Mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.
(Cántico
espiritual, San Juan de la Cruz)
Compartir la bondad no nos será suficiente, amor mío, si no
seguimos escalando las cumbres enredados en un beso como sucedió en
nuestros primeros encuentros. Cuando te inventaste el juego de los
roces, tus tanteos adolescentes para tenerme pegada a
l pecho.
Una mañana de agosto encontré mi taza al lado de la tuya y
adiviné tus pretensiones. Fuera de la sala común, sólo tuve que
dejarme guiar por el ritmo de tu mano, un vals de tomillo y regaliz
me fue llevando hacia una ermita donde silbaba el viento con un eco
de violines irlandeses. Y día tras día, tú y yo descolgábamos la
gloria del cielo para irnos de paseo, mientras el vuelo de mi falda
te iba alejando poco a poco de la soltería, un colchón donde
planchabas la ropa asustado por la soledad de la verdad.
Quién sabe cuántas noches anduviste el camino entre las casas
y las basuras rastreando lo más preciado, cegado por un ideal que no
podías abrazar. Soñabas con una nube, perdías el tiempo con una
compañera que jamás te besó como yo lo hice.
Y ahora recuerdo el habitáculo del amor, la roulotte aparcada
frente al mundo, las horas en aquel porche viejo y húmedo por donde
la gente salía y entraba al dictado de las oraciones. Ay, amor mío…
tú y yo sabíamos entonces lo que era un milímetro de hierba, una
sombra despejada, un rumor de manantial al olor de las brasas. No
necesitábamos gafas para contar las estrellas, porque nos sabíamos
de memoria su lugar en el espacio de la noche, y cada una de ellas
tenía un nombre azul para nosotros y una mirada muy intensa.
Fuguémonos, te dije un día, después de bajarme de la rueda de
la angustia… Y fuiste tú el que te marchaste. No entendiste que yo
te hablaba de un viaje interior. Encontré una nota en mi almohada
con una pluma blanca de paloma. Confesabas por escrito tus desvelos
y tu falta de fe. Me decías que volverías. No había fechas. Te
presentarías ante mí en cuanto estuvieras preparado. Entonces,
brincarías como una onda cuántica al firmamento y anudarías una
estrella a la trenza que te prometí.
Sí, yo estaba segura de que el viaje sería largo, los hombres
tardan tiempo en recorrer su propio vientre. Y ahora has vuelto. Han
pasado muchos años y, mira, no se ven flores en nuestra tierra ni se
oye la voz de la tórtola, sólo se ven canas y calima sobre nuestros
hombros, pero, por favor, no dudes del latido.