México, Distrito Federal I Enero - Febrero 2009 I Año 3 I Número 18 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

Carlos Almira Picazo. Nació el 31 de mayo de 1965 en Castellón de la Plana, España. Doctor en Historia por la Universidad de Granada. Autor de una novela Jesuá, ed. Entrelíneas, Madrid, 2005; de un ensayo: ¡Viva España! El nacionalismo fundacional del régimen de Franco (1939-43), Editorial Comares, Granada, 1997; de una novela en formato digital: Todo es Noche, Prometeus mdq, abril 2007; y de un centenar de cuentos y ensayos, publicados en revistas como Adamar, Axxon, Ed. Badosa, Destiempos, El Coloquio de los Perros, Cañasanta, Diezdedos, Remolinos, Magazine Siglo XXI, El Fantasma de la Glorieta, Revestidos, Tiempos Futuros, Quaderns Digitals, Literae Internacional,Ariadna, Las Voces de la Cometa, etcétera.

 

     VOLKIST, Munich, 4 de noviembre de 1941

 Hoy a las ocho en punto de la mañana, ha aparecido asesinado en su despacho el coronel Her Humboldt, ex Gauletier de Varsovia. La muerte, por disparo de bala, se ha producido según el informe forense entre las siete y las ocho de esta misma mañana. En el lugar de los hechos se han encontrado doce casquillos de bala de calibre desconocido, uno de los cuales ha impactado alevosamente contra un retrato al óleo de nuestro Fürher. Ninguno de los testigos interrogados, que en ese momento abarrotaban los pasillos y el vestíbulo del coronel, reconoce haber oído las detonaciones. Junto al cuerpo del ex Gauletier se han hallado, además de los casquillos, unas llaves y un pequeño objeto metálico, que la policía está examinando en este momento. El crimen, sin duda obra de la Internacional Comunista Judía, enemiga del Pueblo Alemán, será muy pronto aclarado.

     El abogado de Justo Verdaguer que acababa de leer este recorte de prensa solicitó al Presidente de la Sala su inclusión en el sumario. Aseguró bajo juramento que se trataba de una traducción jurada del original, que obra en su poder. A continuación solicitó un nuevo uso de la palabra para leer, esta vez de una nota de sucesos de un diario de Buenos Aires, fechada el 4 de febrero de 1956, lo siguiente:

     Descubierto y detenido hoy en una pensión de Buenos Aires el criminal de guerra nazi, ex coronel Her Humboldt, antiguo Gauletier de Varsovia. Las autoridades estudian su extradición solicitada ya por el gobierno de Israel. El susodicho criminal, juzgado en rebeldía en Nuremberg, había entrado en Argentina con documentación falsa, bajo el nombre de Jacinto Verdaguer.

     El abogado dejó pasar unos segundos, hasta que el silencio de la Sala empezó a deshacerse en un murmullo. Entonces, en el mejor estilo de Perry Mason, repitió la petición anterior para este documento, y concluyó: Si Her Humboldt es Jacinto Verdaguer, el abuelo paterno de mi cliente, ¿cómo puede un muerto escapar de la Justicia, incluso de la Argentina?

     Una risita se extendió por la Sala. La vista se suspendió hasta el día siguiente.

     El Tribunal aceptó, al fin, las pruebas del abogado: dos reseñas periodísticas, separadas en el tiempo y en el espacio, una de 1941 en Munich, la otra de 1956 en Buenos Aires, señalaban a la misma persona como Her Humboldt; sin embargo la primera describía su muerte en atentado; por lo tanto, Jacinto Verdaguer no podía ser Her Humboldt. Así que, concluyó el Auto, a salvo de lo que dispusiera el recurso de apelación, el Tribunal reconocía: 1º a Justo Verdaguer como nieto y heredero legítimo de la cuantiosa fortuna de Jacinto Verdaguer; 2º a Jacinto Verdaguer como una persona distinta del criminal de guerra nazi Her Humboldt; 3º y consecuencia de lo anterior, todos los bienes y capital legados por este último a su único nieto, en tanto no se demostrase lo contrario, eran legítimos, y por lo tanto podían ser heredados por él. El Estado, actual administrador y usufructuario de dichos bienes, reclamados también por el Estado de Israel y por el Tribunal Internacional de Justicia de la Haya, tenía derecho a apelar la sentencia en un plazo de seis meses a contar desde la fecha del auto. Entretanto, Justo Verdaguer no podría vender ni enajenar todo ni parte de su nuevo patrimonio, pero sí disfrutarlo en usufructo como heredero universal.

