Ese día Matilde vestía de blanco. Ella no solía hacerlo. Parecía
un reflejo inocuo del lamento que la seguía. Su pañuelo blanco
alrededor de la cabeza hacía que se pareciera más a su madre.
Parece irónico, en el día de su muerte se asemejaba a la
causante de todas sus desgracias. Supongo que a todas las de su
estirpe les tocaba morir cuando más cerca estaban de poder
escaparse.
Despiertas en un cuarto desconocido. Tu respiración agitada
comienza a recobrar su ritmo habitual. Lentamente visualizas
aquellas pequeñas cosas que te ayudan a reconocer tu celda.
Luego te acuerdas que aunque no es propiamente una celda te
atreves a llamarla así, y quizás para que no se apague tu ánimo
de escapar. Exacto. Es para recordarte día tras día que debes
escapar. Porque si no, te resignas lentamente a esa vida
apacible y lenta, a la que cualquiera podría someterse sin mayor
problema. Pero esa vida no es para ti. Lo decidiste un tanto
antes de conocer a Matilde. Ya en el recinto se percibía un caos
inexorable. Pero que más da. Te das cuenta de que todo estaría
en la normalidad si hubieses seguido las pautas. Sí, las
malditas pautas.
Matilde. Tu recuerdo es la causa de mi angustia. Tu lamento es
tu aroma. Aún recuerdo el paisaje que acostumbrabas simular. Te
gustaba fingir que caminabas por entre los robles del parque,
que bailabas al aire libre y que no estabas en un húmedo y
asqueroso edificio lleno de barrotes y guardias; te gustaba
creer que los de afuera no te llamaban desaparecida, sí, que
todavía te buscaban, que no admitían tu repentina desaparición.
Incluso cuando te azotaban parecía que no te importaba, que
seguías siendo libre de pensamiento.
Afuera, el sistema. Adentro, los que alguna vez pensaron en
contra de ese sistema. La nueva gobernación había comenzado con
simples cambios, algunos sutiles, otros un poco polémicos. Al
principio acusaban a los nuevos dirigentes de tiranos. En ese
entonces parecía una locura llamarlos así, una exageración. Pero
los más paranoicos no se equivocaron. La libertad fue
desbocándose lentamente por una empinada, y los intentos por
quebrar el descenso fueron tan inútiles que al pasar el tiempo
fueron suprimidos por quienes nos obligan a estar aquí. Ahora
hay un solo pensamiento que decide sobre los demás.
Recuerdo a la madre de Matilde. Cuando llegué a este lugar ella
ya estaba moribunda. Su hazaña la había condenado a estar
reclusa en este asqueroso lugar. En una pared de las tantas que
estaban rayadas con los últimos rasguños de la voluntad humana,
estaba escrita, allí se relataba a grandes rasgos, aunque todos
los que estábamos fuera para ese entonces la escuchamos en la
radio. Durante la transmisión de un acto ceremonial por parte de
los nuevos dirigentes, una voz femenina irrumpió burlando a los
encargados de seguridad, tomó el micrófono del presentador y los
acusó de dictadores, de absolutistas, de maniáticos y de tiranos.
Enseguida un corte en la transmisión y el incidente ya parecía
olvidado. Matilde no volvió a ver a su madre Vanesa con vida.
Había desaparecido. Matilde fue condenada a una estricta
vigilancia, y por causa de su madre la obligaron a rendir
trabajos forzados. Desde ese entonces comenzó a indagar sobre el
paradero de su progenitora. Primero protestaba con las madres en
la plaza. Pero eso no fue suficiente. Ella comenzó a indagar más,
haciendo preguntas que no debían hacerse, escarbando donde no
debía. – Es una desaparecida, deja de buscar, te meterás en
problemas- le decían; ella no hacía caso. Tanta fue su indebida
búsqueda que algunos años después de que desapareciera su madre,
durante la noche mientras Matilde dormía, la policía secreta
irrumpió en su casa, y después de darle una fuerte paliza la
trajeron a este lugar. Sólo un día antes de su llegada al
recinto habían fusilado a su madre. En ese entonces en la pared
de la que era mi celda –las paredes eran el único medio de
comunicación, no permitían el habla entre los reclusos- se
encontraban letras rasguñadas que representaban una especie de
escrito en códice que estaban dirigidos a una tal Matilde.
