Mario R. Cancel (1960) es una de las figuras más
relevantes de la vida literaria y cultural en Puerto
Rico. Historiador, poeta, narrador y profesor
universitario, Cancel ha preparado varias antologías
en que recoge lo mejor de la obra literaria
contemporánea además de escribir uno de los trabajos
críticos centrales para entender el presente momento
literario en Puerto Rico, Literatura y narrativa
puertorriqueña: la escritura entre siglos
(2007). Es autor de varios libros de tema histórico
como Segundo Ruiz Belvis: El prócer y el ser
humano (1994), Antifiguraciones: bocetos
puertorriqueños (2003) e Historias
marginales: otros rostros de Jano (2007), entre
otros. Acaba de publicar el volumen Puerto Rico:
su transformación en el tiempo (2008) una
historia social y cultural de del país, en conjunto
con Héctor R. Feliciano Ramos. En su obra literaria
se destacan el poemario Estos raros orígenes
(1991) y las colecciones de relatos Las ruinas
que se dicen mi casa (1992) e Intento dibujar
una sonrisa (2005). Cancel enseña historia en
el Recinto de Mayagüez de la Universidad de Puerto
Rico y creación literaria en la Universidad del
Sagrado Corazón. En septiembre de 2008 fue
reconocido con “Escritor Distinguido del Año” por el
Pen Club de Puerto Rico. Coordina los espacios en la
Internet Narrativa Puertorriqueña: Lugares
Imaginarios y la bitácora La Casa de los Textos
entre otros.
J.
S.: Saludos Mario. De todas las personas que
conozco eres la que más se ha ocupado por ver la
conexión entre todos los productos culturales de
nuestro país [Puerto Rico]. ¿En qué momento
desarrollaste esta inquietud integradora? ¿Hubo un
instante que definiera este proceder o fue algo que
sobre la marcha fuiste elaborando?
M. C.: Antes que nada, déjame agradecerte tu interés
por mi trabajo profesional. El interés nació con un
proyecto literario que fundé con el novelista
Carmelo Rodríguez Torres en 1985: Islote: Revista
de Literatura e Historia. Nuestra intención era
establecer un puente entre esas dos formas de la
interpretación y, a la vez, abrir un espacio para
las nuevas promociones de escritores desde el oeste
de Puerto Rico. La intención se afirmó en 1989,
cuando el semanario Claridad sirvió de
espacio para un debate en torno a la poesía de la
llamada Generación del 1980.
Más tarde, mientras trabajaba en la UPR de Aguadilla
en 1996, organicé un congreso sobre las “nuevas
generaciones” y “la postmodernidad.” El mismo reunió
a autores del 1960, el 1970 y el 1980 en un debate
entre convulso y fraterno. Me parece que aquel fue
el esfuerzo más importante que se realizó para darle
visibilidad a los productores culturales de nueva
generación desde esta zona del país.
J. S.: Manejas el discurso histórico por tu
profesión y el literario por vocación. Dos
vocaciones, podríamos decir. ¿Adoptas un proceder
distinto al enfrentar ambos procesos? ¿Hay
convergencias? ¿Cómo piensa y reacciona Mario
Cancel a ambas experiencias?
M. C.: He dicho en otras ocasiones que soy un
vagabundo entre los géneros literarios. Ello reporta
ciertas ventajas y desventajas que no tiene caso
discutir ahora. Estoy convencido de que la escritura
literaria y la historiográfica son dos formas de
teorizar sobre el mundo. Me parece que esa es la
actividad primaria de cada escritor: establecer su
personal imago mundi a través de aquellos
medios que considere legítimos. Lo cierto es que, en
la historiografía o en las ficciones, no puedo dejar
de ser yo. No me quito un sombrero para
ponerme otro, como me dijo una vez el joven escritor
y periodista cultural Carlos Esteban Cana. El placer
de escribir y el de ser leído es el mismo.
J. S.: En Historias marginales: otros rostros de
Jano te has centrado en el manejo institucional
y no institucional de esas parcelas invisibles pero
omnipresentes del devenir histórico como la
prostitución, la literatura no canónica, la
historiografía olvidada, el espiritismo, etc.
¿Piensas que son ámbitos desatendidos? ¿Cuán
importante te parece su integración para una visión
total de la experiencia histórica?
