México, Distrito Federal I Noviembre- Diciembre 2008 I Año 3 I Número 17 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

 

LA MÍSTICA ESPAÑOLA

 Camilo Valverde-Mudarra y Carrillo En  la Universidad de Granada, obtuvo la Licenciatura de Filología Románica. Tras ganar las Oposiciones a Cátedra de Lengua y Literatura Españolas, trabajó en la Enseñanza Oficial, en Córdoba y después en Málaga. Más tarde, se licenció en Ciencias Bíblicas y fue nombrado Profesor de la Escuela Bíblica de la Axarquía, donde imparte clases. Ha publicado un manual para Bachillerato, Lengua Española. Estudio cíclico, un ensayo Las mujeres del Evangelio, uno mixto de poesía y exégesis: Del Soneto al Evangelio y una selección de poemas Arrecifes del Alma. Tiene otros ensayos Consideraciones Lingüísticas, Reflexiones Bíblicas, La MÍSTICA. Mística española…, y varios libros de poemas: Cien Sonetos de amor y quebranto,  Andalucía, Estoica Soberana y La niña del mar… Ha ganado varios premios literarios. Escribe en periódicos y revistas y en Internet.

 

La literatura ascético-mística, o “espiritual”, que se produce en la época de Felipe II, es una expresión literaria de suma relevancia en la literatura española. La producción escrita, en los siglos XVI y XVII, fue extraordinaria, se publicaron más de tres mil libros sobre este género. La ascético-mística es una manifestación literaria de las más auténticas y distintivas de la literatura española. No obstante, surge y florece, en nuestro suelo, ya, en época tardía.

       La ascética se basa en el ejercicio racional, mientras que la mística es puramente intuitiva. No se puede alcanzar la cima de la perfección espiritual, sin recorrer el camino de la ascética. Misticismo es el conocimiento experimental de la presencia divina, en que el alma siente, como un hecho real, el sentimiento de estar en contacto con Dios. La mística, pues, es la cumbre de la vida espiritual, que no se consigue sin un don especial y extraordinario de la Gracia de Dios, para lo cual, el alma ha de colaborar, con todos los medios a su alcance, hasta que, haciéndose digna, se aproxime al total estado de perfección. Exige una continuada práctica de renuncia, entrega y penitencia. Esa variada serie de esfuerzos o ejercicios del espíritu se designa con el nombre de «ascética», que se define como la pedagogía humana que conduce hacia el misticismo. La ascética, que deriva del verbo griego que significa «ejercitarse», depende, pues, exclusivamente, de la voluntad y actividad humanas; se trata del período de la vida espiritual en que, por medio de prácticas piadosass, mortificaciones y oración, logra el alma purificarse, purgarse o desprenderse del afecto a los placeres corporales y a los bienes terrenos.

    Siendo la mística un hecho característico del Medievo en el quehacer literario europeo, curiosamente, Castilla no dispone de una verdadera tradición medieval, salvo la leve referencia que conecta con la visión del catalán de Raimundo Lulio [1] y, tal vez, alguna reminiscencia semítica en sus vertientes, árabe y judía. De todos modos, ya tocando la Edad Moderna, España siente resurgir este género alumbrando las luminarias más brillantes, exquisitas y trascendentes de resonancia universal.

   El encuentro español con la ascético-mística en el siglo XVI responde a unas conocidas motivaciones históricas. La escisión protestante acarrea un enorme enfrentamiento de carácter religioso y espiritualista que crea un estado de malestar y contrariedad; sirven de fermento los contactos en esta época, con las corrientes germánicas, que habían generado relevantes cultivadores en el marco de la mística de la Edad Media; y, en fin, en España, viene a ser, sin apartarse de la práctica ortodoxa, la contrapartida y la salida frente al fervor intimista suscitado por el erasmismo, y también por el creciente individualismo de aquel momento renaciente.

   Los orígenes de la literatura mística coinciden con la culminación de la Reconquista y con el balbuceo del Inicial Renacimiento, en que el espíritu español tiende a mirar hacia el interior. En la modernidad, el hombre, dice el filósofo Kojève [2], conquistador del mundo, se repliega a la conquista de su propia psique, de su mismo ser.

