México, Distrito Federal I Noviembre- Diciembre 2008 I Año 3 I Número 17 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

 

UNA Y DIVISA 

 

Susana Guzner. Es maestra, psicóloga y escritora. Nació en La Plata, Argentina, en 1944. En 1976 se vio forzada a exiliarse en España, donde vivió en Madrid  y en Las Palmas de Gran Canaria. Actualmente alterna su residencia entre España y Argentina. Autora de La insensata geometría del amor, considerada la mejor novela contemporánea de temática lésbica en lengua castellana y traducida a varios idiomas; Punto y aparte (relatos, de inminente aparición en francés y holandés); Detectives BAM (función teatral); 72 juegos para jugar con el espacio y el tiempo (pedagogía) y Aquí pasa algo raro (novela de suspenso cómico). Es asimismo coautora de Que suenen las olas y Mein Lesbisches Auge y otras antologías. Colabora con diversos medios y portales literarios, feministas y LGTB.

 

 

No es que Maca sea grosera. Mejor dicho: en el sentido estricto del adjetivo sí lo es, y tanto. Pero con mayor propiedad parecería sufrir alguna atrofia en el área de la sinceridad. “Hipersinceritis”, supongo que denomina la ciencia a este peculiar trastorno ¿Los síntomas? El más descollante es que larga a bocajarro cuanto piensa y siente sin una previa visita de cortesía a la zona cerebral encargada de gestionar cómo y cuándo manifestar aquello que una piensa y siente. Simplificando: es el prototipo de lo políticamente incorrecto, antes denominado “mala educación que te cagas”. Posee, sin duda, una inteligencia brillante, pero se niega a aceptar que muchas de sus opiniones, por más honestas que las considere, son carne del repudio público.  Porque… ¿A quién se le ocurre espetarle a una oronda madre que su bebé es feo de carajo? Sí, en efecto, es evidente que el ex feto se resiste a abandonar su condición de tal, pero lxs demás miramos a esa pasa de Corinto abotagada y peluda y exclamamos “¡Pero que simpático es!” u otra lindeza al uso. Maca no. Va y lo llama feo de carajo. Muy fuerte ¿Verdad?

- Tú estás de acuerdo conmigo – me reprocha a menudo - pero eres cobarde y vas de niña buena. Yo me niego a la hipocresía. Las cosas por su nombre y aquí paz y en el cielo gloria.

Vale. Puede que yo esté demasiado domesticada y es cierto que coincido en muchos de sus puntos de vista, pero Maca, por favor ¡No vayas soltando por ahí que las personas de raza negra huelen a meados, es un comentario horrible! “Para nada – me refuta – es una descripción desapasionada. Los negros dicen que nosotrxs apestamos a cadáver. Dado que estoy habituada a nuestro olor no lo distingo, pero es muy probable que seamos un velatorio ambulante ¿Por qué no puedo hablar de mis sensaciones olfativas? Los gitanos emanan olor a cabra y los orientales a flores podridas… ¿Malo o bueno? Ni lo uno ni lo otro, es como es, pura objetividad”.

Lógicamente se le rehuye como al diablo. Pero no por mucho tiempo, justo es reconocerlo, porque Maca posee la peculiar virtud de emitir sus digamos… extemporáneos pareceres sin estridencias, la voz de seda, ni un vestigio de agresividad y además se acompaña de una sonrisa angelical. Por otra parte, cuando la “hipersinceritis” no aflora, es una mujer como para enamorarse al instante. Se podría pensar que la estoy disculpando y es muy probable que así sea, pero reconozco que en muchas ocasiones asevera lo que yo y seguramente muchas personas estamos pensando pero enmudecemos como sardinas.

