México, Distrito Federal I Marzo  - Abril 2009 I Año 4 I Número 19 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

 

FAMILY VALUES
 

Adriana González Mateos. Es profesora investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Obtuvo el Doctorado en Literatura Comparada en New York University (NYU) en 2002. Ha recibido el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 1995 por Cuentos para ciclistas y jinetes, (Aldus, 1995) el Premio Nacional de Ensayo Literario “José Revueltas” 1996 por Borges y Escher (Aldus 1998) y el Premio Nacional de Traducción Literaria 1996 por La música del desierto, de William Carlos Williams, versión al español realizada en colaboración con Myriam Moscona (Aldus, 1996) Con el apoyo del Fideicomiso para la Cultura México-Estados Unidos realizó la traducción de una antología del poeta caribeño Kamau Brathwaite, en colaboración con Christopher Winks, que aparecerá próximamente bajo el sello de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. En 2007 apareció en Tusquets su novela El lenguaje de las orquídeas (2007).

 

Vi por primera vez a la mujer barbuda durante una comida organizada para presentarme a la familia de mi futuro marido. Habíamos viajado desde Nueva York hasta San Francisco con el expreso propósito de celebrar con ellos, pues nos íbamos a casar en México y la mayoría no planeaba venir a la boda. Como una las anteriores parejas de Chris había sido cantante de ópera y vegetariana estricta y la otra practicaba la santería, estaba preparada para que me miraran con precaución, anticipando la rareza que sabrían a punto de revelarse en mí. Yo me contentaba con responder a sus preguntas con mi moderado acento mexicano, un tanto insegura sobre la mejor manera de adaptarme a su idea de la perfecta bride to be.

De pronto la cara de mi futuro suegro se iluminó con alegría inconfundible: su hija mayor acababa de llegar, acompañada de su pareja. Me giré para saludar, engalanada con mi mejor sonrisa, y me encontré frente a frente con la barbona.

- Glad to meet you!- me lanzó, amabilísima.

Yo le tendí la mano muy cordialmente y le ofrecí una silla junto a la mía, incapaz de apartar los ojos del cairelito rubio que se ensortijaba desde el extremo inferior de su cara hasta la base de su cuello y armonizaba con la corbata de seda y el chaleco bordado que testimoniaban sus andanzas por varios flea markets. Junto a mi cuñada, preciosa en su vestido malva, la barbuda tenía el aire de un dandy a punto de ofrecer una pipa de hachís, de un hippie versado en el arte de la paradoja. Antes de dos minutos ella y Chris se lanzaron a una conversación apasionada sobre las últimas manifestaciones altermundistas y pude contemplarla sin necesidad de fingir, cautivada por mi incapacidad para definirla.

- Es una maravillosa repostera.- me confió mi suegra al día siguiente, después de deshacerse en elogios sobre su nuera, mientras desayunábamos en la mesa de la cocina.- Hace galletas para la iglesia. Prueba ésta.

Me ofreció un prodigio que se desintegraba en la boca, dejando un rastro de nuez y especias de nombres desconocidos que se iban esfumando poco a poco, como una bailarina entre velos arremolinados.

Yo acababa de probarme mi vestido de novia. Como la idea de casarme de blanco nunca había estado entre mis prioridades, la inundación de bordados y encajes me producía un placer indeciso. Quizá me parecía más rara con ese atuendo que la mujer barbuda en el momento de calarse el sombrero. Me comí otra galleta para darme tiempo de identificar su secreto. Para romper el silencio, le pregunté a mi suegra si la barba era real. Genética, contestó.

Llevaba años tratando de solventar de algún modo la falta que constituye el núcleo de mi ser. Ahí estaba el vestido de novia, por ejemplo. Y si me ponía a enumerar habría podido entretener a mi futura familia con muchas anécdotas. Hubo una época en que me dio por una interpretación literal de la falta y tuve un perro salchicha. Coleccioné fotos de dirigibles y de obeliscos. Ejercí puestos de gran poder, ostenté una chequera, me compré una pistola, logré fumar puros. Aprendí a hablar con voz ronca, me tiré en paracaídas, grité más que nadie en los partidos de futbol. Pero entre más dominé las artes masculinas, más comprendí su inutilidad. De cualquier manera, como el dinosaurio y por más que alardeara de cavernícola, la falta seguía ahí. Jamás había logrado nada que se acercara ni de lejos a esa galleta. O a esa barba, for that matter.

De todas maneras, había madurado mucho; estaba a punto de asumir públicamente mi aceptación de la falta y de jurar la epístola de Melchor Ocampo. Tendría varios hijos, que son una manera muy aceptable de dejarse crecer la barba. Me pregunté si el parto psicoprofiláctico dolería menos que una depilación con cera.

Mi suegra me dejaba estar. Tomó otro sorbo de café, aguardando nuevas preguntas.

En eso Chris entró a la cocina, nos besó a las dos y me preguntó si ya estaba lista. Teníamos mucho que hacer, íbamos a comer con unos amigos en The Haight y en menos de una hora debíamos encontrarlos en la librería anarquista. Quizá después daríamos un paseo en bicicleta con ellos y los escucharíamos inventar otra utopía en torno a esa ciudad donde ya se han encarnado tantas. Sin dejar de pedalear por los senderos que dominan la bahía los oiríamos imaginarse un San Francisco con menos autos y menos yuppies de Silicon Valley (que ellos llamaban Silly Con Valley), con más tiempo libre y menos disposición a emplearlo en las formas previstas. San Pancho nos esperaba con sus veintitantas variedades de aceite de oliva, sus vinos de todos los colores de la luz y sus tomates amarillos. Recorrimos librerías de viejo, restaurantes, tertulias, los murales del barrio mexicano y las tiendas del barrio chino, vimos el crepúsculo desde un café italiano en North Beach y visitamos la mítica librería de Ferlingetti, llena de novedades mexicanas.

Esa noche Chris me preguntó cuál era mi mayor deseo, qué se me antojaba para coronar mis regalos de boda. Dudé un momento, pero mi inminente marido se rió.

- Ya lo adiviné y aquí te lo traigo- me dijo. De un paquetito elegantísimo, envuelta en papel de seda, saqué la suma de mis anhelos. A mi medida y del color de mi pelo, Chris acababa de regalarme mi primera barba.

 

 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

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