México, Distrito Federal I Noviembre- Diciembre 2008 I Año 3 I Número 17 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

Antonio Claret García Martínez, La escritura transformada: oralidad y

 cultura escrita en la predicación de los siglos XV al XVII,

 

 Laurette Godinas Es Licenciada en Filología Románica por la Universidad de Lieja y Doctora en Literatura Hispánica por El Colegio de México, con la tesis Tipología y función de las autoridades en los “Proverbios de Séneca” de Pero Díaz de Toledo en la tradición de los manuales para la formación del príncipe. Actualmente es investigadora del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado numerosos artículos y reseñas sobre literatura medieval, aurisecular y novohispana y sobre crítica textual en revistas nacionales y del extranjero. Es miembro de la Asociación Internacional de Teatro Español y Novohispano de los Siglos de Oro, de la Asociación Hispánica de Literatura Medieval y de la Asociación Internacional de Hispanista, y pertenece al Sistema Nacional de Investigadores.

Huelva, Universidad de Huelva, 2006, 475 pp.

 

La predicación, a menudo considerada como un fenómeno para-literario al que sólo acudían los historiadores en busca de aclaraciones para acontecimientos históricos particulares, ha empezado a despertar un interés real por sus características discursivas y como género literario de gran relevancia para la comprensión cabal del panorama cultural de una época. Fruto de este interés renovado, el libro de Antonio Claret García Martínez pone de relieve uno de los aspectos sin duda menos trabajados del género homilético, es decir el constante vaivén que se da entre escritura y oralidad en la transmisión de los contenidos de la predicación, que fue durante la época moderna una de las formas más fértiles de la cultura escrita: “la producción cultural que la predicación genera configura una manifestación más de dicha cultura escrita, pues de ella se alimenta, a ella nutre, de ella nace y a ella retorna a lo largo de un periplo cíclico, cuyo principal exponente es la interacción de categorías orales y escritas” (p. 21). Este contínuo transitar del performance a la reportatio es lo que hace del sermón un género extremadamente fructífero para el estudio de las manifestaciones culturales en un sentido amplio, riqueza que Antonio Claret García Martínez ilustra con uno de los ejemplos más interesantes para la predicación medieval y moderna: el dominico Vicente Ferrer, también llamado el “predicador del Apocalipsis”, uno de los pocos predicadores cuya obra ha llamado la atención de la crítica moderna[1].

         El libro inicia con un apartado titulado “Unas reflexiones sobre historia de la cultura escrita”, en el que el autor, partiendo de una necesaria anterioridad de la cultura oral, plantea que la paulatina instalación de órdenes mendicantes y su capacidad de infundir, mediante su labor de predicación, en la cristianización de la sociedad también influyó en la valoración gradual de la importancia de una cultura escrita para el desarrollo de una cultura colectiva. Es éste el planteamiento general del trabajo, que se divide en cinco capítulos.

El primero, directamente relacionado con esta reflexión inicial, se titula “Sermón predicado y sermón escrito”; en él, el autor propone una revisión exhaustiva de los avatares de la transmisión no sólo de los sermones bajomedievales, sino también de la primera época de la así llamada revolución gutenbergiana, mostrando cómo el estudio del sermón rebasa los estrechos límites de la religiosidad para penetrar en los comportamientos sociales y culturales de las épocas concernidas. Una de las primeras precisiones esbozadas por el autor tiene justamente que ver con los cambios experimentados por el género homilético, que corren en paralelo con las transformaciones en la sociedad que les dio origen y los recibió –idea ésta de que el sermón recibe, como todo texto literario, influencias no sólo de su emisor, sino también de su ámbito de recepción— y que, en esa época de transición entre la Edad Media y la Edad Moderna, vio cristalizada esa evolución en el paso de un modo de transmisión manuscrita (donde cada libro es una realidad única) a las distintas etapas de la imprenta manual. Para el autor, “el sermón manuscrito medieval y el sermón impreso moderno responden a estímulos diferentes” (p. 41), dando pie a lo largo de los siglos XVI y XVII, con la paulatina implementación de elementos propios de la imprenta como las portadas, a la disminución de la importancia del predicador y a un mayor énfasis en los auspiciadores de la prédica y en los responsables del financiamiento de la publicación del sermón. Ejemplificando con algunos ejemplos de la tradición manuscrita –17 códices de la Biblioteca Capitular y Colombina de Sevilla— y de la transmisión impresa –los fondos de sermones de la Biblioteca Universitaria de Sevilla-, Antonio Claret García Martínez muestra, en el caso primero, la importancia de la circulación de libros entre los estados italianos y la Península, destacando la movilidad no sólo de los predicadores, sino de sus textos escritos, que seguían fungiendo como modelos aun muchos años después del fallecimiento de sus autores. Por lo que respecta a la transmisión impresa, lo que destaca es la relativa tardanza con la que los impresores españoles publicaron las obras del Santo, que conoció desde muy temprano un gran éxito editorial en ciudades alemanas, francesas e italianas.

