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Carlos Almira Picazo. Nació el 31 de
mayo de 1965 en Castellón de la Plana,
España. Doctor en Historia por la
Universidad de Granada. Autor de una novela
Jesuá, ed. Entrelíneas, Madrid, 2005;
de un ensayo: ¡Viva España! El
nacionalismo fundacional del régimen de
Franco (1939-43), Editorial Comares,
Granada, 1997; de una novela en formato
digital: Todo es Noche, Prometeus mdq,
abril 2007; y de un centenar de cuentos y
ensayos, publicados en revistas como
Adamar, Axxon, Ed. Badosa, Destiempos,
El Coloquio de los Perros, Cañasanta,
Diezdedos, Remolinos, Magazine Siglo XXI, El
Fantasma de la Glorieta, Revestidos, Tiempos
Futuros, Quaderns Digitals, Literae
Internacional,Ariadna, Las Voces de la
Cometa, etcétera.
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VOLKIST, Munich, 4 de noviembre de 1941
-
Hoy a las ocho en punto de la mañana, ha
aparecido asesinado en su despacho el coronel
Her Humboldt, ex Gauletier de Varsovia. La
muerte, por disparo de bala, se ha producido
según el informe forense entre las siete y las
ocho de esta misma mañana. En el lugar de los
hechos se han encontrado doce casquillos de bala
de calibre desconocido, uno de los cuales ha
impactado alevosamente contra un retrato al óleo
de nuestro Fürher. Ninguno de los testigos
interrogados, que en ese momento abarrotaban los
pasillos y el vestíbulo del coronel, reconoce
haber oído las detonaciones. Junto al cuerpo del
ex Gauletier se han hallado, además de los
casquillos, unas llaves y un pequeño objeto
metálico, que la policía está examinando en este
momento. El crimen, sin duda obra de la
Internacional Comunista Judía, enemiga del
Pueblo Alemán, será muy pronto aclarado.
-
El abogado de Justo Verdaguer que acababa de
leer este recorte de prensa solicitó al
Presidente de la Sala su inclusión en el
sumario. Aseguró bajo juramento que se trataba
de una traducción jurada del original, que obra
en su poder. A continuación solicitó un nuevo
uso de la palabra para leer, esta vez de una
nota de sucesos de un diario de Buenos Aires,
fechada el 4 de febrero de 1956, lo siguiente:
-
Descubierto y detenido hoy en una pensión de
Buenos Aires el criminal de guerra nazi, ex
coronel Her Humboldt, antiguo Gauletier de
Varsovia. Las autoridades estudian su
extradición solicitada ya por el gobierno de
Israel. El susodicho criminal, juzgado en
rebeldía en Nuremberg, había entrado en
Argentina con documentación falsa, bajo el
nombre de Jacinto Verdaguer.
-
El abogado dejó pasar unos segundos, hasta que
el silencio de la Sala empezó a deshacerse en un
murmullo. Entonces, en el mejor estilo de Perry
Mason, repitió la petición anterior para este
documento, y concluyó: Si Her Humboldt es
Jacinto Verdaguer, el abuelo paterno de mi
cliente, ¿cómo puede un muerto escapar de la
Justicia, incluso de la Argentina?
-
Una risita se extendió por la Sala. La vista se
suspendió hasta el día siguiente.
-
El Tribunal aceptó, al fin, las pruebas del
abogado: dos reseñas periodísticas, separadas en
el tiempo y en el espacio, una de 1941 en
Munich, la otra de 1956 en Buenos Aires,
señalaban a la misma persona como Her Humboldt;
sin embargo la primera describía su muerte en
atentado; por lo tanto, Jacinto Verdaguer no
podía ser Her Humboldt. Así que, concluyó el
Auto, a salvo de lo que dispusiera el recurso de
apelación, el Tribunal reconocía: 1º a Justo
Verdaguer como nieto y heredero legítimo de la
cuantiosa fortuna de Jacinto Verdaguer; 2º a
Jacinto Verdaguer como una persona distinta del
criminal de guerra nazi Her Humboldt; 3º y
consecuencia de lo anterior, todos los bienes y
capital legados por este último a su único
nieto, en tanto no se demostrase lo contrario,
eran legítimos, y por lo tanto podían ser
heredados por él. El Estado, actual
administrador y usufructuario de dichos bienes,
reclamados también por el Estado de Israel y por
el Tribunal Internacional de Justicia de la
Haya, tenía derecho a apelar la sentencia en un
plazo de seis meses a contar desde la fecha del
auto. Entretanto, Justo Verdaguer no podría
vender ni enajenar todo ni parte de su nuevo
patrimonio, pero sí disfrutarlo en usufructo
como heredero universal.
