México, Distrito Federal I Enero- Febrero  2009 I Año 3 I Número 18 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 

 








 

 

 

El crucigrama, simple pasatiempo de Agustina Londoño o artífice literario

 del narrador de Delirio de Laura Restrepo

 

 Laura Beatriz Uzcátegui, nace en Mérida- Venezuela, en 1986. Es egresada de la Universidad de Los Andes como Licenciada en Letras, Mención: Lengua y literatura hispanoamericana y venezolana. Actualmente, imparte la cátedra de Literatura Infantil en la misma facultad. 

 

Delirio, novela de Laura Restrepo, premio Alfaguara 2004, es para José Saramago la “expresión de todo lo que Colombia tiene de fascinante, e incluso de terriblemente fascinante”. Su historia es reseñada en la contraportada de la edición 2007 de la siguiente manera:

Historia de un hombre que regresa a casa después de un corto viaje de negocios y encuentra que su esposa ha enloquecido completamente. No tiene idea de qué le pudo haber ocurrido durante los tres días de su ausencia, y con el fin de ayudarla a salir de la crisis empieza a investigar, sólo para descubrir lo poco que sabe sobre las profundas perturbaciones escondidas en el pasado de la mujer que ama. (Restrepo, 2007)

 

Tras esta historia, bien escrita e indizada en un contexto de la historia convulsiva de Colombia, se esconde un narrador cuyo grado de audibilidad es mínimo pero preciso y constante. Según Seymour Chatman en su libro Historia y discurso, el narrador “no representado” o mínimamente representado puede aparecen en la historia de dos maneras. La primera, expresando “el habla o pensamiento de un personaje en forma indirecta” (1990: 212), es decir, mediante una narración elidida, como un “intérprete” que expone lo que el personaje dijo, contó, pensó o sintió. La segunda, como un ente externo, absolutamente objetivo, que sólo hace el papel de transcriptor de un diario, una epístola, etc., que “no registra nada fuera del habla o pensamientos verbalizados de los personajes”, y por tanto, “no puede saber cómo van a terminar las cosas, ni puede saber si algo es o no importante, sólo puede relatar el pasado de la historia, no el futuro, sólo puede tener temores o hacer predicciones.” (Ibíd.: 183). De esta última modalidad de narrador, se genera, principalmente, el suspense, de “la curiosidad [del lector] por saber si sus esperanzas o sus temores se van a materializar”. (Ibíd.: 183).

El suspense, por su parte, está relacionado con la sorpresa y ambos pueden estar presentes conjuntamente dentro de una historia. Para Sylvan Barnet, Morton Berman y William Burto, el suspense “es la incertidumbre en el nudo caracterizado por la ansiedad. [que] se consigue en parte presagiado, con alusiones a lo que va a pasar. [y] está relacionado con la ironía trágica. El personaje trágico se va acercando más y más a su destino y, aunque a él le sorprenda, a nosotros no.” (cit. por Chatman, 1990: p. 62). Sin embargo, para Chatman, no se puede hablar de la “incertidumbre” en el lector si el destino del personaje “no sorprende”.  La incertidumbre debe estar, al menos parcialmente. El final puede saberse mas no “los medios” para llegar a éste. Señala Alfred Hitchcock, citado por Chatman, que “la técnica del Whodunit […] difumina y desenfoca el suspense”. (Ibíd.: 62) No en cambio cuando el espectador conoce de entrada quien es el “asesino”. Ahí “es posible acumular una tensión casi insoportable en una obra de teatro o una película”. (Ibíd.: 63).

