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Hace muchos años atrás, apenas llegados a México, me
establecí con mi familia en un recién construido y moderno
poblado, Ciudad Sahagún, cercano a un ancestral pueblo
llamado Tepeapulco. En aquel entonces, Ciudad Sahagún no
tenía aspecto de ciudad; era una pequeña colonia de casas
bonitas, modernas y muy agradables, algunas rodeadas de
céspedes muy verdes color esmeralda por ser regados cada día
con esmero, otras rodeadas de pequeños jardines llenos de
rosales que al anochecer perfumaban el ambiente e hicieron
muy agradables las caminatas al declinar el día cuando
acudíamos a la oficina de teléfonos ubicada en el centro, ya
que las casas no contaban con este servicio. A la entrada
del poblado se levantaba una estatua de un hombre de aspecto
delgado, fino, en hábito y con un libro en las manos, que no
dejaba dudas de que se trataba de un fraile: Bernardino de
Sahagún, quien hace muchos siglos vivió en Tepeapulco y fue
elegido para dar el nombre a la nueva ciudad. Durante
nuestra estancia, fray Bernardino de Sahagún fue para
nosotros un fraile sin mayor importancia, salvo que dio el
nombre al lugar dónde llegamos a vivir.
La Ciudad Sahagún que conocimos era un lugar muy tranquilo,
con pocos coches y pocos edificios: el del correo, el del
mercado, el de la administración de la ciudad, que también
alojaba el del banco; contaba también con sólo dos tiendas
de abarrotes, estratégicamente ubicadas.
Con cierta frecuencia acudíamos a hacer algunas compras al
vecino Tepeapulco, a una tienda muy bien surtida para
nuestras necesidades que se conocía como la tienda de los
Jarandinos. De paso visitábamos la iglesia con su
agradable jardín, principalmente en el verano, por la
confrontable sombra que proporcionaban sus frondosos
árboles.
Abajo del pueblo, acostado sobre las faldas de un cerro
gordo llamado Santa Ana, se desplegaba una enorme llanura
hoy oculta atrás de diversas construcciones que la bordean
de un lado y tapan parcialmente la vista al majestuoso cerro
con sus promontorios, que posteriormente supimos se llamaba
Xihuingo. Majestuoso se alza a gran altura sobre el valle e
invita a su visita, por lo que un día decidimos hacerle
una visita sin sospechar todo lo que íbamos a descubrir
en ese hermoso rincón.
Antes de acercarnos al Xihuingo atravesamos el campo teñido
de amarillo por el trigo; donde termina el trigal
descubrimos unos montecillos cubiertos de piedras y de
maleza y biznagas y, entre ellos, una pequeña pirámide de la
época de los teotihuacanos. Era una típica construcción
teotihuacana, con su talud y tablero, acurrucada entre las
palmeras de desierto y los pirules; nos impactó por su
presencia en este lugar: un vestigio de su misterioso pasado,
que emparenta con las grandes pirámides del Sol y de la Luna
en el cercano Teotihuacan. Con el paso de años descubrimos
que entre los matorrales y las biznagas también se
encuentran interesantes piedras con dibujos grabados en su
superficie; en posteriores visitas, unos arqueólogos nos
explicaron que se trata de piedras que formaban parte de un
observatorio astronómico de los teotihuacanos. ¡Qué lugar
mágico! De un lado amparado por la pared de los cerros; al
frente una enorme llanura que se abre al encuentro con
Teotihuacan, que quiere decir “lugar dónde nacen los dioses”;
y las piedras grabadas de dibujos portadores de mensajes.
Lugar sin duda enigmático, donde la gente conversaba con el
cielo y se hacían anotaciones en las piedras, hoy
desperdigadas y olvidadas, que encierran un mensaje por
descifrar. En búsqueda de las piedras con la escritura, nos
sentíamos los exploradores del pasado desconocido y esto
volvió fascinante nuestras visitas a este lugar. Pero no
terminó aquí nuestra exploración. También nos llamaron la
atención las laderas de los promontorios adyacentes,
cubiertas de una casi impenetrable vegetación, con varias
aberturas visibles. Nos surgió, también, la curiosidad de
explorarlas. Qué sorpresa, después de una extenuante subida,
encontrarse en lo alto de los cerros con unas cuevas cuyos
interiores fueron adornadas de dibujos. Al bajar ya nos
esperaba el guardián de la pirámide, don Fabián, que nos
platicó que hace ocho mil años las cuevas fueron habitadas,
lo que atestiguan las pinturas en su interior. La más
fascinante es la cueva llamada Tecolote, que quiere decir el
búho. En la frazada del cerro Xihuingo, como un lujoso botón,
ya desde lejos se vislumbra una enorme peña de color casi
blanco que adentro esconde esta cueva con interesantes
pinturas. El nombre de Tecolote le impregna a la cueva el
sello de indagación. ¿Por qué se llama así? ¿Qué gente la
ocupó? Al observar los dibujos dentro de la cueva, al
asomarse afuera y ver al frente una inmensa llanura, se
ofrece saber algo más sobre la presencia de la gente que la
habitó. Nos sentimos un poco desilusionados por no entender
el mensaje que nos dejaron en las paredes de la cueva.
