México, Distrito Federal I Noviembre-Diciembre 2008 I Año 3 I Número 17 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

 

Como si el aire soplara

 

Sandra Lorenzano, escritora y crítica literaria, es “argen-mex” por derecho y convicción. Doctora en Letras (UNAM), se especializa en arte y literatura latinoamericanos,  tema sobre el cual ha publicado numerosos artículos en diversos libros y revistas de circulación nacional e internacional. Fue durante diez años miembro del Sistema Nacional de Investigadores, y actualmente lo es del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Es profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y se desempeña como Vicerrectora Académica de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Es directora de la colección "Primero Sueño" de narrativa latinoamericana editada por la Editorial Alfaguara y colaboradora de diversos medios culturales de América Latina. Ha publicado decenas de trabajos en libros de su especialidad. Es editora de Prolija memoria. Revista de cultura Virreinal (UCSJ-UNAM). Asimismo, es editora del libro La literatura es una película. Revisiones sobre Manuel Puig (México, UNAM, 1997), de Aproximaciones a Sor Juana (Fondo de Cultura Económica, 2005) y de Políticas de la memoria: tensiones en la palabra y la imagen (México / Buenos Aires, 2007). Es autora de Escrituras de sobrevivencia. Narrativa argentina y dictadura, libro que recibiera Mención Especial en el Premio Nacional de Ensayo Literario José Revueltas, del libro de ensayos Fragmentos de memoria (ensayos) y de la novela Saudades (Fondo de Cultura Económica, 2007).

 

Como si el aire soplara desde algún rincón oscuro

Como si nada estuviera dispuesto a conceder raíces

Como si entre las sombras que se cuelan

         Hubiera parpadeos ignorados

Frágil vuelta de los sentidos

                   Tenue

inverosímil en su fuga

         blanca sospecha de miembros volátiles

inmóvil el aleteo

como si supiera

inclinada la faz desde los nombres inasibles

Una vuelta y otra y otra más

Porque el despertar no concede treguas

Ni historias    ni ancestros

Murmullos de un sismo violeta

Gira sobre el centro de su propio vértigo

A la espera de atardeceres inmóviles

Horizontes en espiral

Brisa que desgranan los dedos del verso

Porque se sabe que el cuerpo devora las agujas de su ombligo

Solamente    

solo  

Con el sentido de una máquina remota

Como si supiera

Como si nada estuviera dispuesto a conceder raíces

Llamas de un vilano a contraluz

circulando por el doble frente del abismo

No hay marcas sino brasas en el rostro

Velamen tatuado

Rítmico golpear de la soga húmeda

Como si el aire soplara desde algún rincón oscuro

Junto al oído mismo

Crepitar apenas intuido por el vibrar del laberinto

Y no importa entonces encontrar la calle donde fue el nacimiento

Ninguna esquina         ningún posible camino escondido por los pájaros

Si el ritmo no fuera diluvio interminable

         Percusión jadeante

Tal vez reconociera el calor de las pieles

Pero así es gasa que atraviesa los sentidos

Brumosa  imagen invertida en la retina

Vacío eslabón de la simiente

No en el viento

ni en el fuego que cubre el silencio

Únicamente en el susurro

 

CON VIENTOS DEL ESTE

 

Con el viento que sopla del este                       

tu pelo enreda el horizonte

náufragas violencias anunciaban los versos

páginas enteras de gusto salobre

porque es el que es abre silencios

últimas espumas en su nombre

veintidós elementos hoy te buscan

y bautizan con salmos la orilla de tus puertos

            el vuelo secreto de tu rostro

                           el destello que amoroso hilvana tus huesos.

 

 

TODO TIENE ENTONCES EL RITMO DE LAS LETANÍAS

 

 

Todo tiene entonces el ritmo de las letanías

Cada ola                 cada piedra          

cada segundo labrado en el aire

como si no hubiera habido una piel suave por las noches

como si el balbuceo no te hubiera acunado

         cuando el azul no era aún la despedida

Golpes concéntricos mareados por el verbo

Sin claridades ni esperas

Como si no hubiera existido

         Más que el blanco de los rostros

         Esa sola fotografía de miradas remotas

¿Hundido en qué ruidos ensayas el canto?

¿Con qué acordes se eriza tu espalda?

La sal del desierto inventa las voces

vuelta tras vuelta

no a la plegaria que bordó la orilla

no a la promesa de amaneceres claros

ni a la espera continua frente al fuego

no al lápiz dueño de los vacíos

Es sólo la sombra de la sombra

que cuenta otra vez la misma historia

como si no hubiera habido una piel suave por las noches

como si el sonido fuera ave de paso

                   espacio imposible entre dos alientos

“No la llevamos en oscuros amuletos”

escribía Ana en el invierno más frío

y era su lengua la de los abuelos

cuando el azul no era aún la despedida

borrones de tiza

         como los de la otra

la de los versículos más crueles

la de la herida en la frente

la que cancelara los ocasos

Como si no hubiera existido

         Más que el blanco de los rostros

En la espuma añeja que dejaba el agua

 

un estertor diminuto

 

en el vértice tenue del instante

un estertor diminuto

                   audible apenas tras el agitar de alas

                   que sacude este fragmento de cielo

hace el recuento de la vida a la intemperie

con sus más calladas ausencias

con la arena que despeina las noches de viento

con la marca que inventa una piel más alegre

                                                         más ligera

                                                                  más dulce

y no este saber de memoria cada eco

este buscar el inútil trébol de la infancia

para llegar a la cena de plato vacío

y al nombre repetido apenas entre dientes

 

un estertor diminuto como canto de grillo

         como crepitar de papeles

         o golpear de nudillos distraído

no hacen falta campanas para doblar a muerto

sólo que el aliento se adelgace   

así    

de a poco

gira aún la noria en la casa sin nombre

y el fuego entibia el café de mañana

 entre una orilla y otra queda el aire

 

 

                                        

 

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