La predicación, a menudo considerada como un
fenómeno para-literario al que sólo acudían los
historiadores en busca de aclaraciones para
acontecimientos históricos particulares, ha empezado
a despertar un interés real por sus características
discursivas y como género literario de gran
relevancia para la comprensión cabal del panorama
cultural de una época. Fruto de este interés
renovado, el libro de Antonio Claret García Martínez
pone de relieve uno de los aspectos sin duda menos
trabajados del género homilético, es decir el
constante vaivén que se da entre escritura y
oralidad en la transmisión de los contenidos de la
predicación, que fue durante la época moderna una de
las formas más fértiles de la cultura escrita: “la
producción cultural que la predicación genera
configura una manifestación más de dicha cultura
escrita, pues de ella se alimenta, a ella nutre, de
ella nace y a ella retorna a lo largo de un periplo
cíclico, cuyo principal exponente es la interacción
de categorías orales y escritas” (p. 21). Este
contínuo transitar del performance a la
reportatio es lo que hace del sermón un género
extremadamente fructífero para el estudio de las
manifestaciones culturales en un sentido amplio,
riqueza que Antonio Claret García Martínez ilustra
con uno de los ejemplos más interesantes para la
predicación medieval y moderna: el dominico Vicente
Ferrer, también llamado el “predicador del
Apocalipsis”, uno de los pocos predicadores cuya
obra ha llamado la atención de la crítica moderna.
El libro inicia con un apartado titulado
“Unas reflexiones sobre historia de la cultura
escrita”, en el que el autor, partiendo de una
necesaria anterioridad de la cultura oral, plantea
que la paulatina instalación de órdenes mendicantes
y su capacidad de infundir, mediante su labor de
predicación, en la cristianización de la sociedad
también influyó en la valoración gradual de la
importancia de una cultura escrita para el
desarrollo de una cultura colectiva. Es éste el
planteamiento general del trabajo, que se divide en
cinco capítulos.
El primero, directamente relacionado con esta
reflexión inicial, se titula “Sermón predicado y
sermón escrito”; en él, el autor propone una
revisión exhaustiva de los avatares de la
transmisión no sólo de los sermones bajomedievales,
sino también de la primera época de la así llamada
revolución gutenbergiana, mostrando cómo el estudio
del sermón rebasa los estrechos límites de la
religiosidad para penetrar en los comportamientos
sociales y culturales de las épocas concernidas. Una
de las primeras precisiones esbozadas por el autor
tiene justamente que ver con los cambios
experimentados por el género homilético, que corren
en paralelo con las transformaciones en la sociedad
que les dio origen y los recibió –idea ésta de que
el sermón recibe, como todo texto literario,
influencias no sólo de su emisor, sino también de su
ámbito de recepción— y que, en esa época de
transición entre la Edad Media y la Edad Moderna,
vio cristalizada esa evolución en el paso de un modo
de transmisión manuscrita (donde cada libro es una
realidad única) a las distintas etapas de la
imprenta manual. Para el autor, “el sermón
manuscrito medieval y el sermón impreso moderno
responden a estímulos diferentes” (p. 41), dando pie
a lo largo de los siglos XVI y XVII, con la
paulatina implementación de elementos propios de la
imprenta como las portadas, a la disminución de la
importancia del predicador y a un mayor énfasis en
los auspiciadores de la prédica y en los
responsables del financiamiento de la publicación
del sermón. Ejemplificando con algunos ejemplos de
la tradición manuscrita –17 códices de la Biblioteca
Capitular y Colombina de Sevilla— y de la
transmisión impresa –los fondos de sermones de la
Biblioteca Universitaria de Sevilla-, Antonio Claret
García Martínez muestra, en el caso primero, la
importancia de la circulación de libros entre los
estados italianos y la Península, destacando la
movilidad no sólo de los predicadores, sino de sus
textos escritos, que seguían fungiendo como modelos
aun muchos años después del fallecimiento de sus
autores. Por lo que respecta a la transmisión
impresa, lo que destaca es la relativa tardanza con
la que los impresores españoles publicaron las obras
del Santo, que conoció desde muy temprano un gran
éxito editorial en ciudades alemanas, francesas e
italianas.
Pero sin duda el apartado de más interés en este
capítulo es el que el autor dedica al lugar que
ocupan los sermones en la historia del libro y de la
lectura. Uniendo al estudio material de los
testimonios conservados el interés por la función
que desempeñaron en la transmisión del género
homilético, el autor determina que, en la época
anterior a la invención de la imprenta, los sermones
son para el uso exclusivo de clérigos que suelen
llenar los márgenes de las copias sobre papel con
notas de lectura que conforman un panorama
interesante de la recepción de los mismos.
