Mi padre amaba el mar. Cada madrugada escuchaba
sus pasos silenciosos abrirse camino en la estancia oscura,
siempre cuidándose de no despertar a mi madre o a mí. En
silencio se vestía y en silencio tomaba su candil que siempre
dejaba junto a la puerta, la noche anterior. Después se
encaminaba a mi cama y me daba un cálido beso en la frente. Yo
fingía que dormía, pero ocultaba las ganas de prenderme de su
cuello, no soltarlo hasta que accediera a llevarme con él, darle
uno y mil besos y decirle cuánto lo amaba. Pero no podía hacer
nada de eso: “Los hombres no besan a otros hombres”, decía mi
madre. También decía muchas cosas más que al principio me
impidieron amar a mi esposa y a mis hijos.
Silencioso… él se marchaba. Entonces me ponía de
pie y me dirigía a la ventana. Lo veía atravesar el patio y
seguía su sombra a través de los árboles. Tranquilo acomodaba la
red en la panga y se dirigía al mar. Ya en él, veía cómo una
pequeña luz se movía lentamente hasta casi perderse. Entonces
me iba a la cama.
Al despertar, un cálido aroma inundaba mi nariz y
se refugiaba en mi estómago vacío. Me vestía velozmente e iba a
la cocina donde mi madre ya preparaba los deliciosos camarones
que mi padre había pescado. Siempre desayunábamos solos, pues mi
padre tenía que regresar al mar con otros hombres. Cuando el
Sol ya había mostrado su cara por completo, mi padre llegaba a
la playa. Todos descargaban la pesca y se encaminaban al puerto
a vender el producto.
Por la tarde regresaba con dinero en la bolsa y
frutas y verduras en las manos. Mi madre tomaba con indiferencia
aquello e iba a la cocina a preparar la comida.
Cuando mi padre estaba en casa se sentaba en las
tardes con nosotros y nos contaba historias sobre el mar.
Aprendí de memoria el cuento del hombre con cuerpo humano y cola
de pescado que hacía una y mil tretas para jugarles mal a los
pescadores. Y aquellos de seres gigantes y feroces que se
escondían en las profundidades en espera de un indefenso barco
que atacar. Al principio me daba miedo ir mar adentro, temía que
unos enormes tentáculos salieran de pronto y se llevaran la
panga hasta el fondo y mi pequeño y débil cuerpo fuera devorado
por los tiburones. Con los años aprendí que todos aquellos
relatos habían salido de la boca de algún hombre con mucha
imaginación, a pesar de que muchos juraban que tenían a algún
conocido que a su vez conocía a alguien a quien le había
acontecido determinado suceso.
Cuando crecí, vi que en ese pequeño pueblo mi
futuro estaría marcado por una red y una panga. Decidido, hice
una estrecha maleta y me encaminé a la capital. Mi padre trató
de detenerme: “El mar es la vida que te corre por el cuerpo… No
lo dejes ir.” No le hice caso y partí. Con dificultad encontré
un trabajo y con dificultad terminé la preparatoria. De vez en
cuando enviaba cartas a mi padre e imaginaba el momento en que
las recibía: Seguramente Alfredo, el cartero, pasaba por la
tarde con su vieja maleta negra, a punto de deshacerse, buscaba
una y otra vez la carta de mi padre, a pesar de que su maleta
estaría casi vacía. Al encontrarla la tendía al viejo, quien se
inclinaba sobre la silla, se enjugaba el sudor y con su mano
temblorosa la tomaba. Sin verla la ponía sobre la mesita y
fingía olvidarse de ella mientras acompañaba a Alfredo al
camino, de vuelta al pueblo. Por la noche tomaba la carta y
sentado al filo de su cama la leía una y otra vez.
Después de que yo me marché mi madre lo abandonó.
Dijo estar fastidiada de ese lugar, de la gente y de mi padre
que no sabía otra cosa que encaminarse al mar. Mi padre lloró,
lloró cada noche y cada madrugada que iba en busca de pescado.
