México, Distrito Federal I Enero - Febrero 2009 I Año 3 I Número 18 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

 


 

José Carlos Nazario. Escritor dominicano (Santo Domingo, 1985). Ha cursado estudios de derecho y política y ha participado en diversas agrupaciones sociales, estudiantiles y culturales. Redacta la columna “Dimensión Ética” del diario Clave Digital donde difunde ideas reflejando su compromiso crítico con una nueva visión de ciudadanía. Ganador del premio Estrella de la Juventud Dominicana. Obtuvo el Primer Lugar en el Concurso de Ensayo Histórico sobre la Constitución Dominicana, organizado por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (2003). Ha publicado de manera alternativa Morada de locos, una selección de microrrelatos Publicó también el cuento El regalo en la revista venezolana Letralia.

 

La serpiente de tierra se arrastraba por la empinada loma dejando una estela de muscínea a sus orillas. Le ladeaban pequeños ecosistemas vegetales compuestos de arbustos, flores y helechos. Cinco chopos cundidos de enredaderas se levantaban al pie del camino. Sus texturas eran de un marrón veteado y en sus tobillos crecía el musgo sempiterno que bordeaba, igualmente, las alfombras de barro en el camino. Las hojas, a los pies de aquellos monstruos de bosque, tenían el semblante rojizo y ceniciento de la muerte. Allí, amontonadas, las pilas de ruina vegetal, hoy desaparecidas, remembraban su verdor, borrado por el tiempo inclemente.

 Aquel paisaje nunca develaría su secreto. Su aspecto agradable borraba cualquier idea aberrante de la mente de quien lo observara. Pero allí, entre las enredaderas y los troncos, bajo el barro húmedo y pastoso se leían los vestigios de una leyenda, de una horrible desgracia familiar. Aquella cruz simétrica se levantaba cubierta de vegetación a un costado de la vía natural. Nadie sabía de aquella historia, sólo los árboles que vieron el fúnebre episodio. Sus hojas se estremecieron ante el espectáculo vil. Sólo ellos, el camino y sus sombras, conocen la verdad de mi pasado sangriento, de mi malsano secreto, de mi obsesión escondida, sembrada en el bosque lejano y enterrada para siempre en el olvido.

 Por entonces vivíamos en un pequeño arrabal en las afueras de la ciudad. Nos sosteníamos de la conducción de transporte pesado. Mi hermano Ramón sustituyó a mi padre tras su deceso. Mi viejo murió de un infarto fulminante mientras hacía labores de mecánica en el garaje de Don Pedro. Al recibir la noticia, Ramón tomó los ahorros escondidos de papá y dispuso del rumbo de nuestras cuentas y vidas. Mi madre, reducida a la senectud se entretenía tejiendo y haciendo incursiones esperanzadas en la tómbola de la lotería. Una mañana la encontré muerta con un billete en la mano. El azar quiso tendernos una trampa. Mi madre no soportó la emoción de ver el final de veinte años de disciplinada compra de billetes. Al fin había cobrado vida el sueño de aquellos papeles de la fortuna.

 Yo la encontré sin vida, en su mecedora. El radio estaba aún encendido, y su rostro tenía grabadas las señales de la euforia. Tomé el billete y le cerré los ojos con dos dedos. No lloré. Ya había vivido bastante como para derramarle lágrimas. Comprobé que se trataba del número ganador y llamé a Ramón para reunirnos en un bosque cercano, a repartir el dinero.

 Luis, mi hermano menor, se hizo mi cómplice con la seguridad de que dividiríamos en dos aquella suma millonaria. Juntos fuimos a cambiar el billete. Subimos al camión. La valija se hacia pesada, pero nuestra satisfacción era mucha. Mi pérfida pretensión se dibujaba tenebrosa, en la ruta hacia el bosque. Tuve miedo. Luis no titubeó, asió un cuchillo y lo introdujo en la guantera. Yo le miraba el rostro, lo cubría una extraña apariencia. Algo macabro había en su mirada. Su aura, descompuesta, reflejaba el estado aberrado que le afectaba. Me temblaron las carnes.

 Al encontrar a Ramón, en aquel camino desierto y hermoso, nos subieron los humores. Él esperaba impacientemente con los mismos planes nuestros. No sé cómo puede la ambición por el dinero deformar en esas magnitudes. Luis se desmontó con rapidez, el puñal en la mano. Ramón me midió buscando el tiro perfecto, aferrado a su revolver. Sin darle tiempo, el menor se abalanzó contra él. Gritaba iracundo. Le sembró el cuchillo en el costado izquierdo. Al tiempo, un disparo tronaba estrepitoso. El eco se repitió dos veces. Ambos cayeron uno sobre el otro. Abrazados, hermanados por la avaricia, por el apetito egoísta, se unieron en la muerte. Yo, doliente y testigo, cómplice de aquellos hechos, busqué la manera de no dejar rastro de lo ocurrido. Escondí el dinero unos treinta pasos adelante, en una gruta al fondo del camino. La pala y el pico que guardaba en el camión me sirvieron de mucho. Luego de cavar y enterrarles, pude hacer con los cortes de la madera una cruz perfecta. Unos cazadores encontraron los cuerpos. Aludidos por el hedor denunciaron a la policía.

 Hoy hace veinte años de aquel hecho, acabo de cumplir condena. He venido al camino a recordar aquella tragedia, a buscar el dinero. Me adentré a la masa boscosa, anduve el camino, y aquí, en la cueva, encontré la valija. Al extraerla me he llevado una espantosa sorpresa. En el interior sólo encontré mi parte. ¿Quién extraería sólo dos tercios del premio? ¿Qué harían dos difuntos con tanto dinero? A lo mejor los fantasmas prosiguen sus mundanas aficiones desde el más allá. Me doy por muerto.

 

 

   

 

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