Su hermano es alumno de un curso de gastronomía. Ha cocinado una sofisticada tarta y la presenta orgulloso a sus comensales, entre las cuales me cuento. Reparte las porciones, hincamos la cuchara y… el comistrajo es francamente asqueroso. Sí, por supuesto, Maca ya está diciendo: “nene, no solamente está cruda sino que sabe a trapo viejo”. Silencio sepulcral, Tono – su hermano – rojo de ira y el resto telegrafiándole callados reproches por su cruel comentario. Nos devuelve los telegramas sin leerlos con la mejor de sus candorosas sonrisas. Y es que lleva razón, el malhadado dulce sabe exactamente a trapo viejo, mejor definición imposible, y por supuesto le falta una buena media hora de horno. Pero vivimos en sociedad, caramba, nos regimos por normas explícitas y tácitas, códigos, ese algo llamado urbanismo, modérate, niña, o trágate la lengua, puesto que no sabes o no puedes sofrenar tu enfermiza manía de ser sincera caiga quien caiga.

- Reny – me pregunta con vocecilla de perita en dulce -  ¿No crees que a Tono le ayuda más la veracidad que los falsos elogios a esta porquería? Así no aprenderá nunca.

Me hace dudar, la tía ¿Hasta que punto somos hipócritas y mentimos o camuflamos lo que realmente desearíamos manifestar a gritos?

Y más. Hace poco la hija adolescente de una amiga resultó atropellada por un coche y murió en el acto. La conmoción fue tremenda para quienes la conocíamos. Estábamos telefoneando en cadena la mala nueva cuando alguien rogó: “que no se entere la abuela, la mataría, se lo diremos de a poco, primero una enfermedad, luego una operación extrema y finalmente la muerte”.

Todxs de acuerdo excepto, cómo no, Maca “¿De verdad creen que le va a afectar? Los viejos son insensibles, han visto morir a tanta gente que una más o menos”. ¡Monstruoso, indignante, es impía! Y sin embargo, bien mirado,  las personas ancianas se han acorazado ante las muertes ajenas, ocupadas como están en cronometrar la suya propia. Y eso es ley de vida, no signo de insensibilidad.

Luego están los hombres, el tema social más delicado de su repertorio. A Maca le provocan repelúz. No les dirige la palabra salvo lo imprescindible; si se le sientan al lado cambia de lugar, no ríe sus chistes ni polemiza con ellos, en resumen, su burbuja personal está blindada para los varones. Huelga decir que su actitud genera un revuelo descomunal. Radical, andrófoba, racista. “Como si fueran una raza aparte de la humana - replica. Además ¿Por qué está permitido que no te guste la paella, por ejemplo, pero odiar a los hombres provoca catástrofes? ¿Son más importantes que una paella, acaso? No lo comprendo”.

- Mujer, son seres humanos, no granos de arroz - intento explicarle - aunque, para qué engañarme, yo tampoco pierdo el sueño por ellos y los frecuento lo menos posible.

- Ya, Rena, pero es que no han de interesarme por decreto. Me aburren, no significan nada para mí y hasta el más pintado lleva un machista cavernícola en los genes ¿Por qué debería soportarlos y fingir que me fascinan?

- Porque está mal visto, chica. Si lo piensas, cállate, pero esas cosas no se dicen.

Refunfuña, me reprocha que asfixie su espontaneidad obligándola a disimular sus sentimientos, me acusa de cercenar su libertad de expresión. Duele oírla, porque amo la libertad de expresión tanto como ella, pero hay límites, digo yo.

Y me apena porque después de todo soy su ser más cercano, la conozco del derecho y del revés, me gusta tal y como está hecha, intocada, como una chiquilla que no entiende de reglas sociales, y lo paso fatal cuando la atacan furiosamente por sus destemplanzas.

Es más: la amo entrañablemente, ella sin compromiso, yo también, y si no fuera porque somos intrínsecamente inseparables seríamos pareja, seguro. Con nadie más podría tener una compenetración tan intensa y pasional aunque ella se exprese de mala manera según los cánones y yo sea políticamente correcta y muy apreciada en nuestro círculo social.

Pero sería un amor del todo imposible. Es tan inherente a mí como la llave a la cerradura o el ojo a su cuenca, y amarse a sí misma es sano solo hasta un determinado límite, cruzado el cual me adentraría en la egolatría. Maca, Rena... Por cierto: Me llamo Macarena, como la virgen reina de Sevilla. Somos las dos caras de una misma luna, la bella y la bestia, el yo y su otra, una, divisa e indivisible. Yo misma y mi circunstancia, sin ir más lejos.

 

 

 

 

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