México, Distrito Federal I Junio-Julio 2009 I Año 4 I Número 20 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

MI AMIGA ANGÉLICA

Beatriz Salcedo-Strumpf es profesora de español en SUNY Oswego, New York. En el 2000 publicó su novela Correo electrónico para amantes. En el 2004, apareció la versión en inglés con el título Email for lovers.  Además, está por terminar un libro de cuentos bilingues, de los cuales ya se han publicado en varias en revistas literarias en Estados Unidos. El año pasado se le otorgó un reconocimiento por su labor en el arte y cultura por The Syracuse Commission for Women, siendo entregado por el alcalde Matthew J. Driscoll. 

 

 

 

Seguí corriendo como un avestruz que sabe que se la tragará su victimario si no se  apresura  a todo lo que dan sus dos esbeltas y largas patas.

            Una semana casi que me perseguía un auto rojo con dos individuos.

            El primer día, pensé que eran unos exhibicionistas, pero nunca intentaron parar el automóvil o preguntarme por alguna calle, para luego mostrarme su impotencia. Al menos eso fue lo que me dijo una amiga acerca de los exhibicionistas: “no te preocupes por éstos, ya que son unos puercos impotentes”. Aun así, era muy desagradable cuando éstos acechan desprevenidamente a sus víctimas. 

            El segundo, volví a verlos en el mismo carro. Me asusté y  creí que debería comunicárselo a mis padres o a la policía.

            Al tercero, ya no apresuré el paso.

            El cuarto, pude echarles un vistazo relámpago: ambos vestían traje  y no pasaban  más de cuatro décadas.

            El quinto día, me esperaron a la salida de la preparatoria y no perdieron la pista del autobús escolar a pesar del largo recorrido de éste. No me quitaban la vista ni  por un instante cuando descendí. Al entrar en mi casa los ignoraba. Mi comportamiento era como si yo no supiera de su existencia. Evité a toda costa darles indicios de mis secretas miradas hacia ellos.

            El último día que seguían mis pasos, traté de calmarme y analizar la situación. Pensé en la posibilidad de que su vigilancia tenía que ver con la repentina desaparición de mi amiga Angélica.

            Ella era mi mejor amiga. Ambas asistíamos a la misma escuela y  vivíamos en el mismo vecindario.

            A Angélica la había visto hace mucho tiempo con su hermana. Ambas pasaban por el rumbo de mi casa. Desde entonces, me llamó la atención su manera sencilla de vestir. Su hermana y ella eran populares con los chicos del barrio, los cuales las consideraban chic, atractivas y además, muy libres.

 

 Me alegré muchísimo cuando vi  a Angélica el primer día de escuela en el mismo salón de clases. Presentí que  seríamos amigas entrañables y no erré. Tiempo después empezó a invitarme a su casa  al salir, y ello me halagó. 

            Siempre me pareció una chica muy interesante y de una belleza inusual. No era delgada, pero sus formas  redondas y curvilíneas resaltaban su elegancia. Sus ojos color de miel y cabellera corta armonizaban con su piel. Su manera de ser me provocaba admiración.  

            No pasábamos mucho tiempo juntas porque mi madre me regañaba si no llegaba a tiempo a casa para ayudarle con los quehaceres domésticos. Así que el poco tiempo que compartíamos, yo lo disfrutaba como si saboreara un rico helado de chocolate. Aún así, Angélica y yo intercambiábamos ideas y nuestras charlas eran largas y amenas. Escuchábamos en su casa la música del cantante Cat Stevens. Mis canciones favoritas eran: “Moon Shadow” y “ Peace Train”. Fue una lástima que él abandonara el canto    

            En casa de Angélica me sentía como una muñeca viviente. Todo era de color rosado, la alfombra, las paredes, los baños, las toallas y sábanas y hasta los muebles. Además, con  el aroma a pétalo de rosa, mi espíritu adquiría un éxtasis total. En su hogar me sentía como si estuviese viviendo dentro de una película Sin duda, venía de una familia adinerada. A su madre la llegué a ver pocas veces en la casa. Angélica nunca mencionó la existencia de un padre. En una ocasión le pregunté:

            –Angélica, ¿y tu padre?

            –Mi mamá me dijo que la abandonó cuando yo tenía pocos meses.

            –Entonces, ¿el hombre que las visita  a veces, es el padre de tu hermana?

            –Tampoco conozco al papá de mi hermana. El hombre que frecuenta a mi madre de de vez en cuando, es su amigo. –Aseveró ella.  Y añadió: –Gracias a él, vivimos cómodamente.

            A mí me sonaba todo esto muy extraño. De cualquier manera, acepté que en la vida de Angélica no existían los patrones de conducta con los que yo crecí. Y ésta era una de las razones por la cual me encantaba su amistad.

