El sombrero de tres picos,
de Pedro Antonio de Alarcón, es una de las más conocidas novelas
españolas del siglo XIX. No solamente ha sido traducida a siete
diferentes lenguas, sino que también su trama ha servido como
base de operas, películas, y ballets de Francia, Bélgica,
Alemania, Italia y por supuesto de España (Fernández 235).
Debido a su gran recepción original, durante años, muchos de
estos países la han asimilado de acuerdo con su propia cultura e
interés popular. A través del tiempo, el libro ha sido sacado de
su contexto inmediato—la España de 1874—y transformado en una
novela de divertimento. En los últimos 50 años, los críticos han
tratado de recuperar y re-evaluar su verdadero contexto en
cuanto al clima político, literario y social de España. Lo que
la mayoría de estos críticos han deducido es que El sombrero
de tres picos es una novela nostálgica que representa
no solamente los valores y las costumbres del Antiguo Régimen de
España, caracterizado por una monarquía absoluta, sino que
también las actitudes de Alarcón hacia el progreso de la
modernidad. ¿Pero cómo se manifiesta esta nostalgia en la novela?
y ¿hasta qué punto representa una imagen auténtica
de “los buenos viejos tiempos”? En este trabajo intentaré
contestar tales preguntas y mostrar cómo el concepto de
nostalgia inspira la idealización del pasado. Para realizar un
trabajo así, primero, introduciré la teoría de la nostalgia de
Johnathan Steinwand en que el estudio se basará. De allí
mostraré cómo la nostalgia surge e idealiza tanto el contexto
histórico de España en que nos sitúa el narrador como los
personajes en el texto.
La historia de El sombrero de tres picos trata
de un molinero murciano, llamado el tío Lucas, y su esposa
navarra Frasquita, que viven en las afueras de una ciudad
pequeña de Andalucía. Tal lugar es el sitio donde se reúnen cada
tarde el Obispo, otros clérigos y el viejo Corregidor, para
admirar la belleza de la esposa del molinero. El tío Lucas, que
se da cuenta de lo enamorado que está el Corregidor de Frasquita,
decide gastarle una broma. Después de ponerle en ridículo, el
Corregidor, quien había llegado temprano una mañana para ligar
con Frasquita, jura vengarse de ellos. Aquel mismo día, el
Corregidor manda que el tío Lucas se presente ante la autoridad
del alcalde en otra ciudad para darse tiempo a sí mismo de
seducir a la navarra. Pero cuando el indigno Corregidor cae en
una represa de molino, Frasquita, quien le tiene piedad, le deja
secar su ropa en su casa mientras ella va a buscar a su marido.
Mientras tanto, el tío Lucas, que se ha enterado de los planes
del Corregidor, regresa al molino. Al ver la ropa de su
antagonista colgada cerca de la chimenea, sube las escaleras
sólo para ver a éste por el ojo de la cerradura dormido en su
cama. Convencido de que su esposa le ha engañado, jura vengarse.
Se pone la ropa, ya bien seca del Corregidor, incluso su
sombrero de tres picos, y toma camino a la casa de su enemigo
con la intención de seducir a la Corregidora. Cuando Frasquita y
el Corregidor se dan cuenta de los planes del tío Lucas, le
persiguen desesperadamente con la esperanza de salvar el honor
de los dos. Al enfrentarse todos, la situación se resuelve de
una forma cómica, los personajes se convencen entre sí de la
inocencia de cada uno. Sin embargo, la obra termina como empieza,
de una forma melancólica, con un breve resumen del contexto
histórico y los paraderos de los personajes en este contexto
tres años más tarde.
Antes de entrar de lleno en el tema de la nostalgia,
conviene explicar a qué se refiere tal concepto y cómo se
manifiesta en el texto.
La nostalgia según Johnathan Steinwand, es “a sort of
homesickness, a pain (algos) or longing to return home (nostos)
or to some lost past” (9).
