México, Distrito Federal I Noviembre- Diciembre 2008 I Año 3 I Número 17 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN:  2007-7483

 

 







 

 

 

 

EL ALTAR DE MUERTOS: UNA TRADICIÓN VIVA

 Gaya González Lamberti. Lic. en historia del arte por la Universidad Iberoamericana de la ciudad de México. Desde hace nueve años expone en el Centro Asturiano del Distrito Federal la ofrenda del Día de muertos.

 

 

Los altares de muertos son una tradición mexicana que se resiste a morir. Hoy en día los altares de muerto han sido desplazados, sobre todo en el ámbito comercial y en el entorno social festivo, por el Halloween que nada tiene en común con la conmemoración mexicana, ya que la tradición del Día de Muertos habla, paradójicamente, de vida y de tener siempre cercanos a nuestros seres queridos que han muerto. En cambio el Halloween nos habla de situaciones terroríficas, demonios, gente que se burla del diablo y es condenada a vagar por la tierra aterrorizando a los demás mortales.[1]

         La tradición de recordar a los muertos tiene en México sus orígenes desde la época Prehispánica, aunque para los antiguos mexicas la Muerte no tenía las connotaciones morales de la religión cristiana, en la que la idea de Infierno y Paraíso sirven para castigar o premiar en el más allá la conducta de los individuos en este mundo. Por el contrario, los antiguos aztecas creían que el rumbo destinado a las almas de los muertos estaba determinado por el tipo de muerte que habían tenido, por ejemplo, el Tlalocan era el paraíso del dios de la lluvia y ahí iban  aquellos que murieron en circunstancias relacionadas con el agua (ahogados, muertos por un rayo, por enfermedades como gota, sarna, hidropesía y los niños sacrificados a Tláloc), Omeyacan era el paraíso del sol y ahí llegaban los que morían en combate, los cautivos que eran sacrificados y las mujeres que morían al dar a luz, Chichihuacuauhco era el paraíso donde iban los niños, estaba formado por un árbol que de sus ramas brotaba leche y finalmente  Mictlán camino de los que murieron de muerte natural; era un camino muy complejo por lo que eran enterrados con un perrito para que pudieran cruzar el río y llegar ante Mictlantecuhtli y entregarle a manera de ofrenda, manojos de teas y cañas de perfume, algodón, hilos de color y mantas.

         Desde aquella época los entierros estaban acompañados de ofrendas compuestas por objetos que en vida el difunto había utilizado y eran de su agrado o con objetos que podía requerir en su transito al inframundo, como vasos y ollas, o adornos como orejeras de obsidiana, caracoles y vasijas con forma de animales. En este sentido coincidían con las tradiciones sepulcrales de los antiguos egipcios.

         Un elemento muy importante dentro de esos entierros eran los tzompantli que consistía en hileras de cráneos (ensartados por unas perforaciones que les hacían en los parietales) de los que habían sido sacrificados por honor de los dioses.

         Para los mexicas las festividades en honor a los muertos eran tan importantes que les dedicaban dos meses. Durante el mes llamado Tlaxochimaco se efectuaba la celebración denominada Miccailhuitontli, o fiesta de los niños  muertos hacia el 16 de julio, y en el décimo mes del calendario azteca se celebraba la Ueymicailhuitl o fiesta de los muertos grandes, hacia el 5 de agosto; era una celebración muy solemne, donde se realizaban procesiones, sacrificios humanos y grandes comidas.

         Al momento de la Conquista esta tradición adquirió nuevos elementos sobre todo de índole religiosa, ya que en la tradición cristiana las almas toman tres caminos dependiendo del comportamiento que han tenido en vida; al Cielo van las almas puras que están sin pecado de aquellos que se han arrepentido de sus faltas y han sido perdonados, al Infierno van las almas de los que murieron en pecado mortal y al Purgatorio (creación medieval) van aquellas que de los que no alcanzaron la pureza pero que están en gracia de Dios y deben pasar un tiempo purgando sus faltas.

         En el ritual dedicado a los muertos, ya los españoles de ese tiempo asistían a los cementerios para ofrendar flores de color amarillo, y llevaban comida a la tumba para consumirla “en compañía” de las almas de sus seres queridos.

         En el mundo católico las fechas consagradas a los difuntos son los días 1 y 2 de noviembre, fecha en que se celebran Todos los Santos y los Fieles Difuntos, respectivamente, que se solemniza desde 827-844 por disposición del Papa Gregorio IV.

         Se dice que como son tantos los bienaventurados que gozan de Dios en el cielo (según San Juan “nadie los puede contar...”), es imposible celebrar la fiesta de cada uno de ellos. Por eso la Iglesia cristiana los reunió a todos en una sola fecha: el 1 de noviembre.

