México, Distrito Federal I Noviembre- Diciembre 2008 I Año 3 I Número 17 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

 

 

ESPAÑA EN EL SIGLO XIX: UNA IMAGEN DISTORSIONADA EN

EL SOMBRERO DE TRES PICOS DE PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN

 

Sandra Russo nació en Detroit, Michigan en 1982. Hizo sus estudios universitarios en Central Michigan University, con un enfoque en educación y la literatura española. Actualmente es estudiante de la maestría e instructora de español en Arizona State University. Ya en su primer año de sus estudios postgrados dio una ponencia titulada “Viviendo entre dos mundos, Don Álvaro o la fuerza del sino” en el VI Congreso Internacional de Literatura Hispánica. Este año dará otra ponencia titulada “Llegar a la conciencia, en Sab de Gertrudis Goméz de Avellaneda” en el coloquio Cuatro siglos de literatura cubana. Sus investigaciones actuales abarcan la cuestión de la identidad y la otredad y como tales se manifiestan en las novelas peninsulares del siglo XIX.

 

El sombrero de tres picos, de Pedro Antonio de Alarcón, es una de las más conocidas novelas españolas del siglo XIX. No solamente ha sido traducida a siete diferentes lenguas, sino que también su trama ha servido como base de operas, películas, y ballets de Francia, Bélgica, Alemania, Italia y por supuesto de España (Fernández 235). Debido a su gran recepción original, durante años, muchos de estos países la han asimilado de acuerdo con su propia cultura e interés popular. A través del tiempo, el libro ha sido sacado de su contexto inmediato—la España de 1874—y transformado en una novela de divertimento. En los últimos 50 años, los críticos han tratado de recuperar y re-evaluar su verdadero contexto en cuanto al clima político, literario y social de España. Lo que la mayoría de estos críticos han deducido es que El sombrero de tres picos es una novela nostálgica que representa no solamente los valores y las costumbres del Antiguo Régimen de España, caracterizado por una monarquía absoluta, sino que también las actitudes de Alarcón hacia el progreso de la modernidad. ¿Pero cómo se manifiesta esta nostalgia en la novela? y ¿hasta qué punto representa una imagen auténtica[1] de “los buenos viejos tiempos”? En este trabajo intentaré contestar tales preguntas y mostrar cómo el concepto de nostalgia inspira la idealización del pasado. Para realizar un trabajo así, primero, introduciré la teoría de la nostalgia de Johnathan Steinwand en que el estudio se basará. De allí mostraré cómo la nostalgia surge e idealiza tanto el contexto histórico de España en que nos sitúa el narrador como los personajes en el texto.

         La historia de El sombrero de tres picos trata de un molinero murciano, llamado el tío Lucas, y su esposa navarra Frasquita, que viven en las afueras de una ciudad pequeña de Andalucía. Tal lugar es el sitio donde se reúnen cada tarde el Obispo, otros clérigos y el viejo Corregidor, para admirar la belleza de la esposa del molinero. El tío Lucas, que se da cuenta de lo enamorado que está el Corregidor de Frasquita, decide gastarle una broma. Después de ponerle en ridículo, el Corregidor, quien había llegado temprano una mañana para ligar con Frasquita, jura vengarse de ellos. Aquel mismo día, el Corregidor manda que el tío Lucas se presente ante la autoridad del alcalde en otra ciudad para darse tiempo a sí mismo de seducir a la navarra. Pero cuando el indigno Corregidor cae en una represa de molino, Frasquita, quien le tiene piedad, le deja secar su ropa en su casa mientras ella va a buscar a su marido. Mientras tanto, el tío Lucas, que se ha enterado de los planes del Corregidor, regresa al molino. Al ver la ropa de su antagonista colgada cerca de la chimenea, sube las escaleras sólo para ver a éste por el ojo de la cerradura dormido en su cama. Convencido de que su esposa le ha engañado, jura vengarse. Se pone la ropa, ya bien seca del Corregidor, incluso su sombrero de tres picos, y toma camino a la casa de su enemigo con la intención de seducir a la Corregidora. Cuando Frasquita y el Corregidor se dan cuenta de los planes del tío Lucas, le persiguen desesperadamente con la esperanza de salvar el honor de los dos. Al enfrentarse todos, la situación se resuelve de una forma cómica, los personajes se convencen entre sí de la inocencia de cada uno. Sin embargo, la obra termina como empieza, de una forma melancólica, con un breve resumen del contexto histórico y los paraderos de los personajes en este contexto tres años más tarde.