No debe extrañar entonces que autores importantes de la época
como Benito Pérez Galdós, Juan Valera y Antonio de Pereda tanto
como Alarcón hayan expresado tal sentimiento en sus novelas en
medio de una época de cambio llena de nuevas ideas como la
libertad y la igualdad, junto con la laicización de la sociedad
y la pérdida de las tradiciones. Sin embargo, según el crítico
Sherman H. Eoff, mientras que las novelas de dichos autores se
consideran como novelas nacionales, por mostrar tantas
ideas contemporáneas de la época como tradicionales, El
Sombrero de tres picos de Alarcón es considerada
filosófica por su tendencia a considerar sólo las ideas
tradicionales, es decir, las ideas de la religión, la política,
los valores, y la sociedad (548). A pesar de haber traído
divertimento al mundo, el propósito de Alarcón de escribir una
novela con estas características filosóficas, no es por motivos
políticos ni radicales, sino para mostrar, como muestra la
mayoría de los “entusiastas nostálgicos”, que “one’s present
place is not enough” (Steinwand 9). Es así pues, que Alarcón
afirma su deber como escritor y la de los otros escritores de su
época en su libro de costumbristas del 1871:
…deber es de los escritores y de los artistas de nuestro tiempo
apresurarse a recoger y archivar en álbumes, lienzos, mármoles y
libros el tesoro de monumentos, tradiciones, consejas, cantares,
melodías dialectos, costumbres, trajes, creencias y
preocupaciones que aún guardan entre los escombros los antiguos
reinos de nuestra romancera patria. (Montesinos 196)
En efecto, Alarcón logra archivar muchas de estas imágenes en
El sombrero de tres picos, particularmente las de las
tradiciones, costumbres, trajes y creencias. Lo logra primero al
situar tales imágenes en un contexto histórico muy significativo
para España, y luego por las descripciones interiores y
exteriores de los personajes. Sin embargo, como veremos, en su
intento de recoger el pasado, ha construido un conflicto que
parece ir en contra de la misma imagen que quiere conservar.
Al comenzar la novela, el narrador sitúa al lector
inmediatamente en el contexto histórico—a principios del siglo
XIX, durante la época de las invasiones europeas de Napoleón
Bonaparte. A pesar de lo brutales que fueron, el narrador no
pierde tiempo explicando que estas invasiones napoleónicas a
ciudades como Milán, Bruselas y Varsovia marcaron la
modernización de estos lugares, mientras que, según se defiende
en este trabajo, España, por no haber sido conquistada todavía,
se quedaba atrás:
…nuestros mayores de España seguían viviendo a la antigua
española, sumamente despacio, apegados a sus rancias costumbres,
en paz y en gracias de Dios, con su Inquisición y sus frailes,
con su pintoresca desigualdad ante la ley, con sus privilegios,
fueros y exenciones personales, con su carencia de toda libertad
municipal o política gobernados simultáneamente por insignes
obispos y poderosos corregidores… (34)
Esta descripción, algo intemporal, sirve, de hecho, para hacer
énfasis en la tranquilidad de la historia y del ambiente que el
narrador va a describir. ¿Pero es éste, un verdadero retrato de
tal época? Un vistazo al contexto histórico de España mostrará
que no.
Como ya hemos mencionado, el narrador nos sitúa a
principio del siglo XIX, aproximadamente entre 1805 y 1806,
“[n]o se sabe fijamente el año: sólo consta que era después del
de 4 y antes del de 8” (33). Sigue contextualizando, con más
precisión, el ambiente español hasta que concluye que “imperaba
todavía en España el Antiguo Régimen en todas las esferas de la
vida pública y particular” gracias al obstáculo geográfico de la
cadena de los Pirineos, que “en medio de tantas novedades y
trastornos, el Pirineo se hubiese convertido en otra Muralla de
la China” (34) bloqueando la entrada de los franceses. A pesar
de lo difícil que había hecho este obstáculo geográfico para
dejar entrar fácilmente a los franceses durante las invasiones
napoleónicas, no podemos olvidar de la gran influencia francesa
que el reino Borbón había realizado en España durante el siglo
entero anterior. Durante la dominación francesa, llegaron muchos
inmigrantes franceses y fue precisamente durante la segunda
mitad de este siglo, el siglo XVIII, cuando los reyes,
particularmente Carlos III, que reinó entre 1759 y 1788,
mandaron a muchos españoles jóvenes a Francia para estudiar y
aprender el arte de la industria de los artesanos (Goodman 331).