         El 2 de noviembre se intercede por las almas de los difuntos, esta conmemoración fue  instituida entre los siglos X y XI por el abad Odilón de Cluny quien ordenó que en todos los monasterios de su abadía se celebrara a los Fieles Difuntos. La celebración consistía en misas, votos, responsorios, limosnas y donativos, pues los vivos podían ayudar a los muertos con sus oraciones y con acciones caritativas por amor a Dios.

         Durante los siglos virreinales en la Nueva España se fueron entretejiendo las creencias religiosas cristianas o simplemente devotas de españoles y algunas costumbres indígenas, las cuales generaron también nuevas leyendas con elementos tomados las historias medievales y, en ocasiones, de narraciones indígenas, como es el caso de la leyenda de “La Llorona” (mujer que mata a sus hijos y la culpa no la deja descansar en paz). Esta fusión dio por resultado la actual celebración del Día de Muertos.

         En México, con el paso del tiempo, la celebración a los muertos fue diluyendo su carácter devoto y ritual y adquiriendo un tono más festivo, en ocasiones incluso burlesco, y cotidiano. Así en el siglo XIX ya se hacían los dulces típicos de calaveritas de azúcar, esqueletos de almíbar, muertos de mazapán y el llamado pan de muertos. Las crónicas de la época mencionan que en el Zócalo de la ciudad de México se vendían juguetes que representaban procesiones fúnebres, esqueletos y calaveras. Ya para entonces el Día de Muertos había adquirido el sentido de una gran fiesta. Las familias de buena situación económica daban a sus dependientes un regalo de dinero en efectivo: “la calavera”, para que pudieran gastarlo en la celebración.

         En esos días, en los panteones las tumbas se limpiaban y se adornaban con flores y velas y se acostumbraba ir a ver a los difuntos familiares.

         En esos años de finales del siglo XIX también empiezan a popularizarse los corridos y canciones que se ocupan de la muerte, así como poesías narrativas trágicas con episodios  espeluznantes. También se integra a la tradición del Día de Muertos la representación de obras de teatro, como el muy conocido Don Juan Tenorio, del escritor español José Zorrilla, cuya tradición se mantiene hasta nuestros días incluso con versiones paródicas.

         En la época porfiriana algunas capas sociales de alto poder económico se alejaron de la espiritualidad popular y le dieron a la fecha un carácter más banal. También se volvió costumbre aprovechar el Día de Muertos para estrenar ropa, asistir a los teatros y a pasear a la Alameda donde la buena sociedad porfiriana lucía su poder económico engalanándose con ropas nuevas y adornos lujosos.

         Durante el siglo XIX (bajo los gobiernos liberales de Benito Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz) se popularizaron en hojas volantes y periódicos las “calaveras”, dibujos de cráneos y esqueletos acompañados de versos en los que se criticaba de manera burlona a los poderosos y a la situación del país. El mejor representante de esta costumbre en el campo del grabado fue José Guadalupe Posada, ilustrador de la famosa imprenta de Vanegas Arroyo, especializada en hojas volantes y pliegos sueltos de gran consumo popular.

 

         Hoy en día los Altares de Muertos luchan por mantener su lugar dentro de las tradiciones mexicanas, ya que un Halloween híbrido los ha ido desplazando. En nuestros días es más fácil ver máscaras de monstruos horribles y sangrientos, calabazas anaranjadas con ninguna creatividad, murciélagos negros y brujas feísimas volando en sus escobas, que claveritas de azúcar con sus barrocos dibujos de colores, pan de muerto cubierto de azúcar, papel picado multicolor, entierros de garbanzos, tumbitas de azúcar con leyendas ingeniosas, esqueletos de papel maché caracterizados en múltiples oficios desde paleteros hasta mariachis o las magníficas “calaveras catrinas” inmortalizadas por José Guadalupe Posada o el mismo Diego Rivera en su mural de un domingo en la Alameda.

         Muchos se preocupan más por repartir dulces a niños disfrazados que no saben ni por qué piden dulces a los vecinos y sólo desarrollan un lado macabro con terroríficos disfraces, que por enseñarles a recordar a aquellos seres queridos que ya no están con nosotros, y este recuerdo es de una manera alegre que se refleja en los Altares de Muertos llenos de colorido, creatividad e incluso de elementos burlescos. Esto lo podemos ver en los refranes mexicanos que de una manera humorística nos hacen presentes el hecho de que la muerte es algo que no podemos evitar: “Al fin que para morir nacimos”, “¡Mujeres juntas ni difuntas” , “El muerto y el arrimado a los tres días apestan” o “Vivos aprendan de mi, ayer tan hermosa me vi y hoy calavera soy”.

