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Karla Montalvo
(Ciudad de México, 1975) fue becaria del programa
jóvenes creadores del FONCA en dos ocasiones: en
2001, en el área de ensayo y en 2006, en el área de
novela. En 2005 el sello editorial Tierra Adentro le
publicó el libro de ensayos, Los personajes que
soy. Fue profesora de asignatura del
Departamento de Letras de la UIA de 1998 a 2007,
donde impartió, entre otras, la cátedra de Crítica
literaria y la de Retórica y Poética. Actualmente es
profesora e investigadora de la Universidad Autónoma
de la Ciudad de México, en la Academia de Creación
literaria. |
Desperté y estaba aquí. Hay poca luz. Se filtra del techo,
que es entre negro y rojo, y parece gelatinoso. Cuando lo
miro es como si cerrara los ojos de cara al sol y el techo
fuera la piel de mis párpados.
Enfrente sólo hay oscuridad.
No he explorado. Me da miedo. Cuando desperté, me sobresaltó
no estar en mi casa. A lo mejor estoy alucinando; a lo mejor
enloquecí. O quizá me secuestraron mientras dormía. Pero no
ha llegado nadie. Llevo un rato aquí, un largo rato, eso es
seguro. Si estuviera secuestrada, ya hubieran entrado a
pegarme o quizá a darme algo de comer. O sólo a verificar
que sigo aquí. No. No me secuestraron.
Pensaría que estoy soñando sino fuera porque tengo frente a
mí el cuaderno y en la mano la pluma y estoy escribiendo.
Esto es concreto. Es material. Pero cuando levanto la vista
me mareo. El espacio es una masa. A veces se expande y otras
se compacta al punto de no poder pararme. Aunque, en
realidad, no lo he intentado. Pararme. Me asusta. Espero
algún ruido o algo, que pase algo. O que me despierte. Eso
sería bueno, despertarme de golpe, respirar profundamente y
decir: qué sueño tan raro.
Me quedé dormida.
Debería levantarme.
Lo acabo de intentar. Me puse en cuclillas y estaba a punto
de ponerme en pie, pero me empezaron a temblar las piernas y
a doler las rodillas. Siento que si me paro, lo que me
sostiene ahora se va a mover y caeré. No quiero caerme. Me
aferro al pedazo sobre el que estoy.
Permanezco inmóvil.
En medio de esto estoy preocupada por Hugo. Sé que
ahora hay más cosas por las cuales preocuparme, pero mañana
se titula de la maestría y yo le prometí recoger su traje en
la tienda. Hugo es el mejor vecino que he tenido. Cuando
Joaquín se fue de la casa, él se encargó de que al menos
hubiera fruta en el refri. Era lo único que yo comía:
plátanos con crema. Media crema, para ser exacta. (Por
alguna razón es la única que me gusta). Hugo llegaba con una
bolsa de súper, plátanos y latas de crema.
Me preocupa que llegue cansado del trabajo, toque a mi
puerta y nadie le abra. Va a pensar que se me olvidó. Y, sí,
soy distraída pero no se me olvidaría ir por su traje un día
antes del examen. El punto es que la tienda abre a las 9 y
él tiene que estar en su trabajo a las 8, entregar no sé qué
cosas e irse corriendo para llegar a las 10 a la
universidad. No le da tiempo. Digo, supongo que si nunca
salgo de aquí se las arreglará para llegar presentable. Lo
de menos es que no vaya de traje. Pero me angustia que
piense que me largué así nomás o que me valió madres un día
tan importante para él, después de lo bien que se ha portado
conmigo. Claro, no soy idiota, sé que lo hizo para que me
acostara con él. Y lo hice. Y quedó claro que no he superado
lo de Joaquín. Pero los dos ganamos. Él se quitó las ganas y
yo me vengué de mi ex. Una vez hecho, ya pudimos ser amigos.
Y lo somos.
