México, Distrito Federal I Junio-Julio 2009 I Año 4 I Número 20 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

TIERRA DE NADIE

Juan Carlos Hernández Cuevas (México, D.F., 1959) es profesor en educación primaria egresado de la Escuela Nacional de Maestros (1977). Licenciado en artes y letras (1995), y maestro de artes (1997) por la  Portland State University. Doctor en filología hispánica por la Universidad de Alicante (2007). Becario de la Fundación Max Aub (2000-2001). Coeditor de la Videorevista de Estudios Globales de la Africanía (Videojournal of Africana Global Studies), y co-director del Instituto Mexicano de la Africanía Americana (IMAA). En la actualidad, es profesor de español en la Claflin University. Sus publicaciones incluyen cuentos y ensayos.

 

A Ferrán Sala

I

Descendió entre sombras amarillentas, adentrándose en el claroscuro de los callejones que desembocan en las arterias de la inmensa urbe. Se deshizo del atuendo exterior, arrojándolo sobre las ascuas atrapadas por el metal ardiente. Mientras encendía un cigarro, se encaminó hacia la estación de Greyhound. El golpe había sido perfecto, divagaba con placer mórbido e ininteligible para la gente que le rodeaba en aquel instante de gloria. Lo mejor de todo, pensaba, consistía en ser un hombre anónimo, común y corriente ante las miradas dispersas bajo el mismo techo. Le fascinaba observar el comportamiento de cada individuo, e iniciar conversaciones intrascendentes con gente que jamás volvería a ver. En cada viaje podía mentir a sus anchas, recreando mundos ficticios: corroborando así una vocación de escritor frustrado. El estar ahí, significaba pertenecer al común denominador de la pobreza material del país más poderoso del mundo. Sin embargo, sonreía con discreción, acariciando cautelosamente la billetera resguardada en sus bolsillos interiores. La superficialidad de las pláticas se difuminaba entre lloriqueos de bebés, estornudos, ronquidos, y el consumo incesante de refrescos y papas fritas. Los momentos más agradables estaban integrados por monólogos que surgían entre el límite de la conciencia y el ensueño. A través de una maraña de pensamientos simultáneos, viajaba por geografías diversas, recordando otros días gloriosos. ¿Se iría a la tumba con ellos? Indagaba el subconsciente durante ese estado soporífero, provocado por la monotonía del recorrido y el calor de los cuerpos contiguos. Acostumbraba meditar en torno a los pormenores de trabajos que involucraban un riesgo muy alto. Todo había sido planeado. El acceso al inmueble: alcanzar el objetivo e huir precipitada y sigilosamente. La misma emoción recorría su cuerpo. ¡Sí!, volvía a reflexionar, habría valido la pena; pero la maldita posibilidad de encontrarse atrapado con seres monstruosos lo acobardaba. Sabía muy bien que en las prisiones, casi todos deseaban poseer un muchacho trigueño, delgaducho, el cual, quisiera o no, sería transformado en un sirviente dócil, atento a los deseos del amo en turno. La probabilidad de cometer un error era mínima o nula, meditaba por enésima ocasión. No obstante, el elemento sorpresa exacerbaba aquel paroxismo que sólo el alcohol lograba amainar.

                                                        II

 

A George le gustaba emborracharse en la frontera mexicana. Allí se sentía libre, y bien recibido. Empezaba las parrandas en Tijuana, y a veces, concluía en Caléxico. Todo era sentimiento puro, suave y diáfano. Los mexicanos sabían disfrutar el momento; los veía caer, tropezar y levantarse para continuar celebrando la feliz amargura de ser. Nunca se sintió ajeno al dolor y placer de aquellos hombres que dialogaban consigo mismos; vociferando palabras, cuyos ecos y significado traspasan continuamente las aguas del Río Bravo, extraviándose en la magnificencia del desierto. En madrugadas infinitas, sus acompañantes hablaban e increpaban a un Dios condescendiente, quien les permitía comunicarse con sus ancestros. Ahí estaban siempre los seres queridos, aconsejándoles, cuidando de ellos. Y en ocasiones, decidían llevárselos al más allá. Todos reían, lloraban o filosofaban hasta alcanzar el límite del cinismo. Aquel espacio concentraba seres desesperados, que buscaban mejorar una situación económica vedada por la historia. El conjunto de rostros reflejaba la misma impotencia que George había experimentado en Nueva York. En ese lugar, vislumbraba pesadillas de la infancia, circuidas siempre por la inseguridad económica. Por esto le gustaba México, ya que podía regresar al pasado mediante el recuerdo de sentimientos análogos. En cada mesa, y después de ingerir una cantidad respetable de mezcal, reencontraba las frustraciones de sus progenitores inmigrantes. Las quejas y estado anímico resguardadas en la memoria, se reproducían en las miradas y expresiones de aquellos semblantes enjutos, cicatrizados y ojerosos. El hambre, la maldita sensación del hambre continuaba acechando a generaciones enteras, dirimían los presentes, levantando caballitos de tequila. Después de todo, asentaban, sólo eran dueños del instante y la felicidad efímera de unas cuantas horas rodeadas por las incertidumbres del mañana. La embriaguez desvanecía  preocupaciones, y liberaba cualquier clase de angustia, presión y ataduras sociales. Les habían quitado todo, salvo el espíritu de sobrevivencia. De esta manera, el alcohol era el arma ideal para enfrentar un mundo hostil y desconocido. Con el paso de las horas, las ideas y pensamientos se fusionaban con la música del garito en turno. Los cuerpos y mentes sufrían fragmentaciones paulatinas; aflojándose hasta quedar aletargados entre el llanto diaspórico, paliado éste de carcajadas y alaridos, que a contrapunto, fundíanse con los corridos, rancheras y ritmos tropicales.

