México, Distrito Federal I Noviembre- Diciembre 2008 I Año 3 I Número 17 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

 

EL ABRIGO GRIS 

 

Gaspar Jover Polo, español, alicantino, 47 años, profesor de lengua y literatura en la enseñanza media. Ha publicado en la revista Proyecto Sherezade y en revistas de su zona geográfica por lo que respecta a la edición más tradicional.

 

   La casa nos parecía una burbuja herméticamente cerrada. Nadie lo dijo nunca pero todos estábamos seguros de que era eso.  

   Recuerdo que allí mismo se celebraban conciertos y bailes, y cenas de gala con gran concurrencia de familiares y amigos. Las dependencias se llenaban de gente hasta que no dábamos abasto para recibir, pero nosotros no correspondíamos a las visitas con la misma medida. Los platos de la cena eran traídos de fuera porque, por culpa del inmenso trabajo, la cocina se quedaba pequeña y esparcía un tremendo tufo a gas. Sobre el estrado, había espacio suficiente para que una pequeña orquesta tocara toda la noche; de manera que, si salíamos a la calle de vez en cuando, era sólo para comprar los alimentos del gasto corriente o para realizar alguna gestión burocrática imprescindible.

    Recuerdo que el campo resultaba maravilloso en la lejanía, pero también que, para salir de campo, había que cruzar todas las calles en fatigoso viaje; mientras que, desde la sala de baño o mejor desde la guardilla, todavía más alta, se podía ver el horizonte y la ladera de pinos cubierta de verde. Y creo recordar también que, todos los otoños, comenzaba a caer la nieve precisamente sobre esa lejana altitud.

    Por Navidad, se traía de fuera un gran abeto, y se adornaba con luces y figuras de dulce, y se ponía los regalos en su base de césped artificial. Llegaban los invitados, todos los vecinos que vivían enfrente o a este mismo lado de la calle, y un coche con poderoso tiro de caballos nos traía las mercancías necesarias.

    Sonaban las primeras notas del piano en la sala principal, lo que nos animaba mucho y nos proporcionaba la primera emoción de las fiestas. Los platos de la vajilla de borde de oro quedaban puestos sobre la mesa varias horas antes, con sus velones y con su juego de candelabros. Todo el mundo acudía puntual a la cita y, entonces, los suaves aromas del abeto se repartían por la sala e implicaban a los invitados en la celebración. La casa estaba llena de promesas esos días de fiesta que se prolongaban durante dos semanas por lo menos. Vivíamos en un barrio céntrico y a la vez apartado, por lo que no resultaba fácil que los cambios ocurridos en el resto de la ciudad nos afectasen de forma directa.

    Un día, poco antes de llegar las Navidades, llamaron a la puerta con ímpetu, con verdadera impaciencia. Los hombres que aparecieron al otro lado estaban vestidos de calle, con abrigos grises y con toscos guantes de lana. Eran un grupo numeroso y traían un papel con un cuño que parecía oficial. Llegaron hasta la cocina y se pusieron tranquilamente a comer de lo que encontraron. Por las calles nevadas se oía un estrépito de carruajes y de gente a pie, y de alborotadores yendo y viniendo por el resto del barrio.

     Los panecillos que se comieron y las tajadas de carne fría y de queso dejaron temblando nuestra despensa. Y a continuación, todo el grupo se marchó por donde había venido aireando el documento que según ellos tenía una importancia determinante; es decir, se sumaron al vivo tráfico de la avenida después de dejarnos dicho que más tarde iban a volver.

    La distancia con el mundo se había roto, el silencio característico se había hecho añicos después del golpe inesperado y toda la familia nos quedamos sin saber qué hacer o qué decir. Mi madre decidió subir al ático y mirar por la ventana con ojo de buey, por donde se divisaba en los días claros la cordillera. La nieve de la avenida se extendía tan monótona como de costumbre, pero la primera capa aparecía muy hollada por culpa del tráfico denso. Y además, con el estrépito a esas horas tan inusual, y con los gritos y los disparos que sonaban de cuando en cuando y por todos los sitios, no parecía la misma avenida. A nuestro padre, le temblaron las piernas con las detonaciones y se tumbó muy enfermo en el sillón de la salita, sin llegar a encerrarse por dentro en su despacho como solía hacer cuando se alteraba, cuando se sentía impresionado o se encontraba realmente enfermo de enfermedad.

    Hoy, más de cincuenta años después, cuando recuerdo ese día crítico, todavía me asalta la misma impresión. Me viene a la memoria el golpe de viento al abrirse la puerta, la aparición de los desconocidos con los copos de nieve que les colgaban de las barbas, sus caras demacradas por el esfuerzo y el hambre, la nieve posándose también sobre las hombreras de sus capotes. Me inquieto y me sereno enseguida porque la vida se ha sosegado mucho desde aquello y yo me siento mucho más relajado. Yo ocupo un puesto intermedio en la administración pública y nada de lo imprescindible nos falta en la casa. La alta tensión no podía durar, y, a los pocos meses, nos fuimos acostumbrando a los cambios sin que nuestra familia se rompiera. Todos cambiamos y nos fuimos haciendo poco a poco a las circunstancias que marcaban los nuevos tiempos. Todos, menos mi pobre padre que ya no pudo acostumbrarse a las normas impuestas por el prodigioso cambio surgido de la revolución. 

 

 

  

 

 

 

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