I
Descendió entre sombras amarillentas, adentrándose
en el claroscuro de los callejones que desembocan en
las arterias de la inmensa urbe. Se deshizo del
atuendo exterior, arrojándolo sobre las ascuas
atrapadas por el metal ardiente. Mientras encendía
un cigarro, se encaminó hacia la estación de
Greyhound. El golpe había sido perfecto,
divagaba con placer mórbido e ininteligible para la
gente que le rodeaba en aquel instante de gloria. Lo
mejor de todo, pensaba, consistía en ser un hombre
anónimo, común y corriente ante las miradas
dispersas bajo el mismo techo. Le fascinaba observar
el comportamiento de cada individuo, e iniciar
conversaciones intrascendentes con gente que jamás
volvería a ver. En cada viaje podía mentir a sus
anchas, recreando mundos ficticios: corroborando así
una vocación de escritor frustrado. El estar ahí,
significaba pertenecer al común denominador de la
pobreza material del país más poderoso del mundo.
Sin embargo, sonreía con discreción, acariciando
cautelosamente la billetera resguardada en sus
bolsillos interiores. La superficialidad de las
pláticas se difuminaba entre lloriqueos de bebés,
estornudos, ronquidos, y el consumo incesante de
refrescos y papas fritas. Los momentos más
agradables estaban integrados por monólogos que
surgían entre el límite de la conciencia y el
ensueño. A través de una maraña de pensamientos
simultáneos, viajaba por geografías diversas,
recordando otros días gloriosos. ¿Se iría a la tumba
con ellos? Indagaba el subconsciente durante ese
estado soporífero, provocado por la monotonía del
recorrido y el calor de los cuerpos contiguos.
Acostumbraba meditar en torno a los pormenores de
trabajos que involucraban un riesgo muy alto. Todo
había sido planeado. El acceso al inmueble: alcanzar
el objetivo e huir precipitada y sigilosamente. La
misma emoción recorría su cuerpo. ¡Sí!, volvía a
reflexionar, habría valido la pena; pero la maldita
posibilidad de encontrarse atrapado con seres
monstruosos lo acobardaba. Sabía muy bien que en las
prisiones, casi todos deseaban poseer un muchacho
trigueño, delgaducho, el cual, quisiera o no, sería
transformado en un sirviente dócil, atento a los
deseos del amo en turno. La probabilidad de cometer
un error era mínima o nula, meditaba por enésima
ocasión. No obstante, el elemento sorpresa
exacerbaba aquel paroxismo que sólo el alcohol
lograba amainar.
II
A George le gustaba emborracharse en la frontera
mexicana. Allí se sentía libre, y bien recibido.
Empezaba las parrandas en Tijuana, y a veces,
concluía en Caléxico. Todo era sentimiento puro,
suave y diáfano. Los mexicanos sabían disfrutar el
momento; los veía caer, tropezar y levantarse para
continuar celebrando la feliz amargura de ser. Nunca
se sintió ajeno al dolor y placer de aquellos
hombres que dialogaban consigo mismos; vociferando
palabras, cuyos ecos y significado traspasan
continuamente las aguas del Río Bravo, extraviándose
en la magnificencia del desierto. En madrugadas
infinitas, sus acompañantes hablaban e increpaban a
un Dios condescendiente, quien les permitía
comunicarse con sus ancestros. Ahí estaban siempre
los seres queridos, aconsejándoles, cuidando de
ellos. Y en ocasiones, decidían llevárselos al más
allá. Todos reían, lloraban o filosofaban hasta
alcanzar el límite del cinismo. Aquel espacio
concentraba seres desesperados, que buscaban mejorar
una situación económica vedada por la historia. El
conjunto de rostros reflejaba la misma impotencia
que George había experimentado en Nueva York. En ese
lugar, vislumbraba pesadillas de la infancia,
circuidas siempre por la inseguridad económica. Por
esto le gustaba México, ya que podía regresar al
pasado mediante el recuerdo de sentimientos análogos.
En cada mesa, y después de ingerir una cantidad
respetable de mezcal, reencontraba las frustraciones
de sus progenitores inmigrantes. Las quejas y estado
anímico resguardadas en la memoria, se reproducían
en las miradas y expresiones de aquellos semblantes
enjutos, cicatrizados y ojerosos. El hambre, la
maldita sensación del hambre continuaba acechando a
generaciones enteras, dirimían los presentes,
levantando caballitos de tequila. Después de todo,
asentaban, sólo eran dueños del instante y la
felicidad efímera de unas cuantas horas rodeadas por
las incertidumbres del mañana. La embriaguez
desvanecía preocupaciones, y liberaba cualquier
clase de angustia, presión y ataduras sociales. Les
habían quitado todo, salvo el espíritu de
sobrevivencia. De esta manera, el alcohol era el
arma ideal para enfrentar un mundo hostil y
desconocido. Con el paso de las horas, las ideas y
pensamientos se fusionaban con la música del garito
en turno. Los cuerpos y mentes sufrían
fragmentaciones paulatinas; aflojándose hasta quedar
aletargados entre el llanto diaspórico, paliado éste
de carcajadas y alaridos, que a contrapunto,
fundíanse con los corridos, rancheras y ritmos
tropicales.
