México, Distrito Federal I Noviembre- Diciembre 2008 I Año 3 I Número 17 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

Entrevista al humanista puertorriqueño

 Mario R. Cancel 

 

Por josé E. Santos
 

 

Mario R. Cancel (1960) es una de las figuras más relevantes de la vida literaria y cultural en Puerto Rico.  Historiador, poeta, narrador y profesor universitario, Cancel ha preparado varias antologías en que recoge lo mejor de la obra literaria contemporánea además de escribir uno de los trabajos críticos centrales para entender el presente momento literario en Puerto Rico, Literatura y narrativa puertorriqueña: la escritura entre siglos (2007).  Es autor de varios libros de tema histórico como Segundo Ruiz Belvis: El prócer y el ser humano (1994), Antifiguraciones: bocetos puertorriqueños (2003) e Historias marginales: otros rostros de Jano (2007), entre otros.  Acaba de publicar el volumen Puerto Rico: su transformación en el tiempo (2008) una historia social y cultural de del país, en conjunto con Héctor R. Feliciano Ramos. En su obra literaria se destacan el poemario Estos raros orígenes (1991) y las colecciones de relatos Las ruinas que se dicen mi casa (1992) e Intento dibujar una sonrisa (2005).  Cancel enseña historia en el Recinto de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico y creación literaria en la Universidad del Sagrado Corazón. En septiembre de 2008 fue reconocido con “Escritor Distinguido del Año” por el Pen Club de Puerto Rico. Coordina los espacios en la Internet Narrativa Puertorriqueña: Lugares Imaginarios y la bitácora La Casa de los Textos entre otros.

 J. S.: Saludos Mario.  De todas las personas que conozco eres la que más se ha ocupado por ver la conexión entre todos los productos culturales de nuestro país [Puerto Rico].  ¿En qué momento desarrollaste esta inquietud integradora?  ¿Hubo un instante que definiera este proceder o fue algo que sobre la marcha fuiste elaborando? 

M. C.: Antes que nada, déjame agradecerte tu interés por mi trabajo profesional. El interés nació con un proyecto literario que fundé con el novelista Carmelo Rodríguez Torres en 1985: Islote: Revista de Literatura e Historia. Nuestra intención era establecer un puente entre esas dos formas de la interpretación y, a la vez, abrir un espacio para las nuevas promociones de escritores desde el oeste de Puerto Rico. La intención se afirmó en 1989, cuando el semanario Claridad sirvió de espacio para un debate en torno a la poesía de la llamada Generación del 1980.  

Más tarde, mientras trabajaba en la UPR de Aguadilla en 1996, organicé un congreso sobre las “nuevas generaciones” y “la postmodernidad.” El mismo reunió a autores del 1960, el 1970 y el 1980 en un debate entre convulso y fraterno. Me parece que aquel fue el esfuerzo más importante que se realizó para darle visibilidad a los productores culturales de nueva generación desde esta zona del país. 

J. S.: Manejas el discurso histórico por tu profesión y el literario por vocación.  Dos vocaciones, podríamos decir.  ¿Adoptas un proceder distinto al enfrentar ambos procesos?  ¿Hay convergencias?  ¿Cómo piensa y reacciona Mario Cancel a ambas experiencias?  

M. C.: He dicho en otras ocasiones que soy un vagabundo entre los géneros literarios. Ello reporta ciertas ventajas y desventajas que no tiene caso discutir ahora. Estoy convencido de que la escritura literaria y la historiográfica son dos formas de teorizar sobre el mundo. Me parece que esa es la actividad primaria de cada escritor: establecer su personal imago mundi a través de aquellos medios que considere legítimos. Lo cierto es que, en la historiografía o en las ficciones, no puedo dejar de ser yo. No me quito un sombrero para ponerme otro, como me dijo una vez el joven escritor y periodista cultural Carlos Esteban Cana. El placer de escribir y el de ser leído es el mismo. 

J. S.: En Historias marginales: otros rostros de Jano te has centrado en el manejo institucional y no institucional de esas parcelas invisibles pero omnipresentes del devenir histórico como la prostitución, la literatura no canónica, la historiografía olvidada, el espiritismo, etc.  ¿Piensas que son ámbitos desatendidos?  ¿Cuán importante te parece su integración para una visión total de la experiencia histórica? 