     Por supuesto, el abogado del Estado apeló y su recurso fue aceptado por el Tribunal Supremo. Se basó en un punto importante, que no había quedado aclarado en el auto: ¿quién era en realidad Jacinto Verdaguer? El Tribunal aceptó iniciar investigaciones encaminadas a analizar los restos tanto del coronel Her Humboldt, si se encontraban, como los del tal Jacinto Verdaguer, enterrado sin lápida en un cementerio de Tel Aviv, para compararlos; en cambio, rechazó todas las sugerencias y especulaciones, hasta que no se demostraran con pruebas forenses, como por ejemplo que, como había ocurrido en otros casos de criminales de guerra nazis huidos, el coronel Her Humboldt se había hecho sustituir por un doble en 1941 para ser dado por muerto y escapar así más cómodamente a la justicia, cuando acabase la guerra que, como muchos otros militares profesionales alemanes, ya daba por perdida. La abogacía del Estado confiaba en demostrar, basándose en los análisis del ADN, que los restos de 1941 no correspondían en realidad al coronel Her Humboldt, y sí en cambio los de 1961, año en que Jacinto Verdaguer se ahorcó en su celda de Tel Aviv, tras serle comunicada su sentencia de condena a cadena perpetua.

     Por su parte, los abogados del demandante, Justo Verdaguer, aceptaron las conclusiones del peritaje siempre que se les permitiera proponer a su vez, investigadores independientes, lo que naturalmente fue asumido. Y el proceso siguió su curso.

      Justo Verdaguer rallaba la cuarentena cuando ocurrió lo anterior. Sin familia, sin verdaderos amigos ni parientes que lo apoyasen, se refugió en una de las quintas más remotas de su abuelo. Era un hombre esquivo, flaco, nervioso y a la vez abúlico, un misántropo. Había terminado hacía años la carrera de Biología, especializándose en Entomología, y vivía entregado a sus bichos, pudiendo pasarse días, y aun semanas, sin hablar con nadie, aún en Buenos Aires donde, tras abandonar el Colegio Mayor y ya sin beca, desheredado por el Estado, vivía de alquiler y de trabajos ocasionales.

     Ahora, de súbito, de la noche a la mañana, era dueño de una fortuna que, al igual que su propia biografía, no podemos pormenorizar aquí. Sólo en tierras de ganado se rumoreaba que poseía casi el equivalente al distrito de La Plata; tenía abiertas numerosas cuentas bancarias en el extranjero; disponía de depósitos en cajas fuertes privadas que llevaban treinta, cuarenta años sin abrir, en sótanos de Berna, Nueva York o Londres, cuyo contenido se ignoraba; la United Financial América, en su casa de París, le administraba una cartera bursátil y financiera de cuantía también desconocida.

     Aparte, poseía una de las colecciones de arte más importantes del país, e incluso del continente, especialmente en pintura impresionista. Como es sabido, los nazis consideraban este tipo de arte como decadente. Eso no les impidió, sin embargo, saquear colecciones y museos, públicos y particulares, durante su conquista y ocupación de Francia. Tal predilección por los Impresionistas podía, pues, ser interpretada en un sentido o en otro.

     Sea como fuere, el origen de aquel enorme patrimonio se perdía en las tinieblas.

     Precisamente en las tinieblas se desvanecía también una parte de su pasado: no ya la referida a su abuelo paterno, sino a su propio pasado inmediato. Durante un mes, terminando ya la carrera y hospedado en Buenos Aires, Justo Verdaguer desapareció del mundo, no existió; lo que hizo y dónde estuvo en ese mes (que podía precisar por el calendario escolar), nunca lo supo ni nadie pudo decírselo. Era como un agujero en su memoria que, además de intrigarle, le producía una angustia constante, también inexplicable.

     Su madre había muerto siendo él muy pequeño. A su padre ni siquiera había llegado a conocerle, fuera de viejas fotografías y rumores, no precisamente halagüeños. Fue criado pues, por unos viejos tíos de Buenos Aires, que habían muerto sin descendencia hacía años, dejándole lo justo para acabar sus estudios con las becas del Estado. Aparte de su madre, nunca había sentido especial afecto por nadie, y aun a ésta la añoraba sólo con un cariño abstracto, difuso, y frío.

     Si se embarcó en aquel pleito insólito y luego agradeció poder disponer de aquella inesperada fortuna, no fue por un deseo especial de riquezas ni de placeres (no conocía otros fuera de sus escarabajos y sus mariposas), sino porque aquellas cosas le permitirían aislarse definitivamente del mundo y entregarse a su soledad, que llenaban dos obsesiones: el estudio de los insectos y la indagación de aquel lapsus en su biografía y su memoria, aquel mes en que había estado ausente, fuera del mundo, que tanto le angustiaba.

     Así pues, dictada la sentencia a su favor, y en tanto se resolvía el recurso, Justo se recluyó en la quinta más remota de su abuelo, una hacienda ganadera cerca de la Patagonia.