-
Por supuesto, el abogado del Estado apeló y su
recurso fue aceptado por el Tribunal Supremo. Se
basó en un punto importante, que no había
quedado aclarado en el auto: ¿quién era en
realidad Jacinto Verdaguer? El Tribunal aceptó
iniciar investigaciones encaminadas a analizar
los restos tanto del coronel Her Humboldt, si se
encontraban, como los del tal Jacinto Verdaguer,
enterrado sin lápida en un cementerio de Tel
Aviv, para compararlos; en cambio, rechazó todas
las sugerencias y especulaciones, hasta que no
se demostraran con pruebas forenses, como por
ejemplo que, como había ocurrido en otros casos
de criminales de guerra nazis huidos, el coronel
Her Humboldt se había hecho sustituir por un
doble en 1941 para ser dado por muerto y escapar
así más cómodamente a la justicia, cuando
acabase la guerra que, como muchos otros
militares profesionales alemanes, ya daba por
perdida. La abogacía del Estado confiaba en
demostrar, basándose en los análisis del ADN,
que los restos de 1941 no correspondían en
realidad al coronel Her Humboldt, y sí en cambio
los de 1961, año en que Jacinto Verdaguer se
ahorcó en su celda de Tel Aviv, tras serle
comunicada su sentencia de condena a cadena
perpetua.
-
Por su parte, los abogados del demandante, Justo
Verdaguer, aceptaron las conclusiones del
peritaje siempre que se les permitiera proponer
a su vez, investigadores independientes, lo que
naturalmente fue asumido. Y el proceso siguió su
curso.
-
Justo Verdaguer rallaba la cuarentena cuando
ocurrió lo anterior. Sin familia, sin verdaderos
amigos ni parientes que lo apoyasen, se refugió
en una de las quintas más remotas de su abuelo.
Era un hombre esquivo, flaco, nervioso y a la
vez abúlico, un misántropo. Había terminado
hacía años la carrera de Biología,
especializándose en Entomología, y vivía
entregado a sus bichos, pudiendo pasarse días, y
aun semanas, sin hablar con nadie, aún en Buenos
Aires donde, tras abandonar el Colegio Mayor y
ya sin beca, desheredado por el Estado, vivía de
alquiler y de trabajos ocasionales.
-
Ahora, de súbito, de la noche a la mañana, era
dueño de una fortuna que, al igual que su propia
biografía, no podemos pormenorizar aquí. Sólo en
tierras de ganado se rumoreaba que poseía casi
el equivalente al distrito de La Plata; tenía
abiertas numerosas cuentas bancarias en el
extranjero; disponía de depósitos en cajas
fuertes privadas que llevaban treinta, cuarenta
años sin abrir, en sótanos de Berna, Nueva York
o Londres, cuyo contenido se ignoraba; la
United Financial América, en su casa de
París, le administraba una cartera bursátil y
financiera de cuantía también desconocida.
-
Aparte, poseía una de las colecciones de arte
más importantes del país, e incluso del
continente, especialmente en pintura
impresionista. Como es sabido, los nazis
consideraban este tipo de arte como decadente.
Eso no les impidió, sin embargo, saquear
colecciones y museos, públicos y particulares,
durante su conquista y ocupación de Francia. Tal
predilección por los Impresionistas podía, pues,
ser interpretada en un sentido o en otro.
