México, Distrito Federal I Enero - Febrero 2009 I Año 3 I Número 18 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 

 








 

 

 


 

 Jhoerson Yagmour. Caracas, 1987. Actualmente es estudiante preparador de las cátedras de “Introducción a la literatura” y “Análisis literario” en el Instituto Pedagógico Rafael Alberto Escobar Lara de Maracay, en donde cursa estudios de pregrado en la mención de Lengua y Literatura. Pertenece al taller literario “José Adames” en la UPEL-Maracay.  En el año 2007 fue ganador del Concurso Nacional de Minicuentos “Los desiertos del Ángel” (Maracay) con el texto Espirales. Ha publicado numerosos artículos y textos narrativos en revistas de literatura Venezolana.

 

Ese día Matilde vestía de blanco. Ella no solía hacerlo. Parecía un reflejo inocuo del lamento que la seguía. Su pañuelo blanco alrededor de la cabeza hacía que se pareciera más a su madre. Parece irónico, en el día de su muerte se asemejaba a la causante de todas sus desgracias. Supongo que a todas las de su estirpe les tocaba morir cuando más cerca estaban de poder escaparse. 

Despiertas en un cuarto desconocido. Tu respiración agitada comienza a recobrar su ritmo habitual. Lentamente visualizas aquellas pequeñas cosas que te ayudan a reconocer tu celda. Luego te acuerdas que aunque no es propiamente una celda te atreves a llamarla así, y quizás para que no se apague tu ánimo de escapar. Exacto. Es para recordarte día tras día que debes escapar. Porque si no, te resignas lentamente a esa vida apacible y lenta, a la que cualquiera podría someterse sin mayor problema. Pero esa vida no es para ti. Lo decidiste un tanto antes de conocer a Matilde. Ya en el recinto se percibía un caos inexorable. Pero que más da. Te das cuenta de que todo estaría en la normalidad si hubieses seguido las pautas. Sí, las malditas pautas. 

Matilde. Tu recuerdo es la causa de mi angustia. Tu lamento es tu aroma. Aún recuerdo el paisaje que acostumbrabas simular. Te gustaba fingir que caminabas por entre los robles del parque, que bailabas al aire libre y que no estabas en un húmedo y asqueroso edificio lleno de barrotes y guardias; te gustaba creer que los de afuera no te llamaban desaparecida, sí, que todavía te buscaban, que no admitían tu repentina desaparición. Incluso cuando te azotaban parecía que no te importaba, que seguías siendo libre de pensamiento.       

Afuera, el sistema. Adentro, los que alguna vez pensaron en contra de ese sistema. La nueva gobernación había comenzado con simples cambios, algunos sutiles, otros un poco polémicos. Al principio acusaban a los nuevos dirigentes de tiranos. En ese entonces parecía una locura llamarlos así, una exageración. Pero los más paranoicos no se equivocaron. La libertad fue desbocándose lentamente por una empinada, y los intentos por quebrar el descenso fueron tan inútiles que al pasar el tiempo fueron suprimidos por quienes nos obligan a estar aquí. Ahora hay un solo pensamiento que decide sobre los demás.  