—La intoxicación del cuerpo genera ángeles,
señaló indistintamente un parroquiano.
—Tiene usted razón. Es necesarísimo
acercarse al cielo para sobrevivir este maremágnum.
Todos brindaron en silencio, esperando que los
recuerdos que les acosaban, se desvaneciesen
inesperadamente en los momentos sublimes de la
borrachera.
Al igual que en el Greyhound, George
disfrutaba aquel ambiente integrado por pasajeros en
tránsito. Cada grupo estaba unido por la esperanza
de lograr una situación económica favorable para su
familia. Nada se perdía con perseguir quimeras. Las
contradicciones eran obvias, proseguía meditando ―cabizbajo
y hermético—, deseando derramar lágrimas de rabia
ante la injusticia, que esa noche, al igual que
muchas otras, era aplastada por la fe ciega,
producto de la necesidad extrema. Sólo en esos
momentos, anhelaba poseer todos los caudales del
mundo para embriagar a infinidad de seres que, como
sus acompañantes, continuarían embelesados en la
tierra de nadie. Lo absurdo era factible, y nadie
mejor que él lo sabía, pues casi toda su vida había
logrado concretar lo que antes parecía imposible.
Pero en el caso de sus contertulios, la etnicidad
era un factor decisivo que les impediría integrarse
a una sociedad racista. Era consciente que algunos,
a cambio de dar lo mejor de sí mismos, llegarían a
vivir al día. ¿Valía la pena? ¿Sobrevivirían el
ostracismo e individualismo de una gran nación? Así
despertó, divagando en soliloquio, atragantándose
con una cerveza muy fría. Los mexicanos son
fantasmas vivos ―balbuceaba— que deambulan en todos
los rincones de los Estados Unidos. Se les puede ver
u observar por doquier, sin embargo, la sociedad les
asigna una invisibilidad conveniente. A cualquier
hora, aparecen en carreteras comarcales, dentro de
fábricas, urbanizaciones y restaurantes. Rostros
ubicuos se desplazan por montañas, huertas y
plantaciones: rodeados siempre de aromas de verdura,
fruta y mar. Emiten silbidos y cantos a través de
ventanas, paredes, tejados desvencijados;
frigoríficos, vaporeras y cocinas pulcrísimas. No
envidian a nadie, y son conscientes de ser los
esclavos del siglo XXI. Bromean hasta hartarse, con
el fin de amainar el peso de la blanca soledad. No
quieren reventar, y la esperanza de reencontrar el
camino a casa los mantiene vivos.
Después
de varios días de juerga, George regresó a los
Estados Unidos, sintiéndose poco hombre. No tuvo las
agallas de expatriarse. Tal vez en esta ocasión lo
lograría. Imaginó las palmeras de Barra de Navidad o
Veracruz. ¿Por qué no? Todo lo que necesitaba era un
poco de suerte. Había aprendido que la inteligencia
y la circunstancia eran elementos que, irónicamente
estaban vinculados a momentos intrascendentes y
decisivos de la existencia. Todo radicaba en el
know how… Aquella mole de concreto lo
obsesionaba. La tenía medida con exactitud
matemática. Podría desvanecerse. Estaba seguro de sí
mismo. No pudo conciliar el sueño, y como era
costumbre, su mente revisó cada detalle. Después de
reflexionar varias horas, decidió aventurarse a
realizar el trabajo inconcluso. No podía fallar.
Todo estaba calculado. Además, la complicidad de la
noche era perfecta. Llovía a cántaros, y el agua
cubierta de neblina descendía sobre las colinas
adyacentes, invadiendo calles y avenidas. Ataviado
con atuendo y equipo profesionales, cruzó con
facilidad magistral el umbral de la impenetrable
fortaleza. De repente y con sorpresa pavorosa, se
percató de su absurda inexistencia. Trató de
respirar y sentir aquel momento apoteósico. Sin
embargo, sólo podía percibir un vacío inmenso. Sin
entender por completo, deseó con vehemencia ser uno
de aquellos desgraciados juerguistas, aposentados en
la tierra de nadie. Desde la ventanita ―observada
tantas veces— descendió ligeramente, perdiéndose sin
rumbo fijo entre los vericuetos de la madrugada.
destiempos.com
I
Año 4
I
Número 20I
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