México, Distrito Federal I Noviembre- Diciembre 2008 I Año 3 I Número 17 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

Recuerdos de Filipinas.

Entrevista a Brooke Cadwallader

de la Asociación Española de Estudios del Pacífico

Por Andrea Gallo
 

 

Brooke Cadwallader (Manila, 1948), como suele definirse él mismo, es un “economista jubilado”. Nacido en Filipinas de padre estadounidense y de madre hispanofilipina, Cadwallader ha vivido en esa sociedad criolla y mestiza que ha estado presente masivamente en este país asiático hasta hace pocas décadas y que ha empezado a emigrar hacia Australia, América y Europa a partir de los años sesenta. Su testimonio es precioso porque contribuye a reconstruir la historia reciente de Filipinas desde un punto de vista privado, pero auténtico, de la evolución social, cultural, lingüística y política filipinas. Su lectura de los hechos que marcaron al archipiélago en la segunda mitad del siglo XX, no es simplemente la opinión de un testigo ocular de los eventos, sino que Brooke Cadwallader es, por afición, un fino estudioso e investigador de la cultura e historia filipinas; en efecto es miembro de la Asociación Española de Estudios del Pacífico (AEEP) y en sus ensayos se ha ocupado de estudiar la cultura filipina en sus diferentes aspectos con particular atención a la dimensión histórica y literaria y al aporte de la cultura hispánica. Aunque creció en la capital filipina, vive en la actualidad entre Europa y América.

 

 

A.G.: Su padre era un ciudadano de Estados Unidos que se trasladó a Filipinas cuando ésta era aún colonia norteamericana; su madre pertenecía a esa “aristocracia mestiza” de cultura hispana que ha animado durante mucho tiempo la vida económica, política, social y cultural de Filipinas hasta tiempos recientes, y que todavía está presente en el país, ¿hasta qué punto su familia era representativa de la sociedad filipina? ¿Y cómo ha cambiado la estructura social y cultural del país?

 

B.C.: Mi familia formaba parte de una élite y por tanto no de la sociedad filipina en general. En realidad, por razones económicas, lingüísticas y étnicas, en Filipinas no existía una, sino varias sociedades, con mayor o menor grado de interconexión. Aquella a la que yo pertenecía estaba compuesta mayormente de españoles, mestizos, europeos, norteamericanos y asiático-filipinos de habla hispana. Vivíamos en Manila o en los aledaños de ésta.

 

La ciudad de Manila donde pasé mis primeros 18 años quedó casi completamente destruida durante la Segunda Guerra Mundial y con ella pereció también, literal y metafóricamente, gran parte del tejido social y cultural de la preguerra. Desde luego que, en este proceso de cambio, mediaban también otros factores pero, a mi juicio, la desastrosa guerra de 1941-1945 despedazó la columna vertebral del país entero, la de mi propia sociedad inclusive. Las heridas físicas y económicas ocasionadas durante aquellos años tardaron muchísimo en curarse. A mi parecer no se han curado aún.

 

La cultura de Filipinas ya había ido transformándose rápidamente durante los años 20 y 30, en menoscabo de lo hispánico y en beneficio de lo angloamericano. Ésta fue también la trayectoria de nuestra cultura durante los años 50 y 60, pues ya para el año 1970 la cultura hispánica parecía revelarse sólo de modo indirecto y a esas alturas bien poco se oía hablar el español fuera de los domicilios de las familias de la élite de antaño, cada vez menor en número. La gran mayoría de la comunidad norteamericana, al igual que buena parte de la española, se marchó del país en la inmediata posguerra, pues entre los escombros de lo que habían sido su vida y su hogar se vislumbraba un futuro nada halagüeño.

 

A.G.: Hasta los años 30 el español era la lengua preferida por la elite mientras que el inglés se iba afianzando poco a poco incluso por imposición de las autoridades. ¿Cómo cambiaron las cosas en las décadas siguientes? ¿Qué lenguas se hablaban en su casa, en la escuela y en la sociedad manileña de los 50 y 60? ¿Es verdad lo que se dice que en el seno de una misma familia era consueto hablar más idiomas, castellano los padres, inglés los hijos, etc.? ¿Dónde aprendió usted castellano, por ejemplo? ¿En qué lengua se educó? ¿Hablaba filipino en la época de su juventud? ¿Con quién? ¿Y qué tipo de filipino se hablaba?

 

B.C.: La respuesta a esta pregunta, en buena medida, podría deducirse de lo que he expuesto más arriba: a partir de los comienzos del siglo XX, se hablaba cada año menos el español y más el inglés. Dada la implacable y persistente política educativa de EEUU, el desenlace de esta saga lingüística no podía haber sido otro. Se reduce a esto: a partir del año 1910 poco más o menos, eran poquísimos los colegios que permitían la enseñanza en español; ya para el año 1920 sólo el Ateneo de Manila tenía el español como lengua de instrucción y este mismo Ateneo pasó a adoptar exclusivamente el inglés a partir de 1925. Cerca de 1930 el inglés pesaba mucho más que el español en todos los ámbitos: el comercial, el periodístico, el industrial, el tecnológico. El castellano seguía gozando de un mayor grado de prestigio en la vida social, situación que continuaba aún en los años 70 (según afirma el estudioso norteamericano Lewis E. Gleeck, Jr. en 1977). Sin embargo, a efectos prácticos el español se iba quedando progresivamente más marginado desde al menos 1910; y no poco a poco sino a pasos galopantes.