     La finca mostraba ya, mucho antes de llegar, su aspecto desolado: un páramo gélido, duro, desierto, donde incluso a los animales más curtidos les costaba encontrar comida y abrigo. El viento austral cortaba la cara y las manos como una lija; aquí y allá corría desganado un arroyuelo, pero con más frecuencia un cauce seco y mezquino; y matorrales espinosos que en otras condiciones hubiesen sido árboles robustos cargados de hojas y de sombra. Ni una flor.

     En cuanto a la casa, desaparecía en un terraplén, de tal modo estaba encajonada, con su extravagante pizarra oscura, traída de Miraflores o Cantero, que sólo podía examinársela a diez, quince metros, cuando uno ya estaba encima: una escalinata breve, rotunda, de pie bajo, precedía la puerta principal maciza, flanqueada de columnas; un vestíbulo y una sala incómodos y oscuros, con los muebles cubiertos de paño; más escaleras y habitaciones cerradas. Pero en uno de los patios Justo descubrió un invernadero a medio desmontar, y decidió convertirlo en mariposario.

     Tal era el sitio perfecto para él. Despidió al día siguiente de su llegada a todo el personal no imprescindible, y se enterró literalmente allí.

     En kilómetros a la redonda no había más que un pueblucho de pescadores, festoneado de acantilados. Allí llegaba un vapor (en plena era espacial), una vez al mes para aprovisionarlos de comida en lata, libros, baratijas y tabaco.

     De vez en cuando recibía una carta o una llamada de teléfono, de sus abogados o de algún conocido lejano de Buenos Aires. Los días australes escapaban a hurtadillas.

     Una mañana que se limpiaba las botas embarradas, y las gafas, en el mariposario, vio la calle de una ciudad desconocida, y supo que existía; vio la nieve sucia, hecha montones en las puertas cerradas; los jardines rodeados de cancelas negras y puntiagudas; grandes pájaros brillantes de metal; avenidas donde desembocaban callejones estrechos y empinados; manzanas rematadas en techos de pizarra escamados como monstruos, taladrados por los ojos ciegos de las mansardas. Tuvo que acostarse. Tenía miedo a dormirse y volver a ver aquel lugar, cuyos tranvías, envueltos en símbolos indescifrables, lo atropellaban entre voces extranjeras. El médico le aconsejó volver a Buenos Aires.

     En Buenos Aires lo esperaba una noticia sorprendente:

     Los restos del coronel Her Humboldt habían sido hallados al fin en un pequeño cementerio católico de Munich. No podía tratarse de un doble, pues el ADN de dichos restos coincidía al cien por cien con el ADN de los restos de Jacinto Verdaguer, muerto en Tel Aviv veinte años después. 

     El coronel Her Humboldt y Jacinto Verdaguer eran la misma persona.

     La Sala decidió entonces repetir los análisis y ampliar las pesquisas a los familiares cercanos de ambos, tanto a los alemanes como a los que residieron en Argentina, incluido el propio Justo Verdaguer: entre los huesos desenterrados de estos últimos, sus padres y sus tíos de Buenos Aires; y los parientes del coronel hallados aquí y allá, en Alemania, se halló un indudable parentesco biológico. Por otra parte, las nuevas pruebas de ADN, realizadas por especialistas distintos, dieron idéntico resultado: el cuerpo enterrado en Munich en 1941 y el enterrado en Tel Aviv veinte años después pertenecían a la misma persona.

     El Tribunal quedó perplejo. Justo Verdaguer, ausente por motivos de salud, se refugió en la casa de sus tíos difuntos de Buenos Aires. En la Vista su abogado, en el mejor estilo de Perry Mason, ironizó sobre la resurrección de los muertos, incluidos los criminales de guerra, y anunció un recurso de todo el proceso puesto que, si Jacinto Verdaguer ya había muerto en 1941 en la persona de Her Humboldt, su detención, su extradición y su procesamiento posteriores, en 1956, habían sido a todas luces, ilegales, salvo que se pretendiese que había muerto primero en la fecha posterior o que los muertos también eran responsables de sus actos. La risa se extendió por la sala atiborrada de público y periodistas. El Presidente del Tribunal lo llamó al orden, y finalmente, le retiró la palabra.

     Los días que Justo Verdaguer pasó en aquella casa agudizaron aún más su angustia. Le hicieron revivir experiencias que deseaba olvidar, antiguas aprensiones de su infancia y su primera juventud. En suma, terminaron por desquiciarlo. Hasta el punto de que, al cabo de un mes, cuando aún no había terminado la revisión del Proceso, solicitó ausentarse para hacer un viaje a Europa. Para ello presentó un certificado médico. Necesitaba el permiso del Tribunal no como encausado sino como parte del Juicio. Para obtenerlo, cedió a las pretensiones del juez de practicarle nuevos análisis de ADN (para lo que bastaba su consentimiento y dejarse extraer un cabello, un trozo de uña, una escama de piel), y al cabo de una semana, en los primeros días fríos de junio, partió en un crucero de lujo que hacía la ruta Buenos Aires-Lisboa-Londres.

