Como han sostenido diversos críticos (verbigracia
Tomás Segovia, Jaime García Terrés y Vicente
Quirarte), quizá sea Gilberto Owen el poeta más
autobiográfico de Contemporáneos; paradójicamente,
también es de quien menos datos concretos de su
biografía se conocen. Algunos colombianos lo
consideraban colombiano; los mexicanos, un fantasma
casi. En el primer caso, puede consultarse la foto
anexa, aun cuando no debe ser de 1930, como lo
afirma Harold Alvarado en “Los Nuevos (1910-1930)”:
“Centenaristas y Nuevos: Armando Solano, Gilberto
Owen, Luis Cano, Alberto Lleras, Eduardo Santos,
Sanín Cano, Jorge Zalamea, Juan Lozano y Lozano,
Germán Arciniegas, Emilia Pardo, Enrique Santos,
Abelardo Forero, Jorge Padilla, Eduardo Zalamea,
José Mar, Ignacio Jaramillo, Hernando Téllez y otros
en una foto de 1930”.
Decía que no puede ser de 1930, porque Gilberto Owen
(en la tercera fila, de pie y quinto de izquierda a
derecha) llega a Bogotá a finales de 1932. Varios de los
que aparecen en la imagen fueron compañeros
colaboradores de El Tiempo, donde Owen trabajaría
como traductor de cables y columnista, acaso desde
octubre de 1932, como se desprende de una nota personal,
“Punto de gracia”, del 7 de octubre de 1933:
Quiero, Enrique Santos, decir, con la mínima
solemnidad de que me sabe dueño, que no voy ahora a
empezar a llenar del “yo odioso” esta columna que me
ha sido escuela trabajosa de una modestia
insospechada, que sin vislumbrarme me deseaba desde
siempre. Quiero también decir que al enterrar en su
arena la cabeza, no pretendo inhibirme hasta lo
impersonal acostumbrado —avestruz demasiado
escéptico— pero lo que de mí se queda afuera se lo
entrego a una deuda personal de gratitud que yo no
voy a poder pagar nunca, así me juzguen preso en el
vicio actual de las moratorias hasta nunca.
A los datos anteriores sobre la llegada de Owen a
Bogotá, habría que agregar el testimonio del ministro de
México en Colombia, Oscar E. Duplán, en un informe
fechado el 14 de octubre de 1933: “el señor Gilberto
Owen, mexicano, se encuentra en esta capital desde fines
del año pasado y trabaja actualmente en El Tiempo
que es el principal diario de este país”.
No precisa, sin embargo, la fecha exacta en que el autor
de Perseo vencido se interna en territorio
colombiano. Así, resulta cuestionable la afirmación de
Vicente Quirarte, en Invitación a Gilberto Owen:
“[Owen] se traslada a Colombia a principios de 1932. El
25 de febrero aparece –en primera plana– su artículo en
El Tiempo de Bogotá: ‘Poesía y revolución’,
acompañado de una caricatura suya” (pp. 92-93). Lo más
probable es que Owen haya enviado la mencionada
colaboración desde Perú, pues no es sino hasta 1933
cuando se reconoce como colaborador del prestigiado
diario: “Con este artículo comienza la serie de
artículos de nuestro colaborador Gilberto Owen para
El Tiempo”.
Además, sería contradictorio sostener que Owen llega a
Colombia “a principios de 1932” cuando envía una carta a
Benjamín Carrión, desde Guayaquil, el 7 de junio de
1932,
y más aún cuando el mismo Quirarte agrega que “El 24 [de
octubre de 1932] envía desde Guayaquil una solicitud de
pasajes para volver a México” (p. 101).
En una nota necrológica, publicada el 10 de marzo de
1952 en El Tiempo, se habla de la
colombianidad de Owen: “Vinculado estrechamente a
Colombia por los lazos del amor y de la amistad,
Gilberto Owen fue nuestro compatriota nacido en México.
Inclusive muchas personas, ignorantes de la nacionalidad
de Owen, lo creían colombiano y sus obras poéticas, así
como sus trabajos periodísticos –intensos, constantes y
técnicos– eran considerados como producto exclusivamente
nacional, tal la competencia de Owen con la vida de
nuestro país”.
