México, Distrito Federal I Enero- Febrero  2009 I Año 3 I Número 18 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 

 








 

 

 

 

EL QUIJOTE DE 1615 O LA CONSTRUCCIÓN  DEL  PERSONAJE LITERARIO

 

 Emilio E. Navarro Hernández. Universidad Autónoma Metropolitana

 

 

Con la aparición de la segunda parte del Quijote en 1615, se dejan de lado las historias insertadas, pero en cambio, se establece una relación muy interesante entre ambas partes: la mayoría de los personajes que entran en contacto con nuestro hidalgo han leído el Quijote de 1605. En cierta medida, la fama que don Quijote había soñado desde la primera salida como caballero andante, es una realidad. Poco importa que esta fama resulte ser la de un “grandísimo loco”. El saberse personaje literario no deja muy contento a don Quijote, por el contrario, el darse cuenta que su historia no ha sido como a él le hubiera gustado que se escribiese, lo lleva a cambiar significativamente la forma de encarar sus próximas aventuras. La intertextualidad con respecto a los libros de caballerías dará paso a una intertextualidad con el texto mismo, es decir, con el Quijote de 1605. De esta manera, la segunda parte será terreno fértil para ejercer la crítica literaria desde dentro; para clarificar episodios oscuros como la pérdida del rucio, y, sobre todo, para la tarea casi editorial de un Cide Hamete Benengeli, que después de la  inicial profusión y confusión de autores y narradores, se perfila como el primer autor y la voz principal del narrador.

         El objetivo de este trabajo es ahondar en las reflexiones que Cide Hamete, pero también los personajes, hacen a propósito del texto mismo. Ya sea como lectores de la primera parte (Sansón Carrasco, los Duques); como protagonistas (don Quijote y Sancho Panza) o como cronista y sabio encantador: el mismo Cide Hamete. Lo maravilloso de la segunda parte es que todos terminan siendo protagonistas de una historia en el mismo momento de escribirse. Una verdadera lección de cómo el autor construye un personaje literario, y que podríamos resumir en este hidalgo que al perder la razón con los libros de caballerías, quiso escribir el suyo, pero no con palabras, sino con hechos, y lo consiguió con la ayuda de un “sabio encantador”: Cervantes.

         Es de sobra conocido que Cervantes con ser el creador de la novela moderna, no fue un teórico en el sentido más ortodoxo. Es decir, no se preocupó por separar su labor crítica de su creación literaria. Este aspecto ya fue notado por Florencio Sevilla: “… la teoría cervantina de la novela – no hay mejor fundamentación para el Quijote- se halla diseminada a lo largo y ancho de sus obras y no pasa de una serie asistemática de apreciaciones sueltas.”[1] Veamos una de estas “apreciaciones sueltas”que en defensa de las lenguas vernáculas hace don Quijote al caballero del Verde Gabán:

Y a lo que decís, señor, que vuestro hijo no estima mucho la poesía de romance, doyme a entender que no anda muy acertado en ello, y la razón es ésta: el grande Homero no escribió en latín, porque era griego, ni Virgilio no escribió en griego, porque era latino; en resolución, todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las extranjeras…[2]

En este tenor y abundantísimas son las reflexiones literarias que podemos encontrar en la obra de Cervantes, pero sobre todo en el Quijote, la reflexión es hacia el texto mismo. Esto fue visto con claridad por Mauricio Molho: “El invento del Quijote consiste en haber inscrito el diario del libro en el mismo libro, asignado espacios y momentos a un conjunto de instancias narradoras encargadas de narrar su propia historia, que es la de un libro haciéndose.”[3]

Cervantes permite ver al “lector inteligente” este proceso de reflexión en la voz de Cide Hamete o los mismos personajes. Tomemos como ejemplo las palabras que Sancho dirige a don Quijote en el capítulo II de la segunda parte:

…y yéndole yo a dar la bienvenida [a Sansón Carrasco] me dijo que andaba ya en libros la historia de vuestra merced, con nombre del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha; y dice que me mientan a mí en ella con mi mismo nombre de Sancho Panza, y a la señora Dulcinea del Toboso, con otras cosas que pasamos  nosotros a solas, que me hice cruces de espantado cómo las pudo saber el historiador que las escribió (565).