         —La intoxicación del cuerpo genera ángeles, señaló indistintamente un parroquiano.

         —Tiene usted razón. Es necesarísimo acercarse al cielo para sobrevivir este maremágnum. Todos brindaron en silencio, esperando que los recuerdos que les acosaban, se desvaneciesen inesperadamente en los momentos sublimes de la borrachera.     

Al igual que en el Greyhound, George disfrutaba aquel ambiente integrado por pasajeros en tránsito. Cada grupo estaba unido por la esperanza de lograr una situación económica favorable para su familia. Nada se perdía con perseguir quimeras. Las contradicciones eran obvias, proseguía meditando ―cabizbajo y hermético—, deseando derramar lágrimas de rabia ante la injusticia, que esa noche, al igual que muchas otras, era aplastada por la fe ciega, producto de la necesidad extrema. Sólo en esos momentos, anhelaba poseer todos los caudales del mundo para embriagar a infinidad de seres que, como sus acompañantes, continuarían embelesados en la tierra de nadie. Lo absurdo era factible, y nadie mejor que él lo sabía, pues casi toda su vida había logrado concretar lo que antes parecía imposible. Pero en el caso de sus contertulios, la etnicidad era un factor decisivo que les impediría integrarse a una sociedad racista. Era consciente que algunos, a cambio de dar lo mejor de sí mismos, llegarían a vivir al día. ¿Valía la pena? ¿Sobrevivirían el ostracismo e individualismo de una gran nación? Así despertó, divagando en soliloquio, atragantándose con una cerveza muy fría. Los mexicanos son fantasmas vivos ―balbuceaba— que deambulan en todos los rincones de los Estados Unidos. Se les puede ver u observar por doquier, sin embargo, la sociedad les asigna una invisibilidad conveniente. A cualquier hora, aparecen en carreteras comarcales, dentro de fábricas, urbanizaciones y restaurantes. Rostros ubicuos se desplazan por montañas, huertas y plantaciones: rodeados siempre de aromas de verdura, fruta y mar. Emiten silbidos y cantos a través de ventanas, paredes, tejados desvencijados; frigoríficos, vaporeras y cocinas pulcrísimas. No envidian a nadie, y son conscientes de ser los esclavos del siglo XXI. Bromean hasta hartarse, con el fin de amainar el peso de la blanca soledad. No quieren reventar, y la esperanza de reencontrar el camino a casa los mantiene vivos.

 Después de varios días de juerga, George regresó a los Estados Unidos, sintiéndose poco hombre. No tuvo las agallas de expatriarse. Tal vez en esta ocasión lo lograría. Imaginó las palmeras de Barra de Navidad o Veracruz. ¿Por qué no? Todo lo que necesitaba era un poco de suerte. Había aprendido que la inteligencia y la circunstancia eran elementos que, irónicamente estaban vinculados a momentos intrascendentes y decisivos de la existencia. Todo radicaba en el know how… Aquella mole de concreto lo obsesionaba. La tenía medida con exactitud matemática. Podría desvanecerse. Estaba seguro de sí mismo. No pudo conciliar el sueño, y como era costumbre, su mente revisó cada detalle. Después de reflexionar varias horas, decidió aventurarse a realizar el trabajo inconcluso. No podía fallar. Todo estaba calculado. Además, la complicidad de la noche era perfecta. Llovía a cántaros, y el agua cubierta de neblina descendía sobre las colinas adyacentes, invadiendo calles y avenidas. Ataviado con atuendo y equipo profesionales, cruzó con facilidad magistral el umbral de la impenetrable fortaleza. De repente y con sorpresa pavorosa, se percató de su absurda inexistencia. Trató de respirar y sentir aquel momento apoteósico. Sin embargo, sólo podía percibir un vacío inmenso. Sin entender por completo, deseó con vehemencia ser uno de aquellos desgraciados juerguistas, aposentados en la tierra de nadie. Desde la ventanita ―observada tantas veces— descendió ligeramente, perdiéndose sin rumbo fijo entre los vericuetos de la madrugada. 

 

 

 

 

destiempos.com  I  Año 4 I  Número 20I  2009 ©

volver al índice  

Copyright 2006-2009- destiempos.com - All Rights Reserved -