Textos como el de Quirarte ayudarán a poner en claro a
un orgulloso mexicano, que alude a su país natal cada
vez que tiene oportunidad.
Sobre la imagen etérea de Owen en la cultura
mexicana de la primera mitad del siglo XX, resulta una
excelente reconstrucción la de Vicente Quirarte en
Invitación a Gilberto Owen. José Alfredo Hernández,
por su parte, expresa en una emotiva nota la impresión
que dejaba Owen entre sus amistades: “Gilberto Owen,
como la palidez de su cutis, siempre fue un recuerdo; un
recuerdo de algo que nos precedía; por eso aun estando
presente –palidez, gabán y frío permanentes en él–
siempre teníamos la seguridad de ser sólo una imagen de
sí mismo, una fotografía, la presencia del evadido. Por
eso igualmente, nunca echábamos de menos a Gilberto
Owen”.
Esta valiosa Invitación constituye, en palabras
de su autor, un “esbozo de biografía intelectual [que]
toma como eje el número siete: siete momentos miliares
de su vida, siete encuentros amorosos, siete viajes
mayores, a semejanza de Simbad –Sindbad en la
ortografía oweniana–, el viajero que hizo de la aventura
un eficaz antídoto contra el tedio, que los
Contemporáneos encarnaron en su mitología literaria pero
que Owen llevaría a la práctica vital” (p. 19).
A diferencia de los escuetos
"Apuntes para una biografía" (1982)
de Inés Arredondo, pionera en esta búsqueda, Quirarte
imprime un estilo particular: entrelaza testimonios
personales, como los de Clementina Otero y Blanca
Margarita Guerra Estrada, con un considerable bagaje
crítico e interpretativo; además aporta diversos
materiales inéditos (cartas de y sobre Owen, artículos
no compilados en Poesía y prosa [1953] ni en
Obras [1979], informes consulares, poemas,
fotografías que rescata de otras fuentes, ya propias, ya
ajenas) correspondientes a siete momentos decisivos en
la vida del autor de Perseo vencido (1948). En
este sentido, la invitación deviene provocación: aunque
Quirarte ofreció adelantos de este libro en el
centenario de Owen (“Gilberto Owen. Papeles dispersos”,
Letras Libres, núm. 62, feb/2004, pp. 52-56) y en
fechas recientes en la revista electrónica Luvina
(“En tierra muy comida por la niebla: Gilberto Owen en
Colombia”), no hace una mención expresa de sus
preinvitaciones a Gilberto Owen. Felizmente, logró
amarrar sus adelantos: el primero, en el capítulo
2, “Juventud y revolución (1917-1923)”; el segundo, en
el 5, “Segunda navegación: Nuestra América (1931-1942)”.
También provocación por las líneas conjeturales
con que adorna el escenario, por ejemplo cuando habla
del discurso de Owen ante Álvaro Obregón:
A medida que el joven avanza en su discurso, el
Caudillo pierde la rigidez a que lo obligan su
investidura, el ceremonial, la puesta en escena; en
cambio, se concentra en el tono mesurado, la
precisión del lenguaje, la claridad de las ideas en
un discurso que refleja una nueva retórica, una
nueva concepción de la vida […] Ninguno de los dos
lo sabe, pero no es éste el primer encuentro. Los
caminos se cruzaron antes, cuando una familia de
tres miembros abandonaba la población sinaloense de
Rosario, empavorecida por los terremotos y la caída
de Culiacán en manos de las tropas del general Ramón
Iturbe. Quizás el tren que llevaba al futuro poeta y
su familia huyendo del turbulento norte haya
encontrado, en su trayecto, las fuerzas del antiguo
profesor de primaria…” (pp. 41-42).
O bien cuando
se refiere a la partida de Owen hacia Nueva York, donde
expresa que “es posible reconstruir la escena” con los
testimonios de Clementina Otero, Rubén Salazar Mallén y
Antonio Espinosa de los Monteros (p. 69); pero resulta
más sugerente otro fragmento, por el grado de
creatividad narrativa:
La escena tiene lugar en un café de Bogotá, cercano
a las oficinas del periódico El Tiempo.