 Maravillosa reflexión, en la voz de un simple, acerca del narrador omnisciente al que no se le escapan los mínimos detalles. Así como Sancho puede mirar hacia el Quijote de 1605 como protagonista, Cervantes fue uno de los raros hombres de letras quien, aún en vida, pudo observar las repercusiones que la primera parte de su obra había tenido en toda clase de lectores, ya que entre la aparición de la primera y segunda partes medió un decenio.”[4] Entre otras cosas, el Quijote de 1615 establece un diálogo con los lectores y críticos de la primera parte; con el texto mismo al clarificarlo o corregirlo, y con aquél que se atrevió, aprovechando la estructura abierta de la primera parte, a darle continuación: Avellaneda. Pero no perdamos de vista que todo este diálogo se establece a través de sus personajes y no del autor. A este respecto Edward Riley nos dice:

Una de las dificultades con que nos encontramos al querer determinar sus opiniones literarias con exactitud reside en el hecho de que gran parte de las ideas que aparecen en sus obras no las expresa él mismo, sino sus personajes. Con Cervantes, más que con ningún otro escritor, debemos tener cuidado al achacar al autor las opiniones de sus personajes inventados.[5]

 Una lección magistral de teoría literaria: cómo el autor ha de distanciarse de sus personajes de tal manera que al desaparecer el referente real, el autor que escribe la novela, la ficción rompa el cordón umbilical y abandone a su progenitor para iniciar  su vida independiente. Por eso dirá Cervantes en el prólogo de la primera parte: “Pero yo, que, aunque parezco padre, soy padrastro de don Quijote…” (7). Una intuición más del gran novelista de que todo texto al imprimirse y publicarse deja de pertenecer a su autor. El libro es un Moisés en una cesta, abandonado en la corriente que es el impulso del lector y la crítica. Esa corriente lo ahogará o lo impulsará al Parnaso literario. Cervantes era consciente de su genialidad, pero él mismo se sorprendería  de la repercusión de su obra en la historia de la literatura.

         El problema del narrador-autor no se reduce a un juego de escondite, más bien, como dice Vargas Llosa:

No sólo el escurridizo Cide Hamete Benengeli, el otro narrador de la novela, que se jacta de ser apenas el transcriptor y traductor de aquél (aunque, en verdad, es también su editor, anotador y comentarista) delatan esa pasión de la vida fantaseada de la literatura…[6]

 El Quijote de 1615 está lleno de intromisiones, llamadas de atención que van orientando nuestra lectura, pero sobre todo, esta intromisión nos hace evidente la relación problemática entre autor-narrador (quienquiera que sea) y sus personajes. Es la radiografía del proceso creador. ¿Qué es pertinente? ¿Qué es apócrifo? ¿Cómo se construye o autoconstruye un personaje que se sabe objeto de la pluma de un sabio encantador?

Ahora digo – dijo don Quijote- que no ha sido sabio el autor de mi historia, sino algún ignorante hablador, que a tiento y sin algún discurso se puso a escribirla, salga lo que saliere, como hacía Orbaneja, el pintor de Úbeda, al cual preguntándole qué pintaba respondió: ‹‹lo que saliere››.(571)

 Parece contradictorio que don Quijote, ahora que sabe con certeza que alguien escribe su historia, no se encuentre muy a gusto. No es para menos, su cuerpo viejo no está a la altura del discurso caballeresco y muchos de sus primeros lances acaban en palos, caídas y dolor de costillas. Nada de lo que nuestro hidalgo había leído en los libros de caballerías, y por supuesto, nada de lo que le gustaría leer en su propia historia.

         El concepto de pertinencia en la historia es motivo de constantes intromisiones del autor. Veamos una de ellas:

Aquí pinta el autor todas las circunstancias de la casa de don Diego, pintándonos en ellas lo que contiene una casa de un caballero labrador y rico; pero al traductor de esta historia le pareció pasar estas y otras semejantes menudencias en silencio, porque no venían bien con el propósito principal de la historia, la cual más tiene su fuerza en la verdad que en las frías digresiones.  (680).

 El lector, al toparse con tales indicaciones, no puede dejar de abrir un paréntesis en la continuidad del texto, un remanso obligado para tratar de averiguar cuáles son esas menudencias que el autor está negando. Tal silencio se vuelve sospechoso y nos pone en alerta ante la posibilidad de un libro mutilado por la labor editorial de nuestro autor.

