México, Distrito Federal I Noviembre- Diciembre 2008 I Año 3 I Número 17 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

 

ALGUIEN QUE JAMÁS OLVIDARÉ

 

Osvaldo Ahumada-Espinosa, es belga de origen chileno, autor de cuentos, poesías y algunos artículos, más de 40 publicaciones en revistas de literatura, universitarias y virtuales, antologías y periódicos. Miembro de la Sociedad de poetas de la Open  University, Inglaterra, del Círculo de Escritores de la V Región Chile, de la Sociedad de  Escritores Latinoaméricanos y Europeos, SELAE y de la Red Mundial de Escritores de Español, REMES, España. Primeros textos publicados : Amores de tejado, Revista de  Literatura Chilena en el  exilio N°6, 1978, California. La vida a través de una reja, misma revista N°10, 1979. Ultimo textos publicados : Los tallarines estaban fríos, Antología Literaria  A 30 Años del golpe militar , 2005  Milán, Italia. Resonancias Góticas, Revista Destiempos; N°14, México. Páginas del diario de un perfecto criminal, Revista Destiempos N°15, Primer premio en  cuento: Concurso  Literario Internacional d e la ONG  Reencuentro, 2005, Chile, con el relato  La Golemah 

 

Nadie de nuestro antiguo barrio capitalino sabía exactamente de donde venía Miss Kay. Hablaba un español algo raro, sin acento y de una manera tal que nos dábamos cuenta que no era ni española ni sudamericana sino más bien una chica norteamericana. Su casa era grande y hermosa, pintada de celeste con blanco, un gran porche delante y un hermoso jardín florido por todos los costados. Tenía dos sirvientes, una jovencita que venía cada dos días, hacía la limpieza, las compras en el mercado y luego se retiraba al atardecer, el otro era un hombre de edad mediana que venía una vez por semana, para cortar el césped, podar los arboles y regar las flores.  Una vez sola, Miss Kay se sentaba cada tarde en su mecedora de paja trenzada, en medio del amplio porche, a leer o  escuchar música de jazz con un aire ausente. A pesar de vestir cotidianamente con pantalones y  camisas holgadas, su ropa era siempre nueva y de buena calidad.  Se veía que debía tener fortuna.

Cada día en el trayecto a mi liceo, pasaba frente a su casa, a pesar de que la distancia a recorrer se me alargaba, pues debía marchar en sentido contrario. En todo caso no me importaba, lo hacia  solamente para verla, pues sabía que ella estaría en su jardín, limpiando las rosas o paseando simplemente entre los arboles. Era una mujer de un hermoso pelo rubio sedoso, ojos azules como el mar y al parecer de casi treinta años. Trasportaba siempre bajo su brazo izquierdo un bastón de madera oscura, con empuñadura metálica, representado una cabeza de serpiente, en el cual se apoyaba cuando debía andar demasiado, sobre todo cuando iba al correo o a comprar un libro. Aunque era inválida tenía un gran carácter y mantenía siempre sus sirvientes ocupados, los cuales estaban acostumbrados a sus arranques de mal humor, sobretodo cuando no le gustaba como había quedado el jardín o cuando la muchacha olvidaba de comprar algo, entonces levantaba ágilmente su bastón y los amenazaba furiosamente con él mientras decía algunas frases en inglés con un acento de enojo, luego se calmaba abruptamente, se sentaba en su mecedora y desde allí miraba sus rosas, sin escuchar las disculpas  que el culpable le daba.

Miss Kay jamás recibía amigos en su hogar, aunque creo que no tenía, pero lo que sí estaba claro era que cuando ella estaba en casa, deseaba estar sola. Daba la impresión que la presencia humana le molestaba.

Aunque pasaba lentamente frente a su verja, con la secreta esperanza que me observara  y  así poder  hundirme en sus bellos ojos  deseándole los buenos días, ella nunca me miraba, siempre bastante ensimismada en sus pensamientos profundos y a veces amargos creo, pues en ciertas ocasiones mis miradas fugaces me daban la impresión que lágrimas corrían de sus ojos, pero se reponía pronto. Luego, con su rostro duro y frío amenazaba al jardín silencioso.

Recuerdo como si fuera ayer la primera vez  que me dirigió una mirada. Fue  durante un asoleado mediodía de primavera mientras iba de regreso  a casa.  Caminaba rápido y feliz porque esa tarde no tendría que ir a clases, pasé por su casa  tocando la verja con mi mano, silbando alegremente una melodía de jazz. En ese preciso instante -  que jamás he olvidado - pareció despertar de un largo sueño, me observó con gran sorpresa y con algo de dulzura, pero sin decir nada. Semanas después, cuando ya había cumplido trece años y me sentía todo un hombre, ella abrió la puerta de su verja e impidiéndome el paso me enfrentó :

  - Muchacho deseo hablarte  - me dijo suavemente y casi sonriendo. Parecía haber cambiado de idea con respecto al mundo que la rodeaba - ¿Acaso no vives al final de la calle? - me preguntó, aunque sabía la respuesta.