Supongo que en este hoyo (no es propiamente una celda) había
vivido su madre antes del fusilamiento, y que ésta lo había
colocado allí para ella.
Cuando llegó Matilde cambiaron las cosas. A pesar de la
persecución, su ánimo parecía mantenerse intacto. Al principio
quise hablarle, sólo para recordar un fugaz intento de cortejo
hacia las mujeres, para tratar de recobrar alguna ilusión. Pensé
que si quizás quebrantaba alguna regla y salía
airoso podía encender mi ánimo
para llevar a cabo mi plan de escape. Recuerdo que uno de esos
tantos martes donde los guardias debían sacar a los prisioneros
a recibir un poco de sol, ella se encontraba cerca del lugar que
suelo frecuentar. Aún me asombro ante su imagen, ese día, ella
practicaba una especie de vals, danzaba lentamente con las manos
en postura, giraba y se deslizaba; al igual que el caminar sobre
un lago en invierno, la punta de los dedos descalzos rozaban y
ondulaban el lago mientras ella, a la par de la música danzaba
conmigo sobre ese lago, ambos vestíamos de etiqueta y flotábamos
a la perfección sobre las aguas pacíficas, el cielo era nuestro
reflejo en el río, las nubes no eran más que las ondas generadas
por nuestros pies, Matilde no era nada más que un dibujo a
blanco y negro que salpicaba colores hacia todas partes, no era
más que la triste ilusión de permanecer alegre.
Entonces decidí hablarle. Noté que el guardia se hallaba un poco
lejos, así que me apresuré. Cuando estuve cerca, le hice señas,
pero ella no interrumpió su baile.
-¿Cómo te llamas?- pregunté
-Matilde- contestó sin detenerse. Yo sabía en ese momento que
jamás olvidaría ese nombre. Lentamente fui cayendo en cuenta de
que las notas encriptadas en la pared de mi celda estaban
dirigidas a ella. “Para Matilde”, decía lo único que podía
entender. Quise cerciorarme.
-¿Tú eres la hija de Vanesa…? – pregunté.
Apenas dije estas palabras cuando Matilde se detuvo en seco, sin
bajar los brazos que sostenían a su invisible compañero de baile.
Lágrimas que me confirmaron que la respuesta era que sí,
comenzaron a salir a torrentes de sus pequeños ojos, tal y como
si el lago donde soñábamos bailar hubiese sido creado en ese
instante por ella. Esa figura tan delgada y esbelta se venía
abajo ante mis palabras; casi se desmorona como alguna antigua
estatua legendaria, por pedazos y lentamente. Lo que la sostenía
en pie era su afán por saber algo sobre su madre.
-¡¿La conoces? Ella estaba aquí ¿verdad?! ¿A dónde se la han
llevado?
En ese momento te das cuenta de que no es fácil. Te percatas que
el mundo afuera sigue su curso, aunque en el aislamiento parezca
no ser así. Develas el tiempo paralelo, el cual arrastra a ambos
mundos por igual: a los que viven al margen constante de él, y a
los que parecieran congelados en una especie de semicírculo que
flota a distancia del mundo común, te ves a ti mismo allí,
imaginando de lejos a la gente siguiendo con sus quehaceres
cotidianos, obligados a pensar siempre igual, visualizas al
mundo completo tratando de entender(se). Y cuando miras atrás,
ves a tu figura encorvada en la celda, ves a Matilde y a todos
los que alguna vez quisieron ser libres, los ves a todos ellos
siendo devorados por otra clase de tiempo aun más maligno que el
normal, el cual no se resiste a pasar fugazmente, sino que te
punza constantemente recordándote su lento paso y tu lento y
lejano fin. Para la gente normal nosotros no existimos. Para
ellos es un tabú mencionarnos. Los desaparecidos. Así nos
llaman.
