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Adrián Ferrero (La Plata, Argentina 1970). Cursa
su Doctorado en Letras. Ha publicado en carácter de
Editor el volumen Obra crítica de Gustavo Vulcano,
Desde 1999 ejerce la docencia universitaria. En
carácter de escritor de ficción publicó los libros
Verse (cuentos, 2000) y Cantares
(poemario, 2005). Ha sido traducido al inglés y
editado por Small Beer Press (New York and
Boston, U.S.A) |
Para Liliana Heer, primera lectora entusiasta de este
cuento
La última carta: una receta de liebres al
vino blanco. De tan lejos podía husmearlo, cocinando junto a
un fuego imperdible, una botella de buen tinto y la luna de
África mirando para este lado. Es cierto, la vida de marino
tenía sus recompensas. Los paisajes no eran de lo peor. La
charla entre varones previsiblemente narrando encuentros
explosivos, escarceos que la vanidad insegura exageraba. El
aire libre y pesado lleno de luciérnagas palpitantes, de
polillas aturdidas. La noche plagada de cigarrillos y de
libros. Las alimañas lejos, en algún sitio. Ella no se
pavoneaba así delante de sus amigas. Hablaban de sus madres,
como sus madres hubieran hablado, mientras tomaban un café
(y no un brandy), a lo sumo fumando esos Gauloises
que le traía Marco de sus viajes. Entre las manos, una
costura añeja que ella no daba en acabar, destejiendo lo
tejido el día anterior.
La primera carta que llegó, ella la abrió
rompiéndolo todo con los dedos, arrebatando esas novedades,
tironeando de unas palabras que no decían la verdad. No
admitió, ella no pudo admitir enterarse de la verdad
escondida. En las efervescencias de Marco ella encontraba el
consuelo perfecto para sus miedos. Los juramentos de amor
eterno, de fidelidad ultramarina, los sueños castos, le
alcanzaban para tirar de ese amor hasta la vuelta, como de
un cordel sin fin.
Hasta en sus fantasías ella lo hacía mil
veces con el mismo: Marco, Marco, Marco. Nunca con los que
veía por la calle y miraba de soslayo, amantes imposibles
que despertaban sus oníricas fragancias. Nunca le ató un
ancla al cuello y lo arrojó por la borda, como suele hacer
toda buena esposa alguna vez con su marido. Recordó que esa
no había sido su pesadilla. Lo cierto es que no soñaba con
amantes y eso parecía no importarle. Se supone que una madre
cristiana observa una serie de ritos que...
Los días se le iban en la casa: el aseo por
las mañanas, las flores del jardín por la tarde, regadera en
mano, rastrillo en la diestra, el sol que le hacía olvidarse
de mirar los mapas. El jardín era una geografía todavía
incierta, difícilmente controlable en su crecimiento
indetenible y azaroso. Sus tareas la sumergían en una
materia tangible, una cartografía que sus manos conocían.
Atender al crecimiento de los hormigueros combatiendo con
diestros plaguicidas esos bichos monstruosos, con antenas y
patas de escorpión, recortar los canteros, pasar un trapo
húmedo a las hojas del rosal junto a la puerta, desmalezar
la begonias que no tenían la culpa de sus descuidos,
alimentar al enorme quelonio que descansaba como un Buda
lento y manso junto a la fuente.
El regador era un éxtasis para ella: la
aspersión del agua y las gotas que se perdían en esa
dimensión de lo aéreo. Agua que salpica como sueños que
salpican: sus propias fantasías que se perdían sin asidero,
al igual que esas pompas que flotan y en un punto estallan.
Alimentando esperanza y desazón, los ensueños son nada más
que eso: algo frágil, que puede explotar, extraviarse en
otras manos, en algún espacio que ya no es esta dimensión en
la vivíamos o creíamos vivir.
Dos veces por semana caminaba la avenida
principal del pueblo. Ida y vuelta, asistía a la renovación
de la hojarasca inerte, arremolinándose mientras giraba en
círculos. Observaba los carros cansinos, las veredas rotas
sin remedio. Y no pensaba que eso era perder el tiempo. La
sangre palpitaba, los pulmones resollaban rumorosos, el
abdomen se inflaba, la tráquea palpitaba, términos de la
medicina que ella usaba para tranquilizar de sus inquietudes
infundadas, como si conjurara, con un mantra
científico, un dolor moral. Se sentía menos sola, es verdad.
Las cartas de Marco estaban todas atadas en
un paquete lila. No las perfumaba porque eso le parecía una
cursilería, adolescente o, peor aún, de solterona. Pero las
apilaba formando un mazo y las releía en desorden. Alterando
la cronología, se enteraba, como en un tarot imaginario y
fatal, de un futuro que quería ignorar y jugaba a conocer en
una versión cómoda. Ese día miró por la ventana y vio por
primera vez dos niños que venían de la escuela. En ocasiones
las disponía sobre la mesa, ordenando el recorrido de Marco
según los puertos en los que se había detenido, depositando
la carta en una oficina postal y por fin zarpado.