Recuerdo a la madre de Matilde. Cuando llegué a este lugar ella ya estaba moribunda. Su hazaña la había condenado a estar reclusa en este asqueroso lugar. En una pared de las tantas que estaban rayadas con los últimos rasguños de la voluntad humana, estaba escrita, allí se relataba a grandes rasgos, aunque todos los que estábamos fuera para ese entonces la escuchamos en la radio. Durante la transmisión de un acto ceremonial por parte de los nuevos dirigentes, una voz femenina irrumpió burlando a los encargados de seguridad, tomó el micrófono del presentador y los acusó de dictadores, de absolutistas, de maniáticos y de tiranos. Enseguida un corte en la transmisión y el incidente ya parecía olvidado. Matilde no volvió a ver a su madre Vanesa con vida. Había desaparecido. Matilde fue condenada a una estricta vigilancia, y por causa de su madre la obligaron a rendir trabajos forzados. Desde ese entonces comenzó a indagar sobre el paradero de su progenitora. Primero protestaba con las madres en la plaza. Pero eso no fue suficiente. Ella comenzó a indagar más, haciendo preguntas que no debían hacerse, escarbando donde no debía. – Es una desaparecida, deja de buscar, te meterás en problemas- le decían; ella no hacía caso. Tanta fue su indebida búsqueda que algunos años después de que desapareciera su madre, durante la noche mientras Matilde dormía, la policía secreta irrumpió en su casa, y después de darle una fuerte paliza la trajeron a este lugar. Sólo un día antes de su llegada al recinto habían fusilado a su madre. En ese entonces en la pared de la que era mi celda –las paredes eran el único medio de comunicación, no permitían el habla entre los reclusos-  se encontraban letras rasguñadas que representaban una especie de escrito en códice que estaban dirigidos a una tal Matilde. Supongo que en este hoyo (no es propiamente una celda) había vivido su madre antes del fusilamiento, y que ésta lo había colocado allí para ella. 

Cuando llegó Matilde cambiaron las cosas. A pesar de la persecución, su ánimo parecía mantenerse intacto. Al principio quise hablarle, sólo para recordar un fugaz intento de cortejo hacia las mujeres, para tratar de recobrar alguna ilusión. Pensé que si quizás quebrantaba alguna regla y salía airoso podía encender mi ánimo para llevar a cabo mi plan de escape.  Recuerdo que uno de esos tantos martes donde los guardias debían sacar a los prisioneros a recibir un poco de sol, ella se encontraba cerca del lugar que suelo frecuentar. Aún me asombro ante su imagen, ese día, ella practicaba una especie de vals, danzaba lentamente con las manos en postura, giraba y se deslizaba; al igual que el caminar sobre un lago en invierno, la punta de los dedos descalzos rozaban y ondulaban el lago mientras ella, a la par de la música danzaba conmigo sobre ese lago, ambos vestíamos de etiqueta y flotábamos a la perfección sobre las aguas pacíficas, el cielo era nuestro reflejo en el río, las nubes no eran más que las ondas generadas por nuestros pies, Matilde no era nada más que un dibujo a blanco y negro que salpicaba colores hacia todas partes, no era más que la triste ilusión de permanecer alegre.  

Entonces decidí hablarle. Noté que el guardia se hallaba un poco lejos, así que me apresuré. Cuando estuve cerca, le hice señas, pero ella no interrumpió su baile.  

-¿Cómo te llamas?- pregunté 

-Matilde- contestó sin detenerse. Yo sabía en ese momento que jamás olvidaría ese nombre. Lentamente fui cayendo en cuenta de que las notas encriptadas en la pared de mi celda estaban dirigidas a ella. “Para Matilde”, decía lo único que podía entender. Quise cerciorarme. 

-¿Tú eres la hija de Vanesa…? – pregunté. 

Apenas dije estas palabras cuando Matilde se detuvo en seco, sin bajar los brazos que sostenían a su invisible compañero de baile. Lágrimas que me confirmaron que la respuesta era que sí, comenzaron a salir a torrentes de sus pequeños ojos, tal y como si el lago donde soñábamos bailar hubiese sido creado en ese instante por ella. Esa figura tan delgada y esbelta se venía abajo ante mis palabras; casi se desmorona como alguna antigua estatua legendaria, por pedazos y lentamente. Lo que la sostenía en pie era su afán por saber algo sobre su madre. 

-¡¿La conoces? Ella estaba aquí ¿verdad?! ¿A dónde se la han llevado? 