Cada primavera observábamos desde nuestra casa una
mancha intensamente verde, entre el cerro Xihuingo y los
cerros adyacentes, y nos intrigaba saber qué era ese
radiante verdor en esas alturas. Un día decidimos
descubrirlo. Subimos una empinada y empedrada ladera hasta
llegar a un punto donde descubrimos un extenso valle
sembrado de cebada, que en la primavera enviaba un fresco
verdor al espacio y, en el otoño, lo impregnaba de
fragancias producidas por las hierbas que crecen en su
alrededor. Pero antes de llegar a este lugar, descubrimos
entre los matorrales increíbles vistas a los campos, y en la
lejanía se percibía majestuoso Teotihuacan, y quizá con la
imaginación hasta todo el Valle de México.
Aquí se encuentra Tepeapulco, que quiere decir en náhuatl
“lugar de cerro gordo”, porque yace en las faldas de un
cerro que lo acobija y protege de vientos que de vez en
cuando sacuden en los meses de otoño e invierno el valle.
Tepeapulco es verdaderamente un hermoso lugar rodeado de
cerros, extensos valles y con mucha historia.
Sin embargo, pasaron varios años para que nos acercáramos a
su larga y rica historia, que ya estaba escrita en muchos
libros, incluso en otros idiomas. Algo faltaba. Y este algo
me lo permitió descubrir un alumno, nativo de Tepeapulco, de
nombre Alfredo Galicia Delgadillo. Me invitó a recorrer la
iglesia, el exconvento y el pequeño museo local; y paso a
paso me explicó los tesoros que esconde este inédito lugar.
Aquí, después de la conquista de México, encima de la
escalinata de la pirámide derrumbada, fue edificado el
actual exconvento por los frailes franciscanos, con ayuda de
los indígenas, paran sustituir las ancestrales creencias de
los nativos por las nuevas, las de los conquistadores.
Solamente las escalinatas que conducen al templo
franciscano perduran orgullosamente, y son auténticos
peldaños que en sus tiempos condujeron al sitio de la
religión abolida, la religión de los aborígenes. Son
testigos mudos de su excepcional pasado. A veces, cuando
subo las escalinatas hacia el templo dedicado a San
Francisco de Asís, mi mente se remonta hacia los tiempos
pasados, cuando por estas escalinatas subían los indígenas
en sus atuendos para presentar las reverencias a sus dioses;
pero luego llegaron nuevos tiempos, como lo atestigua la
hermosa cruz atrial que representa la fusión de dos
culturas y constituye un bello ejemplo de sincretismo.
Alfredo me explicó todos los detalles que aparecen en la
cruz, donde es palpable la mano de obra de los indígenas con
su visión del mundo, y el concepto religioso de los
franciscanos.
Antes de entrar a la planta baja del exconvento, me enseñó
la capilla abierta, y la bella vista al jardín que se
extiende debajo de la empinada escalinata. La capilla aún
conserva unas pinturas que formaron parte del material
didáctico de la evangelización de los indígenas, que se
reunían aquí para escuchar a los frailes y presenciar las
ceremonias religiosas.
Al entrar al exconvento lo primero que nos enseñó Alfredo es
el cordón franciscano que enmarcaba las pinturas, la mayoría
ya desaparecidas, que cubrían las paredes de los corredores.
Las pinturas que aún quedan, principalmente en los
corredores de la planta alta y en la sacristía con motivos
religiosos, son una muestra de hermosos grafitos de gran
valor artístico. Pequeñas celdas de los monjes con muy
pequeñas ventanas, respiran tranquilidad y evocan la soledad
aquí vivida.
La cocina, el comedor y el lavabo para las manos con su
desagüe, son muchos de los detalles que hacen muy
interesante la visita del exconvento, junto con su pequeño
atrio interior donde en la primavera florecen los árboles y
las rosas se asoman al corredor que lo rodea. En el centro
no falta una fuente con la refrescante agua, que se presta
para a su lado soñar con los viejos tiempos.