M. C.: Pienso que son lugares cargados de humanidad que el academicismo moderno se resistió a mirar por una diversidad de consideraciones. Esas parcelas, como las denominas, hablan tanto de lo que significa la cultura tanto como los lugares consagrados. No quiero que se me malentienda. No se trata de que crea yo que, visitándolos, apropio “la totalidad” o la “verdad.” La historiografía cultural, según la entiendo, no sueña con alcanzar una visión total al estilo de los ilustrados. Lo que rechaza la historiografía cultural son las visiones homogeneizadoras, que podan la diferencia o la alteridad.

Lo que busco en ese libro son esos espacios alternos o marginales con la mirada de un investigador que ha apropiado el pluralismo y niega la validez de la idea de un pasado uniforme, lineal y continuo. Por eso, mientras hablo de la prostitución en el contexto de la invasión estadounidense de 1898, demuestro que el acontecimiento fue percibido de modo irregular por una diversidad de gentes. El mismo efecto se consigue cuando trabajo a los líderes independentistas espiritistas para fijarme en su percepción del mundo espiritual. 

J. S.: Es posible que seas la persona más preocupada por el estudio del devenir literario de Puerto Rico de finales del siglo XX y principios del siglo XXI.  Me gustaría saber cómo caracterizarías en términos generales la aportación literaria de la Generación del 80 a la luz del Puerto Rico en el que han vivido y al que han reaccionado. 

M. C.: A fines de la década del 1980, se trató de un grupo pequeño de escritores atrevidos. Establecer la diferencia con los escritores del 1960 y el 1970, no era un acto sencillo. Aquella ha sido la generación más impactante en todo el siglo 20, sin duda. Ya eso es algo.

Después del 1990 la escritura de los autores del 1980, tanto la creativa como la crítica, inició la discusión postmoderna desde la literatura.  El papel que cumplió la antología El límite volcado (2000) que elaboré con Alberto Martínez Márquez, fue crucial. En cierto modo completó la discusión iniciada en el congreso de 1996 en Aguadilla.

Me parece, como historiador cultural, que las diferencias más notables tienen que ver con una relación menos tensa con la alta tecnología y los medios masivos de comunicación en las nuevas promociones. El escritor no evade sino que, más bien, apropia de manera confiada el mundo de los medios y lo pone a su servicio. La idea del escritor como un aristócrata del saber es retada por la idea de la literatura como espectáculo. El mercado ya no es el monstruo de la película sino un lugar de encuentro para el happening.  Había algo de eso en ciertos escritores del 1960 y el 1970 pero, en el presente, la tendencia se afirma. La Internet ha radicalizado ese proceso.

Lo otro tiene que ver con una revisión de la idea de la identidad y, con ello, la de la nacionalidad. La relación del escritor con el mundo social se formula sobre bases distintas. La confianza que mostraban los escritores del 1960 y el 1970 en el “espíritu del 1968,” ya es atípica. Allí nacen y se desarrollan los conflictos generacionales típicos de una era de conflicto. Pero en Puerto Rico los autores del 1960 y el 1970 han mantenido un aristocrático silencio respecto a ese debate tanto en el campo de la literatura como en el de la historia.

Los efectos de esos procesos en la escritura son evidentes. Se sigue enjuiciando el mundo y parodiando la estúpida vida social burguesa. Pero el espíritu es otro. 

J. S.: Ya más enfocado en tu propia obra literaria, ¿cómo te aproximas a la ejecución narrativa y cómo a la poética?  ¿Adoptas actitudes diferentes en términos de tu disciplina personal? 

M. C.: La relación entre los diversos géneros literarios que trabajo no me produce tensiones. Me parece que los géneros literarios promueven una serie diversa de economías del logos o administraciones de las palabras. Pero las mismas se organizan de manera natural cuando se inicia el proceso de redacción de un poema, un texto narrativo, uno periodístico o uno de crítica o teoría.  

Como te dije, entiendo la escritura como una manera de teorizar sobre el mundo. Siempre recuerdo que los textos presocráticos eran largos poemas filosóficos y no otra cosa. 

