Ramoncito tenía una imaginación increíblemente
fecunda. Tan es así, que se las daba de ser el
último Romanov vivo. Claro que un Romanov mezclado,
amulatado, acubanado. Un zarevich a la criolla,
vaya.
No, no se creía descendiente de la princesa
Anastasia, pues esto se encontraba ya muy llevado y
traído, sino de Alexei Nicolaevich, el hemofílico.
Juraba que a su bisabuelo lo había salvado un
guardia bolchevique, compadecido de su indefensión,
y que el único sobreviviente de la familia real
había venido a dar a Cuba en los años veinte, cuando
las Vacas Gordas y el alza del azúcar.
Una vez en La Habana, continuaba Ramoncito --que era
infatigable en su tema, sobre todo cuando se había
tomado antes cuatro tragos de un ron llamado
Chispa´e tren--, el desterrado zarevich se enredó
con una mulatona. (Supongo que aquélla era la única
manera de explicar adecuadamente el tono aceitunado
de su piel.) El descendiente de Catalina la Grande
murió pocos años después de darle un hijo a la
criolla. Este hijo era el padre de Ramoncito, quien
le había confesado el secreto a su hijo antes de
bajar a la tumba: “Muchacho, tú eres de sangre
real.”
Tantas veces le escuché el cuento, meciéndonos los
dos en el columbio del portal de mi casa y mirando a
un punto impreciso de la pared pintada de azul, que
llegué a convencerme de que era cierto.
Cuando terminamos el preuniversitario en 1984
Ramoncito atrapó una beca para estudiar Ingeniería
Química en Leningrado. Oigan eso, ingeniería. Cuando
todo el mundo sabía que lo que le tiraban a él eran
las letras.
--Yo a la ingeniera me la paso por las narices --me
confesó Ramoncito antes de irse--, pero ésa es la
única manera de volver a la tierra de mis
antepasados.
Aquel asunto me inspiró diversas
reflexiones sobre la locura. A primera vista
Ramoncito no parecía demasiado crazy. Es
decir, daba la impresión de que sólo padecía de la
locura normal del resto de la gente, si se
exceptuaba el brete del zarevich, claro. Pero
obviamente su problema era más profundo, ¿no?
Tomó el avión, un TU 154, después de uno de
aquellos cursos intensivos de ruso en que los
estudiantes aprendían a decir spasiva y
gracias. Y ya no supe más de él por largo tiempo.
Pensábamos los socios del barrio que lo veríamos
llegar algún día, como a tantos estudiantes cubanos
que se zumbaban a la ex Madre Patria, con una rusa
ojiazul y de axilas frondosas colgada del brazo y un
chamaco con pelo color de oro falso atrás.
Pero no regresó. Y pasaron los años y pasó el
período especial y pasó el Papa Juan Pablo en su
papamóvil y pasaron los apagones y pasaron las vidas
de los socios que se fueron en balsa. Vidas
fotográficas que desfilaban luego, provocando una
envidia insoportable, por delante de los ojos
hambrientos de los que nos quedamos. Y pasó una
tarde un Mercedes negro, impecable y reluciente, de
los que usaban dirigentes y turistas. Un Mercedes
que se detuvo frente al portal de mi casa, ahora con
las paredes desconchadas y en el que del columpio
sólo sobrevivía el recuerdo.
Del Mercedes saltó un tipo alto, fuerte, vestido con
ropa de marca y de calidad, con un Rolex en la
muñeca. Tenía tal aire de señor que me costó trabajo
reconocer en él a Ramoncito.
--Pero si hasta te has vuelto blanco, carajo
--exclamé cuando se me acercó y me cayó a palmadas
en la espalda como en los buenos y viejos tiempos.
Una hora después nos tomábamos unas cervezas en la
Bodeguita del Medio (me había invitado él con
dólares, se entiende). Ahí no pude contener la
curiosidad:
--Coño, Ramoncito, ¿dónde te metiste todo este
tiempo?
--Allá en Moscú. Me encontré en medio de la
perestroika y na,
que hice zafra.
--¿Y qué, encontraste el tesoro de tu familia?
Porque estás boyante, mulato.
Ramoncito quedó en silencio unos momentos.
--La verdad es que nunca encontré las pruebas que
buscaba --me confesó, bajando la cabeza--. Todavía
estoy convencido de que mi padre tenía razón pero no
pude dar con un solo indicio de que Alexei
sobreviviera.
--¿Y qué hiciste todos estos años?
--Me puse pal negocio
--¿Qué negocio?
--De todo lo que te puedas imaginar, asere: hoteles,
cafetines, puticlubs... lo que apareciera. Hasta con
la mafia rusa me enredé. A río revuelto, ganancia de
pescadores...Y ahora mira como estoy: no me dejo
ahorcar por cien mil euros, ni por doscientos mil.
Así que, a lo mejor, tuve suerte de no dar con las
pruebas que buscaba, o la gente me habría tomado por
un loco y nunca habría llegado a progresar. Pero que
no te queden dudas, compadre, yo soy de sangre rusa.
Si tú vieras lo bien que me siento allí...
Mientras terminaba la cerveza me quedé pensando que
Ramoncito quizá tuviera razón. Cosas más raras se
ven en este mundo. Pero si en efecto era ruso, mi
socio descendía, me atrevo a asegurarlo, del
siberiano Rasputín.