M. C.: Pienso que son lugares cargados de humanidad
que el academicismo moderno se resistió a mirar por
una diversidad de consideraciones. Esas parcelas,
como las denominas, hablan tanto de lo que significa
la cultura tanto como los lugares consagrados. No
quiero que se me malentienda. No se trata de que
crea yo que, visitándolos, apropio “la totalidad” o
la “verdad.” La historiografía cultural, según la
entiendo, no sueña con alcanzar una visión total al
estilo de los ilustrados. Lo que rechaza la
historiografía cultural son las visiones
homogeneizadoras, que podan la diferencia o la
alteridad.
Lo que busco en ese libro son esos espacios alternos
o marginales con la mirada de un investigador que ha
apropiado el pluralismo y niega la validez de la
idea de un pasado uniforme, lineal y continuo. Por
eso, mientras hablo de la prostitución en el
contexto de la invasión estadounidense de 1898,
demuestro que el acontecimiento fue percibido de
modo irregular por una diversidad de gentes. El
mismo efecto se consigue cuando trabajo a los
líderes independentistas espiritistas para fijarme
en su percepción del mundo espiritual.
J. S.: Es posible que seas la persona más preocupada
por el estudio del devenir literario de Puerto Rico
de finales del siglo XX y principios del siglo XXI.
Me gustaría saber cómo caracterizarías en términos
generales la aportación literaria de la Generación
del 80 a la luz del Puerto Rico en el que han vivido
y al que han reaccionado.
M. C.: A fines de la década del 1980, se trató de un
grupo pequeño de escritores atrevidos. Establecer la
diferencia con los escritores del 1960 y el 1970, no
era un acto sencillo. Aquella ha sido la generación
más impactante en todo el siglo 20, sin duda. Ya eso
es algo.
Después del 1990 la escritura de los autores del
1980, tanto la creativa como la crítica, inició la
discusión postmoderna desde la literatura. El papel
que cumplió la antología El límite volcado
(2000) que elaboré con Alberto Martínez Márquez, fue
crucial. En cierto modo completó la discusión
iniciada en el congreso de 1996 en Aguadilla.
Me parece, como historiador cultural, que las
diferencias más notables tienen que ver con una
relación menos tensa con la alta tecnología y los
medios masivos de comunicación en las nuevas
promociones. El escritor no evade sino que, más
bien, apropia de manera confiada el mundo de los
medios y lo pone a su servicio. La idea del escritor
como un aristócrata del saber es retada por la idea
de la literatura como espectáculo. El mercado ya no
es el monstruo de la película sino un lugar de
encuentro para el happening. Había algo de
eso en ciertos escritores del 1960 y el 1970 pero,
en el presente, la tendencia se afirma. La Internet
ha radicalizado ese proceso.
Lo otro tiene que ver con una revisión de la idea de
la identidad y, con ello, la de la nacionalidad. La
relación del escritor con el mundo social se formula
sobre bases distintas. La confianza que mostraban
los escritores del 1960 y el 1970 en el “espíritu
del 1968,” ya es atípica. Allí nacen y se
desarrollan los conflictos generacionales típicos de
una era de conflicto. Pero en Puerto Rico los
autores del 1960 y el 1970 han mantenido un
aristocrático silencio respecto a ese debate tanto
en el campo de la literatura como en el de la
historia.
Los efectos de esos procesos en la escritura son
evidentes. Se sigue enjuiciando el mundo y
parodiando la estúpida vida social burguesa. Pero el
espíritu es otro.
J. S.: Ya más enfocado en tu propia obra literaria,
¿cómo te aproximas a la ejecución narrativa y cómo a
la poética? ¿Adoptas actitudes diferentes en
términos de tu disciplina personal?
M. C.: La relación entre los diversos géneros
literarios que trabajo no me produce tensiones. Me
parece que los géneros literarios promueven una
serie diversa de economías del logos o
administraciones de las palabras. Pero las
mismas se organizan de manera natural cuando se
inicia el proceso de redacción de un poema, un texto
narrativo, uno periodístico o uno de crítica o
teoría.
Como te dije, entiendo la escritura como una manera
de teorizar sobre el mundo. Siempre recuerdo que los
textos presocráticos eran largos poemas filosóficos
y no otra cosa.