En una carta Marco le refería las hazañas
en el confín del mundo, ese lugar en el que la gente parece
caerse del mapa. Frente a sus rutinas circulares, las cartas
de Marco eran la larga novela por entregas que ella consumía
al calor del hogar, a todas horas, antes o después de las
comidas. Pero siempre a solas, como esas mujeres que leían
folletines por entregas a medida que los navíos las traían
en sus vientres.
Ese carácter insólito de los avatares de
Marco, de su residencia en el África, Turquía o, en el colmo
del snobismo, la misma Abisinia, mezclado con
noticias sobre el tránsito de una caravana por Afganistán,
le evidenciaban su pobreza, cuando no su inmovilidad.
Sin embargo, hastiado de episodios
extraordinarios, Marco anhelaba la tranquilidad de un
cuarto, el café amargo por las mañanas, el sabor de su pipa
de marlo junto a la chimenea, el sosiego cierto del sexo con
la misma hembra durante meses. ¿Una utopía recíproca,
plagada de optimismo nupcial? Harta de las puntadas de su
aguja, ella añoraba los camellos y los turbantes. Él, quién
podría saberlo.
Recíprocamente, sus destinos los aliaban en
un pacto. Lo que ninguno de los dos tenía era siempre lo que
había que celebrar. Y la certeza de que mutuamente la
distancia en incesante movimiento de uno, el sedentarismo de
la otra, eran dos mitades necesarias. En las largas marchas
de Marco, en las rutinas domésticas de ella, había un fondo
común: el murmullo de un deseo.
Ella no le escribía. Mejor dicho, escribía
un cuaderno de tapas amarillas que Marco leía todo de un
tirón a la vuelta. Recostado en el sofá de la sala,
olisqueando el café negro recién molido por ella, Marco por
fin tenía el otro relato, la otra historia: la historia
menuda que le gustaba soñar para ella y que ella
cuidadosamente segregaba como un plasma.
La última carta llegó un martes. Junto con la
receta de las liebres que le había pasado no sé qué hindú,
Marco le advertía de su próximo arribo en dos semanas.
Dentro del sobre había dos pétalos de una flor blanca sin
aroma. Le pedía que lo esperara con una cena mediterránea,
dos vinos helados, una buena provisión de tabaco y la cama
con sábanas limpias.
Ella se esmeró. Lavó las sábanas con un jabón
muy blanco. Las planchó hasta quedar exhausta. Hizo la cama
y la deshizo tres veces porque no satisfacía el carácter
tirante que quería imprimirle a la ropa. Esponjó las
almohadas. Preparó dos velas rojas para la cena y otras dos
de madreselva para el dormitorio y la sala. Enceró pisos. Y
no se puso ropa interior: el detalle que Marco no aclaraba
pero que ya era un pacto.
Encendidas las velas, ventilado el comedor
después de las preparaciones, dispuesta la mesa, abiertos
los ventanales que daban al jardín, ella se retiró a la
sala. Allí esperó, releyendo las cartas de Marco. La última
terminaba así:
“... y si temes por mí, por la distancia,
por los peligros de un viaje, sería bueno que te inclinaras
sobre un fuego y supieras que allí estoy: donde haya luz
será el lugar para encontrarme. Te ama. Marco.”
Ella repitió esa frase muchas veces,
muchas veces, muchas veces, dejándose invadir por la idea de
que era más un maleficio que una promesa. El eco de las
palabras de Marco, su eficacia, la hicieron inclinarse sobre
la chimenea que estaba apagada, pero en la cual viboreaba el
pabilo de una vela blanca y perfumada. No lloró porque la
carta no era triste.
Sonó la campanilla del timbre y ella se
levantó de un brinco, en un paroxismo de expectación. Corrió
a la puerta y sí, era Marco, que traía un loro en el hombro.
Antes de regañarlo lo hizo pasar y lo besó con desconfianza,
después de pedirle que apartara al pajarraco.
Se sentaron en el sofá y él le anunció que no
traía apetito. Ella entendió y lo condujo de la mano hasta
la alcoba. Se besaron formando una sola boca, un solo
nombre, un solo pétalo. Se desnudaron como si desvistieran
un mismo cuerpo, se acoplaron formando una misma figura que,
vista desde afuera, era bellísima y monstruosa, como una
quimera, un hipogrifo o un ser andrógino. Él acarició su
pubis, su monte de Venus, acarició su abdomen y llegó a la
frescura blanca de los pechos. En eso estaba cuando se topó
con las durezas sólidas y enormes.