 

Vengo de un hogar bilingüe en el que se hablaba inglés y español. En todos los colegios, tanto públicos como privados, se enseñaba en inglés en los años 50 y 60. El lugar asignado a la lengua tagala no debe ser tratado aquí, pues variaba mucho según la región y el tipo de escuela. Después de independizarse de EEUU, el gobierno filipino hizo obligatorio el español como asignatura en las escuelas secundarias pero este intento fracasó en parte debido a la falta de profesores preparados. Sin embargo se logró que el número de filipinos que entendían el castellano subiera apreciablemente.

 

Sí, era muy común que en el seno de una misma familia los niños mayores se hablaran en español y los niños menores en inglés. En los entornos familiares de muchos amigos míos, los niños nacidos antes de 1949 solían hablarse en español, mientras que los que habían nacido en 1951 y más adelante empleaban el inglés entre sí.

 

Yo me eduqué en inglés como todos, pero mi colegio tenía el castellano como asignatura obligatoria desde el primer año de la escuela primaria. Era ésta una situación muy excepcional, cuando no única.

 

En mi juventud, se hablaba tagalog (no precisamente el filipino, o pilipino, que no es una lengua popular sino en cierto grado sintética). Yo, por mi parte, al igual que la gran mayoría de mi comunidad, hablaba tagalog sólo con gente cuyo inglés o español era insuficiente. En mi caso particular, diré que hablaba español con un 50% de mis amigos aproximadamente, incluso con muchos que tenían, como yo, pasaporte estadounidense.

 

A.G.: Usted pertenece a esa generación nacida inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, guerra que en Filipinas fue particularmente cruenta, habiéndose convertido el país en campo de batalla entre Japón y Estados Unidos, ¿qué recuerda de lo que le contaban los filipinos que sobrevivieron? ¿Cuál fue la percepción de esta guerra por parte de la población civil y de la aptitud hacia los americanos? ¿Cómo recuerda esos primeros años de independencia y posguerra?

 

B.C.: Durante los años 50 y 60, literalmente a diario, se oía hablar de la guerra. Prácticamente todos admiraban y adoraban al Gral. Douglas MacArthur y se sentían agradecidos a las tropas de EEUU por habernos liberado del yugo japonés. Al mismo tiempo la mayoría del pueblo, sobre todo las clases medias y altas (es decir, nuestra comunidad) tenía un terror pánico a la expansión del comunismo global; a quedar arrinconados por éste. La caída de la China continental en manos de los comunistas en 1949, la revolución comunista en la Indochina Francesa y la chapuza que la administración de Truman hizo de la guerra de Corea literalmente hicieron que se marchase en 1950-1951 la mitad de los pocos norteamericanos que habían decidido permanecer en Filipinas después de acabar la Segunda Guerra Mundial. Además, la guerra librada contra los comunistas en Filipinas (1946-1954) constituyó otro factor que ahuyentó a norteamericanos y a españoles por igual, reduciendo así aún más el número de personas que integraban nuestra comunidad.

 

Aparte de lo susodicho, y teniendo en cuenta el aprecio por EEUU que reinaba en Filipinas, había muchos roces entre filipinos y norteamericanos en la inmediata posguerra, tanto a nivel individual como a nivel político. Además, desde bien antes de 1950 comenzaban a salir muchos libros y artículos publicados en EEUU y también en Filipinas que ponían en entredicho la gestión del gobierno estadounidense respecto al ataque a Pearl Harbor, la llamada “capitulación de Yalta”, las derrotas sufridas por las tropas de EEUU frente a Japón en 1941-1942 y sobre todo, la vertiginosa expansión del comunismo, con la aparente anuencia del gobierno americano, en detrimento de Filipinas y del mundo libre en general. Se ha escrito, y se seguirá escribiendo mucho, sobre este tema. Basta decir que en aquel tiempo la palabra comunismo era la más sucia del léxico y que la imagen de Estados Unidos como país omnipotente y super-sabio quedó muy seriamente dañada. Los resentimientos contra EEUU crecieron de forma constante durante varias décadas. Esto fue lo que nos trajo la guerra.

