Nadie de nuestro antiguo barrio capitalino sabía exactamente de
donde venía Miss Kay. Hablaba un español algo raro, sin acento y
de una manera tal que nos dábamos cuenta que no era ni española
ni sudamericana sino más bien una chica norteamericana. Su casa
era grande y hermosa, pintada de celeste con blanco, un gran
porche delante y un hermoso jardín florido por todos los
costados. Tenía dos sirvientes, una jovencita que venía cada dos
días, hacía la limpieza, las compras en el mercado y luego se
retiraba al atardecer, el otro era un hombre de edad mediana que
venía una vez por semana, para cortar el césped, podar los
arboles y regar las flores. Una vez sola, Miss Kay se sentaba
cada tarde en su mecedora de paja trenzada, en medio del amplio
porche, a leer o escuchar música de jazz con un aire ausente. A
pesar de vestir cotidianamente con pantalones y camisas
holgadas, su ropa era siempre nueva y de buena calidad. Se veía
que debía tener fortuna.
Cada día en el trayecto a mi liceo, pasaba frente a su casa, a
pesar de que la distancia a recorrer se me alargaba, pues debía
marchar en sentido contrario. En todo caso no me importaba, lo
hacia solamente para verla, pues sabía que ella estaría en su
jardín, limpiando las rosas o paseando simplemente entre los
arboles. Era una mujer de un hermoso pelo rubio sedoso, ojos
azules como el mar y al parecer de casi treinta años.
Trasportaba siempre bajo su brazo izquierdo un bastón de madera
oscura, con empuñadura metálica, representado una cabeza de
serpiente, en el cual se apoyaba cuando debía andar demasiado,
sobre todo cuando iba al correo o a comprar un libro. Aunque era
inválida tenía un gran carácter y mantenía siempre sus
sirvientes ocupados, los cuales estaban acostumbrados a sus
arranques de mal humor, sobretodo cuando no le gustaba como
había quedado el jardín o cuando la muchacha olvidaba de comprar
algo, entonces levantaba ágilmente su bastón y los amenazaba
furiosamente con él mientras decía algunas frases en inglés con
un acento de enojo, luego se calmaba abruptamente, se sentaba en
su mecedora y desde allí miraba sus rosas, sin escuchar las
disculpas que el culpable le daba.
Miss Kay jamás recibía amigos en su hogar, aunque creo que no
tenía, pero lo que sí estaba claro era que cuando ella estaba en
casa, deseaba estar sola. Daba la impresión que la presencia
humana le molestaba.
Aunque pasaba lentamente frente a su verja, con la secreta
esperanza que me observara y así poder hundirme en sus bellos
ojos deseándole los buenos días, ella nunca me miraba, siempre
bastante ensimismada en sus pensamientos profundos y a veces
amargos creo, pues en ciertas ocasiones mis miradas fugaces me
daban la impresión que lágrimas corrían de sus ojos, pero se
reponía pronto. Luego, con su rostro duro y frío amenazaba al
jardín silencioso.
Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que me dirigió una
mirada. Fue durante un asoleado mediodía de primavera mientras
iba de regreso a casa. Caminaba rápido y feliz porque esa
tarde no tendría que ir a clases, pasé por su casa tocando la
verja con mi mano, silbando alegremente una melodía de jazz. En
ese preciso instante - que jamás he olvidado - pareció
despertar de un largo sueño, me observó con gran sorpresa y con
algo de dulzura, pero sin decir nada. Semanas después, cuando ya
había cumplido trece años y me sentía todo un hombre, ella abrió
la puerta de su verja e impidiéndome el paso me enfrentó :
- Muchacho deseo hablarte - me dijo suavemente y casi
sonriendo. Parecía haber cambiado de idea con respecto al mundo
que la rodeaba - ¿Acaso no vives al final de la calle? - me
preguntó, aunque sabía la respuesta.
- Sí señora - respondí ruborizándome.
-
¿Dónde aprendiste “Oh Lady Be Good”? ¿Cómo es que
conoces la música de Benny Goodmann?
- Escuchando radio señora – contesté con voz endeble. Estaba
tan aterrorizado que por un momento casi sentí la punta del
bastón entrando en mi cabeza, pero no.
