México, Distrito Federal I Junio-Julio 2009 I Año 4 I Número 20 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

MULADAR

Karla Montalvo (Ciudad de México, 1975) fue becaria del programa jóvenes creadores del FONCA en dos ocasiones: en 2001, en el área de ensayo y en 2006, en el área de novela. En 2005 el sello editorial Tierra Adentro le publicó el libro de ensayos, Los personajes que soy. Fue profesora de asignatura del Departamento de Letras de la UIA de 1998 a 2007, donde impartió, entre otras, la cátedra de Crítica literaria y la de Retórica y Poética. Actualmente es profesora e investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, en la Academia de Creación literaria.

 

 

Desperté y estaba aquí. Hay poca luz. Se filtra del techo, que es entre negro y rojo, y parece gelatinoso. Cuando lo miro es como si cerrara los ojos de cara al sol y el techo fuera la piel de mis párpados.

Enfrente sólo hay oscuridad.

No he explorado. Me da miedo. Cuando desperté, me sobresaltó no estar en mi casa. A lo mejor estoy alucinando; a lo mejor enloquecí. O quizá me secuestraron mientras dormía. Pero no ha llegado nadie. Llevo un rato aquí, un largo rato, eso es seguro. Si estuviera secuestrada, ya hubieran entrado a pegarme o quizá a darme algo de comer. O sólo a verificar que sigo aquí. No. No me secuestraron.

Pensaría que estoy soñando sino fuera porque tengo frente a mí el cuaderno y en la mano la pluma y estoy escribiendo. Esto es concreto. Es material. Pero cuando levanto la vista me mareo. El espacio es una masa. A veces se expande y otras se compacta al punto de no poder pararme. Aunque, en realidad, no lo he intentado. Pararme. Me asusta. Espero algún ruido o algo, que pase algo. O que me despierte. Eso sería bueno, despertarme de golpe, respirar profundamente y decir: qué sueño tan raro.

  Me quedé dormida.

Debería levantarme.

Lo acabo de intentar. Me puse en cuclillas y estaba a punto de ponerme en pie, pero me empezaron a temblar las piernas y a doler las rodillas. Siento que si me paro, lo que me sostiene ahora se va a mover y caeré. No quiero caerme. Me aferro al pedazo sobre el que estoy.

Permanezco inmóvil.

       En medio de esto estoy preocupada por Hugo. Sé que ahora hay más cosas por las cuales preocuparme, pero mañana se titula de la maestría y yo le prometí recoger su traje en la tienda. Hugo es el mejor vecino que he tenido. Cuando Joaquín se fue de la casa, él se encargó de que al menos hubiera fruta en el refri. Era lo único que yo comía: plátanos con crema. Media crema, para ser exacta. (Por alguna razón es la única que me gusta). Hugo llegaba con una bolsa de súper, plátanos y latas de crema.

Me preocupa que llegue cansado del trabajo, toque a mi puerta y nadie le abra. Va a pensar que se me olvidó. Y, sí, soy distraída pero no se me olvidaría ir por su traje un día antes del examen. El punto es que la tienda abre a las 9 y él tiene que estar en su trabajo a las 8, entregar no sé qué cosas e irse corriendo para llegar a las 10 a la universidad. No le da tiempo. Digo, supongo que si nunca salgo de aquí se las arreglará para llegar presentable. Lo de menos es que no vaya de traje. Pero me angustia que piense que me largué así nomás o que me valió madres un día tan importante para él, después de lo bien que se ha portado conmigo. Claro, no soy idiota, sé que lo hizo para que me acostara con él. Y lo hice. Y quedó claro que no he superado lo de Joaquín. Pero los dos ganamos. Él se quitó las ganas y yo me vengué de mi ex. Una vez hecho, ya pudimos ser amigos. Y lo somos.

