Pietro la tomó dormida una noche de noviembre. Entonces Yerma
pudo ver cómo el cielo se desprendía en trozos que descendían
lentamente y se apropiaban de ella. Al final del abismo que la
llenaba pudo ver una pequeña lamparita, y un poco más abajo, una
ventana de forja donde una niña le sonreía... La niña descendió
por una baranda verde, pero luego, cuando la baranda terminó, la
niña bajó hacia Yerma flotando entre pedazos de cielo
resquebrajado. Se colocó sobre ella y, con sus labios púrpuras y
helados, apenas rozando su frente, la besó. Todo su cuerpo se
sintió invadido por un terrible cansancio, pero al mismo tiempo
una plenitud marina y espesa la inundaron. Pudo ver los ojos de
la niña, que eran negros y sin pupila, idénticos a los ojos de
los ángeles si pudiéramos mirarlos. Su pálida piel fue
desvaneciéndose entre los rayos de un alba que ya disipaba la
noche del cuarto. Te amo, musitó Yerma, y se encogió entre las
sábanas al tiempo que tocó su vientre. Dentro se sentía un calor
insoportable, y supo, de manera clara y contundente, que estaba
embarazada. “Seremos padres, Pietro”, dijo todavía amodorrada, y
él no le contestó nada. Dormía, sereno y ajeno al mundo y a la
vida, ensimismado en sus recónditos pensamientos que iban
huyendo siempre de algo que acechaba desde fuera y que podía
materializarse en cualquier momento. Yerma se durmió de nuevo y
despertó cuando el atardecer comenzaba.
Días más tarde Yerma fue a un médico y le confirmaron la
noticia. Se sintió agobiada. Estaba embarazada, pero no era un
hijo suyo y de Pietro lo que venía, pues Pietro estaba ajeno,
incrédulo, silente... Desde entonces, el silencio fue una daga
que la apuñalaba por la espalda. Temía que Pietro huyera y la
dejara sola, pero al mismo tiempo, pasaba las horas rogando
porque así lo hiciera, pues no se sentía capaz de irse ella
aunque lo deseara con toda el alma.
Un día Pietro pasó a recoger a Yerma a su trabajo y la sacó de
ahí. Traía en la carroza todas sus pertenencias y la llevó a la
villa de la Bazán para que allí contrajeran matrimonio. Se
casaron y fueron a vivir a casa de la madre de Pietro. Desde ese
día, todo en derredor comenzó a lacerar los sentidos de Yerma,
quien se vio envuelta en un tornado que arrasaba con su esencia.
Las pálidas paredes de su habitación; las infinitas escaleras de
caracol que había que subir y bajar desde su casa hasta la parte
media de la villa; las paredes inclinadas que parecían
divertirse al escrutarla indiscretamente; los cubiertos; la
basura; la ropa sucia y los aparatos domésticos; todas las cosas
comenzaron a ser de pronto fieras enfurecidas que trataron
incansablemente de hacerle perder no sólo la razón sino la vida.
Sin embargo, al mismo tiempo, en derredor se respiraba un
ambiente extraño. La acechaban, cierto, con deseos de
asesinarla, pero también la acechaban porque era una prisionera.
Poco a poco, Yerma fue comprendiendo que la defendían de algo,
de alguien, pero más que todo, que la defendían porque ella era
importante para un fin postrero. Fue entonces cuando descubrió
la realidad sin querer al escuchar una charla de su suegra con
la Bazán. La defendían de sí misma porque deseaban que pariera
sano al niño, fruto bendito que había procreado Pietro... Yerma
era una casa de casas, la casa del ser que habría de heredar
todo en derredor y aun más, pues también pensaban robarle a
Yerma sus posesiones.
Entonces
Yerma corrió por los corredores tratando de huir, pero las
paredes, las escaleras, los gobelinos y las trojes que
conformaban el pequeño castillo de su suegra se inclinaron hacia
ella y le taparon el paso hacia su libertad, la encerraron de
tal forma que apenas si podía respirar. Poco a poco fueron
arrinconándola hasta llevarla al centro mismo de aquel laberinto
donde estaba su habitación, desde la cual podía verse una
pequeña estancia y la cocina, así como un baño que en proporción
a las demás cosas era exagerado...
