La mujer sentada en el asiento de
enfrente mostraba una sonrisa madura y comprensiva,
aunque tan sólo se tratase de una muchacha de 18 o
de 19 años. Su conversación me pareció a lo largo
del recorrido nocturno más bien predecible, pero no
eran sus palabras, encadenadas en frases cortas y
desvaídas, la mejor parte de su expresividad, era su
mirada fina, un tanto irónica y que podríamos
calificar como sabia, la cualidad que mantenía
encendidos los rasgos de su cara. No hacía gestos
con las manos, tampoco con la cara, y, por esa calma
distinguida, resultaba un tipo de mujer muy
determinado, ese que nos sobrepasa y nos desborda,
que nos creemos incapaces de conocer en profundidad.
Al menos, ese desconcierto nos afecta en el momento
en el que sentimos la obligación de hablar para
corresponder a su mirada llena de astucia, para
satisfacer un entendimiento que consideramos de
entrada muy inteligente. Me atropello, me equivoco
de táctica, dejo todas las tácticas, pero ella se
muestra igual de comprensiva en el trayecto además
de inteligente.
Es un reto que nos atrae, sin
duda, por las grandes dificultades que conlleva. En
ese primer encuentro fortuito o no, mucho mejor si
es fortuito, nos adelgazamos, nos sentimos poca cosa,
y a la vez queremos llenarla de atenciones para que
la muchacha no se aburra en nuestra compañía.
Coincidimos en el compartimento de un tren en una
noche helada, invernal. Empieza a nevar o lleva
horas nevando, estamos solos, y estamos seguros de
que la categoría del transporte público no permitirá
una calefacción confortable. Yo le ofrezco mi abrigo
cuando por fin ella reconoce que necesita dormir. Y,
ante mi sorpresa, lo acepta sin resistencia,
asumiendo sin peros la proximidad que conlleva el
detalle. Se tumba y ocupa los dos asientos libres
que le quedan a la derecha; yo la cubro con mi
abrigo largo y grueso. Parece dormir con
tranquilidad. Parece cómoda, protegida, tanto como
hasta ahora, pues yo soy el que ha permanecido en
guardia y un tanto incómodo. Apago las luces del
compartimento y ya no puedo ver salvo su bulto
enfrente de mí. No se ve apenas nada, pero la siento
latir desdibujada por la sombra y por el abrigo. No
se mueve y no se distingue el sonido de su
respiración con el traqueteo del tren. El largo
trayecto me da tiempo para pensar que es mi novia de
siempre, que es mi esposa, y, a la vez, la
desconocida de curiosa mirada con la que soñaba
antes de que nos conociéramos.
Pasan las horas y no consigo
dormirme, tampoco siento la necesidad. La miro,
recuerdo la conversación un tanto banal que acabamos
de sostener. Cuando se hace de día, ella despierta,
se incorpora, muestra una mirada ya completamente
lúcida aunque con los ojos un poco hinchados de
dormir. Resulta que no ha sido un sueño; ella está
ahí realmente, me ha acompañado durante todo el
viaje. Realmente ha dormido sobre el duro asiento
hasta momentos antes de llegar a la estación. Antes
de descender, nos intercambiamos verbalmente las
direcciones y quedamos de una manera vaga en la
plaza céntrica que conoce todo el mundo, puede que
con la finalidad de mantener en lo sucesivo la
espontaneidad de las citas. Ella baja del tren y se
mezcla con los viajeros y con los que esperan sobre
el andén. La sigo a cierta distancia pero ya no
puedo verla bien cuando llega a la calle; no la
puedo ver con precisión y, además, la siento
desprovista de todo el misterio con el que la había
envuelto la noche y el largo trayecto. Viste con
pantalones, con blusa bajo la cazadora; levanta un
bolso grande, casi más grande que una maleta. Su
ritmo es otro y es tan distinto por la calle repleta
de transeúntes, que ya no la reconozco. Lleva la
actitud del hombre o de la mujer que se dirige con
prisa hacia algún sitio para satisfacer una
necesidad, para desayunar antes de acudir al trabajo
o con la urgencia de acudir al trabajo antes incluso
de llegar a casa y deshacer el bolso.
Discurre por una calle
ciertamente inhóspita, el frío es ahora invernal y
desangelado. Ya había creído percibir en su
comportamiento un toque de vulgaridad, en sus
palabras más que en su comportamiento. Por eso no me
extraña que no se haya vuelto para echar una última
ojeada al vagón donde nos conocimos. Su figura ya se
disuelve entre la multitud de los que circulan. El
golpe de viento helado me despeja y es una lástima
porque se me ocurre una explicación. La explicación
es que todo ha sido obra de las horas de insomnio y
de nieve nocturna, de la intimidad en el vagón
despoblado y de las horas que han transcurrido sin
prisa bajo el calor de la nieve.