Es cierto que las invasiones mutuas son inevitables: la poesía invade la narración o el periodismo, la crítica es asaltada por procedimientos poéticos o narrativos. El producto es, entonces, un híbrido. Un clasicista o un moderno, miraría con ojo escrutador ese fenómeno. Pero esa hibridez es uno de los rasgos distintivos de la escritura de la segunda posguerra y de la posguerra fría. Podría pensar en tus libros de cuentos como un ejemplo de esa hibridez o impureza. En tus textos llegas al extremo del irrealismo sucio más devastador como el caso de tu “Terminator boricua”. 

Celebro esa hibridez o suciedad. Si uso una metáfora inusual, ese es un modo postmoderno de ser humanista pero sin la esclavitud de la lógica, la razón o la pureza obligatoria. 

J. S.: En Intento dibujar una sonrisa tu cuentística dialoga en varios instantes con la tradición narrativa hispanoamericana.  Se escucha y se contesta al eco de Rulfo, Borges, José Luis González entre otros.  ¿Cómo definirías el norte de tu inquietud narrativa? 

M. C.: Esos cuentos fueron un intento de apropiar lugares alternos o marginales. Son formas teóricas del viaje, un lugar común de toda literatura fantástica.  Los llamé altertopías en la Conferencia Magistral que dicté en la Universidad del Sagrado Corazón para el Pen Club de Puerto Rico este mes de septiembre. Quería diferenciar el procedimiento de las utopías, distopías o atopías al uso. 

La altertopías consisten en una serie de huidas hacia el interior que, en el caso de ese libro, se dan por el camino del erotismo. El cuento que da título a la colección es un ejemplo de ello. Ese tipo de viaje utiliza procedimientos poéticos complejos que reproducen la fluidez de la memoria y la incertidumbre del recuerdo. El papel de las amantes en la configuración de esa actitud es crucial. Esos espacios son lugares en que el tiempo y el espacio no tienen las características propias que les acredita la física. En “Biografía del regreso” domina la inacción o la cámara lenta, a la manera de Marguerite Duras. El marco de una puerta y un acontecimiento que no se completa, dominan. Es como decir que aunque se regresa, no se regresa o, al menos el mismo lugar es otro. 

Pero también elaboré huidas hacia el exterior. El exterior clásico de nuestra cultura es la historia y yo soy historiador. “El libro” y “El niño Briol” juegan con ello. En esos relatos mágicos la cadena de acontecimientos es visible. El viaje en el tiempo y el espacio según los definiría la física, se engasta en el tránsito mental. En el primero de ellos es la casa de un escritor mítico; en el segundo, el Viejo San Juan. Se trata de metas simbólicas comunes a nuestra cultura letrada, pero significan también proyectos personales. Los relatos pretenden afirmar lo ilusorio de todo proyecto de presente y de toda imagen del pasado. “La bala” tiene ese criterio como propuesta central.

Los relatos demuestran que, tanto la memoria individual como la colectiva, están marcadas por la incertidumbre. Sin embargo seguimos siendo capaces de vivir, sentir y pensar. La escritura sigue haciendo que el mundo sea apropiado para esas cosas. 

Creo que sí hay mucho de Rulfo y Borges en mis lecturas.  Pero a veces esa idea de la influencia de los maestros se usa como un dedo acusador desde la comodidad de la academia. La crítica formal legitima las producciones nuevas recurriendo a la memoria de sus propias lecturas. Nunca se le pregunta a un escritor qué leyó. Podrían llevarse enormes sorpresas. A veces la crítica literaria al uso lo que demuestra es su incapacidad de apropiar las nuevas escrituras sin antes someterlas a una tradición monumental que la minimiza. 

Mis ficciones tienen más que ver con lecturas de textos mágicos antiguos: hindúes, indo-americanos, musulmanes o afromusulmanes, mitos populares de la Europa Central o del Lejano Oriente, literaturas no hispanoamericanas traducidas al español o al inglés. Me fascinan ciertos discursos de la resistencia antisoviética de la segunda posguerra, la magia imprevista de los textos coloniales ante la sorpresa del Nuevo Mundo. Las literaturas modernas son una pequeña mancha en el todo inatrapable de la literatura. 

