Al llegar al lugar de la cita, la joven
Isabel está nerviosa. Carga un mamotreto de carpetas y dos
libros bajo su brazo derecho. La puerta de entrada del
concurrido café le sirve de espejo y puede darse cuenta que
va despeinada. Entonces trata de arreglarse unos cabellos
lisos que no por serlos se mantienen calmados sobre su
cabeza. Está a punto de ingresar, toma aire. Es consciente
que de esta entrevista dependerá el resto de su vida.
Entiende que no se puede equivocar, o mejor aún, que deberá
hacer ver hasta sus errores como experiencias infalibles
convirtiéndolos en el grato comentario del instante, sonreír
con parsimonia y elegancia a la vez. Recuerda que no tiene
dinero suficiente para invitar, por lo cual deberá ganarse
la admiración inmediata de su entrevistador, como para que
al final pague la cuenta. Sabe que debe entrar, es hora.
Atravesando esa puerta, momentos antes
espejo, Isabel contempla el sitio como si fuese un lugar
sagrado. Todo le parece extraordinario, los vasos
brillantes, los finos licores. Su abuelo trabajó en antiguas
cavas de una región al sur, y le contó historias que, a
pesar de ser muchas, pasaron todas al mismo tiempo por su
cabeza. De pronto reacciona. El señor de la cita, debe
buscarlo. Pregunta en la
recepción y le dan razón con prontitud, la mesa once,
allí se encuentra.
Camina con aires de seguridad y lo advierte,
lo había visto algunas veces de lejos y en fotografías de
periódicos y revistas. Ahí está, su futuro en vilo, todo en
sus manos. Pero, ¡el hombre no está solo! Isabel se detiene,
confundida. Se pregunta si habrá olvidado que la citó allí o
se habrá encontrado casualmente con alguien. Entre tanto
trata de adivinar con quién dialoga, tan espléndidamente, su
entrevistador. Desde ahí sólo puede verle la espalda, es una
mujer, de cabello bien cuidado y estatura media. Mueve las
manos con cadencia. Es posible que él se reúna con varias
aspirantes a la vez —piensa Isabel. No sabe muy bien qué
hacer, y como no lo sabe, resuelve al instante sentarse en
la mesa nueve, disponible entonces. Pasa muy cerca de ellos
y observa al entrevistador, quien no la conoce
personalmente, sólo por la fotografía del currículum,
a blanco y negro. Ya en el último instante posa su mirada
sobre la acompañante del señor y…
— ¡No puede ser! Debe ser un espejismo o una
broma de los nervios. ¿Será posible? —se dice mentalmente y
más que sorprendida.
Isabel esta pasmada, se mira a sí misma con
asombro, pensó que no vendría pero ahí la tiene. Sí, es
ella, parloteando con toda gracia, sacudiendo su bufanda de
cuando en vez.
Sentándose y muda, sólo atina a ordenar una
copa de vino y a observar su magistral desenvolvimiento al
hablar con el entrevistador, siente envidia, toma un trago y
quiere ahorcar a la mujer de la mesa once.
— ¡Cómo puede ser que se exprese así, que
maneje la situación tan fácilmente, si es que lo tiene
convencido! De seguro pagará la cuenta —murmura Isabel
rabiosa, en su mesa nueve.
Mira sus textos, ojea los libros, se siente
frustrada. Guarda silencio. En este instante la señorita de
la mesa once se levanta y se dirige al baño. Entonces Isabel
no lo piensa dos veces y se abalanza sobre el entrevistador:
—Señor, ¿cómo está?, soy Isabel Blandón,
apenas estoy llegando. No sé que le habrá podido decirle
ella, pero no repare en lo más mínimo. Usted me citó aquí y
aquí estoy. Por favor, permita que me siente y contestaré
todas sus preguntas.
Pero el entrevistador no parpadea siquiera.
No mueve ni las manos, no voltea los ojos ni para llamar al
mesero. Isabel insistente lo mira, pasa sus dedos simulando
un abaniqueo sutil frente al rostro del entrevistador, y de
nuevo se dirige a él:
—Señor, por Dios, no me haga esto, yo soy
Isabel Blandón, no creo haber llegado tarde. No me ignore de
esta manera.
Y de pronto el hombre sonríe, y claro, es que
viene su entrevistada del baño y no tarda éste en levantarse
y correr su silla.
— ¿Quién es ella?
—No lo sé, dice algo de una entrevista pero
sólo te cite a ti. No la he mirado al rostro, ni le he hecho
caso para que no insista y se vaya. Espero me sigas el
juego.
Escuchando esas contundentes frases, Isabel
se dirige apesadumbrada a su mesa nueve, bebe su copa hasta
el fondo y como es su costumbre piensa que no hay nada más
por hacer. Mientras divaga, el entrevistador recibe una
llamada y la acompañante de éste aprovecha para dirigirse a
hablar con ella:
—Realmente viniste. No pensé que lo hicieras,
te notabas tan insegura…
— ¿Quién es ella? ¡Qué clase de pregunta es
esa!
—Eso no interesa. El hombre está cautivado y
es lo que querías, ¿no? Sin embargo debo decirte, y espero
no te ofendas, que ahora sobras. Permíteme por favor
(tomando los manuscritos). Ahora te puedes ir. Esto era lo
que me hacia falta, porque sólo con sonrisas no voy a
convencerlo — y en un santiamén regresa de nuevo a su mesa
once.
Entonces Isabel observa como se le escapan
todos sus sueños, paso tras paso la sigue con la mirada, la
ve sentarse, ser dueña de la situación en absoluto. Y más
duro es cuando ve al entrevistador tomar los textos y
empezar a hacer guiños positivos y de aprobación. ¡No más!
Isabel no puede más. Tantas veces deseó ser así, agradable,
sutil, sonriente, conversadora… pero ahora se está odiando,
se arrepiente de haberla llamado, de haberle pedido que por
favor fuera.
Se levanta de su mesa nueve recogiendo sus
libros, lentamente comienza a retirarse.
—He sido yo mi peor ayuda, pero no ha sido
ella quien ha escrito los textos, y él debería saberlo,
sospecharlo al menos.
Repitiendo esto mentalmente camina despacio
cerca de la mesa once, observando absorta aquella
entrevista, semejante despliegue de conversación y magistral
manejo del convencimiento. Luego se dirige a la caja, señala
al entrevistador diciendo que él pagara su cuenta y se
dispone a dejar el sitio. Antes de halar la puerta para
salir se queda observando a una joven de cabello liso, quien
respira profundo y trata de arreglarse lo mejor posible
antes de entrar al lugar. Isabel sonríe.