México, Distrito Federal I Marzo  - Abril 2009 I Año 4 I Número 19 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

ENCUENTRO CON TEPEAPULCO

Ludmila Holkova. De origen checo, radica en México desde hace 43 años. Terminó sus estudios en la Universidad Tecnológica de Praga. En México trabaja en el ámbito educativo. Ha realizado numerosas traducciónes del checo al español y viceversa entre las que se pueden mencionar: Las poesías de Nezahualcóyotl, los Huehuehtlahtolli, Mitos, cuentos y leyendas del México Antiguo, La vida de Juan Amos Comenio,  Por qué los indios temen el canto del búho y El coyote y el tlacuache, cuentos de la selva Lacandona.  Autora de poesía en prosa y del libro Viajando a través de México, que en saldrá proximamente a la luz.

 

Hace muchos años atrás, apenas llegados a México, me establecí con mi familia en un recién construido y moderno poblado, Ciudad Sahagún, cercano a un ancestral pueblo llamado Tepeapulco. En aquel entonces, Ciudad Sahagún no tenía aspecto de ciudad; era una pequeña colonia de casas bonitas, modernas y muy agradables, algunas rodeadas de céspedes muy verdes color esmeralda por ser regados cada día con esmero, otras rodeadas de pequeños jardines llenos de rosales que al anochecer perfumaban el ambiente e hicieron muy agradables las caminatas al declinar el día cuando acudíamos a la oficina de teléfonos ubicada en el centro, ya que las casas no contaban con este servicio. A la entrada del poblado se levantaba una estatua de un hombre de aspecto delgado, fino, en hábito y con un libro en las manos, que no dejaba dudas de que se trataba de un fraile: Bernardino de Sahagún, quien hace muchos siglos vivió en Tepeapulco y fue elegido para dar el nombre a la nueva ciudad. Durante nuestra estancia, fray Bernardino de Sahagún fue para nosotros un fraile sin mayor importancia, salvo que dio el nombre al lugar dónde llegamos a vivir.

La Ciudad Sahagún que conocimos era un lugar muy tranquilo, con pocos coches y pocos edificios: el del correo, el del mercado, el de la administración de la ciudad, que también alojaba el del banco; contaba también con sólo dos tiendas de abarrotes, estratégicamente ubicadas.

Con cierta frecuencia acudíamos a hacer algunas compras al vecino Tepeapulco, a una tienda muy bien surtida para nuestras necesidades que se conocía como la tienda de los Jarandinos. De paso visitábamos la iglesia con su  agradable jardín,  principalmente en el verano, por la confrontable sombra  que proporcionaban sus  frondosos árboles.

 Abajo del  pueblo, acostado sobre las faldas de un cerro gordo llamado Santa Ana,  se desplegaba una enorme llanura hoy oculta atrás de diversas construcciones que la bordean de un lado y tapan parcialmente la vista al majestuoso cerro con sus promontorios, que posteriormente supimos se llamaba Xihuingo. Majestuoso se alza a gran altura sobre el valle e invita a su visita, por lo que  un día  decidimos hacerle una visita  sin  sospechar todo lo que íbamos a  descubrir  en ese hermoso rincón.

Antes de acercarnos al Xihuingo atravesamos el campo teñido de amarillo por el  trigo; donde termina el trigal descubrimos unos montecillos cubiertos de piedras y de maleza y biznagas y, entre ellos, una pequeña pirámide de la época de los teotihuacanos. Era una típica construcción teotihuacana, con su talud y tablero, acurrucada entre las  palmeras de desierto y los pirules; nos impactó por su presencia en este lugar: un vestigio de su misterioso pasado, que emparenta con las grandes pirámides del Sol y de la Luna en el cercano Teotihuacan. Con el paso de años descubrimos que entre los matorrales y las biznagas también se encuentran interesantes piedras con dibujos grabados en su superficie; en posteriores visitas, unos arqueólogos nos explicaron que se trata de piedras que formaban parte de un observatorio astronómico de los teotihuacanos. ¡Qué lugar  mágico! De un lado amparado por la pared de los cerros; al frente una enorme llanura que se abre al encuentro con Teotihuacan, que quiere decir “lugar dónde nacen los dioses”; y  las piedras grabadas de dibujos portadores de mensajes. Lugar sin duda enigmático, donde la gente conversaba con el cielo y se hacían anotaciones en las piedras, hoy desperdigadas y olvidadas, que encierran un mensaje por descifrar. En búsqueda de las piedras con la escritura, nos sentíamos los exploradores del pasado desconocido y esto volvió fascinante nuestras visitas a este lugar. Pero no terminó aquí nuestra exploración. También nos llamaron la atención las laderas de los promontorios adyacentes, cubiertas de una casi impenetrable vegetación, con varias aberturas visibles. Nos surgió, también, la curiosidad de explorarlas. Qué sorpresa, después de una extenuante subida, encontrarse en lo alto de los cerros con unas cuevas cuyos interiores fueron adornadas de dibujos. Al bajar ya nos esperaba el guardián de la pirámide, don Fabián, que nos platicó que hace ocho mil años las cuevas fueron habitadas, lo que atestiguan las pinturas en su interior. La más  fascinante es la cueva llamada Tecolote, que quiere decir el búho. En la frazada del cerro Xihuingo, como un lujoso botón, ya desde lejos se vislumbra una enorme peña de color casi blanco que adentro esconde esta cueva con interesantes pinturas. El nombre de Tecolote le  impregna a la cueva el sello de indagación. ¿Por qué se llama así? ¿Qué gente la ocupó? Al observar los dibujos dentro de la cueva, al asomarse afuera y ver al frente una inmensa llanura, se ofrece saber algo más sobre la presencia de la gente que la habitó. Nos sentimos un poco desilusionados por no entender el mensaje que nos dejaron en las paredes de la cueva.

