Brooke Cadwallader
(Manila, 1948),
como suele definirse él mismo, es un “economista
jubilado”. Nacido en Filipinas de padre
estadounidense y de madre hispanofilipina,
Cadwallader ha vivido en esa sociedad criolla y
mestiza que ha estado presente masivamente en este
país asiático hasta hace pocas décadas y que ha
empezado a emigrar hacia Australia, América y Europa
a partir de los años sesenta. Su testimonio es
precioso porque contribuye a reconstruir la historia
reciente de Filipinas desde un punto de vista
privado, pero auténtico, de la evolución social,
cultural, lingüística y política filipinas. Su
lectura de los hechos que marcaron al archipiélago
en la segunda mitad del siglo XX, no es simplemente
la opinión de un testigo ocular de los eventos, sino
que Brooke Cadwallader es, por afición, un fino
estudioso e investigador de la cultura e historia
filipinas; en efecto es miembro de la Asociación
Española de Estudios del Pacífico (AEEP) y en sus
ensayos se ha ocupado de estudiar la cultura
filipina en sus diferentes aspectos con particular
atención a la dimensión histórica y literaria y al
aporte de la cultura hispánica. Aunque creció en la
capital filipina, vive en la actualidad entre Europa
y América.
A.G.: Su padre era un ciudadano de Estados Unidos
que se trasladó a Filipinas cuando ésta era aún
colonia norteamericana; su madre pertenecía a esa
“aristocracia mestiza” de cultura hispana que ha
animado durante mucho tiempo la vida económica,
política, social y cultural de Filipinas hasta
tiempos recientes, y que todavía está presente en el
país, ¿hasta qué punto su familia era representativa
de la sociedad filipina? ¿Y cómo ha cambiado la
estructura social y cultural del país?
B.C.: Mi familia formaba parte de una élite y por
tanto no de la sociedad filipina en general. En
realidad, por razones económicas, lingüísticas y
étnicas, en Filipinas no existía una, sino varias
sociedades, con mayor o menor grado de
interconexión. Aquella a la que yo pertenecía estaba
compuesta mayormente de españoles, mestizos,
europeos, norteamericanos y asiático-filipinos de
habla hispana. Vivíamos en Manila o en los aledaños
de ésta.
La ciudad de Manila donde pasé mis primeros 18 años
quedó casi completamente destruida durante la
Segunda Guerra Mundial y con ella pereció también,
literal y metafóricamente, gran parte del tejido
social y cultural de la preguerra. Desde luego que,
en este proceso de cambio, mediaban también otros
factores pero, a mi juicio, la desastrosa guerra de
1941-1945 despedazó la columna vertebral del país
entero, la de mi propia sociedad inclusive. Las
heridas físicas y económicas ocasionadas durante
aquellos años tardaron muchísimo en curarse. A mi
parecer no se han curado aún.
La cultura de Filipinas ya había ido transformándose
rápidamente durante los años 20 y 30, en menoscabo
de lo hispánico y en beneficio de lo angloamericano.
Ésta fue también la trayectoria de nuestra cultura
durante los años 50 y 60, pues ya para el año 1970
la cultura hispánica parecía revelarse sólo de modo
indirecto y a esas alturas bien poco se oía hablar
el español fuera de los domicilios de las familias
de la élite de antaño, cada vez menor en número. La
gran mayoría de la comunidad norteamericana, al
igual que buena parte de la española, se marchó del
país en la inmediata posguerra, pues entre los
escombros de lo que habían sido su vida y su hogar
se vislumbraba un futuro nada halagüeño.
A.G.: Hasta los años 30 el español era la lengua
preferida por la elite mientras que el inglés se iba
afianzando poco a poco incluso por imposición de las
autoridades. ¿Cómo cambiaron las cosas en las
décadas siguientes? ¿Qué lenguas se hablaban en su
casa, en la escuela y en la sociedad manileña de los
50 y 60? ¿Es verdad lo que se dice que en el seno de
una misma familia era consueto hablar más idiomas,
castellano los padres, inglés los hijos, etc.?
¿Dónde aprendió usted castellano, por ejemplo? ¿En
qué lengua se educó? ¿Hablaba filipino en la época
de su juventud? ¿Con quién? ¿Y qué tipo de filipino
se hablaba?
B.C.: La respuesta a esta pregunta, en buena medida,
podría deducirse de lo que he expuesto más arriba: a
partir de los comienzos del siglo XX, se hablaba
cada año menos el español y más el inglés. Dada la
implacable y persistente política educativa de EEUU,
el desenlace de esta saga lingüística no podía haber
sido otro. Se reduce a esto: a partir del año 1910
poco más o menos, eran poquísimos los colegios que
permitían la enseñanza en español; ya para el año
1920 sólo el Ateneo de Manila tenía el español como
lengua de instrucción y este mismo Ateneo pasó a
adoptar exclusivamente el inglés a partir de 1925.