Ahí, en su casa dentro de la casa de su suegra, fue confinada a
permanecer hasta que naciera el niño. La demencia atajó sus
sentidos y se sentía obligada a caer de los abismos que
representaban las barandas que conducían al jardín, pero nunca
tuvo el valor suficiente de hacerlo. Sólo la buena conducta, que
a veces era casi imposible conseguirla, la hizo obtener el
beneficio de salir a la villa a andar, pues además era menester
que así lo hiciera para que su parto fuera más sencillo. En esas
andanzas conoció a Fabia, a quien le contó todo cuanto sentía
estando dentro de su casa.
Yerma no estaba dispuesta a perder su vida entre aquellas
paredes que apenas si sentía suyas, así que se dispuso a no
parir a la criatura para permanecer viva entre aquellas miradas
que intentaban devorarla a cada paso.
Una tarde, Fabia llevó a Yerma al Danger donde bebieron cerveza
en una taberna de mala muerte. Yerma estaba espantada, pues
sabía que si la llegara a ver ahí su suegra seguramente firmaría
su sentencia de muerte. Entonces hablaron de Pietro, de cómo se
habían conocido y de lo que Yerma sentía y pensaba sobre él.
Yerma sólo se sentía segura a lado de Pietro. Cuando se
recostaban en la cama, ella podía extenderse sobre su cuerpo y
sentir una paz que no podía medir ni con palabras ni con
suspiros. La larga cabellera de Pietro cubría la espalda de
Yerma, y era como si una enramada descendiera suavemente a su
costado para que ella se ocultara del peligro que continuamente
la acechaba. Entonces Yerma se sentía amada, importante y feliz
de ser quien era. Pero una tarde, Yerma lo miró a los ojos y no
pudo ver más su reflejo en ellos. Los ojos de Pietro estaban
vacíos y la luz que hubiese habido en ellos durante años se
había apagado de repente. Pietro no hablaba más, sólo se quedaba
estático mirándola.
Una noche, lo sintió a su lado antes de caer dormida,
pero al poco rato, él había desaparecido. Bajó sigilosamente las
escaleras, y lo vio sentado en la sala fumando un cigarrillo.
Pietro leía a la luz de una vela mortecina, había recogido sus
cabellos y no miraba más allá de lo que el libro le ofrecía.
“¿Qué pasa, Pietro?”, dijo ella, y la respuesta de él, desde
entonces y en adelante, fue: “Nada”.
La casa de Celsa, la suegra de Yerma, era una casa normal,
aunque esto sólo lo aparentara por fuera. Estaba montada sobre
una gran plataforma de piedra negra que venía directamente desde
la parte oriente del castillo, por lo que se tenía que subir a
ella por unas largas escaleras con barandales de forja fina. Era
blanca, con teja colorada en el muro que la rodeaba, y parecía,
a simple vista, una gran casona rústica. Por dentro, sin
embargo, los vericuetos eran insondables, y había rincones por
todos lados donde los recuerdos se iban filtrando hacia el gran
río subterráneo que alimentaba la fuente de la plaza de los
desterrados, donde Casandra recogía cada mañana los vapores que
estos recuerdos desprendían. Todas las casas tenían esta
peculiaridad, pues los drenajes conducían justo a la plaza de
los desterrados, y tras los años no podía distinguirse el agua
pura, de aquella que ya estaba contaminada con los desperdicios
de las casas.
Al centro del extenso terreno donde se posaba la casa
de Celsa, se hallaba un jardín desde donde se podía descender a
una especie de laberinto conformado por infinidad de escaleras
que iban en espiral. Ahí, en medio de una franja de tierra y
otra de un cielo artificial, se internaba un pequeño camino que
conducía a la casita que habitaban Pietro y Yerma. Ésta sí era
una casa común y corriente, era, como dijera la loca de
Casandra, la representación vívida de la imagen que uno tiene de
la casa desde niño.