-
Sea como fuere, el origen de aquel enorme
patrimonio se perdía en las tinieblas.
-
Precisamente en las tinieblas se desvanecía
también una parte de su pasado: no ya la
referida a su abuelo paterno, sino a su propio
pasado inmediato. Durante un mes, terminando ya
la carrera y hospedado en Buenos Aires, Justo
Verdaguer desapareció del mundo, no existió; lo
que hizo y dónde estuvo en ese mes (que podía
precisar por el calendario escolar), nunca lo
supo ni nadie pudo decírselo. Era como un
agujero en su memoria que, además de intrigarle,
le producía una angustia constante, también
inexplicable.
-
Su madre había muerto siendo él muy pequeño. A
su padre ni siquiera había llegado a conocerle,
fuera de viejas fotografías y rumores, no
precisamente halagüeños. Fue criado pues, por
unos viejos tíos de Buenos Aires, que habían
muerto sin descendencia hacía años, dejándole lo
justo para acabar sus estudios con las becas del
Estado. Aparte de su madre, nunca había sentido
especial afecto por nadie, y aun a ésta la
añoraba sólo con un cariño abstracto, difuso, y
frío.
-
Si se embarcó en aquel pleito insólito y luego
agradeció poder disponer de aquella inesperada
fortuna, no fue por un deseo especial de
riquezas ni de placeres (no conocía otros fuera
de sus escarabajos y sus mariposas), sino porque
aquellas cosas le permitirían aislarse
definitivamente del mundo y entregarse a su
soledad, que llenaban dos obsesiones: el estudio
de los insectos y la indagación de aquel lapsus
en su biografía y su memoria, aquel mes en que
había estado ausente, fuera del mundo, que tanto
le angustiaba.
-
Así pues, dictada la sentencia a su favor, y en
tanto se resolvía el recurso, Justo se recluyó
en la quinta más remota de su abuelo, una
hacienda ganadera cerca de la Patagonia.
-
La finca mostraba ya, mucho antes de llegar, su
aspecto desolado: un páramo gélido, duro,
desierto, donde incluso a los animales más
curtidos les costaba encontrar comida y abrigo.
El viento austral cortaba la cara y las manos
como una lija; aquí y allá corría desganado un
arroyuelo, pero con más frecuencia un cauce seco
y mezquino; y matorrales espinosos que en otras
condiciones hubiesen sido árboles robustos
cargados de hojas y de sombra. Ni una flor.
-
En cuanto a la casa, desaparecía en un
terraplén, de tal modo estaba encajonada, con su
extravagante pizarra oscura, traída de
Miraflores o Cantero, que sólo podía
examinársela a diez, quince metros, cuando uno
ya estaba encima: una escalinata breve, rotunda,
de pie bajo, precedía la puerta principal
maciza, flanqueada de columnas; un vestíbulo y
una sala incómodos y oscuros, con los muebles
cubiertos de paño; más escaleras y habitaciones
cerradas. Pero en uno de los patios Justo
descubrió un invernadero a medio desmontar, y
decidió convertirlo en mariposario.
-
Tal era el sitio perfecto para él. Despidió al
día siguiente de su llegada a todo el personal
no imprescindible, y se enterró literalmente
allí.
-
En kilómetros a la redonda no había más que un
pueblucho de pescadores, festoneado de
acantilados. Allí llegaba un vapor (en plena era
espacial), una vez al mes para aprovisionarlos
de comida en lata, libros, baratijas y tabaco.
-
De vez en cuando recibía una carta o una llamada
de teléfono, de sus abogados o de algún conocido
lejano de Buenos Aires. Los días australes
escapaban a hurtadillas.
-
Una mañana que se limpiaba las botas embarradas,
y las gafas, en el mariposario, vio la calle de
una ciudad desconocida, y supo que existía; vio
la nieve sucia, hecha montones en las puertas
cerradas; los jardines rodeados de cancelas
negras y puntiagudas; grandes pájaros brillantes
de metal; avenidas donde desembocaban callejones
estrechos y empinados; manzanas rematadas en
techos de pizarra escamados como monstruos,
taladrados por los ojos ciegos de las mansardas.
