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LA MÍSTICA ESPAÑOLA
Camilo
Valverde-Mudarra y Carrillo En
la Universidad de Granada,
obtuvo la Licenciatura de
Filología Románica. Tras
ganar las Oposiciones a
Cátedra de Lengua y
Literatura Españolas,
trabajó en la Enseñanza
Oficial, en Córdoba y
después en Málaga. Más tarde,
se licenció en Ciencias
Bíblicas y fue nombrado
Profesor de la Escuela
Bíblica de la Axarquía,
donde imparte clases. Ha
publicado un manual para
Bachillerato, Lengua
Española. Estudio cíclico,
un ensayo Las
mujeres del Evangelio,
uno mixto de poesía y
exégesis: Del
Soneto al Evangelio y
una selección de poemas Arrecifes
del Alma. Tiene otros ensayos
Consideraciones Lingüísticas, Reflexiones
Bíblicas, La
MÍSTICA. Mística española…,
y varios libros de poemas: Cien
Sonetos de amor y quebranto, Andalucía,
Estoica Soberana y La
niña del mar… Ha ganado
varios premios literarios.
Escribe en periódicos y
revistas y en Internet.
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La literatura ascético-mística, o “espiritual”,
que se produce en la época de Felipe II, es una
expresión literaria de suma relevancia en la
literatura española. La producción escrita, en
los siglos XVI y XVII, fue extraordinaria, se
publicaron más de tres mil libros sobre este
género. La ascético-mística es una manifestación
literaria de las más auténticas y distintivas de
la literatura española. No obstante, surge y
florece, en nuestro suelo, ya, en época tardía.
La ascética se basa en el ejercicio racional,
mientras que la mística es puramente intuitiva.
No se puede alcanzar la cima de la perfección
espiritual, sin recorrer el camino de la
ascética. Misticismo es el conocimiento
experimental de la presencia divina, en que el
alma siente, como un hecho real, el sentimiento
de estar en contacto con Dios. La mística, pues,
es la cumbre de la vida espiritual, que no se
consigue sin un don especial y extraordinario de
la Gracia de Dios, para lo cual, el alma ha de
colaborar, con todos los medios a su alcance,
hasta que, haciéndose digna, se aproxime al
total estado de perfección. Exige una continuada
práctica de renuncia, entrega y penitencia. Esa
variada serie de esfuerzos o ejercicios del
espíritu se designa con el nombre de «ascética»,
que se define como la pedagogía humana que
conduce hacia el misticismo. La ascética, que
deriva del verbo griego que significa «ejercitarse»,
depende, pues, exclusivamente, de la voluntad y
actividad humanas; se trata del período de la
vida espiritual en que, por medio de prácticas
piadosass, mortificaciones y oración, logra el
alma purificarse, purgarse o desprenderse del
afecto a los placeres corporales y a los bienes
terrenos.
Siendo la mística un hecho característico del
Medievo en el quehacer literario europeo,
curiosamente, Castilla no dispone de una
verdadera tradición medieval, salvo la leve
referencia que conecta con la visión del catalán
de Raimundo Lulio [1] y, tal vez, alguna
reminiscencia semítica en sus vertientes, árabe
y judía. De todos modos, ya tocando la Edad
Moderna, España siente resurgir este género
alumbrando las luminarias más brillantes,
exquisitas y trascendentes de resonancia
universal.
El encuentro español con la ascético-mística en
el siglo XVI responde a unas conocidas
motivaciones históricas. La escisión protestante
acarrea un enorme enfrentamiento de carácter
religioso y espiritualista que crea un estado de
malestar y contrariedad; sirven de fermento los
contactos en esta época, con las corrientes
germánicas, que habían generado relevantes
cultivadores en el marco de la mística de la
Edad Media; y, en fin, en España, viene a ser,
sin apartarse de la práctica ortodoxa, la
contrapartida y la salida frente al fervor
intimista suscitado por el erasmismo, y también
por el creciente individualismo de aquel momento
renaciente.
Los orígenes de la literatura mística coinciden
con la culminación de la Reconquista y con el
balbuceo del Inicial Renacimiento, en que el
espíritu español tiende a mirar hacia el
interior. En la modernidad, el hombre, dice el
filósofo Kojève [2], conquistador del mundo, se
repliega a la conquista de su propia psique, de
su mismo ser.