       Hace rato logré pararme. Me dio vértigo. Después lloré. Muy fuerte. Hay algo bueno en esto de sentir que estoy completamente sola: lloré y grité sin pudor. Mis gritos no parecían ser suficientes para llenar el espacio. Si sentía que el llanto se debilitaba, recordaba el susto y el dolor y lloraba de nuevo con la misma intensidad. Después, ya calmada, vomité. No puedo imaginarme qué, si no he comido (sólo cené un yogurt y a eso de las 7). Arrodillada, resoplé durante un rato, con las manos en la panza y así se me quitó el malestar. Luego me vino una idea, el vómito tendría que estar frente a mí. Pensé: si lo toco y está ahí, es que hay piso y entonces puedo caminar y salir de aquí. Puse la mano pero no había nada y casi me voy de boca. Mi frente chocó contra algo que se sintió como hule espuma. Levanté la mano hacia allá pero ya no había nada. Volví a vomitar.

Ahora sí estoy asustada: llegó un poco de luz, tomé el cuaderno y me sorprendió descubrir que no hay nada de lo que he escrito, las páginas están en blanco. Pero la pluma sí pinta y estas últimas líneas siguen. Siguen, no desaparecen. ¿De dónde salió el cuaderno? Porque no es ningún cuaderno especial ni nada, es un pinche Scribe, de súper. Y la pluma es una Bic, azul. No. No se va. Ha de tardar más tiempo en desaparecer.

Pues nada. La página, la tercera, donde hablo del cuaderno, sigue escrita, pero las primeras están en blanco. A lo mejor la pluma no pintaba y por la poca luz, el susto y la angustia no me di cuenta.

       ¿Ya habrá pasado un día? No creo. Pero aquí cuando me quedo dormida es distinto, entonces no puedo calcular cuánto tiempo ha pasado. Seguro al rato abro los ojos y estoy en mi cuarto y son las 8 de la mañana y tengo todo el día para ir por el traje de Hugo. Pobre Hugo. Estaba bien preocupado por su examen. Quería ayudarlo, en serio que sí. Pues si se enoja, ni modo. No puedo hacer nada y supongo que entenderá. Aunque, cuando me imagino contándole esto, sólo puedo pensar que va a creer que estoy loca. 

Reconocí, frente a mí, lejos de mí, una cama de hospital. Después de que casi me caigo, he intentado no moverme más de lo estrictamente necesario. Sólo observo. Y, sí, casi estoy segura de que es una cama. Digo que de hospital porque veo que tiene unos tubos de metal, es delgada y la parte en donde descansaría el torso está hacia arriba. Así no son las camas normales. No estoy segura de que haya alguien sobre ella. Hace rato pensé que estaba vacía. Después creo que me quedé dormida, igual y hasta con los ojos abiertos; sí, más bien me ausenté.  Cuando recobré la conciencia, vi una sombra sobre ella.

       Ahorita, otra vez, levanté la vista y sí hay alguien. Pero llamo y no pasa nada. No se mueve. Nada. Este espacio es distinto. El sonido no rebota, no cruza, por eso dudo de que efectivamente lo esté emitiendo. Quizá me lo imagino.

       Conforme pasa el tiempo, me voy sintiendo cada vez más cansada. Incluso la desesperación que sentía desapareció. Lo que tenga que pasar pasará, ni siquiera me agobia la idea de que podría morir sin saber qué hago aquí. Resignación. La resignación es un peso y hace que me cueste trabajo mantener los ojos abiertos; ya no tengo energía ni para llorar ni para vomitar. Escribo raro, como autómata, o como si alguien me dictara; como si no tuviera que pensar mucho en las palabras y en lo que dicen; no sé cómo explicarlo, es sólo una sensación, pero es lo único que me entretiene. Aunque hay tan pocas cosas aquí que se me acaban las ideas rápido, entonces no tengo nada qué contar, dejo de escribir y me duermo o me ausento; es como si me olvidara.