Cerca de 1930 el inglés pesaba mucho más que el
español en todos los ámbitos: el comercial, el
periodístico, el industrial, el tecnológico. El
castellano seguía gozando de un mayor grado de
prestigio en la vida social, situación que
continuaba aún en los años 70 (según afirma el
estudioso norteamericano Lewis E. Gleeck, Jr. en
1977). Sin embargo, a efectos prácticos el español
se iba quedando progresivamente más marginado desde
al menos 1910; y no poco a poco sino a pasos
galopantes.
Vengo de un hogar bilingüe en el que se hablaba
inglés y español. En todos los colegios, tanto
públicos como privados, se enseñaba en inglés en los
años 50 y 60. El lugar asignado a la lengua tagala
no debe ser tratado aquí, pues variaba mucho según
la región y el tipo de escuela. Después de
independizarse de EEUU, el gobierno filipino hizo
obligatorio el español como asignatura en las
escuelas secundarias pero este intento fracasó en
parte debido a la falta de profesores preparados.
Sin embargo se logró que el número de filipinos que
entendían el castellano subiera apreciablemente.
Sí, era muy común que en el seno de una misma
familia los niños mayores se hablaran en español y
los niños menores en inglés. En los entornos
familiares de muchos amigos míos, los niños nacidos
antes de 1949 solían hablarse en español, mientras
que los que habían nacido en 1951 y más adelante
empleaban el inglés entre sí.
Yo me eduqué en inglés como todos, pero mi colegio
tenía el castellano como asignatura obligatoria
desde el primer año de la escuela primaria. Era ésta
una situación muy excepcional, cuando no única.
En mi juventud, se hablaba tagalog (no
precisamente el filipino, o pilipino, que no es una
lengua popular sino en cierto grado sintética). Yo,
por mi parte, al igual que la gran mayoría de mi
comunidad, hablaba tagalog sólo con gente
cuyo inglés o español era insuficiente. En mi caso
particular, diré que hablaba español con un 50% de
mis amigos aproximadamente, incluso con muchos que
tenían, como yo, pasaporte estadounidense.
A.G.: Usted pertenece a esa generación nacida
inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial,
guerra que en Filipinas fue particularmente cruenta,
habiéndose convertido el país en campo de batalla
entre Japón y Estados Unidos, ¿qué recuerda de lo
que le contaban los filipinos que sobrevivieron?
¿Cuál fue la percepción de esta guerra por parte de
la población civil y de la aptitud hacia los
americanos? ¿Cómo recuerda esos primeros años de
independencia y posguerra?
B.C.: Durante los años 50 y 60, literalmente a
diario, se oía hablar de la guerra. Prácticamente
todos admiraban y adoraban al Gral. Douglas
MacArthur y se sentían agradecidos a las tropas de
EEUU por habernos liberado del yugo japonés. Al
mismo tiempo la mayoría del pueblo, sobre todo las
clases medias y altas (es decir, nuestra comunidad)
tenía un terror pánico a la expansión del comunismo
global; a quedar arrinconados por éste. La caída de
la China continental en manos de los comunistas en
1949, la revolución comunista en la Indochina
Francesa y la chapuza que la administración de
Truman hizo de la guerra de Corea literalmente
hicieron que se marchase en 1950-1951 la mitad de
los pocos norteamericanos que habían decidido
permanecer en Filipinas después de acabar la Segunda
Guerra Mundial. Además, la guerra librada contra los
comunistas en Filipinas (1946-1954) constituyó otro
factor que ahuyentó a norteamericanos y a españoles
por igual, reduciendo así aún más el número de
personas que integraban nuestra comunidad.
Aparte de lo susodicho, y teniendo en cuenta el
aprecio por EEUU que reinaba en Filipinas, había
muchos roces entre filipinos y norteamericanos en la
inmediata posguerra, tanto a nivel individual como a
nivel político. Además, desde bien antes de 1950
comenzaban a salir muchos libros y artículos
publicados en EEUU y también en Filipinas que ponían
en entredicho la gestión del gobierno estadounidense
respecto al ataque a Pearl Harbor, la llamada
“capitulación de Yalta”, las derrotas sufridas por
las tropas de EEUU frente a Japón en 1941-1942 y
sobre todo, la vertiginosa expansión del comunismo,
con la aparente anuencia del gobierno americano, en
detrimento de Filipinas y del mundo libre en
general. Se ha escrito, y se seguirá escribiendo
mucho, sobre este tema. Basta decir que en aquel
tiempo la palabra comunismo era la más sucia
del léxico y que la imagen de Estados Unidos como
país omnipotente y super-sabio quedó muy seriamente
dañada. Los resentimientos contra EEUU crecieron de
forma constante durante varias décadas. Esto fue lo
que nos trajo la guerra.