En ese momento te das cuenta de que no es fácil. Te percatas que el mundo afuera sigue su curso, aunque en el aislamiento parezca no ser así. Develas el tiempo paralelo, el cual arrastra a ambos mundos por igual: a los que viven al margen constante de él, y a los que parecieran congelados en una especie de semicírculo que flota a distancia del mundo común, te ves a ti mismo allí, imaginando de lejos a la gente siguiendo con sus quehaceres cotidianos, obligados a pensar siempre igual, visualizas al mundo completo tratando de entender(se). Y cuando miras atrás, ves a tu figura encorvada en la celda, ves a Matilde y a todos los que alguna vez quisieron ser libres, los ves a todos ellos siendo devorados por otra clase de tiempo aun más maligno que el normal, el cual no se resiste a pasar fugazmente, sino que te punza constantemente recordándote su lento paso y tu lento y lejano fin. Para la gente normal nosotros no existimos. Para ellos es un tabú mencionarnos. Los desaparecidos. Así nos llaman. 

Pero no hay más tiempo para pensar. Un garrotazo te recuerda que no debes violar las pautas, que no debiste hablarle, que no debes pensar. Pero el sufrimiento de Matilde es contagioso. Entre un golpe y otro logras decirle que sí, que su madre había estado prisionera allí, pero que la fusilaron un día antes de que… tu cuerpo se desvanece. Caes en el fango. Mientras te arrastran logras ver que a ella la llevan jalada por los cabellos a la sala de tortura.  

Despiertas. Lentamente visualizas aquellas pequeñas cosas que te ayudan a reconocer tu celda (si es que puedes llamarla así). En la pared, debajo de la nota dirigida a Matilde escribes “RUN AWAY”. Exacto. Es para recordarte día tras día que debes escapar. Tus órganos empiezan a despertarse paulatinamente. Los dolores usuales siguen estando allí. Rápidamente vuelves a pensar en Matilde, y te preguntas si por tu culpa estará ella padeciendo alguna tortura. La excitación del momento en el que te ves a ti mismo señalándote que estás en medio del fulgor de la ruptura de alguna de las pautas se ve desintegrada ante los garrotes y el olor a orina rancia de la celda. Pero recuerda, debes escapar. La docilidad es la mejor manera de planear el escape, si vuelves a violar más pautas los guardias empezarán a tenerte siempre vigilado y eso no es lo que te conviene. Es mejor que sigas pasando desapercibido, para que así cuando te vayas nadie note tu ausencia. Te deseo la mejor de las suertes Matilde. Cumplí ya con decirte que tu madre estuvo alguna vez reclusa aquí.  

Ya han pasado algunas semanas. Tu buen comportamiento hace que puedas salir al sol los martes, como era de costumbre antes del castigo. Caminas, hueles el fresco olor a desperdicios, recibes un poco de sol, y entonces sucede lo que no hubieras querido: ves a Matilde. Ya no tiene sus negros y hermosos cabellos, la cabeza rapada la hacía asemejarse más a las otras pocas mujeres del calabozo. La observas mientras, con una persistencia irracional, simula estar en un bosque lleno de muchos árboles, danzando con el aire y diciéndote con la mirada que la acompañes. Tú comienzas a caminar furtivamente entre los altos troncos y ella juega a esconderse en la espesura del bosque, tú juegas a atraparla y caes sobre ella en medio de cosquillas y risas para luego irse juntos a observar el lago, allí reanudan el vals pendiente desde la última ocasión, y juntos comienzan a crear bifurcaciones en las corrientes de la vida para juguetear al lado de las gotas que se desprenden desde el lago hacia arriba, y que llenan de satisfacción a los dos mientras bailan.  

Mientras sigues mirando, decides que cueste lo que cueste, debes de darle la nota en códice a Matilde. Involuntariamente comienzas a caminar en su dirección, como un imán, mientras piensas lo que le vas a decir para invitarla a bailar, pero un guardia se interpone en tu camino y tú simulas cambiar de rumbo y continuar con tu paseo. Reflexionas y no encuentras un motivo racional para explicar el porqué habías comenzado a caminar en su dirección. Ríes tímidamente burlándote de ti mismo, ya que ni siquiera tenías la nota. Te alejas con cierta prudencia, y cuando en tu huida la miras de reojo, algunos destellos blancos enceguecen un poco tu visión. 