         En contraposición al concepto de pertinencia que nos trae a la mente la idea de selección y omisión de material, está el recurso de considerar apócrifo un capítulo o un suceso, pues ahora estamos ante la imagen de un texto añadido o contrahecho:

Llegando a escribir el traductor de esta historia este quinto capítulo, dice que lo tiene por apócrifo, porque en él habla Sancho Panza con otro estilo del que se podía prometer de su corto ingenio y dice cosas tan sutiles, que no tiene por posible que él las supiese, pero que no quiso dejar de traducirlo, por cumplir con lo que a su oficio debía… (581)

 Cada intromisión del narrador es como una tijera que corta el hilo conductor de la novela y nos obliga a detenernos, en este caso, para comparar el discurso que hasta ahora conocemos de Sancho para comprobar si hay tantas diferencias como dice el traductor. Por eso decimos que Cervantes necesita de un lector activo, dispuesto a aceptar el reto de lo que plantea cada intromisión del narrador, un lector que sea, en las reflexiones metaliterarias, como el  complemento de Cervantes, éste en la creación; aquél en la recepción: “…porque es tan clara la voluntad de Cervantes de exigir del lector atención al proceso de reflexión sobre el texto mismo, una lectura activa del Quijote  parece una propuesta inevitable”.[7]

 Al analizar el Quijote de 1615, no podemos dejar de lado su carácter tan cercano a una representación teatral. Personajes como Sansón Carrasco o los Duques, enterados de la locura de don Quijote, deciden seguirle la corriente y participar de ésta:

Todos los personajes mencionados en Don Quijote deben su presencia en la novela a su capacidad imaginativa y a su deseo de inmiscuirse en creaciones fingidas o artísticas. Todos se sienten grandemente interesados en inventar situaciones en las que puedan disfrutar y participar temporalmente de la locura de don Quijote.[8]

Para intentar poner remedio a la locura (Sansón Carrasco) o para deleitarse con ella (Duques), los personajes del Quijote de 1615 se nos presentan como autores de ficción, como actores teatrales y lectores ávidos casi tan disparatados como don Quijote, si no fuera porque, como dice Sansón Carrasco: “La diferencia que hay entre esos dos locos es que el que lo es por fuerza lo será siempre, y el que lo es de grado lo dejará de ser cuando quisiere” (658). Una reflexión de Cervantes acerca de los efectos de la lectura. Don Quijote transgrede el contrato de lectura por medio del cual aceptamos que un relato sea verosímil pero no verdadero. Sansón Carrasco y los Duques pueden hacerle segunda a don Quijote, con la salvedad que no pierden la conciencia de que sus disparates son ficticios, para enseñanza o deleite. Nuestro hidalgo es de aquellos que amonesta la condesa Trifaldi:

Pero no tienen ellos la culpa [los poetas], sino los simples que los alaban y las bobas que los creen; y si yo fuera la buena dueña que debía, no me habían de mover sus trasnochados conceptos, ni había de creer ser verdad aquel decir ‹‹vivo muriendo, ardo en el yelo, tiemblo en el fuego, espero sin esperanza, pártome y quédome ››, con otros imposibles de esta ralea, de que están sus escritos llenos. (844).

    La figura del Bachiller Sansón Carrasco me parece fundamental para seguir ahondando en la reflexiones metaliterarias del Quijote de 1615. Veamos que nos dice al respecto Ángel del Rio:

Cuando el Bachiller Sansón Carrasco- uno de los varios burladores que resultarán burlados- irrumpe en la casa de su vecino, se arroja a sus pies y dice: “Déme vuestra grandeza las manos, señor don Quijote de la Mancha, “está realmente arrodillado (en un plano de realidad artística ha de entenderse) ante el héroe inventado por Cervantes y no ante su vecino Alonso, cuya personalidad se ha desvanecido para no reaparecer hasta el momento final de la historia.[9]

 Sansón Carrasco, al revelar a Sancho la existencia de la primera parte del Quijote, pone en funcionamiento el mecanismo de intertextualidad que va a permear toda la segunda parte. Él va ser el promotor de este diálogo metaliterario cuando muestre las inconsistencias de la primera parte:

…infinitos son los que han gustado de tal historia; y algunos han puesto en falta y dolo en la memoria del autor, pues se le olvida de contar quién fue el ladrón que hurtó el rucio a Sancho, que allí no se declara, y sólo se infiere de lo escrito que se le hurtaron, y de allí a poco le vemos a caballo sobre el mismo jumento, sin haber parecido. También dicen que se le olvidó poner lo que Sancho hizo de aquellos cien escudos que halló en la maleta en Sierra Morena… (574).