Pero sin duda el apartado de más interés en este capítulo es el que el autor dedica al lugar que ocupan los sermones en la historia del libro y de la lectura. Uniendo al estudio material de los testimonios conservados el interés por la función que desempeñaron en la transmisión del género homilético, el autor determina que, en la época anterior a la invención de la imprenta, los sermones son para el uso exclusivo de clérigos que suelen llenar los márgenes de las copias sobre papel con notas de lectura que conforman un panorama interesante de la recepción de los mismos[2]. En cambio, en el caso de los sermones impresos, la consolidación en los testimonios que pasaron por la imprenta de algunos elementos fundamentales, como la portada, hizo que éstos desempeñaran una función propagandística que era ajena a las compilaciones medievales y que fue creciendo cuando, lejos de verse difundidas obras reunidas que reflejasen la actividad homilética de algunos predicadores destacados, terminó triunfando la edición de sermones individuales en forma de pliego en los que importaban más las circunstancias de la publicación[3], como la institución o persona que la patrocinaba, que el sermón en sí.

El segundo capítulo, que ostenta el título de “Marcos geográficos del sermón: La expansión mendicante en el Reino de Sevilla”, responde a la voluntad del autor de desmontar “la compleja maquinaria institucional que diera soporte y posibilitara [la] materialización [de los sermones]” (p. 121). Tras destacar la importancia que en la región andaluza tuvo, a pesar de ciertas reticencias debidas sobre todo a los conflictos entre órdenes mendicantes, la predicación en tanto configuradora de redes de difusión doctrinal y cultural relativamente uniforme, el autor hace un recuento del itinerario de san Vicente Ferrer entre 1399 y su muerte en 1419 que lo lleva del sur de Francia y el norte de Italia a Castilla y Aragón, para volver finalmente a Francia y a los dominios franceses del rey de Inglaterra; la valoración final del itinerario sirve al autor para subrayar la capacidad de desplazamiento de esos predicadores dedicados a su oficio, ejerciendo su influencia moral, pero también su actividad alfabetizadora, sobre las personas que los oían.