Este proyecto de mandar a españoles a otros países, conocido
como el “despotismo ilustrado”, fue un intento de los reyes a
estimular, reformas en distintas áreas tales como la justicia,
la agricultura, la libertad de prensa y la educación. En efecto,
los que iban a Francia regresaban con la capacidad de escribir y
leer en francés, lo cual resultó en una gran distribución de
libros en España de autores europeos como Voltaire, Rousseau,
Hobbes y Locke (Goodman 331). En respuesta a esta nueva
corriente de ideas, y a la amenaza de la caída de la monarquía
muchos autores como Mariano José de Larra, José Calderón, Ramón
Mesonero y hasta Alarcón fueron los iniciadores de una novela
nacional basada en la nostalgia de “aquel tiempo”.
Es precisamente con este nuevo estilo estético cómo el
narrador del Sombrero introduce la historia de los
protagonistas, el cual inmediatamente plantea un sentido
nostálgico de un tiempo que ya “ha desaparecido”: “[e]n aquel
tiempo” (36) y “[d]ichosísimo tiempo aquel” (35). Según James D.
Fernández, el uso de esta anotación gramatical debe hacernos
cuestionar la autenticidad de su narración por su capacidad de
distorsionar la imagen que va a describir por citar algo que
está fuera de su tiempo (241). De modo similar, Steinwand
explica que cuando se saca una imagen de su espacio temporal y
se la mezcla con la nostalgia, no importa lo mucho que ha dolido
la experiencia, la imagen se transformará en “a beautiful
form…that offers compensation for the forgetfulness,
homelessness and alienation of its guilt-ridden conscience”
(10). En otras palabras, la novela no puede ofrecer una
representación completa ni fiel del pasado, sino una
idealización de éste. Dicho pensamiento explica tanto la imagen
tranquila y, por lo tanto, idealizada del contexto histórico que
hemos visto, así como la idealización de los personajes
tradicionales de la novela.
Con respeto a estos últimos, han sido trabajados mucho
en la literatura del siglo XIX: una navarra burguesa (Frasquita)
del Antiguo Régimen, un burgués murciano (Lucas) del Antiguo
Régimen, un noble madrileño con funciones de corregidor del
Antiguo Régimen (don Eugenio) y finalmente una noble andaluza
esposa del corregidor del Antiguo Régimen (Florensa 15). No
obstante, no todos han sido construidos con un aire nostálgico.
Según Fernández, es el conjunto de las descripciones físicas,
los trajes y el comportamiento que el narrador les da a los
personajes tanto como la manera en que los describe lo que
invita al lector a lamentar nostálgicamente su desaparición,
como personajes, y todo lo que representan de la época (242). En
la novela, la más notable y más importante característica de los
mencionados personajes es su
vestimenta. Sus trajes, no solamente los identifican, sino que
también representan las posiciones y las condiciones sociales de
la gente común de esa época. Según Mesonero Romanos, los trajes
eran tan importantes en los viejos tiempos que “el gabán
nivelador y la negra corbata no habían aún confundido como
después lo hicieron todas las clases, todas las edades y todas
las condiciones” (259). Así, como explica Fernández, la
tendencia del narrador de describir la presentación de los
personajes por las características de sus trajes, no solamente
los simplifica como personajes, sino que también insinúa una
“nostalgia for unequivocal signs, and for an unproblematic
representation” (242).
Al principio parece que el narrador honra tal idea por
la manera en que introduce al Corregidor en el capítulo titulado
“El hombre del sombrero de tres picos”: “a quien no podía
confundirse con ninguna otra persona ni de día ni de noche, así
por la enormidad de su sombrero de tres picos y por lo vistoso
de su capa de grana, como por lo particularísimo de su grotesco
donaire” (45). Sin lugar a dudas, este elemento es el símbolo de
un tiempo pasado. Sin embargo, es importante notar que el
sombrero de tres picos no era símbolo de lo bueno del Antiguo
Régimen sino del afrancesamiento. De hecho, como explica Eva
Florensa, “en 1766, Carlos III obligó a su uso. Desde entonces,
el pueblo y todos los tradicionalistas vieron en este sombrero
un eco de Francia” (27).