El de la cama no me responde. Cada vez está más cerca y logro verlo mejor.

       Hace rato me quedé pensando en Joaquín y en su nueva chava. Yo iba en el coche y ellos caminaban por el parque. Hasta perro tienen, un golden.

       Llevo años sin hablar con él, dos o tres, creo, quizá más, y aunque he seguido con mi vida, voy a trabajar, voy de reven, no he dejado de pensar en él; no importa con quién salga, termino comparándolo. Siempre es mi referencia, siempre es de él de quien tengo que hablar cuando llega el momento del cómo han sido tus relaciones.

       Esa cama de hospital me lo recuerda. También me hace sentir ridícula. Cualquiera pensaría que no lo he podido olvidar porque él fue increíble conmigo y me dejó porque soy insoportable. No, no es tan así. Lo más estúpido de todo es que yo sé que él no es para mí. Es un hombre violento, malhumorado, cuando está enojado no hay que estar cerca. Rompe cosas; a mí me aventó una vez. Yo creo que ese día terminamos; no en la práctica, sino por dentro, porque primero lo perdoné y dos meses después lo corrí otra vez. Cuando fui a rogarle que volviera, ya no quiso. Dijo que saco lo peor de él. Increíble, se las arregló para que fuera mi culpa su falta de control. Me da pena haberle perdonado la zarandeada y luego casi hincarme… Eso es lo peor de mí. Esa sensación de que sin él ya no importa nada ni nada tiene sentido ni volveré a ser feliz, como si hubiera existido para conocerlo, para vivir con él y no tuviera caso seguir. No voy a volver a amar como lo amé, tengo que vivir con eso. Nadie me va a coger como él, con nadie voy a tener esa intimidad, nunca podré entregarme de esa manera. Ya no.

No sé qué pensar. Después de escribir sobre Joaquín, me quedé llorando un rato. De pronto, la cama estaba a metros de mí, iluminada por una luz pequeña que salía del aparato que estaba arriba de la cabecera. Logré ponerme en cuclillas.  Era yo, yo era la de la cama. Reconocí el momento: después de la operación de la hernia. Entró Joaquín con esa mirada; era la época en la que estaba dispuesto a todo por mí. Volví a llorar cuando lo escuché decirme (decirle a la que fui) que había estado muy preocupado, que me amaba. Fue cuando me propuso vivir juntos. Le acarició la mejilla a quien era yo hace años, pero lo sentí, yo, la de ahora, físicamente, y toda su ternura y su delicadeza; hasta sonreí, porque lo mejor fue que además de que recordé cuánto me amaba en ese momento, también me miré de una forma distinta, con todo y que no traía maquillaje ni me había peinado, me veía extremadamente bonita, pequeña, frágil.

       Disfruté mucho verlo a él, verme a mí, sin sentir el dolor de la operación.

       Pero pestañeé y todo desapareció. Me quedé un buen rato a oscuras. Luego volvió la luz rojiza del techo y pude escribir.

Logré moverme. De pronto hay piso y de repente no, por eso espero a que aparezca y cuando lo hace gateo hacia allá (la pluma la inserto en la espiral del cuaderno y éste lo agarro con la boca). Creo que ya me alejé bastante de donde estaba, aunque eso nunca lo voy a saber porque no tengo referencias. Llegó un gatito, supongo que cachorro; me maulló. Lo acaricié, pero corrió hasta lo que imagino que era un niño.

He revisado las hojas del cuaderno. Sí se borran. Pero no tengo forma de calcular cuánto tiempo pasa para que suceda. De todas formas voy a seguir escribiendo. Al menos me ayuda a que pase el tiempo más rápido.