El templo, construido entre los años 1528 a 1530, amplio
pero sencillo, es una típica construcción franciscana
austera; sigue siendo centro de la reunión de la gente de
Tepeapulco, aunque con las creencias y las costumbres un
poco modificadas a lo largo de los siglos.
Pero aquí no quedó nuestro acercamiento con Tepeapulco.
Alfredo nos recomendó ir a los lavaderos, con la Caja de
Agua construida en el estilo mudéjar en el siglo XVI, y lo
hicimos un día muy soleado. Ese día hubo mucho calor y reinó
una infinita quietud. Las calles estaban solitarias y la
Caja, ya desde lejos, lucía su blancura rematada en color
rojo vino, y se veía rodeada de un cielo azul con alguna
nubecita perdida en el horizonte. Parecía que esperaba ser
fotografiada. Posteriormente la he visto tal como la vieron
mis ojos ese día de nuestra visita, en las fotografías que
adornan las paredes de algunas oficinas de Gobierno en
Pachuca. La Caja de agua en realidad es verdaderamente
fotogénica y hace el honor a Tepeapulco. Es bella.
Al acercarnos a la Caja, parecía como si el tiempo se
hubiese detenido. Todo estaba en su lugar como hace cuatro
siglos. El cielo azul con las nubes, la Caja enviando los
chorritos de agua de fauces de las cabezas de los leones al
aljibe, los lavaderos y la leyenda escrita en la parte
superior de la Caja: nosotros Carlos V, tlatoani. Tlatoani,
“señor de estas tierras”. Y nuestra mente, al leer este
mensaje, por un momento se trasladó a los tiempos cuando
en Tepeapulco aún no existía la Caja de Agua y la gente
tenía al frente su señor “tlatoani”. Pero luego llegó un
Carlos V y se dejó decir también tlatoani. Desde entonces
han pasado muchas cosas en Tepeapulco; entre ellas, las
mujeres empezaron lavar la ropa en los lavaderos abastecidos
con agua proveniente de la Caja, que ahora están casi
abandonados; los hombres indios y los mestizos corrían a
sus milpas y luego lucharon por la independencia o
participaron en la Revolución, aunque esto ya es otra
historia. Ahora los lavaderos lucen solos y la Caja de Agua
espera los fotógrafos y sus admiradores.
Cuando la visitamos nos sentimos muy afortunados, ya que
ese día las calles empedradas que irradiaban el calor
calcinante estaban solitarias, lo que acentuó su excepcional
belleza. Y así, en el ambiente de soledad y con el silencio
alrededor, pudimos contemplar su elegancia arquitectónica y
percibir su pasada importancia.
Transcurrieron días y meses. Conocimos mucha gente nativa
de Tepeapulco, seguimos abasteciéndonos de comestibles allí,
asistimos a las bodas y bautizos de nuestros amigos
celebrados en la iglesia de San Francisco. Tepeapulco nos
recibía siempre con la calidez y el aire de los años pasados
plasmados en sus viejas casonas con pequeños balcones, con
los pivotes en forma de cabezas de reptiles asomándose a las
amplias calles que rodean hasta la fecha la iglesia y el
exconvento, un signo de esplendor e importancia en sus
tiempos. Esto nos confirmó incluso la visita de la casa de
una prestigiada maestra, Julieta Delgadillo, ubicada en una
de estas calles. La maestra Julieta nos platicó que el
predio donde se encuentra su casa formaba parte de la casa
que construyó Hernán Cortés en Tepeapulco, cuando llegó a
estas tierras por considerarlas muy importantes para el
desarrollo de la ganadería y la agricultura; aunque, según
los historiadores, nunca habitó la casa. Era una enorme
casona que ocupaba toda una cuadra, con sus torres dándole
carácter de una fortificación, y aún algunas se conservan.