Hace rato logré pararme. Me dio vértigo. Después
lloré. Muy fuerte. Hay algo bueno en esto de sentir que
estoy completamente sola: lloré y grité sin pudor. Mis
gritos no parecían ser suficientes para llenar el espacio.
Si sentía que el llanto se debilitaba, recordaba el susto y
el dolor y lloraba de nuevo con la misma intensidad. Después,
ya calmada, vomité. No puedo imaginarme qué, si no he comido
(sólo cené un yogurt y a eso de las 7). Arrodillada, resoplé
durante un rato, con las manos en la panza y así se me quitó
el malestar. Luego me vino una idea, el vómito tendría que
estar frente a mí. Pensé: si lo toco y está ahí, es que hay
piso y entonces puedo caminar y salir de aquí. Puse la mano
pero no había nada y casi me voy de boca. Mi frente chocó
contra algo que se sintió como hule espuma. Levanté la mano
hacia allá pero ya no había nada. Volví a vomitar.
Ahora sí estoy asustada: llegó un poco de luz, tomé el
cuaderno y me sorprendió descubrir que no hay nada de lo que
he escrito, las páginas están en blanco. Pero la pluma sí
pinta y estas últimas líneas siguen. Siguen, no desaparecen.
¿De dónde salió el cuaderno? Porque no es ningún cuaderno
especial ni nada, es un pinche Scribe, de súper. Y la pluma
es una Bic, azul. No. No se va. Ha de tardar más tiempo en
desaparecer.
Pues nada. La página, la tercera, donde hablo del cuaderno,
sigue escrita, pero las primeras están en blanco. A lo mejor
la pluma no pintaba y por la poca luz, el susto y la
angustia no me di cuenta.
¿Ya habrá pasado un día? No creo. Pero aquí cuando me
quedo dormida es distinto, entonces no puedo calcular cuánto
tiempo ha pasado. Seguro al rato abro los ojos y estoy en mi
cuarto y son las 8 de la mañana y tengo todo el día para ir
por el traje de Hugo. Pobre Hugo. Estaba bien preocupado por
su examen. Quería ayudarlo, en serio que sí. Pues si se
enoja, ni modo. No puedo hacer nada y supongo que entenderá.
Aunque, cuando me imagino contándole esto, sólo puedo pensar
que va a creer que estoy loca.
Reconocí, frente a mí, lejos de mí, una cama de hospital.
Después de que casi me caigo, he intentado no moverme más de
lo estrictamente necesario. Sólo observo. Y, sí, casi estoy
segura de que es una cama. Digo que de hospital porque veo
que tiene unos tubos de metal, es delgada y la parte en
donde descansaría el torso está hacia arriba. Así no son las
camas normales. No estoy segura de que haya alguien sobre
ella. Hace rato pensé que estaba vacía. Después creo que me
quedé dormida, igual y hasta con los ojos abiertos; sí, más
bien me ausenté. Cuando recobré la conciencia, vi una
sombra sobre ella.
Ahorita, otra vez, levanté la vista y sí hay alguien.
Pero llamo y no pasa nada. No se mueve. Nada. Este espacio
es distinto. El sonido no rebota, no cruza, por eso dudo de
que efectivamente lo esté emitiendo. Quizá me lo imagino.
Conforme pasa el tiempo, me voy sintiendo cada vez
más cansada. Incluso la desesperación que sentía
desapareció. Lo que tenga que pasar pasará, ni siquiera me
agobia la idea de que podría morir sin saber qué hago aquí.
Resignación. La resignación es un peso y hace que me cueste
trabajo mantener los ojos abiertos; ya no tengo energía ni
para llorar ni para vomitar. Escribo raro, como autómata, o
como si alguien me dictara; como si no tuviera que pensar
mucho en las palabras y en lo que dicen; no sé cómo
explicarlo, es sólo una sensación, pero es lo único que me
entretiene. Aunque hay tan pocas cosas aquí que se me acaban
las ideas rápido, entonces no tengo nada qué contar, dejo de
escribir y me duermo o me ausento; es como si me olvidara.
El de la cama no me responde. Cada vez está más cerca y
logro verlo mejor.
