Seguí
corriendo como un avestruz que sabe que se la tragará su
victimario si no se apresura a todo lo que dan sus dos
esbeltas y largas patas.
Una semana casi que me perseguía un auto rojo con dos
individuos.
El
primer día, pensé que eran unos exhibicionistas, pero nunca
intentaron parar el automóvil o preguntarme por alguna
calle, para luego mostrarme su impotencia. Al menos eso fue
lo que me dijo una amiga acerca de los exhibicionistas: “no
te preocupes por éstos, ya que son unos puercos impotentes”.
Aun así, era muy desagradable cuando éstos acechan
desprevenidamente a sus víctimas.
El
segundo, volví a verlos en el mismo carro. Me asusté y creí
que debería comunicárselo a mis padres o a la policía.
Al
tercero, ya no apresuré el paso.
El
cuarto, pude echarles un vistazo relámpago: ambos vestían
traje y no pasaban más de cuatro décadas.
El
quinto día, me esperaron a la salida de la preparatoria y no
perdieron la pista del autobús escolar a pesar del largo
recorrido de éste. No me quitaban la vista ni por un
instante cuando descendí. Al entrar en mi casa los ignoraba.
Mi comportamiento era como si yo no supiera de su
existencia. Evité a toda costa darles indicios de mis
secretas miradas hacia ellos.
El
último día que seguían mis pasos, traté de calmarme y
analizar la situación. Pensé en la posibilidad de que su
vigilancia tenía que ver con la repentina desaparición de mi
amiga Angélica.
Ella era mi mejor amiga. Ambas asistíamos a la misma escuela
y vivíamos en el mismo vecindario.
A
Angélica la había visto hace mucho tiempo con su hermana.
Ambas pasaban por el rumbo de mi casa. Desde entonces, me
llamó la atención su manera sencilla de vestir. Su hermana y
ella eran populares con los chicos del barrio, los cuales
las consideraban chic, atractivas y además, muy libres.
Me alegré
muchísimo cuando vi a Angélica el primer día de escuela en
el mismo salón de clases. Presentí que seríamos amigas
entrañables y no erré. Tiempo después empezó a invitarme a
su casa al salir, y ello me halagó.
Siempre me pareció una chica muy interesante y de una
belleza inusual. No era delgada, pero sus formas redondas y
curvilíneas resaltaban su elegancia. Sus ojos color de miel
y cabellera corta armonizaban con su piel. Su manera de ser
me provocaba admiración.
No
pasábamos mucho tiempo juntas porque mi madre me regañaba si
no llegaba a tiempo a casa para ayudarle con los quehaceres
domésticos. Así que el poco tiempo que compartíamos, yo lo
disfrutaba como si saboreara un rico helado de chocolate.
Aún así, Angélica y yo intercambiábamos ideas y nuestras
charlas eran largas y amenas. Escuchábamos en su casa la
música del cantante Cat Stevens. Mis canciones favoritas
eran: “Moon Shadow” y “ Peace Train”. Fue una lástima que él
abandonara el canto
En
casa de Angélica me sentía como una muñeca viviente. Todo
era de color rosado, la alfombra, las paredes, los baños,
las toallas y sábanas y hasta los muebles. Además, con el
aroma a pétalo de rosa, mi espíritu adquiría un éxtasis
total. En su hogar me sentía como si estuviese viviendo
dentro de una película Sin duda, venía de una familia
adinerada. A su madre la llegué a ver pocas veces en la
casa. Angélica nunca mencionó la existencia de un padre. En
una ocasión le pregunté:
–Angélica, ¿y tu padre?
–Mi mamá me dijo que la abandonó cuando yo tenía pocos
meses.
–Entonces, ¿el hombre que las visita a veces, es el padre
de tu hermana?
–Tampoco conozco al papá de mi hermana. El hombre que
frecuenta a mi madre de de vez en cuando, es su amigo.
–Aseveró ella. Y añadió: –Gracias a él, vivimos
cómodamente.
A
mí me sonaba todo esto muy extraño. De cualquier manera,
acepté que en la vida de Angélica no existían los patrones
de conducta con los que yo crecí. Y ésta era una de las
razones por la cual me encantaba su amistad.
Su
hermana era cruel. En ocasiones alcancé a escuchar cómo la
insultaba:
–Angélica, ponte a dieta, pareces una ballena. No te da pena
verte en el espejo–. Ella se inmutaba ante aquellas
palabras. Y entonces, empezaba el conteo de las calorías que
ingería en cada comida. A mí me crujían los intestinos de
que ella guardara en silencio ante ese palabrerío venenoso.
