La casa nos parecía una burbuja
herméticamente cerrada. Nadie lo dijo nunca pero
todos estábamos seguros de que era eso.
Recuerdo que allí mismo se
celebraban conciertos y bailes, y cenas de gala con
gran concurrencia de familiares y amigos. Las
dependencias se llenaban de gente hasta que no
dábamos abasto para recibir, pero nosotros no
correspondíamos a las visitas con la misma medida.
Los platos de la cena eran traídos de fuera porque,
por culpa del inmenso trabajo, la cocina se quedaba
pequeña y esparcía un tremendo tufo a gas. Sobre el
estrado, había espacio suficiente para que una
pequeña orquesta tocara toda la noche; de manera que,
si salíamos a la calle de vez en cuando, era sólo
para comprar los alimentos del gasto corriente o
para realizar alguna gestión burocrática
imprescindible.
Recuerdo que el campo resultaba
maravilloso en la lejanía, pero también que, para
salir de campo, había que cruzar todas las calles en
fatigoso viaje; mientras que, desde la sala de baño
o mejor desde la guardilla, todavía más alta, se
podía ver el horizonte y la ladera de pinos cubierta
de verde. Y creo recordar también que, todos los
otoños, comenzaba a caer la nieve precisamente sobre
esa lejana altitud.
Por Navidad, se traía de fuera un
gran abeto, y se adornaba con luces y figuras de
dulce, y se ponía los regalos en su base de césped
artificial. Llegaban los invitados, todos los
vecinos que vivían enfrente o a este mismo lado de
la calle, y un coche con poderoso tiro de caballos
nos traía las mercancías necesarias.
Sonaban las primeras notas del
piano en la sala principal, lo que nos animaba mucho
y nos proporcionaba la primera emoción de las
fiestas. Los platos de la vajilla de borde de oro
quedaban puestos sobre la mesa varias horas antes,
con sus velones y con su juego de candelabros. Todo
el mundo acudía puntual a la cita y, entonces, los
suaves aromas del abeto se repartían por la sala e
implicaban a los invitados en la celebración. La
casa estaba llena de promesas esos días de fiesta
que se prolongaban durante dos semanas por lo menos.
Vivíamos en un barrio céntrico y a la vez apartado,
por lo que no resultaba fácil que los cambios
ocurridos en el resto de la ciudad nos afectasen de
forma directa.
Un día, poco antes de llegar las
Navidades, llamaron a la puerta con ímpetu, con
verdadera impaciencia. Los hombres que aparecieron
al otro lado estaban vestidos de calle, con abrigos
grises y con toscos guantes de lana. Eran un grupo
numeroso y traían un papel con un cuño que parecía
oficial. Llegaron hasta la cocina y se pusieron
tranquilamente a comer de lo que encontraron. Por
las calles nevadas se oía un estrépito de carruajes
y de gente a pie, y de alborotadores yendo y
viniendo por el resto del barrio.
Los panecillos que se comieron y
las tajadas de carne fría y de queso dejaron
temblando nuestra despensa. Y a continuación, todo
el grupo se marchó por donde había venido aireando
el documento que según ellos tenía una importancia
determinante; es decir, se sumaron al vivo tráfico
de la avenida después de dejarnos dicho que más
tarde iban a volver.
La distancia con el mundo se
había roto, el silencio característico se había
hecho añicos después del golpe inesperado y toda la
familia nos quedamos sin saber qué hacer o qué decir.
Mi madre decidió subir al ático y mirar por la
ventana con ojo de buey, por donde se divisaba en
los días claros la cordillera. La nieve de la
avenida se extendía tan monótona como de costumbre,
pero la primera capa aparecía muy hollada por culpa
del tráfico denso. Y además, con el estrépito a esas
horas tan inusual, y con los gritos y los disparos
que sonaban de cuando en cuando y por todos los
sitios, no parecía la misma avenida. A nuestro
padre, le temblaron las piernas con las detonaciones
y se tumbó muy enfermo en el sillón de la salita,
sin llegar a encerrarse por dentro en su despacho
como solía hacer cuando se alteraba, cuando se
sentía impresionado o se encontraba realmente
enfermo de enfermedad.
Hoy, más de cincuenta años después, cuando recuerdo
ese día crítico, todavía me asalta la misma
impresión. Me viene a la memoria el golpe de viento
al abrirse la puerta, la aparición de los
desconocidos con los copos de nieve que les colgaban
de las barbas, sus caras demacradas por el esfuerzo
y el hambre, la nieve posándose también sobre las
hombreras de sus capotes. Me inquieto y me sereno
enseguida porque la vida se ha sosegado mucho desde
aquello y yo me siento mucho más relajado. Yo ocupo
un puesto intermedio en la administración pública y
nada de lo imprescindible nos falta en la casa. La
alta tensión no podía durar, y, a los pocos meses,
nos fuimos acostumbrando a los cambios sin que
nuestra familia se rompiera. Todos cambiamos y nos
fuimos haciendo poco a poco a las circunstancias que
marcaban los nuevos tiempos. Todos, menos mi pobre
padre que ya no pudo acostumbrarse a las normas
impuestas por el prodigioso cambio surgido de la
revolución.