México, Distrito Federal I Enero- Febrero  2009 I Año 3 I Número 18 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 

 








 

 

 

COMENTARIOS  A LA CARTA A LOS PISONES DE HORACIO

A los hijos del Cónsul romano Lucio Pisón

Según la traducción de don Tomás de Iriarte

 

Leopoldo de Quevedo. Escritor colombiano. Abogado egresado de la Universidad Libre  de Cali y Magíster en Docencia Universitaria por la Universidad del Valle. Ha publicado Confesiones de un cura casado (Corredor, 1999), los poemarios Versos sacros y profanos (Artes Gráficas del Valle, Cali, 2005), Cotidianidad en Re-verso (Artes Gráficas del Valle; Cali, 2006), Sobre los cuernos del tiempo-ensayos cortos- 2008 y diversos textos en los diarios El Tiempo, El Liberal de Popayán, la Revista Pleniluniode Cali y en las revistas virtuales Letralia, Árbol Invertido,Popayan City, Buque de Papel. Invitado a “La Hora de la Poesía”, Feria del Libro en Bogotá (2005 y 2009), V Festival Internacional de Poesía en Cali, XI Feria del Libro Pacífico,  Museo de Artes Decorativas de Ciego de Ávila, Cuba, 2005 y Primera Feria del Libro, Tinta y Papel, de Palmira, 2007 y Encuentro Internacional de Escritores. Chiquinquirá. 2008.

 

  Horacio me había hablado junto al  oído hace ya 50 años. La carta me la había enviado a través de un mensajero vestido hoy de negro, de seguro. Mi maestro Luis Aloisio Barrera, de Iza, cuando me inició en estilística y  versos en latín, me la entregó en sobre lacrado. Hasta hoy la abro y la encuentro tan fresca como entonces.

 En ella me habla a mí, a los poetas, a los pintores, a los oradores… y al que hace bocadillos o buñuelos y pretende hacer que quien los come no se harte y regodee sus papilas cuando los compre. Al que prepara una receta o arregla un salón de fiesta o maquilla a una actriz o reina o una sonata compone.  O a quien dibuja un barco o diseña la confección de una casaca.

 Porque esa carta es una lección-recomendación para quien toma entre sus manos un asunto para convertirlo en arte. Quienes acometemos ese oficio tendremos la responsabilidad de arrodillarnos ante la masa informe y, - como Aladino – nos concentraremos y prometeremos hacer de nuestro quehacer una obra maestra. Empezaremos con cuidado, le inocularemos alma propia, la miraremos de cerca, luego nos retiraremos a la distancia, le puliremos las aristas y la expondremos en la palestra, por fin, como los campeones el trofeo. 

1.  Horacio dice sabiamente que el discurso o el tallado en la piedra debe estar en armonía con el conjunto. La cabeza, con el cuerpo, la largura de los dedos con la mano entera, la pintura de un animal en el cuadro estar en consonancia de colores y con el paisaje y la dimensión del río... el plumaje de las aves debe rimar con su pico y la finura y agudeza de sus ojos con la gracilidad de su figura toda…(Págs. 1-2)*

 2. El escritor o el músico evitará mezclar en el mismo movimiento lo áspero con lo suave, elogiar por lo mismo a la serpiente que al ave, o asimilar los gestos del tigre con la docilidad de la mansa oveja…(Pág. 3)*

 3. Si usted comienza su trabajo de manera grandiosa, debe cuidar cómo seguirá el resto del camino. No puede pretender sostener una larga perorata con la misma intensidad y querrá terminar en tono menor o aterrizar de barrigazo. Si le encargan pintar un triste naufragio no puede pintar de tabla salvadora una desvencijada y quebradiza…(Pág. 4)*

 4. Cualquier pensamiento debe ser único y sencillo. Procurar que los versos no sean tan prolijos que la inspiración se disuelva en la espesura ni sean tan breves que sean oscuros. Alguien no querrá pulir tanto que le quite el vigor al verso o a la frase o el sabor al caldo que lo hace insípido. Quien en el arte quisiera hacer que un pez volara entre el follaje, evitará el rebuscamiento o en otro peor suplicio caerá sacrificado. Tampoco podrá pintar un rostro de ojos claros, cabello negro y una nariz tosca y fea. (Págs. 5-6)*

