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EL AMOR, EL AMOR…
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Andrea Benavídez. Nace en 1976 San Juan (Argentina) donde se licenció en Filosofía en la Universidad Nacional de San Juan (U.N.S.J.). En 2008 obtuvo un Máster en Pensamiento Contemporáneo en la Universidad de Murcia. Actualmente trabaja en la Tesis para obtener el grado de Doctor, en el mismo centro. Ha publicado en 2008 Narrativas sanjuaninas actuales, en Confluencia, Revista Hispánica de Cultura y Literatura; y en 2006 Tesorito (cuento). En 1997 El Sótano novela corta editada por la U.N.S.J. |
Dicho popular: El hombre es como el oso...
Hace tiempo que no recibía noticia de una de mis queridas amigas. En estos días hemos sostenido una fluida correspondencia en la que ella recuenta uno de sus últimos sucesos amorosos. En cierta ocasión tuve oportunidad de escuchar, de sus labios pintados, algunos detalles sobre el modo en el que cierto hombre la estaba rondando. La contingencia no nos había permitido retomar el diálogo, hasta ahora. Los e-mails han sido por demás elocuentes.
En ellos me cuenta los matices de algunas emociones sucesivas y algo cambiantes. En uno de los correos me decía: “Estoy profundamente vinculada a un hombre cuyas miradas son capaces de eclipsar el furor de los astros. El sabor de su piel ha logrado sustituir al del chocolate, y sus caricias…, es un hombre hermoso (en tanto sus piernas vengan envueltas en una tela con forma de pantalón)”.
Querida amiga me cuenta que el amor ha crecido entre ellos de una forma desmesurada; que no hay sitio en la casa, ni en la habitación en el que no los haya sorprendido la pasión de una forma inesperada. A tal punto ha llegado el exceso, que una tarde de invierno, luego de las delicias amorosas, él le ha soltado un largo monólogo mientras ella, turulata, lo escuchaba: “…quiero que seas sólo mía; que nadie más que yo pueda tocar tu piel nunca más; que cada pensamiento tuyo me tenga como objeto de deseo; que tus días y tus sueños se llenen con mi presencia. Quiero tenerte por siempre a mi lado y que miremos el mundo con los mismos ojos que ahora nos miramos, que nos fundamos en una sola alma enamorada…”.
En ese momento -querida amiga me cuenta-, que ella ha respondido que sí, ¡encantada! que sí, sí, sí, sí. ¡Sí! ¡A todo que sí! Pero solamente los martes y los miércoles.
Ella le ha explicado con suma paciencia que el resto de los días ya los tiene comprometidos. Incluso le ha detallado las circunstancias concretas que imposibilitan la conversión del idilio en jaulita: Los lunes, luego del trabajo, tiene clase de yoga, luego clase de pilates y culmina la noche con sesión de aromaterapia oriental. El martes y el miércoles sí que podrían verse como siempre; pero el jueves y el viernes no, porque tiene otro amor que le demanda exclusividad exagerada. La misma imposibilidad acontece el sábado y el domingo, que también ya tiene comprometidos; aunque sólo parcialmente. Porque los fines de semana están regidos por el azar, como ya se sabe de antaño.
En el mismo e-mail me cuenta que cuando ella ha terminado de explicarle las razones por las que no podía contraer una obligación, a tiempo completo, desde el centro del lecho amatorio se ha desatado un vendaval de furia, equiparable a esos que acaecen al final de la primavera, en regiones en las cuales el paisaje es bucólico. La tempestad ha roto vidrios, ha despedazado muebles que había en un rincón de la alcoba (entre ellos una silla esterillada de respaldo exquisitamente labrado, antiquísima). El vendaval también ha manchado las pieles con cardenales y ha herido tejidos fibrosos del corazón del hombre hermoso.
Apresuradamente ella ha saltado de la cama presa de un rapto de urgencia, que le anunciaba la necesidad de una oportuna huída. Mientras deslizaba las medias por sus pantorrillas, abrochaba el tirador de la liga al borde del encaje, y el sujetador hacía su "clic" de enganche; le ha sugerido que piense, en un momento menos conturbado, en la alegría que podría depararles la maravilla de encontrarse dos días en la semana. Ella le ha dicho, subiendo levemente la ceja derecha y con tono de “meditad esto en tu fuero íntimo”:
—El poderoso corazón del hombre es de una ambición insaciable. Cuando tengas toda la dedicación horaria que quieres de mí, me pedirás que iguale el monto de dinero que traes a casa y eso, terminará por desalentarme. Entonces, sentiré la necesidad de buscar otras camas colmadas de cariño.
Al salir de la residencia, escandalizada por la incapacidad de comprensión del hombre hermoso, querida amiga me ha enviado otro e-mail. Con detalles pormenorizados ha intentado hacerme saber lo enjundioso del sentimiento que la une al hombre hermoso; y cuánto, pero cuánto lamenta, la rotura irreparable de la silla.
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