Pero no hay más tiempo para pensar. Un garrotazo te recuerda que
no debes violar las pautas, que no debiste hablarle, que no
debes pensar. Pero el sufrimiento de Matilde es contagioso.
Entre un golpe y otro logras decirle que sí, que su madre había
estado prisionera allí, pero que la fusilaron un día antes de
que… tu cuerpo se desvanece. Caes en el fango. Mientras te
arrastran logras ver que a ella la llevan jalada por los
cabellos a la sala de tortura.
Despiertas. Lentamente visualizas aquellas pequeñas cosas que te
ayudan a reconocer tu celda (si es que puedes llamarla así). En
la pared, debajo de la nota dirigida a Matilde escribes “RUN
AWAY”. Exacto. Es para recordarte día tras día que debes escapar.
Tus órganos empiezan a despertarse paulatinamente. Los dolores
usuales siguen estando allí. Rápidamente vuelves a pensar en
Matilde, y te preguntas si por tu culpa estará ella padeciendo
alguna tortura. La excitación del momento en el que te ves a ti
mismo señalándote que estás en medio del fulgor de la ruptura de
alguna de las pautas se ve desintegrada ante los garrotes y el
olor a orina rancia de la
celda. Pero recuerda, debes escapar. La docilidad es la mejor
manera de planear el escape, si vuelves a violar más pautas los
guardias empezarán a tenerte siempre vigilado y eso no es lo que
te conviene. Es mejor que sigas pasando desapercibido, para que
así cuando te vayas nadie note tu ausencia. Te deseo la mejor de
las suertes Matilde. Cumplí ya con decirte que tu madre estuvo
alguna vez reclusa aquí.
Ya han pasado algunas semanas. Tu buen comportamiento hace que
puedas salir al sol los martes, como era de costumbre antes del
castigo. Caminas, hueles el fresco olor a desperdicios, recibes
un poco de sol, y entonces sucede lo que no hubieras querido:
ves a Matilde. Ya no tiene sus negros y hermosos cabellos, la
cabeza rapada la hacía asemejarse más a las otras pocas mujeres
del calabozo. La observas mientras, con una persistencia
irracional, simula estar en un bosque lleno de muchos árboles,
danzando con el aire y diciéndote con la mirada que la acompañes.
Tú comienzas a caminar furtivamente entre los altos troncos y
ella juega a esconderse en la espesura del bosque, tú juegas a
atraparla y caes sobre ella en medio de cosquillas y risas para
luego irse juntos a observar el lago, allí reanudan el vals
pendiente desde la última ocasión, y juntos comienzan a crear
bifurcaciones en las corrientes de la vida para juguetear al
lado de las gotas que se desprenden desde el lago hacia arriba,
y que llenan de satisfacción a los dos mientras bailan.
Mientras sigues mirando, decides que cueste lo que cueste, debes
de darle la nota en códice a Matilde. Involuntariamente
comienzas a caminar en su dirección, como un imán, mientras
piensas lo que le vas a decir para invitarla a bailar, pero un
guardia se interpone en tu camino y tú simulas cambiar de rumbo
y continuar con tu paseo. Reflexionas y no encuentras un motivo
racional para explicar el porqué habías comenzado a caminar en
su dirección. Ríes tímidamente burlándote de ti mismo, ya que ni
siquiera tenías la nota. Te alejas con cierta prudencia, y
cuando en tu huida la miras de reojo, algunos destellos blancos
enceguecen un poco tu visión.