- Sí señora - respondí ruborizándome.  

  - ¿Dónde aprendiste Oh Lady Be Good”?  ¿Cómo es que conoces la música de Benny Goodmann?       

   - Escuchando radio señora – contesté con voz endeble. Estaba tan aterrorizado que por un momento casi sentí la punta del bastón entrando en mi cabeza, pero no.  

- Si tú quieres, puedes venir algún día después del colegio, a escuchar la mejor música de jazz del momento y a comer un buen trozo de pastel de mi país - me dijo cerrando la puerta, sin esperar mi respuesta.

Continué mi ruta como pisando nubes, sintiendo el corazón que se agrandaba en mi pecho mientras más me alejaba de la bella mujer. De repente, el sol se puso a brillar más intensamente, haciendo resaltar sus reflejos dorados sobre el pavimento de la acera,  la cual se veía más hermosa que nunca.

Miss Kay me enseñó todo acerca de Goodmann, me hizo escuchar toda la música de Louis Armstrong, Billie Holiday, Harry  James y los otros. Me obligó a leer casi todo lo de Hemingway, todo lo de John Steinbeck, Faulkner,  Tennessee Williams y los otros. Me enseñó también mis primeras frases en inglés:  “This is my head. My head is between my shoulders”.

Una agradable tarde de otoño, escuchábamos un disco de Benny, “You brought a new kind of love to me”, (“Me aportaste una nueva manera de amar”), mientras permanecíamos sentados en medio de las hojas amarillentas que caían de los árboles del jardín, súbitamente se dio una palmada en la pierna enferma, cerró sus ojos por un largo momento y luego me dijo con voz baja y algo cortada por la emoción y el recuerdo :

   - Esto fue durante un bombardeo en Londres, casi al final de la segunda Gran Guerra, el día de mi boda. Mi marido murió sentado al lado mío. Nuestra canción era “Oh Lady Be Good”. Era un piloto inglés.

  - Durante un largo instante no me moví, permanecí con la vista clavada en las hojas apiladas un poco más allá, mientras un nudo de angustia llenaba mi garganta impediéndome respirar, entonces me levanté rápidamente, rocé torpemente su cabeza  con mis labios y partí dejándola sola.

Cada tarde - después de la música - comenzó a  cocinar comida americana para mí: pie de limón, copos de Coca Cola, tomates verdes fritos, pastel de Navidad, pollo frito con puré de patatas, además de otros  platos deliciosos  y golosinas cuyos nombres ya he olvidado.

 

Yo era muy joven todavía. No estaba preparado para las malas noticias, pero un día nublado y oscuro, de regreso a casa después de una semana de vacaciones en la playa - adonde había ido con mi liceo - mi madre me pasó un paquete envuelto en un papel marrón.

   - Miss Kay lo ha dejado para ti - me dijo.

A solas en mi habitación, intuyendo algo anormal, rasgué el papel con un miedo que me sofocaba. Era un libro en inglés, “Adiós a las armas” de Ernesto Hemingway, editado en 1932 por “The Modern Library” de Nueva York. Una tarjeta postal americana, mostrando la casa de Lincoln  cayó del libro, la leí varias veces. Era su despedida

 

Mi padre acaba de morir y debo regresar a casa para cuidar a

             mi madre enferma.  En la vida americana no hay segundo acto

             y yo creo haber vivido ya  el primero. No es fácil para mí decirte

            adiós. Si algún día deseas volver a verme anda a la calle Jackson,

           de Springfield City, en el estado de Illinois. Allí te estaré esperando

            siempre.

                                           Kay Mary Jean Unsworth.”

  

Destruí la tarjeta con una rabia enorme que me salió de la profundidad del alma, luego quemé los pedazos en el jardín, esparciendo sus cenizas al viento que se burlaba aullando, sintiendo lágrimas saladas que corrían por mis imberbes mejillas. Escondí el libro en lo alto de un armario - ahora lo tengo en mi biblioteca - nunca lo he leído, pero siempre, siempre me ha acompañado a todas partes, en todos mis viajes. Algunas tardes, mientras escucho “After you’ve gone (“Después de que tú te fuiste”) - ¡de Benny por supuesto! - en la soledad de mi sala, acaricio las viejas páginas del libro, recordando con tristeza a mi dulce chica norteamericana, al mismo tiempo que pienso que yo, yo  también  ya he vivido mi primer acto, entonces es hora de ir a la calle Jackson de Springfield City. Estoy seguro que, a pesar de tantos años pasados, Kay estará todavía allí, esperándome.

 

 

 

 

 

 

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