         Los Altares de Muertos hoy también tiene un sentido estético y una gran complejidad en su montaje, debido a que cada elemento tiene un significado original que muchas veces se ha olvidado, pero se conserva como parte de un ritual. Estos son algunos de los significados de los distintos elementos que se integran en las ofrendas del Día de Muertos:[2]

·                  Mantel blanco. Simboliza la pureza y la alegría.

·                  Tierra. Representa la semilla, el fruto y el origen de los platillos; también recuerda a los mortales el principio religioso cristiano que “polvo eres y en polvo te convertirás”.

·                  Juguetes. En los altares dedicados a los niños se coloca el juguete preferido del niño, desde luego se trata de juguetes tradicionales como muñecas de cartón o trapo, baleros, trompos o yoyos.

·                  Agua. Sirve para que las almas de los muertos calmen la sed. Muchas veces se usan las típicas “aguas frescas” de sabores como jamaica, limón, horchata o tamarindo. Esto, además de corresponder al gusto mexicano añade un toque de color a la ofrenda.

·                     Cirios. Representan las almas de difuntos olvidados que necesitan ser iluminados para que puedan llegar a su destino. Colocados en cruz representan los cuatro puntos cardinales. 

·                     Papel picado. Este trabajo artesanal multicolor simboliza el viento y da el tono festivo a la celebración del Día de Muertos. El papel picado se usa como decoración en casi todas las fiestas mexicanas, desde luego lo que cambia es el motivo decorativo o los colores. Hoy en día se encuentra papel picado con calabazas e incluso con brujas volando en su escoba.

·                     Retratos. La imagen de las personas fallecidas es para recordarlas y dedicarles el altar. Por lo general se colocan en el centro de la ofrenda.

·                     Imágenes de santos. Son para recordar el Día de Todos los Santos y son los intermediarios en la interrelación entre los vivos y los muertos.

·                     Comida. En el altar se ofrece un banquete que se prepara para el difunto el cual debe incluir los platillos que le gustaban, básicamente los que forman la comida tradicional típica mexicana como el mole, los tamales, los frijoles, el arroz, entre otros. Los muertos sólo se llevan el aroma de los alimentos.

·                     Calaveras de azúcar.  Son el elemento más conocido de esta tradición, se trata de  réplicas de cráneos humanos hechas de azúcar blanca con decoraciones de azúcar coloreada y adornos de papel que llevan el nombre del difunto. También se acostumbra darlos como regalo a los amigos con su nombre. Hoy en día también se hacen de chocolate e incluso de “alegrías” (dulce de semilla de amaranto). Según es el tamaño tienen un significado distinto:

          • Calavera grande representa al Padre Eterno.

          • Calavera mediana representa a la muerte siempre presente.

          • Calavera chica representa a la Santísima Trinidad.

·                     Bebidas alcohólicas (cerveza, mezcal, pulque, tequila...). Una explicación sobre la costumbre de poner bebidas alcohólicas en las tumbas (además del gusto del muerto) es que sirven para que los difuntos no sientan el momento de la separación del alma y el cuerpo. Sólo se coloca en los altares de los adultos. También se coloca para que las almas recuerden los grandes acontecimientos agradables que tuvieron durante su vida y se decidan a visitar a los que aún se encuentran en este mundo.

·                     Veladoras o velas. En el altar simbolizan al difunto. La llama de la vela simboliza el espíritu del muerto y la divinidad. De todos los elementos usados es el más antiguo y ya lo usaban los egipcios, los griegos y los romanos. La luz de las velas también sirve de guía para que el difunto encuentre su camino.

·                     Pan de Muerto. Es el elemento característico de la temporada. Es preparado especialmente para la ocasión y entre sus ingredientes se pueden recordar harina, huevos, azúcar, levadura y anís. Tiene forma redonda y se adorna con cintas de la misma masa en forma de huesos, por último se espolvorea con azúcar. También representa el “Cuerpo de Cristo”.

·                     Copal o incienso. Esta resina vegetal aromática se quema en el incensario para que las ánimas sepan llegar a la ofrenda que les espera, pues el humo sube y llena  el espacio entre la tierra y el cielo. También sirve para purificar las ánimas de los adultos y el ambiente.

·                     Dulces. Entre los más comunes está la calabaza en tacha, las alegrías, los alfeñiques, el chocolate y las frutas. Son más abundantes en los altares de niños pues substituyen otros gustos de adultos (cigarros, alcohol, etc.).

·                  Flor de cempasúchil. Llamada “flor de cuatrocientos pétalos” o “veinte hojas”; esta flor en México es representativa del Día de Muertos. Además de distribuirse en el altar, los pétalos se colocaban formando un camino desde la puerta de la casa hasta el altar para conducir a los difuntos y “angelitos” que no conocen su casa. También representa el color de la muerte y del sol que guía el alma del difunto.