Ella desapareció para siempre. Mi padre se quedó solo. Salía a
candilear para él. Regresaba del mar y cocinaba su propia
comida, después lavaba su plato y se sentaba toda la tarde,
absorto y tranquilo a contemplar el mar.
Años después regresé, vestido con ropas limpias y
nuevas. Dispuesto a llevarme a mi padre. Su espalda estaba
cansada, sus manos titubeaban al preparar la red y el dolor en
las piernas a veces le dificultaba el andar. Dispuse para él una
habitación en mi casa. Mis hijos deseaban conocer a su abuelo y
mi esposa mandó arreglar la casa al saber que lo llevaría
conmigo. Todos nos aguardaban.
Por la noche dejó su candil junto a la puerta y
me dijo: “Tienes que escucharlo”. Al principio no entendí sus
palabras: “¿De qué hablas, viejo?”, pregunté sonriendo. “Del
mar… tienes que escucharlo”, señaló mientras una extraña luz se
adueñaba de sus ojos. No dije más, aunque me hubiera gustado
hacerle saber que durante catorce años viví, comí, respiré ese
mar y escuché su canto en noches tranquilas y su enfado y rencor
en días de furia.
En la madrugada, su delgada mano me despertó: “Es
hora”, fue todo lo que dijo. Tomó su candil y nos dirigimos al
mar. Un leve viento movía suavemente las olas. La vieja panga
parecía romperse. Cuando estuvimos a una distancia
considerable, el viejo encendió el candil. Una brillante y
tranquilizadora luz iluminó las aguas. Él se sentó cerca y dijo:
“Cierra los ojos y escúchalo.” Cerré los ojos y un aire puro,
húmedo, me dio en el rostro, y lentamente se coló por la nariz.
Sentí su aroma recorrerme y una descarga eléctrica se adueñó de
mi cuerpo. Era como si durante veinte años hubiera estado
quieto, caminando por caminar, hablando por hablar… Era como si
la vida me hubiese dado una bofetada de repente y con sus
fuertes brazos, de un solo tirón, me sacara de un estado de
adormecimiento en el que había estado todo este tiempo. Mis
oídos se abrieron y olvidaron para siempre el claxon de los
autos, el ruido de las máquinas, los gritos de la gente.
Entonces lo oí. Era una voz lejana, un grito ahogado que se
acercaba velozmente. Abrí los ojos de súbito y me encontré con
los de mi padre: tiernos, complacidos y felices. Me tomó por el
hombro y me dijo: “El mar es mi vida, su agua recorre mis
venas.” No dije nada y sólo escuché el papalotear de los
camarones y lo contemplé silencioso candileando en el mar.
Regresé a casa sin él. Unos meses después alguien
me habló por teléfono. Por la mañana tomé el autobús al pueblo.
Atravesé impaciente la calle principal. Alfredo me alcanzó antes
de escapar del pavimento y acompañó mis pasos por las veredas
de arena. Llegamos a la casa de mi padre. Todo estaba en orden:
la cocina limpia, la cama tendida, los trastes colgados de la
pared y su candil, quieto y silencioso, cerca de la cama.
Alfredo me tomó por el hombro y dijo: “Lo vi desde lejos. Le
traía tu carta. Él estaba parado cerca de la playa… El mar
estaba un poco bravo y las olas tocaban sus pies. Al principio
pensé que sólo lo estaba contemplando como cada tarde, pero
cuando estaba a punto de llegar a él, comenzó a caminar. Nunca
lo vi tan firme y decidido, parecía como si de pronto la vejez
se le hubiera ido de las piernas y ahí estaba otra vez joven. Se
internó en el mar. Las olas lo alejaron. Corrí, pero no lo vi”.
Di a Alfredo las gracias. Él se marchó y me dejó
solo en casa. Sobre la cama estaban todas las cartas que le
había enviado sujetas con un listón rojo. Me encaminé a la
playa, el sol comenzaba a ocultarse y vi el rostro de mi padre
sonriéndome en el horizonte. Sonreí, cerré los ojos y respiré el
olor a vida que el mar siempre trae.