Titulado “La predicación como instrumento de una oralidad secundaria: Las propuestas de san Vicente Ferrer”, el tercer capítulo ofrece un análisis de los mecanismos empleados por los predicadores para asegurar de la forma más eficiente posible la recepción correcta de su mensaje. Partiendo de una reflexión sobre la diversidad de los públicos a los que se dirigían los sermones, conformados por personas con grados muy distintos de alfabetización, el autor subraya la importancia de varios recursos para lograr la educación religiosa de los asistentes en los límites espacio-temporales de la predicación, como la referencia al entorno familiar, el énfasis sobre ciertos marcos de relación social (la parroquia y la ciudad como espacios de formación). Y después de proporcionar algunas informaciones acerca de la formación de los clérigos encargados de llevar a cabo su misión predicadora, el autor dedica la parte más importante del capítulo a un análisis de los recursos “retóricos”[4] para la creación de una audiencia: por un lado, la existencia de una “Compañía del Maestro Vicente” que acompañaba al santo en sus desplazamiento, modelo de una convivencia humana itinerante que ilustraba a la perfección los preceptos éticos esgrimidos por el predicador, a la que describe de forma detallada con base en los testimonios manuscritos que felizmente se conservaron de las campañas del santo; por el otro, la insistencia en ciertas prácticas de culto y de penitencia que rodeaban el acto de la prédica. Por lo que respecta a los mecanismos de comunicación propiamente dichos, el autor establece una tipología de cuatro estructuras principales con base en los cuales se construyen los sermones. La primera es una estructura formal, basada en la divisio y la amplificatio que se repitió sin cesar en las diversas artes praedicandi, que permitía establecer normas de composición basadas en el thema, el prothema, su división principal y las respectivas divisiones de los subapartados (proporciona en las pp. 227-231 un ejemplo de sermón tipo).  En segundo lugar, el autor nos habla de una estructura de contenidos, refiriéndose a las formas de hacer pasar el mensaje principal, el que debía quedar en la mente de los oyentes; cabe destacar que la mención en este apartado a recursos retóricos como la inclusión de auctoritates, exempla, consejos morales y símiles, entre otros no deja claro si el autor los considera parte de las estructuras formales o forma de llegar a los contenidos mencionados, aunque el cuadro que aparece en la p. 234 parece indicar que, para el autor, se trata en efecto de elementos relacionados más con el contenido que con la forma. La tercera estructura es de índole emocional y tiene que ver con los recursos empleados por san Vicente Ferrer para influir en el estado anímico de su público, como lo son los contrastes violentos y la declaración pública de los pecados. Finalmente, la estructura mnemónica recurría a la repetición, cierta “ralentización” del discurso, la distribución estructurada de los contenidos, el uso de palabras sencillas, el recurso a estímulos básicos y la interacción predicador-público para garantizar que el mensaje difundido se grabase en las mentes de los oyentes. Ejemplificando el penúltimo punto de esta enumeración, Antonio Claret García Martínez pone de manifiesto en los discursos del santo su capacidad de adaptación del mensaje a la audiencia mediante el uso adecuado del color y prosigue con una explicación de cómo se ponía en marcha desde días antes de la predicación del sermón un programa iconográfico que añadía dinamismo a su discurso.

El cuarto capítulo, “Usos de cultura escrita en la enseñanza de la sociedad bajomedieval”, muestra por medio de un análisis de los sermones de san Vicente Ferrer “qué llegaba a la población medieval a través de los sermones, qué imágenes pudieron recibir, qué propuestas ofrecían los poderes establecidos y en qué medida y de qué manera el conocimiento atesorado desde la Edad Media por una elite reducida y culta  se empezaba a filtrar hasta los estratos más bajos de la sociedad”. Aquí, el autor parte de un estudio de los protemas para rastrear el tratamiento en los sermones del santo de dos temáticas constantes, el pecado y la penitencia, y mostrar cómo dicho tratamiento conforma una verdadera enseñanza que corre en paralelo con las demás fuentes de educación religiosa: la iconografía religiosa, la oración, y, sólo accesibles para la inmensa minoría alfabetizada, las lecturas sagradas y profanas. Sin dejar de enfatizar, como ya lo hizo en los capítulos anteriores, la construcción de un espacio social que ve al individuo como parte de una comunidad vecinal, el autor se refiere a la creación de espacios de significación que volvían más inteligibles para los hombres y mujeres que escuchaban al santo los contenidos expuestos a lo largo del sermón. El autor cierra este capítulo con un apartado breve que sale un poco de su interés principal en el que habla de la importancia de la predicación en la difusión de nuevas devociones populares, como la promoción de santos y del culto mariano.