Acodado en su mesa –esa isla donde el tiempo no nos
toca– un hombre recapitula sobre su existencia en
los 12 años que ha permanecido fuera de su país.
También él ha vivido, ha escrito, ha amado; se ha
integrado a la generación más brillante e inconforme
posterior al triunfo de la Revolución; ha viajado, a
veces por ciudades que no quiso ni esperó conocer;
vuelven, con vértigo de cinematógrafo, imágenes de
una vida: el mar de Mazatlán, cuyas olas desmienten
el nombre del Pacífico, el Nevado de Toluca,
coronado de nubes; Detroit y la hostilidad de unos
tiempos modernos más allá de su comprensión; después,
América de la nuestra, con sus relámpagos de loros y
sus indios; la llegada triunfal a Guayaquil, en
compañía del aprista Luis Alberto Sánchez[…] Al
tiempo que vacía su copa, vuelve a su memoria y es
rescatado, reconocido, asimilado, un párrafo de
Las mil y una noches que, a través de la lucidez
dolorosa –por instantánea– que el alcohol le otorga…
(p. 114-115).
Provocación, asimismo, por la estructura
contrastante de Invitación a Gilberto Owen: va
del dato durísimo a la libertad de la imaginación.
Es más: el biógrafo usurpa el papel del biografiado. Así,
el mito que se intenta desmitificar es mitificado en
segundo grado. Por supuesto que hay un gran mérito en
esta técnica: imprime fluidez al “esbozo biográfico”;
sin embargo, al mismo tiempo, le resta rigurosidad.
Podría decirse que el autor de El azogue y la granada
sacrifica la verdad a costa de la verosimilitud. Las
escenas pudieron ser como las reconstruye; ¿pero así
ocurrieron necesariamente?
Cabe, sí, un reclamo por la soltura con que se
hace referencia a datos fundamentales: es curioso que
para referirse al tiempo que Owen vivió entre su salida
a Nueva York, a mediados de 1928, y su regreso a México,
en abril de 1942,
diga que “un hombre recapitula sobre su existencia en
los 12 años que ha permanecido fuera de su país” (p.
114); más adelante: “Owen vuelve a México luego de una
ausencia de 14 años” (p. 128) y, finalmente, “el
Gilberto Owen que regresa a México en 1941, 13 años
después, es un fantasma que ya casi nadie reconoce” (p.
145). En la última cita, es errónea la fecha en que Owen
vuelve al país y, por tanto, la suma de años en el
extranjero.
Otras afirmaciones que requieren puntualizarse: según
Quirarte, “ese 1943, Owen escribe un nuevo poema de amor,
acaso el más intenso de su obra, bajo el título Libro
de Ruth, y que habrá de aparecer en 1944, diseñado
por Ángel Chapero en la Editorial Firmamento” (pp.
81-82); no obstante, hay una nuevo dato contradictorio:
“En 1946 aparece en Editorial Firmamento el testimonio
de su amor mexicano: Libro de Ruth…” (p. 127). La
fecha correcta es la segunda.
Al dar la noticia del cuaderno Amistad que
contiene Tres versiones superfluas, y publicado
por Owen en Colombia en 1947, Quirarte sostiene que “se
trata de una plaquette de 48 páginas” (p. 109);
además, “no hay diferencia entre los versos de esta
edición y los que fueron incorporados en 1948 a la
primera de Perseo vencido como parte final de
‘Sindbad el varado’…” (p. 110) El cuaderno Amistad
constaba de 24 páginas y no de 48; además, en la
editio princeps de Perseo vencido sí hay
variantes que van desde un cambio de puntuación, alguna
variante léxica, la disposición general de los poemas,
entre otras. En la versión de “Discurso del paralítico”
contenida en Perseo vencido se suprimen cuatro
versos: “Que ya despierte. Son treinta y tres siglos, /
son ya treinta y tres noches borrascosas / que le
persigo yo, su pesadilla, / y el rayo que le parta o le
despierte / Quien lo tiene en Sus manos me lo esquiva”).
También fueron omitidos dos versos de “Laberinto del
ciego” en Perseo vencido: “y sí decían: vedle ya
tan lóbrego / y apenas tiene quince”.