  Sansón Carrasco también será el portavoz de las críticas literaria que recibió la primera parte del Quijote: “Una de las tachas que ponen a tal historia –dijo el bachiller- es que su autor puso en ella una novela intitulada El curioso impertinente, no por mala ni mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que ver con la historia de su merced del señor don Quijote” (571). Además, al desdoblarse en El caballero de los espejos y ser derrotado por don Quijote, apadrinará a éste en su tercera salida: “En extremo contento, ufano y vanaglorioso iba don Quijote por haber alcanzado victoria de tan valiente caballero como él se imaginaba que era el de los Espejos…” (656); pero en su caracterización del Caballero de la Blanca Luna,  al derrotar a don Quijote, cavará la tumba y hasta pondrá la lápida a las aventuras del andante caballero:

 Eso no haré yo [matar a don Quijote], por cierto –dijo el de la Blanca Luna-: viva, viva en su entereza la fama de la hermosura de la señora Dulcinea del Toboso, que sólo me contento con que el gran don Quijote se retire a su lugar un año, o hasta el tiempo que por mí le fuera mandado, como concertamos antes de entrar en esta batalla. (1047).

 Ya hemos dicho como Cervantes, por medio del juego de confundir al lector con una profusión de autores-narradores, se distancia de sus personajes, pero en el caso de Sansón Carrasco, percibimos su voluntad autorial, su intromisión al texto, no para hacer labor editorial como Cide Hamete, sino para impulsar o sofocar la trama en el mejor estilo del deux ex machina.

Para finalizar con Sansón Carrasco, diremos que al hacer presente la existencia de la primera parte del Quijote, también hace presente la problemática entre literatura y vida. El Quijote existe en la vida real y lleva varias ediciones, cuando don Quijote y Sancho se enteran de su existencia, no están viendo una quimera o una mala jugada de los encantadores que persiguen a nuestro hidalgo, sino un texto real, un texto que será como un guión para las burlas de los personajes de la segunda parte y, para don Quijote y su escudero, motivo de preocupación, pues cobran  consciencia de ser observados, de ser sus actos la tinta de una historia en proceso de escritura. Así lo constatan las palabras de don Quijote: “…y así, por mis valerosas, muchas y cristianas hazañas, he merecido andar ya en estampa en casi todas o las más naciones del mundo: treinta mil volúmenes se han impreso de mi historia, y lleva camino de imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia”. (662-663)

         Otro de los personajes clave en las reflexiones metaliterarias del Quijote de 1615 es Maese Pedro y su retablo. Estamos ante un autor de ficción en el momento de representar su obra; podemos observar la expectación de los asistentes: “‹‹Callaron todos, tirios y troyanos ››, quiero decir, pendientes estaban todos los que el retablo miraban de la boca del declarador de sus maravillas…” (750). También aparece un narrador que como Cide Hamete nos va informando y guiando en la recepción de la obra: “Esta verdadera historia que aquí a vuesas mercedes se representa es sacada al pie de la letra de las corónicas francesas y de los romances españoles que andan en boca de las gentes y de los muchachos por esas calles” (751); y hasta sus propias reflexiones metaliterarias: “Niño, niño –dijo con voz alta a esta sazón don Quijote-, seguid vuestra historia línea recta y no os metáis en las curvas o transversales, que para sacar una verdad en limpio menester son muchas pruebas y repruebas” (752-753).  El retablo de Maese Pedro es un microcosmos en el que el proceso de la creación y recepción de la obra literaria (en este caso más cercana a la representación teatral) se nos muestra desde dentro. Tal representación, con don Quijote en primera fila no podía terminar de otra manera:

Y, diciendo y haciendo, desenvainó la espada y de un brinco se puso junto al retablo, y con acelerada y nunca vista furia comenzó a llover cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a otros, estropeando a éste, destrozando a aquél, y, entre otros muchos, tiró un altibajo tal, si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le cercenara la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa de mazapán (755).