La hermana de Angélica se sentía con derecho a humillarla de
tal manera por el sólo hecho de “estar en forma”, según
ella.
–No te quedes callada, Angélica. Dile que parece un palo de
escoba tiezo y arrinconado. Le acosejaba con rabia.
–Lo que no sabe mi hermanita, Maricarmen, es que yo no le
paso los recados de su pretendiente. Ella languidece por él.
–Qué bueno, Angélica. No te dejes humillar ni aplastar.
Confía más en ti. Si permites que te pisotee una vez, lo
seguirá repitiendo.
–Tienes razón Maricarmen. Aprenderé a defenderme.
Un
día Angélica me hizo una confesión. Quedé boquiabierta.
–Maricarmen, por las tardes viene Jorge a mi casa. Hace
tiempo que me acuesto con él cuando me quedo sola en casa.
Lo
único que se me ocurrió preguntarle fue:
–
¿Qué se siente Angélica?
–
Es riquísimo. Anímate.
–¿Y si quedas embarazada? –Le pregunté.
–Lo dudo mucho porque Jorge no termina en mí.
El
ser cómplice de Angélica me creó un sentimiento de culpa,
por todos los prejuicios religiosos que metieron en mi
cabeza las monjas y mis padres. Para ellos todo aquello que
estuviera relacionado con sexo era pecado. Nada más al
pensarlo ya era necesario rezar cientos de padrenuestros y
avemarías.
Para empezar, sólo teníamos diecisiete años. Se nos tenía
estrictamente prohibido que nos manosearan. Siempre había
que estar al acecho de las manos del novio y no dejar que se
propasara.
Me
salta a la memoria cuando un pretendiente trató de
acariciarme entre las piernas y no se lo permití. Pero de
inmediato se jactó con sus amigos que se había acostado
conmigo. Me enteré porque lo anduvo presumiendo. Yo lo
confronté con rabia negándolo. Hice que lo desmintiera
delante de sus compañeros.
Sentí una gran envidia por Angélica. Su atrevimiento ganó mi
admiración. Estaba consciente que la labor de una religión
castrante y la de mis padres, habían dado frutos “positivos”
en mí, según ellos. A los pocos meses de haberme hecho la
confidencia, Angélica, me confío otra:
–Tenías razón, amiga: estoy esperando bebé.
Lo
afirmó con calma.
–
Y ahora, ¿qué vas a hacer?
–Me voy de mi casa.
–¿A dónde? Le pregunté angustiada.
–Perdóname, Maricarmen. Conozco a mi madre. Es capaz de
contratar detectives para que te sigan día y noche.
–Angélica, por favor, déjame saber tu paradero. Nadie me
arrancará el secreto, lo juro.
–No es de ti de quien desconfío, sino de mi madre. Me
comunicaré contigo en unos meses, de veras. Tengo que
marcharme, Maricarmen. Pronto sabrás de mí.
Me
abrazó con fuerza. A través del tiempo su silueta se esfumó
con lentitud como bocanadas de humo.
Regresé a mi casa sin comprender la acción de Angélica.
Esa misma noche la madre de Angélica llegó a mi casa
inesperadamente. Exigió hablar con mi mamá y conmigo. Ya
sentadas en la sala imploró que le confesara el paradero de
su hija. Aseguraba que yo sabía su escondite:
–Por favor, señora, pídale a Maricarmen que me diga dónde
está esa malagradecida. Ella es su mejor amiga y tiene que
saber sus andanzas.
En
ese momento, comprendí por qué Angélica evitó comunicarme su
guarida. Mi madre insistía en que dijera su paradero. Con
seguridad se había contagiado del pensamiento de la madre de
Angélica y creía con certeza que protegía a mi amiga.
–Señora, se lo repito infinidad de veces a Maricarmen.
La
madre de Angélica se cansó de rogarme y decidió marcharse.
Eso sí echándome unas miradas fulminantes, las cuales
interpreté como si ella quisiera decir: “me la vas a pagar
mentirosa. Sabes dónde se encuentra mi hija”.
¡Qué casualidad que esa misma semana empezaron a seguirme
esos hombres! Entonces, recordé las palabras
premonitorias de Angélica acerca de su madre:
“Es capaz de emplear detectives para encontrarme”. De modo
que sospeché que mis perseguidores eran quienes investigaban
el destino de mi amiga.