Es cierto que las invasiones mutuas son inevitables:
la poesía invade la narración o el periodismo, la
crítica es asaltada por procedimientos poéticos o
narrativos. El producto es, entonces, un híbrido. Un
clasicista o un moderno, miraría con ojo escrutador
ese fenómeno. Pero esa hibridez es uno de los rasgos
distintivos de la escritura de la segunda posguerra
y de la posguerra fría. Podría pensar en tus libros
de cuentos como un ejemplo de esa hibridez o
impureza. En tus textos llegas al extremo del
irrealismo sucio más devastador como el caso de
tu “Terminator boricua”.
Celebro esa hibridez o suciedad. Si uso una metáfora
inusual, ese es un modo postmoderno de ser humanista
pero sin la esclavitud de la lógica, la razón o la
pureza obligatoria.
J. S.: En Intento dibujar una sonrisa tu
cuentística dialoga en varios instantes con la
tradición narrativa hispanoamericana. Se escucha y
se contesta al eco de Rulfo, Borges, José Luis
González entre otros. ¿Cómo definirías el norte de
tu inquietud narrativa?
M. C.: Esos cuentos fueron un intento de apropiar
lugares alternos o marginales. Son formas teóricas
del viaje, un lugar común de toda literatura
fantástica. Los llamé altertopías en la
Conferencia Magistral que dicté en la Universidad
del Sagrado Corazón para el Pen Club de Puerto Rico
este mes de septiembre. Quería diferenciar el
procedimiento de las utopías, distopías o atopías al
uso.
La altertopías consisten en una serie de huidas
hacia el interior que, en el caso de ese
libro, se dan por el camino del erotismo. El cuento
que da título a la colección es un ejemplo de ello.
Ese tipo de viaje utiliza procedimientos poéticos
complejos que reproducen la fluidez de la memoria y
la incertidumbre del recuerdo. El papel de las
amantes en la configuración de esa actitud es
crucial. Esos espacios son lugares en que el tiempo
y el espacio no tienen las características propias
que les acredita la física. En “Biografía del
regreso” domina la inacción o la cámara lenta, a la
manera de Marguerite Duras. El marco de una puerta y
un acontecimiento que no se completa, dominan. Es
como decir que aunque se regresa, no se regresa o,
al menos el mismo lugar es otro.
Pero también elaboré huidas hacia el exterior.
El exterior clásico de nuestra cultura es la
historia y yo soy historiador. “El libro” y “El niño
Briol” juegan con ello. En esos relatos mágicos la
cadena de acontecimientos es visible. El viaje en el
tiempo y el espacio según los definiría la física,
se engasta en el tránsito mental. En el primero de
ellos es la casa de un escritor mítico; en el
segundo, el Viejo San Juan. Se trata de metas
simbólicas comunes a nuestra cultura letrada, pero
significan también proyectos personales. Los relatos
pretenden afirmar lo ilusorio de todo proyecto de
presente y de toda imagen del pasado. “La bala”
tiene ese criterio como propuesta central.
Los relatos demuestran que, tanto la memoria
individual como la colectiva, están marcadas por la
incertidumbre. Sin embargo seguimos siendo capaces
de vivir, sentir y pensar. La escritura sigue
haciendo que el mundo sea apropiado para esas
cosas.
Creo que sí hay mucho de Rulfo y Borges en mis
lecturas. Pero a veces esa idea de la influencia de
los maestros se usa como un dedo acusador desde la
comodidad de la academia. La crítica formal legitima
las producciones nuevas recurriendo a la memoria de
sus propias lecturas. Nunca se le pregunta a un
escritor qué leyó. Podrían llevarse enormes
sorpresas. A veces la crítica literaria al uso lo
que demuestra es su incapacidad de apropiar las
nuevas escrituras sin antes someterlas a una
tradición monumental que la minimiza.
Mis ficciones tienen más que ver con lecturas de
textos mágicos antiguos: hindúes, indo-americanos,
musulmanes o afromusulmanes, mitos populares de la
Europa Central o del Lejano Oriente, literaturas no
hispanoamericanas traducidas al español o al inglés.
