México, Distrito Federal I Marzo  - Abril 2009 I Año 4 I Número 19 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

VISITANTE DE LA MEMORIA
 

Marisol Llano Azcárate (Asturias, 1964) estudió Filología Hispánica (Literatura) y desde 1989 es profesora de Lengua Castellana y Literatura.Génesis de un crimen, Ella no hace daño a nadie, ¿Quién mueve los hilos?, Mosaico ensangrentado, La muerte acecha en Luna Europa, Alerta en la estación espacial, Siete relatos con Roberta, Víctimas, fugitivas, asesinas y Tarda tanto la muerte... son los títulos que ha publicado. Ha obtenido el Premio Literario de Cuentos “Maresía” 2002 con La esposa del noctámbulo. Ha participado en los libros colectivos Ínsulas encantadas, Rojo sobre negro y Encuentro de Arte y Género de Médicos del Mundo-Canarias, reeditado con el título Mujeres de palabra. Han sido publicados numerosos relatos suyos en diversas publicaciones literarias.

 

Él era muy atractivo, arrebatadoramente bello, con esa hermosura capaz de perdurar a lo largo de los años, los lustros, las décadas, sin perder ni un ápice de su poder de seducción. Rozaba la cuarentena, pero se le veía fresco, como recién salido de un vivificador baño de juventud.

        Cuando lo conoció, Chloe se sintió de inmediato atrapada en la mirada intensa de aquellos ojos verdes. Al principio hablaron algunas palabras, apenas un intercambio de frases. Chloe no recordaba en qué instante se había transformado su aséptica relación de compañeros de trabajo en un sutil coqueteo.

        Por aquella época, Chloe se había adaptado a habitar un único cerebro, el de Paloma, una viuda adinerada que acababa de sobrepasar la cincuentena, llevaba una existencia acomodada y tranquila como funcionaria del ayuntamiento, y no tenía ninguna preocupación. A esta mujer, de belleza bien conservada, con exquisito gusto en su indumentaria, de correctísimas costumbres y formas sociales, Chloe le insufló poco a poco algo de su ajetreada vida intelectual y de su afán por el conocimiento.

        Se trataba de una conducta extraña en Chloe, provocada quizá por el cansancio que le producía vagar de un cerebro a otro sin interferir nunca, limitándose sólo a absorber los recuerdos, las experiencias que necesitaba para seguir enriqueciendo su memoria. No solía, por tanto, modificar en nada las mentes que habitaba, sólo las leía, pero no imprimía en ellas ninguna huella, se abstenía de manipular sus contenidos… En cierto modo, Chloe sentía que recientemente se había aburguesado, lo que le producía algunos remordimientos, pero no dejaba de reconocer que los siglos de investigación y recogida de información la habían agotado y necesitaba descansar.

        Estaba satisfecha de su labor. Era cierto que también había visitado mentes más bien mediocres, que no le habían aportado prácticamente nada, pero como compensación, había conocido inteligencias que no podría olvidar, a las que incluso deseaba regresar para comprobar su evolución, su enriquecimiento. Este anhelo era fruto de su inmensa curiosidad.

En una ocasión, hacía más de dos décadas, había investigado el cerebro de una niña de once años nacida en una zona rural. Chloe se sorprendió ante aquel prodigio. La pequeña tenía una avidez de conocimiento tan grande que leía todo lo que caía en sus manos, observaba detenidamente las rocas, las plantas, los animales, las personas, memorizando cada detalle para después procesarlo, compararlo y archivarlo en su bien organizado cerebro. Su afán de sabiduría le llevaba a pedir libros prestados a todos sus vecinos. Chloe recordaba la sensación de impotencia y de frustración de la niña cuando su madre la obligó a devolverle a un vecino suyo un volumen sobre criminales famosos que le había pedido prestado. Chloe guardaba ciertas esperanzas de volver a visitar aquel cerebro prodigioso, heredado sin duda no de sus progenitores, sino de alguna mujer terrible y grandiosa, poderosa por su capacidad para comunicarse con la naturaleza y para leer sus signos, fuese sibila, bruja, hechicera o sacerdotisa de una antigua religión bucólica o de alguna ancestral divinidad agrícola.