Pasan los días. Sientes al espíritu desvanecerse. Sientes que
encorvado en ese hoyo donde duermes nada podría sonar más
disparatado que tener que cortarte a ti mismo. Con una piedra
afilada tajas lentamente tu dedo, y cuando ya la tinta comienza
a salir delineas el mensaje escrito por la madre de Matilde en
un pedazo de tela que arrancaste de tu pantalón.
Es viernes. Cuentas con ansias los días que faltan para
entregarle la nota a Matilde. Vuelves a secar la sangre que
sigue saliendo de tu dedo. Recuerdas cuando tu madre explicaba
que nunca coagulabas bien, y se preocupaba por cualquier cortada
mínima. Recuerdas tu vecindario. Ves evanescentes caras de
amigos y conocidos que desde hace un par de años deben darte por
muerto. Vislumbras una noche agitada con luna llena.
Martes. La emoción solapada. La temeridad de violar las pautas.
La poca adrenalina que corre por tu cuerpo te recuerda tiempos
antiguos. Sales. Recibes el sol. Ves a Matilde. Tratas de
acercarte. Te alejas. Sudas. Intentas leer la nota. Caminas de
un lado a otro. Secas la sangre que sigue saliendo de tu dedo.
No terminas de tomar una decisión.
De súbito, en medio de tu indecisión, oyes la alarma. Los reos
aprovecharon la salida al sol para engendrar el caos. Los
guardias estaban siendo atacados por los reclusos. Ya un par de
oficiales se encontraban sin vida en el fango mientras los
prisioneros utilizaban sus rifles. El sistema de sonido
anunciaba la alerta. La confusión era absoluta. Casi todos los
incautos se habían sublevado y ahora atacaban. Tú, al ver que la
mayoría de los guardias se concentran en parar el ataque te das
cuenta de que la reja no tiene vigilancia. Corres hacia ella,
logras abrirla y allí la tienes. La libertad esperándote al otro
lado del muro. La salida hacia otra cárcel.
Pasas el primer cerco y sabes que con un par de metros más
puedes emprender tu vago camino en lo que sea que quede del
mundo afuera. Una última mirada atrás, mientras saboreas el
éxito en los últimos instantes de tu huida te hace detenerte en
seco. Ves a Matilde mirándote fijamente desde adentro. Dudas,
preguntas, emociones. No te das cuenta y cuando reaccionas estás
ya adentro de nuevo sujetándola por la mano. Le distes la mano
que no sangra, la otra está constantemente húmeda. Corren unos
pocos metros y ella desfallece. Tú al principio no entiendes,
pero luego ves los latigazos frescos que aún se marcan en su
espalda. La cargas y sigues en tu afanosa salida; primera reja,
segunda, falta el portón final. Llegas con ella en brazos, ves
que está abierto, un camión entraba mientras se formó la
revuelta, puedes montarla, y tú conducir hacia otro mundo
distinto pero igual, sales, vas llegando al camión…
…todo comienza a descolorarse, las piernas te fallan, sientes
que el cuerpo se apaga, caen en el asfalto. Has perdido
demasiada sangre.
Ante la luna llena despiertas. Estás entre el segundo lote de
fusilamiento. En el primero va Matilde. Parecía indescifrable el
hecho de que ella vestía de blanco ese día y que llevaba un
pañuelo blanco. Su imagen se asemejaba a lo que debió ser su
madre Vanesa en días de esplendor. Miras su mano. Ella aprieta
fuertemente el mensaje encriptado. Piensas que quizás lo sacó de
tu bolsillo durante el desmayo. Se forman en una fila y mientras
el capitán va dando las órdenes y los fusileros se preparan, un
centello blanco brota de Matilde robándole el esplendor a la
luna. Los guardias asustados disparan antes de tiempo. La bala
le traspasa la sien. La luna se había apagado. Sabes que tú eres
el próximo. Después de todo el mensaje tenía razón. Matilde lo
era todo. Era el Claro de Luna.
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