    Cada primavera observábamos desde nuestra casa una mancha intensamente verde, entre el cerro Xihuingo y los cerros adyacentes, y nos intrigaba saber qué era ese radiante verdor en esas alturas. Un día decidimos descubrirlo. Subimos una empinada y empedrada ladera hasta llegar a un punto donde descubrimos un extenso valle sembrado de cebada, que en la primavera enviaba un fresco verdor al espacio y, en el otoño, lo impregnaba de fragancias producidas por las hierbas que crecen en su alrededor. Pero antes de llegar a este lugar, descubrimos entre los matorrales increíbles vistas a los campos, y en la lejanía se percibía majestuoso Teotihuacan, y quizá con la imaginación hasta todo el Valle de México. 

 Aquí se encuentra Tepeapulco, que quiere decir en náhuatl “lugar de cerro gordo”, porque yace en las faldas de un cerro que lo acobija y protege de vientos que de vez en cuando sacuden en los meses de otoño e invierno el valle. Tepeapulco es verdaderamente  un hermoso lugar rodeado de cerros, extensos valles y con mucha historia.

Sin embargo, pasaron varios años para que nos acercáramos a su larga y rica historia, que ya estaba escrita en muchos libros, incluso en otros idiomas. Algo faltaba. Y este algo me lo permitió descubrir un alumno, nativo de Tepeapulco, de nombre Alfredo Galicia Delgadillo. Me invitó a recorrer la iglesia, el exconvento y el pequeño museo local; y paso a paso me explicó los tesoros que esconde este inédito lugar. Aquí, después de la conquista de México, encima de la escalinata de la pirámide derrumbada, fue edificado el actual exconvento por los frailes franciscanos, con ayuda de los indígenas, paran sustituir las ancestrales creencias de los nativos por las nuevas, las de los conquistadores. Solamente las escalinatas  que conducen al templo franciscano perduran orgullosamente, y son  auténticos peldaños que en sus tiempos condujeron al sitio de la religión abolida, la religión de los aborígenes. Son testigos mudos de su excepcional  pasado. A veces, cuando  subo las escalinatas hacia el templo dedicado a San Francisco de Asís, mi mente se remonta  hacia los tiempos pasados, cuando por estas escalinatas subían los indígenas en sus atuendos para presentar las reverencias a sus dioses; pero luego llegaron nuevos tiempos, como lo atestigua la hermosa cruz  atrial que representa la fusión de dos culturas y constituye un bello ejemplo de sincretismo. Alfredo me explicó todos los detalles que aparecen en la cruz, donde es palpable la mano de obra de los indígenas con su visión del mundo, y el concepto religioso de los franciscanos.

Antes de entrar a la planta baja del exconvento, me enseñó la capilla abierta, y la bella vista al jardín que se extiende debajo de la empinada escalinata. La capilla aún conserva unas pinturas que formaron parte del material didáctico de la evangelización de los indígenas, que se reunían aquí para escuchar a los frailes y presenciar las ceremonias religiosas.

Al entrar al exconvento lo primero que nos enseñó Alfredo es el cordón franciscano que enmarcaba las pinturas, la mayoría ya desaparecidas, que cubrían las paredes de los corredores. Las pinturas que aún quedan, principalmente en los corredores de la planta alta y en la sacristía con motivos religiosos, son una muestra de hermosos grafitos de gran valor artístico. Pequeñas celdas de los monjes con muy pequeñas ventanas, respiran tranquilidad y evocan la soledad aquí vivida.