En el quinto capítulo, titulado “Escritura, iconografía, oralidad: Los ‘media’ de la predicación medieval”, el autor propone un análisis de “la sincronía que se produce entre escritura, iconografía y oralidad” (p. 385). Mediante un estudio detallado de obras pictóricas, desgraciadamente casi todas datables de un periodo por lo menos sesenta años posterior a la predicación de san Vicente Ferrer, Antonio Claret García Martínez evidencia el trato directo del predicador con su público en los distintos espacios de la predicación (las calles, la iglesia u otros lugares) y, uniendo a este rastreo la opinión que el predicador hacía de su propia labor, consigue una visión cabal del fenómeno homilético. A esta revisión le sigue una iconografía de la lectura que, tomando como punto de referencia el monasterio, lugar destacado por su vocación cultural, muestra el paulatino desplazamiento de la lectura hacia el hogar y con una muestra interesante de imágenes del más allá que servían de material didáctico para los predicadores.

Completan este estudio, además de unas conclusiones en las que el autor puntualiza la importancia de oralidad y escritura como “espacios imbricados hasta tal punto que el estudio de aquélla posibilita el conocimento de ésta”, un pequeño apéndice documental en el que se reproduce el sermón CLV que pertenece a la colección de sermones conservados en la Catedral de Valencia y una amplia bibliografía que, por no repetir, no incluyó a las obras de san Vicente Ferrer, lo cual se echa de menos, sobre todo en el caso de las ediciones recientes.

Fruto de un trabajo recepcional de gran envergadura, el presente estudio es una contribución valiosa al campo de literatura homilética que propone un rastreo sistémico de la relación a menudo subrayada entre cultura escrita y oralidad en esta categoría de textos que vivió durante años --y sigue viviendo aunque ha sido desterrado del acontecer poético por los formalistas rusos y su visión estructural de los géneros literarios-- en esta permanente tensión entre su ejecución pública y la puesta por escrito anterior o posterior a ésta. Si bien a veces la lógica de la exposición causa ciertos desconciertos, el libro en su conjunto cumple con sus propósitos de explicar, mediante el estudio de un ejemplo particularmente importante, el de san Vicente Ferrer, cómo desde una perspectiva diacrónica se presentan las transformaciones en la relación entre escritura y oralidad, con un interés tanto por la materialidad de los textos como por los contenidos tratados que lo acerca a la historia cultural. 

 


 

[1] Cabe destacar la excelente edición que ofrece Pedro M. Cátedra de los sermones pronunciados en su gira por Castilla a principios del siglo XV en su libro Sermón, sociedad y literatura en la Edad Media. San Vicente Ferrer en Castilla (1411-1412), Salamanca: Junta de Castilla y León, 1994; por otra parte, el Ayuntamiento de Valencia empezó a mediados de los años noventa con la publicación de la obra completa del santo en valenciano, su lengua materna.  

[2] Coincido con el autor con el hecho de que, hasta finales del siglo XV, “anotar los libros (fueran o no de lujo) era algo imposible de desligar del acto mismo de leer”, y que por lo tanto “la ausencia o escasez de notas de lectura indica una ausencia o escasez de lectura, de la misma manera que la profusión de anotaciones implica un uso frecuente del libro del que se trate” (p. 79); sin embargo, me parece por experiencia que, en la época en la que empiezan a coincidir los manuscritos vitelinos lujosos con las ediciones impresas, el tipo de soporte podía inhibir el acto de anotación, tan útil para los eruditos posteriores como lo demuestra John Dagenais en su libro The Ethics of Reading in Manuscript Culture: Glossing the Libro de Buen Amor, Princeton, Princeton University, 1994.

[3] Añadiría a los cuatro elementos que Antonio Claret García Martínez juzga fundamentales –tema, predicador, editor y dedicatoria— una quinta instancia, la de los encargados de darle al texto su autoridad que floreció a partir de mediados del siglo XVII bajo la forma de “pareceres” encomiásticos y otros prólogos.

[4] Aunque queda explicitado, se entiende que el autor toma el sentido amplio del término, que apunta a su necesidad de convencer, tratando elementos que son, en un sentido más estricto, ajenos al lenguaje propiamente dicho.

 

 

 

 

 

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