México, Distrito Federal I Octubre-Noviembre  2009 I Año 4 I Número 22 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 

 








 

 

CRISIS
 

Juan Carlos Hernández Cuevas (México, D.F., 1959) es profesor en educación primaria egresado de la Escuela Nacional de Maestros de la ciudad de México (1977). Licenciado en artes y letras (1995), y maestro de artes (1997) por la Portland State University. Doctor en filología hispánica por la Universidad de Alicante (2007). Becario de la Fundación Max Aub (2000-2001). Ha trabajado como instructor de español para Emporia State University (2002-2005) y otras universidades norteamericanas. Sus publicaciones incluyen cuentos y ensayos

A Daniel C. Hernández Cuevas

                              

I

 

Bajó las escaleras con parsimonia, reflexivo. En aquel instante, con sólo algunos pesos en la cartera, poseía al mundo individualista y mediocre que le rodeaba. Durante el descenso cuestionaba a los rostros de gringos y mexicanos que proseguían girando, como si fuesen figuras de carrusel, en pensamientos vertiginosos. Una detrás de otra, las vueltas retaban al tiempo y espacio, atrapados también, en la metrópolis creciente que abría seductoramente sus calles y avenidas. Se sentía dueño de la noche, y no habría obstáculos que le impidiesen conseguir el jarabe del niño. Enfiló hacia la Prolongación Guerrero. Conocía el rumbo. Allí había crecido. Era el sitio donde su mano izquierda fue bifurcada por un navajazo traidor. Hizo lo correcto, razonaba, pues defendió a una de sus hermanas. Más que nadie, conocía los peligros que acechan el ámbito cotidiano de los chilangos común y corrientes, rodeados por la amenaza de temblores, atracos, balaceras, ballonetas, cuchilladas intempestivas u otras sorpresas. Sabía que los depravados, conejos y pandilleros operaban en sitios familiares e inusitados. Se les podía encontrar varados en cualquier esquina; deambulando por calles y mercados. A veces aparecían de sopetón, junto a mingitorios de cafeterías, restaurantes y cines. Solían esconderse en descansos de escaleras y callejones, en los cuales ofrecían caramelos, dinero, picahielos o cadenas a sus víctimas. Pululaban en ascensores, plazas y jardines. Se les veía enfrente de cualquier escuela, escuchando la radio y pretendiendo leer el periódico. Cuando acechaban a su presa, sonreían con un cinismo indescriptible. Las hileras de luces ámbar, verdes y rojas revelaban simultáneamente ecos de miradas furtivas. A pesar de las capas de chapopote y asfalto, percibía el aroma a tierra humedecida por las aguas de Tenochtitlan. Aquel olor se entremezclaba con el aceite de fritangas y gases de corales y cocodrilos, que circulaban con lentitud hacia La Alameda, Reforma, Insurgentes, las ADO y Buena Vista. Al pasar por Pedro Asencio, recordó a su queridísima madre. Por entonces solía visitarla, allá por Héroes Ferrocarrileros. De repente, comprendió que la urbe de su adolescencia era disímil a las imágenes de fulanas y cinturitas aposentadas en las salidas de cabaretuchos. Aquellos seres, sólo eran sombras de los personajes y lugares que habían otorgado abolengo a la barriada.  La ciudad era ya un ente abstracto e intangible. Ahora, el pueblo vivía rodeado de soldados y granaderos que trataban de imponer ley y orden. Dentro de poco empezarían los juegos olímpicos, y los mexicanos podrían mostrarse ufanos de pertenecer al conglomerado occidental: reafirmaban políticos y periodistas en la radio, prensa y televisión. Pasó frente al cine Briseño, y se acordó de las películas de Johnny Weissmuller, las tortas de margarina y queso de puerco; los gaznates, garapiñados y cacahuates japoneses. La persiana de la fuente de sodas le indicó que sus hijos eran clientes esporádicos de ese lugar. Después de cruzar por el jardín adyacente al panteón de San Fernando, viró hacia la avenida Hidalgo, con la idea de que alguna de las farmacias estuviere abierta. Se equivocó, y continuó sobre las aceras que desembocaban en San Juan de Letrán. Echó un vistazo a los orificios metálicos, que permitían entrever una variedad respetable de libros resguardados por luces sombrías y una que otra polilla glotona. Siempre tuvo la ilusión de estudiar y escribir libros; pero la vida le condujo por otros derroteros. Tal vez, intuyó, algunos de sus hijos cultivarían las letras. ¿Por qué no? estaban yendo a la escuela, y su madre era profesora versada en literatura. Además, tres de sus cuñados habían incursionado en el periodismo. Al pasar por el edificio de Correos, vislumbró el día en que conoció a la madrina de su primogénito. Podía percibirla en la misma esquina, Continuaba allí, incrédula y sonriente frente a las lanchitas verdes, amarillas, rojas y azules, que en esa u otras ocasiones, se desplazarían de un extremo a otro en la tina de agua tibia. Para una gringa improvisada, esa realidad significó encontrar sentido a una vida simplona, rutinaria; regida siempre por el trabajo. México representaba alegría espontánea, arbitraria: la contraparte del mundo tedioso, ordenado y aburrido que había descubierto al desembarcar en los Estados Unidos.¡Qué paradoja! Las lanchitas efectuaban periplos inexplicables ante las caras incrédulas de los mirones. La sonrisa madura sedujo al joven que compartía por enésima ocasión la misma acera.