            Su hermana era cruel. En ocasiones alcancé a escuchar cómo la insultaba:

            –Angélica, ponte a dieta, pareces una ballena. No te da pena verte en el espejo–. Ella se inmutaba ante aquellas palabras. Y entonces, empezaba el conteo de las calorías que ingería en cada comida. A mí me crujían los intestinos de que ella guardara en silencio ante ese palabrerío venenoso. La hermana de Angélica se sentía con derecho a humillarla de tal manera por el sólo hecho de “estar en forma”, según ella. 

            –No te quedes callada, Angélica. Dile que parece un palo de escoba tiezo y arrinconado. Le acosejaba con rabia.

            –Lo que no sabe mi hermanita,  Maricarmen, es que yo no le paso los recados de su pretendiente. Ella languidece por él.

            –Qué bueno, Angélica. No te dejes humillar ni aplastar. Confía más en ti. Si permites que te pisotee una vez, lo seguirá repitiendo.

            –Tienes razón Maricarmen. Aprenderé a defenderme.

            Un día Angélica me hizo una confesión.  Quedé boquiabierta.

            –Maricarmen,  por las tardes viene Jorge a mi casa. Hace tiempo que me acuesto con él cuando me quedo sola en casa.

            Lo único que se me ocurrió preguntarle fue:

            – ¿Qué se siente Angélica?

            – Es riquísimo. Anímate.      

            –¿Y si  quedas embarazada? –Le pregunté.

            –Lo dudo mucho porque Jorge no termina en mí.

            El ser cómplice de Angélica me creó un sentimiento de culpa, por todos los prejuicios religiosos que metieron en mi cabeza las monjas y mis padres. Para ellos todo aquello que estuviera relacionado con sexo era pecado. Nada más al pensarlo ya era necesario rezar cientos de padrenuestros y avemarías.

            Para empezar, sólo teníamos diecisiete años. Se nos tenía estrictamente prohibido que nos manosearan. Siempre había que estar al acecho de las manos del novio y no dejar que se propasara.

            Me salta a la memoria cuando un pretendiente trató de acariciarme entre las piernas y no se lo permití. Pero de inmediato se jactó con sus amigos que se había acostado conmigo. Me enteré porque lo anduvo presumiendo. Yo lo confronté con rabia negándolo. Hice que lo desmintiera delante de sus compañeros. 

            Sentí una gran envidia por Angélica. Su atrevimiento ganó mi admiración. Estaba consciente que la labor de una religión castrante y la de mis padres, habían dado frutos “positivos” en mí, según ellos. A los pocos meses de haberme hecho la confidencia, Angélica, me confío otra:

            –Tenías razón, amiga: estoy esperando bebé. 

            Lo afirmó con calma.

            – Y ahora, ¿qué vas a hacer?

            –Me voy de mi casa.

            –¿A dónde? Le pregunté angustiada.

            –Perdóname, Maricarmen. Conozco a mi madre. Es capaz de contratar detectives para que te sigan día y noche.

            –Angélica, por favor, déjame saber tu paradero. Nadie me arrancará el secreto, lo juro.

            –No es de ti de quien desconfío, sino de mi madre. Me comunicaré contigo en unos meses, de veras. Tengo que marcharme, Maricarmen. Pronto sabrás de mí.

            Me abrazó con fuerza. A través del tiempo  su silueta se esfumó con lentitud como bocanadas de humo.

            Regresé a mi casa sin comprender la acción de Angélica.

            Esa misma noche la madre de Angélica llegó a mi casa inesperadamente. Exigió hablar con mi mamá y conmigo. Ya sentadas en la sala imploró que le confesara el paradero de su hija. Aseguraba que yo sabía su escondite:

            –Por favor, señora, pídale a Maricarmen que me diga dónde está esa malagradecida. Ella es su mejor amiga y tiene que saber sus andanzas.

            En ese momento, comprendí por qué Angélica evitó comunicarme su guarida. Mi madre insistía en que dijera su paradero. Con seguridad se había contagiado del pensamiento de la madre de Angélica y creía con certeza que protegía a mi amiga.

            –Señora, se lo repito infinidad de veces a Maricarmen.

            La madre de Angélica se cansó de rogarme y decidió marcharse. Eso sí echándome unas miradas fulminantes, las cuales interpreté como si ella quisiera decir:  “me la vas a pagar mentirosa. Sabes dónde se encuentra mi hija”.

            ¡Qué casualidad que esa misma semana empezaron a seguirme esos hombres!       Entonces, recordé las palabras premonitorias de Angélica acerca de su madre:

             “Es capaz de emplear detectives para encontrarme”. De modo que sospeché que mis perseguidores eran quienes investigaban el destino de mi amiga.