En Delirio “el suspense se mantiene hasta un final esperanzador que cierra una novela construida, mejor contada y brillantemente desarrollada”. (Restrepo, 2007: contraportada). Este elemento, tan comúnmente presente en toda buena obra literaria y cinematográfica, aparece bajo el patrón explicado por Hitchocock y Chatman. La historia se inicia con la presentación de los personajes fundamentales: Aguilar y Agustina, marido y mujer, situados de manera particular en un sitio y un momento determinados. Esto sugiere el evento crucial que supone una ruptura en el desarrollo “natural” de sus vidas cotidianas. La locura de Agustina, se anuncia desde el primer párrafo cuando el narrador señala lo que dijo Aguilar al ver a su mujer sentada frente a la ventana del hotel Wellington:

Supe que había sucedido algo irreparable en el momento en que un hombre me abrió la puerta de esa habitación de hotel y vi a mi mujer sentada al fondo, mirando por la ventana de muy extraña manera. Fue a mi regreso de un viaje corto, sólo cuatro días por cosas de trabajo, dice Aguilar, y asegura que al partir la dejó bien, Cuando me fui no le pasaba nada raro, o al menos nada fuera de lo habitual, ciertamente nada que anunciara lo que iba a sucederle durante mi ausencia, salvo sus propias premoniciones, claro está (…) (Ibíd.: 11)

 

Con este comienzo, aparentemente tradicional, se ofrece al lector la médula de la historia. Resta a él trazar el esquema del plano y llenar los vacíos para poder averiguar el significado del complicado crucigrama que es la novela. No en vano tanto el Midas McAlister como Aguilar mencionan que llenar crucigramas es la actividad favorita de Agustina.

La imagen de este pasatiempo proyecta la estructura fragmentaria de la obra, desconcertante para el lector por el tipo de narrador “oculto” que maneja y ordena de forma libre y pura los diferentes discursos de los personajes que, organizados y separados como si de cuatro historias diferentes unidas en algún punto se tratase, envuelven al lector. Estos discursos son presentados indirectamente por el narrador como actos de habla o registros de pensamiento, de la que destacan el monólogo dramático y la corriente de consciencia.

El monólogo dramático “tiene como regla general que un personaje habla [en presente] con otro personaje, que está callado” (Chatman, 1990: 186). Por tanto se puede decir que la conversación entre el Midas McAlister y Agustina, es un monólogo dramático en el que “la historia está en habla directa libre del personaje” sin traspasar el límite de la narración ni irrumpir en el ámbito del narrador. Un ejemplo de esto puede observarse en la siguiente cita:

Fue una vuelta de tuerca la que me llevó de la gloria a la caída, trata de convencer el Midas McAlister a Agustina. Empezó con un va y viene de chismes y secretos por los salones, los vestieres y los baños del Aerobic’s, uno de esos complots que se van hinchando bajo tierra hasta que hacen erupción y vuela mierda al zarzo, y yo sospecho que el detonante fue una tal Alexandra, que tiene un físico de diosa y un ánimo muy destemplado, pero no sé, en realidad no estoy seguro de que haya sido ella (…) (Restrepo, 2007: 257).

 

Este monólogo del personaje se mantiene a lo largo de toda la novela y a la par de los otros discursos hasta que ya al final el lector toma consciencia del tiempo en que esta conversación se produce y entiende que es posterior al discurso de Aguilar y de Agustina, pues esta última es la única persona que conoce su paradero y dónde se encuentra la casa de su madre, sitio en donde se entrevistan ambos después de que Agustina se mejora relativamente:

Me he convertido en un oso de hibernación perpetua, en un estilista encaramado en lo alto de su columna, un monje tibetano recluido cien años en una ermita, un San Francisco de Asís; apuesto a que te sorprende, mi niña hermosa, ver a tu amigo Midas transformado en filósofo de pacotilla, en resignado poeta del fin de los tiempos, amén. Sólo tú, Agustina chiquita, entre toda la gente del orbe sólo tú sabías que si yo había desaparecido sin dejar huella, era aquí donde me podrías encontrar, y has venido a que te cuente qué fue lo que te pasó aquel sábado fatídico, y como tienes derecho a saberlo pues ya está, te he mostrado sin tapujos mi tajada del pastel, supongo que ahora serán otros los que tengan que revelarte el resto, mi linda niña clarividente y ciega a la vez. (Ibíd.: 369)

