México, Distrito Federal I Marzo  - Abril 2009 I Año 4 I Número 19 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

El latido

 Teresa Iturriaga Osa (Palma de Mallorca, 1961). Es Doctora en Traducción e Interpretación. Ha colaborado en proyectos de investigación de la ULPGC, el CSIC y el Instituto Cervantes. Ha publicado en prensa, revistas y portales digitales. En 2004 es directora, coordinadora y autora de entrevistas y artículos de tipo etnográfico en el libro Mi playa de las Canteras. Traduce el ensayo Modou Modou, sobre el drama de la inmigración africana. En 2005 publica su relato “Hurto blanco” en Orillas Ajenas; en 2006, “Namoe” en Hilvanes; en 2007, “El violín y el oboe” en Fricciones; y “Tu nombre es Véronique” en el libro Que suenen las olas, con relatos escritos por mujeres marroquíes y canarias, que dirigió y coordinó. Ganadora del III Certamen Internacional de Poesía “El verso digital” 2008 y del III Certamen de Poesía “Encuentros por la Paz”. Se publica su libro Juego astral en versión digital.

 

Mira que la dolencia

de amor, que no se cura

sino con la presencia y la figura.

(Cántico espiritual, San Juan de la Cruz)

 

Compartir la bondad no nos será suficiente, amor mío, si no seguimos escalando las cumbres enredados en un beso como sucedió en nuestros primeros encuentros. Cuando te inventaste el juego de los roces, tus tanteos adolescentes para tenerme pegada al pecho.

      Una mañana de agosto encontré mi taza al lado de la tuya y adiviné tus pretensiones. Fuera de la sala común, sólo tuve que dejarme guiar por el ritmo de tu mano, un vals de tomillo y regaliz me fue llevando hacia una ermita donde silbaba el viento con un eco de violines irlandeses. Y día tras día, tú y yo descolgábamos la gloria del cielo para irnos de paseo, mientras el vuelo de mi falda te iba alejando poco a poco de la soltería, un colchón donde planchabas la ropa asustado por la soledad de la verdad.

      Quién sabe cuántas noches anduviste el camino entre las casas y las basuras rastreando lo más preciado, cegado por un ideal que no podías abrazar. Soñabas con una nube, perdías el tiempo con una  compañera que jamás te besó como yo lo hice.

      Y ahora recuerdo el habitáculo del amor, la roulotte aparcada frente al mundo, las horas en aquel porche viejo y húmedo por donde la gente salía y entraba al dictado de las oraciones. Ay, amor mío… tú y yo sabíamos entonces lo que era un milímetro de hierba, una sombra despejada, un rumor de manantial al olor de las brasas. No necesitábamos gafas para contar las estrellas, porque nos sabíamos de memoria su lugar en el espacio de la noche, y cada una de ellas tenía un nombre azul para nosotros y una mirada muy intensa.

      Fuguémonos, te dije un día, después de bajarme de la rueda de la angustia… Y fuiste tú el que te marchaste. No entendiste que yo te hablaba de un viaje interior. Encontré una nota en mi almohada con una pluma blanca de paloma. Confesabas por escrito tus desvelos y tu falta de fe. Me decías que volverías. No había fechas. Te presentarías ante mí en cuanto estuvieras preparado. Entonces, brincarías como una onda cuántica al firmamento y anudarías una estrella a la trenza que te prometí.

      Sí, yo estaba segura de que el viaje sería largo, los hombres tardan tiempo en recorrer su propio vientre. Y ahora has vuelto. Han pasado muchos años y, mira, no se ven flores en nuestra tierra ni se oye la voz de la tórtola, sólo se ven canas y calima sobre nuestros hombros, pero, por favor, no dudes del latido.

 

 

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