Con tiempo la casona pasó a manos de varios propietarios,
unos de ellos fue la familia Delgadillo. La maestra nos
llevó a un patio trasero dónde crecían altas hierbas
rodeadas de las paredes sin techo, y por allá u por acá
crecían frondosas higueras cubiertas de ricos higos. Así, de
esta enorme casona que ocupaba toda una cuadra, quedaban a
tras de la fachada solamente unos derruidos cuartos y
solitarias paredes. Ahora ya es distinto. Fue una
interesante tarde que pasamos con la maestra, con sus
explicaciones sobre la historia de la casa de Cortés, cuyo
pedazo fue la propiedad de su familia desde los siglos
pasados. Donde termina la casona de Cortés, al final de la
calle y al frente de la Caja de Agua, la esquina fue
transformada en un tendajón que aún está en servicio y que
luce un típico portal con sus columnetas delgadas para
sostener el techo y cubrir las bancas de mampostería que por
muchos años han ofrecido un descanso a los lugareños, y que
invitaban a refrescar el día con un poco de charla y, por un
rato, aligerar la fatiga del cuerpo. ¿De cuántas pláticas
interesantes entre los aldeanos, de cuántas historias sobre
Tepeapulco y su gente es testigo este portal? Ahora ya no se
ve la gente charlando en su umbral, pero deseamos que allí
siga, que no lo perturbe nada, que siga este testigo de los
tiempos pasados.
Avanzamos otro poco para descubrir más de cerca Tepeapulco y
su gente. Sin embargo, nos faltaba aún mucho por conocer de
su larga historia que, para la mayoría de nosotros que
llegamos de diferentes lados a Ciudad Sahagún, nos era
desconocida; incluso para los propios lugareños. Ésta se
halla principalmente relacionada con la presencia de fray
Bernardino de Sahagún y su magna obra, Historia General
de las Cosas de Nueva España, que inició en este pueblo
durante su breve estancia.
Después de vivir varios años en Ciudad Sahagún, y después de
múltiples visitas al exconvento, un día al entrar a su
zaguán registré en un oscuro rincón una modesta placa que
decía que allí vivió fray Bernardino de Sahagún en los años
1558 a 1560. Y fray Bernardino de Sahagún seguía en la
oscuridad de mi conocimiento, mientras los historiadores
mexicanos y extranjeros seguían escribiendo numerosas
páginas sobre la importancia de su obra para México y el
mundo entero. En España, los Estados Unidos Americanos,
Francia, Rusia, hasta el lejano Japón, han aparecido notas
sobre Bernardino de Sahagún y sus Primeros Memoriales
recogidos en Tepeapulco, gracias a las pláticas que sostuvo
con los sabios nahuas de este ancestral pueblo.
Por fin llegó el día en que supimos más sobre este ilustre
fraile franciscano, gracias a la celebración, en muchos
países, del aniversario de los quinientos años de natalicio
de fray Bernardino de Sahagún. Fue Miguel León Portilla,
historiador, investigador y maestro emérito de la
UNAM, quien ha
publicado varios libros sobre la vida y obra de fray
Bernardino de Sahagún, quien nos abrió la puerta para
acercarnos a la obra de Sahagún y reconocer su importancia
para la preservación de gran parte de la historia de los
pueblos de Mesoamérica; sin la estancia del fraile en
Tepeapulco y sin sus conversaciones con los nobles del lugar
―que le proporcionaron invaluable información sobre la vida,
costumbres y forma de gobernar―, esta parte de la historia
se hubiera perdido para siempre.
Desde entonces hemos visto la iglesia y el exconvento de
San Francisco de Asís con otros ojos, con más respeto. Ojalá
que no cambie Tepeapulco, que conserve su antigua belleza,
que conserve su iglesia y el exconvento, las viejas casonas
y la caja de agua de estilo mudéjar con su inscripción que
dice que fue construida durante el reinado de Carlos V, y el
acueducto más antiguo de Hidalgo, y las enigmáticas cabezas
que sobresalen de las gruesas paredes del complejo
eclesiástico echando el agua a las piletas ya por varios
siglos, aunque hoy con un chorrito cansado por robarle el
agua las comunidades asentadas sobre su cauce. Y todo
enmarcado por el cerro gordo Santa Ana y Xihuingo, que le
imprimen a Tepeapulco un sello de belleza sin igual.
Tepeapulco, donde se reúnen los escenarios naturales de
belleza única, con la historia única escrita por un hombre
como legado para el mundo entero, porque esto es la obra de
fray Bernardino de Sahagún.
Nos tardamos mi familia y yo, y quizás muchos de los
vecinos de Tepeapulco, en acercarnos a esta herencia
cultural. Ahora, nuestro conocimiento nos invita y
compromete a proteger esta herencia, pues es un patrimonio
de México de talla universal. Fray Bernardino de Sahagún es
considerado el pionero de la Antropología moderna en el
Nuevo Mundo, y Tepeapulco cuna de la Antropología moderna en
México. Se tiene, entonces, en Tepeapulco un legado digno de
merecer ser cuidado y preservado para las futuras
generaciones.
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