      Aparece esta corriente, la última de las grandes manifestaciones colectivas de la mística teológica, en plena Edad Moderna y alcanza su peculiar apogeo en el Siglo de Oro. Nuestra mística tiende, en su carácter más auténtico, al eclecticismo y la armonización, cuyos principales rasgos se resumen en su sincretismo ideológico de sabor platónico-agustiniano, altura doctrinal, sugestividad de imágenes, realismo, valoración del ascetismo e introspección. La literatura espiritual hispana constituye un riquísimo corpus de religiosidad de esmerado estilo y de una profundidad enorme, con vocación de influir y servir de medio en la educación moral del pueblo. El fenómeno de la literatura española «a lo divino» alcanza unas proporciones extraordinarias. Según D. Alonso [3]: «obligaría a considerar el fenómeno español de conversión de la literatura profana al plano religioso con más atención de lo que hasta aquí se ha hecho».

     Cronológicamente, P. Sainz Rodríquez [4] señala cuatro períodos: de importación e iniciación, en que se traduce y difunde la mística extranjera, desde los orígenes a 1500; de asimilación (1500-1560) en que las doctrinas importadas calan en nuestros escritores precursores; de plena creación y producción nacional (1560-1600, reinado de Felipe II); de decadencia o compilación doctrinal, prolongado hasta mediados del siglo XVII, representado, no por creadores originales, sino por retóricos del misticismo, que se ocupan de ordenar y sistematizar la doctrina del período anterior.

     Menéndez y Pelayo, en un ensayo sobre «La poesía mística en España» [5], hace una clasificación por escuelas según las órdenes religiosas de los místicos: Franciscanos: San Pedro de Alcántara, Juan de los Ángeles, Diego de Estella; jesuitas: San Ignacio de Loyola; agustinos: Alonso de Orozco, Fray Luis de León y Malón de Chaide; dominicos, Fray Luis de Granada; carmelitas: San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. Místicos heterodoxos: Clérigos seculares y los laicos, Valdés y Molinos. Cada Orden religiosa tiene una tradición teológica y doctrinal.

   En este entramado, destaca la corriente carmelitana, cuyas principales figuras de extraordinario talento literario representan un misticismo esencial; su psicologismo y eclecticismo fundamentales, adornados de originalidad y fidelidad a la tradición, logran en el Siglo de Oro Español los mejores frutos estéticos y el más notable nivel del género. Su pensamiento concordaba justamente con la sensibilidad de la época. De ahí, que se muevan en la armonía, actividad y sobriedad afectivas y se acojan, en su cristocentrismo y contrarreformismo, a los aires neoescolásticos entre agustinianos y tomistas, con sentido vulgarizador. En ello, radica que la crítica haya encontrado, en San Juan de la Cruz y en Santa Teresa, los exponentes máximos del misticismo hispano.

     San Juan de la Cruz, una de las voces líricas más puras que jamás hayan existido, es el último de los grandes místicos. En él, se agotan las posibilidades de la poesía religiosa.


     San Juan cierra el capítulo más excelso de los logros hispanos en poesía del espíritu; su lírica transparente y exquisita asciende y brilla en la esfera poética con voz eminente.



[
1] Llull, Ramon, Aventura y defensa de la fe. Textos selectos. Editorial BAC: Madrid, 2007.—. Obra escogida. Alfaguara, Madrid, 1981.

[2] Alexandre Kojève, Introduction to the Reading of Hegel: Lectures on the Phenomenology of Spirit, Ithaca: Cornell University Press, 1980.

[3] Alonso, D. Poesía española. Ensayo de métodos y límites estilísticos. - Madrid 1952, 220.

[4] Sáinz Rodríguez, P, Introducción a la historia de la literatura mística en España. Madrid, 1927.

[5] Menéndez y Pelayo, M. La poesía mística en España, en Edición nacional de las obras de Menéndez Pelayo, VII, Santander 1954, 69-110.


 

 

 

 

 

 

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