Se entraba a ella por una pequeña puerta que desembocaba
inmediatamente en la estancia, la cual sólo estaba dividida de
la cocina por un pequeño arco de ladrillo rojo. A un lado de la
cocina había otra puerta que conducía directamente al baño y
desde éste se podía llegar a la habitación única que volvía a
desembocar en el extremo opuesto de la cocina. Sobre la estancia
había un gran domo de cristal que permitía ver hacia la torre
más alta del castillo de la Bazán y hacia otra de menor tamaño
que se hallaba en la casa de Celsa. Desde esta torre más pequeña
a veces podían oírse murmullos a la distancia, pero quienes se
habían atrevido a acercarse más a ella, habían podido oír
verdaderos alaridos. Se decía que ahí estaba oculta la única
hija de Celsa, a quien habían encerrado entre ella y la Bazán
para que no contrajera matrimonio. Pero nadie sabía de cierto lo
que ahí pasaba. Yerma, cuando recién entró a su casa, la halló
agradable, incluso se sintió acogida y pensó que vivir en tales
profundidades la protegía de la vorágine que se derramaba desde
el jardín, donde abundaban plantas colgantes que iban
enredándose con los barandales. Sin embargo, a los dos o tres
días, comenzó a sentirse insatisfecha dentro de su casa, pues
los muros estaban llenos de un vacío que parecía no terminarse
nunca y que se le venía encima junto con el jardín que tanto la
asustaba. Tenía que detenerlos, y pensó en adornarlos para
conseguirlo.
Antes de casarse Pietro recogió a Yerma en su trabajo y llevó
consigo todas sus pertenencias. Pero, tras desempacar, ella pudo
ver que habían faltado algunas cosas preciadas para ella. ¿Dónde
están mis libros, Pietro? ¿Y mis adornos? ¿Dónde está mi
vida...? La madre de Pietro había revisado cada una de las
pertenencias de Yerma antes de que se instalaran definitivamente
en su casa, que fue tras la luna de miel, y ella había elegido
cuáles de aquellas cosas eran necesarias y cuáles no. Yerma se
dirigió con su suegra. Subió la escalera de caracol hasta el
jardín y lo atravesó para subir hacia la pequeña terraza donde
su suegra tomaba el desayuno. “Señora, dijo, quisiera que me
permitiera llevar a casa algunas de las pertenencias que usted
me hizo favor de guardar en su desván”. Procuró ser más cortés
de lo que solía ser, para que el enojo no se le notara, pero el
olfato de Celsa era agudo, y además su rabia, una rabia
irrefrenable que se le había clavado entre el corazón y su
cordura desde el día de la boda, le permitieron ser más cruel
que de costumbre. “Yerma, mi niña, esas cosas no te son útiles
ahora, ¿para qué las quieres si ya tienes lo que deseas? Anda,
ve a tu casa, que seguramente allá tienes labores que hacer
propias de tu condición...”
Yerma no se rindió, y a hurtadillas fue al desván a tomar
algunos objetos durante la tarde de un miércoles, que era cuando
su suegra salía a la plaza a reunirse con su hermana, la Bazán.
Tomó lo que pudo y lo llevó a rastras por todo el patio central,
la terraza, el jardín y las escaleras de caracol. Finalmente
llegó a su casa y se sentó aliviada en la sala tratando de
recobrar la respiración. Miró por el domo y pudo ver en la torre
poniente una figura que se asomaba desde la ventana. Tomó un
catalejo y vio, claramente, a una niña vestida de verde y con
los cabellos rojos y rizados ondulando en el viento. La niña la
saludó y le mandó un beso, luego arrojó algo y Yerma pudo ver
que era un pequeño papelito. Fue por él hasta el domo, aunque
aquello representaba un riesgo mayor. El papel decía: Huye.