Para no abundar sobre más detalles, agregaré sólo otro
ejemplo: “En mayo, Owen fecha el último de sus poemas
conocidos en un café de la calle Jiménez de Quesada.
Está dedicado a Carlos Pellicer, que en 1946 viaja a
Colombia para llevar los restos de Porfirio Barba Jacob.
Ya no coincide con Owen, quien marcha a Estados Unidos
con su familia” (p. 126). En Letras de México se
desmiente la aseveración sobre el desencuentro: “Carlos
Pellicer y Gilberto Owen han participado, en Colombia,
en los actos celebrados con motivo de la inhumación de
los restos del poeta Porfirio Barba Jacob, que fueron
llevados de aquí” (núm. 120, 1/feb/1946, p. 15). En el
mismo número de Letras de México se reproduce un
fragmento del texto leído por Pellicer en esta empresa.
Aunque indudablemente se requeriría mayor
espacio, y tiempo, para seguir discutiendo esta
provocadora Invitación, con el fin de que la
crítica resulte constructiva, enseguida reproduzco dos
cartas: una de Owen (que Guillermo Sheridan,
deliberadamente, no reprodujo en Vuelta, núm.
249, ag/1997) y otra de Josefina Procopio, ambas
dirigidas a Benjamín Carrión; dos notas necrológicas:
una sin firma y otra de José Alfredo Hernández; asimismo,
y para cerrar, adjunto un texto de Benjamín Jarnés sobre
Novela como nube.
LAS CARTAS
Bogotá, [marzo de 1933]
Querido Manuel Benjamín: Derrochado mi tiempo en las
cosas pequeñas, me ha luego faltado para escribirte, tan
verdaderamente grande mi necesidad de saberte bien, y a
Agueda, y a los niños. Te ofrezco para inmediatamente
una carta larga, llena de confesiones y de Bogotá –de mi
nombre en el paisaje. En esta quisiera, y no me cabe, el
elogio de un amigo que quiere serlo tuyo. De los
espíritus más cercanos al tuyo en edad, curiosidad y
disciplina, Germán Arciniegas (ningún pariente de
nuestro inefable don Ismael Enrique) (Lagarto), enseña
aquí, como tú en la Central, Sociología. Y estudia
empeñosamente una reforma universitaria que los
politiqueros no le dejan hacer. Va a escribirte, pues,
por conversar de esas cosas contigo, ¡y va a envanecerme
tan por de dentro saberlos tan buenos amigos como los
dos míos! (Aquí notarás mi prosa muy en decadencia;
piensa que estoy aprendiendo a escribir para los
periódicos y te lo explicarás todo). Tú le conocerás,
acaso, por sus libros; en amistad y diálogo verás su
estatura idéntica. Verás qué justificada mi impresión
cuando, refugiándome entre sus libros, entre sus
palabras, asocio a nuestras veladas el recuerdo de las
mil y un en tu casa. –Creo que estoy bien; sólo con el
desvelo de no poder aún irme a México, a donde me llevan
los proyectos que tú sabes, y que no debiera posponer,
bien lo entiendo, por más tiempo. Dime, si tienes tiempo,
cómo marcha el Partido. Se me dice que Vasconcelos, como
quería yo le aconsejaran, no irá a tu Universidad
finalmente. Le escribo a Luis Alberto a tu cuidado. No
sé su dirección. Etc. –Un abrazo muy prieto a Jaime, a
Agueda, a tu chiquilla. Mi cariño invariable a ti. Te
escribo sobre Diálogo mañana. Chau. Gilberto.
(Carrión,
Benjamín, Correspondencia 1. Cartas a Benjamín,
pról. Jorge Enrique Adoum, Municipio del Distrito
Metropolitano de Quito, Quito, 1995, pp. 133-134.)
México, 17 de junio de 1952.
Estimado Sr. Carrión:
No sé si le habrá llegado la noticia de la
muerte de Gilberto Owen en Filadelfia el nueve de marzo.