This is marvelous!

Yes, indeed! Contestó silenciosamente.

La polifonía nocturna siguió extraviándose en los laberintos de su memoria. ¿Qué había sucedido?, se preguntó bajo la altivez de la Torre Latinoamericana, cuyas paredes de cristal empezaron a ser impregnadas por el amanecer diáfano y smog. Al unísono, diversas melodías y canciones invadían las amplias aceras. ¿Cómo era posible que su vida hubiese cambiado de una forma tan drástica? Sabía que su fenotipo y carácter habían inspirado a Vicki Baum. Se acordó del convertible y las Jack Kramer que conservaba aún. A discreción, compró un chupamirto disecado con el propósito de guardarlo en los pliegues de su pañuelo. No le podía fallar. Hasta entonces, la carencia del dinero no había logrado hacer mella en una de tantas familias que luchaban para salir adelante. ¿Para qué?, -indagaba- ¿para justificar sacrificios de fantasmas vivos que acechaban la voluntad férrea de sus congéneres, quienes y de manera estoica sobrevivían juntos la hostilidad urbana? Las vibraciones de los primeros tranvías, repletos de obreros, empleados gubernamentales y secretarias, hicieron que cesara el soliloquio. Cientos de semblantes somnolientos tenían la esperanza de encontrar sitio en alguno de los tranvías y camiones que, sin tomar en consideración a los que viajaban de mosca, se perseguían unos a otros. El tráfico y colorido artificial empezaron a apoderarse de calles y avenidas, indundando la atmósfera con más gases y prisas. El ruido de persianas metálicas, motores y cláxones acompañaron sus penúltimos pasos. Sonrió al encontrarse en la puerta de la farmacia. La ciudad despertaba halagüeña. Prometía lo inalcanzable a multitudes anónimas, que se desplazaban rápida y monótamente, con esperanzas de encontrar un presente idealizado en los interminables anuncios. La música proveniente de radios, tocadiscos y sinfonolas imperaba en banquetas pobladas por obreros, que devoraban tamales, acompañados de atole o champurrado. Los pedidos de tacos, licuados, jugos de naranja y zanahoria seguían multiplicándose. Las Sonoras Matancera, Santanera, y Pérez Prado se fusionaron con las voces de David Jones, Raphael, Leo Dan, Pedro Infante, Enrique Guzmán, Negrete, y César Costa; Mick Jagger, José Alfredo, Angélica María, Lennon, McCartney, Micky Laure, Morrison, Chavela Vargas y Rocío Durcal. Los gestos, saludos y actitudes del día anterior renacían en el mismo sitio y a la hora exacta. Cada individuo se apoderaba frenéticamente de su lugar correspondiente, y trataba de escapar del letargo matinal. El humo del cigarro y la vestimenta señalaban la clase social de los semblantes desperdigados en el filo de las banquetas. Los cuellos almidonados, decorados por corbatas alegres y serias, esperaban impacientes la llegada de cualquier ruletero. Abrigos luengos cubrían piernas y caderas esplendorosas; rodeadas por minifaldas estrechas. La mayoría de las jóvenes retocaban su maquillaje e indumentaria, como si de esta manera, quisieran evitar el manoseo fortuito. Los tranvías y autobuses avanzaban con lentitud, perdiéndose entre automóviles, letreros, calles y avenidas. Todos deseaban ignorar aquel maremágnum plagado de noticias absurdas, rumores, chisme, mentiras y zozobra. Los voceadores toreaban con habilidad a los automovilistas, abriéndose paso entre motocicletas, pordioseros, Marías, agentes de tránsito y vendedores de Lotería. Noctámbulos y madrugadores desocupaban los cafés de chinos, loncherías y cafeterías. La clientela de oficinistas, burócratas, estudiantes y desempleados pasaba a ocupar, alrededor de mesas y barras húmedas, los asientos tibios. Las cafeteras hervían a tope. Hombres y mujeres engalanados con chaquetas blancas, pantalones negros e incómodas pajaritas, adheridas a cuellos tiesos, llenaban tazas, vasos. En cada establecimiento, manos ágiles distribuían y reacomodaban el pan dulce, bolillos y teleras. El olor a chilaquiles, pan tostado, frijoles refritos, bistec, chuletas, tocino y huevos estrellados escapaba de las cocinas. La capital de los palacios lucía espléndida, reflejándose una vez más en la pulcritud de ventanales y ceniceros.