         Antes de entrar de lleno en el tema de la nostalgia, conviene explicar a qué se refiere tal concepto y cómo se manifiesta en el texto. La nostalgia según Johnathan Steinwand, es “a sort of homesickness, a pain (algos) or longing to return home (nostos) or to some lost past” (9). No debe extrañar entonces que autores importantes de la época como Benito Pérez Galdós, Juan Valera y Antonio de Pereda tanto como Alarcón hayan expresado tal sentimiento en sus novelas en medio de una época de cambio llena de nuevas ideas como la libertad y la igualdad, junto con la laicización de la sociedad y la pérdida de las tradiciones. Sin embargo, según el crítico Sherman H. Eoff, mientras que las novelas de dichos autores se consideran como novelas nacionales, por mostrar tantas ideas contemporáneas de la época como tradicionales, El Sombrero de tres picos de Alarcón es considerada filosófica por su tendencia a considerar sólo las ideas tradicionales, es decir, las ideas de la religión, la política, los valores, y la sociedad (548). A pesar de haber traído divertimento al mundo, el propósito de Alarcón de escribir una novela con estas características filosóficas, no es por motivos políticos ni radicales, sino para mostrar, como muestra la mayoría de los “entusiastas nostálgicos”, que “one’s present place is not enough” (Steinwand 9). Es así pues, que Alarcón afirma su deber como escritor y la de los otros escritores de su época en su libro de costumbristas del 1871:

…deber es de los escritores y de los artistas de nuestro tiempo apresurarse a recoger y archivar en álbumes, lienzos, mármoles y libros el tesoro de monumentos, tradiciones, consejas, cantares, melodías dialectos, costumbres, trajes, creencias y preocupaciones que aún guardan entre los escombros los antiguos reinos de nuestra romancera patria.  (Montesinos 196)

 En efecto, Alarcón logra archivar muchas de estas imágenes en El sombrero de tres picos, particularmente las de las tradiciones, costumbres, trajes y creencias. Lo logra primero al situar tales imágenes en un contexto histórico muy significativo para España, y luego por las descripciones interiores y exteriores de los personajes. Sin embargo, como veremos, en su intento de recoger el pasado, ha construido un conflicto que parece ir en contra de la misma imagen que quiere conservar.

         Al comenzar la novela, el narrador sitúa al lector inmediatamente en el contexto histórico—a principios del siglo XIX, durante la época de las invasiones europeas de Napoleón Bonaparte. A pesar de lo brutales que fueron, el narrador no pierde tiempo explicando que estas invasiones napoleónicas a ciudades como Milán, Bruselas y Varsovia marcaron la modernización de estos lugares, mientras que, según se defiende en este trabajo, España, por no haber sido conquistada todavía, se quedaba atrás:

…nuestros mayores de España seguían viviendo a la antigua española, sumamente despacio, apegados a sus rancias costumbres, en paz y en gracias de Dios, con su Inquisición y sus frailes, con su pintoresca desigualdad ante la ley, con sus privilegios, fueros y exenciones personales, con su carencia de toda libertad municipal o política gobernados simultáneamente por insignes obispos y poderosos corregidores…  (34)

Esta descripción, algo intemporal, sirve, de hecho, para hacer énfasis en la tranquilidad de la historia y del ambiente que el narrador va a describir. ¿Pero es éste, un verdadero retrato de tal época? Un vistazo al contexto histórico de España mostrará que no.