Otro de sus mejores hallazgos había sido un anciano campesino de ojos velados por cataratas y párpados surcados de profundas arrugas. Encerrado en su semiceguera, con la única y esporádica compañía de su nuera y de su nieta, aquel anciano, que había levantado su casa con sus manos, ladrillo a ladrillo; que había enterrado a su esposa, fallecida de un paro cardíaco, y a su único hijo, muerto en la mina; había desarrollado una peculiar filosofía de la vida, a la vez práctica y pesimista. La más extraña y mejor fundada filosofía de la vida que Chloe había hallado en sus numerosos desplazamientos. Opinaba que el dolor y la enfermedad eran promotores de la sabiduría, pues reconciliaban al ser humano con su propia naturaleza y le concedían plazos de reflexión y autoconocimiento. Sostenía, además, que la vida no era sino un cúmulo de oportunidades que se habían dejado escapar cuando se elegía una opción que no siempre era la más conveniente. Mientras aguardaba la llegada de la muerte, a la que creía no temer, pues le había arrebatado los seres que más amaba, seguía reflexionando. No podía ver a su nieta, el blanco velo de las cataratas se lo impedía, la niña era para él sólo una vocecita temblorosa, ¡quién podía saber qué cosas habría oído acerca de su abuelo…! El anciano evitaba con todas sus fuerzas abandonarse a sus sentimientos y quererla, pues le asustaba imaginar que la dama de la guadaña se la llevase también a ella. Vivía, por tanto, en una continua zozobra entre el temor de dar rienda suelta a su cariño de abuelo y el de volver a sufrir lo mismo que con la pérdida de su esposa y de su hijo, dolor que no había podido arrancar de su alma a pesar de los años transcurridos desde uno y otro óbitos.

Otra anciana, Vicenta, había dejado especial huella en la memoria de Chloe. Se trataba de una médica ya sexagenaria que curaba por igual a animales, niños, adultos y ancianos. Destinada desde su juventud a zonas rurales, en una época en que sólo contaba con una pobrísima consulta y un destartalado cuarto que hacía las veces de sala de espera, cuando las jeringuillas todavía no eran desechables, sino que se hervían para ser utilizadas una y otra vez, en las aldeas escaseaba el dinero y los pacientes no podían comprarse las medicinas ni contaban con una seguridad social que se las financiase, Vicenta había estudiado las dotes curativas de las plantas medicinales, había aprendido a reconocerlas, a recogerlas en el momento oportuno, a secarlas y almacenarlas a salvo de posibles insectos y alejadas de la humedad.

—Tómate tres tazas de esta hierba al día, por la mañana, al mediodía y por la noche. Hazlo durante cuatro días, después ven a verme de nuevo.

Así solían ser sus prescripciones. Baratas y eficaces. Y los pacientes se curaban sin efectos secundarios. Durante su larga carrera, sus observaciones de las distintas dolencias y la reflexión posterior dieron sus frutos. A medida que pasaba el tiempo veía con más claridad el papel del médico: hacer más llevadera la enfermedad mientras el paciente se curaba. Había llegado a formular su propia teoría: la enfermedad se dividía en tres etapas, una primera fase que Vicenta denominó pre-crisis o de desarrollo, una segunda, que llamó crisis, y una tercera, de curación. Su papel como médica era reducir las dos primeras etapas, hacerlas más llevaderas, atenuar la crudeza de los síntomas, y conducir al enfermo lo más rápidamente posible hacia la fase de curación. No obstante, el proceso era inevitable y el paciente había de pasar inexorablemente por los tres estadios de la dolencia.

Casi a punto de jubilarse, por su prestigio como médica de cabecera, le habían propuesto dirigir el complejo hospitalario de la zona, de reciente construcción.

   ¿Qué tendré que hacer? –preguntó a su interlocutor con su estilo habitual, llano y directo.

   Organizarlo todo y ponerlo en funcionamiento. Usted sabe más que nadie de las gentes de aquella zona.

   Lo que yo sé hacer bien es curar –afirmó displicentemente–. Y esto es lo que quiero seguir haciendo.