 

Por su parte, la corriente de consciencia o asociación libre, “la ordenación a azar de pensamientos e impresiones”, va más allá de la sintaxis. Es “el método narrativo por medio del cual el autor intenta hacer una cita directa de la mente, no sólo en la esfera del lenguaje sino de toda la consciencia” (Cit. por Chatman, 1990: 200). Con base en esto, añade Chatman que la corriente de consciencia “no sólo incluye el registro de los pensamientos verbalizados (…) sino también el de las impresiones de los sentidos que se producen pero no son formuladas en palabras por la mente del personaje ni tampoco son producto de un análisis del narrador” (Ibíd.: 200). Esta forma de registro del pensamiento aparece sobre todo en el discursos de Agustina. Esto puede ilustrarse con el siguiente extracto:

Sí, padre, yo renuncio a ellos, por ti yo renuncio a los que han sido y a los que vengan, uno por uno y todos al tiempo, si tú me esperas despierto y al llegar me miras con el terrible interrogante en los ojos, que quieren estar seguros de que yo no hice aquello en el automóvil, y yo le juro al padre que no hice nada pero sé cómo decírselo para sembrarle adentro esa duda que lo mata, la verdad es que en el cine lo hice pero sólo un poco y lo hice por ti, padre, para mantenerte desvelado y en vilo, por fin supe comprender cómo ejercer mis poderes sobre el padre, No sé si habrá sido tu amor el que conquisté entre los automóviles de mis mil y un novios, padre, no sé si habrá sido tu amor o si habrá sido sólo tu castigo. (Restrepo, 2007: 242)

 

Estos medios artificiosos junto a las elipsis y analepsis que constantemente se incluyen en el tiempo de la historia son los medios usados por el narrador para mantener el suspenso. Sólo al final de la lectura de los cuatro discursos que conforman la obra,  una vez armadas las piezas y leídas a lo “vertical y horizontal” se puede deducir el significado de la historia principal y averiguar el porqué de la locura de Agustina, comprender el final de la obra y dar por entendido que siendo dicho narrador de naturaleza oculta, su discurso e ideas pueden fácilmente estar escondidas detrás de las versiones de la historia contadas por Aguilar, por el Midas MacAlister, por la Tía Sofi, por la misma Agustina que delira y por la lectura de los diarios de los abuelos Portulinus y Blanca hecha e interpretada por Aguilar. El lector asiste entonces a la reconstrucción de la historia de la familia Londoño, desde su inicio hasta su destrucción, descubre sus métodos para mantener el poder y la riqueza, entiende la naturaleza de sus relaciones con la sociedad conservadora bogotana. Es testigo de la desmitificación de la imagen del padre por parte de la hija y reconoce el génesis de su delirio en la locura del abuelo Portulinus, con quien comparte su fijación por el agua que corre y disuelve las sustancias, sus experiencias oníricas que transgreden su frontera inconsciente y se confunden con su realidad consciente. Así llega este lector a concluir que la historia ofrecida por el narrador está llena de especulaciones, de malos recuerdos, de imágenes transfiguradas por el tiempo, de personajes enmascarados y aparentes rodeados de un aire de locura, corrupción engavetada y vaticinio, por tanto, no es verdadera porque sus versiones de los hechos no son del todo fidedignas. En este orden de ideas cobra sentido el epígrafe o sentencia que introduce a la novela de Laura Restrepo, el mismo que se ha usado para iniciar este corto ensayo.    

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

Chatman, Seymour. (1990). Historia y discurso. La estructura narrativa en la novela y en el cine. Madrid: Taurus Humanidades.

Restrepo, Laura. (2007). Delirio. Buenos Aires: Alfaguara. 

 

 

 

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