México, Distrito Federal I Noviembre- Diciembre 2008 I Año 3 I Número 17 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

 

DOBLAJE de Federico Monroy

Graciela Cándano Fierro. Doctora en Letras Españolas por la UNAM y con estudios de posgrado en la Universidad Complutense de Madrid, España. Investigadora Titular del Instituto de Investigaciones Filológicas (UNAM) en el área de literatura ejemplar de los siglos XII al XV. Profesora de asignatura en el Curso de Literatura Española Medieval, desde 1975. Autora de los libros:La espina y la rosa. La ambivalencia en torno al `dogma´y al `instinto´ en torno al Libro de Buen Amor. Estructura, desarrollo y función en las colecciones de exempla del siglo XIII.Una faceta de la mujer en la literatura ejemplar, La seriedad y la risa, La comicidad en la literatura ejemplar de la Baja Edad Media ,La harpía y el cornudo. La mujer en la literatura ejemplar de la Baja Edad Media española, Sendebar para estudiantes, Un modelo de las colecciones de exempla del siglo XIII. Autora de diversos artículos sobre literatura y sociedad medieval española. Ponente en diversos foros nacionales e internacionales. Entre sus áreas de investigación e interés se encuentra la defensa de los Derechos Humanos

España: Ediciones Escalera, 2008 (ISBN 13: 978-84-935836-5-1)

 

Cuando conocí a Federico –por intermediación de un amigo mutuo, Salvador Capdevielle- pensé que era un estudiante interesado en los cursos de literatura que se impartían en la Facultad de Filosofía y Letras. Al conversar con él percibí que era un “alfarero del lenguaje”; y al leer sus poemas en Postales póstumas, ya no tuve duda de que era un gran poeta. Y ahora que llegó a mis manos su más reciente publicación, Doblaje, quisiera dedicarle unas breves palabras:

Los sonidos verbales de Federico nos tocan no sólo “por el hombro” –como dice en Postales póstumas- sino que entran por la piel, por las venas. Y como si desmembrar un mapa fuera la experiencia de la lectura de sus poemas, así vamos derrumbando muros, transitando a través de los arcos que forman sus palabras.

La palabra del poeta se materializa, nos permite asir la realidad, lo tangible, sin dejar de ser palabra. Vienen a mi mente las reveladoras ideas de Octavio Paz sobre la imagen poética “que abarca o reconcilia (los significados contrarios)  sin suprimirlos”; que “reproduce la pluralidad de la realidad y, al mismo tiempo, le otorga unidad”.[1] Como sucede en “Éste es el poema”:

 

De la calle que cruza como un pájaro

y dice unos arcos allá arriba.

De esto que palpas con tu voz,

apretar la cal entre las manos,

disparar el fusil en la amapola.

Que tu silencio no lo sabe. 

De la calle que da paso y el corazón, el viento,

anudada la torre junto al precipicio,

te lanzas a volver alguna tarde

a lo que nunca tuviste que decir (p. 77).

 

Y lo mismo sucede con la imagen afortunada del poema “Estación”, donde el clavel es clavel y la sangre es sangre; y al mismo tiempo el clavel es sangre. “Lejos de agrandarse –dice Paz- la distancia entre la palabra y la cosa se acorta o desaparece del todo; el nombre y lo nombrado son ya lo mismo”.[2]

La voz del poeta se ensancha en nuestras heridas, que recuerdan lo que fuimos o lo que seremos algún día. Y lo que es cierto es que en el tronco de nuestro cuerpo queda la resina de la palabra de amor convertida en verso. Me refiero aquí al poema “Tríptico para un encuentro inesperado”.

 Y encuentros inesperados resultan las imágenes que Federico logra uniendo lo abstracto con lo concreto, lo material-corpóreo y lo intangible. Va esculpiendo en la lluvia como en los labios, en la palabra como en la lengua. Y sin sentirlo nos encontramos con las playas y los ríos y los bosques y con el alma.