A.G.: La política filipina parece hoy en día
ahogarse en una situación de estancamiento y
parálisis, y junto con la radicalización de los
problemas mundiales por un lado, y la expansión de
la corrupción a todos los niveles por el otro,
parece no ofrecer esperanza alguna para el porvenir.
Esto facilita en mucha gente una aptitud de añoranza
de esas épocas en las que un poder político
totalitario si lo controlaba todo, también daba la
impresión de saber gestionar cualquier problema. En
el caso de Filipinas hay quien recuerda la época de
Ferdinand Marcos (1965-1986) como un período
positivo y de desarrollo y hay quien la considera
como la catástrofe del país. ¿Qué recuerda y qué
puede decir de esos veinte años? ¿Le pareció
realmente un período próspero o fue en cambio un
momento de decadencia moral y difusión de la
corrupción a todos los niveles que pervirtió
irremediablemente al pueblo filipino?
B.C.: Cabe recordar que la era de Marcos tuvo dos
fases: la democrática (1966-1972), y la dictatorial
(1972-1986). Como es lógico, durante esos 20 años
unos prosperaron y otros no. Por supuesto que la
Filipinas de 1966-1986 no fue un paraíso ni mucho
menos, sino un país abatidamente pobre como lo es
todavía y como lo había sido mucho antes de Marcos.
Lo mismo podría decirse sobre el grado de corrupción
política.
A.G.: Usted lleva muchos años viviendo fuera de
Filipinas, ¿cuáles han sido las razones de este
cambio? ¿Simplemente el deseo de vivir fuera o
también la imposibilidad de quedarse en el país como
un ciudadano con todos los derechos?
B.C.: No nos convenía seguir viviendo en un país que
se volvía cada vez más anti-norteamericano y anti-extranjero
en general. Además el futuro económico de Filipinas
seguía pareciendo oscuro y a esas alturas la
grandísima mayoría de nuestra comunidad ya se había
marchado.
A.G.: El castellano que usted habla lo aprendió en
Filipinas, en el ámbito familiar. Es imprescindible
el aporte hispánico en la moderna cultura filipina,
y aunque los filipinos no sean latinoamericanos
tienen mucho en común con ellos. ¿El intelectual
filipino – estudioso, escritor, periodista,
cineasta, etc. - tiene una idea clara y correcta del
aporte hispánico y de la integrante cultural que
éste supone? ¿Se da cuenta de la importancia de esta
aportación dentro del complejo de la cultura
filipina?
B.C.: Decía el célebre escritor filipino Nick
Joaquín que durante todo el período en que Filipinas
era colonia de Estados Unidos, España tenía mala
prensa y que era hora de atribuirle finalmente los
debidos méritos a España. Las instituciones
norteamericanas intentaron, no sin éxito, pintar
España de colores poco favorecedores a lo largo del
período colonial. Esto, sin duda alguna, influyó,
como mínimo, en dos generaciones de intelectuales
filipinos. Aquí se trata de una historia muy larga y
enrevesada pero, a mi modo de ver, salvo notables
excepciones, la intelectualidad filipina no ha
reconocido debidamente la gran aportación de España,
y así ha sido tanto en la preguerra como en la
posguerra.
A pesar de todos los esfuerzos hechos entre 1898 y
1941 por los gobernantes estadounidenses por dañar,
cuando no destruir, el prestigio de la cultura
española, los hispanohablantes seguían siendo (al
menos hasta los años 70) el grupo más prestigioso de
la sociedad manileña. Durante los 50 y 60 muchas
familias (norteamericanas inclusive) mandaban a sus
hijas a España a estudiar en colegios exclusivos
para perfeccionar su dominio del español y también
para aprender mejor “portarse en sociedad”. Este
fenómeno lo conozco de cerca, pues muchas de estas
chicas eran amigas mías e incluso, en algunos casos,
eran mis primas norteamericanas.
A.G.: A finales del año pasado, la presidenta Gloria
Macapagal Arroyo declaró en Madrid que en Filipinas
se restauraría la enseñanza obligatoria y capilar
del español, ¿le parece ésta una medida útil y
oportuna? ¿Y realmente cree que el gobierno podrá
cumplir con este compromiso?
B.C.: Me parece estupendo que el gobierno filipino
se comprometa a ayudar la causa del idioma español
en Filipinas. Lo único es que no sé hasta qué punto
cuenta el gobierno con recursos adecuados para tan
descomunal tarea.
A.G.: ¿Cuál piensa que será el futuro del español en
Filipinas? ¿Y cuál debería ser el papel de España, y
de Hispanoamérica en la defensa del idioma?
B.C.: El futuro del español en Filipinas parece algo
incierto y esto es lamentable. Cualquier ayuda que
pudiesen prestar España y otros países del mundo
hispanohablante sería un acto de gran nobleza.