—Estoy en mis días —dice Yadira mientras se pone la
pijama.
— ¿En serio?, ahorita vemos.
Yadira tuerce la boca conociendo lo que se avecina.
Decide recostarse y cubrirse con el edredón,
esperando a que Pedro termine de bañarse. Ella
recuerda el inicio de su relación, cuando el ahora
su marido siempre le regalaba flores.
— ¡Yadira!— pronuncia Pedro.
— ¿Qué pasa? Aquí estoy, despierta, no es necesario
que alces la voz.
— ¿Se te adelantó la regla?
—Sí —contesta muy segura Yadira— un desajuste.
— ¿Ajá?, a ver…
Pedro jala el edredón, dejando a su mujer destapada,
se lanza sobre ella y mete su mano entre las piernas
de Yadira. Ella, molesta, aprieta las piernas
tratando de evitar el contacto con la mano de su
marido.
—Mentira, ¿no quieres hacer el amor conmigo?—pregunta
Pedro con una actitud entre furiosa y dudosa.
—Siempre es lo mismo: cogemos, te vas al baño,
vuelves, te tapas y ni un “hasta mañana, mi amor”
dices.
—Efectivamente, Yadira, siempre ha sido así y nunca
te habías quejado. ¿Qué te pasa? ¿Acaso tienes otro?
Porque si es así…
—Si fuera así te lo diría, no lo dudes. Simplemente
que ya no siento nada, hacer el amor contigo se ha
vuelto monótono.
—Ah, pues si esa es tu inconformidad, dime entonces
qué deseas para satisfacerte mi vida, porque hasta
malabares hemos hecho —dice Pedro soltando una
carcajada.
—Quiero a una tercera persona con nosotros—pronuncia
Yadira, arrepentida de haberlo dicho, pues desconoce
la reacción que tendrá Pedro.
— ¿Qué?—pregunta Pedro, sorprendido por la propuesta
de su mujer— Sí que eres buena para las bromas, de
momento hasta me la creí.
—Ja, no es broma, Pedro, estoy hablando en serio.
— ¿No que no había una tercera persona?—cuestiona
Pedro mientras se incorpora de la cama y con una
actitud violenta―, eres una desgraciada.
—Cálmate, tienes razón, era broma.
—Desvístete pues, no sabes cómo te deseo.
—Claro, mi amor.
Yadira comienza a quitarse la ropa, resignada y
dispuesta, al otro día, de salir en busca de su
satisfacción.