Gilberto y yo estábamos juntando toda su obra para
publicarla en México cuando se enfermó. Con la ayuda de
Gilberto pude localizar lo siguiente en México:
Desvelo
(inédita)
La Llama Fría
Novela como nube
Línea
El Libro de Ruth
Perseo Vencido
Estoy en camino ahora para México donde los
amigos de Gilberto vamos a seguir con la edición que él
pensaba hacer.
Quisiera que la obra fuera completa porque le
prometí a Gilberto hacerla y porque Gilberto –el poeta–
lo merece. Sé que me faltan unos poemas sueltos.
Gilberto no tenía copia de nada. Luis Alberto Sánchez me
escribió que era posible que Ud. tuviera algo de
Gilberto –o por lo menos, podría indicarme dónde
encontrarlo–. Me interesa mucho encontrar El Mundo
Perdido. Dijo L. A. S. que quizá Ud. o Alfredo
Pareja Diezcanseco o Raúl Andrade conserven algo de ese
poema.
Les agradezco mucho cualquier ayuda
Fina Procopio
(Carrión, Benjamín, Correspondencia 1. Cartas a
Benjamín, pról. Jorge Enrique Adoum, Municipio
del Distrito Metropolitano de Quito, Quito, 1995, p.
276.)
LAS NOTAS
Gilberto Owen
Las afortunadas relaciones culturales que han existido
entre México y Colombia, a través de diplomáticos de la
más alta prosapia intelectual, tuvieron en Gilberto Owen
a uno de los más gratos exponentes. Owen, como poeta,
periodista y escritor, pertenecía a una inquieta
generación mexicana, cuyo ingreso a la vida de las
letras se registró después de los turbiones
revolucionarios y al amparo de la democracia que, para
ventura de México, echó raíces profundas en la vieja y
heroica tierra de los aztecas. Aquellos “nuevos”
mexicanos puestos de cara al mundo, recibieron las
mejores lecciones de la cultura universal y acoplándola
a las modalidades vernáculas supieron extraer jugos
propios y densos. Es la generación de Torres Bodet, de
Quintanilla, de los grandes pintores, de los hombres
libres, de quienes, al recibir el legado de la
democracia mexicana, han aprovechado la herencia para
transformarla en cultura, en bienestar y en libertad
indeclinable.
Vinculado estrechamente a Colombia por los lazos del
amor y de la amistad, Gilberto Owen fue nuestro
compatriota nacido en México. Inclusive muchas personas,
ignorantes de la nacionalidad de Owen, lo creían
colombiano y sus obras poéticas, así como sus trabajos
periodísticos –intensos, constantes y técnicos– eran
considerados como producto exclusivamente nacional, tal
la competencia de Owen con la vida de nuestro país.
Al lado de sus dotes intelectuales, Gilberto Owen fue un
príncipe de la amistad. Quienes tuvimos el privilegio de
conocerlo recordaremos siempre la exquisita sencillez de
su trato, la prudencia que lo caracterizaba y ese
constante anhelo de ser amigo en la plena acepción del
vocablo.
Ayer fuimos sorprendidos con la noticia de su muerte,
acaecida en Nueva York antes de llegar a los cincuenta
años de vida. El fallecimiento de Gilberto Owen, que
enluta a una distinguida familia colombiana nos causa
profundo pesar y lesiona a las letras mexicanas tan
acosadas por el signo bisiesto de 1952.
Al registrar, en esta nota fugaz, la desaparición del
noble amigo y admirable poeta, hacemos llegar a su viuda
doña Cecilia Salazar de Owen y a sus hijos, la sincera
expresión de nuestra condolencia.
(“Gilberto Owen”, El Tiempo, 10/mar/1952, p. 5.)
Gilberto Owen ha muerto en Nueva York
La frágil figura humana de Gilberto Owen, ha sido segada
por la muerte. En la fría ciudad de Nueva York y en
marzo ha caído el fino poeta y autor de NOVELA COMO
NUBE. Conocí a Gilberto allá, por 1932, cuando
ejercía el Consulado de su patria en Lima; magnífico
conversador, fino espíritu y alada figura, transmitía a
su simple vista el halago de la gente de jerarquía;
poeta, entrañablemente poeta, empezó en esta Lima,
embrujada y sensual, a vivir intensamente.
