México, Distrito Federal I Junio-Julio 2009 I Año 4 I Número 20 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

DE CUANDO EN VEZ

Mónica Montaña Soto. (Bogotá, Colombia, 1976). Ha publicado en la red el poemario Juegos azules, una corta reunión de minificciones titulada Personaciones y varios cuentos, entre los cuales se destacan El escondite de Francis Moliver y Las fugas de Manuel en los conocidos espacios Letralia,  Vagabundos V.I.P. y Yoescribo.com. Hizo parte del taller de poesía de la Universidad Externado de Colombia, 1996. Realizó estudios de Lingüística y Literatura en la Universidad Distrital, 1998. Colaboradora en el colectivo Poesía en Escena, avalado por el Ministerio de Cultura. Integrante y certificada del Taller de Cuento Ciudad de Bogotá Renata 2008. Es Administradora documental. Autodidacta por convicción. Actualmente hace parte del Taller de Escritores de la Universidad Central TEUC 2009.

 

 

 

Al llegar al lugar de la cita, la joven Isabel está nerviosa. Carga un mamotreto de carpetas y dos libros bajo su brazo derecho. La puerta de entrada del concurrido café le sirve de espejo y puede darse cuenta que va despeinada. Entonces trata de arreglarse unos cabellos lisos que no por serlos se mantienen calmados sobre su cabeza. Está a punto de ingresar, toma aire. Es consciente que de esta entrevista dependerá el resto de su vida. Entiende que no se puede equivocar, o mejor aún, que deberá hacer ver hasta sus errores como experiencias infalibles convirtiéndolos en el grato comentario del instante, sonreír con parsimonia y elegancia a la vez. Recuerda que no tiene dinero suficiente para invitar, por lo cual deberá ganarse la admiración inmediata de su entrevistador, como para que al final pague la cuenta. Sabe que debe entrar, es hora.

Atravesando esa puerta, momentos antes espejo, Isabel contempla el sitio como si fuese un lugar sagrado. Todo le parece extraordinario, los vasos brillantes, los finos licores. Su abuelo trabajó en antiguas cavas de una región al sur,  y le contó historias que, a pesar de ser muchas, pasaron todas al mismo tiempo por su cabeza. De pronto reacciona. El señor de la cita, debe buscarlo. Pregunta en la recepción y le dan razón con prontitud, la mesa once, allí se encuentra.

Camina con aires de seguridad y lo advierte, lo había visto algunas veces de lejos y en fotografías de periódicos y revistas. Ahí está, su futuro en vilo, todo en sus manos. Pero, ¡el hombre no está solo! Isabel se detiene, confundida. Se pregunta si habrá olvidado que la citó allí o se habrá encontrado casualmente con alguien. Entre tanto trata de adivinar con quién dialoga, tan espléndidamente, su entrevistador. Desde ahí sólo puede verle la espalda, es una mujer, de cabello bien cuidado y estatura media. Mueve las manos con cadencia. Es posible que él se reúna con varias aspirantes a la vez —piensa Isabel. No sabe muy bien qué hacer, y como no lo sabe, resuelve al instante sentarse en la mesa nueve, disponible entonces. Pasa muy cerca de ellos y observa al entrevistador, quien no la conoce personalmente, sólo por la fotografía del currículum, a blanco y negro. Ya en el último instante posa su mirada sobre la acompañante del señor y…

— ¡No puede ser! Debe ser un espejismo o una broma de los nervios. ¿Será posible? —se dice mentalmente y más que sorprendida.

Isabel esta pasmada, se mira a sí misma con asombro, pensó que no vendría pero ahí la tiene. Sí, es ella, parloteando con toda gracia, sacudiendo su bufanda de cuando en vez.

Sentándose y muda, sólo atina a ordenar una copa de vino y a observar su magistral desenvolvimiento al hablar con el entrevistador, siente envidia, toma un trago y quiere ahorcar a la mujer de la mesa once.

— ¡Cómo puede ser que se exprese así, que maneje la situación tan fácilmente, si es que lo tiene convencido! De seguro pagará la cuenta —murmura Isabel rabiosa, en su mesa nueve.

Mira sus textos, ojea los libros, se siente frustrada. Guarda silencio. En este instante la señorita de la mesa once se levanta y se dirige al baño. Entonces Isabel no lo piensa dos veces y se abalanza sobre el entrevistador:

—Señor, ¿cómo está?, soy Isabel Blandón, apenas estoy llegando. No sé que le habrá podido decirle ella, pero no repare en lo más mínimo. Usted me citó aquí y aquí estoy. Por favor, permita que me siente y contestaré todas sus preguntas.

Pero el entrevistador no parpadea siquiera. No mueve ni las manos, no voltea los ojos ni para llamar al mesero. Isabel insistente lo mira, pasa sus dedos simulando un abaniqueo sutil frente al rostro del entrevistador, y de nuevo se dirige a él:

—Señor, por Dios, no me haga esto, yo soy Isabel Blandón, no creo haber llegado tarde. No me ignore de esta manera.

Y de pronto el hombre sonríe, y claro, es que viene su entrevistada del baño y no tarda éste en levantarse y correr su silla.

— ¿Quién es ella?

—No lo sé, dice algo de una entrevista pero sólo te cite a ti. No la he mirado al rostro, ni le he hecho caso para que no insista y se vaya. Espero me sigas el juego.

Escuchando esas contundentes frases, Isabel se dirige apesadumbrada a su mesa nueve, bebe su copa hasta el fondo y como es su costumbre piensa que no hay nada más por hacer. Mientras divaga, el entrevistador recibe una llamada y la acompañante de éste aprovecha para dirigirse a hablar con ella:

—Realmente viniste. No pensé que lo hicieras, te notabas tan insegura…

— ¿Quién es ella? ¡Qué clase de pregunta es esa!

—Eso no interesa. El hombre está cautivado y es lo que querías, ¿no? Sin embargo debo decirte, y espero no te ofendas, que ahora sobras. Permíteme por favor (tomando los manuscritos). Ahora te puedes ir. Esto era lo que me hacia falta, porque sólo con sonrisas no voy a convencerlo — y en un santiamén regresa de nuevo a su mesa once.

Entonces Isabel observa como se le escapan todos sus sueños, paso tras paso la sigue con la mirada, la ve sentarse, ser dueña de la situación en absoluto. Y más duro es cuando ve al entrevistador tomar los textos y empezar a hacer guiños positivos y de aprobación. ¡No más! Isabel no puede más. Tantas veces deseó ser así, agradable, sutil, sonriente, conversadora… pero ahora se está odiando, se arrepiente de haberla llamado, de haberle pedido que por favor fuera.

Se levanta de su mesa nueve recogiendo sus libros, lentamente comienza a retirarse.

—He sido yo mi peor ayuda, pero no ha sido ella quien ha escrito los textos, y él debería saberlo, sospecharlo al menos.

Repitiendo esto mentalmente camina despacio cerca de la mesa once, observando absorta aquella entrevista, semejante despliegue de conversación y magistral manejo del convencimiento. Luego se dirige a la caja, señala al entrevistador diciendo que él pagara su cuenta y se dispone a dejar el sitio. Antes de halar la puerta para salir se queda observando a una joven de cabello liso, quien respira profundo y trata de arreglarse lo mejor posible antes de entrar al lugar. Isabel sonríe.

 

 

 

 

 

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