 En donde todos ven títeres, don Quijote ve moros de verdad en persecución de Gaiferos y Melisendra. Coincidimos con Leo Spitzer cuando dice:

…Cervantes destruye a propósito la ilusión artística: él, el titiritero, nos deja ver las cuerdas que mueven a sus marionetas: “mira, lector, esto no es la vida, sino un escenario, un libro: arte; ¡reconoce el poder que de dar vida tiene el artista como algo aparte de la vida”.[10]

 El retablo resulta ser verdaderamente maravilloso, un espejo que se rompe en pedazos y nos muestra un juego de reflejos en donde don Quijote es Cervantes, en su poder para destruir la ilusión, pero también es Maese Pedro, en su poder de embaucarnos con ella.

         Analicemos ahora las reflexiones metaliterarias que nos puede brindar la estructura paródica del Quijote, pero sentemos antes que: “Más allá de vacilaciones genéticas y compositivas, lo que sí se ofrece como constante durante todo el proceso creativo del Quijote es el fin paródico”.[11] Don Quijote lleva en su mente los códigos caballerescos que ha leído en sus libros, éstos son el motivo generador de sus aventuras y todo suceso lo acomoda a este código. Tal es el caso de la aventura de los leones, cuando don Quijote después de salir airoso exclama:

Pues si acaso su majestad preguntaré quien la hizo, direisle que el Caballero de los Leones, que de aquí en adelante quiero que en éste se trueque, cambie, vuelva y mude el que hasta aquí he tenido del Caballero de la Triste Figura; y en esto sigo la antigua usanza de los andantes caballeros, que se mudaban los nombres cuando querían o cuando les venía a cuento. (677)

 Visto de esta manera don Quijote tiene un constante diálogo con sus libros de caballerías, una relación de intertextualidad que es una forma de la metafición, tan profunda y reciamente trabada que sería posible pensar que el Quijote mismo es un libro de caballerías. No va hacia allá mi razonamiento, ni creo en esta posibilidad que ha sido discutida. Lo que quiero poner de manifiesto es que la parodia es funcional cuando se llega a la saturación del género, la parodia implica un conocimiento profundo del texto que se intenta parodiar, se construye en base a un modelo (en este caso los libros de caballerías) y a partir de él se teje toda un red de símiles y contrastes que van más allá de la burla y la ridiculización. El Quijote es pues, desde su origen, una reflexión metaliteraria, un texto que habla de otros textos.

         Don Quijote es la novela de un autor que problematiza en la escritura misma. Vayamos al texto para hacer una pequeña cala en otra de las grandes preocupaciones de todo aquel que enfrenta al proceso de escribir:

Y es de saber que llegando a este paso el autor de esta verdadera historia exclama y dice: ‹‹ ¡Oh fuerte y sobretodo encarecimiento animoso don Quijote de la Mancha, espejo donde se pueden mirar todos los valientes del mundo, segundo y nuevo don Manuel de León, […]! ¿Con qué palabras contaré esta tan espantosa hazaña, o con qué razones la haré creíble a los siglo venideros, o qué alabanzas habrá que no te convengan y cuadren, aunque sean hipérboles sobre todos los hipérboles? […] Tus mismos hechos sean los que te alaben, valeroso manchego, que yo los dejo aquí en su punto, por faltarme palabras con que encarecerlos ›› (674-675).

 ¿Es posible que en sucesos tan extraordinarios como la aventura de los leones no existan las palabras adecuadas para relatarlos sin menoscabo para tales hechos? ¿Es el lenguaje herramienta imperfecta  para la labor del escritor? La realidad es que en un libro, no así en el teatro, los hechos están enunciados por las palabras y nuestro autor a pesar de sus melindres nos relata el episodio de los leones con tan buena pluma como hasta ahora lo ha venido haciendo. Sólo fue otro guiño más de Cervantes y su teoría literaria, para hacernos ver que hay sucesos tan extraordinarios que el que escribe no siempre encuentra las palabras adecuadas para narrarlo.

