No es que Maca sea grosera. Mejor dicho: en el
sentido estricto del adjetivo sí lo es, y tanto.
Pero con mayor propiedad parecería sufrir alguna
atrofia en el área de la sinceridad. “Hipersinceritis”,
supongo que denomina la ciencia a este peculiar
trastorno ¿Los síntomas? El más descollante es que
larga a bocajarro cuanto piensa y siente sin una
previa visita de cortesía a la zona cerebral
encargada de gestionar cómo y cuándo manifestar
aquello que una piensa y siente. Simplificando: es
el prototipo de lo políticamente incorrecto, antes
denominado “mala educación que te cagas”. Posee, sin
duda, una inteligencia brillante, pero se niega a
aceptar que muchas de sus opiniones, por más
honestas que las considere, son carne del repudio
público. Porque… ¿A quién se le ocurre espetarle a
una oronda madre que su bebé es feo de carajo? Sí,
en efecto, es evidente que el ex feto se resiste a
abandonar su condición de tal, pero lxs demás
miramos a esa pasa de Corinto abotagada y peluda y
exclamamos “¡Pero que simpático es!” u otra lindeza
al uso. Maca no. Va y lo llama feo de carajo. Muy
fuerte ¿Verdad?
- Tú estás de acuerdo conmigo – me reprocha a menudo
- pero eres cobarde y vas de niña buena. Yo me niego
a la hipocresía. Las cosas por su nombre y aquí paz
y en el cielo gloria.
Vale. Puede que yo esté demasiado domesticada y es
cierto que coincido en muchos de sus puntos de
vista, pero Maca, por favor ¡No vayas soltando por
ahí que las personas de raza negra huelen a meados,
es un comentario horrible! “Para nada – me refuta –
es una descripción desapasionada. Los negros dicen
que nosotrxs apestamos a cadáver. Dado que estoy
habituada a nuestro olor no lo distingo, pero es muy
probable que seamos un velatorio ambulante ¿Por qué
no puedo hablar de mis sensaciones olfativas? Los
gitanos emanan olor a cabra y los orientales a
flores podridas… ¿Malo o bueno? Ni lo uno ni lo
otro, es como es, pura objetividad”.
Lógicamente se le rehuye como al diablo. Pero no por
mucho tiempo, justo es reconocerlo, porque Maca
posee la peculiar virtud de emitir sus digamos…
extemporáneos pareceres sin estridencias, la voz de
seda, ni un vestigio de agresividad y además se
acompaña de una sonrisa angelical. Por otra parte,
cuando la “hipersinceritis” no aflora, es una mujer
como para enamorarse al instante. Se podría pensar
que la estoy disculpando y es muy probable que así
sea, pero reconozco que en muchas ocasiones asevera
lo que yo y seguramente muchas personas estamos
pensando pero enmudecemos como sardinas.
Su hermano es alumno de un curso de gastronomía. Ha
cocinado una sofisticada tarta y la presenta
orgulloso a sus comensales, entre las cuales me
cuento. Reparte las porciones, hincamos la cuchara
y… el comistrajo es francamente asqueroso. Sí, por
supuesto, Maca ya está diciendo: “nene, no solamente
está cruda sino que sabe a trapo viejo”. Silencio
sepulcral, Tono – su hermano – rojo de ira y el
resto telegrafiándole callados reproches por su
cruel comentario. Nos devuelve los telegramas sin
leerlos con la mejor de sus candorosas sonrisas. Y
es que lleva razón, el malhadado dulce sabe
exactamente a trapo viejo, mejor definición
imposible, y por supuesto le falta una buena media
hora de horno. Pero vivimos en sociedad, caramba,
nos regimos por normas explícitas y tácitas,
códigos, ese algo llamado urbanismo, modérate, niña,
o trágate la lengua, puesto que no sabes o no puedes
sofrenar tu enfermiza manía de ser sincera caiga
quien caiga.
- Reny – me pregunta con vocecilla de perita en
dulce - ¿No crees que a Tono le ayuda más la
veracidad que los falsos elogios a esta porquería?
Así no aprenderá nunca.
Me hace dudar, la tía ¿Hasta que punto somos
hipócritas y mentimos o camuflamos lo que realmente
desearíamos manifestar a gritos?
Y más. Hace poco la hija adolescente de una amiga
resultó atropellada por un coche y murió en el acto.
La conmoción fue tremenda para quienes la
conocíamos. Estábamos telefoneando en cadena la mala
nueva cuando alguien rogó: “que no se entere la
abuela, la mataría, se lo diremos de a poco, primero
una enfermedad, luego una operación extrema y
finalmente la muerte”.
Todxs de acuerdo excepto, cómo no, Maca “¿De verdad
creen que le va a afectar? Los viejos son
insensibles, han visto morir a tanta gente que una
más o menos”. ¡Monstruoso, indignante, es impía! Y
sin embargo, bien mirado, las personas ancianas se
han acorazado ante las muertes ajenas, ocupadas como
están en cronometrar la suya propia. Y eso es ley de
vida, no signo de insensibilidad.
Luego están los hombres, el tema social más delicado
de su repertorio. A Maca le provocan repelúz. No les
dirige la palabra salvo lo imprescindible; si se le
sientan al lado cambia de lugar, no ríe sus chistes
ni polemiza con ellos, en resumen, su burbuja
personal está blindada para los varones. Huelga
decir que su actitud genera un revuelo descomunal.
Radical, andrófoba, racista. “Como si fueran una
raza aparte de la humana - replica. Además ¿Por qué
está permitido que no te guste la paella, por
ejemplo, pero odiar a los hombres provoca
catástrofes? ¿Son más importantes que una paella,
acaso? No lo comprendo”.
- Mujer, son seres humanos, no granos de arroz -
intento explicarle - aunque, para qué engañarme, yo
tampoco pierdo el sueño por ellos y los frecuento lo
menos posible.
- Ya, Rena, pero es que no han de interesarme por
decreto. Me aburren, no significan nada para mí y
hasta el más pintado lleva un machista cavernícola
en los genes ¿Por qué debería soportarlos y fingir
que me fascinan?
- Porque está mal visto, chica. Si lo piensas,
cállate, pero esas cosas no se dicen.
Refunfuña, me reprocha que asfixie su espontaneidad
obligándola a disimular sus sentimientos, me acusa
de cercenar su libertad de expresión. Duele oírla,
porque amo la libertad de expresión tanto como ella,
pero hay límites, digo yo.
Y me apena porque después de todo soy su ser más
cercano, la conozco del derecho y del revés, me
gusta tal y como está hecha, intocada, como una
chiquilla que no entiende de reglas sociales, y lo
paso fatal cuando la atacan furiosamente por sus
destemplanzas.
Es más: la amo entrañablemente, ella sin compromiso,
yo también, y si no fuera porque somos
intrínsecamente inseparables seríamos pareja,
seguro. Con nadie más podría tener una
compenetración tan intensa y pasional aunque ella se
exprese de mala manera según los cánones y yo sea
políticamente correcta y muy apreciada en nuestro
círculo social.
Pero sería un amor del todo imposible. Es tan
inherente a mí como la llave a la cerradura o el ojo
a su cuenca, y amarse a sí misma es sano solo hasta
un determinado límite, cruzado el cual me adentraría
en la egolatría. Maca, Rena... Por cierto: Me llamo
Macarena, como la virgen reina de Sevilla. Somos las
dos caras de una misma luna, la bella y la bestia,
el yo y su otra, una, divisa e indivisible. Yo misma
y mi circunstancia, sin ir más lejos.