·                  Flores. En el altar también se usan otras flores con significado funerario como la “Cresta de gallo” de color rojo violáceo y la “Nube”, blanca y sutil que simboliza la pureza del alma; esta flor se coloca especialmente en los altares de los niños. En el Distrito Federal también se utiliza la gladiola.

·                     Sal. Es un elemento de purificación, sirve para que el cuerpo no se corrompa, en su viaje de ida y vuelta para el siguiente año.

·                  Ceniza. Simboliza el polvo en el que el hombre se ha de convetir (piensese en el “Miércoles de Ceniza”). También simboliza la expiación de las culpas pendientes de las almas y sirve para que las que están en el Purgatorio puedan salir de ahí y llegar a su destino.

         En el México contemporáneo se puede decir que por lo general tenemos un sentimiento especial ante ese fenómeno natural que es la muerte y el dolor que nos produce esta pérdida. La muerte es como un espejo que refleja la forma en que hemos vivido y nuestro arrepentimiento, si no lo hemos hecho de acuerdo con las creencias o principios que nos guían. Cuando la muerte llega, ilumina la vida que hemos llevado. Si nuestra muerte carece de sentido, tampoco lo tuvo en vida: “dime como mueres y te diré como eres”, dice un refrán popular.

         Es un hecho que la muerte existe, pero es mejor no pensar en la propia muerte. En las culturas contemporáneas, especialmente en la anglosajona, la “muerte” es una palabra que no se pronuncia. Los mexicanos tampoco pensamos en nuestra propia muerte, pero no le tenemos miedo, quizá porque por un lado la fe religiosa nos da la fuerza para reconocerla y por otro porque quizás también somos un poco indiferentes a la vida.

         Otro elemento que hay que tomar en cuenta es el paso del tiempo y con él, el cambio de contextos “Sin duda, la tradición que año con año celebramos se ha ido desvirtuando, ya que los medios de comunicación y nosotros mismos la estamos convirtiendo en una romería”,[3] sin embargo, la transformación es un fenómeno que viene desde siglos anteriores, aunque por otra parte algunas expresiones han sido “desvirtuadas” de su significado original, pero estas en algunos casos  son positivas como es el caso de la transformación del Altar de Muertos en un objeto artístico.

         Es importante señalar que los distintos contextos sociales influyen en la realización de una manifestación artística y cultural popular y transforman su significado y valor al llevarla a cabo en un determinado núcleo o grupo social. Esta transformación puede explicar el cambio de espacio en que se lleva a cabo la elaboración del “Altar de Muertos”: el cementerio, la casa, la escuela o la galería, pues cada uno de los espacios tiene una  función social distinta.

         En primer lugar hay que partir de la base que el Altar de Muertos en su origen no era un objeto artístico, sino una expresión simbólica; sin embargo, la manera en que se disponen los elementos simbólicos ya implica un proceso creativo y un “gusto” o estética. En este sentido podemos recordar que el propósito del artista tradicional “no era un simple portavoz de la tradición, pero tampoco era libre de inventar todo lo que quería. No era ni ‘artista’ ni ‘compositor’, en el sentido actual de esos términos. Producía sus propias variaciones, pero dentro de un armazón tradicional.[4]

         Como ha dicho Turok “La tradición ritual del Día de Muertos casi no se ha modificado en las comunidades indígenas, pero en las grandes urbes ha sufrido una metamorfosis, en la que los objetos sagrados se transforman en motivos de ornato o en banderas de la nacionalidad”.[5]

         Las transformaciones de las celebraciones del Día de Muertos se iniciaron hace ya bastante tiempo para dar lugar a la situación actual. A pesar de todo los Altares de Muertos siguen siendo una tradición viva en el día de los difunto


 

[1] Sobre la relación entre estas celebraciones en México véase Stanley Brandes, “El Día de Muertos, el Halloween y la búsqueda de una identidad nacional mexicana”, Alteridades, 10 (2000).

[2] Sobre los elementos de los Altares de Muertos puede verse Efraín Cortés Ruiz, Ceremonias de días de muertos, México: INAH, 1975, y José Antonio MacGregor, La celebración de muertos en México, México: CONACULTA, 1997.

[3] Jorge Argüello Sánchez y Georgina González Montes, La muerte nos pela los dientes. Muerte, días de muertos, fiestas, humor y tradición oral, México: Ducere, 2000, p. 53.

[4] Peter Burke, “Estructuras de la cultura popular” en La cultura popular en la Europa moderna, Madrid, Alianza Universidad, 1991, p. 176.

[5] Turok, Marta, “La ofrenda. Un derroche creativo”, Artes de México, 62, 2003, p. 48.

 

FOTOS: Gaya González Lamberti- Mariel Reinoso (Exposición Día de Muertos - Rectoría General UAM 2008)

 

 

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