Pasan los días. Sientes al espíritu desvanecerse. Sientes que encorvado en ese hoyo donde duermes nada podría sonar más disparatado que tener que cortarte a ti mismo. Con una piedra afilada tajas lentamente tu dedo, y cuando ya la tinta comienza a salir delineas el mensaje escrito por la madre de Matilde en un pedazo de tela que arrancaste de tu pantalón.  

Es viernes. Cuentas con ansias los días que faltan para entregarle la nota a Matilde. Vuelves a secar la sangre que sigue saliendo de tu dedo. Recuerdas cuando tu madre explicaba que nunca coagulabas bien, y se preocupaba por cualquier cortada mínima. Recuerdas tu vecindario. Ves evanescentes caras de amigos y conocidos que desde hace un par de años deben darte por muerto. Vislumbras una noche agitada con luna llena. 

Martes. La emoción solapada. La temeridad de violar las pautas. La poca adrenalina que corre por tu cuerpo te recuerda tiempos antiguos. Sales. Recibes el sol. Ves a Matilde. Tratas de acercarte. Te alejas. Sudas. Intentas leer la nota. Caminas de un lado a otro. Secas la sangre que sigue saliendo de tu dedo. No terminas de tomar una decisión. 

De súbito, en medio de tu indecisión, oyes la alarma. Los reos aprovecharon la salida al sol para engendrar el caos. Los guardias estaban siendo atacados por los reclusos. Ya un par de oficiales se encontraban sin vida en el fango mientras los prisioneros utilizaban sus rifles. El sistema de sonido anunciaba la alerta. La confusión era absoluta. Casi todos los incautos se habían sublevado y ahora atacaban. Tú, al ver que la mayoría de los guardias se concentran en parar el ataque te das cuenta de que la reja no tiene vigilancia. Corres hacia ella, logras abrirla y allí la tienes. La libertad esperándote al otro lado del muro. La salida hacia otra cárcel.  

Pasas el primer cerco y sabes que con un par de metros más puedes emprender tu vago camino en lo que sea que quede del mundo afuera. Una última mirada atrás, mientras saboreas el éxito en los últimos instantes de tu huida te hace detenerte en seco. Ves a Matilde mirándote fijamente desde adentro. Dudas, preguntas, emociones. No te das cuenta y cuando reaccionas estás ya adentro de nuevo sujetándola por la mano. Le distes la mano que no sangra, la otra está constantemente húmeda. Corren unos pocos metros y ella desfallece. Tú al principio no entiendes, pero luego ves los latigazos frescos que aún se marcan en su espalda. La cargas y sigues en tu afanosa salida; primera reja, segunda, falta el portón final. Llegas con ella en brazos, ves que está abierto, un camión entraba mientras se formó la revuelta, puedes montarla, y tú conducir hacia otro mundo distinto pero igual, sales, vas llegando al camión… 

…todo comienza a descolorarse, las piernas te fallan, sientes que el cuerpo se apaga, caen en el asfalto. Has perdido demasiada sangre. 

Ante la luna llena despiertas. Estás entre el segundo lote de fusilamiento. En el primero va Matilde. Parecía indescifrable el hecho de que ella vestía de blanco ese día y que llevaba un pañuelo blanco. Su imagen se asemejaba a lo que debió ser su madre Vanesa en días de esplendor. Miras su mano. Ella aprieta fuertemente el mensaje encriptado. Piensas que quizás lo sacó de tu bolsillo durante el desmayo. Se forman en una fila y mientras el capitán va dando las órdenes y los fusileros se preparan, un centello blanco brota de Matilde robándole el esplendor a la luna. Los guardias asustados disparan antes de tiempo. La bala le traspasa la sien. La luna se había apagado. Sabes que tú eres el próximo. Después de todo el mensaje tenía razón. Matilde lo era todo. Era el Claro de Luna.

   

 

 

destiempos.com  I  Año 3 I  Número 18 I  2009 ©

volver al índice  

Copyright 2006-2009- destiempos.com - All Rights Reserved -