La cocina, el comedor y el lavabo para las manos con su desagüe, son muchos de los detalles que hacen muy interesante la visita del exconvento, junto con su pequeño atrio interior donde en la primavera florecen los árboles y las rosas se asoman al corredor que lo rodea. En el centro no falta una fuente con la refrescante agua, que se presta para a su lado soñar con los viejos tiempos.

El templo, construido entre los años 1528 a 1530, amplio pero sencillo, es una típica construcción franciscana austera; sigue siendo centro de la reunión de la gente de Tepeapulco,  aunque con las creencias y las  costumbres un poco modificadas a lo largo de los siglos. 

  Pero aquí no quedó nuestro acercamiento con Tepeapulco. Alfredo nos recomendó ir a los lavaderos, con la Caja de Agua construida en el estilo mudéjar en el siglo XVI, y lo hicimos un día muy soleado. Ese día hubo mucho calor y reinó una infinita quietud. Las calles estaban solitarias y la Caja, ya desde lejos, lucía su blancura rematada en color rojo vino, y se veía rodeada de un cielo azul con alguna nubecita perdida en el horizonte. Parecía que esperaba ser  fotografiada. Posteriormente la he visto tal como la vieron  mis  ojos ese día de nuestra visita, en las fotografías que adornan las paredes de algunas oficinas de Gobierno en Pachuca. La Caja de agua en realidad es verdaderamente fotogénica y hace el honor a Tepeapulco. Es  bella. 

 Al acercarnos a la Caja, parecía como si el tiempo se hubiese detenido. Todo estaba en su lugar como hace cuatro siglos. El cielo azul con las nubes, la Caja enviando los chorritos de agua de fauces de las cabezas de los leones al aljibe, los lavaderos y la leyenda escrita en la parte superior de la Caja: nosotros Carlos V, tlatoani. Tlatoani, “señor de estas tierras”. Y nuestra mente, al leer este mensaje, por un momento se  trasladó a los tiempos  cuando en Tepeapulco aún no existía la Caja de Agua y la gente tenía al frente su señor  “tlatoani”. Pero luego llegó un Carlos V y se dejó decir también tlatoani. Desde entonces han pasado  muchas cosas en Tepeapulco; entre ellas, las mujeres empezaron lavar la ropa en los lavaderos abastecidos con agua proveniente de la Caja, que ahora están casi abandonados; los  hombres indios y los mestizos corrían a sus milpas y luego lucharon por la independencia o participaron en la Revolución, aunque esto ya es otra  historia. Ahora los lavaderos lucen solos y la Caja de Agua espera los fotógrafos y sus admiradores.

   Cuando la visitamos nos sentimos muy afortunados, ya que ese día las calles  empedradas que irradiaban el calor calcinante estaban solitarias, lo que acentuó su excepcional belleza. Y así, en el ambiente de soledad y con el silencio alrededor, pudimos contemplar su elegancia arquitectónica y percibir su pasada importancia.

   Transcurrieron días y meses. Conocimos mucha gente nativa de Tepeapulco, seguimos abasteciéndonos de comestibles allí, asistimos a las bodas y bautizos de nuestros amigos celebrados en la iglesia de San Francisco. Tepeapulco nos recibía siempre con la calidez y el aire de los años pasados plasmados en sus viejas casonas con pequeños balcones, con los pivotes en forma de cabezas de reptiles asomándose a las  amplias  calles  que rodean  hasta la fecha la iglesia y el exconvento, un signo de esplendor e importancia en sus tiempos. Esto nos confirmó incluso la visita de la casa de una prestigiada maestra, Julieta Delgadillo, ubicada en una de estas calles. La maestra Julieta nos platicó que el predio donde se encuentra su casa formaba parte de la casa que construyó Hernán Cortés  en Tepeapulco, cuando llegó a estas tierras por considerarlas muy importantes para el desarrollo de la ganadería y la agricultura; aunque, según los historiadores, nunca  habitó la casa. Era una enorme casona que ocupaba toda una cuadra, con sus torres dándole carácter de una fortificación, y aún algunas se conservan. Con tiempo la casona pasó a manos de varios propietarios, unos de ellos fue la familia Delgadillo. La maestra nos llevó a  un patio trasero dónde crecían altas hierbas rodeadas de las paredes sin techo, y por allá u por acá crecían frondosas higueras cubiertas de ricos higos. Así, de esta enorme casona que ocupaba toda una cuadra, quedaban a tras de la fachada solamente unos derruidos cuartos y solitarias paredes. Ahora ya es distinto. Fue una interesante tarde que pasamos con la maestra, con sus explicaciones sobre la historia de la casa de Cortés, cuyo pedazo fue la propiedad de su familia desde los siglos pasados. Donde termina la casona de Cortés, al final de la calle y al frente de la Caja de Agua, la esquina fue transformada en un tendajón  que aún está en servicio y que luce un típico portal con sus columnetas delgadas para sostener el techo y cubrir las bancas de mampostería que por muchos años han ofrecido un descanso a los  lugareños, y que invitaban a refrescar el día con un poco de charla y, por un rato, aligerar la fatiga del cuerpo. ¿De cuántas pláticas interesantes entre los aldeanos, de cuántas historias sobre Tepeapulco y su gente es testigo este portal? Ahora ya no se ve la gente charlando en su umbral,  pero deseamos que allí siga, que no lo perturbe nada, que siga este testigo de los tiempos pasados.

