México, Distrito Federal I Enero - Febrero 2009 I Año 3 I Número 18 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 


 

Teresa Dovalpage: (La Habana, 1966) vive en Estados Unidos y tiene un doctorado en literatura latinoamericana. Ha publicado las novelas A Girl like Che Guevara (2004, Soho Press), Posesas de La Habana (2004, PurePlay Press) y Muerte de un murciano en La Habana (Anagrama, 2006; finalista del premio Herralde). Sus artículos y cuentos han aparecido en Hispanic Magazine, Latina Style, Hispanic Culture Review, Rosebud, Latino Today, El Nuevo Herald,  Revista Baquiana y Replicante, entre otras publicaciones. Su página web es www.dovalpage.com

   

Ramoncito tenía una imaginación increíblemente fecunda. Tan es así, que se las daba de ser el último Romanov vivo. Claro que un Romanov mezclado, amulatado, acubanado. Un zarevich a la criolla, vaya.

No, no se creía descendiente de la princesa Anastasia, pues esto se encontraba ya muy llevado y traído, sino de Alexei Nicolaevich, el hemofílico. Juraba que a su bisabuelo lo había salvado un guardia bolchevique, compadecido de su indefensión, y que el único sobreviviente de la familia real había venido a dar a Cuba en los años veinte, cuando las Vacas Gordas y el alza del azúcar.

Una vez en La Habana, continuaba Ramoncito --que era infatigable en su tema, sobre todo cuando se había tomado antes cuatro tragos de un ron llamado Chispa´e tren--, el desterrado zarevich se enredó con una mulatona. (Supongo que aquélla era la única manera de explicar adecuadamente el tono aceitunado de su piel.) El descendiente de Catalina la Grande murió pocos años después de darle un hijo a la criolla. Este hijo era el padre de Ramoncito, quien le había confesado el secreto a su hijo antes de bajar a la tumba: “Muchacho, tú eres de sangre real.”

Tantas veces le escuché el cuento, meciéndonos los dos en el columbio del portal de mi casa y mirando a un punto impreciso de la pared pintada de azul, que llegué a convencerme de que era cierto.

Cuando terminamos el preuniversitario en 1984 Ramoncito atrapó una beca para estudiar Ingeniería Química en Leningrado. Oigan eso, ingeniería. Cuando todo el mundo sabía que lo que le tiraban a él eran las letras.

--Yo a la ingeniera me la paso por las narices --me confesó Ramoncito antes de irse--, pero ésa es la única manera de volver a la tierra de mis antepasados.
         Aquel asunto me inspiró diversas reflexiones sobre la locura. A primera vista Ramoncito no parecía demasiado crazy. Es decir, daba la impresión de que sólo padecía de la locura normal del resto de la gente, si se exceptuaba el brete del zarevich, claro. Pero obviamente su problema era más profundo, ¿no?

 Tomó el avión, un TU 154, después de uno de aquellos cursos intensivos de ruso en que los estudiantes aprendían a decir spasiva y gracias. Y ya no supe más de él por largo tiempo. Pensábamos los socios del barrio que lo veríamos llegar algún día, como a tantos estudiantes cubanos que se zumbaban a la ex Madre Patria, con una rusa ojiazul y de axilas frondosas colgada del brazo y un chamaco con pelo color de oro falso atrás.

Pero no regresó. Y pasaron los años y pasó el período especial y pasó el Papa Juan Pablo en su papamóvil y pasaron los apagones y pasaron las vidas de los socios que se fueron en balsa. Vidas fotográficas que desfilaban luego, provocando una envidia insoportable, por delante de los ojos hambrientos de los que nos quedamos. Y pasó una tarde un Mercedes negro, impecable y reluciente, de los que usaban dirigentes y turistas. Un Mercedes que se detuvo frente al portal de mi casa, ahora con las paredes desconchadas y en el que del columpio sólo sobrevivía el recuerdo.

Del Mercedes saltó un tipo alto, fuerte, vestido con ropa de marca y de calidad, con un Rolex en la muñeca. Tenía tal aire de señor que me costó trabajo reconocer en él a Ramoncito.

--Pero si hasta te has vuelto blanco, carajo --exclamé cuando se me acercó y me cayó a palmadas en la espalda como en los buenos y viejos tiempos.

Una hora después nos tomábamos unas cervezas en la Bodeguita del Medio (me había invitado él con dólares, se entiende). Ahí no pude contener la curiosidad:

--Coño, Ramoncito, ¿dónde te metiste todo este tiempo?
--Allá en Moscú. Me encontré en medio de la perestroika y na,

que hice zafra.

--¿Y qué, encontraste el tesoro de tu familia? Porque estás boyante, mulato.

Ramoncito quedó en silencio unos momentos.

--La verdad es que nunca encontré las pruebas que buscaba --me confesó, bajando la cabeza--. Todavía estoy convencido de que mi padre tenía razón pero no pude dar con un solo indicio de que Alexei sobreviviera.

--¿Y qué hiciste todos estos años?

--Me puse pal negocio

--¿Qué negocio?

--De todo lo que te puedas imaginar, asere: hoteles, cafetines, puticlubs... lo que apareciera. Hasta con la mafia rusa me enredé. A río revuelto, ganancia de pescadores...Y ahora mira como estoy: no me dejo ahorcar por cien mil euros, ni por doscientos mil. Así que, a lo mejor, tuve suerte de no dar con las pruebas que buscaba, o la gente me habría tomado por un loco y nunca habría llegado a progresar. Pero que no te queden dudas, compadre, yo soy de sangre rusa. Si tú vieras lo bien que me siento allí...

Mientras terminaba la cerveza me quedé pensando que Ramoncito quizá tuviera razón. Cosas más raras se ven en este mundo. Pero si en efecto era ruso, mi socio descendía, me atrevo a asegurarlo, del siberiano Rasputín.

 

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