Tuvo que acostarse. Tenía miedo a dormirse y
volver a ver aquel lugar, cuyos tranvías,
envueltos en símbolos indescifrables, lo
atropellaban entre voces extranjeras. El médico
le aconsejó volver a Buenos Aires.
-
En Buenos Aires lo esperaba una noticia
sorprendente:
-
Los restos del coronel Her Humboldt habían sido
hallados al fin en un pequeño cementerio
católico de Munich. No podía tratarse de un
doble, pues el ADN de dichos restos coincidía al
cien por cien con el ADN de los restos de
Jacinto Verdaguer, muerto en Tel Aviv veinte
años después.
-
El coronel Her Humboldt y Jacinto Verdaguer eran
la misma persona.
-
La Sala decidió entonces repetir los análisis y
ampliar las pesquisas a los familiares cercanos
de ambos, tanto a los alemanes como a los que
residieron en Argentina, incluido el propio
Justo Verdaguer: entre los huesos desenterrados
de estos últimos, sus padres y sus tíos de
Buenos Aires; y los parientes del coronel
hallados aquí y allá, en Alemania, se halló un
indudable parentesco biológico. Por otra parte,
las nuevas pruebas de ADN, realizadas por
especialistas distintos, dieron idéntico
resultado: el cuerpo enterrado en Munich en 1941
y el enterrado en Tel Aviv veinte años después
pertenecían a la misma persona.
-
El Tribunal quedó perplejo. Justo Verdaguer,
ausente por motivos de salud, se refugió en la
casa de sus tíos difuntos de Buenos Aires. En la
Vista su abogado, en el mejor estilo de Perry
Mason, ironizó sobre la resurrección de los
muertos, incluidos los criminales de guerra, y
anunció un recurso de todo el proceso puesto
que, si Jacinto Verdaguer ya había muerto en
1941 en la persona de Her Humboldt, su
detención, su extradición y su procesamiento
posteriores, en 1956, habían sido a todas luces,
ilegales, salvo que se pretendiese que había
muerto primero en la fecha posterior o que los
muertos también eran responsables de sus actos.
La risa se extendió por la sala atiborrada de
público y periodistas. El Presidente del
Tribunal lo llamó al orden, y finalmente, le
retiró la palabra.
-
Los días que Justo Verdaguer pasó en aquella
casa agudizaron aún más su angustia. Le hicieron
revivir experiencias que deseaba olvidar,
antiguas aprensiones de su infancia y su primera
juventud. En suma, terminaron por desquiciarlo.
Hasta el punto de que, al cabo de un mes, cuando
aún no había terminado la revisión del Proceso,
solicitó ausentarse para hacer un viaje a
Europa. Para ello presentó un certificado
médico. Necesitaba el permiso del Tribunal no
como encausado sino como parte del Juicio. Para
obtenerlo, cedió a las pretensiones del juez de
practicarle nuevos análisis de ADN (para lo que
bastaba su consentimiento y dejarse extraer un
cabello, un trozo de uña, una escama de piel), y
al cabo de una semana, en los primeros días
fríos de junio, partió en un crucero de lujo que
hacía la ruta Buenos Aires-Lisboa-Londres.
-
El viaje lo agotó pero lo libró momentáneamente
de aquella pesadilla. Imágenes, olores, ruidos,
del pasado ignoto, como fantasmas, se empeñaban
en asaltar sus sueños. Cuando intentaba
descifrarlos se rebelaban, herméticos e
insondables. El mar lo mareaba y lo aturdía con
su inmensidad. Las ciudades lo sumergían en su
bullicio vertiginoso y absurdo. Cuando
encontraba a alguien, algo donde refugiarse de
sí mismo, se sorprendía huyendo entre excusas
como un animal acorralado.
-
Un día de principios de otoño llegó en tren a
Munich.