Me fascinan ciertos discursos de la resistencia
antisoviética de la segunda posguerra, la magia
imprevista de los textos coloniales ante la sorpresa
del Nuevo Mundo. Las literaturas modernas son una
pequeña mancha en el todo inatrapable de la
literatura.
J. S.: Me llama mucho la atención uno de los cuentos
que mencionaste, “El niño briol”, no solamente por
el acertado intercambio entre la representación
realista y la fantástica, sino por la plurivalente
oferta presente desde el título, en el que “briol”
es palabra que se construye con las mismas letras
que “libro”. ¿Cómo se origina este cuento y cómo te
acercaste a su ejecución? ¿Qué otros relatos
consideras cardinales en esta colección?
M. C.: El cuento “El niño briol” tiene como pretexto
unos versos eróticos rituales adjudicados a una
etnia del centro de África por un antropólogo
cultural. Los niños brioles pedían en sus versos una
“vagina” y un “chelín.” Hay algo de fuerte contenido
freudiano en ello. El juego con las letras es
casual. Tú lo fundaste y yo lo apropio. Debió ser mi
subconsciente enfermo el que lo decidió. Es un
homenaje a la negritud mágica en el marco del signo
cultural blanco más importante del país: el San Juan
Antiguo. La intención era jugar con el valor más
poderoso que estableció la escritura del 1960 y el
1970: la caribeñidad, la negritud, la mulatería
callejera. El personaje, Felipe, es un alter ego
u otro yo huidizo. El cuento se apoya sobre el
folk africano, no sobre el folk negro
caribeño. Todos los versos que se citan provienen de
la llamada África Negra. El trabajo creativo está
emparentado con una investigación que elaboré hace
años sobre la obra de Luis Palés Matos quien, si
bien me sorprendió por su vanguardismo, me
desilusionó en su interpretación de la negritud.
El viaje exterior a San Juan, que no visito
muy a menudo desde hace años, y el viaje interior
reflexivo, se sintetizan en el texto. Los
antecedentes del relato incluyen agudas
conversaciones con Carmelo Rodríguez Torres, Carmen
Rita Centeno Añeses, una intelectual que distingo
mucho y es personaje del relato, y Alberto Martínez
Márquez, uno de los mejores poetas del presente, a
quien se le dedica el texto.
Se trata del mismo tema que manejo en “El libro”
como te indiqué antes. Es una búsqueda hacia el
exterior y hacia el interior. El
escenario es un barrio de la montaña de la zona
oeste: el lugar donde nació mi padre. El alter
ego o el otro yo es el escritor, Esteban. El
pretexto literario es el oráculo de Aristónica, un
escrito clásico en el sentido convencional de la
palabra. Como el manipulador por excelencia de la
historiografía desde 1980 ha sido mi amigo Luis
López Nieves, a él se le dedicó.
La discusión del cuento es algo pesimista. De hecho
gira en torno a las barreras infranqueables que
enfrenta el productor cultural en el presente. No se
trata de una queja. Es una afirmación pensada.
En mi libro inédito Relatos y otras ignominias
vuelvo a reflexionar sobre estos asuntos pero desde
otras ubicaciones. Las reflexiones sólo se instalan
en lugares antes no visitados. Celebro la escritura
literaria como lo que es: un proceso de reacomodo de
textos, un collage inmenso de memorias filtradas.
Por eso las bibliotecas, la mía que tanto quiero,
siempre es un personaje dentro de los relatos. En mi
nuevo libro, el relato “El aposento de las iguanas”
es una celebración de ese templo. Espero que un día
lo puedas leer y me lo comentes.
Tras las discusiones de Barthes y Foucault, hay que
aceptar que el autor hoy es otra cosa: una línea
cortada en ausencia del lector. El libro como
invención de un novus orbis es un mito, del
mismo modo que lo es la memoria histórica en tiempos
de incertidumbre. Todo es contingente, allí está el
dilema. Pero la opción no es dejar de ser autor,
abandonar el libro o ser ahistóricos conscientes.
Todo lo contrario. Si todo está destruido, hay que
volver a construir. Nada más.
J. S: Mil gracias por tu tiempo Mario y por tus
palabras.
M. C.: Gracias a ti por la oportunidad. Me parece
que, si ya mi escritura dialoga con la tuya,
posponer una conversación como ésta habría sido una
felonía.