         Como ya hemos mencionado, el narrador nos sitúa a principio del siglo XIX, aproximadamente entre 1805 y 1806, “[n]o se sabe fijamente el año: sólo consta que era después del de 4 y antes del de 8” (33). Sigue contextualizando, con más precisión, el ambiente español hasta que concluye que “imperaba todavía en España el Antiguo Régimen en todas las esferas de la vida pública y particular” gracias al obstáculo geográfico de la cadena de los Pirineos, que “en medio de tantas novedades y trastornos, el Pirineo se hubiese convertido en otra Muralla de la China” (34) bloqueando la entrada de los franceses. A pesar de lo difícil que había hecho este obstáculo geográfico para dejar entrar fácilmente a los franceses durante las invasiones napoleónicas, no podemos olvidar de la gran influencia francesa que el reino Borbón había realizado en España durante el siglo entero anterior. Durante la dominación francesa, llegaron muchos inmigrantes franceses y fue precisamente durante la segunda mitad de este siglo, el siglo XVIII, cuando los reyes, particularmente Carlos III, que reinó entre 1759 y 1788, mandaron a muchos españoles jóvenes a Francia para estudiar y aprender el arte de la industria de los artesanos (Goodman 331). Este proyecto de mandar a españoles a otros países, conocido como el “despotismo ilustrado”, fue un intento de los reyes a estimular, reformas en distintas áreas tales como la justicia, la agricultura, la libertad de prensa y la educación. En efecto, los que iban a Francia regresaban con la capacidad de escribir y leer en francés, lo cual resultó en una gran distribución de libros en España de autores europeos como Voltaire, Rousseau, Hobbes y Locke (Goodman 331). En respuesta a esta nueva corriente de ideas, y a la amenaza de la caída de la monarquía muchos autores como Mariano José de Larra, José Calderón, Ramón Mesonero y hasta Alarcón fueron los iniciadores de una novela nacional basada en la nostalgia de “aquel tiempo”.

         Es precisamente con este nuevo estilo estético cómo el narrador del Sombrero introduce la historia de los protagonistas, el cual inmediatamente plantea un sentido nostálgico de un tiempo que ya “ha desaparecido”: “[e]n aquel tiempo” (36) y “[d]ichosísimo tiempo aquel” (35). Según James D. Fernández, el uso de esta anotación gramatical debe hacernos cuestionar la autenticidad de su narración por su capacidad de distorsionar la imagen que va a describir por citar algo que está fuera de su tiempo (241). De modo similar, Steinwand explica que cuando se saca una imagen de su espacio temporal y se la mezcla con la nostalgia, no importa lo mucho que ha dolido la experiencia, la imagen se transformará en “a beautiful form…that offers compensation for the forgetfulness, homelessness and alienation of its guilt-ridden conscience” (10). En otras palabras, la novela no puede ofrecer una representación completa ni fiel del pasado, sino una idealización de éste. Dicho pensamiento explica tanto la imagen tranquila y, por lo tanto, idealizada del contexto histórico que hemos visto, así como la idealización de los personajes tradicionales de la novela.

         Con respeto a estos últimos, han sido trabajados mucho en la literatura del siglo XIX: una navarra burguesa (Frasquita) del Antiguo Régimen, un burgués murciano (Lucas) del Antiguo Régimen, un noble madrileño con funciones de corregidor del Antiguo Régimen (don Eugenio) y finalmente una noble andaluza esposa del corregidor del Antiguo Régimen (Florensa 15). No obstante, no todos han sido construidos con un aire nostálgico. Según Fernández, es el conjunto de las descripciones físicas, los trajes y el comportamiento que el narrador les da a los personajes tanto como la manera en que los describe lo que invita al lector a lamentar nostálgicamente su desaparición, como personajes, y todo lo que representan de la época (242). En la novela, la más notable y más importante característica de los mencionados personajes es su vestimenta. Sus trajes, no solamente los identifican, sino que también representan las posiciones y las condiciones sociales de la gente común de esa época. Según Mesonero Romanos, los trajes eran tan importantes en los viejos tiempos que “el gabán nivelador y la negra corbata no habían aún confundido como después lo hicieron todas las clases, todas las edades y todas las condiciones” (259). Así, como explica Fernández, la tendencia del narrador de describir la presentación de los personajes por las características de sus trajes, no solamente los simplifica como personajes, sino que también insinúa una “nostalgia for unequivocal signs, and for an unproblematic representation” (242).