-
La ciudad desconocida le recibió, gris y hostil.
Recorrió sus calles en busca de algo, sin saber
qué. Grandes y chatos edificios, limpios,
horizontales, y vulgares; tranvías y autobuses
silenciosos; gente hosca semejante a los
autómatas de los circos, que marchaban sin
hablar con los brazos pegados al cuerpo; el
reloj puntual de una torre; el vuelo amarillo de
una arboleda rodeada de carritos de barrenderos;
un hombre leyendo; una pareja saliendo de un
portal; un gato deslizándose por una tapia del
cementerio católico, donde llegara gracias al
plano minucioso, concienzudo, de su abogado.
Allí estaba la lápida y la fecha: 1941. Y el
nombre odioso. Y él.
-
Y de pronto comprendió. La casa de sus tíos de
Buenos Aires, al fondo de la calle sucia y
lúgubre, apareció ante él y se lo reveló todo.
Sus tíos nunca hablaban de su madre muerta pero
sí de su abuelo: Jacinto Verdaguer, Her
Humboldt, y de su padre, Justo Verdaguer, el
hijo de aquel criminal y la vergüenza de la
familia, que les había engañado, ocultándole su
ascendencia y su verdadera identidad. Sus tíos
le escondían los periódicos donde durante días,
no se habló de otra cosa que del suicida, de
aquel criminal muerto en una celda de Tel Aviv.
En los álbumes (el olor a piel de cerdo, de
becerro), las fotos de su abuelo y de su padre
estaban arrancadas, eran rectángulos blancos.
-
Justo Verdaguer escupió sobre la lápida, como
entonces escupiera sobre aquellas fotografías.
-
A partir de ese momento todo se precipitó, pero
hacia la luz.
-
El Tribunal se inhibió en el caso de la
identificación de los cuerpos, aduciendo razones
científicas. Tal vez los métodos del ADN
fallaban, o tal vez la Genética aún no había
avanzado lo suficiente como para explicar el
caso de dos hombres idénticos, en realidad el
mismo hombre duplicado. Sea como fuere, concluía
el auto, Justo Verdaguer no podía ser reconocido
capaz, aunque se le reconociese la titularidad
de los bienes heredados de su abuelo, fuera
quien fuera éste. Su estancia en una clínica
siquiátrica de Buenos Aires y los informes
médicos recogidos, lo desaconsejaban.
-
Por lo tanto, el Tribunal reconocía el pleno
derecho de Justo Verdaguer, como único heredero
de todos los bienes de su abuelo, Jacinto
Verdaguer, a disponer de ellos, al no poder
establecerse claramente la identidad de este
último ni, por lo tanto, determinarse la
procedencia legítima o ilegítima de dichos
bienes. Sin embargo, dados los antecedentes
mentales del propio Justo Verdaguer, el Tribunal
Supremo lo declaraba al mismo tiempo incapaz y
menor de edad, en tanto no se demostrase con un
informe psiquiátrico forense lo contrario. En el
ínterin, el Tribunal nombraba al Estado
Argentino tutor y administrador legal de todos
sus bienes.
-
Contra tal sentencia no cabía recurso.
-
Un día todo se le aclaró de súbito: estaba
sentado en la alameda de la clínica como veinte
años atrás. La voluntad de matar a aquel hombre
que se había ahorcado poco antes (habían pasado
los años como si fueran días), se había
adormecido en él, pero le hizo levantarse
igualmente y correr como entonces, en una
especie de frenesí, ajeno a las Leyes del
espacio y del tiempo. Tras vaciar la pistola
sobre él, él mismo se convirtió en fantasma.
Huyó de un edificio extraño, luminoso, lleno de
militares y de perros. En su precipitación
perdió el silenciador de la pistola. Oyó tras él
el revuelo en los despachos, las palabras
extranjeras, y supo que ya no nacería. Se
deshizo del arma.
-
No tuvo que escarbar mucho para encontrarla allí
mismo, bajo un olmo enfermo de la clínica.
-
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Año 3 I
Número 18
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