 5. Quien escriba lo hará conforme a su ingenio y a sus fuerzas. No debe aspirar a la elocuencia quien no tiene suficiente enjundia. Para llegar lejos o para subir la nota el caminante y el cantante habrán de entrenar músculos y tono, no vayan luego a desmayarse en la carrera o a desafinarse en el do de pecho o en el aria. No todos nacieron para tenores o para competir y coronarse de laurel u olivo en Olimpia.(Pág. 6)*

 6. El que inicia un poema o una canción debe crear expectativa al lector o a los oyentes. Aprovechar unos pensamientos y desechar otros.(Pág. 7)*

 7. Usted puede lícitamente inventar una palabra o formar una de dos…Serán bien admitida si tiene buen origen y si es explícita o evoca algo que se entiende. De lo contrario hará el ridículo y su composición se volverá confusa. La palabra tiene sentido cuando exalta el ánimo y suscita una imagen vívida o cuando crea una sensación que cualquiera la ha sentido o desearía haberla vivido.(Pág. 7)*

 8. La tarea del escritor es hacer vivir y resplandecer el idioma. Despertar unas palabras olvidadas para que revivan. Crear giros, suscitar emociones con ellas, tomar expresiones del vulgo o de la ciencia según el uso lo requiera. Para el arte no hay limitación si el sentido común lo ratifica.(Págs. 7-10)* 

9. Los versos pueden ser iguales o desiguales según el asunto a que se refieran y el ritmo o el paso lo permitan. Unos serán tristes y largos como las penas, otros campantes y rápidos como la guerra y el baile de una fiesta. La escritura, la música o la danza nacen al compás de la historia y nada les es ajeno. El buen gusto, la proporción, la libertad en su ejercicio serán la medida de la belleza. (Pág. 11)* 

10. No se llamará poeta si alguien no sabe distinguir bien los colores. Para eso hay que aprender todos los días y ello no será una afrenta. Lo contario sí lo es: o será un necio escritor o tosco toda la vida. La comedia tolera versos trágicos pero no es una tragedia. Los poemas épicos deben inducir a quien los lee a conmover su ánimo. Llevar tras sí a donde gusten los corazones. Ya sea a reír, o a afligirse. El escritor debe primero a si mismo lamentarse o solazarse, para que el dolor a alguien lo comparta o haga dar risa o sueño, conservar la entereza, hacer enojar, o poner triste el ceño. Deberá diferenciar el discurso de un dios o de un héroe o un anciano, de un mercader o un citadino o de quien cultiva con el arado el campo. (Págs. 12-18)*  

11. Jamás se atreva quien cultiva el arte a robar la letra o la frase de otro, o su verso o la imagen que de su seso ha brotado. Sólo a su mérito e ingenio pertenece y que viva y goce de la gloria de haberlos procreado. No vaya usted ha medrar con la flor o la canción que nació en el pentagrama o en el jardín ajenos. Si quiere usar su creación y propagarla, cuide de dar el nombre del autor ilustre por anticipado. (Pág. 19)* 

12. Si quiere usted que de un monte nazca una criatura, deberá ser grandiosa como de tal madre. (Pág. 20)* No vaya a resultar que el parto es un ratoncillo, diminuto y colidelgado. A cada ser, minúsculo o monumental, corresponderá su embrión y su engendro. Será mejor empezar un magnífico escrito de manera sencilla y no grandilocuente y, a medida que sigan los versos, ir encendiendo el ánimo en el que lea. Es preferible que aparezca primero el humo que anuncie la lumbre y no mostrar la luz y luego la humareda. 

13. De cada edad o centuria se deben comprender los modales, los vestidos, los humores y caprichos. No actúa lo mismo la niñez, que es variable y pedigüeña de zalamerías y cacahuetes, que la juventud que cambia por barba oscura el incipiente bozo, que vanidades y afeites apetece y a quien da consejos aborrece. Diferente es quien alcanza la edad madura y quien gruñón y quejumbroso se vuelve cuando llega a la ancianidad, pues sólo recuerda la frescura de cuando fue un niño. (Págs. 20-25)  

14. La extensión de una obra debe pensar en los lectores y asistentes al teatro. El discurso habrá de ser proporcionado a la emoción que ofrezca, al tiempo y al número de escenas y de actores que se representen. De lo contrario, poco a poco los espectadores irán desfilando por detrás del foro o el texto se abandonará en el fondo del estante. Horacio compara la obra de arte a un clarinete que, en manos y boca del intérprete, necesita pocos agujeros para producir las melodías de una sinfonía. (Págs. 27-28)  