Las noches fueron tornándose largas. Un tedio y una monotonía a
tientas apenas iluminados por el alba. Pietro se tendía al lado
de Yerma, pero ausente: sus ojos cargaban con un vacío
interminable que les impedía mirar hacia delante. Huye, decía el
papel que le había enviado la nostálgica niña, y Yerma intentó,
con todo su amor, llevarse consigo a Pietro, pero fue imposible.
Lo miraba sentado en la sala. Parecía como si siempre hubiese
estado ahí, pensativo, fumando un cigarrillo, bebiendo un
café... Leía, pero Yerma nunca supo exactamente sobre qué.
Miraba al infinito con un asombro tal que parecía un crío, y al
principio Yerma lo sentía cerca de sí como si fuera su segundo
hijo. Ella lo miraba a la distancia, y se preguntaba lo que
pensaba. A veces, se acercaba a él y trataba de obtener
respuesta, pero nunca pudo obtener ninguna otra que el silencio
y luego una sola palabra: “Nada”.
Muy al principio, antes de que el miedo la acosara,
Yerma se sentía acogida por su casa. Las labores del hogar la
hacían sentir feliz, aun a pesar de que no tenía idea alguna de
cómo realizarlas. Sin embargo, poco a poco fue aprendiendo a
cocinar y a mantener su casa limpia y ordenada, y disfrutaba
haciendo bordados que luego ponía en las cortinas o tejiendo
prendas diminutas para su hijo. Entonces todo aquello le parecía
una maravilla antes nunca conocida, y se preguntaba cómo es que
antes no había aprendido a barrer o a limpiar los vidrios, cosas
para las que podía ver se necesitaba no sólo práctica, sino
también una especie de sabiduría. Aprendió a hacer pasteles de
moras silvestres con Fabia, Penélope la enseñó a bordar y a
tejer, y de vez en vez le regalaba algunos estambres para que
pudiera seguir escarmenando en casa. Las tardes se le iban
rápidas entre tanto quehacer, salía al jardín, con cierto susto,
y robaba algunas flores que luego colocaba en un gran jarrón al
centro de la mesa, disponía los platos y acomodaba el pan, las
salsas, la sal y la pimienta, y luego ponía a calentar la comida
a fuego muy lento, para que cuando Pietro llegara todo estuviera
en su punto. Las primeras semanas Pietro llegó puntual a cenar,
pero después, faltó un día y luego otro, hasta que simplemente
no llegaba y si lo hacía no probaba las viandas preparadas por
su mujer, pues antes ya había pasado a cenar a casa de su madre
o con una tal Lizarda, que era empleada en el castillo.
Entonces la
desesperación fue apoderándose de Yerma. Su vientre iba
desplegándose para acoger a la criatura que venía en camino y en
esa misma medida la casa iba achicándose cada vez más hasta que
la acorraló por completo. Apenas salía, pero sólo para
abastecerse de alimentos y cosas para la casa; hablaba con
Fabia, pero nunca pudo ir a divertirse o a pasear simplemente
por placer, pues ella quería hacerlo con Pietro y éste nunca
deseaba salir y cuando salía, lo hacía solo. Su esposo era una
ausencia insoportable que pronto la dejó desamparada.
Ante todo esto, Yerma pensó en la forma de llamar la atención de
Pietro y para ello pidió consejo a su única amiga en la villa,
Fabia.
Fabia no conocía mucho a Pietro, a pesar de que era su tía.
Sabía, sin embargo, las cosas que Yerma le contaba. Alguna vez
tiró las cartas para Yerma y le advirtió que tenía que huir de
ahí, pero no le dijo ninguna razón en especial por la que era
necesario hacerlo, aunque esta razón aparecía clara en las
cartas. Luego fueron a pasear al bosque de framboyanes y ahí se
encontraron con José, el centinela, quien traía unos cuantos
patos que había cazado con ayuda de Hermes, su perro. Las
invitó a su casa y entre los tres prepararon los patos y los
comieron con gusto. José trajo un poco de coñac y un té que
Yerma no pudo distinguir con exactitud. Entonces les mostró sus
fotografías y en varias de ellas aparecía Pietro.