II

Atravesó la Alameda Central. Le agradaba sentir el rocío matinal sobre la epidermis. Hacía un poco de frío, pero el paseo valía la pena. Los borbotones de las fuentes y el piar disimulaban el ruido del tráfico proveniente de Juárez e Hidalgo. El frescor de la arboleda y andar ligero de los transéuntes le distrajeron por unos momentos. Se sintió satisfecho. Había conseguido finalmente el jarabe. La tos de su hijo se prolongaría, y tenían que estar preparados. No era urgente, y valía la pena adelantarse a los truenos. Además, podría llegar a su cita del mediodía. Al igual que infinidad de familias, habían sobrevivido otra vez la intranquilidad económica. A pesar de ambos ingresos, los pagos de renta, luz, agua, comida, transporte y pañales mermaban el modesto presupuesto familiar. Casi estaba seguro que en un día tan displicente, vendería alguno de los electrodomésticos Turmix. Vestiría el traje claro. La primera impresión era importante ante la soberbia de los clientes indecisos. El respeto a la vestimenta era fundamental en cada una de las transacciones. Como te ven, te tratan. Repitió con lentitud. ¿Quién iba a imaginarse que un hombre trajeado podía carecer del dinero necesario? Durmió un par de horas, pero llegó puntual a la cita. El cantinero necesitaba una batidora profesional que le facilitara la preparación de cocteles, y menguar así la infinita sed de sus parroquianos. Desde que entró al establecimiento, estaba un poco nervioso. Unos segundos antes, le pidió al niño que lo esperase afuera de La Hija de Moctezuma. No tardaría. Lo conocían en el barrio, pensaba rápidamente. Nadie se atrevería a meterse con su chamaco. Además, mientras palpaba la navaja resguardada en su bolsillo derecho, notó que era muy temprano para que los malvivientes salieran a respirar el aire semifresco. Concluyó la venta del aparato, sintiéndose más tranquilo, y apuntó otro pedido para el dueño de la U. de G. Padre e hijo celebraron la venta en El Tapatío, a un costado del mercado de Martínez de la Torre. El aroma de carnitas penetraba la atmósfera de ostionerías y supercocinas aledañas. El guacamole, salsas, cilantro y cebolla picados mostrábanse radiantes. Los marchantes y amas de casa, indiferentes a la mirada suplicante de un perro callejero, engullían tacos condimentados con jugo de limón, salsas verdes y rojas. Unos minutos después, cada uno apresuraría la marcha para regatear en puestos de fruta y verdura, que se prolongaban y fundían con olores de pescado fresco, marisco y carnes. Los dos abordaron el Chato. Concluirían la jornada en alguna matiné.

 III

La intermitencia de relámpagos azulverdosos desvelaba cordilleras y volcanes bañadas por aguas que regresaban a su cauce. La gente continuaba agazapada en zaguanes, toldos de estanquillos, casas lúgubres y edificios tristes. Las tamaleras, taqueros y la clientela fiel apresuraban a resguardar sus mercancías. A través de grietas, coladeras y rejillas, brotaba la laguna atrapada bajo las rocas, chinampas, hormigón y chapopote. Hileras de autobuses y carros rodaban entre corrientes grisáceas, cubiertas de aceite, basura e incertidumbre. El frío de la madrugada empezó a disiparse, transformándose en sombras de vapor. En distintas paradas, ambos abordarían el mismo camión. Se fijó en ella, y sin entenderlo o quizá por costumbre, le sonrió con amabilidad.

—Siéntese por favor —dijo él― cediéndole su asiento.

Su mirada recorría discretamente el cuerpo de su futura compañera. ¿Cómo ocurren estos incidentes? Indagaron sus pensamientos, sin imaginar que aquel encuentro casual uniría a dos seres incompatibles. Sabían que la felicidad es un mito, inventado para mantener a las masas estupidizadas con quimeras. Desde pequeños aprendieron que la vida otorga sinsabores y tristezas que cada persona, sola o en compañía de otra, tiene que sopesar a lo largo de su existencia. La carencia de afecto y dinero eran determinantes en su generación. Eran los vástagos de hombres y mujeres, cuyas entrañas e ideas habían quedado desperdigadas en los campos de batalla. La herencia que les quedaba tenía un sabor amargo, fulgurante e impredecible; análogo a los truenos que iluminaban el Anáhuac. Los habían despojado de todo, no obstante, proseguían luchando infatigablemente para mejorar su situación personal. La soledad, un carácter indomable y la inteligencia integraban su único patrimonio. Un legado que les ayudaba a enfrentar la violencia estructural. A los dos, les quedaba el recuerdo de seres estoicos, y el abrojo para sobrevivir en un ambiente servil a los nuevos amos.