Ahora bien, tales prendas tienen un significado que va más allá
de representar el Régimen Antiguo y el Nuevo. Representan
también la estructura compleja de las posiciones sociales que
existía en aquella época. Como dice el narrador mismo, las
prendas del Corregidor por ejemplo, simbolizan “una especie de
espectro del Absolutismo, una especie de sudario del
Corregidor,” en fin “una especie de caricatura retrospectiva de
su poder” (45). La vestimenta de la Corregidora también
simboliza una “señora de clase” por la manera en que se abanica
“majestuosamente” con su “pañoleta de blonda blanca” (101).
Curiosamente, el narrador no nos describe los trajes de los
molineros. Tal detalle nos surgiere que los dos vienen de una
clase más baja, en la cual la ropa no tiene una clara
importancia social.
Esta tendencia del narrador a mostrar las diferentes posiciones
sociales del siglo, para Jean Baudrillard, es errónea.
Según él: “[t]here is no such thing as fashion in a society of
caste and rank, since one is assigned a place irrevocably.
Clothes do not make a man, but rather serve as a disguise”
(Crary 12).
Dicha idea se afirma en la novela cuando el tío Lucas utiliza el
sombrero de tres picos y la capa del Corregidor para pagarle con
su propia moneda. Disfrazado de su enemigo, el molinero es capaz
de penetrar hasta las habitaciones privadas de la Corregidora a
pesar de sus distintos rasgos físicos. Estas diferencias no son solamente estéticas sino que sirven
como un “indicador externo”, es decir, como rasgos físicos para
los otros personajes. Así pues en el momento de mayor confusión
cuando todos se enfrentan al final de la obra, los distintos
rasgos del tío Lucas y su antagonista, deberían servir como un
indicador externo tanto para los lectores como para el resto de
los personajes, aunque no funcionen así.
Según el autor Kevin S. Larsen, el indicador externo más
importante de la novela son los dientes de los protagonistas. La
condición de los dientes de los personajes ha sido una marca de
clase y posición social a lo largo de la historia de la
literatura. Además de los rasgos físicos que se han mencionado
anteriormente, los dientes saludables del tío Lucas, en
contraste agudo con “la falta absoluta de dientes y muelas” (46)
del Corregidor debería haber hecho que la Corregidora prevenga
la entrada del molinero en su casa. ¿Será que Alarcón, en voz
del narrador, se ha olvidado de una tradición literaria de la
literatura? No lo creo. ¿Por qué, entonces, pone tanto énfasis
en la dentadura de los personajes? Como nota Larsen, lo hace
para reproducir las imágenes de una tradición de la literatura
más formal, argumento que de nuevo, pone énfasis en el deseo
general del narrador de guardar el pasado (1116).
La nostalgia que el narrador construye con todo lo
anteriormente dicho, en cuanto a la vestimenta, también la
sienten los protagonistas principales. Por ejemplo, al final de
la obra el Corregidor después de llevar puesta la ropa del tío
Lucas por un rato, lo cual a él le parece una eternidad, expresa
su fuerte deseo de ponerse su propia ropa para ahorcar al
molinero y “a medio mundo” (112). A la vez, tanto como éste, el
tío Lucas, quien todavía anda con el traje del Corregidor,
quiere quitárselo porque siente que ha sido “muy desagraciado
mientras lo he tenido puesto…” (112). Y por último, este deseo
de intercambiar vestimentas parece contagiar hasta la
Corregidora, quien se niega a contar los acontecimientos de las
últimas horas hasta que realicen un intercambio de trajes.