Amigo de la noche y del suburbio, supo exprimir
a las madrugadas su encanto; y al filo de los días
epifánicos era cuando más se abría su mente y su talento
para convertir en dulce manjar el fruto de sus ideas. En
las calles alargadas por el silencio nocturno, embargado
por la embriaguez del alcohol y de la divina gracia, en
esas coruscantes alboradas limeñas, era su discurso más
diáfano y su verbo más poético.
Un día despareció de Lima; el fino y amicísimo
poeta había convenido por amistad en una circunstancia
antigobiernista; salió. Dijeron que estaba en Bogotá.
Alguna vez unas palabras preñadas de recuerdo; alguno
pegado a una novia peruana y todos plenos de idealismo,
de humanidad y poesía. Gilberto Owen, como la palidez de
su cutis, siempre fue un recuerdo; un recuerdo de algo
que nos precedía; por eso aun estando presente –palidez,
gabán y frío permanentes en él– siempre teníamos la
seguridad de ser sólo una imagen de sí mismo, una
fotografía, la presencia del evadido. Por eso igualmente,
nunca echábamos de menos a Gilberto Owen. Pero hoy ante
lo real y efectivo de su ausencia; ante la rasgadura de
su presencia, muerto en la fría ciudad de Nueva York,
sentimos la partida del amigo, su levar de anclas y su
rumbo hacia otra vida “como nube”.
José Alfredo Hernández
(Mar del Sur, vol. 7, núm. 21, may-jun/1952, p.
84.)
El carnet y el kilométrico. Nuevos prosistas mejicanos
Lo mejor para prevenir, para curar todas las fiebres: la
hoja clínica, la autoinspección implacable, diaria, el
carnet. Lo mejor para prevenir, para curar todo resabio,
para curar todo poso: cambiar de aire, de sol, cultivar
los deportes de alejamiento –de objetividad–, aprender
la ciencia de olvidar, adquirir el kilométrico. El
carnet y el kilométrico son dos cosas inseparables del
artista de hoy. Por eso cada libro suele ser un viaje, ¿alrededor
del mundo o alrededor de su cuarto? En verdad hay muchos
libros de sencilla circunvalación, pero hay también –otros–
los buenos, los mejores –que son de minero, de buzo.
Todo es viajar. Pero la magnitud, la intensidad del
viaje se miden por el espesor de los obstáculos.
Novela actual: viaje al interior de un espíritu.
Anotemos hoy, en el arte de México, tres de estos
viajeros: Xavier Villaurrutia, Gilberto Owen, Salvador
Novo. Libros: Dama de corazones, Novela como nube,
Return Ticket.
[…]
No sé si el libro Novela como nube, de Gilberto
Owen, estará predestinado a figurar en lo futuro como
“maravilla” arqueológica o como un tomo de “Clásicos
Olvidados”. Me inclino a creer que será difícil
olvidarlo pronto. Fija con tal exactitud este sabroso
momento literario que al menos será siempre un
testimonio –claro, justo– del espíritu de una época de
arte.
También Gilberto Owen es un poeta que este
libro prefiere escribir en prosa. Su alejamiento, pues,
de la novela, podemos medirlo por su feliz proximidad a
la cima del poema. (Novelista –hemos escrito– es ¡ay!,
un ser resignado a bregar con la materia espesa; es un
infeliz obrero para quien el mundo concreto existe.
Poetas, sois la luz; ensayistas, sois la sal; novelistas,
sois la arcilla, eternos mendigos de la luz y de la sal).
Creo que el autor de Novela como nube es
el más joven [entre] los buenos, y ya conocidos,
artistas mexicanos. Disfruta de un claro sentido de
orientación. El dolor es para él un tema indeseable.
Su alegría es una tornasolada nube, pero ha sabido
hallar a esa nube una feliz expresión artística.
Otro billete de primera en un trasatlántico sin
bodega, con máquinas de cristal, con caparazón de nácar…
(Y sin bandera. O con una bandera donde alternan los
colores de dos continentes literarios. Ninguno de estos
trasatlánticos ha izado su bandera).
Benjamín Jarnés
“Gilberto Owen”, El Tiempo, 10/mar/1952,
p.5.