En el principio fue el tiempo:
tiempo de nacer, y alegría para mi madre;
más tarde,
tiempo de crecer, de aprender y de templarme;
vinieron tiempos mejores:
tiempo de oler las flores en los montes,
de ir a la huerta a sus frutales,
de recorrer los campos con la lluvia,
y disfrutar la comida en la labranza.
Pasó el tiempo y llegaron los amores:
amores tiernos y fugaces,
perdidos en la inocencia y la distancia;
esos fueron amores puros y arrogantes,
amores delirantes y jocosos.
Ahora,
de esos tiempos aún llegan las noticias:
que emergen en silencio y oscilando,
vuelven como las mariposas de colores,
que retornan renovadas y brillantes,
vienen acariciando los senderos
porque después, su historia se repite.
Bueno, pero tú estás aquí:
llegaste con el olor de las acacias,
acariciada por la luz de la alborada
a
instalar con suma precaución aquí en la Tierra:
tu
imagen ocre iluminada por la aurora;
porque el tiempo no espera a nadie,
y
es implacable.
Ciudad
de México, 25 de noviembre del 2008
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Año 4
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Número 20
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