En cambio, en el caso de los sermones impresos, la
consolidación en los testimonios que pasaron por la
imprenta de algunos elementos fundamentales, como la
portada, hizo que éstos desempeñaran una función
propagandística que era ajena a las compilaciones
medievales y que fue creciendo cuando, lejos de
verse difundidas obras reunidas que reflejasen la
actividad homilética de algunos predicadores
destacados, terminó triunfando la edición de
sermones individuales en forma de pliego en los que
importaban más las circunstancias de la publicación,
como la institución o persona que la patrocinaba,
que el sermón en sí.
El segundo capítulo, que ostenta el título de
“Marcos geográficos del sermón: La expansión
mendicante en el Reino de Sevilla”, responde a la
voluntad del autor de desmontar “la compleja
maquinaria institucional que diera soporte y
posibilitara [la] materialización [de los sermones]”
(p. 121). Tras destacar la importancia que en la
región andaluza tuvo, a pesar de ciertas reticencias
debidas sobre todo a los conflictos entre órdenes
mendicantes, la predicación en tanto configuradora
de redes de difusión doctrinal y cultural
relativamente uniforme, el autor hace un recuento
del itinerario de san Vicente Ferrer entre 1399 y su
muerte en 1419 que lo lleva del sur de Francia y el
norte de Italia a Castilla y Aragón, para volver
finalmente a Francia y a los dominios franceses del
rey de Inglaterra; la valoración final del
itinerario sirve al autor para subrayar la capacidad
de desplazamiento de esos predicadores dedicados a
su oficio, ejerciendo su influencia moral, pero
también su actividad alfabetizadora, sobre las
personas que los oían.
Titulado “La predicación como instrumento de una
oralidad secundaria: Las propuestas de san Vicente
Ferrer”, el tercer capítulo ofrece un análisis de
los mecanismos empleados por los predicadores para
asegurar de la forma más eficiente posible la
recepción correcta de su mensaje. Partiendo de una
reflexión sobre la diversidad de los públicos a los
que se dirigían los sermones, conformados por
personas con grados muy distintos de alfabetización,
el autor subraya la importancia de varios recursos
para lograr la educación religiosa de los asistentes
en los límites espacio-temporales de la predicación,
como la referencia al entorno familiar, el énfasis
sobre ciertos marcos de relación social (la
parroquia y la ciudad como espacios de formación). Y
después de proporcionar algunas informaciones acerca
de la formación de los clérigos encargados de llevar
a cabo su misión predicadora, el autor dedica la
parte más importante del capítulo a un análisis de
los recursos “retóricos”
para la creación de una audiencia: por un lado, la
existencia de una “Compañía del Maestro Vicente” que
acompañaba al santo en sus desplazamiento, modelo de
una convivencia humana itinerante que ilustraba a la
perfección los preceptos éticos esgrimidos por el
predicador, a la que describe de forma detallada con
base en los testimonios manuscritos que felizmente
se conservaron de las campañas del santo; por el
otro, la insistencia en ciertas prácticas de culto y
de penitencia que rodeaban el acto de la prédica.
Por lo que respecta a los mecanismos de comunicación
propiamente dichos, el autor establece una tipología
de cuatro estructuras principales con base en los
cuales se construyen los sermones. La primera es una
estructura formal, basada en la divisio y la
amplificatio que se repitió sin cesar en las
diversas artes praedicandi, que permitía
establecer normas de composición basadas en el
thema, el prothema, su división
principal y las respectivas divisiones de los
subapartados (proporciona en las pp. 227-231 un
ejemplo de sermón tipo). En segundo lugar, el autor
nos habla de una estructura de contenidos,
refiriéndose a las formas de hacer pasar el mensaje
principal, el que debía quedar en la mente de los
oyentes; cabe destacar que la mención en este
apartado a recursos retóricos como la inclusión de
auctoritates, exempla, consejos
morales y símiles, entre otros no deja claro si el
autor los considera parte de las estructuras
formales o forma de llegar a los contenidos
mencionados, aunque el cuadro que aparece en la p.
234 parece indicar que, para el autor, se trata en
efecto de elementos relacionados más con el
contenido que con la forma. La tercera estructura es
de índole emocional y tiene que ver con los recursos
empleados por san Vicente Ferrer para influir en el
estado anímico de su público, como lo son los
contrastes violentos y la declaración pública de los
pecados. Finalmente, la estructura mnemónica
recurría a la repetición, cierta “ralentización” del
discurso, la distribución estructurada de los
contenidos, el uso de palabras sencillas, el recurso
a estímulos básicos y la interacción
predicador-público para garantizar que el mensaje
difundido se grabase en las mentes de los oyentes.
