México, Distrito Federal I Noviembre- Diciembre 2008 I Año 3 I Número 17 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

 

LA CALLE ESTÁ LLENA DE GENTE

Y LOS TRANSEÚNTES SE DISPUTAN UN TROZO DE ACERA 

 

Gaspar Jover Polo, español, alicantino, 47 años, profesor de lengua y literatura en la enseñanza media. Ha publicado en la revista Proyecto Sherezade y en revistas de su zona geográfica por lo que respecta a la edición más tradicional.

 

 

La mujer sentada en el asiento de enfrente mostraba una sonrisa madura y comprensiva, aunque tan sólo se tratase de una muchacha de 18 o de 19 años. Su conversación me pareció a lo largo del recorrido nocturno más bien predecible, pero no eran sus palabras, encadenadas en frases cortas y desvaídas, la mejor parte de su expresividad, era su mirada fina, un tanto irónica y que podríamos calificar como sabia, la cualidad que mantenía encendidos los rasgos de su cara. No hacía gestos con las manos, tampoco con la cara, y, por esa calma distinguida, resultaba un tipo de mujer muy determinado, ese que nos sobrepasa y nos desborda, que nos creemos incapaces de conocer en profundidad. Al menos, ese desconcierto nos afecta en el momento en el que sentimos la obligación de hablar para corresponder a su mirada llena de astucia, para satisfacer un entendimiento que consideramos de entrada muy inteligente. Me atropello, me equivoco de táctica, dejo todas las tácticas, pero ella se muestra igual de comprensiva en el trayecto además de inteligente.

    Es un reto que nos atrae, sin duda, por las grandes dificultades que conlleva. En ese primer encuentro fortuito o no, mucho mejor si es fortuito, nos adelgazamos, nos sentimos poca cosa, y a la vez queremos llenarla de atenciones para que la muchacha no se aburra en nuestra compañía. Coincidimos en el compartimento de un tren en una noche helada, invernal. Empieza a nevar o lleva horas nevando, estamos solos, y estamos seguros de que la categoría del transporte público no permitirá una calefacción confortable. Yo le ofrezco mi abrigo cuando por fin ella reconoce que necesita dormir. Y, ante mi sorpresa, lo acepta sin resistencia, asumiendo sin peros la proximidad que conlleva el detalle. Se tumba y ocupa los dos asientos libres que le quedan a la derecha; yo la cubro con mi abrigo largo y grueso. Parece dormir con tranquilidad. Parece cómoda, protegida, tanto como hasta ahora, pues yo soy el que ha permanecido en guardia y un tanto incómodo. Apago las luces del compartimento y ya no puedo ver salvo su bulto enfrente de mí. No se ve apenas nada, pero la siento latir desdibujada por la sombra y por el abrigo. No se mueve y no se distingue el sonido de su respiración con el traqueteo del tren. El largo trayecto me da tiempo para pensar que es mi novia de siempre, que es mi esposa, y, a la vez, la desconocida de curiosa mirada con la que soñaba antes de que nos conociéramos.

   Pasan las horas y no consigo dormirme, tampoco siento la necesidad. La miro, recuerdo la conversación un tanto banal que acabamos de sostener. Cuando se hace de día, ella despierta, se incorpora, muestra una mirada ya completamente lúcida aunque con los ojos un poco hinchados de dormir. Resulta que no ha sido un sueño; ella está ahí realmente, me ha acompañado durante todo el viaje. Realmente ha dormido sobre el duro asiento hasta momentos antes de llegar a la estación. Antes de descender, nos intercambiamos verbalmente las direcciones y quedamos de una manera vaga en la plaza céntrica que conoce todo el mundo, puede que con la finalidad de mantener en lo sucesivo la espontaneidad de las citas. Ella baja del tren y se mezcla con los viajeros y con los que esperan sobre el andén. La sigo a cierta distancia pero ya no puedo verla bien cuando llega a la calle; no la puedo ver con precisión y, además, la siento desprovista de todo el misterio con el que la había envuelto la noche y el largo trayecto. Viste con pantalones, con blusa bajo la cazadora; levanta un bolso grande, casi más grande que una maleta. Su ritmo es otro y es tan distinto por la calle repleta de transeúntes, que ya no la reconozco. Lleva la actitud del hombre o de la mujer que se dirige con prisa hacia algún sitio para satisfacer una necesidad, para desayunar antes de acudir al trabajo o con la urgencia de acudir al trabajo antes incluso de llegar a casa y deshacer el bolso.

    Discurre por una calle ciertamente inhóspita, el frío es ahora invernal y desangelado. Ya había creído percibir en su comportamiento un toque de vulgaridad, en sus palabras más que en su comportamiento. Por eso no me extraña que no se haya vuelto para echar una última ojeada al vagón donde nos conocimos. Su figura ya se disuelve entre la multitud de los que circulan. El golpe de viento helado me despeja y es una lástima porque se me ocurre una explicación. La explicación es que todo ha sido obra de las horas de insomnio y de nieve nocturna, de la intimidad en el vagón despoblado y de las horas que han transcurrido sin prisa bajo el calor de la nieve.

 

 

 

 

 

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