Avanzamos otro poco para descubrir más de cerca Tepeapulco y su gente. Sin embargo, nos faltaba aún mucho por conocer de su larga historia que, para la mayoría de nosotros que llegamos de diferentes lados a Ciudad Sahagún, nos era desconocida; incluso para los propios lugareños. Ésta se halla principalmente relacionada con la presencia de fray Bernardino de Sahagún y su magna obra, Historia General de las Cosas de Nueva España, que inició en este pueblo durante su breve estancia.

Después de vivir varios años en Ciudad Sahagún, y después de múltiples visitas al  exconvento, un día al entrar a su zaguán registré en un oscuro rincón una  modesta placa que decía que allí vivió fray Bernardino de Sahagún en los años 1558 a 1560. Y fray Bernardino de Sahagún seguía en la oscuridad de mi conocimiento, mientras los historiadores mexicanos y extranjeros seguían escribiendo numerosas páginas sobre la   importancia de su obra para  México y el mundo entero. En España, los Estados Unidos Americanos, Francia, Rusia, hasta el lejano Japón, han aparecido notas sobre Bernardino de Sahagún y sus Primeros Memoriales recogidos en Tepeapulco, gracias a las pláticas  que sostuvo con los  sabios  nahuas de este ancestral pueblo.

Por fin llegó el día en que supimos más sobre este ilustre fraile franciscano, gracias a la celebración, en muchos países, del aniversario de los quinientos años de natalicio de fray Bernardino de Sahagún. Fue Miguel León Portilla, historiador, investigador y maestro emérito de la UNAM, quien ha publicado varios libros sobre la vida y obra de fray Bernardino de Sahagún, quien nos abrió la puerta para acercarnos a la obra de Sahagún y reconocer su importancia para la preservación de gran parte de la historia de los pueblos de Mesoamérica; sin la estancia del fraile en Tepeapulco y sin sus conversaciones con los nobles del lugar ―que le proporcionaron invaluable información sobre la vida, costumbres y forma de gobernar―, esta parte de la historia se hubiera perdido para siempre.

Desde entonces hemos visto  la iglesia y el exconvento de San Francisco de Asís con otros ojos, con más respeto. Ojalá que no cambie Tepeapulco, que conserve su antigua belleza, que conserve su iglesia y el exconvento, las viejas casonas y la caja de agua de estilo mudéjar con su inscripción que dice que fue construida durante el reinado de Carlos V, y el acueducto más antiguo de Hidalgo, y las enigmáticas cabezas que sobresalen de las gruesas  paredes del complejo eclesiástico echando el agua a las piletas ya por varios siglos, aunque hoy con un chorrito cansado por robarle el agua las comunidades asentadas sobre su cauce. Y todo enmarcado por el cerro gordo Santa Ana y Xihuingo, que le imprimen a Tepeapulco  un sello de belleza sin igual. Tepeapulco, donde se reúnen los escenarios naturales de belleza única, con la historia única escrita por un hombre como legado para el mundo entero, porque esto es la obra de fray Bernardino de  Sahagún.

  Nos tardamos mi familia y yo, y quizás muchos de los vecinos de Tepeapulco, en acercarnos a esta herencia cultural. Ahora, nuestro conocimiento nos invita y compromete a proteger esta herencia, pues es un patrimonio de México de talla universal. Fray Bernardino de Sahagún es considerado el pionero de la Antropología moderna en el Nuevo Mundo, y Tepeapulco cuna de la Antropología moderna en México. Se tiene, entonces, en Tepeapulco un legado digno de merecer ser cuidado y preservado para las futuras generaciones. 

 

 
 
 
 
 
 
 
 

 

destiempos.com  I  Año 4 I  Número 19I  2009 ©

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