostro, rasgos suaves, tez blanca, mirada
de quinceañera inocente. Quizá en esa oportunidad mi
atención se centró en lo bien vestida que estaba,
sobria pero elegante, un cabello de comercial de
televisión. Para mí encajaba perfectamente en mi
imaginario de la mujer argentina. Algo también pensé,
del todo no me atraía mucho, no pasaría
desapercibida entre la multitud pero difícilmente
estaría de primeras en la lista.
Por una semana me desentendí de la vecina. Yo en mis
cosas, entre viajar, leer, caminar, visitar uno que
otro conocido e ir a fútbol. Un martes a eso de las
4pm, o las 16 argentinas, entrando a mi apartamento
volví a ver salir del 8C a un hombre que seguramente
sería su padre, o tal vez su tío, me vino a la
cabeza el hombre de hace un año pero no era el mismo,
lo juraría. Mi imaginación comenzaba a jugar. Era un
tipo alto, bien vestido, canoso, de traje y corbata.
Dentro de mis lecturas por ese entonces, sobresalía
un cuento de Fontanarrosa que me había invitado a la
reflexión, estaba por terminarlo, la historia se
llamaba Una mujer independiente. Ya había leído
Una lección de vida y me había encantado.
Quise ir a Rosario, todo se quedó en el pensamiento
y en mis ideas noctámbulas acerca del 8C.
En la mañana del 24 de mayo y cuando salía del
edificio Martín me entregó un mapa pequeño y
arrugado de Buenos Aires que según él me lo había
dejado la chica del 8C. Esa noche al volver golpeé
su puerta para agradecerle pero aunque se escuchaba
música de la nigeriana Sade Adu, nadie me respondió.
Pasaron otros días más y ya mi interés en saber
quién o quiénes más vivían en ese apartamento iba
decayendo.
Ahora, haciendo memoria, recuerdo que hubo un martes,
un jueves y me arriesgaría a decir que un viernes
también, en que la celdita no descansó y la gente
que la ocupaba llegaba al piso 8 y no precisamente a
visitarme. Desde el ojo de buey de mi puerta
observaba el desfile cada hora y media de hombres de
variada edad. Esta vez supuse que el apartamento 8C
era una especie de oficina de empleo o tal vez de
abogados o alguna cosa parecida. Siempre pensé que
yo era el único interesado en lo que pasaba en ese
apartamento. Nadie en el edificio parecía importarle.
Esta ciudad y su gente me daban la impresión de
independencia, algo así como que cada uno haga lo
que desee, igual a nadie le debe importar. Eso me
gustaba de Buenos Aires, era libertad y anonimato.
En la noche del jueves 29 caminé a su puerta para
agradecerle el regalo del mapa, jamás supe si era
prestado o regalado, de todas formas no se lo
devolví. Esta vez ella salió y fue amable por unos
minutos hasta que sonó su teléfono y yo sin quererlo
terminé despidiéndome. Vi fugazmente que su
apartamento era muy parecido al mío pero su
decoración era juvenil, tenía un dejo de mundo que
el mío no contaba. No vi mucho pero lo poco que vi
me gustó.
A la siguiente semana en la celdita nos volvimos a
encontrar una noche y esta vez hablamos más, me dijo
que tenía tiempo para tomarnos unos mates. Pensé que
me invitaría a su apartamento pero no. Solamente
dejó su bolso en su lugar y me dijo que a la vuelta
había un café. En ese bar la concurrencia era de
estudiantes de la UBA, ella pidió un termo y tomamos
“unos matecitos” en un mismo recipiente. Indagó por
lo que yo hacía, me contó que había vivido tres
meses en Barcelona, que estudiaba periodismo en las
noches, en algunas noches corrigió. Se mostró muy
interesada en volvernos a ver. Esta vez la observé
más tranquila y dispuesta al diálogo. Sí, era muy
joven, bonita pero no lo suficiente. Al finalizar la
bebida, habló de su procedencia, era de Zona Sur, de
Banfield. Cuando entramos en el tema del fútbol
afirmó que era hincha del “taladro”, me aseguró que
tenía un tatuaje de un “taladrito” en su cuerpo, yo
imaginé en dónde, lo imaginé rápido. En eso
andábamos cuando su teléfono celular repicó con una
canción de moda en un instante inusual. A los 18
minutos de haber entrado al bar “El galeno”,
sutilmente me dijo que tenía que volver a su
apartamento, esperaba a alguien. Quise preguntar el
por qué de tanta gente que entraba y salía de él
pero me pareció un hecho de poca importancia.