         Al principio parece que el narrador honra tal idea por la manera en que introduce al Corregidor en el capítulo titulado “El hombre del sombrero de tres picos”: “a quien no podía confundirse con ninguna otra persona ni de día ni de noche, así por la enormidad de su sombrero de tres picos y por lo vistoso de su capa de grana, como por lo particularísimo de su grotesco donaire” (45). Sin lugar a dudas, este elemento es el símbolo de un tiempo pasado. Sin embargo, es importante notar que el sombrero de tres picos no era símbolo de lo bueno del Antiguo Régimen sino del afrancesamiento. De hecho, como explica Eva Florensa, “en 1766, Carlos III obligó a su uso. Desde entonces, el pueblo y todos los tradicionalistas vieron en este sombrero un eco de Francia” (27).

Ahora bien, tales prendas tienen un significado que va más allá de representar el Régimen Antiguo y el Nuevo. Representan también la estructura compleja de las posiciones sociales que existía en aquella época. Como dice el narrador mismo, las prendas del Corregidor por ejemplo, simbolizan “una especie de espectro del Absolutismo, una especie de sudario del Corregidor,” en fin “una especie de caricatura retrospectiva de su poder” (45). La vestimenta de la Corregidora también simboliza una “señora de clase” por la manera en que se abanica “majestuosamente” con su “pañoleta de blonda blanca” (101). Curiosamente, el narrador no nos describe los trajes de los molineros. Tal detalle nos surgiere que los dos vienen de una clase más baja, en la cual la ropa no tiene una clara importancia social.

Esta tendencia del narrador a mostrar las diferentes posiciones sociales del siglo, para Jean Baudrillard, es errónea. Según él: “[t]here is no such thing as fashion in a society of caste and rank, since one is assigned a place irrevocably. Clothes do not make a man, but rather serve as a disguise” (Crary 12). Dicha idea se afirma en la novela cuando el tío Lucas utiliza el sombrero de tres picos y la capa del Corregidor para pagarle con su propia moneda. Disfrazado de su enemigo, el molinero es capaz de penetrar hasta las habitaciones privadas de la Corregidora a pesar de sus distintos rasgos físicos[2]. Estas diferencias no son solamente estéticas sino que sirven como un “indicador externo”, es decir, como rasgos físicos para los otros personajes. Así pues en el momento de mayor confusión cuando todos se enfrentan al final de la obra, los distintos rasgos del tío Lucas y su antagonista, deberían servir como un indicador externo tanto para los lectores como para el resto de los personajes, aunque no funcionen así.

Según el autor Kevin S. Larsen, el indicador externo más importante de la novela son los dientes de los protagonistas. La condición de los dientes de los personajes ha sido una marca de clase y posición social a lo largo de la historia de la literatura. Además de los rasgos físicos que se han mencionado anteriormente, los dientes saludables del tío Lucas, en contraste agudo con “la falta absoluta de dientes y muelas” (46) del Corregidor debería haber hecho que la Corregidora prevenga la entrada del molinero en su casa. ¿Será que Alarcón, en voz del narrador, se ha olvidado de una tradición literaria de la literatura? No lo creo. ¿Por qué, entonces, pone tanto énfasis en la dentadura de los personajes? Como nota Larsen, lo hace para reproducir las imágenes de una tradición de la literatura más formal, argumento que de nuevo, pone énfasis en el deseo general del narrador de guardar el pasado (1116).

         La nostalgia que el narrador construye con todo lo anteriormente dicho, en cuanto a la vestimenta, también la sienten los protagonistas principales. Por ejemplo, al final de la obra el Corregidor después de llevar puesta la ropa del tío Lucas por un rato, lo cual a él le parece una eternidad, expresa su fuerte deseo de ponerse su propia ropa para ahorcar al molinero y “a medio mundo” (112). A la vez, tanto como éste, el tío Lucas, quien todavía anda con el traje del Corregidor, quiere quitárselo porque siente que ha sido “muy desagraciado mientras lo he tenido puesto…” (112). Y por último, este deseo de intercambiar vestimentas parece contagiar hasta la Corregidora, quien se niega a contar los acontecimientos de las últimas horas hasta que realicen un intercambio de trajes.