José disfrutaba hablando de los demás, así que aprovechó la
presencia de la esposa de su primo para chacotear sobre él.
Entonces Yerma supo algunos secretos ocultos de su suegra y
entendió la razón del amor enfermizo que ésta le tenía a su
hijo.
Muchos años antes de que Pietro naciera, Celsa tuvo un
hijo que murió ahogado en el mar de los pescadores. Se decía que
ella misma había formado parte de la brigada de rescate y que al
momento de tener el cuerpo en tierra, que ya estaba amoratado e
hinchado, lo había desgarrado con sus propias manos y ahí mismo
lo había devorado casi por completo. Los lugareños de la costa
todavía visitaban a Celsa, y la llamaban por el nombre de su
hijo, pues creían que su alma estaba en ella. Al parecer, desde
ese día Celsa se prometió no abandonar nunca más a ninguno de
sus futuros hijos, pues el mundo podría arrebatárselos en un
instante. En la villa, sin embargo, llegó este rumor y la gente
se alejó poco a poco de la casa, por eso Celsa construyó el muro
que la rodeaba, temiendo algún ataque por parte de indeseables
que en ocasiones llegaron a lanzarle piedras e inmundicias
recriminando lo que ella había hecho en la playa de los
pescadores. Desde entonces, los niños huían de esos muros, y la
gente nombró a la casa de Celsa la morada de Tántalo, pues los
siguientes hijos también fueron devorados uno a uno cuando
nacieron y después cuando fueron creciendo, siempre enclenques y
enfermizos.
Celsa tuvo una única hija, de ella se sabía que no era tan
enfermiza como los otros, de los que sólo sobrevivió Pietro,
quizás más porque robaba huevos de la granja de su tía la Bazán
que por los cuidados que su madre le tenía. La maternidad de
Celsa fue pródiga en cuanto a comodidades para sus hijos, pues
nunca permitió que se inclinaran a tomar nada del suelo en tanto
que les tenía siervos dispuestos para ello. Pero, por otro lado,
todos estos cuidados los fueron volviendo cada vez más inútiles.
Uno a uno fueron cayendo cuando llegaron a la adolescencia y
quisieron huir de la casa de su madre. Ya fuera que cayeran
presos por robo o que simplemente anduvieran vagando por ahí en
los tugurios, todos ellos desaparecieron de la faz de la
sociedad de elite de la villa, con lo que simplemente dejaron de
existir. Pietro, al contrario de los demás, nunca deseó salir de
su casa, por eso, quizás, sobrevivió hasta los veintiocho años,
cuando su madre le encomendó que fuera en su representación a la
plaza de los liberales, donde conoció a Yerma y pasó todo lo que
pasó. De la hija, se dice que está encerrada en la torre
oriente, pues su madre no quiso que contrajera matrimonio con un
joven marinero, temiendo que se la llevara lejos y el mar la
devorara igual que hizo con su primer hijo. A ese marinero,
después, lo casarían con Penélope, y la pobre quedó, como se
esperaba, perdida en las profundidades de un mar sin regreso,
aunque éste estuviera en su propia casa.
La línea que separa la locura de la dulzura es suave y delicada.
Dulces fueron a veces las locuras de Yerma. Amargos como la
demencia sus intentos de dulzura. Trató, sin éxito, de llamar la
atención de Pietro. Pero siempre que lo intentó salió de ella
sólo tristeza. Una soledad interminable abundaba en sus
intentos. Era el eco esquizofrénico del “te olvido” y, sin
embargo, “te recuerdo”...
Pietro fue alejándose poco a poco de la casa de Yerma,
y no hubo poder humano que lo atrajera de nuevo a ella. A veces,
ella fingía enfermedades, y conseguía retenerlo algunos minutos
antes de que finalmente tomara sus cosas y se alejara cabizbajo
a reunirse con los vagos del puente de la desolación a beber
cerveza y hablar de temas importantes para los que Yerma había
perdido toda inteligencia. Una noche, Yerma tomó un cuchillo e
intentó apuñalarlo, “Miserable”, le dijo, y él la abofeteó.