Después de enterarse de la verdad, la mañana siguiente
el tío Lucas y la Frasquita salen de la ciudad en “dirección a
su molino” (117). La novela termina con una placentera tertulia,
a la cual asisten todos los cargos de la iglesia, incluso el
Obispo, en la casa del molinero. Este intento de mantener lo
bueno, se interrumpe al final de la novela por la entrada de
Napoleón y los soldados franceses, “[c]erca de tres años
continuaron estas sabrosas reuniones, hasta que… entraron en
España los ejércitos de Napoleón y se armó la Guerra de la
Independencia” (119). En el epílogo nos enteramos de que la
mayoría de los personajes, incluso el Corregidor, ha muerto
debido a esta invasión “por no poder sufrir la vista de los
franceses” (119). Antes de cerrar la historia el narrador
expresa una vez más su nostalgia narrando la muerte de los
molineros, quienes, “alcanzaron una edad muy avanzada, viendo
desaparecer el absolutismo en 1812 y 1820 y reaparecer en 1814 y
1823, hasta que por último se estableció de veras el sistema
constitucional a la muerte del Rey Absoluto” (119). La
correspondencia de sus muertes, el hecho de que muera la pareja
sin hijos y el fin de la monarquía absoluta significan la
desaparición de las tradiciones antiguas para siempre.
En conclusión, en este trabajo se presenta la manera en
que la nostalgia y la recolección de los acontecimientos
históricos y las costumbres antiguas inspiran la idealización
del pasado. De forma semejante a muchos otros escritores de su
tiempo, Pedro Antonio de Alarcón se encarga de conservar las
tradiciones y los valores del Antiguo Régimen español. En su
intento de conservar el pasado, como hemos visto en su novela
El sombrero de tres picos, nos ofrece una imagen
simplificada al tiempo que distorsionada de la España siglo XIX.
Su forma, pues, de introducir el contexto histórico, entrar en
las descripciones y la historia de los personajes tradicionales,
supera, en todo sentido, la forma tosca de las fuentes comunes
de la época. Si la nostalgia no le toca al lector hasta aquel
punto en la novela, el narrador se asegura de dejarlo con un
sentido melancólico al final de la obra con la memoria estética
de una tertulia idealizada e inmediatamente seguida por la
despedida del tío Lucas, la seña Frasquita y el Corregidor, que
ofrecen, todos juntos, una imagen del Antiguo Régimen español.
Bibliografía
Alarcón, Pedro Antonio de. El sombrero de tres picos.
Madrid: Edimat libros, 2006.
Crary, Jonathan. Techniques of the Observer: On Vision and
Modernity in the Nineteenth
Century
Cambridge: MIT Press, 1990.
Eoff, Sherman H. “The Spanish Novel of “Ideas”: Critical Opinion
1836-80. PMLA 55 (1940):
531-58.
Fernández, James D. “Fashioning the Ancien Régime: Alarcón’s
Sombrero de tres picos”.
Hispanic Review
62 (1994): 235-247.
Florensa, Eva F. Prólogo.
El sombrero de tres picos.
Pedro Antonio de Alarcón. Barcelona:
Crítica, 1993. 1-57.
Goodman, Edward J. “Spanish Nationalism in the Struggle against
Napoleon”. The Review of
Politics
20 (1958): 330-346.
Hutcheon, Linda. “Irony, Nostalgia, and the Postmodern”. Ed.
Marc Plamondon. 1998
University of Toronto English Library
Apr. 2008.<http://www.library.utoronto.ca/ utel/criticism/hutchinp.html>.
Larsen, Kevin S. “‘Estas perfecciones principiaban en los
dientes’: Dentition in El sombrero
de tres picos”.
Hispania 75 (1992): 1116-1121.
Montesinos, J.F. Pedro Antonio de Alarcón. Madrid:
Castalia, 1977.
Steinwand, Johnathan. “The Future of Nostalgia in Friedrich
Schlegel’s Gender Theory: Casting
Aesthetics
Beyond Ancient Greece and Modern Europe.”
Narratives of
Nostalgia, Gender
and Nationality.
Ed. Jean Pickering and Suzanne Kehde. Great Britain: Macmillan
Press, 1997. 9-29.