15. El lenguaje y el tono con que se expresa el arte deberá estar de acuerdo con el objeto que se trata, el contexto en que se exhiba y la intención con que se escriba o se proponga en las tablas, los libros o los lienzos. Sin llegar a la procacidad ni a la dulzarronería, el artista expresará la vida, a veces, con fuertes líneas y colores reteñidos, con palabras recatadas o pulidas, o con figuras grotescas y pondrá en su boca esperpentos y voces del vulgo y excremento. (Págs. 30-31)* 

16. La musicalidad, la cadencia y la armonía deben aparecer en un texto literario o de una pintura o una melodía o de una oración en una ceremonia. Estas cualidades no sólo son propias de la poesía, la ópera y la danza. Los hombres piensan en forma diferente y viven momentos de seriedad, de euforia, de tristeza, de muerte y de victoria. Su discurso cambiará y se matizará según que la bilis, la razón o la tranquilidad lo inspiren. El arte celebrará con grandiosidad por igual la rabia, la muerte, la crueldad, la pasión o la dulzura, la ternura, el amor, el gracejo o el sarcasmo. Para ello podrá insertar en su habla o en sus pinceles trazos suaves, graves, lentos, como la tortuga y el aceite, o andantes, picantes y rápidos como el camello, el huracán o la saeta. El idioma hablado o el pictórico, tienen dentro de sus sílabas y alfabetos sonidos y pliques largos, cortos, enclíticos que le dan flexibilidad, variedad, solemnidad o desaire al pensamiento. (Págs. 35-38)* 

17. Así como los antiguos dramaturgos renovaron vestidos, caras, escenas, y pusieron coros, coturnos y embadurnaron de colores ojos y ojeras, así el artista hoy y siempre deberá revestir con originalidad y nuevo colorido su trabajo. No puede el buen padre repetir la vestimenta de sus hijos ni cantar insensato la misma letanía. (Pág. 39)* 

18. Quien se dedica al arte, como el poeta, estará dispuesto a condenar a la hoguera unos versos o unos bocetos que no resistan ser pulidos ni aseados después de mucho jabón y borrones. Para el aprendiz de artista es más importante llegar a ser genio que artista. Quien no se esfuerza para que su creación quede tersa y pulida ni tendrá un gramo de ingenio ni alcanzará el nombre de artista. No es cuestión de dejarse crecer el cabello o la barba. Por más que un verso suene bien al oído, si no tiene sustancia, se tendrá como fruslería.  (Pág. 41)* 

19. El artista es un aprendiz de arquero. Toma de su carcaj la flecha y si es certero su tiro y su pulso es fino, muchas veces dará en el blanco. Quien lo observe en la tarea, si su empeño alcanza el arte, lo aplaudirá aunque dure todo el día y aunque a veces falle. Como sucede al que toca la lira que se equivoca en la misma cuerda por más que a diario ensaya, hasta el amigo se aburre de oírle su desafino. ¿Cuántas veces ha leído usted el poema 20 del Cantor de Chile? Contésteme si no lo ha aprendido y si no lo repite cuando su amor se aleja. El abogado puede confesar su cobardía de llevar ciertos pleitos al estrado, aunque en otros el triunfo le halaga, pero la poesía no tolera la medianía y es insulto para los dioses soberanos. La duda de que un poema está bien, es buena. Eso amerita guardarlo hasta por nueve años en el vientre. Puede que si en este lapso se corrige, la criatura luego nazca sin defectos. (Págs. 50-53).  

20. Termina Horacio su carta con una larga diatriba sobre los poetastros que no aceptan pulir la obra que construyen. Si los doctos le repiten dos y tres veces que corrijan y el infeliz no vuelve sus pasos y persiste en su yerro, habrá que dejar que en su ceguera se despeñe. Cuando alguien escribe poesía, deberá cuidarse de las adulaciones de los familiares y amigos. Ellos no son piedra de amolar (Págs. 42-43) ni se atreven a dar azotes. Serán los menos indicados para corregir o calificar la altura de versos, los adjetivos de más o la mediocridad de la escritura. La poesía es una reina que no tolera un adminículo que sobre, o una palabra lanzada al azar o un lunar mal colocado que demerite su belleza. Ella sabe que si sale a la escena con defectos le lloverán críticas y se mofarán de su osadía. Y el veredicto de la historia no la contará entre las estrellas del Olimpo. (Págs. 59-65)

 

*"Arte poética" de Horacio, ó "Epístola á los pisones".

/ [Tomás de Iriarte]                                         

 

 

 

 

 

 

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