Luego ambos lloraron y se preguntaron lo que les había sucedido.
Hablaron largo rato de lo que sentían y de repente, como en el
principio del principio, dejaron de ser ellos mismos para
convertirse en los otros, los que no eran ellos, los que se
miraban desde lejos y apenas si entendían algo de sus
sentimientos. Disertaron sobre el amor y la sociedad de castas,
la política matrimonial y el deseo de tener un mundo
democráticamente organizado, luego hablaron de literatura y de
música, y pensaron que sería bueno retomar algún proyecto de los
que habían abandonado para que la villa tuviera un festival de
artistas y adquiriera importancia en ese ámbito, se regodearon
recordando tiempos pasados, cuando miraban por arriba del hombro
a los señores que iban de la mano y llevaban un carrito con un
pequeño niño dentro de él, se burlaron de ellos y miraron, al
mismo tiempo, el vientre de Yerma, que a punto estaba ya de
florecer. Ella se sintió, de pronto, ridícula y absurda, y se
abrazó a Pietro sollozando, y lloró amargamente porque nunca más
volvería a ser la misma. Se preguntó en silencio si él también
cambiaría cuando el niño naciera. Fabia le decía que sí, que
Pietro se sentiría padre hasta que pudiera abrazar a su pequeño
hijo y no antes, que tuviera paciencia o que si no podía
contener su rabia, huyera antes de que algo peor le sucediera.
Pero ella nunca hizo caso, deseaba ver cómo el niño que traía en
su vientre transformaba el mundo en derredor para que ella se
sintiera cada vez más cómoda dentro de él.
Yerma le preguntó a Pietro qué pensaba de ser padre, y éste
guardó silencio unos momentos y luego respondió: “Nada”. De
pronto, Yerma se sintió envuelta por una oscuridad infinita. El
horror comenzó a eclipsar sus sentidos y trató de huir de
aquella desesperante oscuridad que se reflejaba en los ojos de
Pietro. Trató de ocultarse, pero ella siempre estaba ahí y su
imagen se renovaba constantemente con cada silencio, con cada
ausencia, con cada promesa incumplida y con los gritos silentes
que Pietro profería rechazándola a cada instante. Yerma ardía a
veces, y parecía consumirse en su propia desesperación, en una
indignación que rayaba en un sentimiento de venganza
irrefrenable: deseaba golpearlo, darle vuelta a sus carnes para
ver si dentro hallaba siquiera una migaja de algo, quizás una
sonrisa, un deseo, un suspiro, un grito, algún enojo o
simplemente una negativa contundente, pero siempre, a cada paso,
sólo existía la Nada.
Era como si Pietro durmiera con los ojos abiertos y sólo pudiera
mirar aquello que transcurría en un sueño permanente e irreal.
La miraba, enamorado hasta cierto punto, pero su amor nunca pudo
trascender de aquel que le tuviera cuando se besaron por primera
vez.
Yerma pasó de la desesperación a la más triste de las tristezas.
Sabía que cada vez que le preguntara a Pietro lo que sentía o
pensaba sólo obtendría por respuesta el silencio, una mirada que
apenas si la miraba, y una palabra que siempre le decía: “Nada”.
Entonces la casa comenzó a engullirla por completo. Primero se
dedicó exclusivamente a las labores cotidianas, y las sentía
como un alivio, y esperaba con ellas llamar un poco la atención
de su marido. Tal vez si ponía un mueble ante la puerta, él se
molestara, o quizás si rompía todos los trastos él le llamaría
la atención. Gastó los ahorros para el parto y al final, se
tumbó en la cama sin hacer absolutamente nada. La ropa comenzó a
extenderse por el suelo como un pastizal, los trastos sucios
eran una maldición que los azotaba ya con pestes inconcebibles,
y en varias ocasiones Pietro se sintió obligado a levantar de la
cama a Yerma para llevarla a otro sitio a pasar la noche. Como
los cuartos de la casa de su madre eran infinitos, fueron
cambiando de uno a otro cada vez que la desolación caía en
ellos. Yerma pensaba que tal vez, en algún momento, los cuartos
se terminarían y Pietro tendría que llevarla lejos de ahí.