Caminamos juntos, entramos al edificio, a la celda y
en el octavo piso tomamos rumbos opuestos.
Durante la semana siguiente nos comunicamos por
correos electrónicos un par de veces, en especial
cuando yo dejaba de verla aunque sabía que estaba en
su apartamento por el continuo abrir y cerrar de
puertas del ascensor que sucedía por lo general
entre martes y viernes. Una noche más nos vimos en
el mismo café y esa vez tuvimos más tiempo para
hablar de todo y de nada. Me contó que su familia
vivía en Banfield, que su padre había muerto y que
tenía dos hermanas menores, dio a entender que las
ayudaba económicamente. No recuerdo bien, dio el
nombre de la menor, Romina, tal vez. Cuando hablaba
mostraba que sabía bien lo que decía, tenía
conocimientos en literatura, era culta, de aquellas
mujeres que en una reunión no van a hablar de moda o
de peinados. Pero tampoco era pretenciosa, no era de
aquellas que hablan de todo sin saber de nada, no
jugaba a la pose intelectual conmigo, hablaba y
dejaba hablar. Esa vez me ofreció una entrada para
una comedia que se presentaba en un teatro de
Corrientes. Me dijo que yo me iba a sorprender con
la protagonista. Efectivamente así fue, la
protagonista de la comedia era Florencia de la V, un
popular travesti del mundo del espectáculo argentino.
En su conversación final me convencí de su
inteligencia. Las veces en que estuvimos en el café
no la relacioné mucho con los otros estudiantes que
estaban entre libros y gaseosas, su vestimenta
siempre se alejaba del común.
Una tarde me vio de reojo desde una cafetería
cercana a la entrada del edificio y me buscó para un
favor. Era el trozo de una traducción que me pidió
corregirle. Lo leí y era un párrafo largo que
hablaba de “La belleza y la magia de Bariloche para
vivirlo en pareja”, así decía el título en letras
azules que contrastaban con letreros en desvanecidas
tonalidades del mismo azul. Había que escribirlo en
inglés y no revestía mayor dificultad, lo hicimos en
menos de media hora, ella algo sabía del idioma pero
se mostraba insegura, las frases que había escrito
no estaban mal del todo, conocía la gramática
inglesa. Mencionó que era una tarea para una clase,
lo repitió dos veces, yo nunca se lo pregunté. Esa
vez comentó que tenía familia en Houston y que le
gustaría ir a visitarlos. En retribución por lo de
la traducción que corregimos en mi apartamento me
regaló una cajita de alfajores muy dulces que casi
no me los pude comer, me parecieron viejos. Aquí, lo
dulce es muy dulce, pensé.
La semana de mi retorno volví a escuchar en las
tardes algo de movimiento en su apartamento. Me
pregunté si ese agite era normal para todos los del
edificio o si yo era el único que estaba presto a
cualquier sonido que saliera de la puerta de madera
barnizada. Creo que la respuesta era la segunda.
La noche antes de partir rumbo a mi país me despedí
y ella, una vez más fue amable y me sorprendió con
un rompecabezas de espuma que tenía el mapa de
Argentina, cada partecita era una provincia del país,
tenía los colores de la bandera. Yo no tuve nada que
regalarle, si me hubiera interesado seguro que algo
le hubiera entregado. Me porté como el interesado
que siempre he sido. La verdad mi curiosidad, o deba
decir interés, hacia ella y su apartamento iba por
otro camino. En todo caso la despedida fue muy
sentida, al menos de mi parte, hasta cariño le había
tomado, me gustaba verla y hablarle. Presiento que
ella pudo sentir lo mismo.
Hoy, un mes después de haber dejado Buenos Aires,
recibí un correo electrónico de ella. Me dice que
está muy feliz porque viajará al Caribe a pasear muy
pronto. Me pregunta por hoteles y balnearios en
Cartagena y Santa Marta. Me dice que me puede llamar
en cualquier momento, le he preguntado la causa del
viaje y en su último mensaje responde con un evasivo:
“negocios” acompañado de algunos puntos
suspensivos.
Concluyo que en Argentina aprendí que la semántica
es amplia y que cada palabra se pierde en decenas de
significados que el hablante o el grupo de hablantes
le otorgan según el contexto, las circunstancias, el
momento. Eso lo descubrí cuando le dije adiós al
portero del edificio. El 16 de junio cuando me
despedí de Martín y salía con mis maletas para
Ezeiza indagué una vez más qué hacía la chica del 8C
además de estudiar. El respondió seco, “mirá, ella
estudia poco, es promotora, una exitosa promotora”,
agregó despacio y enfático.