 

A.G.: La política filipina parece hoy en día ahogarse en una situación de estancamiento y parálisis, y junto con la radicalización de los problemas mundiales por un lado, y la expansión de la corrupción a todos los niveles por el otro, parece no ofrecer esperanza alguna para el porvenir. Esto facilita en mucha gente una aptitud de añoranza de esas épocas en las que un poder político totalitario si lo controlaba todo, también daba la impresión de saber gestionar cualquier problema. En el caso de Filipinas hay quien recuerda la época de Ferdinand Marcos (1965-1986) como un período positivo y de desarrollo y hay quien la considera como la catástrofe del país. ¿Qué recuerda y qué puede decir de esos veinte años? ¿Le pareció realmente un período próspero o fue en cambio un momento de decadencia moral y difusión de la corrupción a todos los niveles que pervirtió irremediablemente al pueblo filipino?

 

B.C.: Cabe recordar que la era de Marcos tuvo dos fases: la democrática (1966-1972), y la dictatorial (1972-1986). Como es lógico, durante esos 20 años unos prosperaron y otros no. Por supuesto que la Filipinas de 1966-1986 no fue un paraíso ni mucho menos, sino un país  abatidamente pobre como lo es todavía y como lo había sido mucho antes de Marcos. Lo mismo podría decirse sobre el grado de corrupción política.

 

A.G.: Usted lleva muchos años viviendo fuera de Filipinas, ¿cuáles han sido las razones de este cambio? ¿Simplemente el deseo de vivir fuera o también la imposibilidad de quedarse en el país como un ciudadano con todos los derechos?

 

B.C.: No nos convenía seguir viviendo en un país que se volvía cada vez más anti-norteamericano y anti-extranjero en general. Además el futuro económico de Filipinas seguía pareciendo oscuro y a esas alturas la grandísima mayoría de nuestra comunidad ya se había marchado.

 

A.G.: El castellano que usted habla lo aprendió en Filipinas, en el ámbito familiar. Es imprescindible el aporte hispánico en la moderna cultura filipina, y aunque los filipinos no sean latinoamericanos tienen mucho en común con ellos. ¿El intelectual filipino – estudioso, escritor, periodista, cineasta, etc. - tiene una idea clara y correcta del aporte hispánico y de la integrante cultural que éste supone? ¿Se da cuenta de la importancia de esta aportación dentro del complejo de la cultura filipina?

 

B.C.: Decía el célebre escritor filipino Nick Joaquín que durante todo el período en que Filipinas era colonia de Estados Unidos, España tenía mala prensa y que era hora de atribuirle finalmente los debidos méritos a España. Las instituciones norteamericanas intentaron, no sin éxito, pintar España de colores poco favorecedores a lo largo del período colonial. Esto, sin duda alguna, influyó, como mínimo, en dos generaciones de intelectuales filipinos. Aquí se trata de una historia muy larga y enrevesada pero, a mi modo de ver, salvo notables excepciones, la intelectualidad filipina no ha reconocido debidamente la gran aportación de España, y así ha sido tanto en la preguerra como en la posguerra.

 

A pesar de todos los esfuerzos hechos entre 1898 y 1941 por los gobernantes estadounidenses por dañar, cuando no destruir, el prestigio de la cultura española, los hispanohablantes seguían siendo (al menos hasta los años 70) el grupo más prestigioso de la sociedad manileña. Durante los 50 y 60 muchas familias (norteamericanas inclusive) mandaban a sus hijas a España a estudiar en colegios exclusivos para perfeccionar su dominio del español y también para aprender mejor “portarse en sociedad”. Este fenómeno lo conozco de cerca, pues muchas de estas chicas eran amigas mías e incluso, en algunos casos, eran mis primas norteamericanas.

 

A.G.: A finales del año pasado, la presidenta Gloria Macapagal Arroyo declaró en Madrid que en Filipinas se restauraría la enseñanza obligatoria y capilar del español, ¿le parece ésta una medida útil y oportuna? ¿Y realmente cree que el gobierno podrá cumplir con este compromiso?

 

B.C.: Me parece estupendo que el gobierno filipino se comprometa a ayudar la causa del idioma español en Filipinas. Lo único es que no sé hasta qué punto cuenta el gobierno con recursos adecuados para tan descomunal tarea.

 

A.G.: ¿Cuál piensa que será el futuro del español en Filipinas? ¿Y cuál debería ser el papel de España, y de Hispanoamérica en la defensa del idioma?

 

B.C.: El futuro del español en Filipinas parece algo incierto y esto es lamentable. Cualquier ayuda que pudiesen prestar España y otros países del mundo hispanohablante sería un acto de gran nobleza.

 

 

Andrea Gallo (Venezia, 1974). Licenciado por la Università Ca' Foscari de Venecia. Doctorando de la Università Ca' Foscari y de la Universidad de Valladolid. Ha publicado en Rassegna Iberistica, Annali di Ca' Foscari, Cuaderno Internacional de Estudios Humanísticos y Literatura, Humanities, Critica letteraria, Otto/Novecento, Archivi del Nuovo, Forum Italicum, Studi Medievali e Moderni, y en web Tonos Digital, Revista Filipina, www.escritorasypensadoras.es.

 

 

 

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