         El Quijote de 1615 es una continuación pero también es una fe de erratas, en el sentido de que abre un diálogo para clarificar episodios oscuros de la primera parte. Ya no hay tal profusión de historias insertadas, pero ahora se da paso a la representación, otro recurso para hacer evidente la ficción en el momento mismo de su producción: la compañía de Angulo el malo, el retablo de Maese Pedro, la representación de los duques y el gobierno de Sancho. Cervantes ha tenido diez años para asimilar todas las críticas a la primera parte y, en este sentido, la segunda parte es también una defensa de su arte de novelar, una respuesta a la segunda parte apócrifa de Avellaneda y un texto cerrado a prueba de nuevos continuadores, en el personaje, que no en la invención. El Quijote de 1615 construye un diálogo hacia el interior del propio texto, este diálogo nos permite ver el proceso de la escritura desde una posición privilegiada. El texto no es ya pretexto para lo anecdótico, sino protagonista de la historia que pretendía enmarcar. 

 

BIBLIOGRAFÍA 

Basanta, Ángel. Cervantes y la creación de la novela moderna. Madrid, Anaya, 1992.

 

Del Río, Ángel. “El equívoco del Quijote”, Hispanic Review 27.2 (1959): 200-221.

 

Haley, George. “El narrador en Don Quijote: el retablo de Maese Pedro”, en El

‹‹ Quijote›› de Cervantes, ed., Geoge Haley, Madrid, Taurus, 1980, pp. 269-287.

 

Lerner, Isaías. “Quijote, segunda parte: parodia e invención”, NRFH 38.2 (1990):

            817-836.

 

Molho, Mauricio. “Instancias narradoras en Don Quijote”, MLN 104.2 (1989): 273-285.

 

Osterc, Ludovik. Dulcinea y otros ensayos cervantinos, México, Joan Boldó i Climent,

            1987.

 

Riley, Edward. Teoría de la novela en Cervantes, Madrid, Taurus, 1981.

 

Segre, Cesare. “Líneas estructurales del Quijote”, en Francisco Rico (dir.), Historia y

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            López Estrada (dir.), Barcelona, Crítica, 1980.

 

Sevilla Arroyo, Florencio. “Introducción”, en Miguel de Cervantes, Obras Completas,

            Madrid, Castalia, 1999.

 

Snodgrass El Saffar, Ruth. “La función del narrador ficticio en Don Quijote”, en El

            ‹‹Quijote›› de Cervantes, ed., Geoge Haley, Madrid, Taurus, 1980, pp. 288-299.

 

Spitzer, Leo. “Cervantes creador”en  Francisco Rico (dir.), Historia y crítica de la

            literatura española, t.II, Siglos de Oro: Renacimiento, Francisco López Estrada

            (dir.), Barcelona, Crítica, 1980.

 

Vargas Llosa, Mario, “Una novela para el siglo XXI”, en  Miguel de Cervantes, Don

            Quijote de la Mancha, edición del IV centenario, Brasil, Alfaguara, 2004, pp.

            XIII-XXVIII.

 


 

[1] Florencio Sevilla Arroyo. “Introducción” a  Miguel de Cervantes, Obras Completas, p. XIII.

[2] Miguel de Cervantes. Don Quijote de la Mancha, edición del IV centenario, Brasil, Alfaguara, 2004, p. 667. Esta es la edición que utilizo para todas mis citas textuales, en adelante citaré solamente por el número de página.

[3] Mauricio Molho. “Instancias narradoras en don Quijote”, p. 284.

[4] Ludovik Osterc. Dulcinea y otros ensayos cervantinos, p.68.

[5] Edward Riley. Teoría de la novela en Cervantes, p. 56.

[6]Mario Vargas Llosa. “Una novela para el siglo XXI”, p. XVIII.

[7] Isaías Lerner. “Quijote, segunda parte: parodia e invención”, p. 818.

[8] Ruth Snodgrass  El Saffar. “La función del narrador ficticio en Don Quijote.”, pp. 292-293.

[9] Ángel del Río. “El equívoco del Quijote”, p. 204.

[10] Leo Spitzer. “Cervantes creador”, p. 676.

[11] Florencio Sevilla Arroyo, op. cit., p. XVI.

 

 

 

 

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