         Después de enterarse de la verdad, la mañana siguiente el tío Lucas y la Frasquita salen de la ciudad en “dirección a su molino” (117). La novela termina con una placentera tertulia, a la cual asisten todos los cargos de la iglesia, incluso el Obispo, en la casa del molinero. Este intento de mantener lo bueno, se interrumpe al final de la novela por la entrada de Napoleón y los soldados franceses, “[c]erca de tres años continuaron estas sabrosas reuniones, hasta que… entraron en España los ejércitos de Napoleón y se armó la Guerra de la Independencia” (119). En el epílogo nos enteramos de que la mayoría de los personajes, incluso el Corregidor, ha muerto debido a esta invasión “por no poder sufrir la vista de los franceses” (119). Antes de cerrar la historia el narrador expresa una vez más su nostalgia narrando la muerte de los molineros, quienes, “alcanzaron una edad muy avanzada, viendo desaparecer el absolutismo en 1812 y 1820 y reaparecer en 1814 y 1823, hasta que por último se estableció de veras el sistema constitucional a la muerte del Rey Absoluto” (119). La correspondencia de sus muertes, el hecho de que muera la pareja sin hijos y el fin de la monarquía absoluta significan la desaparición de las tradiciones antiguas para siempre.

         En conclusión, en este trabajo se presenta la manera en que la nostalgia y la recolección de los acontecimientos históricos y las costumbres antiguas inspiran la idealización del pasado. De forma semejante a muchos otros escritores de su tiempo, Pedro Antonio de Alarcón se encarga de conservar las tradiciones y los valores del Antiguo Régimen español. En su intento de conservar el pasado, como hemos visto en su novela El sombrero de tres picos, nos ofrece una imagen simplificada al tiempo que distorsionada de la España siglo XIX. Su forma, pues, de introducir el contexto histórico, entrar en las descripciones y la historia de los personajes tradicionales, supera, en todo sentido, la forma tosca de las fuentes comunes de la época. Si la nostalgia no le toca al lector hasta aquel punto en la novela, el narrador se asegura de dejarlo con un sentido melancólico al final de la obra con la memoria estética de una tertulia idealizada e inmediatamente seguida por la despedida del tío Lucas, la seña Frasquita y el Corregidor, que ofrecen, todos juntos, una imagen del Antiguo Régimen español.

          

 

Bibliografía

Alarcón, Pedro Antonio de. El sombrero de tres picos. Madrid: Edimat libros, 2006.

Crary, Jonathan. Techniques of the Observer: On Vision and Modernity in the Nineteenth

            Century Cambridge: MIT Press, 1990.

Eoff, Sherman H. “The Spanish Novel of “Ideas”: Critical Opinion 1836-80. PMLA 55 (1940):

            531-58.

Fernández, James D. “Fashioning the Ancien Régime: Alarcón’s Sombrero de tres picos”.

Hispanic Review 62 (1994): 235-247.

Florensa, Eva F. Prólogo. El sombrero de tres picos. Pedro Antonio de Alarcón. Barcelona:

            Crítica, 1993. 1-57.

Goodman, Edward J. “Spanish Nationalism in the Struggle against Napoleon”. The Review of

Politics 20 (1958): 330-346.

Hutcheon, Linda. “Irony, Nostalgia, and the Postmodern”. Ed. Marc Plamondon. 1998

University of Toronto English Library Apr. 2008.<http://www.library.utoronto.ca/ utel/criticism/hutchinp.html>.

Larsen, Kevin S. “‘Estas perfecciones principiaban en los dientes’: Dentition in El sombrero

de tres picos”. Hispania 75 (1992): 1116-1121.

Montesinos, J.F. Pedro Antonio de Alarcón. Madrid: Castalia, 1977.

Steinwand, Johnathan. “The Future of Nostalgia in Friedrich Schlegel’s Gender Theory: Casting

            Aesthetics Beyond Ancient Greece and Modern Europe.” Narratives of Nostalgia, Gender

and Nationality. Ed. Jean Pickering and Suzanne Kehde. Great Britain: Macmillan Press, 1997. 9-29.

 

 

 


[1] Aquí se entiende imagen auténtica, de acuerdo con el máximo respeto posible, como lo que sucedió o pudo haber sucedido según los datos históricos disponibles de aquella época.

[2] El tío Lucas es descripto como “pequeño de estatura, cargado de espaldas, muy moreno y picado de viruelas” (41). El Corregidor, por otro lado, es descripto como aún más cargado de espaldas que el tío Lucas, “casi jorobado, de estatura menos que mediana y cojo de los pies” (46).

 

 

 

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