Aparece esta corriente, la última de las grandes
manifestaciones colectivas de la mística
teológica, en plena Edad Moderna y alcanza su
peculiar apogeo en el Siglo de Oro. Nuestra
mística tiende, en su carácter más auténtico, al
eclecticismo y la armonización, cuyos
principales rasgos se resumen en su sincretismo
ideológico de sabor platónico-agustiniano,
altura doctrinal, sugestividad de imágenes,
realismo, valoración del ascetismo e
introspección. La literatura espiritual hispana
constituye un riquísimo corpus de religiosidad
de esmerado estilo y de una profundidad enorme,
con vocación de influir y servir de medio en la
educación moral del pueblo. El fenómeno de la
literatura española «a lo divino» alcanza unas
proporciones extraordinarias. Según D. Alonso
[3]: «obligaría a considerar el fenómeno español
de conversión de la literatura profana al plano
religioso con más atención de lo que hasta aquí
se ha hecho».
Cronológicamente, P. Sainz Rodríquez [4] señala
cuatro períodos: de importación e iniciación, en
que se traduce y difunde la mística extranjera,
desde los orígenes a 1500; de asimilación
(1500-1560) en que las doctrinas importadas
calan en nuestros escritores precursores; de
plena creación y producción nacional (1560-1600,
reinado de Felipe II); de decadencia o
compilación doctrinal, prolongado hasta mediados
del siglo XVII, representado, no por creadores
originales, sino por retóricos del misticismo,
que se ocupan de ordenar y sistematizar la
doctrina del período anterior.
Menéndez y Pelayo, en un ensayo sobre «La poesía
mística en España» [5], hace una clasificación
por escuelas según las órdenes religiosas de los
místicos: Franciscanos: San Pedro de Alcántara,
Juan de los Ángeles, Diego de Estella; jesuitas:
San Ignacio de Loyola; agustinos: Alonso de
Orozco, Fray Luis de León y Malón de Chaide;
dominicos, Fray Luis de Granada; carmelitas: San
Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús.
Místicos heterodoxos: Clérigos seculares y los
laicos, Valdés y Molinos. Cada Orden religiosa
tiene una tradición teológica y doctrinal.
En este entramado, destaca la corriente
carmelitana, cuyas principales figuras de
extraordinario talento literario representan un
misticismo esencial; su psicologismo y
eclecticismo fundamentales, adornados de
originalidad y fidelidad a la tradición, logran
en el Siglo de Oro Español los mejores frutos
estéticos y el más notable nivel del género. Su
pensamiento concordaba justamente con la
sensibilidad de la época. De ahí, que se muevan
en la armonía, actividad y sobriedad afectivas y
se acojan, en su cristocentrismo y
contrarreformismo, a los aires neoescolásticos
entre agustinianos y tomistas, con sentido
vulgarizador. En ello, radica que la crítica
haya encontrado, en San Juan de la Cruz y en
Santa Teresa, los exponentes máximos del
misticismo hispano.
San Juan de la Cruz, una de las voces líricas
más puras que jamás hayan existido, es el último
de los grandes místicos. En él, se agotan las
posibilidades de la poesía religiosa.
San Juan cierra el capítulo más excelso de los
logros hispanos en poesía del espíritu; su
lírica transparente y exquisita asciende y
brilla en la esfera poética con voz eminente.
[1]
Llull, Ramon, Aventura y defensa de la fe.
Textos selectos. Editorial BAC: Madrid, 2007.—.
Obra escogida. Alfaguara, Madrid, 1981.
[2] Alexandre Kojève, Introduction to the
Reading of Hegel: Lectures on the Phenomenology
of Spirit, Ithaca: Cornell University Press,
1980.
[3] Alonso, D. Poesía española. Ensayo de
métodos y límites estilísticos. - Madrid 1952,
220.
[4] Sáinz Rodríguez, P, Introducción a la
historia de la literatura mística en España.
Madrid, 1927.
[5] Menéndez y Pelayo, M. La poesía mística en
España, en Edición nacional de las obras de
Menéndez Pelayo, VII, Santander 1954, 69-110.
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