J. S.: Me llama mucho la atención uno de los cuentos que mencionaste, “El niño briol”, no solamente por el acertado intercambio entre la representación realista y la fantástica, sino por la plurivalente oferta presente desde el título, en el que “briol” es palabra que se construye con las mismas letras que “libro”.  ¿Cómo se origina este cuento y cómo te acercaste a su ejecución?  ¿Qué otros relatos consideras cardinales en esta colección

M. C.: El cuento “El niño briol” tiene como pretexto unos versos eróticos rituales adjudicados a una etnia del centro de África por un antropólogo cultural. Los niños brioles pedían en sus versos una “vagina” y un “chelín.” Hay algo de fuerte contenido freudiano en ello. El juego con las letras es casual. Tú lo fundaste y yo lo apropio. Debió ser mi subconsciente enfermo el que lo decidió. Es un homenaje a la negritud mágica en el marco del signo cultural blanco más importante del país: el San Juan Antiguo. La intención era jugar con el valor más poderoso que estableció la escritura del 1960 y el 1970: la caribeñidad, la negritud, la mulatería callejera. El personaje, Felipe, es un alter ego u otro yo huidizo. El cuento se apoya sobre el folk africano, no sobre el folk negro caribeño. Todos los versos que se citan provienen de la llamada África Negra. El trabajo creativo está emparentado con una investigación que elaboré hace años sobre la obra de Luis Palés Matos quien, si bien me sorprendió por su vanguardismo, me desilusionó en su interpretación de la negritud.

El viaje exterior a San Juan, que no visito muy a menudo desde hace años, y el viaje interior reflexivo, se sintetizan en el texto. Los antecedentes del relato incluyen agudas conversaciones con Carmelo Rodríguez Torres, Carmen Rita Centeno Añeses, una intelectual que distingo mucho y es personaje del relato, y Alberto Martínez Márquez, uno de los mejores poetas del presente, a quien se le dedica el texto. 

Se trata del mismo tema que manejo en “El libro” como te indiqué antes. Es una búsqueda hacia el exterior y hacia el interior. El escenario es un barrio de la montaña de la zona oeste: el lugar donde nació mi padre. El alter ego o el otro yo es el escritor, Esteban. El pretexto literario es el oráculo de Aristónica, un escrito clásico en el sentido convencional de la palabra. Como el manipulador por excelencia de la historiografía desde 1980 ha sido mi amigo Luis López Nieves, a él se le dedicó.  

La discusión del cuento es algo pesimista. De hecho gira en torno a las barreras infranqueables que enfrenta el productor cultural en el presente. No se trata de una queja. Es una afirmación pensada.  

En mi libro inédito Relatos y otras ignominias vuelvo a reflexionar sobre estos asuntos pero desde otras ubicaciones. Las reflexiones sólo se instalan en lugares antes no visitados. Celebro la escritura literaria como lo que es: un proceso de reacomodo de textos, un collage inmenso de memorias filtradas. Por eso las bibliotecas, la mía que tanto quiero, siempre es un personaje dentro de los relatos. En mi nuevo libro, el relato “El aposento de las iguanas” es una celebración de ese templo. Espero que un día lo puedas leer y me lo comentes. 

Tras las discusiones de Barthes y Foucault, hay que aceptar que el autor hoy es otra cosa: una línea cortada en ausencia del lector.  El libro como invención de un novus orbis es un mito, del mismo modo que lo es la memoria histórica en tiempos de incertidumbre. Todo es contingente, allí está el dilema. Pero la opción no es dejar de ser autor, abandonar el libro o ser ahistóricos conscientes. Todo lo contrario. Si todo está destruido, hay que volver a construir. Nada más. 

J. S: Mil gracias por tu tiempo Mario y por tus palabras. 

M. C.: Gracias a ti por la oportunidad. Me parece que, si ya mi escritura dialoga con la tuya, posponer una conversación como ésta habría sido una felonía.

 

 

José E. Santos (1963) estudió la Universidad de Puerto Rico y en Brown University.  Se desempeña como profesor de literatura hispánica en  la Universidad de Puerto Rico. Es además crítico, poeta y narrador. Es el autor de Archivo de oscuridades (2003), Crónica de la degustación (2005), Después de la espera (2006),  Los Viajes de Blanco White (2007) y Trinitarias y otros relatos (2008) entre otras.  Es además director de la revista de estudios hispánicos Pórtico, adscrita al Recinto de Mayagüez.

 

 

 

 

 

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