La serpiente de tierra se arrastraba por la empinada loma
dejando una estela de muscínea a sus orillas. Le ladeaban
pequeños ecosistemas vegetales compuestos de arbustos, flores y
helechos. Cinco chopos cundidos de enredaderas se levantaban al
pie del camino. Sus texturas eran de un marrón veteado y en sus
tobillos crecía el musgo sempiterno que bordeaba, igualmente,
las alfombras de barro en el camino. Las hojas, a los pies de
aquellos monstruos de bosque, tenían el semblante rojizo y
ceniciento de la muerte. Allí, amontonadas, las pilas de ruina
vegetal, hoy desaparecidas, remembraban su verdor, borrado por
el tiempo inclemente.
Aquel paisaje nunca develaría su secreto. Su aspecto agradable
borraba cualquier idea aberrante de la mente de quien lo
observara. Pero allí, entre las enredaderas y los troncos, bajo
el barro húmedo y pastoso se leían los vestigios de una leyenda,
de una horrible desgracia familiar. Aquella cruz simétrica se
levantaba cubierta de vegetación a un costado de la vía natural.
Nadie sabía de aquella historia, sólo los árboles que vieron el
fúnebre episodio. Sus hojas se estremecieron ante el espectáculo
vil. Sólo ellos, el camino y sus sombras, conocen la verdad de
mi pasado sangriento, de mi malsano secreto, de mi obsesión
escondida, sembrada en el bosque lejano y enterrada para siempre
en el olvido.
Por entonces vivíamos en un pequeño arrabal en las afueras de
la ciudad. Nos sosteníamos de la conducción de transporte
pesado. Mi hermano Ramón sustituyó a mi padre tras su deceso. Mi
viejo murió de un infarto fulminante mientras hacía labores de
mecánica en el garaje de Don Pedro. Al recibir la noticia, Ramón
tomó los ahorros escondidos de papá y dispuso del rumbo de
nuestras cuentas y vidas. Mi madre, reducida a la senectud se
entretenía tejiendo y haciendo incursiones esperanzadas en la
tómbola de la lotería. Una mañana la encontré muerta con un
billete en la mano. El azar quiso tendernos una trampa. Mi madre
no soportó la emoción de ver el final de veinte años de
disciplinada compra de billetes. Al fin había cobrado vida el
sueño de aquellos papeles de la fortuna.
Yo la encontré sin vida, en su mecedora. El radio estaba aún
encendido, y su rostro tenía grabadas las señales de la euforia.
Tomé el billete y le cerré los ojos con dos dedos. No lloré. Ya
había vivido bastante como para derramarle lágrimas. Comprobé
que se trataba del número ganador y llamé a Ramón para reunirnos
en un bosque cercano, a repartir el dinero.
Luis, mi hermano menor, se hizo mi cómplice con la seguridad de
que dividiríamos en dos aquella suma millonaria. Juntos fuimos a
cambiar el billete. Subimos al camión. La valija se hacia
pesada, pero nuestra satisfacción era mucha. Mi pérfida
pretensión se dibujaba tenebrosa, en la ruta hacia el bosque.
Tuve miedo. Luis no titubeó, asió un cuchillo y lo introdujo en
la guantera. Yo le miraba el rostro, lo cubría una extraña
apariencia. Algo macabro había en su mirada. Su aura,
descompuesta, reflejaba el estado aberrado que le afectaba. Me
temblaron las carnes.
Al encontrar a Ramón, en aquel camino desierto y hermoso, nos
subieron los humores. Él esperaba impacientemente con los mismos
planes nuestros. No sé cómo puede la ambición por el dinero
deformar en esas magnitudes. Luis se desmontó con rapidez, el
puñal en la mano. Ramón me midió buscando el tiro perfecto,
aferrado a su revolver. Sin darle tiempo, el menor se abalanzó
contra él. Gritaba iracundo. Le sembró el cuchillo en el costado
izquierdo. Al tiempo, un disparo tronaba estrepitoso. El eco se
repitió dos veces. Ambos cayeron uno sobre el otro. Abrazados,
hermanados por la avaricia, por el apetito egoísta, se unieron
en la muerte. Yo, doliente y testigo, cómplice de aquellos
hechos, busqué la manera de no dejar rastro de lo ocurrido.
Escondí el dinero unos treinta pasos adelante, en una gruta al
fondo del camino. La pala y el pico que guardaba en el camión me
sirvieron de mucho. Luego de cavar y enterrarles, pude hacer con
los cortes de la madera una cruz perfecta. Unos cazadores
encontraron los cuerpos. Aludidos por el hedor denunciaron a la
policía.
Hoy hace veinte años de aquel hecho, acabo de cumplir condena.
He venido al camino a recordar aquella tragedia, a buscar el
dinero. Me adentré a la masa boscosa, anduve el camino, y aquí,
en la cueva, encontré la valija. Al extraerla me he llevado una
espantosa sorpresa. En el interior sólo encontré mi parte.
¿Quién extraería sólo dos tercios del premio? ¿Qué harían dos
difuntos con tanto dinero? A lo mejor los fantasmas prosiguen
sus mundanas aficiones desde el más allá. Me doy por muerto.