   Como directora tendrá la oportunidad de enseñar a muchos médicos nuevos…

   No lo crea –dijo con cierta brusquedad, y movió la cabeza negativamente antes de añadir a modo de explicación–: para aprender, antes hay que tener humildad, creer que una no lo sabe todo, y además, se necesitan ciertas estructuras mentales donde encajar los nuevos conocimientos.

   Pero usted puede enseñarles… –insistió el otro.

Vicenta lo miró de hito en hito. Empezaba a sospechar que aquel hombre no sabía de qué estaba hablando ella.

   Se trata de un crecimiento personal –aclaró–, un desarrollo individual y, por lo tanto, intransferible. Es preciso ser consciente de la necesidad de otros conocimientos, someter a la duda la validez de lo que se hace. Sin esto, nada se consigue.

   No sé a qué se refiere… –acabó por confesar el hombre.

   Hablo de la enfermedad concebida como un proceso desencadenado por un ser vivo en el organismo de otro –explicó–. El cuerpo humano como un complejo y perfecto engranaje que funciona como un todo. Eso hay que tenerlo claro antes de empezar a curar. ¿Cuántos médicos conoce usted que aceptarían este punto de partida? –preguntó la doctora.

El hombre no se atrevió a responder. Le daba miedo ver cómo reaccionaría Vicenta cuando supiese que él, un médico célebre, consejero de sanidad de aquella comunidad autónoma, no se había planteado nunca todos aquellos interrogantes que ahora flotaban sobre su lujosa mesa de despacho, que no era lo único que se interponía entre ambos.

Vicenta rechazó el cargo de directora y siguió con su trabajo. Ahora tenía una consulta bien equipada y una amplia sala de espera para sus pacientes en la parte destinada a consultas ambulatorias, un edificio anexo al moderno hospital recién construido. Nadie se atrevía a poner en duda la eficacia de sus métodos. Habían sido muchos años de ganarse a pulso su reputación de médica eficiente. Eso sí, se sentía bastante sola, sin la posibilidad de compartir sus pensamientos con los demás galenos… Hasta que llegó un médico muy joven, recién licenciado, que, al notar los peculiares métodos de curación de la anciana, se dedicó a hacerle preguntas y más preguntas, hasta empaparse de la sabiduría de esta. Poco a poco fue convirtiéndose en su discípulo, incluso quizá en el hijo que, totalmente entregada a su profesión, ella no había tenido nunca.

En sus veintitrés años de viudez, nunca había sentido Paloma ninguna veleidad erótica o amorosa. Pero cuando Chloe se instaló en su mente de un modo casi definitivo, el cuerpo de Paloma comenzó a sentir deseos que creía olvidados. Su inesperado enamoramiento de aquel compañero de trabajo no fue el primero. Con anterioridad, Chloe había forzado ciertos experimentos más propios de la adolescencia que de la madura edad de Paloma, pero necesarios para recuperar el hábito de mirar y sonreír a un hombre, mostrarse insinuante y a la vez misteriosa, atraer y rechazar con apenas un gesto, captar con rapidez la belleza masculina, apreciar en una sola mirada el ardor que podía despertar en quien la observaba, evaluar prontamente las posibilidades de un contacto…

Él mostraba, con sus sonrisas, sus palabras y sus gestos, una discreta inclinación hacia Chloe, mientras, de un modo quizá demasiado evidente, coqueteaba con una compañera mucho más joven cuando se hallaban en gran grupo, como sucedía durante los desayunos en la cercana cafetería de la señora Ruiz. No habían tenido oportunidad de quedarse los tres solos, lo que impacientaba a Chloe, deseosa de observar el comportamiento de él y de la muchacha en esa situación que todavía no había sido capaz de forzar.

Los días transcurrían, las semanas se sucedían en un abrir y cerrar de ojos, y los meses amenazaban con pasar de largo sin que Chloe hubiese observado ningún cambio en el comportamiento de él. En cierto modo esa quietud la desesperaba, pues aguardaba un avance de alguien y el comienzo de una relación, bien de él con Paloma, bien con la joven rival. De modo que decidió hacer algo. Intentaría no interferir, según su costumbre, pero necesitaba saber qué pensamientos se ocultaban dentro de aquella hermosa cabeza masculina.