Hace rato me quedé pensando en Joaquín y en su nueva
chava. Yo iba en el coche y ellos caminaban por el parque.
Hasta perro tienen, un golden.
Llevo años sin hablar con él, dos o tres, creo, quizá
más, y aunque he seguido con mi vida, voy a trabajar, voy de
reven, no he dejado de pensar en él; no importa con quién
salga, termino comparándolo. Siempre es mi referencia,
siempre es de él de quien tengo que hablar cuando llega el
momento del cómo han sido tus relaciones.
Esa cama de hospital me lo recuerda. También me hace
sentir ridícula. Cualquiera pensaría que no lo he podido
olvidar porque él fue increíble conmigo y me dejó porque soy
insoportable. No, no es tan así. Lo más estúpido de todo es
que yo sé que él no es para mí. Es un hombre violento,
malhumorado, cuando está enojado no hay que estar cerca.
Rompe cosas; a mí me aventó una vez. Yo creo que ese día
terminamos; no en la práctica, sino por dentro, porque
primero lo perdoné y dos meses después lo corrí otra vez.
Cuando fui a rogarle que volviera, ya no quiso. Dijo que
saco lo peor de él. Increíble, se las arregló para que fuera
mi culpa su falta de control. Me da pena haberle perdonado
la zarandeada y luego casi hincarme… Eso es lo peor de mí.
Esa sensación de que sin él ya no importa nada ni nada tiene
sentido ni volveré a ser feliz, como si hubiera existido
para conocerlo, para vivir con él y no tuviera caso seguir.
No voy a volver a amar como lo amé, tengo que vivir con eso.
Nadie me va a coger como él, con nadie voy a tener esa
intimidad, nunca podré entregarme de esa manera. Ya no.
No sé qué pensar. Después de escribir sobre Joaquín, me
quedé llorando un rato. De pronto, la cama estaba a metros
de mí, iluminada por una luz pequeña que salía del aparato
que estaba arriba de la cabecera. Logré ponerme en cuclillas.
Era yo, yo era la de la cama. Reconocí el momento: después
de la operación de la hernia. Entró Joaquín con esa
mirada; era la época en la que estaba dispuesto a todo por
mí. Volví a llorar cuando lo escuché decirme (decirle a la
que fui) que había estado muy preocupado, que me amaba. Fue
cuando me propuso vivir juntos. Le acarició la mejilla a
quien era yo hace años, pero lo sentí, yo, la de ahora,
físicamente, y toda su ternura y su delicadeza; hasta sonreí,
porque lo mejor fue que además de que recordé cuánto me
amaba en ese momento, también me miré de una forma distinta,
con todo y que no traía maquillaje ni me había peinado, me
veía extremadamente bonita, pequeña, frágil.
Disfruté mucho verlo a él, verme a mí, sin sentir el
dolor de la operación.
Pero pestañeé y todo desapareció. Me quedé un buen
rato a oscuras. Luego volvió la luz rojiza del techo y pude
escribir.
Logré moverme.
De pronto hay piso y de repente no, por eso espero a que
aparezca y cuando lo hace gateo hacia allá (la pluma la
inserto en la espiral del cuaderno y éste lo agarro con la
boca). Creo que ya me alejé bastante de donde estaba, aunque
eso nunca lo voy a saber porque no tengo referencias. Llegó
un gatito, supongo que cachorro; me maulló. Lo acaricié,
pero corrió hasta lo que imagino que era un niño.
He revisado las hojas del cuaderno. Sí se borran. Pero no
tengo forma de calcular cuánto tiempo pasa para que suceda.
De todas formas voy a seguir escribiendo. Al menos me ayuda
a que pase el tiempo más rápido.
