México, Distrito Federal I Enero - Febrero 2009 I Año 3 I Número 18 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

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Olivia Vicente Sánchez. Nace en 1979 en Zamora (España), donde cursa la primaria y la secundaria. De su adolescencia destacan su participación en las revistas del instituto y en un grupo de teatro. Estudia la carrera de Filología Hispánica en la Universidad de Salamanca y realiza los Cursos de Doctorado en la misma universidad.Actualmente, imparte clases en un instituto de Secundaria. Compagina esta profesión con la escritura narrativa, poética y divulgativa o ensayística, como reflejan su blog (Mis Letras), su Antología desesperada, sus Historias de encuentros y ausencias, su tesina... Tiene publicado un relato (El secreto) en la revista Letralia

   

Cuando llegué a casa por la tarde, nada más introducir la llave en la cerradura, me di cuenta de que necesitaba telefonearla. Al atravesar el umbral, encendí la luz presionando el interruptor que se encontraba a la izquierda de la entrada. Dejé la mochila en el suelo y observé el salón. Permanecí unos instantes quieto. Al rato, me senté en el sofá, con la mirada abandonada en un punto de la pared blanca de enfrente, sobre la que estaba clavada la librería. Me incorporé, agarré el móvil y presioné las nueve teclas. Oí su voz, su dulce voz. Intenté convencerme de que esa sería la última vez que la llamaría.

          El tiempo transcurrió velozmente hasta el momento de su llegada. Cuando abrí la puerta, ella estaba atusándose el pelo. Su belleza volvió a conmoverme: el cabello, oscuro y largo, contrastaba con su tez blanca; sus ojos verdes, de largas y rizadas pestañas y maquillados de gris hacían juego con el vestido negro; los labios, de rojo intenso, mostraban una tímida y sensual sonrisa; sus mejillas, coloreadas de rosa, le proporcionaban un aspecto juvenil y travieso; su vestido, ceñido, mostraba parte de las piernas, estilizadas por unas medias de red del mismo color.

         - ¡Qué frío, Juan!- exclamó.

          Instantáneamente, me entregó el abrigo y el bolso para que los colgara en el perchero. Luego se descalzó, como solía acostumbrar; depositó las botas junto al zapatero; y, finalmente, con su mirada me solicitó las zapatillas, que saqué del armario. Nada más calzarse, en un impulso, me besó con vehemencia, de tal manera que me obligó a apoyar la espalda en la pared. Ella reía: le divertía jugar conmigo. Allí, en el zaguán, me despojó de cada prenda y me invitó a desempeñar un nuevo papel esa noche. Sin embargo, en un principio, no me concentraba: sólo pensaba en tener la voluntad suficiente para que esa cita fuera la última, sí, la última. Mas, mis convicciones se esfumaron con un movimiento rápido suyo: asió mi cinturón y me lo echó al cuello; con él en el cuello, tiró de mí para morderme los labios a la par que me insultaba, graciosa. Vestida aún, sin soltar el cinturón, se deslizó varias veces de abajo arriba rozando mi cuerpo; de esa forma, el vestido, con el movimiento, mostraba sus caderas intermitentemente.

 

         - Ven, cielo, ven- me susurró en la oreja.

 

         Con los tirones del cinturón, me atraía hacia el dormitorio. Una vez allí me eché en la cama, mientras esperaba su reacción. Abrió el segundo cajón de la mesilla y de él sacó dos cintas negras, con cada una de las cuales me ató las muñecas a cada uno de los barrotes del cabecero de la cama. A continuación, se situó frente a mí y se desnudó con lentitud: primero se retiró el vestido, bajo el que no llevaba ropa interior, como había intuido antes, cuando se frotaba contra mí; luego hizo ademán de quitarse las medias, sin embargo, en vez de eso, se las ajustó bien a los muslos. Levantó la cabeza, se metió un dedo en la boca, rió y, después, se restregó la mano contra el carmín de los labios y se manchó las comisuras y las mejillas. Se hallaba allí, felina, sensual, y, en cambio, a mí me fascinaba la inocencia de sus ojos, la soledad de su mirada. Esos ojos me recordaban siempre el primer día en el que nos acostamos, cuando ella, en esa noche de luna llena, me pidió que no me enamorase de ella. No obstante, en esos instantes, que yo constantemente anhelaba con las ansias del que espera una eternidad, era consciente de que la amaba, de que durante la noche adoptaba todos los personajes que el día me vetaba. Esa era su magia, su poder: la magia de su saliva, de sus pechos, de sus uñas, de su sexo. Toda esa magia la desplegaba conmigo durante esas horas hasta que, sudorosos y cansados, nos vencía el sueño. Como cada noche, entonces yo le preguntaba:

 

         - ¿Me dejarás dormir al amanecer entre tus piernas?

 

         Igual que esa noche, en la que, sobre ella, descansando mi cuerpo sobre el suyo, miraba sus ojos y sentía que me convertía en el hombre alado que deseaba por el día, perdido entre sus pechos, refugiado en su regazo.

 

         El timbre del despertador, bien entrado ya el alba, me espabiló. Me volví hacia el lado de la cama en el que ella solía acostarse. Sabía que no estaba ya allí, mas siempre la buscaba; me desplazaba a su sitio; olía las sábanas. Con el segundo aviso del aparato, me levanté e icé la persiana. Vi el despertar de la ciudad de la furia, habitada por seres semejantes a mí, que sueñan por el día lo que anhelan ser por la noche, pues un hombre alado prefiere la noche.

          Esa mañana, como otras desde hacía meses, me convencí de que no la llamaría jamás.

1 Relato inspirado en la canción La Ciudad de la Furia de Soda Stereo.

 

 

 

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