     El viaje lo agotó pero lo libró momentáneamente de aquella pesadilla. Imágenes, olores, ruidos, del pasado ignoto, como fantasmas, se empeñaban en asaltar sus sueños. Cuando intentaba descifrarlos se rebelaban, herméticos e insondables. El mar lo mareaba y lo aturdía con su inmensidad. Las ciudades lo sumergían en su bullicio vertiginoso y absurdo. Cuando encontraba a alguien, algo donde refugiarse de sí mismo, se sorprendía huyendo entre excusas como un animal acorralado.

     Un día de principios de otoño llegó en tren a Munich.

     La ciudad desconocida le recibió, gris y hostil. Recorrió sus calles en busca de algo, sin saber qué. Grandes y chatos edificios, limpios, horizontales, y vulgares; tranvías y autobuses silenciosos; gente hosca semejante a los autómatas de los circos, que marchaban sin hablar con los brazos pegados al cuerpo; el reloj puntual de una torre; el vuelo amarillo de una arboleda rodeada de carritos de barrenderos; un hombre leyendo; una pareja saliendo de un portal; un gato deslizándose por una tapia del cementerio católico, donde llegara gracias al plano minucioso, concienzudo, de su abogado. Allí estaba la lápida y la fecha: 1941. Y el nombre odioso. Y él.

     Y de pronto comprendió. La casa de sus tíos de Buenos Aires, al fondo de la calle sucia y lúgubre, apareció ante él y se lo reveló todo. Sus tíos nunca hablaban de su madre muerta pero sí de su abuelo: Jacinto Verdaguer, Her Humboldt, y de su padre, Justo Verdaguer, el hijo de aquel criminal y la vergüenza de la familia, que les había engañado, ocultándole su ascendencia y su verdadera identidad. Sus tíos le escondían los periódicos donde durante días, no se habló de otra cosa que del suicida, de aquel criminal muerto en una celda de Tel Aviv. En los álbumes (el olor a piel de cerdo, de becerro), las fotos de su abuelo y de su padre estaban arrancadas, eran rectángulos blancos.

     Justo Verdaguer escupió sobre la lápida, como entonces escupiera sobre aquellas fotografías.

     A partir de ese momento todo se precipitó, pero hacia la luz.

     El Tribunal se inhibió en el caso de la identificación de los cuerpos, aduciendo razones científicas. Tal vez los métodos del ADN fallaban, o tal vez la Genética aún no había avanzado lo suficiente como para explicar el caso de dos hombres idénticos, en realidad el mismo hombre duplicado. Sea como fuere, concluía el auto, Justo Verdaguer no podía ser reconocido capaz, aunque se le reconociese la titularidad de los bienes heredados de su abuelo, fuera quien fuera éste. Su estancia en una clínica siquiátrica de Buenos Aires y los informes médicos recogidos, lo desaconsejaban.

     Por lo tanto, el Tribunal reconocía el pleno derecho de Justo Verdaguer, como único heredero de todos los bienes de su abuelo, Jacinto Verdaguer, a disponer de ellos, al no poder establecerse claramente la identidad de este último ni, por lo tanto, determinarse la procedencia legítima o ilegítima de dichos bienes. Sin embargo, dados los antecedentes mentales del propio Justo Verdaguer, el Tribunal Supremo lo declaraba al mismo tiempo incapaz y menor de edad, en tanto no se demostrase con un informe psiquiátrico forense lo contrario. En el ínterin, el Tribunal nombraba al Estado Argentino tutor y administrador legal de todos sus bienes.

     Contra tal sentencia no cabía recurso.

         Un día todo se le aclaró de súbito: estaba sentado en la alameda de la clínica como veinte años atrás. La voluntad de matar a aquel hombre que se había ahorcado poco antes (habían pasado los años como si fueran días), se había adormecido en él, pero le hizo levantarse igualmente y correr como entonces, en una especie de frenesí, ajeno a las Leyes del espacio y del tiempo. Tras vaciar la pistola sobre él, él mismo se convirtió en fantasma. Huyó de un edificio extraño, luminoso, lleno de militares y de perros. En su precipitación perdió el silenciador de la pistola. Oyó tras él el revuelo en los despachos, las palabras extranjeras, y supo que ya no nacería. Se deshizo del arma.

    No tuvo que escarbar mucho para encontrarla allí mismo, bajo un olmo enfermo de la clínica.    

 

 

 

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