Unos días más tarde, cuando él y Paloma preparaban juntos un informe, Chloe abandonó el cerebro de su huésped y se adentró en la mente del hombre. Hacía muchos años que no se arriesgaba a una experiencia semejante. Inmediatamente perdió parte de su capacidad para percibir los colores. Ahora veía prácticamente homogéneo el aspecto del traje de Paloma, matizado de varios morados muy similares entre sí, que ella misma había elegido aquella mañana.

Empezó a captar, sin embargo, aromas que antes no había notado; el perfume de Paloma, con toques de naranja y de canela; un segundo olor entre dulzón y ácido, que muy bien podría provenir del sudor de sus axilas o de su nuca, o, pensó más tarde, de su sexo. Comenzó a notar un cosquilleo en la parte inferior del abdomen, una agradable sensación de picor que situó a la altura de la ingle y le hizo comprender que él se estaba excitando. Aunque la sensación no le era desconocida, pues había visitado con anterioridad los cerebros de hombres jóvenes y ardientes, despertó su curiosidad. ¿Le afectaba así la proximidad de Paloma?, ¿y si se hallase cerca de la muchacha? Quizá debería probar, pensó Chloe, casi dispuesta a obligar al hombre a abandonar su puesto y a acercarse a la joven con cualquier pretexto. Reflexionó sobre ello. Quizá sería mejor realizar antes una investigación. Para eso había ido hasta allí. Resolvió quedarse el tiempo necesario para revisar sus recuerdos, sus sentimientos y sus intenciones hasta ser capaz de comprender qué era lo que él sentía por Paloma.

        Había comenzado a husmear en su mente cuando oyó que él le proponía a Paloma una cita para almorzar aquel mismo día, que era viernes. Al menos algo habían avanzado, pensó Chloe. No tardó en descubrir algunos secretillos del pasado de él que la asombraron. Aquella joven con la que él coqueteaba había sido su amante durante un tiempo, de ahí quizá provenía aquel trato tan confianzudo entre ellos. Se sorprendió cuando supo que él también había seducido y mantenido abundantes contactos sexuales con Lourdes, la del Registro…, y con Ana, que desde hacía año y medio estaba de baja con depresión. Aquello no se lo esperaba Chloe, que empezó a creer que se trataba de un avezado conquistador a quien no se le resistía ninguna presa.

Su estupor fue en aumento cuando vio la imagen reciente de una mujer y dos niños pequeños, entre cuatro y seis años, quizá. Indagó en la dirección de este recuerdo cercano, mientras ideaba una explicación y  pensaba distraídamente en una posible hermana y dos sobrinillos, pero halló que eran la esposa y los dos hijos del seductor que había citado a Paloma para aquel mediodía. Esto le produjo una viva preocupación. No deseaba que aquel hombre se entrevistase con la inexperta Paloma sin que ella, Chloe, pudiese acudir en su auxilio empleando toda su sabiduría. Era, pues, urgente abandonar el cerebro de él y regresar a la mente de Paloma.

Antes de marcharse sintió la tentación de llevar a cabo algunos cambios. Le seducía la idea de hacer algo beneficioso para la esposa resignada que lo esperaba pacientemente en casa, a fin de que esta tuviese una nueva oportunidad de recuperar su amor. La idea de borrar los recuerdos de las conquistas extramatrimoniales del hombre la tentaba con una fuerza inusitada, muy superior a su hábito de no interferir en las memorias visitadas.

Probablemente sería inútil, pensó. Nadie es capaz de cambiar por completo. Él volvería a las andadas… Chloe sabía que debía regresar con prontitud. No deseaba tomar una decisión precipitada, especialmente si consideraba que tenía todo el tiempo del mundo para reflexionar y elegir una u otra opción. Quizá volvería más adelante a realizar aquellos pequeños y útiles ajustes que había pensado…

 

 

destiempos.com  I  Año 4 I  Número 19I  2009 ©

volver al índice  

Copyright 2006-2009- destiempos.com - All Rights Reserved -