Las imágenes que se producen debido a la unión de los diferentes dominios sensoriales –como la saliva que “hierve”, o el mar que “besa”, o el grito que se suelta “con las manos”, o el “clavel de sangre”, o la “claridad sonada”, o la “soledad sorda”, o “la mordedura del silencio”, o los “colmillos de la rosa”, es decir cuando “se desmigaja la voz” del poeta-  son, estos dominios, digo, semejantes a una sinfonía que fuera ejecutada con instrumentos primitivos, emanados de la tierra  virgen, de la “piel del bosque”. Pues, otra vez cito a Octavio Paz, “los contrarios no desaparecen, pero se funden en un instante… El poema es mediación: por gracia suya, el tiempo original, padre de los tiempos, encarna en un instante. La sucesión se convierte en presente puro, manantial que se alimenta a sí mismo y transmuta al hombre”.[3]

Y en efecto, Federico es un mediador, un verdadero alquimista del lenguaje, convierte los signos en emblemas de colores acústicos; y de las espigas de azufre surgen torrentes de libélulas que son las palabras que hace suyas este Prometeo andaluz, en virtud de la operación transmutadora, del doblaje de la “voz aprendida”.

Sorprendentes alturas se alcanzan en este poema que da título al libro. Es una lección que se desliza alquímicamente por los cuatro elementos: por el agua, en el rió; por la tierra, en el columpio; por el fuego, en la ceniza; y por el aire, en la fragancia. Y todo desemboca en el último verso: “Y ya, la voz aprendida”.

El juego que hace con el tiempo como algo interminable y que a la vez se devuelve en palabras, en espacios transformados en algo palpable, lo podemos percibir en su poema “Top-manta”:

Donde aborta la sed nace un imperio.

El tiempo devuelve las horas calizas,

las devuelve como botellas sin mensaje,

las devuelve despacio como cuerpos,

desaparecidos (p. 49).

Los huesos se hielan al leer “El ladrón de mapamundis”, al sentir tan cercano un ser ausente; y se atoran en la garganta los sonidos que tal parece solo estar dispuestos a expresarse en el papel:

Esta máquina engulle

el mapamundi,

hace trizas lo robado,

y un sudor extraño

se cuela en el parquet,

en la persiana, por la cornisa

hacia fuera y salva un libro… (p. 51).

El pulso de Federico crea realidades inimaginables ante los ojos del lector que se atreve a pronunciar las palabras plasmadas en “Elenco de garfios”:


   
    Que quepa la palabra en el oído

Que el mar desencadene mis ojos (p. 55).

Pero sí…, necesitamos la voz del poeta para asir el anzuelo y encontrarnos -como dice él- “un laboratorio en un estanque”

En los poemas de Federico Monroy se cumple lo que dice Johannes Pfeiffer en su ya clásico libro, La poesía: “En la poesía… lo esencial es vivir las palabras en toda su virginal plenitud de sentido y plasticidad; la intuición se eleva sobre la comprensión, la imagen sobre el concepto”.[4]

Lenguaje pulido, buscado “bien vestido”, pero sin ornamento fácil, así es la poesía de Federico. Me hago eco de las palabras de Jesús Urceloy (Epílogo): “...cada palabra está en su lugar, acentuando, ritmando, disponiendo la musicalidad versal con la significación y la sugerencia” (p. 92). Veamos el ejemplo de ello en “(Encuentro)”:

Llegaron las lluvias

y no hay rastro posible.

El mar, que todo lo cesa,

ha separado mi alma

migajas de tu río.

El bosque fue trepando

sus orillas, arañados

tus codos, mis labios ilesos.

Resbala en la ladera

un drago en nuestras vidas.

Llegaron las lluvias

y no hay rastro posible.

Poemas por tu lengua

humedecieron, como entonces,

sin saberlo, sin  sentirlo.

Y entonces te encontraron… (p. 23).

 

Como dice Pfeiffer, “Sólo puede llegar a poseer la verdad poética quien se sumerja en la vida de la forma; y de la forma poética sólo se adueñará quien se hunda en la verdad en ella vivificada”.[5]

Y Federico, como el de antaño –el otro Federico- se ha dejado la vida en estos versos.


 

[1] “…esto es esto y aquello es aquello; y al mismo tiempo, esto es aquello”, Octavio Paz, El arco y la lira,  México: Fondo de Cultura Económica,  1956,  pp.  98 y 108.

[2] Op.cit.  p. 112.

[3] Op.cit. pp. 24-25.

[4] Johannes Pfeiffer, La poesía, México: Fondo de Cultura Económica,  1971 (Breviarios 419),  p. 27.

[5] Op. cit. p. 103.

 

 

 

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