Cuando conocí a Federico –por intermediación de un amigo mutuo,
Salvador Capdevielle- pensé que era un estudiante interesado en
los cursos de literatura que se impartían en la Facultad de
Filosofía y Letras. Al conversar con él percibí que era un
“alfarero del lenguaje”; y al leer sus poemas en Postales
póstumas, ya no tuve duda de que era un gran poeta. Y ahora
que llegó a mis manos su más reciente publicación, Doblaje,
quisiera dedicarle unas breves palabras:
Los sonidos verbales de Federico nos tocan no sólo “por el
hombro” –como dice en Postales póstumas- sino que entran
por la piel, por las venas. Y como si desmembrar un mapa fuera
la experiencia de la lectura de sus poemas, así vamos
derrumbando muros, transitando a través de los arcos que forman
sus palabras.
La palabra del poeta se materializa, nos permite asir la
realidad, lo tangible, sin dejar de ser palabra. Vienen a mi
mente las reveladoras ideas de Octavio Paz sobre la imagen
poética “que abarca o reconcilia (los significados contrarios)
sin suprimirlos”; que “reproduce la pluralidad de la realidad y,
al mismo tiempo, le otorga unidad”.
Como sucede en “Éste es el poema”:
Y lo mismo sucede con la imagen afortunada del poema “Estación”,
donde el clavel es clavel y la sangre es sangre; y al mismo
tiempo el clavel es sangre. “Lejos de agrandarse –dice Paz- la
distancia entre la palabra y la cosa se acorta o desaparece del
todo; el nombre y lo nombrado son ya lo mismo”.
La voz del poeta se ensancha en nuestras heridas, que recuerdan
lo que fuimos o lo que seremos algún día. Y lo que es cierto es
que en el tronco de nuestro cuerpo queda la resina de la palabra
de amor convertida en verso. Me refiero aquí al poema “Tríptico
para un encuentro inesperado”.
Y encuentros inesperados resultan las imágenes que Federico
logra uniendo lo abstracto con lo concreto, lo material-corpóreo
y lo intangible. Va esculpiendo en la lluvia como en los labios,
en la palabra como en la lengua. Y sin sentirlo nos encontramos
con las playas y los ríos y los bosques y con el alma.
Las imágenes que se producen debido a la unión de los diferentes
dominios sensoriales –como la saliva que “hierve”, o el mar que
“besa”, o el grito que se suelta “con las manos”, o el “clavel
de sangre”, o la “claridad sonada”, o la “soledad sorda”, o “la
mordedura del silencio”, o los “colmillos de la rosa”, es decir
cuando “se desmigaja la voz” del poeta- son, estos dominios,
digo, semejantes a una sinfonía que fuera ejecutada con
instrumentos primitivos, emanados de la tierra virgen, de la
“piel del bosque”. Pues, otra vez cito a Octavio Paz, “los
contrarios no desaparecen, pero se funden en un instante… El
poema es mediación: por gracia suya, el tiempo original, padre
de los tiempos, encarna en un instante. La sucesión se convierte
en presente puro, manantial que se alimenta a sí mismo y
transmuta al hombre”.
Y en efecto, Federico es un mediador, un verdadero alquimista
del lenguaje, convierte los signos en emblemas de colores
acústicos; y de las espigas de azufre surgen torrentes de
libélulas que son las palabras que hace suyas este Prometeo
andaluz, en virtud de la operación transmutadora, del doblaje de
la “voz aprendida”.
Sorprendentes alturas se alcanzan en este poema que da título al
libro. Es una lección que se desliza alquímicamente por los
cuatro elementos: por el agua, en el rió; por la tierra, en el
columpio; por el fuego, en la ceniza; y por el aire, en la
fragancia. Y todo desemboca en el último verso: “Y ya, la voz
aprendida”.
El juego que hace con el tiempo como algo interminable y que a
la vez se devuelve en palabras, en espacios transformados en
algo palpable, lo podemos percibir en su poema “Top-manta”:
Donde aborta la sed nace un imperio.
El tiempo devuelve las horas calizas,
las devuelve como botellas sin mensaje,
las devuelve despacio como cuerpos,
desaparecidos (p. 49).
Los huesos se hielan al leer “El ladrón de mapamundis”, al
sentir tan cercano un ser ausente; y se atoran en la garganta
los sonidos que tal parece solo estar dispuestos a expresarse en
el papel:
Esta máquina engulle
el mapamundi,
hace trizas lo robado,
y un sudor extraño
se cuela en el parquet,
en la persiana, por la
cornisa
hacia fuera y salva un libro… (p. 51).
El pulso de Federico crea realidades inimaginables ante los ojos
del lector que se atreve a pronunciar las palabras plasmadas en
“Elenco de garfios”:
Que quepa la palabra en el oído
Que el mar desencadene mis ojos (p. 55).
Pero sí…, necesitamos la voz del poeta para asir el anzuelo y
encontrarnos -como dice él- “un laboratorio en un estanque”
En los poemas de Federico Monroy se cumple lo que dice Johannes
Pfeiffer en su ya clásico libro, La poesía: “En la
poesía… lo esencial es vivir las palabras en toda su virginal
plenitud de sentido y plasticidad; la intuición se eleva sobre
la comprensión, la imagen sobre el concepto”.
Lenguaje pulido, buscado “bien vestido”, pero sin ornamento
fácil, así es la poesía de Federico. Me hago eco de las palabras
de Jesús Urceloy (Epílogo): “...cada palabra está en su lugar,
acentuando, ritmando, disponiendo la musicalidad versal con la
significación y la sugerencia” (p. 92). Veamos el ejemplo de
ello en “(Encuentro)”:
Llegaron las lluvias
y no hay rastro posible.
El mar, que todo lo cesa,
ha separado mi alma
migajas de tu río.
El bosque fue trepando
sus orillas, arañados
tus codos, mis labios ilesos.
Resbala en la ladera
un drago en nuestras vidas.
Llegaron las lluvias
y no hay rastro posible.
Poemas por tu lengua
humedecieron, como entonces,
sin saberlo, sin sentirlo.