            Los meses pasaron y no dejaba de pensar en Angélica y en el ser que cargaba en sus entrañas. Un día sonó el teléfono y al contestarlo, adiviné su voz:

            –Angélica, ¿dónde estás? Te he extrañado mucho. –Le afirmé, con alegría desbordante.

            –Maricarmen, urge que vengas a mi casa.

            –Voy para allá como rayo. Colgué el auricular con rapidez y salí como si hubiese ganado la lotería.

            Al llegar a casa de Angélica, su madre jugaba a los naipes con otras amigas. En otras ocasiones ya había visto este grupo de señoras, que se reunían para contarse sus problemas matrimoniales o deslices; quejarse de la servidumbre, chismear acerca de los vecinos o presumir de su última escapada  a Europa, a los Estados Unidos, y también para jactarse en dónde adquirieron sus prendas al ultimo grito de la moda . 

            Al ver a Angélica nos abrazamos. Fuimos a la cocina  y nos dispusimos a saborear nuestra charla y una taza de café. Empezó a contarme:

            – Estuve viviendo con Jorge, pero la relación no funcionó. El desgraciado salía también con su vecina

            Así que opté por volver a casa y mi madre ha decidido mandarme al norte, para que allá nazca mi bebito. Ella se irá de viaje y luego dirá que mi bebé es mi hermanito.

            Me lo comunicó con tristeza. Agregó que su madre evitaba a toda costa las malas lenguas.

            –Angélica, por el amor de Dios, no dejes que te controle tu mamá. Es tu hijo y ella no tiene el derecho de arrancártelo. Además, ya le demostrastes a tu madre que tienes carácter cuando te fugaste.

            Mi amiga hablaba el inglés con mucha fluidez porque cursó la secundaria en el Colegio Británico y luego partió a los Estados Unidos para perfeccionarlo por un tiempo.

            A pesar de sus cinco meses, su pancita aún no daba muestras de embarazo.

            En ese instante, su madre escuchó nuestra conversación y vociferó:

            –No te  metas en nuestros asuntos. Ya decidí qué voy a hacer con esta mosquita muerta que abusó de mi confianza.

            –Mamá, estoy hasta la coronilla de que controles mi vida. No puedes seguir tratándome como a una niña. Soy autosuficiente y tengo una buena educación para ganarme la vida y la de mi bebé. –Contestó mi amiga con los ojos llorosos.

            – No seas respondona.  Aquí mando yo. Y volvió con sus amigas.  

            Yo traté de  escuchar desde la puerta entreabierta los planes de su madre:

 

            –Muchachas del alma, decidí escaparme a Europa por unos meses. Estoy harta de la misma rutina y necesito un ambiente distinto por  un buen rato.

 

            –¿ Y tu querido amigo? —Preguntó una de las señoras.

 

            –Por supuesto que nos vamos juntos.

 

            Charlé por horas con Angélica y no la volví a ver por largo tiempo. Ella prometió escribirme, pero jamás recibí su correspondencia. Me topé con su hermana algunas veces. Al preguntarle  por Angélica la respuesta era la misma:

 

            –Va a volver pronto y se comunicará contigo. —Lo aseveraba con desdén.

 

            Los meses transcurrieron y no había señales de vida de mi entrañable amiga.

 

            Un día que fui de compras, me encontré a una conocida en el departamento de damas. Mencionó que la madre de Angélica había dado a luz a una nenita, que era idéntica a mi amiga.

 

            Al enterarme de esto, me arranqué a la casa de Angélica.  Ella abrió la puerta. Me dio mucho gusto verla. Percibí de inmediato el olor a rosas.

 

            Al lado de mi amiga, una bella nenita, le jalaba la falda:

 

            – Angélica, tengo hambre.

 

            En la sala pude ver al grupo de señoras jugando cartas. Observé que no habían perdido la costumbre De repente escuché decir a una de sus amigas:

 

            –¡Qué callado te lo tenías! Tu hijita está bellísima. Se parece mucho a Angélica.   —Semejante noticia era para festejarla juntas. —Dijo otra.

 

            –¿Por qué no viniste antes? Te hubiéramos hecho un baby shower.— Comentó otra.

 

            –¡Imagínense! A mi edad, me apenaba que mis hijas me vieran así!

 

            –Se ve que tu hijita y Angélica se encariñaron mucho.

 

            –Cuando menos ya tiene en qué entretenerse. No le veo trazas de casarse.

 

            Angélica sonrió con malicia. Dijo a media voz:

 

            –Lo que no sabe mi madre es que pronto ya no nos verá. Jorge está fascinado con su hija y nos vamos a casar.

 

            Nuestras miradas se hicieron cómplices.

 

 

 

 

 

 

 

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