Los meses pasaron y no dejaba de pensar en Angélica y en el
ser que cargaba en sus entrañas. Un día sonó el teléfono y
al contestarlo, adiviné su voz:
–Angélica, ¿dónde estás? Te he extrañado mucho. –Le afirmé,
con alegría desbordante.
–Maricarmen, urge que vengas a mi casa.
–Voy para allá como rayo. Colgué el auricular con rapidez y
salí como si hubiese ganado la lotería.
Al
llegar a casa de Angélica, su madre jugaba a los naipes con
otras amigas. En otras ocasiones ya había visto este grupo
de señoras, que se reunían para contarse sus problemas
matrimoniales o deslices; quejarse de la servidumbre,
chismear acerca de los vecinos o presumir de su última
escapada a Europa, a los Estados Unidos, y también para
jactarse en dónde adquirieron sus prendas al ultimo grito de
la moda .
Al
ver a Angélica nos abrazamos. Fuimos a la cocina y nos
dispusimos a saborear nuestra charla y una taza de café.
Empezó a contarme:
–
Estuve viviendo con Jorge, pero la relación no funcionó. El
desgraciado salía también con su vecina
Así que opté por volver a casa y mi madre ha decidido
mandarme al norte, para que allá nazca mi bebito. Ella se
irá de viaje y luego dirá que mi bebé es mi hermanito.
Me
lo comunicó con tristeza. Agregó que su madre evitaba a toda
costa las malas lenguas.
–Angélica, por el amor de Dios, no dejes que te controle tu
mamá. Es tu hijo y ella no tiene el derecho de arrancártelo.
Además, ya le demostrastes a tu madre que tienes carácter
cuando te fugaste.
Mi
amiga hablaba el inglés con mucha fluidez porque cursó la
secundaria en el Colegio Británico y luego partió a los
Estados Unidos para perfeccionarlo por un tiempo.
A
pesar de sus cinco meses, su pancita aún no daba muestras de
embarazo.
En
ese instante, su madre escuchó nuestra conversación y
vociferó:
–No te metas en nuestros asuntos. Ya decidí qué voy a hacer
con esta mosquita muerta que abusó de mi confianza.
–Mamá, estoy hasta la coronilla de que controles mi vida. No
puedes seguir tratándome como a una niña. Soy autosuficiente
y tengo una buena educación para ganarme la vida y la de mi
bebé. –Contestó mi amiga con los ojos llorosos.
–
No seas respondona. Aquí mando yo. Y volvió con sus
amigas.
Yo traté de escuchar desde la puerta
entreabierta los planes de su madre:
–Muchachas del alma, decidí escaparme a Europa
por unos meses. Estoy harta de la misma rutina y necesito un
ambiente distinto por un buen rato.
–¿ Y tu querido amigo? —Preguntó una de las
señoras.
–Por supuesto que nos vamos juntos.
Charlé por horas con Angélica y no la volví a
ver por largo tiempo. Ella prometió escribirme, pero jamás
recibí su correspondencia. Me topé con su hermana algunas
veces. Al preguntarle por Angélica la respuesta era la
misma:
–Va a volver pronto y se comunicará contigo. —Lo
aseveraba con desdén.
Los meses transcurrieron y no había señales de
vida de mi entrañable amiga.
Un día que fui de compras, me encontré a una
conocida en el departamento de damas. Mencionó que la madre
de Angélica había dado a luz a una nenita, que era idéntica
a mi amiga.
Al enterarme de esto, me arranqué a la casa de
Angélica. Ella abrió la puerta. Me dio mucho gusto verla.
Percibí de inmediato el olor a rosas.
Al lado de mi amiga, una bella nenita, le jalaba
la falda:
– Angélica, tengo hambre.
En la sala pude ver al grupo de señoras jugando
cartas. Observé que no habían perdido la costumbre De
repente escuché decir a una de sus amigas:
–¡Qué callado te lo tenías! Tu hijita está
bellísima. Se parece mucho a Angélica. —Semejante noticia
era para festejarla juntas. —Dijo otra.
–¿Por qué no viniste antes? Te hubiéramos hecho
un baby shower.— Comentó otra.
–¡Imagínense! A mi edad, me apenaba que mis
hijas me vieran así!
–Se ve que tu hijita y Angélica se encariñaron
mucho.
–Cuando menos ya tiene en qué entretenerse. No
le veo trazas de casarse.
Angélica sonrió con malicia. Dijo a media voz:
–Lo que no sabe mi madre es que pronto ya no nos
verá. Jorge está fascinado con su hija y nos vamos a casar.
Nuestras miradas se hicieron cómplices.