Ejemplificando el penúltimo punto de esta
enumeración, Antonio Claret García Martínez pone de
manifiesto en los discursos del santo su capacidad
de adaptación del mensaje a la audiencia mediante el
uso adecuado del color y prosigue con una
explicación de cómo se ponía en marcha desde días
antes de la predicación del sermón un programa
iconográfico que añadía dinamismo a su discurso.
El cuarto capítulo, “Usos de cultura escrita en la
enseñanza de la sociedad bajomedieval”, muestra por
medio de un análisis de los sermones de san Vicente
Ferrer “qué llegaba a la población medieval a través
de los sermones, qué imágenes pudieron recibir, qué
propuestas ofrecían los poderes establecidos y en
qué medida y de qué manera el conocimiento atesorado
desde la Edad Media por una elite reducida y culta
se empezaba a filtrar hasta los estratos más bajos
de la sociedad”. Aquí, el autor parte de un estudio
de los protemas para rastrear el tratamiento en los
sermones del santo de dos temáticas constantes, el
pecado y la penitencia, y mostrar cómo dicho
tratamiento conforma una verdadera enseñanza que
corre en paralelo con las demás fuentes de educación
religiosa: la iconografía religiosa, la oración, y,
sólo accesibles para la inmensa minoría alfabetizada,
las lecturas sagradas y profanas. Sin dejar de
enfatizar, como ya lo hizo en los capítulos
anteriores, la construcción de un espacio social que
ve al individuo como parte de una comunidad vecinal,
el autor se refiere a la creación de espacios de
significación que volvían más inteligibles para los
hombres y mujeres que escuchaban al santo los
contenidos expuestos a lo largo del sermón. El autor
cierra este capítulo con un apartado breve que sale
un poco de su interés principal en el que habla de
la importancia de la predicación en la difusión de
nuevas devociones populares, como la promoción de
santos y del culto mariano.
En el quinto capítulo, titulado “Escritura,
iconografía, oralidad: Los ‘media’ de la predicación
medieval”, el autor propone un análisis de “la
sincronía que se produce entre escritura,
iconografía y oralidad” (p. 385). Mediante un
estudio detallado de obras pictóricas,
desgraciadamente casi todas datables de un periodo
por lo menos sesenta años posterior a la predicación
de san Vicente Ferrer, Antonio Claret García
Martínez evidencia el trato directo del predicador
con su público en los distintos espacios de la
predicación (las calles, la iglesia u otros lugares)
y, uniendo a este rastreo la opinión que el
predicador hacía de su propia labor, consigue una
visión cabal del fenómeno homilético. A esta
revisión le sigue una iconografía de la lectura que,
tomando como punto de referencia el monasterio,
lugar destacado por su vocación cultural, muestra el
paulatino desplazamiento de la lectura hacia el
hogar y con una muestra interesante de imágenes del
más allá que servían de material didáctico para los
predicadores.
Completan este estudio, además de unas conclusiones
en las que el autor puntualiza la importancia de
oralidad y escritura como “espacios imbricados hasta
tal punto que el estudio de aquélla posibilita el
conocimento de ésta”, un pequeño apéndice documental
en el que se reproduce el sermón CLV que pertenece a
la colección de sermones conservados en la Catedral
de Valencia y una amplia bibliografía que, por no
repetir, no incluyó a las obras de san Vicente
Ferrer, lo cual se echa de menos, sobre todo en el
caso de las ediciones recientes.
Fruto de un trabajo recepcional de gran envergadura,
el presente estudio es una contribución valiosa al
campo de literatura homilética que propone un
rastreo sistémico de la relación a menudo subrayada
entre cultura escrita y oralidad en esta categoría
de textos que vivió durante años --y sigue viviendo
aunque ha sido desterrado del acontecer poético por
los formalistas rusos y su visión estructural de los
géneros literarios-- en esta permanente tensión
entre su ejecución pública y la puesta por escrito
anterior o posterior a ésta. Si bien a veces la
lógica de la exposición causa ciertos desconciertos,
el libro en su conjunto cumple con sus propósitos de
explicar, mediante el estudio de un ejemplo
particularmente importante, el de san Vicente Ferrer,
cómo desde una perspectiva diacrónica se presentan
las transformaciones en la relación entre escritura
y oralidad, con un interés tanto por la materialidad
de los textos como por los contenidos tratados que
lo acerca a la historia cultural.