IV 

Allá va, preocupado. Trata de entender el fenómeno social que circunda nuestras existencias. Tiene que llevar el gasto a la casa. Pese a que ahora tiene un negocio propio, no alcanza el dinero. ¡Siempre lo mismo! Cruza la avenida que le conducirá a su próxima venta. Buzo caperuzo, le dicta el inconsciente. Ya falta poco. El restaurante está a dos cuadras de Insurgentes. Desde ese punto se puede divisar la Torre de Nonoalco. Allí te esperan tus hijos. Juegan en jardines y andadores; vigilados por el ejército. El sol radiante exacerba el colorido del césped, flores, y puntas de balloneta, cuya presencia reitera a los niños la belleza de sentirse vivos, y haber abandonado la inocencia en algún rincón de aquel entorno.  Vuelve a cavilar: los jóvenes no se sienten intimidados por los fusiles y hieratismo de los soldados. Todos les observan con desconfianza. Saben para qué están y lo que representan. Les mientan la madre con chiflidos que resuenan en las entradas de edificios y corredores. Aquellos silbidos son gritos de guerra; melodía ancestral, emancipante de presiones económicas, sociales y políticas. Los militares pretenden ignorar insultos y blasfemias. Es como si ya supieran que el desquite se aproxima. Entra al establecimiento para encontrarse enmedio de un ruido ensordecedor que homogeiniza su presencia. Los meseros piden disculpas al abrirse paso entre los corredores de mesas y humo. Observa las bandejas con agua de rosas. El coñac y champaña decoran el recinto. Todo es armonía y placer extremo. Conocía ese mundillo. Lo había vivido en su juventud. Sin ser lo mismo, representaba una situación parecida. Las actitudes y comportamiento eran una versión burda del pasado. El lenguaje de comunicación no era el inglés, mas sí los gestos y ademanes aprendidos en películas, revistas y algunos viajes breves.

Al salir, recordó las playas del Pacífico. Las conversaciones en el descapotable. La brisa salada del mar. En aquella década, las calles de Los Ángeles, la Ciudad de México y otras urbes acogían a miles de refugiados europeos. Algunos apellidos célebres y otros en formación, contribuían a engrandecer el negocio del arte. La mujer que ocupaba el asiento contiguo es considerada una de las mejores autoras de Best Sellers. Había llegado asilada a California, en calidad de guionista cinematográfica. En el asiento trasero, les acompañaba una actriz que anhelaba regresar a México.

Dobló hacia la estación de Buena Vista, ya que, e inconscientemente deseaba realizar un viaje nuevo. Respiró con profundidad, fijando la mirada en las locomotoras y vagones que partían hacia diversos destinos. Los altavoces anunciaban las salidas de los últimos trenes. La emoción recorría todo su ser. Anhelaba subir a cualquier vagón y perderse en el Norte. En ese instante añoró el pasado; una juventud extraviada en las borrascas del tiempo. Sin embargo, se sentía atado, por diversos motivos, a aquel suelo tan extraño. ¿Qué pasaría con sus hijos, su madre? Dialogó consigo mismo hasta llegar a casa. La realidad lo enfrentaba a una familia numerosa, y en plena formación. Lo necesitaban, y sabía que su presencia y apoyo eran imprescindibles. Nunca imaginó que sus vástagos, al igual que los trenes, tomarían rutas tan disímiles.

V 

Esa tarde fue una nueva ocasión para escapar del tedio de la escuela y la vida familiar. Ya habíamos tenido la oportunidad de asistir a varias reuniones. Por todos lados, los gritos y consignas antigubernamentales invadían el perímetro ocupado aún por multifamiliares, la ex vocacional siete, pirámides, la plaza, los muros de la iglesia y el ex colegio colonial. Sin saberlo, solíamos jugar en las ruinas de Santiago Tlatelolco, probablemente en las celdas donde nuestro abuelo materno había sido encarcelado, a raíz de sus actividades revolucionarias. Todo era alegría, conexión con miles de estudiantes, profesores, amas de casa, obreros y gente mayor que gritaban a valor mexicano:

—¡Mueran el chango Díaz Ordaz y su pelele Echeverría!

—¡Muera Cueto!

—¡Abajo el pinche PRI!

Aquella noche no logramos conciliar el sueño. El estruendor de la balacera vespertina evocaba los tronidos de las fiestas patrias. Mi madre apagó las luces del apartamento. Nos acostamos pecho tierra. Desde el suelo, escuchamos gritos y pasos  estremecedores.

 

 

 

 

 

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