El gatito se murió. Fue horrible. El niño lo acariciaba en
la jaulita del veterinario. Se veía desesperado. Metía su
manita entre los barrotes y recorría con el dedo la cabeza
peluda. El gatito ya no se movía, estaba echadito, inerte,
se veía en su panza que le costaba trabajo respirar. Miraba
al niño… No sé si pidiéndole ayuda o despidiéndose. Pero se
veía tan indefenso, tan triste. La vida se le escapaba y se
aferraba a ella. De pronto sentí que para él, tan pequeño,
la vida era el dedo índice acariciándolo.
Pude sentir la impotencia del niño, el descontrol, el no
entender, la sorpresa de enfrentarse al dolor ajeno y no
poder hacer nada; la incertidumbre; su cara roja de rabia,
de dolor; los párpados hinchados; la nariz con mocos. De
repente, el gatito cerró los ojos. El niño volteó hacia el
estómago del animal, ya no se inflaba. Muerto. Experimenté
su angustia. Luego la jaula se alejó y el niño, al mismo
tiempo, se perdió en el abismo.
La oscuridad se los tragó a los dos.
Estoy más calmada. Paré de escribir porque necesitaba tiempo.
Creo que la escena del gato me reveló dónde estoy. Igual y
es absurdo. Pero tiene que ver con Joaquín. Ese recuerdo es
de Joaquín. Lo sé porque su mamá me enseñó las fotos y me
contó. Estoy segura. Ya que pensé en las facciones del niño,
en el color de su pelo y de sus ojos… sí, era Joaquín a los
cinco, seis años. Sospecho que estoy en algo así como su
memoria o en el lugar donde su memoria manda los recuerdos
antes de que desaparezcan para siempre. Creo eso porque no
he vuelto a ver la cama de hospital ni a mí, enferma;
sospecho que mi peor temor se está cumpliendo: Joaquín me
olvida; y si olvidó aquel día en el hospital, ya no recuerda
lo que era amarme.
Quizá estoy loca, no lo sé. Pero cuando me quedé frente a la
oscuridad, después de la muerte del animal, todo se
clarificó: estoy aquí, antes de que me olvide por completo.
No sé cuánto tiempo va a pasar para que suceda, pero va a
pasar. Lo sé. Yo misma voy a desparecer como la cama, como
el gato, como aquel terrible momento a los cinco años.
Mi teoría se confirma. La pluma se desdibuja. Está como a la
mitad. El cuaderno sigue borrando lo que escribo, pero ahora
tiene menos página, se va a esfumar. Sólo espero que no pase
mucho tiempo después de que ya no pueda escribir. El corazón
se me hunde y me aprieta.
Joaquín se asomó de puntitas a la ventana de su
cuarto, con un juguete, lo aventó y lo vio caer dos pisos,
divertido. Más tarde, estaba echado con sus amigos, jugando
a encontrarle forma a las nubes. Nimiedades. Lo más
importante hasta ahora, para mí, han sido el hospital y el
gato. Bueno, y la escena con su papá: estaban viendo el
básquet, mientras comían pollo rostizado (se me había
olvidado lo que era el hambre, hasta que olí aquello; me
alejé, para evitar la tentación).
Me da coraje conmigo. No sé cuándo ni cómo, pero
esto lo provoqué yo, y ya no tengo fuerzas para cambiarlo.
Ya falta poco para que la pluma desaparezca. No tiene ningún
caso escribir unas últimas palabras. No van a quedar. Sólo
puedo esperar. Tiempo. Joaquín sólo necesita tiempo para
terminar de matarme.
Él podrá olvidarme pero a mí me quedan mis propios
recuerdos. Sólo lamento no tener tiempo para escribirlos.
Ahora que me quede sin pluma voy a intentar recuperarlos
todos, yo misma echada frente a la ventana viendo a una
mosca pegarse contra el cristal; el halo de luz que revelaba
a las doce del día el polvo de mi cuarto: las motas
diminutas, subían, giraban, se mezclaban; mi madre
acariciándome el cabello, frente a la televisión; los ojos
de mi padre en el retrovisor del coche; mi primera pelea con
jalones de pelo en la escuela; Hugo haciendo las margaritas
para sentarnos a ver una película. Mi pez beta inflándose,
furioso, ante el espejo.