Cuando llegué a casa por la tarde, nada más
introducir la llave en la cerradura, me di cuenta de
que necesitaba telefonearla. Al atravesar el umbral,
encendí la luz presionando el interruptor que se
encontraba a la izquierda de la entrada. Dejé la
mochila en el suelo y observé el salón. Permanecí
unos instantes quieto. Al rato, me senté en el sofá,
con la mirada abandonada en un punto de la pared
blanca de enfrente, sobre la que estaba clavada la
librería. Me incorporé, agarré el móvil y presioné
las nueve teclas. Oí su voz, su dulce voz. Intenté
convencerme de que esa sería la última vez que la
llamaría.
El tiempo transcurrió velozmente hasta el
momento de su llegada. Cuando abrí la puerta, ella
estaba atusándose el pelo. Su belleza volvió a
conmoverme: el cabello, oscuro y largo, contrastaba
con su tez blanca; sus ojos verdes, de largas y
rizadas pestañas y maquillados de gris hacían juego
con el vestido negro; los labios, de rojo intenso,
mostraban una tímida y sensual sonrisa; sus
mejillas, coloreadas de rosa, le proporcionaban un
aspecto juvenil y travieso; su vestido, ceñido,
mostraba parte de las piernas, estilizadas por unas
medias de red del mismo color.
- ¡Qué frío, Juan!- exclamó.
Instantáneamente, me entregó el abrigo y
el bolso para que los colgara en el perchero. Luego
se descalzó, como solía acostumbrar; depositó las
botas junto al zapatero; y, finalmente, con su
mirada me solicitó las zapatillas, que saqué del
armario. Nada más calzarse, en un impulso, me besó
con vehemencia, de tal manera que me obligó a apoyar
la espalda en la pared. Ella reía: le divertía jugar
conmigo. Allí, en el zaguán, me despojó de cada
prenda y me invitó a desempeñar un nuevo papel esa
noche. Sin embargo, en un principio, no me
concentraba: sólo pensaba en tener la voluntad
suficiente para que esa cita fuera la última, sí, la
última. Mas, mis convicciones se esfumaron con un
movimiento rápido suyo: asió mi cinturón y me lo
echó al cuello; con él en el cuello, tiró de mí para
morderme los labios a la par que me insultaba,
graciosa. Vestida aún, sin soltar el cinturón, se
deslizó varias veces de abajo arriba rozando mi
cuerpo; de esa forma, el vestido, con el movimiento,
mostraba sus caderas intermitentemente.
- Ven, cielo, ven- me susurró en la oreja.
Con los tirones del cinturón, me atraía
hacia el dormitorio. Una vez allí me eché en la
cama, mientras esperaba su reacción. Abrió el
segundo cajón de la mesilla y de él sacó dos cintas
negras, con cada una de las cuales me ató las
muñecas a cada uno de los barrotes del cabecero de
la cama. A continuación, se situó frente a mí y se
desnudó con lentitud: primero se retiró el vestido,
bajo el que no llevaba ropa interior, como había
intuido antes, cuando se frotaba contra mí; luego
hizo ademán de quitarse las medias, sin embargo, en
vez de eso, se las ajustó bien a los muslos. Levantó
la cabeza, se metió un dedo en la boca, rió y,
después, se restregó la mano contra el carmín de los
labios y se manchó las comisuras y las mejillas. Se
hallaba allí, felina, sensual, y, en cambio, a mí me
fascinaba la inocencia de sus ojos, la soledad de su
mirada. Esos ojos me recordaban siempre el primer
día en el que nos acostamos, cuando ella, en esa
noche de luna llena, me pidió que no me enamorase de
ella. No obstante, en esos instantes, que yo
constantemente anhelaba con las ansias del que
espera una eternidad, era consciente de que la
amaba, de que durante la noche adoptaba todos los
personajes que el día me vetaba. Esa era su magia,
su poder: la magia de su saliva, de sus pechos, de
sus uñas, de su sexo. Toda esa magia la desplegaba
conmigo durante esas horas hasta que, sudorosos y
cansados, nos vencía el sueño. Como cada noche,
entonces yo le preguntaba:
- ¿Me dejarás dormir al amanecer entre tus
piernas?
Igual que esa noche, en la que, sobre ella,
descansando mi cuerpo sobre el suyo, miraba sus ojos
y sentía que me convertía en el hombre alado que
deseaba por el día, perdido entre sus pechos,
refugiado en su regazo.
El timbre del despertador, bien entrado ya
el alba, me espabiló. Me volví hacia el lado de la
cama en el que ella solía acostarse. Sabía que no
estaba ya allí, mas siempre la buscaba; me
desplazaba a su sitio; olía las sábanas. Con el
segundo aviso del aparato, me levanté e icé la
persiana. Vi el despertar de la ciudad de la furia,
habitada por seres semejantes a mí, que sueñan por
el día lo que anhelan ser por la noche, pues un
hombre alado prefiere la noche.
Esa mañana, como otras desde hacía meses,
me convencí de que no la llamaría jamás.