Los
viajeros transatlánticos de antaño revelaban su implicación
en una extensiva cultura gráfica al llevar instrumentos de
sus oficios y deleites, desde portacartas, plumas y tinta,
hasta varios libros, tanto los que los eclesiásticos
promocionaban como los que denostaban. Si bien los lectores
de la alta modernidad que Carlos Alberto González Sánchez
reivindica sabían distinguir entre textos beneficiosos y
placenteros; pero la tarea se complica gratamente para
quienes deseaban acompañarse por este tesoro que encanta a
la vez que instruye.
Al manejar una
gran riqueza de evidencias y testimonios de distintas
fuentes editadas e inéditas desde nuevas perspectivas, un
importante especialista en la expansión atlántica capta y
demuestra el protagonismo decisivo de la escritura y la
lectura para los orígenes de la globalización. Es más,
González Sánchez está entre las voces más originales y
sugerentes de la nueva historia cultural. Los últimos
avances en este campo fundamentan su análisis de los
discursos, las prácticas y las representaciones que se
movían entre distintos mundos, geográficos e intelectuales.
En lugar de
escritores que viajan, el libro descubre viajeros que
escriben, en su mayoría castellanos, portugueses, ingleses y
alemanes. Impulsados por sus ambiciones y sueños, esos
aventureros a menudo superaban sus modestas formaciones para
plasmar sus experiencias, logros y sufrimientos en primera
persona. Otro gran impulso para la extensión y la
proliferación de distintas relaciones fue la insistencia de
la propia corona en solicitar mapas y relaciones a los
testigos y protagonistas de distantes acontecimientos;
aunque selectivamente los difundía.
Al superar o,
por lo menos, mitigar, las distancias, la escritura facilitó
el intento de la Corona de Castilla de imponer el dominio
intelectual y material de nuevas tierras. Es más, permitía
encarnar y transmitir la real voluntad en ausencia del
monarca (o, en un sentido paralelo, representar, es decir,
hacer presente, la divinidad). Americanos nativos, así como
europeos, atribuían – o trágicamente dejaban de atribuir, en
el caso de Atalhuapa -- poderes sobrenaturales a la
escritura. Al instrumento de imperio por excelencia no le
faltaba un doble filo. Cuando el número y la extensión de
los escritos solicitados por la Corona sobrepasaba la
capacidad del mismo Consejo de Indias para evaluarlos, se
exigían relaciones progresivamente más precisas,
contrastadas y ordenadas.
Tras
considerar las relaciones dirigidas a la corona, se entabla
el tema de las cartas – que la corona insistía debían
circular libremente – y el asunto de la difusión de libros
– que las mismas autoridades reales y eclesiásticas
intentaban regular en un supuesto beneficio de sus súbditos
y fieles – sobre todo los nuevos. Otro asunto fascinante es
la apropiación de la cultura gráfica occidental y sus
ventajas legales por parte de ciertas élites indígenas.
Como documenta González Sánchez, muchos castellanos asimismo
percibían la utilidad de la escritura para sus objetivos y,
concretamente, el ascenso económico y social.
Los distintos usos de los libros sagrados y
profanos durante la trayectoria Atlántica concluyen este
viaje en el tiempo. Proporciona, en definitiva, placer e
instrucción, que no es poco en una etapa de comunicaciones
instantáneas que apenas permiten semejantes reflexiones.