- Si tú quieres, puedes venir algún día después del colegio, a
escuchar la mejor música de jazz del momento y a comer un buen
trozo de pastel de mi país - me dijo cerrando la puerta, sin
esperar mi respuesta.
Continué mi ruta como pisando nubes, sintiendo el corazón que se
agrandaba en mi pecho mientras más me alejaba de la bella mujer.
De repente, el sol se puso a brillar más intensamente, haciendo
resaltar sus reflejos dorados sobre el pavimento de la acera,
la cual se veía más hermosa que nunca.
Miss Kay me enseñó todo acerca de Goodmann, me hizo escuchar
toda la música de Louis Armstrong, Billie Holiday, Harry James
y los otros. Me obligó a leer casi todo lo de Hemingway, todo lo
de John Steinbeck, Faulkner, Tennessee Williams y los otros. Me
enseñó también mis primeras frases en inglés: “This is my
head. My head is between my shoulders”.
Una agradable tarde de otoño, escuchábamos un disco de Benny, “You
brought a new kind of love to me”, (“Me aportaste una
nueva manera de amar”), mientras permanecíamos
sentados en medio de las hojas amarillentas que caían de los
árboles del jardín, súbitamente se dio una palmada en la pierna
enferma, cerró sus ojos por un largo momento y luego me dijo con
voz baja y algo cortada por la emoción y el recuerdo :
- Esto fue durante un bombardeo en Londres, casi al final de
la segunda Gran Guerra, el día de mi boda. Mi marido murió
sentado al lado mío. Nuestra canción era “Oh Lady Be Good”.
Era un piloto inglés.
- Durante un largo instante no me moví, permanecí con la vista
clavada en las hojas apiladas un poco más allá, mientras un nudo
de angustia llenaba mi garganta impediéndome respirar, entonces
me levanté rápidamente, rocé torpemente su cabeza con mis
labios y partí dejándola sola.
Cada tarde - después de la música - comenzó a cocinar comida
americana para mí: pie de limón, copos de Coca Cola, tomates
verdes fritos, pastel de Navidad, pollo frito con puré de
patatas, además de otros platos deliciosos y golosinas cuyos
nombres ya he olvidado.
Yo era muy joven todavía. No estaba preparado para las malas
noticias, pero un día nublado y oscuro, de regreso a casa
después de una semana de vacaciones en la playa - adonde había
ido con mi liceo - mi madre me pasó un paquete envuelto en un
papel marrón.
- Miss Kay lo ha dejado para ti - me dijo.
A solas en mi habitación, intuyendo algo anormal, rasgué el
papel con un miedo que me sofocaba. Era un libro en inglés, “Adiós
a las armas” de Ernesto Hemingway, editado en 1932 por “The
Modern Library” de Nueva York. Una tarjeta postal americana,
mostrando la casa de Lincoln cayó del libro, la leí varias
veces. Era su despedida
“Mi padre acaba de morir y debo regresar a casa para cuidar a
mi madre enferma. En la vida americana no hay
segundo acto
y yo creo haber vivido ya el primero. No es fácil
para mí decirte
adiós. Si algún día deseas volver a verme anda a la
calle Jackson,
de Springfield City, en el estado de Illinois. Allí
te estaré esperando
siempre.
Kay Mary Jean
Unsworth.”
Destruí la tarjeta con una rabia enorme que me salió de la
profundidad del alma, luego quemé los pedazos en el jardín,
esparciendo sus cenizas al viento que se burlaba aullando,
sintiendo lágrimas saladas que corrían por mis imberbes
mejillas. Escondí el libro en lo alto de un armario - ahora lo
tengo en mi biblioteca - nunca lo he leído, pero siempre,
siempre me ha acompañado a todas partes, en todos mis viajes.
Algunas tardes, mientras escucho “After you’ve gone (“Después de
que tú te fuiste”) - ¡de Benny por supuesto! - en la soledad de
mi sala, acaricio las viejas páginas del libro, recordando con
tristeza a mi dulce chica norteamericana, al mismo tiempo que
pienso que yo, yo también ya he vivido mi primer acto,
entonces es hora de ir a la calle Jackson de Springfield City.
Estoy seguro que, a pesar de tantos años pasados, Kay estará
todavía allí, esperándome.