Incluso llegó a pensar que en algún momento a él se le ocurriría
reclamar aquella desidia que de pronto había tomado como
concubina a su mujer... Pero esto nunca sucedió.
“Huye”, le decía Fabia; huye, le decía el papel lanzado por la
niña desde la torre poniente. Pero Yerma no podía huir de ahí
sola, deseaba, con todo su corazón, huir con Pietro como en el
principio, enamorados, uno dentro del otro... Y esto tampoco iba
a suceder. ¿Qué hacer, se preguntaba, para llamar la atención de
un durmiente? Gritó, comenzó a lanzar los trastos que quedaban
sin romper y se abalanzó sobre Pietro enloquecida, lo golpeó, lo
tiró en el suelo y comenzó a patearlo, pero nada de eso pudo
despertarlo. Su único movimiento fue encogerse y luego, cuando
la volvió a mirar, Yerma pudo ver en sus ojos que se alejaba de
ahí para siempre, como si huyera de un enemigo que por muchos
años había tratado de alejar de sí para evitarse la molestia de
matarlo. Se levantó, tranquilo y silente, como siempre, y tomó
su eterno lugar en la sala, donde la luz de la mañana y la del
alba siempre le sentaban bien e iluminaban su larga cabellera
ondulando como enramada de helechos o hierbas silvestres. La
miró detenidamente, Yerma callaba, se encontraba echada sobre el
suelo y sus cabellos eran una maraña que le cubría casi todo el
cuerpo. Lloraba profusamente y lo miraba todavía con cierto
celo, pero al mismo tiempo esperando que todo terminara con un
beso. “Me gusta cuando callas, Yerma, porque entonces estás como
ausente”, le dijo, y Yerma gimió en silencio, pues entendió que
todo, desde el inicio, había estado perdido. La ausencia era
inevitable, y se preguntó qué es lo que seguía haciendo ahí. Sin
mirarlo, se levantó y entró a la habitación, tomó algunas ropas
y salió de la casa. Pietro no intentó detenerla, aunque ella iba
lenta para que así lo hiciera, cruzó el jardín, la terraza, las
habitaciones principales de la casa de su suegra, abrió el
pesado zaguán de hierro y se vio, de pronto, en medio de una
noche de agosto fuera del castillo de Celsa. Atravesó la plaza
de los desterrados y llegó, exhausta, a la casa de Fabia.
Llovía, y entre las piernas de Yerma corría un río de sangre que
luego dejó ver a una criatura diminuta.
Yerma se quedó unos meses con Fabia, luego ésta consiguió un
permiso para construir una troje y puso ahí a Yerma y a su hijo.
Pietro y Yerma nunca volvieron a saber nada uno del otro, a
pesar de que siguieron viviendo en la villa y ésta era demasiado
pequeña. En casa de Pietro, con su madre y la Bazán, todo lo
sucedido fue colocado debajo de una pila de desperdicios, y
luego, al paso del tiempo, la gente apenas recordó algo de todo
eso. Ahí, en la villa, nada había pasado entre Yerma y Pietro.
Yerma había llegado a vivir con Fabia, era una madre soltera
como tantas, y vivió en la troje por muchos años, hasta que
murió y sus nietos utilizaron la troje para jugar. Pietro anduvo
habitando todas las habitaciones de la casa de su madre, siempre
con una mujer distinta, y dejó su semilla en varios vientres,
entre hermanas y vecinas, pero de los frutos sembrados nunca
tuvo apenas una idea certera. El único recuerdo palpable que le
quedaba de haber sido padre era una margarita disecada que Yerma
le regaló el día que quedó embarazada. Todo lo demás, si acaso
había sucedido, seguramente fue un sueño que no formaba parte de
su sueño.