El gatito se murió. Fue horrible. El niño lo acariciaba en la jaulita del veterinario. Se veía desesperado. Metía su manita entre los barrotes y recorría con el dedo la cabeza peluda. El gatito ya no se movía, estaba echadito, inerte, se veía en su panza que le costaba trabajo respirar. Miraba al niño… No sé si pidiéndole ayuda o despidiéndose. Pero se veía tan indefenso, tan triste. La vida se le escapaba y se aferraba a ella. De pronto sentí que para él, tan pequeño, la vida era el dedo índice acariciándolo.

Pude sentir la impotencia del niño, el descontrol, el no entender, la sorpresa de enfrentarse al dolor ajeno y no poder hacer nada; la incertidumbre; su cara roja de rabia, de dolor; los párpados hinchados; la nariz con mocos. De repente, el gatito cerró los ojos. El niño volteó hacia el estómago del animal, ya no se inflaba. Muerto. Experimenté su angustia. Luego la jaula se alejó y el niño, al mismo tiempo, se perdió en el abismo.

La oscuridad se los tragó a los dos.

Estoy más calmada. Paré de escribir porque necesitaba tiempo. Creo que la escena del gato me reveló dónde estoy. Igual y es absurdo. Pero tiene que ver con Joaquín. Ese recuerdo es de Joaquín. Lo sé porque su mamá me enseñó las fotos y me contó. Estoy segura. Ya que pensé en las facciones del niño, en el color de su pelo y de sus ojos… sí, era Joaquín a los cinco, seis años. Sospecho que estoy en algo así como su memoria o en el lugar donde su memoria manda los recuerdos antes de que desaparezcan para siempre. Creo eso porque no he vuelto a ver la cama de hospital ni a mí, enferma; sospecho que mi peor temor se está cumpliendo: Joaquín me olvida; y si olvidó aquel día en el hospital, ya no recuerda lo que era amarme.

Quizá estoy loca, no lo sé. Pero cuando me quedé frente a la oscuridad, después de la muerte del animal, todo se clarificó: estoy aquí, antes de que me olvide por completo. No sé cuánto tiempo va a pasar para que suceda, pero va a pasar. Lo sé. Yo misma voy a desparecer como la cama, como el gato, como aquel terrible momento a los cinco años.

Mi teoría se confirma. La pluma se desdibuja. Está como a la mitad. El cuaderno sigue borrando lo que escribo, pero ahora tiene menos página, se va a esfumar. Sólo espero que no pase mucho tiempo después de que ya no pueda escribir. El corazón se me hunde y me aprieta.

         Joaquín se asomó de puntitas a la ventana de su cuarto, con un juguete, lo aventó y lo vio caer dos pisos, divertido. Más tarde, estaba echado con sus amigos, jugando a encontrarle forma a las nubes. Nimiedades. Lo más importante hasta ahora, para mí, han sido el hospital y el gato. Bueno, y la escena con su papá: estaban viendo el básquet, mientras comían pollo rostizado (se me había olvidado lo que era el hambre, hasta que olí aquello; me alejé, para evitar la tentación).

         Me da coraje conmigo. No sé cuándo ni cómo, pero esto lo provoqué yo, y ya no tengo fuerzas para cambiarlo. 

Ya falta poco para que la pluma desaparezca. No tiene ningún caso escribir unas últimas palabras. No van a quedar. Sólo puedo esperar. Tiempo. Joaquín sólo necesita tiempo para terminar de matarme.

Él podrá olvidarme pero a mí me quedan mis propios recuerdos. Sólo lamento no tener tiempo para escribirlos. Ahora que me quede sin pluma voy a intentar recuperarlos todos, yo misma echada frente a la ventana viendo a una mosca pegarse contra el cristal; el halo de luz que revelaba a las doce del día el polvo de mi cuarto: las motas diminutas, subían, giraban, se mezclaban; mi madre acariciándome el cabello, frente a la televisión; los ojos de mi padre en el retrovisor del coche; mi primera pelea con jalones de pelo en la escuela; Hugo haciendo las margaritas para sentarnos a ver una película. Mi pez beta inflándose, furioso, ante el espejo.

 

 

 

 

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